Libro “Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús”, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España.
 
De la devoción que tuvo Bernardo a María Santísima, los Santos Angeles, nuestro P. San Ignacio, San Francisco Javier, San Francisco de Sales y otros muchos Santos. ("Vida". Libro Cuarto. Capítulo 9).

Es preciso comprender en un solo capítulo la materia que pudiera serlo de muchos. Porque si hubiéramos de referir en particular el cordialísimo afecto de amor que tuvo Bernardo a su dulce Madre María Santísima no bastarían muchos pliegos. Las veces que le visitó esta celestial Reina, le habló como dulcísima Madre, le enseñó doctrinas del cielo y le consoló en sus aflicciones, pedían narración más difusa. Haré memoria de algunas pocas, remitiendo al lector a las que están esparcidas por toda esta historia.

En una de las primeras visitas que tuvo Bernardo de la celestial Reina,1 le mandó esta Señora que procurase hacer todo lo posible por promover su devoción; tanto nos ama esta amabilísima Madre de todos sus devotos que desean serlo de veras, gloriándose de ser Madre aun de los pecadores, como se esfuercen con su protección a salir del abismo del pecado. Obedecía Bernardo la orden de la benignísima Reina y procuró no sólo ser verdadero devoto e hijo de María Santísima, mas inspirar esta devoción e insignia de predestinados, en todos cuantos trataba.

Valíase de la intercesión de la misma soberana Señora para que sus pequeñas diligencias tuviesen el efecto deseado. 2 Porque le había asegurado Jesús en uno de sus particulares favores, que le concedería cuanto le pidiese por intercesión de su Madre Santísima. Todo lo que me pidieres por su intercesión, le dijo, no dudes que lo alcanzarás, si es gloria mía. Esta seguridad del Señor crecía todos los días en el espíritu de nuestro devoto joven con los casi cotidianos favores que le hacía.

A los principios de su vida religiosa3 se hallaba extático, rezando el santísimo Rosario y alabando a María Santísima con aquellas devotas palabras: Ave Filia Dei Patris, etc., cuando sintió en lo íntimo de su alma esta celestial voz de María: Mucho me agradas con esa salutación: ten en tu corazón estas palabras, que son un compendio de mis alabanzas. Entre otras devociones que le enseñó María Santísima, una fue que la saludase frecuentemente con esta salutación: Ave Lilium candidum Sanctissimae semper atque tranquillae Trinitatis; Ave Rosa coelestis amenitatis, de qua nasci, et cuius lacte pasci dignatus est Christus: divinis amoris huius influxibus pasce me. Dios te salve, blanca Azucena de la siempre santa y tranquila Trinidad, etc.4

Los tiernos lances de amor que pasaron a Bernardo con María Santísima le abrasaban en amorosos incendios para con esta Señora; y estos afectos no eran estériles, antes muy fecundos de devociones sólidas y fervorosas obras de humillación y penitencia5, y cuantos obsequios podía discurrir su devoción ingeniosa. Quedan insinuados muchos que no es necesario repetir. Aunque omita los muchos favores que María Santísima hizo a su fiel siervo, haré memoria de algunos que le pasaron en la solemnísima festividad de su Asunción gloriosa a los cielos.

Prevenía siempre Bernardo esta festividad de su Madre y Reina purísima con una fervorosa novena. En ella eran más frecuentes y en mayor número todos los obsequios comunes para preparación de los días consagrados a Nuestra Señora: largos ratos de oración, meditando las excelencias y prerrogativas de la celestial Reina; cotidianas humillaciones en el refectorio; penitencias secretas en su aposento, ensangrentándose con rigurosas disciplinas, atormentando su cuerpo ásperos cilicios; ayunos o abstinencias; y vigilias y semejantes ejercicios de oración y mortificación. Hallando María Santísima dispuesto el espíritu de su siervo tan a su gusto, no es maravilla que le comunicase singulares favores el día de su Asunción gloriosa a los cielos.

En tiempo de la epidemia de Medina del Campo 6 estaba el compasivo Bernardo rogando a María Santísima por la salud de tantos enfermos un día de la Asunción. Para obligar más a la Santísima Virgen renovaba, según su costumbre, la carta de esclavitud con que se había ofrecido antes por su esclavo. A este tiempo se le apareció la benignísima Reina del cielo, acompañada de innumerables ángeles y de sus Santas: Teresa de Jesús y Magdalena de Pazis, y le dijo: Está cierto, que presto empezará a cesar la epidemia; como sucedió.

Agradecido a este celestial favor, rogó Bernardo a esta celestial Señora, que se dignase recibirle por su indigno esclavo. Entonces oyó con humilde y amorosa confusión a la soberana Reina, que le decía: No sólo te admito por esclavo, sino también por hijo muy amado. No es posible decir los afectos y luces que estas amantísimas palabras causaron en el espíritu de este siervo e hijo de María.

Digamos algo del maternal amor del Corazón sacratísimo de María para con Bernardo, después que éste empezó a propagar los cultos del Corazón divino de Jesús. Hallábase un día de la Asunción de Nuestra Señora engolfado en fervorosas ansias de propagar por todo el mundo la devoción al Corazón divino, cuando recibió un favor particularísimo del sagrado Corazón de María.

Parecíale que veía este amorosísimo Corazón en forma de un globo inmenso de luz y celestial fuego. Recibía los inmensos rayos de esta divina y fogosa luz de otro globo celeste, infinitamente mayor y lleno de inmensos rayos de claridad fogosa. Entendió que el amorosísimo Corazón de Jesús comunicaba a los hombres la infinidad de dones y gracias, que recibe del Padre Eterno y de la divinidad del Verbo, por medio del Corazón santísimo de María; que este Corazón sagrado era el acueducto7 por donde se nos comunican todas las gracias celestiales; que allá en el cielo es un cristalino espejo, en que los ángeles y santos veían y se gozaban de las excelencias de su santísimo Hijo, por ser muy semejante el Corazón de María al Corazón de Jesús.

Enseñóle también la divina luz a entrar al Corazón santísimo de Jesús por la celestial puerta del Corazón de María. 8 Y, en fin, con espíritu profético, que se ve cumplido después de la muerte de Bernardo, concluye este favor diciendo: Haciéndose la causa del Corazón del Hijo, se hace también la del Corazón de la Madre; y acaso en España se empezará a hacer (en alguna cosa) en la causa del Corazón de la Madre la del Corazón del Hijo santísimo.9

Hasta aquí Bernardo. No puedo apartarme de su tierna devoción a María Santísima sin referir uno de los singulares favores que le hizo la santísima Imagen, que nuestro Padre San Francisco de Borja colocó en nuestro colegio de Medina del Campo. 10

Refiérele el devoto joven por estas palabras: “Dejando otras cosas, digo sólo lo que me pasó el día de San Pedro en la renovación, antes de la cual en el cuarto que hay de oración oí una clara y distinta voz, que salía de una imagen de Nuestra Señora, que dicen habló muchas veces a San Francisco de Borja, y me decía: Ego ipsa11 oferam holocaustum tuum Filio meo; lo cual me llenó de dulzura y vi cumplido luego; porque acabado de comulgar, vi a esta divina Señora y Madre Santísima que, teniendo en sus sagradas manos mi corazón, le pasó al de su Hijo santísimo Jesús, en el cual quedé oculto entendiendo aquello del salmo: Abscondes nos in abscondito faciei tuae a conturbatione hominum.12 Hasta aquí la devotísima pluma del joven.

Por haberme detenido algo más en hablar de la devoción que profesó Bernardo a María Santísima, me es preciso hablar en compendio de su cordial afecto a los ángeles y santos. Los ángeles se dejaron ver muchas veces del joven, que se les parecía algo en su vida angelical; ya sirviendo y acompañando a su Rey y Señor, ya haciendo corte a su Reina María Santísima, ya de varias maneras.

En una ocasión (de) este favor, le enseñó Jesús el motivo por que le mostraba sus ángeles, diciéndole: ¿Sabes para qué te muestro mis ángeles? Para que entiendas que debes habitar más con ellos en el cielo que con los hombres en la tierra. Así lo procuró el joven, que deseaba ser ángel terreno.

Con el santo Angel de su guarda tuvo Bernardo la íntima y casi continua familiaridad, que pudiera haber entre dos ángeles. Muy a los principios, le significó el Señor en una regalada visión intelectual que el ángel de su guarda le sería fidelísimo ayo y le asistiría en todas (las) ocasiones. Así lo experimentó el angelical joven desde los Ejercicios, que para salir a estudiar Filosofía hizo en su Noviciado.13 En estos ocho días no se apartó el ángel del lado de su recomendado. Sólo para que pudiese descansar con el sueño de las noches un rato, se le ocultaba por pocas horas, aunque se quedaba invisible en su compañía.

Después de estos felices Ejercicios, apenas comulgó alguna vez nuestro devoto joven que no lograse la vista intelectual de su santo Angel; haciendo éste con Bernardo los celestiales y cariñosos oficios que hemos referido. Poníale algunas veces un riquísimo paño celeste para que comulgase con más tierno y fervoroso afecto; otras le daba a gustar en una celestial copa el néctar suavísimo de una ambrosía del cielo; otras le subía en brazos cuando, después de haber comulgado, no podía dar un paso, absorto, extático y embriagado con las celestiales delicias del santísimo sacramento.

A estos favores tan deliciosos seguían o precedían otros más estimables. Porque le reprendía sus faltas; se ausentaba cuando había cometido alguna reprensible. Ilustraba su entendimiento e inflamaba su voluntad dándole sólidas doctrinas para su espiritual dirección. En una ocasión que le preguntó Bernardo una duda, en que le podía instruir su director, le respondió el ángel que la preguntase a su Padre espiritual. Dirigióle en la materia que había de meditar algunas semanas antes del desamparo; mas remitiéndole a su Director para que lo aprobase.

Fueron tantos los favores que el santo Angel de su guarda hizo a Bernardo, que pudieran llenar muchos capítulos. La correspondencia del joven fue muy afectuosa y tierna; y lo que más podía satisfacer al santo Angel era14 que en todo le obedecía, y los sólidos afectos de virtud que producía la vista sola del Angel en el espíritu de Bernardo.

En los primeros días de la visión del santo Angel de la guarda, hizo Bernardo reflexión a los afectos que en su alma causaba, y los explica de esta manera: “No puedo dar siquiera a entender los efectos que esta visión del Angel causa en mi alma; que, cierto, son grandes, especialmente en andar tan en Dios entre las cosas exteriores, como si estuviera muy recogido en oración. Cáusame interiormente gran consuelo el sentir me oye cuando le hablo, y que representa al Señor de mi parte cuanto le digo, y le trato tan familiarmente como si fuera un amigo muy especial, y siento me trata y se me muestra también del mismo modo”. Estas son las palabras del angelical joven.

Su devoción al Príncipe de los ángeles, San Miguel, fue a la medida de los muchos y singularísimos favores con que este supremo Príncipe le defendió, amparó, consoló y dirigió en todas sus empresas. La primera vez que logró la dicha imponderable de ver intelectualmente a San Miguel, le dijo este soberano Arcángel: Sé muy devoto mío, pues yo sujeté al demonio15, para que con mi amparo le sujetes tú. Estas palabras de San Miguel hacían alusión al terrible desamparo y furiosa batalla que por muchos meses había de tener Bernardo con todo el infierno.

En la continuada asistencia con que favoreció a su devoto, declaró bien el Angel Príncipe, que le había tomado bajo su singular protección. Así se lo había ofrecido por estas palabras: En todas tus batallas con el demonio te ayudaré. Cuando después se acababa el terrible desamparo que afligió por tantos meses a Bernardo, le alentó San Miguel diciéndole que siempre le asistiría y que no sería vencido. Esta promesa le hizo el santo Príncipe, mostrándole su agrado de que nuestro joven se había ejercitado algunos días en meditar las perfecciones angélicas y dar al Señor humildes gracias por las que había dado a estos soberanos espíritus.

Experimentó tan favorable a San Miguel, que no tuvo combate con el infierno en que no le viese a su lado; no logró favor de los más singulares, en que no interviniese el santo Arcángel. Cuando los Angeles le ciñeron el cíngulo de la castidad; cuando le ponían el celestial paño para la comunión; cuando le bajaron del cielo un tafetán riquísimo y se le pusieron en los brazos para que recibiese al Niño Dios, siempre era San Miguel el Príncipe, que intervenía en estos favores.

Al empezar Bernardo la santa obra de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y la propagación de su culto, San Miguel fue el que le alentó desde los principios a esta sagrada empresa. El primer descubrimiento que el Sagrado Corazón de Jesús hizo a Bernardo fue a 3 de Mayo de 1733, y el día 716 del mismo mes ya el Príncipe San Miguel alentaba a su fiel devoto y se interesaba en los cultos del Corazón Sagrado de Jesús, su Señor y su Rey.

No me detendré en decir las muchas veces que el Santo Arcángel alentó a su devoto Bernardo para que prosiguiese las ideas maravillosas en orden al culto y devoción del Sagrado Corazón de Jesús. Baste poner aquí una asombrosa inteligencia, que tuvo nuestro joven del Corazón divino pocos días antes de su santa muerte, comunicada por el Príncipe de los ángeles.

Dice así: “Nuestro glorioso protector San Miguel, acompañado de innumerable multitud de espíritus angélicos, me certificó de nuevo estar él encargado de la causa del Corazón Sagrado de Jesús, como uno de los mayores negocios de la mayor gloria de Dios y utilidad de la Iglesia, de que él es Príncipe, que en toda la sucesión de los siglos se han tratado, lo que ha que el mundo es mundo; porque es una alta idea de aquel gran Dios que, habiendo socorrido al género humano por medio de la Encarnación y Pasión de su amado Hijo Jesucristo, quiere se logren sus frutos más copiosamente que hasta aquí, por medio del amor al mismo Dios Hombre, Cristo Jesús; el cual se ha de avivar grandiosamente hasta el fin del mundo con los maravillosos progresos que ha de ir haciendo sin cesar, entre mil oposiciones, la devoción al Corazón adorable de nuestro amable Salvador.17

Este misterio escondido a los siglos, este sacramento manifiesto nuevamente al mundo, este designio formado ab eterno en la Mente divina a favor de los hombres y descubierto ahora a la Iglesia, es uno de los que (para decirlo así) se llevan las atenciones de un Dios cuidadoso de nuestro bien y de la gloria del Salvador; pero para que ésta sea mayor y la obra salga más primorosa, permite el Señor las que parecen oposiciones y son voces que publican.18

Es este asunto todo de la mano del muy Alto, que saldrá con la suya (así me explicó) con admiración del mundo, que verá cómo juega su eterna sabiduría con los hombres, conduciendo sus encontrados designios a la mayor gloria de su eterno destino. Por esto, pues, es también éste uno de los principales encargos del Príncipe de la Iglesia San Miguel, según me significó; pero le trata conforme a los consejos de la divina Providencia: todo esto entendí el día de su fiesta de Septiembre”. Así se explica la pluma de Bernardo, ilustrada con las luces de su santo Arcángel.

Ya es preciso pasar en compendio e insinuar sólo la tierna devoción que Bernardo profesó a nuestro glorioso Padre Ignacio, a San Francisco Javier, a su dulcísimo Director San Francisco de Sales, a las extáticas vírgenes del Carmelo: Santa Teresa de Jesús y Santa Magdalena de Pazis.19 Estas dos vírgenes prodigiosas fueron ilustres protectoras de su devoto en sus desamparos; guías en sus caminos extraordinarios de la altísima contemplación a que le elevó el Señor; asistieron frecuentemente a los favores que le hizo su divino Esposo; le libraron de las asechanzas del demonio y favorecieron en todas sus empresas.

Nuestro glorioso Padre San Ignacio, en los muchos lugares que hemos insinuado y en otros muchos que hemos omitido, le miró como a hijo muy regalado. Dióle doctrinas excelentes, y en la causa del Sagrado Corazón de Jesús se le mostró siempre muy propicio. Lo mismo ejecutó el grande Apóstol de las Indias, San Francisco Javier, su especial protector. De este portentoso Apóstol del Oriente fue Bernardo muy devoto cuando estaba en el siglo; pero mucho más cuando jesuita, debiendo, en gran parte, a la protección de este Santo los extraordinarios favores que el Señor le hizo en su vida.

Esta firme persuasión tuvo nuestro joven por haber empezado el primer singular favor extraordinario de su espíritu el día de su fiesta.20 Si hubiese de hablar de la tierna devoción que Bernardo tuvo con el dulcísimo Director de las almas San Francisco de Sales sería necesario recorrer gran parte de su vida, llena de favores del Santo y obsequios de su espiritual hijo. La que tuvo a San Luis Gonzaga y San Estanislao de Kostka queda también insinuada brevemente.


1           No deja de ser notable cómo Bernardo, fiel hijo de San Ignacio, imita también en este punto particular a su santo Fundador. El influjo de María en la vida del convertido Iñigo de Loyola fue muy grande. Casi al comienzo de su Autobiografía escribirá Ignacio: “Estando una noche despierto (en su casa de Loyola), vió claramente una imagen de nuestra Señora con el Santo Niño Jesús, con cuya vista por espacio notable recibió consolación muy excesiva, y quedó con tanto asco de toda la vida pasada, y especialmente de cosas de carne, que le parecía habérsele quitado del ánima todas las especies que antes tenía en ella pintadas. Así, desde aquella hora hasta el agosto de 53, que esto se escribe, nunca más tuvo ni un mínimo consenso en cosas de carne; y por este efecto se puede juzgar haber sido la cosa de Dios, aunque él no osaba determinarlo, ni decía más que afirmar lo susodicho”. Comentando el texto escribe el P. Victoriano Larrañaga: “Esta gracia extraordinaria tuvo lugar estando en su cama el enfermo. Así lo indica la circunstancia de la hora: “Estando una noche despierto”.... Una transformación radical y perpetua en materia de pureza, unida a una “consolación muy excesiva”, fue el sello sobrenatural que quiso poner el cielo a la conversión de San Ignacio: desde ese momento pasaba a ser la casa-torre de Loyola “la santa casa” que venerarán los siglos. Los efectos producidos interiormente en su alma se hacían visibles aun a los ojos de sus familiares, y el tiempo que con ellos conversaba “todo lo gastaba en cosas de Dios, con lo cual hacía provecho a sus ánimas”...A pesar de todos estos efectos tan santificadores él no osaba determinar si la imagen de la Virgen con el Santo Niño en los brazos se había aparecido realmente a sus sentidos exteriores o interiores: reserva muy de San Ignacio, y también de San Juan de la Cruz al exponer su doctrina sobre las visiones en el segundo libro de la Subida del Monte Carmelo. En él se cumplía la observación profunda del Doctor Místico sobre este género de gracias en las almas que empiezan a servir a Dios: “Y cuando ya están estos sentidos algo dispuestos, los suele perfeccionar más, haciéndoles algunas mercedes sobrenaturales y regalos para confirmarlos más en el bien, ofreciéndoles algunas comunicaciones sobrenaturales, así como visiones de santos..., en las cuales juntamente, como habemos dicho, se aprovecha mucho el espíritu; el cual, así en las unas como en las otras, se va desendureciendo y reformando poco a poco. Y de esta manera va Dios llevando al alma de grado en grado hasta lo más interior” (Subida del Monte Carmelo, II, 17). En otra parte de su Autobiografía, hablando de las visiones que tenía de Cristo, hace alusión a otra visión de la Virgen: “...estando en oración veía con los ojos interiores la humanidad de Cristo, y la figura que le parecía, era como un cuerpo blanco, no muy grande ni muy pequeño, mas no veía ninguna distinción de miembros...A nuestra Señora también ha visto en semejante forma, sin distinguir las partes” (Autobiografía, nº 29) Comentando este pasaje, escribirá el citado P. Larrañaga: “Pocas almas tan experimentadas como la suya en la teología mariana. Su amor filial y sus delicadezas para con la Virgen de Olaz, Aranzazu, Navarrete, Montserrat, Viladordis y La Guía, tuvieron su mejor coronamiento en estas apariciones de nuestra Señora. Ella fue, desde entonces sobre todo, su medianera por excelencia ante el Hijo...Su devoción iba particularmente hacia los Dolores de la Virgen: desde el día de su conversión llevará colgada al pecho en todas sus peregrinaciones por España, Italia y Tierra Santa, una imagen de la Dolorosa; y al ponerla un día en manos de Araoz, inconsolable por su partida para España: “Tomad esta imagen –le dirá- y estimadla en mucho, y no la déis a nadie, y sabed que en todas las peregrinaciones que he hecho, la he llevado siempre conmigo; y me ha hecho Dios N. S. grandes favores y mercedes por ella” (Obras completas de San Ignacio, Bac, Madrid, 1947, págs 136-137, y 184-185).

2           Al igual que San Ignacio Bernardo toma a María por “intercesora” o “medianera” en orden a alcanzar gracias del Señor. El, como Ignacio, tuvo la gracia de verla en diversas ocasiones, como relata él mismo.

3           Por tanto, en sus tiempos de novicio en Villagarcía de Campos (1726-1728)

4           Se trata del ejercicio mariano, conocido con el nombre de Felicitación sabatina, que se usaba en las Congregaciones marianas de los Jesuitas, y que aún ahora continúa haciéndose.

5           Una de las señales para conocer si la devoción a la Virgen María es o no verdadera, pasa por los frutos que produce. El Concilio Vaticano II, hablando de la verdadera devoción a la Virgen María, se expresará así: “Recuerden, pues, los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un afecto estéril y transitorio, ni en vana credulidad, sino que brota de la verdadera fe, por la que somos conducidos a reconocer la excelencia de la Madre de Dios y movidos a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes” (Constitución sobre la Iglesia, cap 8, apartado IV, nº 67)

6           En el verano-otoño de 1729

7           Así llaman algunos escritores piadosos a la Virgen María: “Acueducto de la gracia”.

8           Ya se ha hecho clásica la famosa frase: Ad Iesum per Mariam. Toda la espiritualidad de San Luis Mª Grignon de Montfort está encerrada en ella, y ya sabemos cómo Bernardo conocía las obras de este santo singularmente mariano.

9           No sólo en España, en todo el mundo María ha sido la que prepara el advenimiento del Reino de su Hijo. La espiritualidad que arranca de Fátima especialmente nos indica cómo, por medio del Corazón Inmaculado de María, llegará el reinado del Señor. Ella fue quien mejor preparó la venida de Dios al mundo, ofreciéndose en la Anunciación, y Ella –como Aurora que es de Cristo- preparará su nueva venida.

10          Sabemos que San Francisco de Borja estuvo alojado algún tiempo en el colegio de Medina del Campo, de cuya fundación ya hemos hablado en otra nota. Entre las varias imágenes de María que se conservan del antiguo colegio, es probable que se trate de una que se halla en la iglesia, ya que Bernardo solía rezar el rosario en ella, al menos con cierta frecuencia.

11          En el texto original pone: Ipsa ego.

12          Salmo 30, 21: “Tú les escondes en el secreto de tu rostro, lejos de las intrigas de los hombres” (Traducción de la Biblia de Jerusalén)

13          Estos Ejercicios tuvieron lugar en setiembre de 1728. Aunque la devoción a los santos ángeles estaba viva en Bernardo ya de antes, sin embargo es a partir de este momento cuando la familiaridad entre su Angel de Guarda y el joven jesuita irá creciendo. La devoción y culto a los ángeles es una característica del ser cristiano, aunque no sea ni mucho menos la más importante; pero ahí está. Por eso en un tiempo en que algunos teólogos parecían borrar de la fe cristiana el culto a los Santos Angeles, elevó su voz el Papa Pablo VI, haciendo mención expresa de ellos en el Credo, llamado precisamente “de Pablo VI”.

14          En vez de la palabra-verbo “era”, en el original, por error, leemos: “con”.

15          No olvidemos que, en tiempos del P. Bernardo de Hoyos, la Iglesia fomentaba no sólo la devoción a los santos ángeles, sino también a cada uno de los tres arcángeles, que tenían su propia fiesta: San Gabriel, San Rafael y San Miguel. En la actualidad la Iglesia, tras la reforma litúrgica del Vaticano II, celebra a los tres arcángeles en una misma fiesta, que tiene lugar el 29 de septiembre, antigua fiesta de San Miguel. Bernardo no conoció esa oración especial que añadió la Iglesia al final de la santa Misa y que empezaba con estas palabras: Sancte Michael Arcangele, defende nos in proelio contra nequitias diaboli...,etc. Fueron las luchas contra los Estados pontificios, en el siglo XIX, las que propiciaron esa oración a San Miguel arcángel, oración que juntamente con otras cosas, fue suprimida de la liturgia como consecuencia de la reforma iniciada en el Vaticano II.

16          No es propiamente el día siete, sino siete días después: el día 10 de mayo. Se equivoca el P. Juan de Loyola en la fecha. Y, en efecto, ese día diez de mayo, escribirá Bernardo: “Me dijo (el arcángel San Miguel) cómo el extender el culto del Corazón de Jesús por toda España...ha de tener gravísimas dificultades; pero se vencerán: que él, como príncipe de la Iglesia, asistirá a la empresa....”

17          El final de este párrafo es una auténtica profecía y más que profecía es la explicación más certera de lo que significa en la Iglesia la devoción al Corazón de Jesucristo: una manera de asimilar los frutos de la Encarnación y Redención. Es el amor inmenso que en ellos late el que saca a los hombres de sí mismos y los lanza a pagar amor con amor. Nunca más cierta la frase de Teresa de Jesús que en este contexto: “que amor saca amor”. He ahí el secreto de esta devoción al Corazón de Jesucristo, el Dios-Hombre, el Hombre-Dios.

18          La fuerte oposición que en algunos ambientes encontró la devoción al Corazón de Jesús fue, a la larga, favorecedora de esa misma devoción, por cuanto eso hizo que se profundizara más en ella desde un punto de vista teológico y pastoral. Una vez más se cumplía la frase de la Escritura: “a los que aman a Dios todo se les convierte en bien”.

19          Por no ser reiterativos, omitimos aquí algunos rasgos de estos santos, dado que en otras notas hablamos ya de ellos suficientemente. Sí interesa decir que la devoción a los ángeles y santos era en el siglo XVIII más intensa que en la actualidad. Nada más tenemos que ver los espléndidos retablos de las iglesias, donde el barroco esculpe magníficas tallas de santos y adorna con innumerables cabecillas de ángeles hasta los más sencillos retablos de las aldeas.

20          En efecto, en la fiesta de San Francisco Javier (3 de diciembre de 1726) “esperaba al novicio –escribe el P. Loyola- la primera gracia extraordinaria y el primer favor más sensible, principio de los innumerables y singularísimos favores que se habían de continuar en los breves años de su vida. Tuvo una visión imaginaria del Dios Niño en forma de pescador que, con un anzuelo de oro, andaba pescando corazones. Parecióle que el pescador niño tenía deseos y amorosas ansias de pescar con aquel anzuelo su corazón y, como estaba ya enamorado con las delicias pasadas, se deshacía el novicio porque le prendiese su corazón el celestial anzuelo de Jesús” (Vida de Bernardo de Hoyos, P. Juan de Loyola, libro I, cap 3)


 
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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