| Luces del cielo que
recibe el H. Bernardo durante la peste de Medina del
Campo. (Vida
del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año
1888. Parte primera, capítulo 14).
Reservando para la segunda parte de nuestra historia el tratar de los sagrados ímpetus del H. Bernardo, del desposorio de su alma con el Señor, y demás favores que después se siguieron, concluyamos esta primera con la relación de lo que le pasó durante la terrible epidemia que el año de 1729, y justamente por el tiempo en que estamos, asoló el país y, en especial, la villa de Medina del Campo, donde entonces estudiaba filosofía. Habíale ya dado a entender muy de antemano el cielo que las enfermedades y muertes causadas por el vengador azote, eran efectos muy providenciales de su castigo y misericordia: de castigo para los pecadores, que merecían eso y más por su resistencia a la gracia de Dios y las voces amorosas con que los llamaba a su amistad; y de misericordia aun para ellos, porque, si viviesen más tiempo, serían escándalo y tropiezo en que otros cayeran, y atesorarían además los impenitentes, con los años, mayores tormentos y más espantosos en el infierno. Pero sobre todo eran de mucha misericordia las enfermedades para los que con ellas se convertían, y aun las muertes para los que de otra manera y en otro tiempo hubieran de morir en pecado. Todo iba dirigido, como se ve, a excitar en el pecho del H. Bernardo un sumo horror a esta peste del alma, por donde entró la muerte en el mundo: pero lo que más le confirmó en él fue una admirable visión que tuvo el 10 de Agosto, día del mártir San Lorenzo. Después de haber comulgado, mostrósele el Señor con su sacratísima cabeza toda ensangrentada y corriendo de ella hilos de sangre divina que bañaban su hermosísimo rostro en que desean mirar los ángeles. Traía también visibles de parte a parte sus llagas de manos y pies, y como recientemente abierta la de su costado, de donde salía a borbollones tanta copia de aquella sangre preciosa en que se lavaron las manchas del mundo pecador, que parecía querer inundar al H. Bernardo como en las olas de un inmenso piélago sin fondo. Miró entonces el joven a su Señor; y, sin poder contener los sollozos y las lágrimas: ¿Qué es esto, amor mío le preguntó: mi dueño y mi amor, ¿qué me queréis? y contestóle su amoroso Jesús con una mansedumbre y cariño indescriptibles, pero con un sentimiento aun mayor, si cabe: Desechado de los hombres, me vengo a consolar con mis almas escogidas. Aquí comprendió lo mucho que el Señor era ofendido de sus criaturas: y más, que la llaga tan cruel del costado recién abierto significaba la enormidad de los pecados que cometen, sobre todo, los sacerdotes. Con esta visión y locución quedó el H. Bernardo sumamente compadecido del benignísimo Jesús, y llagado con él, y deseoso de rogar sin descanso por los que así le ofenden. Recurrió amante y confiado a la Madre de misericordia, comenzando aquel mismo día en su honor una fervorosa novena. Correspondióle la Señora con extraordinarias mercedes, alentándole al propio tiempo la confianza, y enseñándole cómo debía tratar con su divino Hijo el remedio de aquella calamidad pública. Al tiempo de comulgar el día de su gloriosa Asunción oyó como a lo lejos una celestial música de innumerables ángeles. Estremecióse sagradamente al oírla, y le pareció que su espíritu, desamparando el cuerpo, volaba al empíreo para asistir al triunfo que allí se celebraba en honor de la Reina de cielos y tierra. Viola sentada en un trono riquísimo, semejante al del Rey de la gloria que describe en otra ocasión: acompañábanla muchos ángeles y Santos, y gozóse en extremo el joven de ver a los dos lados y muy cerca del trono a sus insignes protectoras Teresa de Jesús y María Magdalena de Pazzis. Absorto en esta gloria y visión, renovó entre mil afectos amorosos su carta de esclavitud, como tenía de costumbre en las festividades de la Reina soberana. Admitióla ésta con señales de singular amor, y pagósela bien largamente con una sonrisa de sus hermosos labios, que penetró hasta el corazón del H. Bernardo y lo bañó en inefables delicias. Viéndose tan favorecido de la bendita Señora, rogóle encarecidamente y con nuevo fervor que mirase por el bien de sus hermanos, y los librase de la terrible calamidad que tantos estragos causaba en sus cuerpos, y acaso más en sus almas. Respondióle la misericordiosa Madre que le agradaban mucho sus oraciones, que habían sido oídos sus ruegos en la presencia del Señor, y que estuviese cierto que presto empezaría a ceder la epidemia. Volvió el H, Bernardo la tarde de este feliz día, en tiempo de la oración, a renovar segunda vez su carta de esclavitud, pidiendo a la amabilísima Señora se dignase de admitirle por su esclavo; y oyóla al punto que le decía: Bernardo, no sólo te admito por esclavo, sino también por hijo muy querido. Causóme este favor, concluye el joven, una .confusión grandísima, y entendí vanas cosas para mi dirección con solas estas palabras. Mas parecióle algunos días después, que tardaba en cumplirse la promesa que le había hecho la Virgen, de que presto empezaría a ceder la epidemia. Instaba fervoroso y hasta reconvenía con su palabra infalible a la Madre de las piedades, cuando oyó de nuevo en su alma una voz que le avisaba que estuviese cierto de la promesa; que ya no eran tantas las muertes, que poco a poco se disminuían: más, que tuviese confianza en la Madre clementísima de Jesús, que era la que detenía el brazo de la justicia del Señor irritado contra los pecadores. No sólo oyó esto último, sino que al propio tiempo lo vio también el 2 de Septiembre en seguida de comulgar, y pasó de esta manera que él mismo describe. Vi en el aire, dice, un trono en que estaba sentado el mismo Jesucristo, con el semblante tan airado que indicaba bien su indignación, y con aquellos sus hermosísimos ojos mirando hacia la tierra con tanto ceño que solo éste, si lo vieran, sería bastante tormento a los pecadores. Tenía en su mano derecha un arco flechado con una saeta toda de fuego tan encendido, que mostraba bien los estragos que causaría, si la llegaba a disparar el omnipotente brazo. Vi también que cercaban su trono, como atónitos de tanta severidad, innumerables ángeles, ministros y ejecutores de su justicia: mientras que, ilustrando Dios mi entendimiento, me descubría gran parte de los hombres que al presente habitan en este mundo, revueltos entre sí. Aquí el deshonesto, soltando la rienda a sus carnales apetitos, se cebaba y revolcaba como animal inmundo en el pantanoso cieno de sus torpezas: aquí el avariento idolatraba en su hacienda, precipitándose miserablemente a usar tratos ilícitos, y valiéndose de malos medios para enriquecerse más: aquí hervía el mundo en enemistades aborreciéndose unos a otros con mortal odio, como si mutuamente se quisieran devorar. Vi, en fin, que casi todo el mundo se empleaba en ofender a su Dios: pero, entre los pecados que tenían enojado a Jesús, sobresalían y provocaban especialmente su furor éstos de la lujuria, la avaricia y las enemistades. Horrorizado estaba yo con semejante vista, cuando se dejó ver una multitud de demonios que pedían al juez venganza y castigo a tan execrables culpas: aunque no me admiró esto mucho, porque los demonios siempre son acusadores aun de los buenos. Admiróme sí y entristecióme sobre manera ver que tras los demonios seguía un escuadrón formado de los ángeles de guarda, y oír que, postrados todos ante el trono del Señor, habló uno de ellos en esta forma: ¿Hasta cuándo, Señor, habéis de usar de misericordia con los hombres que de este modo la desprecian? Justicia, Señor, justicia: vengad vuestras injurias, descargad el brazo que tenéis levantado, y caiga la espada de vuestro furor sobre los que se han hecho sordos a las inspiraciones que nosotros les hemos dado de vuestra parte. Oyó el Señor tan merecidas quejas; y condescendiendo con los ángeles, vibró aquella saeta que tenía en el arco hacia la tierra, que, bajando más veloz que un rayo, corrió por entre los hombres, arruinándolo todo a su paso, hiriendo al pecador y confundiéndole en lo profundo del infierno; y, como si aun los justos fueran culpados, a muchos llegó también esta saeta, que, como a los impíos a los calabozos infernales, a ellos envió a los cielos o al purgatorio, dejando sin embargo vivos a otros pecadores por querer Dios esperarlos a penitencia". No satisfecho el juez con las muertes que causó la primera saeta, tenía ya puesta en el arco otra segunda: e iba a dispararla, pues el mundo no se daba por entendido, cuando los clamores y oraciones de los amigos de Dios hicieron eco en los piadosísimos oídos de la Virgen a quien ponían por intercesora con su santísimo Hijo. Vila que, puesta ante él, le detenía el brazo dispuesto ya para fulminar la saeta, y le embarazaba jugar la espada de su justicia: en que entendí cuán poderosas eran las súplicas de la Señora, pues al mismo Dios hace resistencia. Oyó el Hijo los ruegos de la Madre que le pedía usase de misericordia, sanando más bien que hiriendo a los hombres enfermos por sus pecados, y le prometió hacerlo así, mas protestando volver a irritarse y descargar el golpe, si no se convertían. El medio que tomó para curarlos fue aumentar las enfermedades, disminuyendo las muertes, aunque mezclando algunas para mayor aviso, diciendo: Yo heriré, y yo sanaré (1)". Otorgadas las súplicas de la Virgen, mandó el Señor publicar e intimar a los hombres que, si no se convertían de corazón, no sólo enviaría enfermedades, sino también muertes, con que se pone límite a la precipitación con que los hombres se arrojan a pecar, y da principio a sus merecidas penas. Y aquí vi un nuevo escuadrón de ángeles guiado de San Miguel, que tenía una espada de fuego en la mano, y volviéndose al mundo, con voz terrible y espantosa que, como un trueno, resonó en el aire, dijo aquellas palabras del Salmo: Si no os convirtiereis, en la mano tiene Dios la espada desenvainada para descargarla sobre vosotros: tendido está su arco y asestado; de muerte son sus flechas, y sus saetas de fuego devorador contra sus enemigos (2). Esta visión temerosa, que también se le repitió el 4 del mismo mes de Septiembre, inflamó el celo del H. Bernardo para pedir con instancia cada vez mayor por los reos de la divina justicia. Rogaba al Señor le mostrase lo que podría hacer por ellos, que fuese de más agrado y servicio de Su Majestad, y oyó que le contestaba con grande amor, pero como si no le hubiese entendido lo que le pedía: Si me amas, ¿qué más quieres? Si yo te quiero, ¿qué más deseas? Lo que deseaba y quería el H. Bernardo, era que el Señor perdonase a los pecadores, que era también lo que el Señor más quería y deseaba. Pedíaselo ahora el angustiado joven con suspiros de su coraron; y viendo que aquella Divina Majestad se complacía en sus humildes y fervientes súplicas, encendíase en mayores y más vivas ansias de interceder y rogar por los miserables. Como fuera de sí con amoroso celo por la honra de Dios y la salvación de las almas, repetía ya con Moisés: O perdona, Señor, a este pueblo, o bórrame de tu libro en que has escrito mi nombre (3). Así clamaba este celoso y amante siervo de Dios con ansias ardorosas, pero sin que fueran parte los clamores ni lágrimas que corrían de sus ojos, para alterar en lo más mínimo su tranquilidad, quietud, dulzura e indiferencia de espíritu. El libro en que estaba escrito el nombre del H. Bernardo, y del que pedía al Señor le borrase si no perdonaba a los pecadores, era sin duda el libro de la vida: mas, puédese también entender, como advierte aquí el P. Loyola, de otro celestial libro que por este tiempo se le mostró en visión. Vio en ella, después de comulgar, un hermosísimo joven, que conoció ser el arcángel San Gabriel, enviado por su Señora la Virgen María, con un grande y precioso libro en las manos, donde aparecían escritos con letras de oro los nombres de los hijos muy regalados de su Señora: entre ellos distinguió muy claramente el suyo. Ahora bien: como la devoción a la Vírgen es señal tan cierta de predestinación como sabemos, pudo tal vez ser ése el libro a que aludía nuestro H. Bernardo. El P. Juan de Loyola, de quien es esta conjetura, .omítenos aquí con su acostumbrada prudencia, y humildad los nombres de los hijos muy regalados de Nuestra Señora, que, además del suyo, leyó escritos el H. Bernardo con letras de oro en aquel libro riquísimo de tan excelsa Madre; pero faltaríamos nosotros a la justicia, si quisiéramos seguir su ejemplo, cuando podemos descubrir alguno o algunos de ellos para edificación de nuestros lectores. De cierto que éstos se los imaginan ya, seguros de no errar en sus sospechas. En carta que el H. Agustín escribe a 18 de Septiembre de 1729 a su P. Pedro de Calatayud, le dice así: Cuando yo escribí a V. R. mis cosas acerca de la santísima y dulcísima Madre, parece, le dice, que tuvo el H. Hoyos especiales sentimientos sobre esto, y que mí nombre estaba escrito con letras de oro entre los favorecidos de esta dulcísima Madre, e hijos suyos; y añade: El de mi carísimo y el mio, juntos los dos; que nos tiene juntos en su Corazón. Este parece significa mucho más aquí, sin duda, que cualquiera otro verbo, por expresivo y terminante que fuera. Responde también el H. Agustín en 21 de Septiembre a la última de su H. Bernardo, del 12 del mismo mes, en que le refería sus lances con el Señor y la Virgen en todo este negocio, y le escribe así: He admirado mucho la providencia amorosa de nuestro Dios amantísimo en favorecernos a los dos por el mismo camino: pues, no habiéndole yo escrito a mi H. Bernardo, sino sólo a nuestros dos Padres, me participa del mismo favor que yo había recibido por el mismo tiempo, de nuestra dulcísima y regaladísima Madre. Advierto a mi carísimo que en adelante no ha de ofrecer a Nuestro Señor y a su Madre nuestros corazones como muchos, y cada uno de por sí; sí no con el suyo ha de suponer que ofrece los de los PP. Loyola y Calatayud y el mio: pues no son muchos, sino muy uno en los ojos de nuestro amor Jesús, en su Corazón y en el de su sacratísima Madre, como yo los vi el mes pasado (4). No puede haber duda en que, juntamente con los nombres de los HH. Bernardo y Agustín, estaban también escritos los de los PP. Loyola y Calatayud, en el admirable libro de que con tanto valor pedía el celoso joven que le borrara su Divina Majestad, si no quería perdonar a su pueblo y remitir el castigo. Optó el Señor, como era de suponer, por perdonar al infeliz pueblo, inclinándose en su infinita misericordia a las oraciones de nuestro joven y de otras almas inocentes que le rogaban sin cesar se apiadase de su desventura. Desapareció, en fin, la epidemia; y conoció el H. Bernardo cuán providencial y compasiva había andado la mano de Dios en este azote y muertes, no sólo de la gente pecadora, sino aun de las santas y agradables a sus divinos ojos. Dos casos referiremos en este particular, por no alargarnos, que tocaron muy de cerca al buen Hermano, y en que él recibió especial consuelo. Murió en nuestro Colegio de Medina del Campo, a 24 de Octubre, el H. Francisco de Abasolo, condiscípulo suyo en la filosofía. Era un joven humilde, angelical y sólidamente virtuoso: artebatóle la peste, cortando así en flor las esperanzas que había fundado la Compañía en su natural ingenio, pero no sin grande y suavísima disposición del cielo para que, sin duda, la edad y peligros de este mundo no pervirtiesen la inocencia y virtud de su alma candorosa. Esta voló al cielo a los tres días de muerto el dichoso Hermano. Así lo entendió su amigo y compañero: porque, favoreciéndole el Señor el día de Todos los Santos con una visión muy agradable, en que se le mostró toda la corte celestial, vio a su amado condiscípulo entre los Jesuitas que ya reinaban con Jesús en la gloria. Confirmóse la verdad de esta visión con una noticia que de allí a poco empezó a ser publica en el Colegio. Decíase que el Hermano difunto estaba ya glorioso, y que se había sabido por medio de cierta persona favorecida de Dios y de espíritu muy probado. Turbóse con esto algún tanto él H. Bernardo, temiendo no se le hubiese ido alguna palabra por donde se descubriera su secreto: mas pronto se sosegó al saber de seguro que la persona de quien se trataba, era una religiosa muy sierva de Dios, que había en la misma población de Medina. A la preciosa muerte del H. Abásolo había precedido dos meses y medio antes la del P. Francisco Mañeras, hombre de gran virtud y ciencia. Hallábase ya en la agonía; y, como también hubiese asistido el H. Bernardo a su cabecera con otros nuestros para ayudarle en aquella hora, vio que se acercaban a la camal del moribundo algunos demonios para hacerle caer en tentación. Hizo con disimulo el joven que rociasen con agua bendita el sitio donde andaban muy afanosos los infernales espíritus: y vio que, apenas se había desprendido la primera gota del hisopo, que ya se arrojaba furiosísima la canalla por las ventanas abajo. Con esto continuó su caritativo oficio, rogando a su gran protector San Miguel que asistiese al Padre para que su muerte fuese dichosa en el divino acatamiento. Prometióselo el santo arcángel; y más, que él se encargaba de presentar su alma al Señor, librándola de las asechanzas del demonio. Yo salí de allí, concluye el H. Bernardo, y dentro de poco dio su espíritu al Señor por manos de San Miguel. Tuve mucha envidia a su muerte, porque murió la víspera de la Asunción de María Santísima a los cielos. ¡Qué envidias las de los justos, tan puras e inocentes! Ya se nos quería ir nuestro H. Bernardo, sin pensar que le aguardaban aún los sagrados ímpetus de amor y tantas otras maravillas superiores que veremos adelante. ....................................................... (1) Deuter. XXXII, 39. (2) Ps. VII, 13, 14. (3) Exod. XXXII, 31, 32. (4) Esta visión la tuvo el H. Agustín a 5 de Agosto. |
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