| Continúa el H.
Bernardo recibiendo favores del cielo cada vez más
extraordinarios. (Vida
del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año
1888. Parte primera, capítulo 10).
Los maravillosos efectos que todos estos favores causaban en el espíritu del H. Bernardo, y las fructuosas inteligencias que le daban, son el más cierto indicio de que venían del padre de las luces. Abrasaban su corazón en fuego de amor cuando los recibía; pero su llama quedaba lenta y suave, sin esparcirse por fuera, en su interior, de suerte que todo el día se mantenía después el joven en una amorosa presencia de Dios muy íntima: nada podía distraerle de las celestiales y divinas impresiones que dejaban en su alma. Siempre anda engolfada en el piélago inmenso de las grandezas de la Divinidad, escribe él, y añade: aunque esta presencia de Dios es de la Divinidad, no obstante traigo muy presente la sacratísima Humanidad de Cristo, con la imagen que tengo impresa en mi corazón, y con la memoria y especies de las visiones. Aun en sueños le favorecía el Señor con este regalo de su presencia divina, llena de luces y amorosos afectos, sin duda porque, como había antes padecido tanto y resistido aun en sueños a la tentación en tiempo del desamparo, quiso premiarle después en la misma proporción y circunstancias de sus penas. Podrá además haberse notado en los pasados capítulos que las mercedes de Dios iban siendo cada vez de un orden superior en el espíritu del H. Bernardo, aumentándose y creciendo conforme a la humana debilidad, y no menos de acuerdo con el estado altísimo a que poco a poco y suavemente se le disponía. Entre tanto, al empezar a dar gracias después de comulgar, vio un día de éstos por visión intelectual al Señor, y por visión imaginaria sus sacratísimas manos, pies y costado con las cinco llagas, más hermosas y resplandecientes que cinco soles. Al mismo tiempo oyó que le decía Su Majestad muy cariñoso: Mira si, quien recibió estas llagas por ti y con gran gusto, pues te tenía presente cuando las recibió, te querrá por esposa. Prepárate para serlo. Dióle también a entender que en una de las siguientes comuniones descendería sobre su alma de un modo muy especial el Espíritu Santo para disponerle a recibir con mayor plenitud el mismo Divino Espíritu en los días de su solemnidad que estaba cerca. Asimismo entendió con esta ocasión lo que Santa Teresa de Jesús y otras muchas almas singularmente ilustradas de lo alto han conocido de la inmensa benignidad del Señor: esto es, que su infinito amor para con los hombres le inclina y fuerza a comunicar sus especiales favores a muchos, aunque, desgraciadamente, son muy pocos los que se preparan para recibirlos como debieran. No menos entendió con particular luz el fin que Dios tenía en no mostrarle de una vez, sino como por grados y partes, toda su hermosura en estas visiones; y era haber determinado su providencia que ninguno de sus favores saliese a lo exterior con raptos o éxtasis públicos y ruidosos: lo que no podría dejar de suceder, si no dispusiera poco a poco su alma y la acostumbrara a recibirlos con suavidad y espacio. Otro día de comunión le declaró el Señor que la antevíspera de la fiesta de su gran patrona Santa María Magdalena de Pazzis, le pondría esta Santa la corona que antes había visto en diversas ocasiones. Esta coronación prodigiosa sucedió, en efecto, el 25 de Mayo, dé la manera siguiente. Apenas había entrado el joven en la oración de comunidad, cuando oyó una celestial música de ángeles que cantaban: Ven del Líbano, esposa del Señor; ven del Líbano, ven a ser coronada. Sintió al mismo tiempo un vuelo de espíritu, que le arrebató con desusado impulso hacia el Santísimo Sacramento. Causóle un sagrado pavor este espiritual vuelo, y subió de punto al escuchar después aquellas palabras que salían de los labios de su enamorado esposo: Levántate, date prisa, amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y ven: brotaron ya las flores en nuestra tierra, y llegó el tiempo de cortarlas: ya se oyó la voz de la tórtola en nuestros campos (1). Entre los muchos misterios que conoció con estas palabras, fue uno ver significadas en ellas las tres vías de la perfección: la purgativa, en las voces Levantate, amiga mía, la iluminativa, en Date prisa, paloma mía; y la unitiva, en Ven, hermosa mía. En la inteligencia de Brotaron ya las flores y demás que sigue, le dio a entender el Señor que se agradaba en las flores de sus deseos, por más que aún no tenían el fruto y merecimientos que él deseaba. Derretíase el espíritu del H. Bernardo en afectos de profunda humildad, a las voces de llamada y coronación que todavía resonaban en sus oídos, cuando se le descubrió de nuevo el teatro glorioso que se le había ya mostrado el día de la Invención de la Santa Cruz. Vio al benignísimo Señor con la misteriosa corona en la cabeza, sentado en un trono de inmensa majestad, a que se subía por tres escalones primorosamente labrados. Cercaban el trono la soberana Reina de los cielos, Santa Teresa, Santa María Magdalena de Pazzis y los Santos y ángeles que sabemos: también se había arrodillado al pie del trono el bendito joven. Entonces el eterno Rey de la gloria, tomando la corona que ceñía sus sagradas sienes, se la dio a Santa María Magdalena de Pazzis; y la Santa coronó con ella a su fiel siervo y nuestro querido Hermano. Quedó éste como fuera de sí con el favor, y tan bello a los ojos de los Santos, que le decían: Vuélvete, oh alma feliz, vuélvete que te veamos con esa riquísima corona. Pero él seguía de rodillas, sin saber lo que le pasaba, arrobado en un delicioso éxtasis, cuando vio que el Señor, acercándole a sí con muestras de un amor incomprensible, le quitaba con su divina mano la corona y se la volvía a poner en su real cabeza, diciéndole a la vez: Tus victorias son mías. Al mismo tiempo oyó a los ángeles que cantaban a su Rey coronado: Salid, hijas de Sión, y mirad a Jesús vuestro Rey con la corona que le ciñó su madre en el día del gozo de su corazón (2). Con esto cesó la fiesta: y yo quedé todo aniquilado, confuso y temeroso de la majestad del Señor en medio de ver que me trata con tanta afabilidad, dice al referirla el H. Bernardo, y añade luego: Todo el día anduve no sé cómo; y el siguiente de la Ascensión, como ya diré. El día de la Ascensión (26 de Mayo) comulgó teniéndole San Miguel y el ángel de su guarda el paño de otras veces. Daba después gracias al Señor por sus favores, y juntamente por los grandes bienes que habían venido al mundo con su admirable Ascensión a los cielos: y entonces Jesús con amorosas quejas le dijo: Sí, pero muchos, no sólo no se aprovechan de esos bienes, sino que me son sumamente ingratos por ellos. Al mismo tiempo se le mostró la sacratísima Humanidad del Señor triunfante, y oyó que le decía: Mírame, yo soy el que te quiero por esposa. Con esto empezó a subir a los cielos, y quiso que su favorecido joven disfrutase en este día algo de la gloria de su felicísimo tránsito. Viole con visión intelectual muy alta, y con las circunstancias todas con que le describen los sagrados evangelistas, y ya antes de ellos el Profeta David. Subía el Señor acompañado de innumerables ángeles; y a proporcionada distancia apareció una nube que le ocultó a los ojos. Con esto quedé muy recogido, dice el H. Bernardo, lleno de quietud y suavidad y admiración: aunque mayor admiración me causó lo que se sigue. Siguióse ver con visión intelectual lo que pasó en el triunfo solemnísimo de Jesús al entrar por las puertas del cielo y sentarse a la diestra del Padre. A su vista quedé como en un divino éxtasis, así él, de que volví al cabo de tres cuartos de hora poco más o menos, aunque a mí se me hizo un Ave María. Después acá ando como fuera de mí, y todo lo que veo, me parece sueño, y que más converso en el cielo que en la tierra: a lo menos la parte superior está todavía en sus glorias, aunque la inferior trata con los hombres. Tengo muy impresas las especies de esta visión. Conservólas impresísimas los días sobre todo 27 y 28 de Mayo, y aun recibió nuevas mercedes e inteligencias acerca de ella en la oración del 29. Durábanle también muy vivas al prepararse para la comunión; pero, al acercarse a recibirla, notó que de repente se le fue el corazón a otro objeto, y que le iba a suceder alguna cosa nueva y extraordinaria. Era el cumplimiento de la promesa del Señor de que algo antes de la festividad ya cercana de la Venida del Espíritu Santo descendería sobre su alma este Divino Espíritu de un modo muy especial. Y cierto que lo fue como descendió a ella en este venturoso día, el octavo antes de cuando tocaba en aquel año celebrar su fiesta. Pues al comulgar oyó una dulce y armoniosa música de los ángeles que entonaban el Veni, Sancte Spiritus; y al instante apareció sobre su cabeza una blanquísima paloma, cuyas plumas despedían refulgentes rayos de luz que inundaban al feliz joven, resonando al mismo tiempo en lo alto una voz que decía: Este es mi siervo amado, en quien me he complacido (3). Entonces la celestial paloma se trasformó en un brillante globo de luz y llamas, que comenzó a descender suavemente y se introdujo en el corazón del H. Bernardo, al propio tiempo que entraba en su pecho la sagrada forma. La mano me tiembla, exclama el joven, al escribir esto, las lágrimas se me saltan de los ojos, y el conocimiento de mi nada me abruma, aunque el amor eleva el corazón. ¡Oh, si todo mi cuerpo se hiciera menudas piezas, y cada una mil lenguas de serafines para ponderar y ensalzar la bondad divina, y juntamente mi maldad, ingratitud e indignidad! . El día primero de la Pascua del Espíritu Santo (5 de Junio), habiendo comulgado con la solemnidad y asistencia de otras veces, y escuchado de nuevo el himno de los ángeles al Espíritu consolador, percibió sobre su cabeza un ruido como de llama que arde, y conoció ser una lengua de fuego vivísimo que se cernía sobre ella como, en semejante ocasión, sobre las cabezas de los sagrados apóstoles, pero con una circunstancia muy de advertir: y fue que de aquella salieron o se partieron varias otras, que reparó el H. Bernardo iban a descansar sobre algunas personas que él conocía. Después de haber ondeado la lengua de fuego sobre la cabeza de nuestro joven largo rato, parecióle a éste ver y, en efecto vio, que bajaba lentamente a su corazón, llenándole de dones y gracias indescriptibles. Aquí tuvo también singulares inteligencias sobre las palabras del Evangelio de este día: Mi paz os doy; y una luego importantísima para su enseñanza y dirección: conviene a saber que en estos favores del Señor estuviese muy sobre aviso, porque andaba el demonio como león que ruge buscando trazas para engañarle, y resuelto a transfigurarse en ángel de luz para contrahacer las visiones y revelaciones verdaderas. Diósele igualmente luz del Espíritu Santo para que conociese y procurase el recogimiento interior del alma que tanto necesitan los varones espirituales todos, pero muy en especial los que tratan con los hombres para llevarlos a Dios y mantenerlos en su servicio. Excusándose al llegar aquí el H. Bernardo, de su flaqueza e inhabilidad para declarar algo de lo que en estos días y los siguientes pasa por su alma: he empezado, dice, a entregarme al inmenso, insondable y anchurosísimo mar de la Divinidad, engolfándome en lo más alto de sus olas, vagueando el entendimiento, ciego de la mucha luz, en el piélago de las divinas perfecciones. Y, aunque he procurado recoger las velas al favorable viento del Espíritu Santo que me guía, porque no alcanzan las palabras groseras a tan altos misterios, me veo ahora sin saber qué camino tomar para darme a entender; pues es tanta la vasta capacidad de este océano, que en una y otra ola de sus aguas falta ya la vista y no basta a medir tanta latitud. Pero cesen las palabras, concluye después de haberse explayado largamente por la consideración de los divinos atributos, y baste decir el favor que el Señor se dignó hacerme el día de la Santísima Trinidad, aunque no el modo tan divino como me lo hizo. El día de la Santísima Trinidad, después de comulgar, se le representó este altísimo misterio con visión intelectual tan subida, que confiesa de nuevo el H. Bernardo serle de todo punto imposible decir lo que en ella vio y entendió. Añade que le habló después el Verbo Eterno en nombre de toda la Trinidad beatísima, y le dijo con un modo tan dulce como inefable: Estos días te he dejado con mi Divinidad: regálate ahora con ella. Aquí seguro estás, que no puede entrar acá el demonio; y luego, tras una breve pausa: pero anda con cuidado, que te acecha; y finalmente, como alzando la voz: sin embargo no temas, que yo te guardaré. En seguida, se le descubrió la significación de aquellas palabras del Señor por su amado discípulo: El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que a mí me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él (4). En la cláusula Los guarda le declaró primero el Señor, y luego le mandó, que escribiese y conservase escritas estas visiones y enseñanzas: porque, al fin, si se guardan con diligencia las palabras de los maestros y doctores de la tierra, ¿cuánto más razón no es, según el mismo Señor se lo manifestó ahora al H. Bernardo, que se guarden y conserven las del maestro del cielo?. Mas esta ultima ilustración puede decirse que no tanto se dirigía a él, cuanto a sus directores, y especialmente a su P. Provincial. Eralo a la sazón el P. Juan de Villafañe, hombre santo y muy discreto, pero que ya en varias ocasiones había significado a los dos HH. Agustín y Bernardo no parecerle prudente que trajeran tan estrecha y tirada correspondencia de cosas tan altas como decían que les pasaban con Nuestro Señor; que hasta podría haber alguna indiscreción en comunicarlas al correo con la facilidad que usaban; y que, sobre todo, no veía él a qué pudiera conducir tanto cartapacio y relación escrita de favores sobrenaturales que, por su misma índole y singularidad, mostraban querer algo más de secreto: y así, que sin su orden expresa, y no habiendo seguridad absoluta en la buena dirección de sus papeles, se guardaran de semejantes envíos, y aun, a poder ser, de gastar el tiempo en escribir de sus cosas sino lo más indispensable, hasta que Dios les descubriera en esto más determinadamente cuál era su divino beneplácito. Claro es que los PP. Loyola y Morales habían de ser en todo, como lo eran, del mismo dictamen tan sabio y superior, y procurar, como lo procuraban, que no se faltara a él en lo más mínimo de ninguna manera. Recomendábanlo siempre que se les ocurría a sus dirigidos; y éstos por su parte no escribían letra que no fuese con la aprobación de sus directores y su Provincial, remitiéndoles asimismo después sus papeles para que ellos los examinaran con toda madurez. De esto estaba bien seguro el P. Villafañe; y hay que advertir aquí para alabanza suya que, a pesar de sus muchas ocupaciones, no dejaba de leer y examinar con la debida diligencia ninguno de los escritos más dignos de atención de los dos Hermanos. Veía en ellos la mano de Dios que los dirigía; asomábale también no pocas veces, al leerlos, algún escrúpulo de si con su rigor podría ser de impedimento al bien espiritual de aquellos jóvenes: mas, todo bien pensado, tranquilizábase fácilmente con la idea de que, siendo disposición de Dios que anduviesen por un camino que no era el de los demás, ni muy seguro para todos, él tendría cuidado de hacérselo saber. Y esto es cabalmente lo que ahora pasó este día de la Santísima Trinidad, 12 de Junio de 1729. Comunicóselo en seguida el H. Bernardo; y el P. Villafañe, alzando lo que hubiera de prohibición en lo de antes, le contestó al punto, y avisó lo mismo al H. Agustín, que en sus cosas hicieran lo que Dios fuese servido, y Su Majestad les mandase o insinuase; que ésta había sido también siempre su voluntad y precepto, aunque pudiera parecer que les hubiese alguna vez ordenado, pero sólo materialmente, lo contrario de lo que ahora les encargaba. De paso les volvía a aprobar algunos planes de que ya le habían avisado anteriormente, y en cuya ejecución trabajaban entonces animados con la obediencia. Uno de ellos, relativo al espíritu del P. Loyola, y del que más cierta y fiel noticia tenemos por cartas del H. Agustín, es tal, que no debe omitirse en la historia del H. Bernardo. Había dispuesto el Señor que aquel gran maestro de la vida espiritual, que lo había sido y seguía siéndolo de nuestros dos jóvenes, participara también de las enseñanzas que éstos recibían de lo alto, y aun se sometiera a su dirección especial en lo más escondido y sutil de su conciencia tan delicada, temerosa y poco aventurera como su carácter. Ya hacía años que le dirigía el H. Agustín por cartas con notable provecho de su espíritu, y ahora dio vehementísimos deseos el Señor al H. Bernardo de hacer lo mismo con él: el P. Loyola se acomodaba a todo como un niño con tal que sus hijos espirituales le sirviesen para conducirle a la perfección a que se sentía arrastrado con violencia. En una entrevista que por este tiempo tuvo con el H. Agustín en Valladolid, le manifestó los buenos deseos y mandato superior del otro su Hermano, encargándole que dispusiesen entre los dos los medios más oportunos para la nueva dirección. Escribió también el H. Bernardo al H. Agustín una carta muy larga, a principios de Mayo, en que le descubría su plan según las amorosas disposiciones del cielo que en más de una ocasión había recibido, durante los últimos favores, en orden a la perfección del P. Loyola. La contestación del H. Agustín, de 7 de Mayo de 1729, es como sigue: Amantísimo H. Bernardo: Satisfaciendo a sus deseos, y habiéndome enterado de lo contenido en su carta, ésta escribo aparte. En ella digo que apruebo y alabo su asunto y los piadosos fines de mi Hermano, que son de enderezar a nuestro muy amado P. Loyola al grado de perfección que en su estado quiere de él Nuestro Señor: y, viniendo a los medios para el logro de tan alto fin, digo que ayudará mucho para conseguirlo el medio de las instrucciones de que habla mi Hermano. En lo que puede estar cierto y confiado en el Señor es en que, mediante la divina luz y gracia, jamás discreparemos en cosa alguna sustancial de esas instrucciones tocantes al Padre según el estado dichoso y reglas que en él le ha puesto el Señor; y que sólo podrá haber, si es caso, alguna diversidad en lo accesorio. Aquí le habla de la diferencia que a veces puede existir en el juicio de dos directores que con luz especial y por revelación del cielo se encargan de dirigir a una alma a la santidad; y después de haberle explicado muy bien de dónde puede nacer esta diferencia, y los medios que hay para subsanarla: Digo, le añade al fin, que en todo me remito a lo que mi H. Bernardo dispusiere después de hecha oración al Señor, sin la cual no escriba nada: observe siempre el implorar la luz y Espíritu divino, puesto de rodillas, antes de ponerse a escribir. Después de hecha oración escribirá con la gracia del Señor, y confiado en ella, cuanto juzgare que conviene para su gloria. Esto es lo que avisa aparte el H. Agustín a su H. Bernardo acerca de la dirección del P. Loyola. Pero como aquél le pedía además en la suya que siguiera enseñándole también a el como maestro en sus dudas propias, contéstale a esto en otra carta de la misma fecha, donde sinceramente le ruega que no le avergüence con tanta humildad; que él apenas merece ser discípulo de su H. Bernardo: mas si, no obstante esta verdad y confesión mía, le añade, pudiera mi insuficiencia servir a mi Hermano delante del Señor para alguna cosa, en todo, aunque ese todo sea en mí nada, me hallará fidelísimo y deseoso de servirle, no como director, guía o maestro, que sólo el nombre, cuánto más el empleo, me da vergüenza, sino como humilde y rendido siervo suyo, a quien podrá con toda seguridad mandarme, no pedirme; resolverme las dudas, no sólo proponérmelas. Para apreciar en su justo valor el contenido de estas dos cartas, importa no olvidarse de que, cuando se escribieron, el H. Bernardo era un joven aún de diez y ocho años no cumplidos: que el H. Agustín había llegado ya a un altísimo grado de santidad y discreción de espíritus, y conseguido para entonces el P. Loyola aquella fama de magisterio espiritual tan merecida que todos sabemos. .......................................................... (1) Cant. II, 10-12. (2) Véase Cant. III, 11. (3) Véase Matth. III, 17. (4) Ioann. XIV, 21. |
||