| Prosigue el Señor
favoreciendo al H. Bernardo, y le dispone para la
tentación. (Vida
del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año
1888. Parte primera, capítulo 7).
Uno de los favores más ordinarios desde que dio fin a los ejercicios, y premio tal vez de su conformidad en la ausencia del ángel de su guarda, fue el de asistirle éste y mostrársele visible a cada paso, más no ya solo, sino en compañía del arcángel San Miguel, y con una circunstancia que al principio le sorprendió algún tanto: pues reparó que San Miguel se le ponía siempre al lado izquierdo, cediendo el derecho al de la guarda, no obstante ser éste inferior al príncipe de la celestial milicia. Preguntada humildemente la causa, fuéle respondido ser el lado derecho el destinado a los que señala Dios para la custodia de los hombres, a fin de significarnos la estima y veneración con que los hemos de mirar y seguir sus consejos. Grande fue la que con esta inteligencia concibió el H. Bernardo a su ángel, y no menor la confianza con que desde este momento comenzó a tratar con San Miguel, a quien ya de antes consideraba y acudía como a uno de sus especiales patronos, pero ahora con más razón y mayor familiaridad de manera que una vez ya no se pudo contener que no le descubriese la envidia que le causaba su ardentísimo amor a Dios que tanto le había encumbrado a su gracia y ennoblecido con tan excelentes perfecciones. Pues, si tales grandezas puso Dios en sus criaturas, ¿cuáles serán las suyas? fue lo que a esto respondió el arcángel; y aquí, quedó mi entendimiento como pasmado y absorto, añade el H. Bernardo, y la voluntad amando de un modo que sólo entienden los amantes divinos a quien el Señor se lo comunica. Luego a los pocos días, que fueron 26 de Septiembre, en la misa en que uno de sus compañeros hacía los votos del bienio, vio que, al tiempo que el novicio se ofrecía en holocausto al Señor, también se lo ofrecía su ángel como víctima agradable, pidiéndole se dignara aceptarla en olor de suavidad en su divino acatamiento. Movió tan dulce vista al H. Bernardo a repetir o renovar también él la oferta de sus votos, para obtener igualmente, como obtuvo, que el santo ángel de su guarda la ofreciese asimismo al Señor, que la aceptó con sumo agrado. El siguiente día 27, fiesta de San Cosme y San Damián, en que celebra la Compañía de Jesús el aniversario de su confirmación por Paulo III en 1540, vio, como otras veces, al Señor en el Santísimo Sacramento. Acompañábanle nuestro glorioso P. San Ignacio y San Francisco Javier, y oyó el joven que le decía el Señor: Estos son los dos ejes en que estriba la Compañía, y le dio singulares luces sobre estas palabras. Al mismo tiempo le añadió: Dame muchas gracias por haberte traído a esta religión, que la tengo muy en mi corazón. Móstráronsele también afabilísimos los dos Santos, y los dos le hablaron. Díjole San Ignacio: Mira que yo soy tu padre; y San Francisco Javier: Ya sabes que no te he negado cosa de cuanto me has pedido. Una de las divinas luces que el Señor comunicó en esta ocasión al H. Bernardo, fue la de su bajeza e indignidad para recibir tan celestiales favores. Comunicóseme aquí, dice él, gran luz de lo poco que yo lo merezco, y esto en todos los favores: al paso que es grande el conocimiento de Dios, a ese paso es tan grande el propio, que se confunde y aniquila el alma; y así, hoy se quejaba amorosamente, diciendo: Señor, ¿cómo favorecéis tanto a una criatura tan ingrata como yo? ¿Por qué no lo dais a quien lo agradezca más? Pero este divino dueño ve que, si no me favoreciese así, sin duda me iría yo al infierno, y por eso me quiere llevar por este camino: que, si al mayor pecador del mundo le diera las luces que a mí, no dudo sería un gran siervo suyo. El me de su gracia para que yo le sea fiel, y corresponda a estos beneficios; pues, aunque fuera un gran siervo suyo, veo que nada era mío, sino todo del Señor que hace la costa; y, de no ser muy santo, se me ha de pedir estrecha cuenta en el tribunal de Dios. Gastó lo que faltaba de este día en asombrarse de la misericordia de Dios con él, y en considerar la dicha de los ángeles que le ven y gozan sin poderle ofender para siempre. Sobre lo mismo fue, y sobre las perfecciones y excelencias de aquellos bienaventurados espíritus, la meditación del día siguiente: y cuando el 29, fiesta de la Dedicación de San Miguel arcángel, se hallaba meditando sobre lo mismo, vióse de pronto rodeado de multitud de ángeles capitaneados por su príncipe, quien le dijo con voz clara: Te agradezco la preparación que has hecho para celebrar este día, contemplando nuestras perfecciones angélicas: y en señal de este agradecimiento te prometo que no serás vencido en estas tentaciones (1), ni jamás en la contraria a la pureza. Lo mismo le prometió el ángel de su guarda, con un semblante entre risueño y triste: indicio de la grave calamidad que le venía encima, como él lo adivinó al momento. Lejos de intimidarse con su anuncio el valeroso joven, rogaba de allí a algunos días al Señor que se dignara comunicarle ya parte del cáliz amargo que tantas veces le había ofrecido, y no acababa de dárselo a gustar. Pronto lo gustarás, le respondió el Señor, apareciéndosele majestuoso, y llenando su alma de consuelos inefables: el día después de la festividad de mi siervo Estanislao entrarás en el desamparo. Luego veremos cómo se cumplió esta prevención profética del Señor empezando puntualmente el mismo día 14 de Noviembre de 1728 en el Colegio de Medina del Campo, adonde a principios del mes anterior le envió la obediencia a estudiar filosofía. Ahora conviene a este propósito insertar aquí ante todo unos fragmentos de carta del H. Agustín a su H. Bernardo, de 31 de Octubre, en la cual, de paso que da a él santísimos consejos para proceder bien en el tiempo de sus estudios, también nos descubre a nosotros algunos pormenores acerca del estado de espíritu del nuevo filósofo, que no pudiéramos saber tan claro por otra parte. Dice así lo principal de la carta del H. Agustín. Mi carísimo H. Bernardo: Con gran consuelo de mi corazón recibí su última, cuya fecha es de aquel paraíso de nuestra amada Villagarcía, en donde, aunque ausente corporalmente por la santa obediencia, le contemplo con su corazón y afectos como en amenísimo campo de celestiales virtudes y cielo agradable de divinas delicias, en que a porfía se empeñan y desempeñan el amor del divino esposo y el de sus escogidos siervos. Pero aunque, habiéndose gustado la regalada familiaridad de Jesús, viene a ser hiel muy desabrida toda otra conversación, convenía con todo que dejase aquel santo retiro para dar pruebas constantes de sus finezas y amor para con su Dios y Señor, quien es fidelísimo en sus promesas: y así esté muy seguro y confiado en él, que no le ha de faltar en sus santos designios, para cuyo feliz logro y consecución no dudo sino que habrá salido del santo Noviciado y de la amable dirección de nuestro P. Loyola muy imbuido y prevenido para cualquier lance. A la verdad, mucha virtud requiere el estado de los HH. Estudiantes, y muy sólidos fundamentos se han de suponer para proseguir y concluir con el sublime edificio de la perfección entre la faena de las tareas literarias. Aquí le manifiesta la exposición y peligro grande que hay en los estudios, si no se emprenden con pura intención de agradar a Dios y adelantar en las letras para su mayor gloria, de caer miserablemente del primer fervor, como tal vez acontece aun a algunos de quienes el parecer humano se podía prometer y aun casi debía presumir que, según sus felices principios en el santo Noviciado, habían de llegar con prósperos progresos a ser cedros elevados del Líbano, para servir de columnas incontrastables a la casa y templo santo de Dios. Lo cual no sucederá por cierto a aquellos que procuren conservar aun en la sequedad de los libros el jugo del divino espíritu que bebieron en el Noviciado, y fomentarlo con la continua memoria y compañía de su amor Jesús. El que mucho trata con él, el que lleva a Jesús consigo, buen compañero lleva y buen despertador para que no se descuide en la exacta observancia de sus reglas y obligaciones, que es la verdadera salvaguardia y sostén de un cumplido H. Estudiante de nuestra Compañía. Apruebo mucho para este intento, le dice un poco después, el medio que han tomado de la comunicación de sus cosas con el Padre su Maestro, para que tenga mi carísima fácil recurso en las cosas más ordinarias, y también para tomar consejo en sus tribulaciones: aunque su primer consejero ha de ser en todo cuanto se pueda, aquel Señor que dice: Yo estoy con él en la tribulación; yo le libraré de ella y le glorificaré (2); pidiéndole con grande fervor siempre, y con especialidad en el tiempo del desamparo, no le desagrade, y le dé victoria de sus enemigos. Esto mismo procuraré yo pedirle en mis tibias oraciones cada día, esperando en sola su benignidad que le asistirá a mi amado H. Bernardo con su especialísima protección, debajo de la cual andará muy seguro. Glorifico al Señor Todopoderoso de lo íntimo de mi corazón por sus misericordias, y porque se ha dignado de manifestar a mi carísimo Hermano el oculto y mucho más apreciable estado a que le dije llegaría con el tiempo, y en que me dice se halla. Coteje el ruidoso aparato de aquellos ímpetus que se padecen a los principios, con la serenidad tranquila del estado presente, y alabe mucho al Señor por las ventajas de éste al pasado. Allí todavía se muestra la materialidad que con su torpe y grosero modo causa en alguna manera el cuerpo en el alma, pues todo aquel alboroto de los sentidos es imperfección, y así, el modo de comunicarse los favores es como imperfecto: al contrario, cuando se llega a este estado pacífico, no tienen lugar los sentidos ni hacen su oficio; antes todo pasa en lo más profundo e íntimo del espíritu por modo muy sutil y delicado. Infiérese de esta relación que se hallaba ya el H. Bernardo en un estado sin comparación más sublime que aquél en que le vimos hace poco, aun bastante después que empezó a tratar de lleno con el Señor: en un estado más tranquilo y de más estrecha familiaridad con Dios, sin las ansias y sobresaltos sensibles que antes le causaba, ya la vista, ya la ausencia de Su Majestad, y de que poco a poco le fue curando la costumbre: en un estado, en fin, más propio y dispuesto para el combate, y no tan ocasionado a fatales consecuencias. No es ésta, por cierto, de las menores gracias que el Señor le hizo en su vida ni de las que él menos estimó, ahora sobre todo, a tiempo y sazón que le faltaba el P. Loyola, apenas podría asistirle el H. Agustín en lo más recio, e iba formándose en tanto fiera y borrascosa la tormenta sobre su alma. Para que no fueran tan temibles sus estragos, importaba mucho al H. Bernardo tener cerca de sí un director hábil que le acudiera y consolara: y fue servido Nuestro Señor que el mismo que iba a ser su maestro de artes, fuera no menos práctico y versado en el espíritu que en la filosofía, en que pasaba con razón por uno de los más sobresalientes. Era éste el P. Fernando de Morales, de mucha correspondencia con el P. Loyola, y no poca también con el H. Agustín; el cual, como hombre que le conocía a fondo por experiencia, no titubeó en aprobar al H. Bernardo la comunicación de sus cosas con él, mayormente en el tiempo de las tribulaciones. Poco necesitó de sus consejos el dichoso joven los primeros días que estuvo en Medina del Campo. Continuábale el Señor por sí mismo y por sus ángeles los favores que antes hemos referido en Villagarcía: a los cuales debemos añadir ahora otros que le sirvieron de enseñanza próxima y le dieron grande aliento para el desamparo y terribles batallas que amenazaban ya de un día para otro, y veremos en el siguiente capítulo. Perdía con fervorosa instancia a Santa Teresa de Jesús el día de su fiesta (15 de Octubre) que se dignara servirle de protectora en los trabajos que le aguardaban. Estaba en lo más fervoroso de su súplica, cuando se le mostró la soberana Reina de los ángeles que traía a su diestra a Santa Teresa, y a su siniestra a Santa María Magdalena de Pazzis. La Señora le miró con aquella su cara de sonrisa que basta a serenar el infierno, si fuera posible, y no le dijo nada, sino mirarle más y más risueña. Las dos Santas le hablaron muy familiarmente, y le dijeron: Si te favorecemos en los consuelos, ¿no te favoreceremos en los desamparos? Estas palabras afirmaron al H. Bernardo en que de veras le favorecerían sus dos abogadas en las amarguras, como en efecto le habían ya favorecido para que el demonio no le engañase en los regalos que recibía de Dios: pero sobre todo no podía dudar de que le sería muy propicia, como siempre, la Reina del cielo a quien miraba tan afable. Otro favor muy sólido e importantísimo cual ninguno, que también por estos días le hizo el ángel de su guarda, fue enseñarle que las dudas que se pueden resolver por los Superiores o Padres espirituales, no se han de preguntar a los ángeles con curiosidad imperfecta. Sólo Dios sabe lo que esta celestial doctrina le aprovechó en lo más crudo de sus penas y aflicciones. Aconsejóle también por el mismo tiempo su ángel que, previa la debida autorización, convendría tomase por materia de su meditación ordinaria los misterios de la infancia de Nuestro Señor; porque, al celebrarlos la Iglesia, estaría él en lo más borrascoso del desamparo y no podría meditarlos como quisiera. Consultó el H. Bernardo el consejo del ángel con su director, que dijimos ser el P. Fernando de Morales, y éste se lo aprobó, noticioso ya de la tempestad, y del día y hora en que empezaría. Pero aumentábanse entre tanto las mercedes con que el Señor le regalaba, especialmente en los días de comunión al recibirle Sacramentado y tenerle en su pecho y gozar de su presencia. Hallóse tan fuera de sí en una ocasión que, no pudiendo moverse al ir de la iglesia a la capilla adonde subían los HH. Filósofos a dar gracias después de comulgar, temió se descubriera el motivo. Mas dispuso el Señor, dice él, que mi ángel me fuese subiendo por las escaleras y me metiese en la capilla sin saber yo lo que me pasaba, sólo sí conociendo el favor del ángel: subióme con la comunidad de los HH. Artistas, sin que ninguno de ellos conociese tan gran merced. Así le favorecía su santo ángel, y al mismo tiempo le inflamaba en amor al Santísimo Sacramento. Al verle ir a comulgar, le dijo un día de éstos, con inefable ternura: Si te pudiera tener envidia, Bernardo, te la tuviera: porque yo no recibo la sagrada Eucaristía. Bien había menester el dichoso joven de la fortaleza que le daba el Señor con el pan de los ángeles y de los fuertes, en vísperas de sus trabajos y tinieblas. Para más inmediata prevención a ellos, oyó que le decía entonces San Miguel: Ya se llega el tiempo de cumplir yo mis promesas. También le previno poco después Su Majestad, diciéndole: Ya se ha llegado el tiempo determinado por mi providencia: hijo, el demonio está como un león atado; en desatándole, se tirará a ti; pero al mismo tiempo le renovó la promesa de que le asistirían su dulce madre la Virgen, Santa Teresa .de Jesús, Santa María Magdalena de Pazzis, el príncipe de los ángeles San Miguel y el de su guarda. Conoció también que habían de ser cuatro los demonios que le habían de tentar y perseguir furiosamente: y que, al paso que hasta entonces habían sido indecibles los consuelos, habían de ser ahora más extraños los modos de padecer en el desamparo. Lo cual, en vez de atemorizarle, causó en mi alma tanto gozo, según él dice, como si, estando en lo más horrendo del desamparo me revelase el Señor la venida y cercanía de los favores; y así, después que salí de la oración, ando con una alegría y gozo muy especial que no acierto a describir, y hállome con grande ánimo para entrar en tan terrible batalla. Ya veo que, como la experiencia me lo ha enseñado, es otra cosa mirarlo, como dicen, de talanquera; y que, en retirándose el Señor, se va y oculta la luz, y quedan en el alma densísimas tinieblas. Pero, como ha de pelear el Señor por mí, no dudo de la victoria: si yo por mí, sin la gracia del Señor, tuviera que resistir a los combates de Satanás, a la primera y más leve tentación me echaría por tierra; pero esfuérzame la seguridad de que, a más que dice el Señor: Con él soy en la tribulación (3), me tiene dada palabra de favorecerme con especialísima gracia. Llegóse en esto el día de San Estanislao de Kostka: y al despertarle por la mañana el ángel, según su costumbre en los días de comunión, le dijo: Hoy, todo este día, estaré acompañándote; y añadió: Cuando mañana me apartare de ti, empezará el desamparo. En la sagrada comunión le dijo también el Señor con un rostro de suma bondad y confianza: Bernardo hijo, en la probación se ve el verdadero amador; y en seguida, para muestra de mayor regalo, añadió el dulce Jesús: Ahora pídeme lo que quisieres en prendas de mi amor. Pidióle das cosas: la primera, que Su Majestad no permitiese que le ofendiera en el desamparo; la segunda, que ilustrase y asistiese a su director, con quien solamente había de tratar en este tiempo, para que no se admirase, turbase o espantase de la novedad que había de haber en su espíritu. Ambas gracias le concedió el Señor. Coronó los favores que precedieron al desamparo la madre de toda piedad y misericordia: era imposible que faltase la bendita Señora a su buen hijo, en tiempo que tanto necesitaba éste de su protección y valimiento. Estaba dando gracias después de comulgar, cuando oyó un celestial concierto de ángeles que festejaban a su Reina, y vio que ésta se dirigía a él con aquella gloria y majestad que sola ella pudo merecer y goza a la diestra de su Hijo unigénito. Acarició amorosamente al H. Bernardo, le animó a padecer con resignación y confianza, y concluyó diciéndole: Porque veas que te he de patrocinar, por eso he querido que empiece tu desamparo el día de mi Patrocinio. Efectivamente el año de 1728 se celebraba el Patrocinio de Nuestra Señora a 14 de Noviembre. Con esto se despidieron madre e hijo. Desapareció de repente la visión, y quedó el H. Bernardo engolfado en dulzuras y afectos inexplicables, que le duraron hasta la hora señalada por Dios de entrar en las oscuras tinieblas y penosa batalla del desamparo. ....................................................... (1) Esto es", añade de suyo el H. Bernardo, en las que tuviere en el desamparo que me espera. (2) Ps. XC, 15. (3) Ps. XC, 15. |
||