| Cesa el terrible
desamparo, y vuelve el H. Bernardo a gozar nuevas
dulzuras. (Vida
del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año
1888. Parte primera, capítulo 9).
Habiéndose continuado el penosísimo desamparo del H. Bernardo al modo que va dicho, desde 14 de Noviembre de 1728, terminó en el día glorioso de Pascua del año siguiente 1729 (17 de Abril), como ya el Señor se lo había prometido la noche de la pasada Navidad, y avisado luego él a sus directores. Fue tan puntual el cumplimiento de la promesa y profecía, que, al romper el alba la mañana de Resurrección y dar el reloj las tres, sintió de improviso que le despertaban; y, sereno ya del todo su espíritu, se vistió al momento sin saber cómo ni para qué. Lo primero que hizo ya levantado, fue postrarse en tierra y rezar el Magnificat, dando a Nuestro Señor humildes gracias por las que había concedido a su bendita Madre: devoción que había leído y sabía por experiencia serle muy agradable. Besó después el suelo y, puesto en pie, se le ofreció a la memoria el misterio y triunfo de su amor en aquel día. Este era el instante feliz que destinaba el cielo a inundar de gozo el pecho del valiente soldado en el campo mismo de batalla, si cabe expresarnos así. Oyó de pronto que resonaban en su alma las palabras del enamorado esposo en los Cantares: Levántate, date prisa, amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y ven; que ya es pasado el invierno y desaparecida la tempestad (1). Al escuchar estas alegres voces, vio por visión intelectual al santo ángel de su guarda, que fue quien antes le despertó. Traía una bandera desplegada en la mano, y con ademán brioso arrojaba a los cuatro demonios que tan fieramente habían atormentado al joven invencible. Gozoso éste con la visión, empezó a alabar al Señor con toda su alma, y cantar con el Salmista: Bendito para siempre el nombre del Señor, que no nos dio por presa a los dientes de nuestros enemigos. Nuestra alma escapó, cual ave que vuela, del lazo del cazador: rompiose el lazo, y nosotros quedamos libres: y yo, esto lo añadía él por su cuenta, salí de las tentaciones y asechanzas del infierno (2). Apenas había acabado su cántico, mostrósele asimismo su especial protector San Miguel; y este soberano príncipe y el ángel de su guarda juntos le dieron el parabién del esfuerzo con que había peleado contra sus enemigos. Mas, digno apreciador el H. Bernardo de los dones de Dios y sus victorias, rogó al glorioso arcángel diese el parabién y las gracias de su parte al Señor, a la sacratísima Virgen su madre y señora, y a los ángeles y Santos sus devotos, pues sin su valimiento y auxilio fuera imposible salir él vencedor en tan arriesgada pelea. Son inexplicables los íntimos y amorosos coloquios que siguieron a este paso y entrevista de los ángeles con el H. Bernardo: pero mucho más lo son aquellas secretas y divinas comunicaciones que tuvo con el Señor de los ángeles, Cristo Jesús, de cuyos dulcísimos labios, que destilan toda la suavidad de los cielos, oyó su alma estas misteriosas voces de su amor: Ven del Líbano, ven del monte donde se purifican las almas y de donde salen más blancas que la nieve: ven del Líbano, esposa mía, ven. Acercose el feliz joven al trono de su esposo, que se le mostró en visión intelectual. Mas, ¿quién dirá lo que aquí pasó entre mi alma fuera de sí por el amor, y el amado a cuya sombra estaba herida de sus amorosas flechas? , pregunta el mismo H. Bernardo, espantado de lo que le pasaba; y sólo responde que aquí eran aquellos toques sustanciales tan admirables y divinos como inexplicables; aquí, aquellas hablas tan delicadas y sutiles que no tienen explicación; aquí, unos actos de amor tan seráficos y encendidos que sólo entienden los que los experimentan; aquí se le declaraban y conocía el alma secretos admirables; aquí todos los sentidos gozaban de unas cualidades espirituales de un modo indecible; aquí eran aquellas admiraciones del alma por el bien que poseía; aquí, las amorosas quejas a su amado de que la hubiese dejado como apartada de el; y aquí tales, tantas y tan maravillosas cosas, que no se permiten decir porque los flacos no se escandalicen. Engolfado en ellas pasó el H. Bernardo todo este tiempo hasta la hora de meditación, que fue de las victorias de su amor resucitado, y luego hasta la comunión, en la que le vio gloriosísimo y oyó a los ángeles que le cantaban a coro: Digno es el Cordero que fue muerto, de recibir el poder y la divinidad, y la sabiduría y la fortaleza, y la honra y la gloria y alabanza; y prosiguió el cantar de los ángeles, respondiendo como se añade en el Apocalipsis: Al que está sentado en el trono y al Cordero sea la bendición y la honra y la gloria y el poder para siempre jamás (3). Así bendecía y daba gracias, con tan enajenados trasportes, al Cordero recién resucitado que tenía en su corazón, cuando volvió el ángel de su guarda a mostrársele de repente con la bandera, insignia de su triunfo. Era el ángel, dice ahora el H. Bernardo, que ya pudo reparar en él más despacio y a su placer que a la mañana, como un joven gallardo, de pequeña estatura; sus vestiduras blancas, que tiraban algo a encarnadas y despedían de sí un resplandor muy apacible; el rostro muy hermoso, blanco y encendido, afable y risueño; los cabellos rubios y como dorados. Tenía la bandera en la mano derecha con un garbo majestuoso: era pequeña la bandera, hecha de blanco y encarnado, que esparcía muchos rayos de luz; y el mástil o mango en que estaba, era de oro fino. Este remate y corona tuvo el doloroso y largo desamparo, siguiéndose a él tales regalos y consuelos, que protestaba el mismo H. Bernardo que no se atreviera a escribirlos, si no fuese por la obediencia que se lo mandaba. Porque verdaderamente son tan grandes, dice, las mercedes que después acá me hace el Señor, que no se sufren decir; y lo que aquí diré, lo digo por obediencia; que, si no, no lo dijera, pues me causa empacho el referir favores tan grandes, siendo yo quien soy, que parecen desacreditar las misericordias del Señor. Muy bien cae en el H. Bernardo esta humilde advertencia, pero también es cierto que no sabe el Señor pagar sino como quien es los obsequios que le rinden y los trabajos que por su amor padecen sus criaturas; y esto es cabalmente lo que aquí pasó. Por lo cual el H. Agustín, habiendo leído el cuaderno donde su H. Bernardo apuntó estos favores para que él los examinara juntamente con el P. Loyola, nada más tiene que advertirle sobre ellos sino que le han dado muy copiosa materia de alabar a Dios de lo íntimo del corazón por su bondad infinita y benignidad amorosísima con que regala tanto a su alma después de sus tribulaciones, a causa de haber triunfado con la divina gracia de los engaños, asaltos y tentaciones de sus enemigos, y mostrádose fiel y constante en las victorias de su divino amor, que premia superabundantemente a sus fieles siervos, dándoles a gustar de los sabrosísimos frutos del árbol de la vida (4). Pero comencemos a referir algunos de éstos, omitiendo muchos otros por brevedad. Estando una vez muy recogido el H..Bernardo, se vio su propio corazón abierto, inflamado y como arrojando llamas de amor divino; y al mismo tiempo notó que su benignísimo Jesús se le entraba por él, y que éste se volvió a cerrar, guardando en su centro y entre aquellas encendidas llamas a aquél a quien tanto amaba. Quejóse, sin embargo, amorosamente al Señor de que le hiciese tantos regalos, correspondiendo él tan ingratamente a ellos: Guardadlos para la gloria, Señor, le decía con humildad y confianza bien propia de su carácter: guardadlos para allá, que no los deseo en esta vida. Pues, justamente porque no los deseas, te los hago, le respondió el Señor; que, si los desearas, bien me guardara yo de hacértelos. Manifestóle allí mismo la causa porque había entrado en su corazón, que era haberlo escogido por carroza de su amor: y luego le declaró las virtudes en que más debía esmerarse, para no perder tanta dicha, simbolizadas en la carroza de Salomón de que nos habla el Cantar de los Cantares. Dícesenos en él que el rey de Salomón se fabricó una carroza de madera del Líbano. Sus columnas hizo de plata, el asiento y respaldar de oro, las gradas para subir cubiertas de púrpura; y colocó en el centro el objeto de su amor para las hijas de Jerusalén (5). Pues así también debía fabricarse el H. Bernardo una carroza espiritual de virtudes en su corazón por sus propias manos, y aspirar ante todo a la pureza e incorruptibilidad de alma y cuerpo, significada por los cedros del monte Líbano. Las columnas de plata eran símbolo de la fortaleza y magnanimidad, al mismo tiempo que de la castidad y limpieza del corazón; y, como para labrar la plata, es necesario purificarla con el fuego y golpearla con el martillo, se le dio a entender que debía procurar una continua mortificación de sus pasiones y una paciencia invicta en todas sus adversidades. El asiento y respaldar de oro significaban el mismo corazón abrasado en amor divino; y las gradas cubiertas de púrpura, todo género de trabajos que ha de padecer el alma para llegar a la unión de Dios y hacerse digno lugar de descanso y como reclinatorio del divino esposo, mayormente estas seis especies: primera, sequedad en los ejercicios espirituales; segunda, desamparo de la imaginación y potencias sensitivas; tercera, purificación del entendimiento y la voluntad; cuarta, persecución de parte de las criaturas; quinta, fatigas del cuerpo, dispuestas por Dios, o causadas del demonio con su licencia y permisión; y sexta, tormento terrible y como martirio en la sustancia del alma. Tales eran las gradas con que había de estar dispuesta la carroza del corazón del H. Bernardo para que subiese a ella su celestial esposo, y, sentado allí como en trono de su amor, le abrasase con el fuego vivo e inextinguible de una ardentísima caridad. Desde el instante mismo en que recibió el joven esta inteligencia, apresuróse a ejecutar lo que en ella se le ordenaba; y no daba paso o golpe en su ejecución, que no se viera singularmente favorecido de quien le elegía para tan alto empleo y dignidad de tanta grandeza. A los pocos días, al comulgar, vio que San Miguel y el ángel de su guarda descogían y tenían en su mano, para que comulgase, un riquísimo paño de tela blanca, bordado de celestiales labores. Comulgó con la ternura y devoción que se deja suponer. Al recibir la sagrada forma le pareció que se volvía su corazón como de blanda cera, que entraba en él su amado, y que, tocándole la sacratísima Humanidad de Cristo, quedaba su divina imagen como impresa en el mismo corazón, al modo que se imprime en la cera la de un sello bien hendido. Pero es de admirar, prosigue el joven, que esta imagen no sólo quedó impresa en un lado del corazón, sino por todos sus lados y por el medio, como la esponja henchida de agua. La misma impresión que la Humanidad en el corazón, vi por visión más alta que hacía la Divinidad en el alma; y se me dijeron estas palabras con un amor inexplicable: Desde ahora quedas trasformado en mí, y yo en ti en cierto modo: pero mira que también quedas obligado a evitar las más mínimas imperfecciones y aspirar a amarme sin cesar. Después, por visión imaginaria, me mostró el Señor una corona de oro, esmaltada de tan rica pedrería, que las piedras preciosas de acá parecen cieno en su comparación, y me dijo: Esta te prometo: yo te la daré cuando sea mi gloria . Otro día de comunión le brindó su ángel de la guarda con una copa de ambrosía celestial: llegósela a los labios, y bebió aquel licor desconocido en la tierra con indecible dulzura que le confortó el espíritu y aun el cuerpo. Sin duda que este angélico y divino licor sería el mismo que pocos días después bebió en otra comunión, oyendo al tiempo que lo gustaba, la voz de su amorosísimo dueño que le decía: Esta es la sangre de mi costado. Sintióse tan inflamado con el contacto de aquel licor maravilloso, que le parecía se abrasaba en un suavísimo incendio: juntamente, como seguía impresa la imagen de la sacratísima Humanidad en su corazón como el sello en la cera, parecióle también que, entrando Sacramentado en su pecho, se volvían a llenar los huecos o señales profundas de la imagen del Redentor. Dejaron estos amorosos lances tan desfallecido el cuerpo del H. Bernardo, que no podía moverse después de comulgar, y fue preciso ahora más que otras veces que le llevaran los ángeles, de la iglesia a la capilla de los HH. Filósofos, como era ya bastante frecuente. Entre tantos regalos del Señor no podían faltar los de su bendita Madre la Virgen Nuestra Señora, tan empeñada en favorecer a su siervo Bernardo. Dejóse ver del joven la celestial Reina, cortejada de innumerables ángeles, que lanzaban un resplandor vivísimo, y ella con los vestidos y el ademán gallardo de su gloriosa Asunción a los cielos. Traía en su mano derecha la corona de que antes hablamos: mostrósela al H. Bernardo, y díjole con suma afabilidad: Esta corona será señal de tu desposorio con mi Hijo, y desapareció. Muchos fueron y muy levantados los favores con que iba disponiendo el Señor a su amado siervo para este celestial desposorio, siendo el primero hablarle en lo interior de su espíritu y como pedir al alma su consentimiento. Alma escogida mía, le dijo el Señor con lenguaje y afecto divino, yo te quiero por esposa, yo que soy Hijo del Eterno Padre, igual y consustancial con él, de quien procedo por fecunda generación. Yo soy la segunda persona de la Santísima Trinidad, que tengo una misma esencia con el Padre y con el Espíritu Santo: mira, pues, si me quieres por esposo, que yo a ti te quiero por esposa. Iguales son mi poder, mi grandeza, mi inmensidad, mi bondad, mis atributos y perfecciones con las del Padre y el Espíritu Santo (6). Yo soy el más hermoso de los hombres; de mis grandezas están llenas las Escrituras: a mí se me ha entregado el mando de todo lo criado, siendo rey de todo ello. Esta admirable máquina del universo con todas sus perfecciones me está sujeta como a hacedor, en cuanto Dios, y, en cuanto hombre, como a heredero del cetro de Judá. Los supremos serafines se me arrodillan, y me adoran conociendo la dignidad que tengo, y la infinita distancia que hay de ellos a mí. Considera, pues, amada alma, si te convendrá tomarme por esposo, que yo, sólo por el amor que te tengo, quiero desposarme contigo. Considéralo bien y deséalo con los debidos deseos, que todavía pasará mucho tiempo: entre tanto yo te iré disponiendo, y te daré las arras, que serán prendas seguras de cuáles sean mis favores. Y el primero sea éste que te he hecho, de abrasar tu corazón. Fueron palabras distintas y muy en lo interior, y estaba el alma escuchando estos requiebros, espantada dulcemente, dice el H. Bernardo, que prosigue así su relación: ¡Oh, quién tuviera lengua de serafín para decir algo de lo mucho que aquí pasó en mi alma! Ya se ve cuán amorosas y regaladas son las palabras referidas; pero fue tal el amor con que se me dijeron, que, si Su Majestad no me conservara la vida, fuera cosa imposible vivir. Esperaba el Señor la respuesta; pero el alma, confusa y sumergida en el abismo de su miseria y de su nada, no sabía qué hacerse, viendo con una clara luz que se le comunicaba, cuán indigna era de este soberano favor, y parece se deshacía y aniquilaba. No podía hablar por estar muda y sorprendida de excesiva admiración, como abrasada en vivas llamas de amor; y balbuciente, sin formar palabra, hablaba con cifras, y sólo pudo decir: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra y voluntad (7), explicando con sólo este afecto tales actos de otras virtudes, que no es fácil explicar cómo sea: pues con éste solo amaba, admiraba, alababa, agradecía, adoraba, veneraba y exaltaba las grandezas de su amado, y se confundía, se aniquilaba y miraba indigna de tan gran favor. Los efectos han sido divinos, y ya me vale más callar en esto; pues desfallezco de amor, y no puedo proseguir. No contento el amabilísimo esposo de las almas escogidas con la locución y merced precedente, le continuó otras muchas el día de la Invención de la Santa Cruz (3 de Mayo). Estaba el H. Bernardo dando humildes gracias y fervorosas después de comulgar, cuando se vio de repente en uno como celestial teatro, dispuesto de esta manera. Parecíale ver por visión intelectual a Cristo Señor nuestro en un trono de extraordinaria y amable majestad: tenía a la mano derecha a su Madre Santísima, siguiéndose después por orden Santa Teresa de Jesús, nuestro glorioso P. San Ignacio y San Miguel: venían a la mano siniestra del Señor Santa María Magdalena de Pazzis, San Francisco Javier, el V. P. Manuel Padial y el ángel de la guarda. Absorto contemplaba el feliz joven tan maravillosa representación, cuando vio y oyó que su amor Jesús hablaba a los Santos en esta forma: A esta alma quiero tomar por esposa. pues peleó valerosamente con mi gracia, y llevó con constancia los trabajos: quiero también publicar su victoria a mis Santos, sus devotos, que le han asistido en sus combates. Al propio tiempo vio el H. Bernardo brillar la corona que ya describimos, en manos del Señor. El cual prosiguió hablando así: Hoy que se celebra la fiesta de mi cruz, he querido manifestarle su victoria, para que vea cuánto le importa llevarla. Y en esto mostrósele una cruz de dos colores, blanco y encarnado, tan unidos y mezclados entre sí, que no se podía discernir cuál de los dos sobresalía; dándosele también a entender que aquella forma de cruz significaba que toda su vida sería una tela tejida de penas y con- suelos, trabajos y delicias, fatigas y descansos, desamparos y favores del cielo. Otra de las condiciones indispensables para el sagrado desposorio del alma del H. Bernardo con el purísimo Jesús, era una castidad angélica; y quísosela ahora, no conceder, pues ya la gozaba el piadoso joven, sino confirmar y asegurar de una manera maravillosa por medio de su gran protector San Miguel. Vióle un día, en tiempo de gracias después de la comunión, acompañado de muchedumbre de ángeles, que venía con toda la belleza, resplandor y majestad que corresponde al ángel supremo. Traía en sus manos un velo más blanco que la nieve. Echaba éste de sí muchos rayos de luz y unas llamas de fuego que significaban aquella virtud hermosa; y en su centro veíanse unas letras de oro que juntas componían la palabra CASTIDAD. Habló luego San Miguel al H. Bernardo, y le dijo; Vengo, como príncipe que soy de los ángeles, a traerte el don de esta virtud: con él, aunque en adelante padezcas las imaginaciones que en ti levanten los demonios, está cierto que nunca llegarás a pecar. Dijo, y ciñóle aquel blanquísimo velo, de cosa de media vara de largo y algo menos de ancho, por la cintura, como si se la estrechara con un cíngulo. Sintió el H. Bernardo algún dolor al tiempo que se lo ceñía, pero un dolor tan sabroso como el don mismo que se le comunicaba; y juntamente percibió una voz que, como hablando con él, parecía repetir aquello de los Cantares. Vuelve tu rostro, oh Sulamítis; vuelve, vuelve que te miremos. ¿Qué veréis en Sulamítis sino haces de ejércitos acampados? (8), declarándoseme lo que agradaba al Señor la castidad, prosigue el H. Bernardo, y que el alma fortalecida de esta virtud como de impenetrable loriga, es fuerte como un ejército bien ordenado, contra sus pasiones y contra los mismos demonios. Todos estos, concluye el joven, son dones con que el Señor va preparando mi alma para el desposorio espiritual: y, antes de hacerme alguno de ellos, me trae a la memoria mis pecados, y me comunica tan claro conocimiento de mi nada, mis tibiezas, mis maldades e ingratitudes, que, si al paso que baja esta balanza, no subiera la del conocimiento de Dios y del particular amor que me tiene, fuera bastante para desesperar. Pero, como lo que viene de Dios, sólo es provechoso, y no dañoso, causa esta luz en mi alma una humildad magnánima que, en medio de la confusión, dice: Engrandece mi alma al Señor, porque ha hecho y hace cosas grandes en mí el que es todopoderoso (9). ................................................................ (1) Cant. II, 10, 11. (2) Ps. CXXIII, 6, 7. (3) Apocal. V, 12, 13. (4) En carta de 15 de Junio de 1729. (5) Cant. III, 9, 10. (6) Esto fue en nombre de la Divinidad; y lo que se sigue, de la Humanidad sacratísima. Nota del mismo H. Bernardo. (7) Recuerdo de la respuesta que dio la Virgen al ángel (Luc. I, 38). (8) Cant. VI, 12; VII, 1. (9) Palabras del Cántico de la Virgen (Luc. I, 46, 49). |
||