Empieza el Señor a regalar al H. Bernardo con favores extraordinarios. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888. Parte primera, capítulo 3).

 

Continuaba el H. Bernardo en sus fervores con el método regular a que se aplican todos los novicios, procurando sólo distinguirse en su observancia; ni le pasaba siquiera por el pensamiento, aunque en el fondo de su espíritu no podía menos de sentir unos como toques a mayor alteza de vida, lo que el Señor tenía dispuesto obrar muy pronto en su alma.

Y tan pronto fue, que algunos días antes de la festividad de su gran devoto y abogado el Apóstol de las Indias Sal Francisco Javier, a los cuatro meses y medio de novicio, comenzó ya a percibir en la oración, de repente y a la impensada, unos gustos del cielo tan singulares como desacostumbrados. Apenas se presentaba en ella, muy preparado sí, como solía, pero no más, cuando de golpe se ilustraba su entendimiento, se inflamaba su voluntad, se recogían todas sus potencias, se adormecían sus sentidos y se derretía su corazón en ternuras, explicadas por dulces lágrimas que destilaban suavemente los ojos. Corno estos peregrinos accidentes de espíritu eran desusados en el novicio, empezó a recelarse de ellos, temiendo algún engaño o ilusión en novedad tan imprevista. Verdad es que daba fiel cuenta de todo a su Maestro de novicios; pero, sin embargo y a pesar de que éste le consolaba y aquietaba sus recelos, imposible dejar de turbarse un tanto su espíritu con aquellos repentinos favores. Así pasaron algunos días alternando los deleites y los sobresaltos en la oración, la misa y la sagrada comunión sobre todo, hasta la fiesta de San Francisco Javier, 3 de Diciembre de 1726, día para siempre memorable, en que aguardaba al novicio la primera gracia verdaderamente extraordinaria y el primer favor más sensible, principio de los favores y gracias sin número que se habían de continuar y corno amontonar en los breves años de su vida. Fue una delicadísima visión imaginaria del Niño-Dios.

Llaman los místicos, y es, visión imaginaria la representación interna de un objeto que se forma en la fantasía por medio de especies o combinadas o de nuevo infusas, e ilustradas con luz sobrenatural, por la cual ve la potencia el objeto más clara y distintamente que lo verían los ojos del cuerpo con su vista, si se le pusiera delante (1). De esta manera se le representó al H. Bernardo el Niño-Dios en figura de pescador divino que, con un anzuelo de oro en la mano, andaba pescando corazones en un estanque de aguas mansas y cristalinas. Parecióle que el Niño pescador, como jugando, mostraba deseos de pescar el suyo con aquel anzuelo; y, como estaba ya tan enamorado con las delicias pasadas, moríase el pobre novicio porque prendiese en su corazón el celestial anzuelo del divino infante.

Si esta primera visión simbólica del Niño pescador no hubiese dejado en su alma los sólidos efectos que producen las gracias sobrenaturales que sólo Dios puede hacer, en verdad que debiera tenerse por muy sospechosa; porque ciertamente la habían precedido, e importa notarlo bien aquí, algunas circunstancias tal vez capaces de causar o, cuando menos, ocasionar engaños a una imaginación más alborotada, o menos varonil que la suya.

Leíase acaso por aquellos días en el refectorio de Villagarcía la Vida maravillosa del V. P. Manuel Padial, muerto en Granada año y medio antes, a 28 de Abril de 1725, con el olor y fama de santidad esparcida ya por todo el orbe. Entre los no interrumpidos favores con que Nuestro Señor premió las heroicas virtudes de aquel varón egregio, los más notables fueron, sin duda, las ternuras deliciosísimas de su sagrada infancia. Bajo muchas imágenes y formas visibles hería el Niño-Dios el corazón de su devotísimo siervo, pero más en especial bajo la de una laminita que había puesto sencillamente adornada el buen anciano en la mesa de su estudio. Figuraba un hermoso Niño-Jesús en ademán de flechar de continuo al corazón del V. Padre, el cual arrojaba también ardientes saetas de amor al Niño divino que le hería, diciéndole unas veces con acento requebrado: Esposo mío, amor mío, vida de mi alma, luz de mis ojos, único centro de mis ansias; otras, en tono de quien resentido se queja: Niño insufrible, Niño intolerable; y no pocas, sin poderse ya contener: Amorcico cazador que con las flechas hiere: Amorcico valiente, que con la lanza mata (2). Estas y otras ternuras semejantes se leían por aquel tiempo en el refectorio, y las oía embelesado el buen novicio, cuando se le descubrió por primera vez el Niño pescador.

Otra circunstancia harto providencial, que conviene asimismo tener presente para apreciar en lo justo esta primera visión, es que por los mismos días llegó a ver el H. Bernardo una estampa del Niño Jesús que, en forma ya de pescadorcillo, echaba el anzuelo en un estanque para pescar un corazón sumergido allí en sus aguas. Pidióla el novicio a su Maestro, porque andaba muy herido también él con el cebo que de vez en cuando le arrojaba el Niño-Dios en la oración y demás ejercicios espirituales. Como el fin de gozarla era poner su corazón, no en la imagen, sino en el original, fácilmente condescendió el Maestro con la petición del novicio, y conoció bien pronto haber habido en ella algo mas que un antojo o ligereza del H. Bernardo: pues este Niño pescador fue el que le hizo los mismos celestiales favores que el suyo cazador al V. P. Padial. Por él empezaron, cuando menos, las gracias extraordinarias, las visiones, los éxtasis, los arrebatos e incendios con que el divino amor prosiguió comunicándose largamente a nuestro bendito joven.

Pero el medio todavía más eficaz, el que el mismo H. Bernardo “tuvo toda su vida por instrumento más inmediato de la divina providencia para llenar su alma de favores, fue”, dice el P. Loyola, “un papel de una alma favorecida extraordinariamente del Niño-Dios, que por este mismo tiempo llegó a manos de su Maestro de novicios”; el cual, viendo que “el mismo Dios-Niño, al parecer, quería de su novicio algo más de lo que le había declarado, se lo leyó para encender más su corazón ya bastantemente movido”.

El Maestro de novicios a quien parece aludirse en es palabras y en otras anteriores, era el P. Francisco Ignacio de Eguiluz, que por Octubre del año presente había sucedido al P. Manuel de Prado en aquel difícil empleo, junto con el de Rector, en el Colegio de Villagarcía. Pero ya moraba en él desde Agosto el mismo P. Juan de Loyola en calidad de Socio o ayudante del Maestro, que en el siglo pasado, y sobre todo en Villagarcía, más que de ayudante solía en algunas ocasiones hacer de verdadero Maestro de novicios, dejando al que de nombre lo era una como general superintendencia sobre ellos, además de la carga del Rectorado. Del P. Eguiluz en particular nos consta que las dos veces que lo fue, teniendo las dos por ayudante al mismo P. Loyola, hizo esta confianza de él, y aun le encargó la dirección casi absoluta de algunos de sus novicios más internados en la oscura senda de la vida sobrenatural y trabajosa de gracias extraordinarias. Uno de ellos fue el H. Bernardo, no sabemos si desde el principio o de algo más adelante. De aquí el que nuestro P. Loyola estuviera y aparezca tan metido en sus secretos, como por la misma razón lo estaba también desde hacía tiempo en los de aquella “alma favorecida extraordinariamente”, como él dice, “del Niño-Dios”.

Era éste el H. Agustín de Cardaveraz, su antiguo novicio, y teólogo ya de primer año en Valladolid, de donde con fecha de 1º de Diciembre le enviaba una relación de sus amores con el Niño, escrita, que ni con sangre de su corazón, pero tan minuciosa y larga, que se habrán de contentar nuestros lectores con que solamente se la demos en compendio.

Dice en sustancia así, valiéndonos en lo posible de sus mismas palabras. ”Mi P. Loyola: De mis cosas no sé qué le diga a V. R. sino que este divino Niño no me deja, lo que principalmente noté ayer por la tarde y noche: pues se me muestra tan hermoso, tan risueño, tan amable, que me arrebata, me emboba y enloquece. Decíale mil veces, y le digo: Niño divino, ¿qué quieres? Hiéreme, mátame, abrásame en tu amor; y de esta manera pasé la tarde con mil ternuras y coloquios. Aun andando en recreación con mis Hermanos, se me ponía delante tan cariñoso y porfiado, que todo se me iba en repetirle: ¿Qué quieres, Niño bello, amor mío? Se me partía el alma, y quisiera correr y desahogarme a solas, porque ya no cabía mi corazón en el pecho y me daba impetuosos saltos. De esta suerte pasé hasta el tiempo de la cena con el Niño tierno y amoroso que me hechiza, me encanta y enamora con la maravilla de su hermosura; porque me hería con un guiño de sus ojos como con un dardo de fuego deliciosísimo que me abrasaba y traía muerto de su amor. Luego, al dar gracias en la iglesia, después de cenar, subieron de punto mis ardorosos ímpetus, al encontrar allí de nuevo a mi amor Jesús, jAy mi dulce Niño! le decía: jAy mi bien, mi dueño! ¿Qué quieres de mí? Y, porque estaba partido por medio mi corazón, que así le veía yo, y que él le miraba alegre: ¿Qué más quieres, Niño, le volví a decir, que ya está partido? Si quieres entrar dentro y estarte en él, sea en buena hora, que yo te tendré conmigo y estaré contigo. Y como aún proseguía el Niño en sus divinos requiebros, era imposible no deshacerme yo a la vista de aquel objeto de amor, en quien desean mirar los ángeles, aunque ya le poseen de forma que no le pueden perder para siempre jamás. iOh dichosos espíritus, qué prisiones tan amorosas las vuestras! ...”.

Así dicen, tomadas del original autógrafo, algunas de las palabras del papel que juzgó oportuno el P. Loyola mostrar íntegro a su novicio, no sin moción especial del cielo, como luego se supo, y reveló el mismo Señor a su fervoroso amante el H. Agustín. Descubrióle también al propio tiempo las razones altísimas de su providencia en disponer que hubiese venido a manos o noticia del H. Bernardo la relación de sus mercedes, y juntamente le manifestó algo de las que ya llevaba derramadas, y más que pensaba derramar su misericordia en aquella alma purísima y tan bien dispuesta a recibirlas.

Pero, volvamos a nuestro propósito: y conocidos estos antecedentes y preliminares, que por ningún caso podían omitirse para más seguro juicio de lo que tenemos que relatar, comience a declaramos el mismo H. Bernardo por sus propios términos el modo como el divino infante quiso acometerle esta primera vez con sus favores y cariños.

“Luego que desperté el día de San Francisco Javier, empecé”, dice, “a ejercitar nuevos afectos con el Niño-Dios, con cuyo amor la noche antes se empezó a alterar y encender mi corazón. Al llegar a la oración, saltaba mi corazón en júbilos de alegría, y fomentaba la llama de su amor el abrasador de corazones, de suerte que yo le decía: Niño mío, mi amado querido y mi esposo, no tanto, que me quemo y abraso: mira que yo no sé de amor; y al mismo tiempo le decía: Alma de mi vida, hiere, consume, abrasa este mi corazón”.

Estos efectos y ardores del H. Bernardo aviváronse más al tiempo de comulgar. Sintió unos júbilos, suspensiones y amorosos ímpetus que le arrebataron de forma que, para divertirlos e impedir que redundasen a lo exterior, le mandó su Maestro de novicios que saliera afuera a esparcirse un poco. Miraba también este consejo a sosegar el espíritu del ardoroso joven, por si aquellos sentimientos eran sólo juegos de la imaginación recalentada con alguna devoción sensible y fervor que luego se desvanece. Obedeció puntualmente el novicio, haciendo los esfuerzos posibles para tranquilizarse y desechar tan deliciosos arrebatos: pero, a pesar de sus esfuerzos y sincera voluntad de obedecer, apenas pudo conseguir que remitieran algo después de tres o cuatro horas de lucha a brazo partido con su corazón. ¡Cuán poco sirven los medios de la prudencia humana, cuando se apodera de un pecho y lo revuelve el amor divino!.

Desde este día de San Francisco Javier fueron cada vez más notables los espirituales accidentes que empezaron a hacer impresión y dominar en el alma ya herida del H. Bernardo, hasta la fiesta del Nacimiento felicísimo de su amor y Niño-Dios.

En la comunión de este alegre día conmoviose ya sagradamente su corazón; y, como continuara así conmovido y violento hasta la tarde, sucedióle al tiempo de la lectura espiritual poner los ojos en la imagen del Niño pescador que tenía a la vista. Quedó al momento absorto, y sintió que mientras tanto el divino Niño vibraba una saeta a su corazón: el resultado de este sentimiento fue una llama de amor que le consumía, y luego una suspensión a manera de éxtasis, acompañada de dulces suspiros y tiernas lágrimas. Pudo ocultarse esta merced y gracia soberana porque el amante Niño, que disponía fuese toda interior la vida del H. Bernardo, esperó para concedérsela a que su compañero de aposento saliese de él, dejándole solo.

El día 29 de Diciembre llegó a tales excesos de amor del Niño-Dios, que ya no le fue posible gozarlos sin ardientes exclamaciones. “La tarde del día 29”, escribe él mismo, “fui a oración, donde a corto rato conocí en mi corazón un ardor no experimentado; y, considerando al tierno infante en el pesebre, vibrando flechas de amor, hacía yo con el corazón los mismos movimientos que si verdaderamente las viera venir. Quedéme por tres veces con la misma suspensión del día 25, con gran júbilo del corazón, y le decía: Amor, cuyo amor abrasa, enciéndeme, enciéndeme; abrásame, consúmeme de una vez, o dame mayor cuerpo, porque este corazón no cabe en él. Otras veces me quejaba de que no podía sufrir tal ardor, diciendo: No puedo, mi amor, mi Niño; no puedo, no puedo. Otras decía: Niño mío, ¿qué quieres? ¿Quieres el Corazón? Pues tómalo, que tuyo es”.

Aquí fue, según parece, la primera visión real, o sea, la primera aparición y visita en su propia figura y rostro que del divino Niño gozó nuestro H. Bernardo, habiendo sido no más que simbólicas las anteriores, desde el día 3 en adelante. No se pueden explicar de otro modo sus palabras de algunos años después, en que, describiendo su “primera visión” de cuando novicio, “vi”, dice, “al tierno infante Jesús en su pesebre con una flecha, como hiriendo mi corazón”. Y sin duda que se lo debió herir de manera y abrasárselo tan ardientemente, que “del ardor” de dentro “se me levantó por la parte de afuera una ampolla grande”, así él, o, como advierte en otro lugar, “una ampolla como una avellana, que se aumentaba al paso de los afectos”.

Las consecuencias y como huellas que dejaban impresas estos favores en el alma del H. Bernardo, notólas él mismo con mucha individualidad para dar cuenta de ellas a su Maestro de novicios, y examinarlas a la luz de la más escrupulosa y severa discreción de espíritus.

Eran seis las principales, bien expresivas por cierto del origen de donde procedían. Empachábale todo lo criado y sentía amorosas ansias de morirse, si tal fuese, por dicha suya, la voluntad del Señor: deseaba encender a todos sus connovicios y a todo el mundo, si ser pudiera, en aquellas llamas en que él se abrasaba: experimentaba tal horror a la menor sombra de pecado que “no cometiera”, dice, “una imperfección advertida, aunque me diesen mil muertes”: causábanle una profunda humildad los mismos favores que recibía, asegurando que otro cualquiera a quien el Niño-Dios hiciese la centésima parte de ellos, fuera mil veces más fervoroso y agradecido: pedía sin cesar a su amor Jesús que no permitiese cosa alguna exterior, sino que todos los regalos fuesen a solas entre los dos corazones; que le diese gracia a él y luz a su director para no torcer una línea del camino de la perfección, a cuyo logro únicamente aspiraba. Pero, sobre los dichos, uno de los más seguros y aquilatados efectos de estas gracias extraordinarias, señal infalible de que venían de Dios, era el deseo y afán que ya desde el primer momento de gozarlas empezó a sentir de padecer trabajos a imitación y por amor de quien tanto había padecido por él, tantas mercedes le hacía y aun le prometía más.

No ignoraba el Maestro del H. Bernardo, esto es, el P. Juan de Loyola, que sólo podían ser de Dios, y muy de Dios, favores que tan santos efectos dejaban en el corazón de su discípulo. Mandóle, sin embargo, para consuelo de entrambos, y además para su propia tranquilidad y acierto en lo que pudiera más adelante suceder, que de todo ello diera cuenta y relación individual, de paso que le consultaba también algunas dudas en lo ocurrido, a aquella “alma favorecida extraordinariamente del Niño-Dios”, que ya vimos ser el H. Agustín de Cardaveraz, y de cuya dirección quería visiblemente el Señor que se valiera nuestro H. Bernardo. Cierto que nadie pudiera tampoco entenderle mejor ni dirigirle con más prudencia, cuando tenía resuelto su amor Jesús llevar a los dos jóvenes por el mismo camino y casi por los mismos pasos. Juntábase a esto que el P. Loyola, si bien versadísimo en los principios de la teología mística, mas no los tenía por experiencia sino por estudio, cosa que a veces le hacía reputarse insuficiente para discernir con seguridad y certidumbre las intrincadísimas operaciones de Dios en el espíritu: a lo que añadían alguna apariencia de probabilidad los temores de su mismo natural extremadamente benigno y algún tanto cobarde o meticuloso con que pudiera, sin saberlo ni quererlo, retardar o no secundar, por lo menos, el sorprendente vuelo que empezaba a imprimir el Señor en el alma tierna aún del H. Bernardo, y ya de suyo no poco recelosa.

Obedeció el novicio a su Maestro, y envió la cuenta que le mandaba de sus favores al H. Agustín, a fines, según parece, de Enero de 1727, en una carta que de fijo era la primera que le escribía. Revelábale en ella todo cuanto pudiera conducir a formar un juicio cual era menester de su estado, sus deseos y su comunicación con el Señor que tan liberalmente le regalaba: pedíale, al propio tiempo que se los describía, la explicación de los efectos principales que en sí notaba con la presencia y trato del Niño-Dios; pero, sobre todo, su parecer en negocio en que a tan saludables o perniciosas consecuencias podría conducirle el acierto o el engaño. Mientras venía la contestación, rogaba al Señor que iluminara a su siervo y le hiciera proceder con la escrupulosidad y tino que el caso requería; pues sus deseos eran de acertar en todo y dejarse guiar de su divina y adorable providencia. Una vez que se lo rogaba con más fervor y lágrimas, parecióle conocer o ver claramente en su espíritu con lumbre del cielo que le entendía su H. Agustín, y ya no aguardaba sino su contestación desde aquella hora para tranquilizarse por completo con lo que él le dijese.

Recibida a poco la tan deseada contestación, de 6 de Febrero, persuadióse con su lectura el buen novicio que, en efecto, le entendía su nuevo director más, si cabe, que él mismo a sí: parecía haberle ya leído el corazón, y hablábale de los secretos y temores de su alma como le pudiera hablar de los de la suya propia. Eso era justamente lo que buscaba y quería el H. Bernardo, incapaz de contener su gozo desde que vio este párrafo con que empezaba su carta el H. Agustín:

“Es de suponer lo primero”, le dice, “que entre las criaturas, o acá en este mundo, no hallará mi carísimo mayor consuelo, en experimentando las suavidades del espíritu, que el encontrar otra alma que, al comunicarle los secretos pasos de su corazón, le entienda y aun se anticipe a decirle lo que le pasa. Lo cual puede suceder de uno de dos modos: lo uno, porque también aquella alma experimenta o experimentó en sí los mismos favores; lo segundo, porque, aunque no los haya gustado, pero tiene don de discreción dado de Nuestro Señor. Y de cualquiera manera que sea, recibe el principiante un celestial júbilo en comunicar sus cosas a esta alma que se le asemeja; así como uno que está padeciendo grandes trabajos, se consuela y alivia con compasión de otro amigo y semejante. Porque, sin embargo de ser tan delicioso este camino de la oración y vida espiritual, todavía se padecen grandes sobresaltos con penas muy interiores y pesadas del espíritu, con las dudas y recelos que el Señor permite para prueba: en las cuales se dilata el corazón y se sosiega con la humilde y sincera comunicación de quien le sepa entender y le vaya diciendo lo que él no sabe decir y le da pena”.

Con esta introducción tan cariñosa empieza el H. Agustín a responder por partes a la de su H. Bernardo, no sin antes dar gracias al Señor que, “ocultando los secretos de sus regalos a otros muchos, se los manifiesta a él”. Le certifica de la bondad de su espíritu, y le manda algunas instrucciones que le pedía sobre la razón de quedar su cuerpo sin fuerzas y como yerto a la presencia del Señor que se muestra al alma, de las visiones imaginarias que tiene del Niño-Dios, del lenguaje mudo y como por cifras con que se entienden el amante y el amado, y de la dulzura y lágrimas que en su corazón producen estos favores sin poderlo apenas ocultar cuando con fuerza le acometen.

Respóndele que lo primero es efecto que necesariamente se sigue a la admiración y novedad que causa la presencia del Señor; pero que “conviene, cuanto está de nuestra parte, no dejamos llevar demasiadamente de esta fuerza” e impresión que hace en el alma tan soberana presencia. En cuanto a lo segundo, que “la visión imaginaria dura poco”, y que, para conocer si ella es verdaderamente de Dios, tenga presentes estas reglas: que “suele venir después de una inmutación grande del cuerpo y sus sentidos”; que “viene de repente y cuando uno menos lo piensa”; y que “luego que el Señor se muestra, queda suspensa el alma en amor, pero no ociosa ni embelesada sin hacer nada”. Que lo tercero sucede al modo que entre “dos amigos que de corazón se aman, cuando se ven después de la ausencia: no se hablan palabra, y sólo con abrazarse o mirarse recíprocamente se comunican el grande amor que se tienen”, aunque esto pasa por un modo superior y muy especial en lo divino. Que en lo cuarto “no hay que tener pena”, que “al principio suele ser así, pero después se apaciguan las lágrimas, suspiros y sollozos, y toda la dulzura queda tan en lo interior que ninguna criatura la puede conocer”.

Por lo que hace a otros efectos que también experimentaba en su alma el H. Bernardo, y consulta sobre ellos a su H. Agustín, no podemos menos de copiar a la letra la excelentísima doctrina que éste le da: tanto más que concuerda en todo con los sentimientos del fervoroso novicio, y aun sirve para gran confirmación de la rectitud de su espíritu.

“En cuanto a lo que dice que esas cosas le mueven a aspirar a la perfección, digo”, le responde, “que eso es lo más importante: lo demás nada hace que esto sea por este medio o por otro. Pues es menester estar en que los favores, por grandes que sean, no son el fin en que hemos de pararnos, sino puramente medios; ni nos hacen más santos, sino más obligados a serlo”.

Pues “en cuanto al anuncio de los trabajos, esté certísimo mi querido H. Bernardo”, le dice un poco después, “que ellos vendrán tarde que temprano; porque ninguno que goza de los favores verdaderos de Dios y gusta de los regalos del Niño, deja de acompañarle a llevar la cruz y a gustar algo del cáliz amargo de su Pasión. Lo demás es engaño: y aun dado que fuese espíritu de Dios, no duraría mucho: su estilo es enviar por un regalo muchos y largos trabajos. Así, no hay sino prevenirse con su gracia para lo que quisiere el Niño amabilísimo; y mientras éstos no vienen, no descuidarse en la mortificación interior y en la exterior, sin salir en ésta de la prudencia y licencia de los Superiores”.

Luego, como hombre tan experimentado en los combates del espíritu que aguardaban a su compañero, y tan diestro en blandir las armas con que en ellos se vence, mediante la gracia del Señor, encárgale y le inculca repetidas veces que uno de sus primeros cuidados sea “proceder con mucha sinceridad” con sus directores espirituales, “porque más gusta el Niño de esta sinceridad y obediencia, que de todo lo demás”. Le recomienda la práctica de la entrega continua de su corazón a Dios, de los deseos encendidos de aspirar en todo a lo sumo de su agrado, de la devoción tierna al Santísimo Sacramento, “que es el sustento perpetuo del alma”, como también a la Virgen, “que es nuestra dulcísima madre”; y concluye su respuesta con estas consoladoras palabras: “Bien sabe mi carísimo mi buen afecto, por lo cual me puede mandar en lo que gustase: que, si soy para algo, soy muy suyo, y deseo servirle”.

Ya veremos después si le sirvió de algo. Por ahora baste significar que le agradeció mucho el H. Bernardo su leal ofrecimiento, y le valieron harto sus consejos y dictamen para aquietarse, que era lo primero que necesitaba, y seguir adelante con fervor, salido ya de sus dudas, y seguro de que no le faltaba quien pudiera entenderle y dirigirle con aviso por la senda ardua y espinosa en que el Señor le metía.

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(1)   Conviene distinguir bien estas visiones imaginarias, de las corpóreas y las intelectuales. Las corpóreas, que son las más imperfectas y bajas, se forman en el sentido exterior de los ojos por medio de especies visuales: las intelectuales, que son las más perfectas y excelentes, en el entendimiento mismo, por medio de puras inteligencias. No nos faltará ocasión de hablar luego más largo y tendido de estas otras dos especies, tan diversas de las imaginarias.

(2)   Véase la Carta del P. Marcelino Gozalvo ... para los PP. Superiores de la Provincia de Andalucía con algunas Noticias de las virtudes y muerte del V. P. Manuel Padial, (págs, 125-133 y 177).

 

 

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Biografía P. Hoyos   "Vida del V. Padre Bernardo de Hoyos", por el P. Loyola, h.1739
Causa de Beatificación   Tesoro escondido
Carta del rey Felipe V   "Tesoro escondido", librito completo, Valladolid, 1734
Artículos, varios   "Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888