| Entrada de Bernardo
en la Compañía de Jesús, y su tenor de vida en el
Noviciado. (Vida
del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año
1888. Parte primera, capítulo 2).
No es maravilla que a alma tan inocente y bien gobernada infundiera Nuestro Señor un vivo deseo de seguirle más de cerca, alejado de los combates del mundo. Así sucedió, en efecto, y podemos asegurar sin temor de engañarnos que uno de los medios más suaves de que se valió su divina providencia para inclinar a Bernardo a que volviese los ojos hacia la Compañía de Jesús, fue la vista de los novicios de Villagarcía. No era él, por cierto, el primero, ni había de ser el último a quien atrajera dulcemente el ejemplo de aquellos jóvenes dichosísimos, incapaces de ocultar en su semblante la paz del corazón y las delicias en que abunda el estado religioso, en medio de la estrechez de una vida consagrada toda al servicio de Dios, a la práctica de las virtudes más perfectas, y al glorioso vencimiento de sus pasiones. Considerábalos atentamente Bernardo siempre que se le presentaba ocasión de verlos o tratar con ellos: teníales una santa envidia que no podía encubrir, y suplicaba al Señor se sirviera concederle la gracia de imitarlos y participar de su ventura como no fuese otra su divina voluntad. Una vez que se lo pedía con mayores instancias y lágrimas amorosas, parecióle escuchar en su corazón una oculta voz que le decía: Está bien, Bernardo, no temas: se te lograrán tus deseos y peticiones; también serás tú de la Compañía de mi Hijo: en esa Compañía te quiero, y que en ella vivas y mueras para mi gloria. Oída la voz, corrió el joven a comunicarla con uno de sus maestros, el cual, después de hacerle algunas preguntas en orden a cerciorarse de si aquello era ilusión o verdad, le avisó que no podría ser admitido en el Noviciado sin que primero sacase expresa licencia de sus padres, como se usa con cuantos estudian en nuestros colegios, y más especialmente con ellos por razones que fácilmente se dejan comprender. Añadióle que sin este requisito serían inútiles sus pretensiones: que, por lo tanto, se fuese a casa y descubriese lisamente a sus padres los deseos de entrar en religión; que él por su parte no dejaría de encomendarlo todo a Dios y rogarle que en todo se cumpliese su divino beneplácito. Mucha pena causó a Bernardo la respuesta de su maestro, considerando el gran amor que le tenían sus padres, y las dificultades que necesariamente le saldrían al paso para vencer su cariño. Mas, no desmayó por eso, ni quiso retardar un punto la experiencia de lo que puede una alma a quien el Señor conduce amorosamente de la mano por la senda peligrosa de esta vida sembrada de oposiciones y contratiempos. Antes, armado de más oración y penitencias, y fiando en la voz de quien le llamaba a la compañía de aquellos ángeles en carne, cuya memoria se le avivaba más y más cada hora, presentóse Bernardo a sus padres, humilde pero resuelto a obedecer antes a Dios que a los hombres; y con el valor de quien sólo aspira a cumplir con su obligación, les manifestó, sin más preámbulos, que traía orden del cielo, imperiosa y urgente, de significarles que el Señor le quería para sí, y les rogaba le diesen su bendición para pretender con ella ser admitido en la Compañía de Jesús. Admiráronse sus padres de la intrepidez del santo mancebo; y, vueltos del asombro que les produjo mudanza al parecer tan repentina y algo precipitada, respondiéronle que ellos estaban dispuestos a dejarle ir por donde Dios le llamase, pero que temían no fuera ilusoria su vocación, o promovida de los que le estimaban en lo justo por sus buenas prendas, no del Espíritu Santo, de quien ha de venir toda acertada elección y llamamiento. Protestó Bernardo que sólo era parte el Señor en su demanda; que sólo a él la debía por su infinita misericordia, ni aun se la había querido revelar a nadie en este mundo más que a uno de sus maestros, y ahora a ellos: que de su maestro era solamente el consejo de que viniera a descubrirles su corazón, y que de ellos esperaba y les pedía con lágrimas no se obstinasen en cerrarle las puertas de la casa adonde Dios le había mostrado quererle para siempre. Aseguráronle de nuevo sus padres que ellos no trataban de oponerse al Señor, si era su voluntad que entrase en la Compañía; pero que lo pensara despacio, ni les diese el sentimiento de abandonarlos por un arrebato de devoción pasajera: más, que, todo bien mirado, aun recelaban no le quisieran admitir por su niñez y poca salud, aunque ellos le concedieran su bendición. Respondió Bernardo con viveza que esto último corría por cuenta de Dios y su bendita Madre, cuya soberana determinación le era bien conocida: y así que ellos no se empeñasen en resistirla o retardarla con grave riesgo de sus almas; que la suya tampoco estaba tranquila, ni podía estarlo, mientras no rompiese de una vez los lazos que le tenían sujeto al mundo: que poco era lo que de éste conocía por experiencia, pero sí creía haberle ya, con la gracia de Dios, conocido lo bastante para ver que sólo era digno de que le diera de coces y le abandonara con denuedo, retirándose adonde no alcanzasen los tiros de sus halagos y embustes. A este tenor hizo otras consideraciones a sus padres tan santas y prudentes, que ellos al fin se decidieron a examinar con toda diligencia si era veleidad o verdadera vocación la que incitaba a su hijo a abrazar el estado religioso. Enviáronle a personas discretas que le conocían y podían sondearle el espíritu, con encargo de que no dejaran piedra por mover ni razón por alegar para hacerle desistir de su empeño, en el caso de que no se viera allí tan patente la mano de Dios, que fuera crimen oponerse a ella. Así la debieron de ver los que le examinaron, pues convinieron todos en que sería tentar al Espíritu Santo impedir al joven la ejecución de sus buenos deseos. Mas, como ni esto bastara a vencer el cariño, especialmente de su padre, pues cedió pronto Doña Francisca, mujer varonil, en quien no cabían las debilidades de su sexo, fue terrible la lucha que tuvo que sostener Bernardo de sus caricias, promesas, lágrimas, abrazos y demás armas que tan bien sabe manejar el amor paternal cuando se figura que va a perder a un hijo a quien mucho quiere y tiene colocada en él toda su esperanza. Pero al cabo de varios días triunfó la constancia de Bernardo, y allanáronse sus padres a perderle, como decían y se dice en el mundo, sin hacerse cuenta que no hay hijo más ganado que aquel que se ofrece y sacrifica en las aras del templo del Señor. Gozosísimo volvía Bernardo a dar noticia a su maestro del feliz suceso de su empresa, y ni siquiera se le ocurrió que aún le quedara por vencer lo más dificultoso. Abrazóle su maestro, y le presentó a quien debía admitirle en la Compañía: ¿cuál no sería la sorpresa del joven al oír de sus labios que era imposible la admisión!. A la verdad, la prudencia en la elección de los sujetos para la vida religiosa, y más la de la Compañía de Jesús, raras veces o ninguna excede sus verdaderos límites. No carecía Bernardo de las principales condiciones que requiere en los candidatos nuestro Examen: era sobrado en las más de ellas, mayormente en la piedad y en la brillantez de ingenio; pero, como ya se lo habían advertido sus padres de antemano, flaqueaba su salud, y la misma cortedad de su estatura, como la de un niño de nueve o diez años, oponía nuevos reparos a la prudencia del Superior. Los mismos había tenido ya la vocación de San Antonino, grande en todo menos en el cuerpo, al pretender la entrada en la esclarecida Orden de Predicadores. ¡Verdaderamente es admirable Nuestro Señor en los planes de su providencia, y no hay quien pueda apear los secretos de su eterna sabiduría en la dirección de sus elegidos!. Adorábalos el joven pretendiente con humildad, mas no por eso cesaba de poner en juego por su parte los medios más oportunos, y como Dios quiere, a fin de que se le lograra cuanto antes lo que tanto apetecía. Acudió al Señor con nuevas instancias; puso por intercesores a todos los Santos del cielo que asediaran a Su Majestad y le arrancaran, por decirlo así, el cumplimiento de aquella voz que le llamaba a su divino servicio: y, por si también hubiera de valer algo la intercesión de los hombres en pleito tan arriesgado, presentóse resueltamente a uno que, no se sabe cómo, supo él que podría favorecerle en su pretensión. Era éste el P. José Félix de Vargas, que ahora a la vejez edificaba con sus ejemplos el Noviciado de Villagarcía: varón eminente en letras y prudencia, como lo había demostrado los años atrás en sus cargos de Provincial y Visitador, y de mucha entrada y privanza con Dios en los negocios de su mayor gloria. Prometióle el santo anciano trabajar cuando él pudiese en que fuera bien despachada su petición; y tanto trabajó, en efecto, que a los pocos días de sus informes y súplicas al Provincial de Castilla, que a la sazón lo era el P. Diego Ventura Núñez, fue admitido Bernardo en la Compañía de Jesús con singular consuelo del mismo que más se había opuesto antes a que lo fuese. Recibióle a 11 de Julio de 1726 el P. Manuel de Prado, Maestro de novicios y Rector del Colegio de Villagarcía de Campos: el cual solía decir después y repetir con frecuencia que hubo más de lo divino que de lo humano en la pretensión y admisión en la Compañía, del H. Bernardo Francisco de Hoyos. El fervor con que éste emprendió la nueva vida, fue correspondiente al ardoroso anhelo con que la había solicitado, y a la soberana providencia de quien iba disponiendo su corazón y espíritu para las gracias singularísimas con que tenía determinado ennoblecerle. Sería menester para declarar debidamente cuál era ya entonces, y cuál fue más adelante, copiar aquí todos los primores de perfección que se describen en la Vida de San Juan Berchmans, a quien, desde que la leyó, tomó nuestro H. Bernardo por ejemplar y guía de todas sus acciones. A fin de animarse continuamente con su memoria, y pedirle que le favoreciese en la empresa de imitarle con toda exactitud, pidió a su Maestro de novicios una estampa del Santo Hermano, que al instante puso en su aposento guarnecida con el humilde y pobre adorno de un papel más grueso que la defendiera, y de algunas motas encarnadas, como de sangre, que la hicieran más visible. Con tal dechado y modelo siempre delante de los ojos y del alma, fácil es ya entender cuál sería la conducta de nuestro H. Bernardo en el Noviciado de Villagarcía. Fue la misma del santo Berchmans en el de Malinas: la de la observancia regular, ajustada y constantísima de las reglas más minuciosas del Noviciado, pero sin las exageraciones, escrúpulos ni ataduras que a veces acongojan demasiadamente al novicio, y salvo además tal cual merced del cielo extraordinaria, que cuidaba muy bien él, a la manera de su modelo, que no se pareciese a lo exterior ni aun por asomo. Preparábase por la noche con el puntual cumplimiento de las adiciones que prescribe nuestro glorioso P. San Ignacio para tener bien la oración del día siguiente. Era el primero o de los primeros a la mañana en adorar y visitar el Santísimo Sacramento, ofreciéndole todo su corazón con los inflamados afectos que él le comunicaba: nunca faltó en su vida a esta devotísima práctica de los HH. Novicios, de ofrecer por la mañana sus obras a Dios en presencia del Señor Sacramentado. Encendido allí en fervorosas ansias tan cerca de las llamas de amor inextinguible y pegado a su pecho, caminaba como absorto a la capilla del Noviciado, donde asistía de ordinario bastante antes de cuando llamase a los demás a oración la señal de la campana. Teníala allí a los principios con el método que le enseñaban y en la materia que le prescribían; pero después, si bien comenzaba en los puntos propuestos a los HH. Novicios, mas no había manera sino dejarse llevar del espíritu que le iluminaba e inspiraba en su interior, aunque observando siempre exteriormente la uniformidad con sus compañeros en los actos de levantarse, adoración y de mas costumbres o adiciones, en que no permitía el Señor que se descuidase por ningún caso. Muchas veces hubo, con todo, en que temió no se manifestasen por de fuera y brotasen a lo exterior los divinos ardores que le abrasaban; y varias, en que le fue preciso, con la licencia que ya tenía, retirarse a su aposento para desahogar el alma en lágrimas, sollozos y suspiros, y no desfallecer de amor y dulzura. Las tardes de algo más de recreo, en las cuales solía pedir un rato de oración, era de todo punto indispensable encerrarse en su cuarto por los temores de quedar a lo mejor arrobado en público. Inflamábasele entonces el semblante, corrían dulces lágrimas de sus ojos, se paraban yertos sus miembros: parecía la imagen al natural de un bienaventurado embebido en la contemplación del sumo bien. Después de la oración examinábase con diligencia de cómo la había tenido, si es que podía recordar, o figurarse, lo ocurrido en ella: daba gracias al Señor por las luces que se había dignado comunicarle, y los favores recibidos de su bondadosa mano; apuntaba las faltas que hubiera podido cometer en prepararse; y, si alguna hallaba, que sí las halló los primeros meses, ponía singular esmero en enmendarse de ellas en lo sucesivo: repasaba con atención el fruto que le había dado el Señor, y fijaba bien en la memoria los propósitos para comportarse todo el día con la perfección propia de su estado. En lo restante del tiempo que se da a los HH. Novicios antes de ir a misa, componía su pobre lecho y demás que toca a la limpieza, aseo y decencia del aposento, en que era extremadamente cuidadoso, con aquel espíritu de humildad y devoción que poco antes había encendido en su pecho y conservaba ardiente en cuantos actos exteriores se le ofrecían. Asistía después al santo sacrificio de la misa con el recogimiento y suspensión de un ángel. Ni podía ser menos que angélica la del joven novicio, que sentía ya en sí barruntos de que iba a concedérsele la gracia de que le acompañasen visiblemente, por lo regular, los santos ángeles en aquella augusta ceremonia: favor más frecuente aún y casi continuo en la sagrada comunión, desde que empezó Dios a visitarle con regalos y gustos extraordinarios. Con los ardores e inteligencias que derramaban a su espíritu la oración y la santa misa, conservábase lo demás del día siempre sobre sí, devoto y recogido, aun en las obras, al parecer, más indiferentes y en los ejercicios manuales que prescribe su distribución a los HH. Novicios. Hacíalos con particular gracia, expedición y desembarazo; porque para todo le acudía el Señor, y su mismo genio vivo y obsequioso le aplicaba con resolución y empeño a cuanto le ordenaban. Parecía en las acciones externas un novicio como todos; pero el religioso fervor con que animaba todas las suyas, imprimíales una celestial estima de que, hechas sin él, carecen las acciones comunes. Alma tan unida con Dios no es de extrañar que resplandeciese en todas las virtudes que se desean y continuamente se solicitan en nuestros HH. Novicios: la modestia, el silencio, la puntualidad a los ejercicios espirituales, la conversación de cosas de Dios en las quietes y una devoción filial, entrañable y rendida a la Virgen Nuestra Señora, fueron las flores galanas y vistosísimas del corazón puro y sin doblez del H. Bernardo. Muchos son y nada vulgares los ejemplos de estas virtudes que pudiéramos presentar del fervoroso novicio, si no temiéramos dilatarnos en demasía; como también de aquella su inocencia y pureza virginal que tanto las abrillantaba, y no menos de la santidad y compostura de su exterior, espejo y muestra de lo que pasa por lo de adentro. No es justo, sin embargo, pasar del todo en silencio una virtud que es característica de los HH. Novicios, y aun todos los hijos de la Compañía, y la más conducente a librarlos de las asechanzas del común enemigo: conviene a saber, la claridad de conciencia con los Superiores, tan recomendada por nuestro P. San Ignacio en su Instituto. Fue tan delicado en esta claridad el H. Bernardo que, para que no se le olvidara el más ligero pensamiento, afecto ni movimiento de su corazón que no descubriese con la mayor exactitud, daba cuenta de conciencia a su Maestro de novicios todos los días, y algunas veces, después que comenzó el Señor a favorecerle más de lo ordinario, dábasela varias al día, temeroso su humilde espíritu no le engañase el enemigo transfigurado en ángel de luz. Al salir de la oración de comunidad por las tardes, iba indefectiblemente a referirle cuanto le había pasado en ella; y, si por acaso no había antes dado cuenta particular de lo ocurrido en la de la mañana, la daba entonces. Si era exacto en la cuenta de conciencia y manifestación de las mercedes que le hacía el Señor, observaba la misma y aun, si cabe, mayor exactitud y puntualidad en la de sus defectos, pidiendo penitencia por ellos, y comunmente de rodillas. Acordábase después mientras vivió, no sin devoción y santo asombro en las misericordias del Señor, de una acción bien pequeña, por cierto, en este asunto, la cual, sin embargo, sirvió no poco en su dictamen para disponerle a los singularísimos favores que recibió de Dios en su vida. Estaba en el oficio manual con sus connovicios, y sobre alguna duda que pudo ocurrir, dio a uno de ellos una respuesta menos dulce o algo áspera. Conoció al instante la falta, y luego al punto corrió muy compungido a declararla a su Maestro de novicios, pidiéndole con lágrimas le diese una penitencia por ella, que fue preciso dársela para tranquilizarle. Tranquilizóse, en efecto, con la penitencia; y de tal modo la utilizó, que no volvió más a cometer advertidamente culpa de aquella especie. En otras virtudes sólidas que empiezan a cultivarse en el noviciado con fruto de toda la vida religiosa, fue más que novicio el H. Bernardo: especialmente los ejercicios de humildad, principio y fundamento de la perfección, pudiera decirse que le eran como naturales. Gustaba mucho de decir sus culpas en el refectorio, besar los pies a sus Hermanos, comer en el suelo pidiendo de limosna la comida, y otras penitencias que todos estilan, pero que no es fácil las informen todos con el espíritu de profundísima humildad que había concedido el cielo a este fervoroso novicio. Cuando salía por orden del Maestro de novicios, o por petición suya, a lo que llamamos ejercicio de culpas, y se quedaba de rodillas para que sus Hermanos le dijesen las que le habían notado, era particularísimo su consuelo. Mostrábasele visiblemente el gozo de que se las diesen a conocer con simplicidad religiosa, y pagaba después a sus Hermanos aquel caritativo oficio con recuerdo especial en sus oraciones. Mas, sucedía algunas veces que entre más de cincuenta novicios, toda gente moza y despierta, no se hallaba sólo uno que hubiese advertido la menor falta en el H. Bernardo. Lo cual, lejos de envanecerle, humillábale más y más, y servíale de confundirse al reconocer él en sí tantas imperfecciones, sin que sus Hermanos se las viesen, atribuyendo, como era justo, a la solicitud y vigilancia de ellos en cuidar de su propia perfección este ningún reparo o noticia de faltas ajenas. No fue menos admirable y ejemplar la penitencia del H. Bernardo; pues, siendo tan débil y delicado, que su habitual flaqueza pudiera eximirle de las ordinarias que usaban los demás, nunca quiso admitir exención alguna en este punto, por más que tal cual vez le fuera casi indispensable. Las exenciones que él deseaba y pedía con santa importunidad, eran de añadir otras particulares a las penitencias de costumbre en el Noviciado. Todas las vísperas de comunión, por ejemplo, rogaba a su Maestro le concediese licencia para algunas extraordinarias asperezas de cilicio, disciplina, ayuno, cama dura u otras semejantes; y concedida, ejecutábalas no por alarde o vanagloria, cosa muy expuesta y peligrosísima en la juventud, ni por la rutina que suele introducir en muchos una deplorable tibieza, sino por la razón y con el espíritu que debe reinar en la castigación del cuerpo: que es de tener a raya la rebeldía de la carne, y glorificar a Dios en nuestros miembros, supliendo en ellos lo que falta de la pasión de Cristo, como decía el Apóstol (1), bien instruido y práctico además en la virtud de las penitencias exteriores. Práctico asimismo en ella y bien amaestrado nuestro H. Bernardo, ejercitábala con rectísima intención, siempre que se lo permitían, pero siempre con algún recelo, con que de paso la purificaba, y dando la preferencia a la mortificación interior, en que es menor el peligro y mayor la facilidad y aun tal vez el mérito; como que se esconde más del aplauso de las gentes, verdadero escándalo de la santidad, ni duele tanto, al fin, una descarga de azotes en las espaldas, por recios y sangrientos que sean, como duele al alma el negarle una cosa que mucho apetece, y tirarle el freno con tesón y constancia en cuanto no va conforme con la ley de Dios y la estrechez de la vida religiosa. Concluyamos este capítulo advirtiendo que nuestro novicio tuvo por algún tiempo el, si se quiere, insignificante pero enojoso empleo de distributario. Portóse en él con tal perfección y buena maña, que en Villagarcía quedó por dicho vulgar en adelante para celebrar a quien lo desempeñaba a satisfacción del noviciado: Parece otro H. Hoyos, como antes se decía en Malinas con referencia a su ejemplar: Parece otro H. Berchmans. ................................................... (1) Ad Coloss. I, 24. |
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