Cristo Jesús se hace maestro del H. Bernardo en los ejercicios de renovación. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888. Parte primera, capítulo 12).

 

Acercábase en tanto la renovación de los votos por Junio de 1729; y estaba ya pensando el H. Bernardo sobre la manera con que había de emplear el santo tiempo de los ejercicios que la anteceden, cuando vio al Señor en visión intelectual, y oyó que le decía muy amoroso que él tomaba a su cuenta el enseñarle y dirigirle en ellos, no por sus ángeles, sino por sí mismo. Había antes copiado el joven a este propósito, de la Vida de Santa Maria Magdalena de Pazzis, una admirable doctrina que había recibido la Santa en un rapto acerca de nuestra renovación de los votos, y era su intento aprovecharse de ella para disponerse fervorosamente a la renovación de los suyos, Pero, como ya el Señor se le había ofrecido por maestro, dispuso ante todo Su Majestad que perdiese la copia, y no pudiese dar de nuevo con el libro de donde la sacó. Imprimióle en cambio otra suya en el alma, no muy desemejante en la esencia a la que primero había recibido Santa Maria Magdalena de Pazzis, pero más particular en muchas circunstancias.

Dice así la nueva doctrina e inteligencia toda que imprimió el Señor en el corazón del H. Bernardo, y éste nos dejó escrita para consuelo y dirección de los que renuevan.

“Inexplicables son”, dice el H. Bernardo, “los bienes que recibe el alma con esta renovación de sus votos. Todas las virtudes se le aumentan; la gracia se le multiplica conforme a la disposición, la caridad recibe nuevos quilates, y auméntase la unión, según la que antes tenía el alma. Es además de gran gloria de la Santísima Trinidad, y de sumo placer a las tres divinas personas, pues con los tres votos hace el alma una unión con Dios con cierto remedo a las tres divinas personas, uníéndose con cada una, por cada voto, de un modo que yo no sé explicar. La sacratísima Humanidad de Cristo muestra indecible gozo y agrado, viendo le siguen por sus pisadas: la Santísima Virgen recibe gloria accidental, y se regocija como si en cierto modo renovase su voto de virginidad: los ángeles cantan loores al Señor y se alegran de que los hombres cooperen a sus inspiraciones: el coro de las vírgenes renueva un cántico suavísimo en alabanza de Dios, y reciben todas gloria accidental, unas más, otras menos, según fueron sus méritos en el voto de la castidad: los bienaventurados que se esmeraron o guardaron con especialidad algún voto, como San Francisco de Asís el de la pobreza, San Francisco Javier el de la obediencia, etc., reciben también gloria accidental: además, los de la Compañía todos reciben en esta renovación la misma gloria, aunque con ciertas especialidades. ¿Qué diré de nuestro glorioso P. San Ignacio? No es explicable el agrado y placer que se le hace; y el Santo pide al Señor especiales mercedes para sus hijos. Para los que han de ser indignos hijos de tal padre, pide que o los arranque y eche de la Compañía, o les dé eficaces auxilios según ve su divina providencia que han de corresponder: para los que hacen esta renovación no con todo fervor, pide gracia: para los que llegan preparados y bien dispuestos, pide nuevos dones, y se complace grandemente en ellos. En fin, todos los bienaventurados se regocijan; resuena todo el empíreo en alabanzas del Señor: y es día éste que allá se celebra con particularidad. Regocíjense, consuélense, alégrense los Jesuitas especialmente y salten de placer, pues tienen este día entre los de mayor solemnidad: y, pues en el cielo se celebra tanto, justo es que también se celebre en la tierra. Si los grandes de este mundo, los reyes, príncipes y señores, celebran los días de su nacimiento o aquellos en que recibieron alguna dignidad: ¡cuánto más debemos los religiosos celebrar con júbilos de alegría el día en que ofrecimos los tres votos con que nos unimos la primera vez, y después renovamos la unión con Dios!” (1).

Ilustrado con estas divinas luces entró y se mantuvo lleno de fervor nuestro H. Bernardo en los tres días de ejercicios que preceden a la renovación de los votos. En uno de ellos tuvo una visión intelectual que le declaró muchos secretos del Santísimo Sacramento: pues de este trono de las finezas del amor quiso valerse ahora el dulcísimo Jesús como de cátedra de donde leer a su discípulo una doctrina verdaderamente celestial. Habíale inspirado ya o enseñado en los últimos ejercicios espirituales de ocho días cinco propósitos de grande perfección. Examinaba el piadoso renovante cómo los observaba, cuando se adelantó su divino Maestro a darle sobre ellos nuevas y altísimas inteligencias.

Era el primer propósito: No admitir amistad alguna sino en Dios, por Dios, y dirigida a Dios; a que se llega no consentir afecto alguno de cosa humana en mi corazón. Dióle a entender ahora el Señor en estas palabras los grandes frutos que trae al alma el despego de todas las cosas, y también cómo se había de medir y guardar el amor que debemos al prójimo. Todo se lo cifró en una visión intelectual con que le mostró la pureza de una alma que llega a este despego y desnudez afectiva. Contemplaba en ella una como omnipotencia con que tenía debajo de sus pies todas las cosas caducas y perecederas de este mundo: la vida, la muerte, los hombres, los apetitos, las fatigas, los descansos, las aflicciones, las prosperidades; y con ellas, hasta el infierno y los demonios. Veía en esta alma cumplido a la letra lo que quiso explicar el Apóstol en aquella su animosa pregunta: ¿Quién nos separará de la caridad de Cristo? ¿Por ventura la tribulación, la angustia, el hambre, la desnudez, el peligro, la persecución, la espada?; y luego con humilde magnanimidad se respondía: Cierto soy que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados ni las virtudes, ni las cosas presentes ni las futuras, ni la violencia ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separamos de la caridad de Dios que está en Jesucristo Nuestro Señor (2). Al tiempo de esta inteligencia se le infundió al H. Bernardo en parte esta virtud, y se le dieron grandes deseos de conseguirla en toda su perfección.

El segundo propósito era: Hacerme todo a todos, conforme al Apóstol (3). Volvió a entender aquí que ésta era la santidad más semejante a la de nuestro divino Maestro: que el Señor nos quiere virtuosos, mas no extravagantes y ridículos; pero que se engañan muchos, sin embargo, con la apariencia de esta virtud, juzgando ser condescendencia santa, o vendiéndolo por tal, lo que es finísimo amor propio; que, para no errar en este punto, siempre se mirase al fin del Apóstol en hacerse todo a todos, que era ganarlos a todos para Dios. Aplicación práctica: cuando en una comunidad religiosa, por ejemplo, con hacerse alguno afable, condescendiente y humano con todos, los gana para Dios, buena señal; pero, si la condescendencia ocasiona imperfecciones y faltas de regla, es muy perniciosa y ofende mucho al Señor.

El tercero era: Observar siempre lo que me enseñaron en el Noviciado. En este propósito entendió lo mucho que agrada a Dios hacer las cosas pequeñas con una gran pureza de intención y espíritu: la cual no debe confundirse con la nimiedad o el apocamiento o el escrúpulo, como a veces suelen confundirla los principiantes en la vida espiritual, y más los forasteros en ella.

El cuarto decía así: Procurar, cuanto de mí pendiere, conservarme siempre en una total indiferencia, no queriendo, ni aun teniendo deseos, sino estando como en espera de lo que es voluntad de Dios. ”¡Oh, y qué maravillas entendí aquí! “, exclama el H. Bernardo. “Esta es la reina, el esmalte, el oro y lo más precioso de las virtudes; pues se puede comparar al primer eslabón de una cadena que trae lo demás tras sí. Habiendo esta virtud, habrá paciencia, habrá humildad, habrá caridad, habrá mortificación, esperanza, fortaleza y todas las demás virtudes”.

El quinto propósito era: Aspirar a amar a Dios sin cesar. Parece que el aspirar a amar se opone a la perfecta indiferencia, pero no es así: porque la indiferencia, luego que descubre la voluntad de Dios en alguna cosa, se inclina a abrazarla con todas sus fuerzas; y está claro que amar a Dios con todo nuestro corazón es, no sólo voluntad del Señor, sino precepto suyo, y el máximo y primero de todos sus preceptos.

Con estas ilustraciones y práctica de tan sólida doctrina en sus propósitos se dispuso el H. Bernardo a la fervorosa renovación de los votos que debía hacer el 29 de Junio, fiesta de los gloriosos apóstoles San Pedro y San Pablo.

Al tiempo de renovarlos vio que le asistían, como de costumbre, San Miguel y el ángel de la guarda: a poco rato sintió una estrechísima unión de su alma con Dios; y dentro de su corazón, llena de dulzura y como descansando en un lecho de flores, la sacratísima Humanidad de Cristo con más gloria que otras veces. Saludóla el joven y la adoró, movido y arrebatado por celestiales afectos como solía, y aun más ahora que contemplaba en aquella verdadera arca de la Divinidad y su amante pecho un no sé qué nuevo latir y descubrirse del divino Corazón, que tampoco entendía él al principio, mas sí luego que cesó de moverse, y se le representó en esta forma.

Vio el sacrosanto Corazón sobre manera hermoso, del cual salían tres cordones como de hilo de oro finísimo. A corta distancia se tejían entre sí de una manera maravillosa, y componían un cordón solo. Volvían luego a destejerse por el extremo, como cuando salieron del Corazón de Jesús, y ataban fuertemente el del H. Bernardo, quedando así unidos con apretado lazo de amor “los dos corazones”, dice el asombrado joven, “el divino y el terrestre, el santo y el pecador, el limpio y el enlodado, el de Cristo Jesús y el de una criatura, y criatura tan vil”: siendo lo más admirable del caso que, después de tan extraña merced, le dijo el Señor con ademán y acento de sumo cariño: Bernardo, este sacrificio (es decir, la renovación de los tres votos simbolizados por los tres hilos del cordón) me hace desearte más por esposa. Pero sabe que, antes que te desposes conmigo, padecerás dura guerra: goza, pues, ahora para padecer después. Lo cual dicho, desapareció, sin que al H. Bernardo le pasara siquiera por el pensamiento lo que preludiaba aquel manifestársele el divino Corazón tan misteriosamente enlazado con el suyo.

Como lo único, al parecer, que en este enlace y habla dulcísima se le descubrió por entonces, fue lo mucho que al Señor agrada el renovar de los votos religiosos, propuso renovarlos diariamente en lo sucesivo; y así los renovaba aun varias veces al día cuanto le era posible. Practicaba esto con mayor fervor y consuelo, oyendo misa, el12 de Julio, primer aniversario de su sacrificio por los votos del bienio; y al pronunciar aquellas palabras de la fórmula: Voveo paupertatem, castitatem et obedientiam perpetuam in Societate Iesu, vio de repente a Jesús, que pasaba como de largo, y le decía: Tú serás mi esposa.

Quedó con esta vista y habla del Señor gozosísima el alma del H. Bernardo, y más segura que con todas las antecedentes promesas, de la verdad y certidumbre de su futuro desposorio. Porque, como todas ellas habían sido siempre con la explícita condición de que no faltase a la correspondencia de sus favores, siempre le hacían temer de su fragilidad; mas ésta era ya absoluta, e incluía además en sí misma una especie de favor singular y grande gracia para corresponder. El empeño del Señor en poner condiciones “hace que el favor sea un agridulce”, decía antes el H. Bernardo: “parece como que desconfía; y éste es un amor que hiere, al modo de aquella pregunta hecha por tres veces a San Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? (4), que tan vivamente hirió el corazón del amante discípulo”: pero ya no le quedaba lugar a dudas ni congojas.

Algunos días después quiso el Señor reprenderle por el olvido que tuvo una mañana, de no emplear algún tiempo de ella en la contemplación de las perfecciones angélicas. Envióle un ángel que le afease esta falta, y le amenazase de su parte si volvía a cometerla otra vez. Escuchó la reprensión el joven con la mayor humildad, y propuso la enmienda para en adelante. Al mismo tiempo le pareció ver que el Señor le perdonaba, y le echaba la bendición como absolviéndole de su culpa: oyó juntamente dentro de su corazón aquellas consoladoras palabras: Mandado tiene a sus ángeles que te guarden en todos tus caminos (5). Oyólas el H. Bernardo con gran respeto, y las entendió como dichas a sí con referencia al ángel de su guarda y al arcángel San Miguel. En confirmación de esto vio luego, dando gracias después de comulgar, al arcángel a su lado izquierdo con una espada de fuego en la mano, y al otro al ángel de la guarda con la bandera de que arriba se habló. Estando él gozándose con aquella vista del cielo sin saberse qué hacer, mandóle el Señor que se preparase para recibir el día de nuestro P. San Ignacio la cuarta señal de que quería a su alma por esposa.

Había recibido, en efecto, ya tres muy singulares: fue la primera, abrasarle el corazón en fuego de amor divino; la segunda, ponerle la corona Santa María Magdalena de Pazzis; la tercera, haber unido y enlazado Jesús su Corazón al del H. Bernardo con los tres bellísimos cordones o sea un solo cordón de hilo de oro. Es indecible lo en parte confuso, y en parte inquieto y abrasado en llamas de amor que anduvo el H. Bernardo los días que faltaban para la festividad de nuestro Santo Padre. Ya en su vigilia, al tiempo de cantar las vísperas, tuvo elevadísima inteligencia de la gloria del Santo, cifrada en los mismos salmos que cantaba: todo era disposición para los grandes favores que había de recibir el día siguiente.

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(1)   En estas palabras del H. Bernardo hay tanto tomado de la inteligencia que sobre el mérito de la renovación de los votos tuvo Santa María Magdalena de Pazzis, como puede verse en su Vida (Cap. CXVIII), que, si no lo tuvo presente al redactarlas, se le hubieron de quedar muy fijas sus especies.

(2)   Ad Rom. VIII, 35, 38, 39.

(3)   Ad Corinth. IX, 22.

(4)   Ioann. XXI, 15-17.

(5)   Ps. XC, 11.

 

 

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Biografía P. Hoyos   "Vida del V. Padre Bernardo de Hoyos", por el P. Loyola, h.1739
Causa de Beatificación   Tesoro escondido
Carta del rey Felipe V   "Tesoro escondido", librito completo, Valladolid, 1734
Artículos, varios   "Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888