| Hace los votos del
bienio el H. Bernardo, y sigue favoreciéndole el Señor.
(Vida del P.
Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888.
Parte primera, capítulo 5).
Los desamparos que padeció el H. Bernardo en esta ocasión, dirigidos sin duda por Nuestro Señor a robustecer su alma y disponerla a un entero sacrificio por medio de los votos religiosos, terminaron con un favor muy particular. Entre las amorosas delicias que a ellos siguieron, y en las que de nuevo conoció haber salido vencedor de tan peligrosa batalla, se atrevió a quejarse, como en otro caso igual Santa Catalina de Sena, a su regalado esposo: ¿Dónde habéis estado, Jesús, dulce amor mío, todo este tiempo? Y oyó en su interior estas tiernas palabras: Ya te dije que estaría en tu corazón; y así, en él he estado. Díjomelas el Señor con mucho amor, añade el novicio. Llegó en tanto el 12 de Julio, en que el H. Bernardo, habiendo satisfecho a todas las pruebas y experiencias de su noviciado, había de consagrarse en perfecto holocausto al Señor por medio de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, con dispensa que primero se obtuvo de Roma en su edad de menos de los 17 años ya cumplidos que se necesitan para la validez de aquel acto religioso. Dispúsose para él con un triduo de ejercicios espirituales y fervorosos actos, ya secretos ya públicos, de humildad y penitencia que le permitió su Maestro de novicios: pero en especial, con la preparación más alta con que el dulcísimo Jesús le encendió el corazón en aquellos amantes ardores que habían de consumir el sacrificio de la inocente víctima. El 12 ya de Julio, al empezar a leer la fórmula de los votos, vi en la sagrada forma, escribe el H. Bernardo, al mismo Jesucristo que me oía, como juez en su trono, muy afable. Quedé al principio como fuera de mí al ver tan gran Majestad, mas no fue tanto que se conociese en lo exterior. Concluida de leer la fórmula, cuando iba a comulgar, vio al mismo Señor que entraba en su pecho bajo las especies sacramentales, y le oyó juntamente que le decía: Desde hoy me uno más estrechamente contigo por el amor que te tengo. Cuida aquí de anotar el H. Bernardo que las palabras con que le habló el Señor, fueron intelectuales, como también la misma visión, (y fue la primera, según añade, que tuvo de esta especie), a que se siguió la locución en aquel divino idioma que sólo entiende a quien el Señor se lo enseña. En día de tanta fiesta no quiso faltar la Reina de los ángeles a su devoto hijo. Apareciósele llena de hermosura y majestad, acompañada de las dos gloriosas vírgenes del Carmelo Santa Teresa de Jesús y Santa María Magdalena de Pazzis. Hízole la Señora mucho agasajo como solía, y las dos vírgenes seráficas le hablaron también muy cariñosas allá en su lenguaje, diciéndole: Nosotras te seremos propicias, Bernardo, como patronas. El mismo Señor se dignó aceptar y confirmar la oferta de las dos Santas en una de las muchas apariciones al feliz joven por este tiempo, que, por semejantes a la primera, es forzoso omitir. Mas no omitiremos que esta divina aceptación y confirmación le sirvió en gran manera en uno de sus mayores cuidados: y fue que, viéndose tan favorecido del cielo con hablas y visitas, empezó a temer otra vez más sobre las pasadas, y ahora más de veras, no fueran ilusiones del demonio o fantasías de su imaginación los que a él le parecían favores sobrenaturales. Hallábase muy molestado de este pensamiento, cuando le sosegó el Señor, y le dijo: Ya sabes que Teresa y María Magdalena de Pazzis te serán especiales patronas en ese punto. Respiró su espíritu con estas divinas palabras, y llegó poco a poco a descansar por completo con la consideración misma de los sentimientos y dulzuras del cielo que experimentaba siempre que le favorecía el Señor: y, en verdad, que eran bien para sosegarse y descansar tranquilo. Sin quererlos explicar, explícalos así el mismo H. Bernardo. Si quisiera decir alguna cosa de lo que pasa entre mi alma y su esposo, me dilatara mucho, y al fin no pudiera decir algo de lo que ello es en sí: pues son tales las finezas de amor que este amorosísimo Señor hace a las almas, que no son creíbles sino al que por experiencia las conociese. Es un destello de la gloria, es una cosa divina; es una celestial locura; es un santo desatino; es una cosa sobre las que puede penetrar el que no las ha experimentado; en fin, es estar el alma gozando de aquellos divinos pechos, recreándose en los brazos de su amado como uno que, abochornado del gran calor, se echa a la sombra de un árbol; es un deshacerse suavemente, un derretirse, abrasarse y consumirse, sin acabar, en llamas de amor. Así comienza el H. Bernardo la minuciosa y circunstanciada relación que ahora por este tiempo le mandaron escribir sus directores espirituales de todo cuanto pasaba por su alma, no sin que alguna vez, mientras la escribe, tenga que rogar a su amoroso dueño que se sirva contener un poco el ímpetu y avenida de sus dulzuras, si ha de poder cumplir con la obligación que de su parte le impone la obediencia. Imposible parecía, en efecto, que la pudiese cumplir bien, según andaba de embebido en Dios por todo este tiempo, pero al fin la cumplió, y ya por Julio del mismo año se aprobaba su Relación, y reconocían por seguramente divinos los favores que en ella se contaban, aunque tan grandes y extraordinarios. No lo fueron menos los del mes de Agosto, en que la soberana Reina de los cielos tomó, digámoslo, por su cuenta el regalar como tierna madre a su querido hijo. Ya en la devotísima costumbre de nuestra Compañía, de tomar los Santos de mes, le tocó por suerte la papeleta de la Asunción. Gozoso con ella, daba gracias a la Virgen por la merced el día primero a la tarde, rogándola se dignase tomarle bajo su patrocinio con particular amor, como también a otras dos personas (cuyos nombres omite el P. Loyola, aunque sabemos con toda seguridad que eran el mismo Padre y el H. Agustín): y a este tiempo me pareció, prosigue el H. Bernardo, que nos recibía esta Señora bajo su protección, por un modo tal que, sin ser visión o habla, quedé muy cierto de ello, con grandes dulzuras, suavidades y consuelos. En los días siguientes fueron éstos iguales a los del primero, con uno más de singular confianza en el octavo. Díjole en él a su hijo Bernardo la bondadosa Madre, cuando le vio más engolosinado en contemplarla y gozar de su hermosísimo rostro: Mira, hijo, que también has de hacer tú algo por mí: trabaja con todas tus fuerzas en que se extienda mi devoción por todo el mundo, y sea venerado mi nombre entre las gentes. Cuál sería la respuesta del agradecido joven a invitación tan amorosa, vale más dejarlo a la consideración de los que sepan apreciar en lo justo la nobleza y generosidad de su alma. El día mismo de la Asunción puede asegurarse que le favorecieron a competencia el Señor y su bendita Madre. Ya en la misa, poco antes de comulgar, se halló de pronto en estrechísima unión con Dios, suspensas las potencias y sin uso los sentidos. Trasladóse al cielo en alas del espíritu, y allí vio cosas inefables, y gustó de soberanos deleites que no es posible describir. Después de la comunión, tuvo una visión intelectual, merced con que frecuentemente le regalaba su amor Jesús por todo este tiempo en que vamos: en ella asistió, con el coro de los ángeles, a la fiesta solemne que se hacía a su Reina, aclamándola señora del universo. Y aquí, aun no bien recogido de su visión, oyó que el Señor le decía con mucha afabilidad: Lo que hoy has gozado, es algo de lo que hubo en el cielo cuando entró en él mi Madre. Tenla por tuya: todo lo que me pidieres por su medio, no dudes que lo alcanzarás, si es gloria mía. En esta ocasión entendió grandes maravillas y secretos de las excelencias de la Virgen Santísima, y toda la mañana anduvo muy abrasado con aquellos ardores que encendieron en su pecho así las fiestas que vio en el cielo como las palabras del Señor tan amorosas. Quiso avivarlos a la tarde con un rato de oración muy sosegada. Estaba ya en ella del todo arrebatado en la contemplación de las grandezas y perfecciones de la Virgen, cuando notó la presencia de la Reina gloriosísima que se acercaba a él con semblante risueño, en compañía de Santa María Magdalena de Pazzis y Santa Teresa de Jesús. No es posible declarar el gozo del afortunado joven en aquel lance y sorpresa tan impensada. Había ido a la oración con el piadoso fin de renovar también la carta de esclavitud que había hecho ya de novicio en una de las festividades de Nuestra Señora, y acostumbraba revalidar en todas ellas: ni parece sino que en ésta quería honrar la augusta Reina con su asistencia y aceptación, por decirlo así, la entrega de su fiel siervo y esclavo. Porque tan luego como el H. Bernardo la vio, hallóse movida su alma por superior impulso a renovar con inusitado fervor y mayor solemnidad que de costumbre su ofrecimiento, en tanto grado que esto era para lo que me visitaba esta Señora, según entendí , escribe después el mismo Hermano. Ofrecióse, pues, de nuevo y para siempre y en todo por esclavo de María Santísima, con aquellas expresivas frases que no puedo decir, añade luego, y con una efusión y vehemencia tal de espíritu, que no sé si es desatino, pero me parece que no. Como quiera, dióse por muy servida de tanto amor la excelsa Señora, y selló con el hierro de sus esclavos la frente del candoroso joven, y desapareció la visión, quedando él engolfado en celestiales dulzuras. A tan regalados favores de Cristo Nuestro Señor y la Virgen Santísima eran consiguientes otros de los ángeles que componen la corte y séquito del Rey de la gloria y su Madre la Reina de los cielos. Estando para comulgar el día de San Bernardo (20 de Agosto), tuvo otra nueva visión del Señor en el Santísimo Sacramento, la cual se repetía casi todos los días de comunión, como él nos lo afirma en varias ocasiones. Vi a Su Majestad muy claramente, dice en ésta, y reparé que estaba toda la capilla del Noviciado llena de ángeles en gran número, que adoraban al Señor de ángeles y hombres. Quedé como espantado de tanta gloria; y, cuanto más me iba acercando al Sacerdote, al tiempo de comulgar, crecía más el temor reverente que en mi alma había. Fueron las suavidades de aquella mañana y tarde tan copiosas y violentas en el espíritu del H. Bernardo, que le hacían prorrumpir frecuentemente, sin poderse contener, en estas y otras exclamaciones llenas de fuego: ¡Oh divino dueño, que me abraso en vivas llamas de amor! Consúmeme con tu amor. iOh, si me concedieras morir de esta enfermedad! En verdad que esta mañana eran tantas, Señor, vuestras suavidades y delicias, que si vos, oh amabilísimo esposo, no lo impidierais, no dejara de apartarse el alma del cuerpo. Señor, detened tantas suavidades, porque me haréis decir locuras de amor. Tanto regalo y gusto del cielo producía en el H. Bernardo unas ansias de recibir la sagrada Eucaristía, más fáciles de suponer que de explicar; pero juntamente causaban en él otros efectos aun más sólidos sin comparación que los mismos regalos y sabores anticipados de la gloria: conviene a saber, una humilde resignación en la voluntad de Dios, y un rendimiento absoluto a las disposiciones de la obediencia aun en orden a las cosas espirituales, que es, como le escribía su H. Agustín a 31 de Julio, el grado más perfecto de esta divina virtud, una como preciosa reliquia de los favores de Dios, y sin duda, una de las señales más principales del buen espíritu. Deseaba vivamente comulgar un día que, por ser inmediato a otro de comunión de regla, quedaba al arbitrio del superior conceder o negar aquella gracia tan apetecida. Dispuso éste que se omitiese la segunda comunión por tan cercana a la primera: y apenas supo el H. Bernardo su orden, cuando, sí bien abrasado en deseos de comulgar, se resignó totalmente y dijo al Señor: "¿Qué sacaría yo de comulgar, si no es vuestra voluntad que comulgue? Ni por pensamiento quiero otra cosa que lo que vos queréis. Agradó tanto al Señor la indiferencia de su siervo, que, comulgando espiritualmente en la misa, oyó una voz interior que le decía: Más me agrado de tu indiferencia que de que me recibieses. El día del esclarecido Doctor San Agustín (28 de Agosto) tuvo nuevas mercedes y luces, pero de otra especie que las anteriores: en él empezó a prevenirle el Señor para los grandes trabajos y amarguras que le esperaban. Goza ahora, le dijo Su Majestad, apareciéndole muy risueño: que de esto mismo se valdrá después tu enemigo para hacerte guerra. Las palabras Goza ahora significaban, como él advierte, los singulares favores que dentro de poco iba a recibir, y que en efecto recibió durante la misa. Vio en ella innumerables ángeles que asistían al altar y al sacerdote. Al pronunciar éste las palabras: Domine, non sum dignus, etc., oyó el H. Bernardo a uno de aquellos celestiales espíritus que decía con profunda reverencia: Si ni nosotros somos dignos, ¿cómo lo serán los mortales? Repitióse la misma gracia el día de la Degollación de San Juan Bautista (29 de Agosto), y oyó sin oir, según él se expresa, a los ángeles que cantaban: Santo, santo, santo es el Señor Dios de los ejércitos. Entre la multitud de ángeles que vio, distinguió en particular al de su guarda, que se le mostró muy afable; y entendió luego que le decía el Señor: A éste te he entregado, que será tu defensor. Concluyamos este capítulo con una singular merced que recibió el día 30 de Agosto. Salían en él muy de mañana los Hermanos al campo, haciendo la oración por el camino, como se acostumbra, y procurando elevar cada uno su corazón al cielo con el afecto que podía. Consiguiólo nuestro H. Bernardo de una manera maravillosa: porque, levantando una vez los ojos al cielo, donde buscaba a su amado, sintió que este benignísimo Señor le disparaba una flecha de su divino amor, mucho más activa y penetrante que las que había experimentado hasta entonces. Con la luz que, al tiempo de mirar al cielo, se me comunicó, dice el joven, se encendió tanto el alma en deseos de unirse con su amado, que parecía quería salirse del cuerpo o, por mejor decir, llevarle también tras sí: y, cierto, lo temí según la fuerza del espíritu, que me parece me hallaba tan ligero, que casi no faltaba cosa. Al concederle esta última gracia, le enseñó su divino maestro una excelente doctrina sobre los ímpetus de amor que sienten las almas en los favores sobrenaturales, y que él explicó más adelante con el magisterio divino que luego veremos. |
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