Entra el H. Bernardo en el desamparo, y lo que en él le sucedió. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888. Parte primera, capítulo 8).

 

Hallábase el H. Bernardo el 14 de Noviembre por la tarde rezando el rosario; y a la mitad de su piadosa devoción, vio de pronto que se le retiraba el ángel que hasta entonces se había mantenido a su lado: era el toque y señal de la pelea. Cercáronle al momento cuatro ferocísimos demonios que arrojaron en su espíritu una tempestad de furias, temores, iras, tedios y cuantos afectos desordenados componen un horroroso desamparo: y crecía la tempestad de punto en punto, y parecían tragar al inocente joven las olas encrespadas de aquel mar sin fondo, y sumergíase su corazón en un infierno de penas, que sólo él nos las pudiera describir. Sigámosle en el orden con que las refiere, y demos gracias al Señor, ya de antemano, por la victoria con que le libró de ellas al cabo de cuatro meses de riesgos y fatigas en tan deshecha borrasca.

La primera pena que atormentó su espíritu, fue la vista o imaginación de Dios airado contra él. Su mismo ángel, tan amoroso y benigno en otro tiempo, se le representaba enojado y como vengador de sus injurias: parecíale que le amenazaba con la espada desenvainada de la justicia divina, sin que cesara en tanto el infierno de alborotar los fantasmas de su imaginación de modo que no viera sino fuego y sangre, venganza y rayos en la diestra de un Dios ofendido. Ahora verás, le decían los demonios, burlándose de él y de sus cosas: ahora verás, beato santurrón, hipócrita embustero, lo que es jugar con Dios, cuando caigas bajo su mano: anda, vete ahora a hacerle requiebros, filosofillo. Tapábase los oídos por no escuchar tales blasfemias, pero inútil: quería acogerse a la divina misericordia, y efectivamente recurría a su piedad infinita, pero no daba sino con un Dios enojado, al parecer, y dispuesto a hundirle en los abismos; con lo que se aumentaba más y más su congoja.

Explícala nuestro atribulado joven con el símil de un tímido pajarillo a quien persigue vivamente el gavilán. Huye aquél y vuela para no caer en sus garras, y se acoge al primer nido que encuentra; mas en él halla otra ave de rapiña más fiera que se lanza a despedazarle. Así andaba el espíritu del H. Bernardo, que, huyendo del furioso león del abismo, le parecía tropezar con el león de un Dios irritado justamente contra su alma pecadora.

De esta creída aversión del Señor le nació una tristeza y melancolía inexplicable. Los ejercicios espirituales de oración, lectura, misa, comunión, penitencias, humillaciones y cuanto en otro tiempo eran para él fuentes y mina riquísima de celestiales consuelos, lo eran ya de amarguras y tormentos. Las recreaciones de los sentidos, ver, oír o conversar con sus Hermanos, solamente le servían de potro en que se agravase su martirio. Si alguna vez atravesaban por su memoria amortiguados recuerdos de dulcísimas consolaciones ya lejanas, parecía que aun ésos le decían como burlándose: ¿Dónde está tu Dios? ¿Qué se hicieron aquellos regalos? A la resolución casi imperceptible que había quedado en lo íntimo de su corazón, de perder mil vidas que tuviese y entrar en el infierno antes que ofender a Dios, oponíanse ahora todas sus pasiones rabiosamente desencadenadas. Cuando se volvía al Señor con alguna jaculatoria, siquiera débilmente formada o pronunciada, atormentábale el demonio de suerte que le fuera alivio morir en comparación de la violencia que le costaban aquellos afectos exprimidos de la sequedad y angustia de su corazón; y lo peor era que, vencida ya la dificultad de arrojarlos, figurábasele que el Señor no le oía, que todos sus esfuerzos eran pura ceremonia que irritaban más a Dios y enardecían su cólera.

Entonces provocaba el demonio en su espíritu tales ímpetus, furiosos y desesperados, que, si el Señor ocultamente no le favoreciera, llegara a dar en extremos escandalosos. Incitábale a estrellarse contra las paredes o tirarse por la ventana, a cortarse los labios y lengua con los dientes, a arrancarse los cabellos, y a otros tan increíbles arrebatos, que le hacían temblar las carnes. A ellos juntaba el enemigo horribles tentaciones de blasfemias contra Dios, contra la Virgen Santísima, y los ángeles y Santos sus devotos. En este aprieto volvíase el H. Bernardo cuanto podía al Señor con toda la sinceridad de su alma; pero entonces le sugería el demonio que no le oiría Dios, porque era réprobo y estaba ya decretada su condenación: Señal cierta de ello, le decía al oído y repetía el mentiroso, querer blasfemar de Dios como lo hacemos los condenados y los demonios en el infierno.

Reforzábase esta tentación con otra no menos atroz para su purísimo espíritu. Sentía algunas veces feos estímulos y obscenas imágenes contra la castidad en que siempre había sido un ángel, y por eso le atormentaban ahora más. Estas representaciones y movimientos le hacían rechinar los dientes y clamar por amparo y protección a la Reina de las vírgenes; pero las súplicas más ardorosas, las jaculatorias más santas e inflamadas le parecían blasfemias de un prescito o desesperado: no había ya para él intercesión, así se le oscurecía el entendimiento, ni aun de la Madre de misericordia.

A estas tentaciones más sobresalientes y groseras, acompañaban otras innumerables: soberbia, repugnancia a los mandatos de la obediencia, sugestión a faltar a la caridad con sus Hermanos, a despreciarlos y hacerles todo daño con obras y palabras; y más, una convicción de que los favores pasados habían sido sueño y fantasía de su vana cabeza, y astutas ficciones del demonio para tenerle más seguramente engañado en esa forma.

Llegaron a tal punto estos trabajos interiores, que alguna vez iba ya, fuera de sí, a despedazar el libro en que estudiaba, y como loco furioso, a romper (quien no haya pasado por este desamparo y combate, lo tendrá por imposible, pero es la verdad), a romper y pisar un Crucifijo que tenía en las manos; aunque, asistido ocultamente del Señor en los infernales asaltos del demonio, jamás prorrumpió ni se descuidó en palabra o acción menos religiosa. Ninguno de sus compañeros notó en todo este tiempo la más ligera alteración en su conducta: cosa tanto más extraña, cuanto que no le abandonaban sus tentaciones y penas ni de noche ni de día; si bien solían acometerle, es cierto, con más vehemencia en los ejercicios espirituales, y mayormente en la sagrada comunión. Aquí sobre todo padeció el H. Bernardo las angustias interiores que llaman los místicos purificación del alma.

Esta especie de padecer explica el H. Bernardo valiéndose de las palabras del santo Job: Ahora está macilenta mi alma dentro de mí mismo, y me poseen los días de aflicción (1), y emplea también para darse a entender en este punto oscurísimo las palabras de Jeremías: Fuego envió de lo alto el Señor a mis huesos (2). Las penas que en este paso devoran al alma, son comparables únicamente, en su proporción, a las que padecen los condenados en el infierno. Están privados los infelices de ver para siempre a Dios, y ése es su verdadero infierno, el que los atormenta más que todo lo demás, el castigo y pena de daño. Pues una como imagen suya formaban en el espíritu del H. Bernardo las tristísimas representaciones de que ya para él no había Dios misericordioso, sino terrible, airado y vengador. Con ellas quedaba a oscuras su entendimiento y tan espantosamente ofuscado, que sólo palpaba densísimas tinieblas; y sólo parece que rompían de su corazón desbordados torrentes de furias, despechos y abominaciones.

En este desenfreno y como descomposición de sus potencias sentía el H. Bernardo aquel fuego de que nos habla Jeremías, introducido en la misma sustancia del alma, que comunicaba también al cuerpo tormentos inefables. ”Yo no sé cómo explicar esto”, escribe el propio Hermano, “ni puede haber palabras tan expresivas que lo den a entender. ¡Qué congojas! ¡qué melancolías! ¡qué tristezas! ¡qué penas! Parece que está la sustancia del alma oprimida de una inmensa mole que, así como en lo natural sofoca el gran peso y casi ahoga a quien coge debajo, así abruma y causa tales y tan penetrantes dolores, que a veces casi me hacen perder el sentido: aquí se verifica lo del Real Profeta: Rodeado estoy de dolores de infierno (3)”. Los dolores que de este linaje de padecer se le corrían al cuerpo, eran puntualmente un fuego arrojado de Dios en sus huesos, y atizado por su omnipotencia y voluntad sapientísima: eran unos dolores y modos de penas que “no podemos entender, aunque se esfuerce a explicarlas el que las padece”, dice aquí el P. Loyola.

Y, por cierto, que son bien ininteligibles aun para el mismo que las experimenta en la peligrosa enfermedad y purificación del desamparo, uno de los medios más maravillosos de que se vale Dios para fortalecer a sus siervos en el camino del espíritu, y conducirlos después a la cumbre de la contemplación. Válese de él con más especialidad, ya lo sabemos, en la dirección de aquellas almas que algún tiempo fueron pecadoras, y necesitan lavarse con esta lejía y dejar sus culpas disueltas y desleídas en esta agua regia del poder divino; mas no es raro hallar ejemplares de almas purísimas que pasan también por ella, y con más rigor tal vez que las otras: que, al fin, no se pueden pagar con menos en esta vida los consuelos que, cuando le place, envía Dios a sus amigos. Esa es justamente la consideración que más los anima, al par del amor puro y desinteresado, a padecer con esfuerzo, y aun con gozo, en lo posible, todas las penalidades, aflicciones y agonías que él fuere servido de enviarles para prueba de su amistad. Mas eso no quita que la prueba sea espantosa a quien se le impone, y que por ventura le haga, si no cometer, exponerse a lo menos a que cometa excesos imprudentes y hasta peligrosos. Pero sería necedad pedir a un enfermo la robustez del sano, y a un herido de la cabeza la discreción del hombre cuerdo; y no puede negarse que este desamparo y purificación de que hablamos, es una verdadera enfermedad del espíritu, un estado como de enajenación pasajera y turbación de las facultades y potencias que deben guiarnos por el camino de la vida espiritual, un parecer que ya no son ellas las que de hecho gobiernan nuestros actos, sino otras como suplentes suyas y aun, tal vez, a manera de enemigas que se hubiesen usurpado el señorío y dirección del alma.

Tres son los grados que establecen los místicos en esta purificación, los mismos por donde pasó el espíritu del H. Bernardo, y que conviene señalar con distinción, a fin de que parezca más clara la verdad de sus lances en tan temerosa prueba, y aun se entiendan mejor algunos de los que hemos expuesto y los demás que todavía nos faltan que exponer. Tomaremos su doctrina y descripción de la Práctica de la teología mística del P. Miguel Godinez, que fue la escuela donde, por decirlo así, cursó el H. Bernardo, bajo la enseñanza y magisterio de Dios, esta delicada facultad, y el texto adonde nos remite cuando no alcanza a expresarse con la debida exactitud en los pormenores de su prueba.

Comienza ésta por unas acciones sensitivas penosísimas, dice el P. Godinez, y de ordinario por la imaginación, cuyo desamparo consiste en unas tinieblas aflictivas y oscuridades temerosas, dando Dios licencia al demonio para perturbarla de manera, que imagina todos sus objetos al revés de lo que son. Y así, por más que esté uno en gracia de Dios, aprehende fuertemente que está en desgracia; se figura al Señor enojado y pronto a castigarle; se le ofrece que la oración y el alma van juntamente perdidas; que ya no puede ser bueno ni tener esperanza de salvación: con lo que suelen en seguida levantarse intrincadas y escrupulosísimas tentaciones contra la fe, esperanza y caridad, y se alborota el apetito sensitivo con la rebelión de la fantasía, causando inexplicable tormento y confusión en toda el alma.

De la imaginación se deriva esta congojosa batalla, como veneno derramado, a las otras potencias exteriores, tanto y tan desordenadamente, que ya hasta el ver cosas hermosas y alegres causa tristeza y amargura: en la cama se halla desvelo; en el comer, desgana; en el oír, enfado; en los allegados, desprecio; en los amigos, desdén: no hay criatura alguna que no ayude a labrar y purificar esta alma tan dichosa como afligida. Pues, si entonces llegan a levantarse escrúpulos y remordimientos en la fantasía, como frecuentemente ocurre, no parece sino que el alma está puesta a cuestión de tormento con un dolor y pena tan sensible, que de allí se comunica a todos los miembros del cuerpo, introduciéndose y vertiendo hiel en sus huesos, nervios y coyunturas.

El segundo grado de la purificación es cuando sube el desamparo y acomete a las mismas potencias del alma. Queda entonces el entendimiento como un sol eclipsado, con horrorosas tinieblas en su lumbre natural: escóndensele hasta los hábitos adquiridos del bien concebir, el discurso no atina, la prudencia no vale, la experiencia se olvida, reina la ignorancia, y huye todo consuelo y placer; lo único que se le presenta en cada objeto, son dudas, sospechas, temores y angustias que militan contra la misma razón. Y como una persona metida en una oscura cueva llena de víboras y alacranes, y persuadida que ha de morir de sus picadas y mordeduras, vive con suma aflicción, pavor y sobresalto, de tal manera que cualquiera cosa que se mueve allí dentro en la oscuridad, le parece víbora que le ha de quitar la vida; de la misma manera se halla el entendimiento en este desamparo, que no tiene movimiento vital interior que no sea como víbora que le emponzoñe o alacrán que le mate con su veneno.

Del entendimiento corre después la peste a la voluntad, la cual, siendo de suyo la oficina, así de los deleites como de las virtudes morales, conviértese ahora en fragua adonde se forja lo más duro y repugnante de tan amarga purificación, y en horno donde se avivan y alean los más horribles trabajos, tedios, sequedades, fatigas y blasfemias contra Dios y sus Santos. Estando el alma en esta congoja y hoguera del infierno, siente bullir dentro de sí misma y revelársele desenfrenadamente sus vicios y pasiones: el bien le da en rostro, el mal le arrebata la parte inferior de la carne y quisiera avasallar aun la superior del espíritu; la razón se acobarda, el libre albedrío se encoge, la gracia se oculta y como se debilita: finalmente, apodérase de todo lo interior del alma una especie de sudor frío y desmayo que no menos la atormenta que enflaquece. Si a esto se añaden unos demonios que llaman asistentes y rodean el cuerpo por de fuera, como sabemos que algunos Santos los tuvieron, sube tan de punto la angustia y agonía, que parece imposible vencerla sin morirse, según los terrores, espantos, apariencias y representaciones tremendas y abominables que levantan y revuelven aquellos enemigos de nuestro bien.

Pero, llénanse a veces las potencias del alma tan sobreabundantemente con la amargura del desamparo, que, así como una fuente que rebosa por las orillas, deja la tierra vecina empapada en humedad que del agua de la fuente se le pegó, así también puede suceder que, rebosando ellas con la aflicción y amargura, de allí se derive y comunique el desamparo, según algún efecto suyo, a la sustancia misma del alma con inconcebible congoja y aprieto del corazón: y éste es el tercero y último grado de la enfermedad que describimos.

En el cual, para valernos de una comparación significativa, de la manera que una olla a quien aplican demasiado fuego, hirviendo se va y desborda y lanza parte de lo que contiene al fuego mismo, de la propia manera hierven y desbordan tanto las potencias, que despiden y vibran de sí una como cualidad espiritual que atormenta al alma inexplicablemente. Esto unas veces: que otras dale Dios licencia al demonio, como a espíritu superior al alma en fuerzas naturales, para que con alguna cualidad espiritual secreta inmute y aflija inmediatamente a la sustancia de ella, al modo que lo hace el mismo Señor con el fuego del infierno, que, siendo material, lo eleva a producir una cualidad espiritual que obra inmediatamente en la sustancia del alma. En ambos casos es tan grande la pena que produce este desamparo y purificación, que, según los místicos, no difiere de la del infierno sino en el lugar, duración y causa de padecerla, no en el mismo padecer: de donde se sigue que “sin gracia milagrosa ningún hombre la podrá sufrir con vida”, como lo asegura el P. Godinez que la experimentó, y llama después dichoso al que con la divina gracia la sufre, pues “para él se guarda a su tiempo”, dice, “lo más suave y supremo de la contemplación” (4).

Pronto veremos reducida a la práctica la verdad que se encierra en estas palabras; sigamos ahora con el desamparo y dolorosísima purificación del espíritu del H. Bernardo.

Eran extraordinarios, como queda dicho, los favores que en tiempo de paz le comunicaba el Señor Sacramentado el día de comunión. No había para él instante más deseado ni precioso en su vida que aquél en que se adelantaba a recibirle en su pecho: pero, en cambio, puede decirse también que, durante la prueba, era él justamente el que le producía mayores congojas y amarguras. Antes de comulgar, ya desde la víspera, le aumentaba el demonio con infernal viveza todas las tentaciones imaginables; y parecíale después al inocente joven que en todas ellas había consentido. Por más que examinaba entonces su conciencia hasta con nimiedad y escrúpulo, así en lo presente como en lo pasado, no podía hallar culpa grave en ella, pero tampoco desvanecer la especie de que llegar a comulgar y ser al punto precipitado en el infierno sería una misma cosa. Al acercarse luego a la sagrada mesa con tan tristes imaginaciones y la consiguiente repugnancia, recrecían con increíble vigor las dudas y perplejidades, los sustos y agonías de su espíritu. Poníansele además delante los cuatro demonios, sus verdugos; y ya con bramidos y visajes, ya con amenazas, ya con diabólicas astucias, procuraban apartarle de comer aquel pan de los ángeles de donde, si bien ocultamente, provenía toda su fortaleza. Allí era el alborotarle la imaginación y estrechar el cerco de su alma. También Judas comulgó, gritaban los infames, y está con nosotros; y traíanle después algunos textos de la Sagrada Escritura, con más frecuencia aquél de San Pablo: El que come y bebe indignamente el cuerpo y sangre de Cristo, se traga el juicio de su condenación (5).

A pesar del rabioso despecho de los demonios, jamás dejó de comulgar el H. Bernardo, haciendo una violencia extrema a su aversión, y fortalecido siempre con la virtud de la obediencia, con que sólo pudiera vencer la dificultad que luego después de la comunión le aguardaba de nuevo. Sentía una fuerza y operación del enemigo que le apretaba la garganta y aun la lengua, para que no pudiese pasar la forma consagrada. Sugeríale aquí que la despedazase con los dientes, o la arrojase de la boca y la pisase y escupiese: aumentábale el tormento con pronunciar infernales blasfemias, excitarle a que también él las repitiese, y ensuciarle la vista con las imágenes más deshonestas, y el corazón, si pudiera, con las más desesperadas tentaciones de ira, despecho y odio formal de Dios. También se le mostraban a veces en visión imaginaria los cuatro demonios en figura de perros monstruosos, abiertas las bocas, vomitando por ellas fuego y humo, y abalanzándose a él como para ahogarle o despedazarle con sus garras. Clamaba como podía en lo más recio de tan feroz asalto al Señor que no permitiese por su infinita bondad que cometiera él la menor irreverencia contra el adorable Sacramento de su cuerpo y sangre, y de esta humilde súplica se siguió más de una vez pasar la sagrada forma con gran facilidad y casi insensiblemente entre el temor y el ruego.

Una de ellas fue el Jueves Santo (14 de Abril), en que después de una peligrosísima y reñida batalla con los demonios que le querían apartar de la comunión, “vi abrirse la tierra a mis pies”, dice el H. Bernardo, “y me parecía que me empujaban por la abertura adentro, que era no muy grande, pero muy profunda, hasta llegar adonde se ensanchaba más, a una como cueva de desmedida extensión, llena de un fuego envuelto en humo, como el de las llamas de un horno de ollero, que no dan luz y ahogan. Quedé aturdido, porque conocí que era el infierno: y así me lo dijeron los demonios, y que me arrojarían en él si comulgaba, pues estaba en pecado mortal. Lo que padecí aquí, más es para concebirse que para decirse: pues, como el demonio me persuadía esto, y por otra parte sentía yo, en la parte superior, una fuerza interior que, aunque invisiblemente, con gran impulso me animaba a comulgar, era angustiosísima la resolución: mas, al fin, me resolví a comulgar, y comulgué. jOh mérito de la obediencia, que entre los dos extremos, de caer en el infierno o de obedecer, vencía éste! “.

Volviendo sobre ella un poco más abajo, después de haber ahuyentado con su virtud a los sañudos perseguidores: “Gran medio es la obediencia”, repite con valor, “para quebrantar las fuerzas del demonio: si ésta no me ayudara, juzgo que alguno de estos días a mi mismo me hubiera muerto”. ¡Qué insoportables no serían sus amarguras y aprietos, cuando tal se atreve a escribir nuestro amabilísimo e inocente joven!

Lo fueron tanto que en una ocasión, entre otras, en que no pudieron rendirle los demonios con todas sus máquinas e invenciones después de un encarnizado combate, resolvieron deshacerse de él, y quitarle el juicio, cuando no la vida y la inocencia de su alma. Echáronle mano violentamente, dispuestos a que, si no por voluntad, por fuerza a lo menos cediese a la tentación, con que se fueran ya alabando de vencedores siquiera en parte, y le pudieran argüir que, bien o mal de su grado, pero, al fin, de hecho, él no había salido vencedor en todo. No hay a qué contar lo que aquí pasó: fue tan sangrienta la batería de los enemigos, que ya el H. Bernardo, sin poder valerse ni resistir más, empezó a hacer extremos como de hombre que ha perdido el juicio. Heríase con golpes, arrojábase por el suelo revolviendo en él como furioso; y fue tan espantable el ruido, que al estruendo acudió su director y maestro de filosofía con el H. Procurador del Colegio que vivía casualmente debajo de su cuarto. No podían entre los dos sujetarle para que no se hiriese, espantados de aquel temeroso accidente y de la ligereza e ímpetu con que se les iba de las manos y retorcía y rebotaba como una pelota.

El Hermano creyó que aquello era sencillamente un ataque de nervios o cosa parecida, y corrió en busca del enfermero; ordenándolo Dios así para que no se trasluciera a lo exterior la causa de tan desaforada lucha. Mas el Padre, que no ignoraba lo que podía ser, acudía en tanto fervorosamente al amparo de Jesús, de la Virgen y de todos los Santos: y no bien nombró a Santa Teresa y Santa María Magdalena de Pazzis, cuando al instante vio el joven a estas sus dos abogadas que venían en su socorro. Hicieron ellas huir con su presencia a los tentadores infernales, y quedó el H. Bernardo sosegado, pacífico y tranquilo como solía. Así le hallaron ya los Hermanos, y se volvieron dejándole con el P. Morales, dando gracias a Dios de que no hubiera seguido adelante el mal trato de los nervios que ellos se imaginaban.

Por el mismo tiempo, en que parece no desaprovechaba el cielo ocasión que pudiera servir de prueba al atribulado filósofo, padeció éste una humillación que suele de ordinario turbar a los de su edad, si no tienen su virtud. Fue una penitencia que, según él dice, tenía bien merecida por una falta que cometió contra la regla que nos prohíbe entrar en aposento de otro sin licencia del Superior. Pudo racionalmente suponerla el H. Bernardo en las circunstancias en que ahora entró en el de uno de sus condiscípulos, y así la supuso, en efecto, bien ajeno de sospechar que hubiera la menor culpa en lo que hacía. Mas fue de contrario parecer o fingió serlo, el Superior cuando él mismo vino después a darle razón de todo, y creyó prudente castigarle, disponiendo que fuese pública la penitencia.

Luego que se la intimaron, voló el joven a presentarse delante del Santísimo Sacramento, y ofrecerle aquella mortificación en descuento de sus culpas: y allí “se me comunicó tanto gozo, alegría y deseo de padecer”, dice él, “con las .inteligencias que se me dieron de los oprobios de Cristo Señor nuestro, que no me cabía en el corazón”. Poco antes de ponerse de rodillas en medio del refectorio para oír la reprensión pública de su falta, que le leyeron en alta voz, se le habían ya mostrado el ángel de su guarda y San Miguel, que le acompañaron todo el tiempo que duró la reprensión y el acto de besar los pies a la comunidad, que dio fin a la penitencia. Mantúvose entre tanto radiante de gozo el joven penitenciado: y temiendo alguna exterioridad ruidosa, pidió a Nuestro Señor que templase o suspendiese tanto favor y regalo. Vuelto luego en sí, declaróle su santo ángel algunos de los motivos que tuvo la divina providencia en procurarle aquella humillación. El primero era para que, si alguno de sus compañeros se había formado gran concepto de su virtud, se le cambiase; el segundo, porque así se ocultarían mejor los favores del cielo, pues de verdad muchos dirían con bastante apariencia que con semejantes culpas no se componían bien gracias sobrenaturales; el tercero y principalísimo, porque ésta era la voluntad de Dios, y sobre todo en aquel tiempo de desamparo y prueba, para sus altos y adorables fines que él no conocía ni necesitaba conocer. Omitimos otros favores y circunstancias que intervinieron en este suceso, y sirvieron grandemente al H. Bernardo para su estado de purificación dichosa pero dolorosísima en que le tenía puesto el Señor.

No era él ciertamente de los que más le acongojaban: harto más tristes eran y desconsoladores en extremo para su espíritu los sobresaltos de su conciencia, las sequedades en la oración, la ausencia de su amado, la batalla continua y horrorosa con los enemigos de su alma, que no le dejaban un momento de reposo, durante su desamparo, sino para acosarle después con nueva saña y furor. Pero también llegó, al fin, el tiempo en que habían de cesar aquellos temores y angustias, aquellas ansias y acometidas. Serenóse al cabo de cinco meses la fiera tormenta que amenazaba sepultarle en los abismos, y volvió a salir esplendoroso para el H. Bernardo el sol que ilumina y consuela a los que vivimos en este valle de lágrimas, que sólo podrán secarse del todo, cuando Dios fuere servido, en otro mundo mejor.

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(1)   Iob. XXX, 16.

(2)   Thren. I, 13.

(3)   Ps. XVII, 6.

(4)   P. Godinez, Práct. de la teol. mística (libr. III, caps. III-V)

(5)   I ad Corinth. XI, 29.

 

 

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Causa de Beatificación   Tesoro escondido
Carta del rey Felipe V   "Tesoro escondido", librito completo, Valladolid, 1734
Artículos, varios   "Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888