| Intenta en vano el
enemigo engañar al H. Bernardo con falsas apariciones.
(Vida del P.
Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888.
Parte primera, capítulo 11).
Irritado y rabioso el demonio de ver lo que favorecía el Señor a su siervo, y lo mucho que en poco tiempo adelantaba éste en el camino del espíritu, determinó darle un asalto con que rendirle, o desconcertarle cuando menos. Pero sólo consiguió sacar verdaderas dos profecías de que arriba dejamos hecha mención: la una, que había de procurar engañarle con falsas visiones y apariciones; la otra, que no le había de engañar, merced a la asistencia de Dios y su eficaz auxilio. El asalto del infernal tentador y su vergonzoso vencimiento ocurrió de esta suerte. Estando una mañana muy recogido en oración el H. Bernardo, oyó una voz que decía: Amame, con cierto ímpetu y ventolera de consuelo insustancial. Parecióle sin duda la más a propósito esta palabra al nuevo huésped e interlocutor para el logro de sus fines, por haber ella sido la primera que habló el Señor al H. Bernardo cuando empezó a regalarle con locuciones interiores: Bernardo, le dijo entonces, como vimos, ámame que todo soy amable. Mas, al oírla ahora, sintió su alma, a vueltas de la ficticia y pueril consolación del principio, una inquietud y desasosiego que jamás había experimentado al escuchar la voz de Dios: antes al contrario, sucedíale siempre, al tener hablas sobrenaturales, que éstas le producían, sí, un sagrado pavor y reverencia como infusa al primer golpe, pero le aumentaban después el dulce sosiego interior y le derretían, por fin, en suaves y sólidos afectos. No necesitó de más el iluminado joven para caer bien pronto en la cuenta de que no podía ser divina, sino diabólica, la lengua que había pronunciado este Amame tan revuelto e inoportuno. Pero lo que más le certificó de ser ello así, fue que, poco después, al comulgar con el paño descogido por sus dos ángeles protectores, oyó una voz verdaderamente divina que le llenó de tranquilidad, y le enseñó por los efectos lo que va de las hablas del buen espíritu a las del malo. Mira, le dijo el Señor: mira, Bernardo, la diferencia que hay entre los favores que yo te hago y los que intenta fingir el demonio: él fue el que antes te habló. Escribe la diferencia que hallaste entre unos y otros. Dando luego gracias al Señor a quien acababa de recibir, volvió de nuevo la mala bestia y mona de Dios a ensayar sus aparentes engaños y embustes. Representóle en la fantasía la imagen de la Humanidad de Cristo tan artificiosamente delineada, que ningún pintor, por diestro que fuese, pudiera idearla semejante; pero tan muerta, en medio de todo, comparada con el original que había visto el joven en varias ocasiones, que en seguida conoció éste la trampa y la mano: con lo que huyó el infernal artífice más corrido de lo que quisiera y se había figurado. Al mismo tiempo se le apareció el Señor en aquel purísimo cuerpo que tomó en las entrañas de la Virgen Nuestra Señora, y le dijo con voz risueña y amorosa: Esta es mi verdadera Humanidad. Todo esto pasó en un abrir y cerrar de ojos; pero dejaron la visión y el habla celestial al H. Bernardo tan santamente confuso, humillado y encendido en amor divino, que no pudo dudar de que fuese el Señor quien causaba tan sólidos efectos en su alma. Descubrióle también él mismo con esta ocasión grandes secretos del Santísimo Sacramento del Altar, y le mandó que, según su posibilidad extendiese la devoción de este Sacramento admirable en la forma que le dictasen la prudencia y condiciones de su vida. Concluyó mandándole de nuevo y expresamente que escribiera las señales y diferencias que había hallado y visto con su divina luz para distinguir las verdaderas apariciones y locuciones de las falsas. Escribiólas el H. Bernardo con singular magisterio, tomando para muestra y ejemplo las que notó en la presencia de la sagrada Humanidad de Cristo, y que más dan a entender la diferencia que hay de las unas a las otras. Pongámoslas tal cual él las escribió, advirtiendo que donde dice visión de la Sacratísima Humanidad o del Señor; significa la visión verdadera; y la falsa o contrahecha, donde dice visión del demonio. He aquí sus señales y diferencias. 1ª. La visión de la Sacratísima Humanidad me causó un santo pavor al principio, que revolvió todas las potencias. -La visión del demonio empezó con suavidad y procurando aumentar aquel sosiego. 2ª. La del Señor me causó gran reverencia. -La del demonio no infundía tal reverencia, antes causaba no sé qué género de irreverencia, no a la cosa representada, sino que parece conocía el alma al representador. 3ª. La del Señor encendió o aumentó aquel amor que antes había en el alma, con mucho exceso. -La del demonio lo quitó, y parece que apartaba la voluntad de aquel objeto que antes estaba amando. 4ª. La del Señor me representó aquel cuerpo glorificado con gloria muy sobrenatural. -La del demonio representaba un cuerpo de carne que parecía no glorificada, aunque vestida de rayos, pero de un modo muy diferente y muy grosero. 5ª. La del Señor parece infundió en el alma luego quién era el Señor de tanta hermosura. -La del demonio, por el contrario, parece que mostraba el sobrescrito del autor. 6ª. La del Señor dejó al alma sin poder dudar que era Jesucristo, Hijo de la Virgen, y no creería otra cosa si me despedazasen entonces. -La del demonio luego, por el contrario, parece no dejaba duda era el demonio: a lo menos no infundió en el alma ser Cristo, ni lo creería si me amenazasen con la muerte. 7ª. La del Señor mostraba la Humanidad, y por visión intelectual conocía el alma ser Dios y hombre. -La del demonio, ya se ve que no podía hallarse en ella esta visión intelectual. 8ª. La del Señor: representóse en ella con tanta majestad, sin embargo del amor que mostró, que, aunque no se infundiese en el alma quién es con tanta certeza, se dejaba ver claro es el Señor de la majestad. -La del demonio: aquí yo no vi cosa que me representase esta majestad, antes parece que el alma lo despide de sí. 9ª. La del Señor: parecióme que ésta se me mostraba allá en lo más íntimo. -La del demonio parece era en lo exterior, y que salía el alma de aquel retrete hacia fuera para ver lo que se le representó. 10ª. La del Señor dejó mi alma como confusa delante de tanta grandeza como vio. -La del demonio no, antes parece que, ayudada del Señor el alma, tuvo un gran valor para procurar desecharla de sí. 11ª. La del Señor parece traía todos los bienes a mi alma. -La del demonio parece que los quitaba, digo aquellos que luego experimenta el alma después de algún favor. 12ª. La del Señor, luego que pasó aquel pavor primero con que él quiere hacer alarde de su grandeza, dejó al alma muy recogida, con mucha suavidad, con grandes dulzuras y arrebato, aunque no con rapto o éxtasis, hacia sí, con algunos efectos dignos de la benignidad divina. -La del demonio, aunque al principio comenzó con suavidad, (con una suavidad grosera, señal propia de quien es, muy material y sensible, y no aquélla tan recóndita en el fondo del alma, y es la que causa el buen espíritu), pero luego el alma se alborotó, y parece que no podía sosegar hasta que el Señor la sosegó, y la dejó en sequedad. Estas son, prosigue el H. Bernardo, algunas de la señales que tienen estas visiones, que ya se ve cuán contrapuestas son. Así que, dudo que el demonio pueda engañar a quien tiene experiencia; y si a algunos, con la de muchos años de verdaderas visiones y favores, los ha engañado y precipitado en un abismo de errores, juzgo que es porque por una secreta y sutil soberbia se han engreído como Lucifer, y el Señor permitió que aun la misma razón se les cegase; pues de otro modo no entiendo cómo pueda ser. Mal podía ignorar el demonio que existía en el espíritu del H. Bernardo esta soberana luz del cielo para distinguir las visiones falsas de las verdaderas; pero todavía no quiso, como tan audaz y desvergonzado, cejar en la empresa de engañarle si pudiese. Más: intentó un imposible a todo su poder, cual era remedar las visiones puramente intelectuales, que, si de verdad lo son, no caen al alcance de los engaños y sutiles astucias del enemigo, porque pasan en lo más interior y secreto del alma, sin que los sentidos ni la imaginación tengan parte ni entrada en ellas. Intentó, pues, esto no obstante, el maligno espíritu contrahacer una visión intelectual en esta forma. Al tiempo de comulgar un día el H. Bernardo, le representó dos ángeles con el paño de costumbre descogido, por tan diabólica sutileza y habilidad, que no podía discernir bien al principio el joven si eran figuras materiales o no: pero los efectos que a poco produjo la vista de ellos en su espíritu, quitaron la máscara a los fingidos ángeles y verdaderos demonios. Sintió que se turbaba y alborotaba su interior de un modo extraño, y no experimentaba los humildes y amorosos afectos que infundía siempre en su alma la sagrada comunión. Con tan inequívocas señales conoció manifiestamente la ficción de aquellos embusteros, y díjoles con santo enojo: Engañadores, tened reverencia a vuestro Dios. Desaparecieron a estas voces los ángeles fantásticos, y se dejaron ver los dos verdaderos, San Miguel y el de la guarda, a quienes reconoció bien pronto el experimentado joven. Por más victorias que éste consiguiese del enemigo y sus infernales acometidas, solía sin embargo quedar tal cual vez algo receloso no fuera que a lo mejor le entrampase cogiéndole descuidado. Pero encargóse el Señor de quitarle la nimiedad imperfecta de estos temores el día de San Luis Gonzaga (21 de Junio) con la facilidad y eficacia que él acostumbra. Recibida ya la comunión, sintió unos movimientos muy presurosos que le hicieron pensar en los engaños de otras veces, pero al momento oyó en su alma una voz del Señor que le decía: ¡Qué! ¿Temes que ese corazón sea expugnado estando yo en él para defenderle? A esta locución amorosa se siguió una celestial doctrina, dignísima de insertarse aquí con las mismas palabras con que se la dio el Señor al H. Bernardo, y son éstas: La imagen mía que tienes grabada en tu corazón, le dijo el dulcísimo Jesús, servirá de escudo para rebatir lo que no fuere mío que quiera entrar en él: y así, procura de tu parte no desmerecerlo, porque yo así lo haré, para que no entren en tu corazón las cosas terrenas. Yo quiero los corazones de mis siervos humildes, pero magnánimos: en los temores y en la seguridad evita la nimiedad. La santidad más segura es la que más se asemeja a la mía: y yo siempre traté con los hombres como uno de tantos, haciéndome todo a todos, aunque era infinitamente superior a todos en las obras. No está el mérito en hacer mucho, sino en amar mucho: a veces se hace mucho, y era mejor se hiciera menos y se amara más. El Buen Ladrón pocas buenas obras hizo, pero tuvo mucho amor. Los que fueron a la viña a la hora de nona, no trabajaron mucho, pero amaron mucho. Este mi siervo (1) no hizo cosas tan grandes como otros, pero amó mucho, tuvo grandes deseos, y así tiene mucha gloria, como se lo dije a mi sierva (2); porque los deseos merecen mucho, si son verdaderos, y en cierto modo son más seguros que las obras, pues en éstas se suele entrar la vanidad. Porque, aunque obras son amores, que no buenas razones, como dicen, mas advierte que no es eso el amor, sino la señal y prueba de él; y como yo conozco muy bien los verdaderos deseos, por eso los premio tal vez como si fueran acompañados de las obras. Con estas palabras le dio el Señor a entender la perfección que quería de su siervo. Quería de él una perfección, en lo exterior, común como la de todos sus condiscípulos y Hermanos, evitando siempre las menores faltas; mas en lo interior, muy singular, como la de nadie. Y, reparando aquí el joven en que muchos Santos, con menos favores que los suyos, habían sido muy singulares también en lo exterior, le respondió su divino Maestro: En la casa de mi Padre hay muchas mansiones, y muchas maneras de santidad en la vía del espíritu. Con esto volvió a comprender con nueva luz que la santidad más segura es la más parecida a la de Cristo Señor nuestro, y que mientras él la procurase, no había miedo que le engañara el enemigo. ........................................................ (1) Esto es, San Luis Gonzaga, cuyo día era éste. Nota del H. Bernardo. (2) Santa Maria Magdalena de Pazzis, a quien el Señor reveló la gloria de este Santo. Nota del mismo. |
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