| Libro Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España. |
| Amor que Bernardo tuvo a
la Humanidad de Cristo Señor nuestro en su Infancia, en
su sagrada Pasión y en el Santísimo Sacramento de la
Eucaristía. ("Vida".
Libro Cuarto. Capítulo 8). El amor que Bernardo tuvo a Cristo Señor nuestro en todos los estados de su vida divina y humana se conoce por los ardores extáticos, que hemos referido según las ocasiones. Ahora compendiosamente juntaré en este capítulo algo de lo que dejamos esparcido en su vida. Desde el Noviciado imprimió Dios en su alma un ardentísimo amor a la Humanidad santísima, y decía que el fin del Señor en mostrársele tantas veces era darle a conocer que Su Majestad era la puerta 1 por donde había de entrar a la más alta contemplación. Por este tiempo se imprimieron en su espíritu las palabras del amado Discípulo: Ego sum ostium; per me si quis introierit salvabitur, et ingredietur et egredietur et pascua inveniet. Yo soy la puerta; si alguno entrare por mi, se salvará; entrará, saldrá y hallará pastos saludables. Palabras que jamás pudieron borrarse de su espíritu. Conoció por ellas especialmente que Jesús en su sacratísima Vida, Pasión, Muerte y Resurrección había de ser la celestial puerta para los favores divinos, que había de comunicarle el Señor. Expresa de algún modo Bernardo su cordial afecto a la santísima Humanidad de nuestro Señor, con estas palabras: Hablar de mi afecto con la santísima Humanidad de mi amor Jesús (dice) es por demás: no acierto a apartarme del buen Jesús; éste es mi camino, mi vida, mi verdad; vivo ego, iam non ego; vivit vero in me Christus. Puedo decir con mi San Bernardo: Nihil mihi sapit sine Jesu. En mi corazón está esculpida su imagen, y en él está transformada mi alma. A este Dios Hombre quiero, a este Hombre Dios amo; éste es el centro de mi corazón. Ni en la oración, ni en la presencia de Dios, ni otro ejercicio alguno puedo apartarme de Jesús; sus perfecciones son el objeto de mi amor, casi imprescindibles para mi de las de Dios, y así si no es cuando es elevada mi alma a la contemplación de los atributos de la esencia divina, lo demás todo se lleva mi amor Jesús. Pero no es maravilla estuviese tan afecto a la sacratísima Humanidad, porque Jesús fue verdadera puerta o principio de los singulares favores de su vida.2 Jesús los continuó por toda ella y ,en fin, Jesús por medio de su sacratísimo Corazón le comunicó las gracias que hemos insinuado, escogiéndole por ángel de su Corazón divino. El Niño Dios empezó a encender su corazón en el amor divino. Desde el Pesebre le disparó las primeras saetas de fuego abrasador con afectos maravillosos el año primero de su Noviciado. Como tan novicio en esta ciencia del amor extático se deshacía en ternuras, lágrimas y suspiros. Decía a Jesús recién nacido mirándole en el Pesebre. Niño mío,¿ qué quieres?¿ Quieres, quieres el corazón? Pues tómale, que tuyo es. Con estos afectos desahogaba su corazón; porque se sentía abrasado en su Corazón y le parecía que desde el Pesebre le vibraba flechas de amor. Este favor del Dios Niño fue el primero que se dignó comunicar a Bernardo. Pero otros singularísimos, que hemos referido en su propio lugar, se continuaron todos los años en la tierna festividad del Nacimiento del Señor. Preveníale su infinito amor para que se dispusiese con particulares obsequios a celebrar esta dulcísima solemnidad. Unas veces, y con frecuencia, el Señor mismo le abrasaba su corazón y le purificaba con los ardores sagrados de los ímpetus de amor divino. Otras la soberana Reina de los cielos, su dulce Madre, le enviaba el arcángel San Gabriel para que le enseñase la preparación que deseaba de su devoto hijo. Este celestial Príncipe le mandó en una ocasión que imitase, en cuanto pudiese, los ardentísimos deseos que María Santísima tuvo de ver nacido de 3 sus virginales entrañas al niño Dios. Obedeció Bernardo y empleó los ocho días precedentes a la Navidad del Señor, desde la solemne fiesta de la Expectación del Parto de María Santísima4 en ferventísimas ansias de ver nacido a su Dios; en religiosos obsequios de oraciones, humillaciones y penitencias. Con esta preparación, que procuraba todos los años, logró los singulares favores que quedan referidos. Iguales fueron y, por consiguiente, también semejante el amor que tuvo Bernardo a la sacrosanta Humanidad del Señor en la forma que andaba en el mundo5 y padeció en su sagrada Pasión. Muchas veces se le había mostrado el Señor Resucitado como subió a los cielos, y en la majestuosa forma, con que vivió entre los hombres: en estas ocasiones abrasaba el corazón de su siervo en amorosos ardores. Mas porque los pudiese sufrir de alguna suerte, sin ruidosas exterioridades, a los principios se le iba mostrando poco a poco, como sucedió a la extática Santa Teresa de Jesús. Así lo entendió el devoto joven: que por especial providencia y favor del Señor, atemperaba su infinita beldad y hermosura a la pequeñez de su espíritu. La primera vez que visitó la iglesia de nuestro colegio de San Ambrosio de Valladolid, puso los ojos en aquella bellísima imagen del Salvador,6 que se venera en la primera capilla al lado del evangelio. Fue lo mismo poner sus ojos en esta sagrada imagen que verse arrebatado de su hermosura. Pues vi (dice Bernardo) era la imagen más propia del original, que yo había visto. Quedó tan dulcemente enamorado de esta amabilísima imagen del Salvador que rara vez visitaba la iglesia, que no hiciese oración a la santa imagen. Cuando podía conseguir, que algún Padre, a quien ayudaba a Misa, celebrase en el altar del Salvador, aquí eran sus ternuras y delicias. Los primeros meses del sacerdocio del Padre Juan Lorenzo Jiménez consiguió de los superiores licencia para ayudarle a Misa algunas veces. Entonces ya sabía el nuevo sacerdote que el altar privilegiado para su santo Sacrificio era el del Salvador, si no le tenía señalado otro la obediencia. Después de que Bernardo se ordenó de sacerdote, recibió mil celestiales dulzuras y favores de esta devotísima imagen, celebrando en su altar siempre que podía. Para decir algo del ardiente y compasivo amor que nuestro devoto joven tuvo a Cristo Señor nuestro en su sagrada Pasión7, sería necesario repetir mucho de lo que padecía su espíritu en los tiempos que la Santa Iglesia consagra estos divinos misterios. Todos los años por este santo tiempo tenía notables inteligencias, que le abrasaban en ansias de conformarse con su amor Jesús paciente y crucificado. En el capítulo octavo del primer libro referimos algo, que pueda declararnos lo que pasaba por el corazón de Bernardo. Vio éste toda la serie de la sacrosanta Pasión de Jesús y padeció, por consiguiente, lo que el Señor se dignó comunicarle. Las inteligencias vivísimas de lo que Cristo nuestro Señor padeció toda la Semana Santa, fueron sucediéndose en el espíritu de nuestro joven. En el Huerto se le mostró aquella mortal tristeza y agonía, que Jesús sentía en su divino Corazón y explican los Evangelistas con las palabras de tristeza, tedio y congoja. Afectos que hicieron sudar al Señor la divina Sangre de sus venas con tanta copia, que bañó la tierra en que oraba. Con esta espiritual vista sintió Bernardo un compasivo estremecimiento y unas congojas mortales, que le causaban trasudores de todo el cuerpo. Vio después a su Amado Jesús preso y aherrojado en el Huerto; llevado a los tribunales de los inicuos Pontífices y maltratado toda aquella noche. La mañana del Viernes vio que los perversos sacerdotes de Jerusalén llevaban a su Amado a casa de Pilatos; después al palacio de Herodes; que éste le trataba de loco, vistiéndole la vestidura blanca. Después vio que le volvían a casa de Pilatos, que éste le mandaba azotar cruelísimamente, que los fieros soldados descargaban sobre las espaldas del mansísimo e inocente Cordero la rigurosa disciplina que merecían los pecadores todos del mundo. Que le burlaban inhumanos los sayones, coronándole de espinas y vistiéndole un andrajo de púrpura. Que Pilatos le muestra al pueblo con la voz lastimera: Ecce Homo, veis aquí este hombre. Que vencido de los furiosos clamores del pueblo, le condena a muerte; se ejecuta la sentencia; lleva el Señor la cruz a cuestas y le crucifican en ella a vista del cielo y de la tierra; hallándose presente y constante al pie de la Cruz su Madre Santísima, acompañada de San Juan y Santa María Magdalena. Estas ilustraciones y vista interior del espíritu de Bernardo causaban en su alma los sentimientos, que apenas él mismo puede explicar. Dice que se halló engolfado en un mar de tristezas, penas y aflicciones, que como hinchadas ondas de un mar amargo continuamente sumergían su corazón. Fueron creciendo estas penas a un grado superior a toda nuestra inteligencia. Porque sin un portentoso milagro, no pudo suceder lo que refiere. Dice que, contemplando delante de un santo crucifijo los misterios de la Pasión del Señor, en la forma que se le habían mostrado, se partió su corazón real y físicamente en dos partes.8 Esto era para comunicar el Señor a su amante siervo algo de las agudísimas penas de su Corazón y del de su santísima Madre. Los afectos que pasaban en este corazón partido son inexplicables. Y así su dolor intensísimo le embargó los sentidos interiores y exteriores, para no poder declarar del todo sus afectos. Con los dolores, penas y sentimientos juntó el Señor celestiales doctrinas, que debía imitar el joven afligido. Para hablar dignamente de la devoción que tuvo al Santísimo Sacramento sería necesario escribir un libro más difuso que su vida. Esta fue la devoción dominante9 en nuestro dichoso joven, como se ha podido notar en toda la serie de esta historia. Apenas hay favor alguno de cuantos hemos referido, que no le recibiese en la Sagrada Comunión. El Santísimo Sacramento era el centro de sus delicias y amores; el cielo de su alma. Decía que la Gloria y el Santísimo Sacramento del altar se diferenciaban sólo en que los ángeles y santos ven a Dios claramente, y nosotros le miramos y amamos escondido y cubierto con el velo de los accidentes. Desde los primeros meses de novicio, cuando empezó a comunicársele el Señor, sentía un celestial atractivo hacia donde se hallaba el Santísimo Sacramento. Con los favores peregrinos que hemos referido, se aumentaban los amorosos incendios de su pecho. Si no murió a violencias del amor divino en el Santísimo Sacramento de amor, fue singular privilegio del Señor que le conservó la vida. Todos sus papeles están llenos de afectos, sentimientos, obsequios y favores a Jesús Sacramentado. Después que Jesús le mostró su sacrosanto Corazón y le mandó procurar sus cultos, se le aumentó mucho la devoción al Santísimo Sacramento.10 Visitábale más de treinta veces al día, y algunos pasaban de cincuenta sus visitas amorosas. Pondré fin a este capítulo con las palabras de una carta de Bernardo, en que muestra su devoción a su amor Jesús Sacramentado y nos enseña muchas sólidas devociones: Baste decir a vuestra Reverencia (dice el devotísimo joven) que Jesús Sacramentado es mi gloria, mi gozo, mi consuelo y mi vida.11 Lo que ha que conozco a su Corazón divino, siento grandemente aumentada la devoción con este misterio de amor. Su presencia, aun de lejos se deja sentir en mi alma por no sé qué simpatía de amor, y de cerca me asombra, y me eleva a un tiempo. Cuando le visito solo y sin que se pueda notar, le hago tres profundas reverencias, juntando mi rostro con el polvo antes de hablarle: la mínima distracción o menor atención en su presencia se me representa grande falta, y esto da materia a tener que llorar a veces en mis confesiones por el menor descuido; y la menor irreverencia que vea, o hablando en la iglesia, o mirando, etc. me traspasa el corazón.12 Las delicias que allí siento son infinitas; no quisiera apartarme de día ni de noche; y así cuanto se compadece con las ocupaciones le hago frecuentes visitas, que pasarán de treinta todos los días, y algunos de cincuenta. Las vísperas de comunión se alboroza mi espíritu, y el día es para mi de notable inmutación: con sola la memoria de recibirle me da hastío el manjar corporal, y quisiera tenerle siempre en mi pecho. Hasta aquí este amante del Santísimo Sacramento. Para venerarle con reverencia angélica dispuso al fin de su vida un modo de estar en su presencia, que se leerá entre sus sólidas devociones. 1 Siempre ha sido la Humanidad de Cristo puerta para la más alta contemplación y apartarse de ella es siempre muy peligroso. Dice así Santa Teresa, a quien tanto veneraba nuestro Padre Hoyos: Les parecerá a algunas almas que no pueden pensar en la Pasión; pues menos podrán en la sacratísima Virgen, ni en la vida de los santos, que tan gran provecho y aliento nos da su memoria. Yo no puedo pensar en qué piensan; porque apartados de todo lo corpóreo (para espíritus angélicos es estar siempre abrasados en amor, que no para los que vivimos en cuerpo mortal), que es menester trate y piense y se acompañen de los que teniéndole hicieron tan grandes hazañas por Dios. Cuánto más apartarse de industria de todo nuestro bien y remedio, que es la sacratísima Humanidad de nuestro Señor Jesucristo. Y no puedo creer que lo hacen, sino que no se entienden, y así harán daño a sí y a otros.... Si pierden la guía, que es el buen Jesús, no acertarán el camino...Porque el mismo Señor dice que es camino y que no puede ninguno ir al Padre sino por El. Dirán que se da otro sentido a estas palabras; yo no sé esotros idos; con este que siente mi alma ser verdad me ha ido muy bien (Sextas Moradas cap 7, 6) 2 Para Bernardo, como para Teresa de Jesús, la santa Humanidad de Jesucristo era la fuente de todos los bienes. Expresamente lo dice la Santa en una de sus obras: Conviene, por espirituales que sean, no huir tanto de cosas corpóreas que les parezca aun hace daño la Humanidad sacratísima... Yo os digo que le tengo por peligroso camino y que podría el demonio venir a hacer perder la devoción con el Santísimo Sacramento. El engaño que me pareció a mí que llevaba no llegó a tanto como esto, sino a no gustar de pensar en nuestro Señor Jesucristo tanto...y vi claramente que me iba mal; porque, como no podía ser tenerle siempre, andaba el pensamiento de aquí para allí, y el alma como un ave revolando, que no halla adonde parar, y perdiendo harto tiempo y no aprovechando en las virtudes ni medrando en la oración. Y no entendía la causa...hasta que, tratando la oración que llevaba con una persona sierva de Dios, me avisó. No quiero ningún bien sino adquirido por quien nos vinieron todos los bienes.... (Sextas Moradas, cap 7, 14-15) Uno de los textos más claros y conocidos de la Santa es el que escribe en su Autobiografía cuando dice: Y veo yo claro y he visto después que, para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por mano de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo su Majestad se deleita. Muy, muchas veces lo he visto yo por experiencia; hámelo dicho el Señor; he visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos... (Libro de la Vida, cap 22, 6) 3 En el texto original, por error del copista, pone en, en vez de de, que es lo correcto. 4 Esta fiesta se celebra el 18 de diciembre. Aun ahora es una fiesta popular en varios lugares; en tiempos del P. Hoyos lo era mucho más, y las mujeres embarazadas tenían especial devoción a esta festividad de la Virgen. Conocemos hermosas imágenes de la expectación del parto, una de ellas en la girola de la catedral de León, que aun hoy sigue siendo muy querida y visitada. 5 Bernardo, como hijo espiritual de Ignacio de Loyola, tuvo en este punto una especial semejanza con su Padre y Fundador. Este relata en su Autobiografía cómo muchas veces y por mucho tiempo, estando en oración, veía con los ojos interiores la humanidad de Cristo, y la figura que le parecía, era como un cuerpo blanco, no muy grande ni muy pequeño, mas no veía ninguna distinción de miembros. Esto vió en Manresa muchas veces: si dijese veinte o cuarenta, no se atrevería a juzgar que era mentira. Otra vez lo ha visto estando en Jerusalén, y otra vez caminando junto a Padua (Autobiografía, nº 29). No son éstas las únicas apariciones de Cristo escribe el P. Victoriano Larrañaga-. A ellas hay que añadir las muchísimas de su viaje a Tierra Santa: en todo este tiempo le aparecía muchas veces nuestro Señor, el cual le daba mucha consolación y esfuerzo; mas parecíale que veía una cosa redonda y grande, como si fuese de oro, y esto se le representaba (Obras completas de San Ignacio de Loyola, Bac, Madrid, 1947, pág 184) 6 En otras notas hemos hablado ya de esta imagen, que se veneraba en una capilla de la iglesia del colegio de San Ambrosio. Según dice poco después Bernardo, se parecía mucho a la visión que él había tenido de Jesucristo; de ahí que sintiese hacia ella una especial devoción. 7 Bernardo bebió en los Ejercicios de San Ignacio esta devoción a la Pasión del Señor. Ya en la primera semana de los Ejercicios resuenan con fuerza aquellas tres preguntas ante Cristo nuestro Señor delante y puesto en cruz: ¿qué he hecho por Cristo?, ¿qué hago por Cristo?, ¿qué voy a hacer por Cristo?. El Santo escribe en su Autobiografía, recordando sus tiempos de Manresa: ...y ordinariamente leía a la misa la Pasión (idem, nº 20). Como escribe el P. Larrañaga: Las consignas dadas en esta materia a sus hijos siguieron la línea de su propia experiencia interna en los caminos de la oración: dentro de la contemplación diaria de los misterios de la vida de Cristo ocuparían un puesto preferente los de su Pasión, porque ellos deberían ser el alimento ordinario del alma... Por lo mismo nada sorprende el que los PP. Diego de Cetina y Francisco de Borja repitieran la misma consigna a la santa Madre Teresa de Jesús: Díjome tuviese cada día oración en un paso de la Pasión, como escribe ella de su primer confesor de la Compañía... Y del P. Francisco, Duque de Gandía: Díjome... que siempre comenzase la oración en un paso de la Pasión... El Beato Juan de Avila, Fray Luis de Granada y San Juan de la Cruz coincidirán en esto con San Ignacio, y hasta se preocuparán de dividir por los días de la semana los misterios de la Pasión, reservando el domingo para la Resurrección de Cristo. (Obras completas de San Ignacio, Bac, Madrid, 1947, pág 165-166) 8 Evidentemente no podemos compartir este modo de hablar del P. Loyola. A pesar de lo que las palabras dicen, pensamos que se trata de una experiencia mística simbólica, en el sentido de como si se le partiese el corazón en dos partes. 9 ¿Dónde bebió Bernardo este amor a la Sagrada Eucaristía? Sin duda que en los años de estudiante, primero en nuestros colegios de Medina del Campo y Villagarcía, y luego ya de jesuita en la espiritualidad ignaciana. Ya de recién convertido tenía Ignacio de Loyola especiales sentimientos hacia la Eucaristía. Escribiendo de su estancia en Manresa dice así: ...estando en este pueblo en la iglesia del dicho monasterio oyendo misa un día, y alzándose el Corpus Domini, vió con los ojos interiores unos como rayos blancos que venían de arriba; y aunque esto después de tanto tiempo no lo puede bien explicar, todavía lo que él vió con el entendimiento claramente fue ver cómo estaba en aquel santísimo sacramento Jesu Cristo, nuestro Señor ((Autobiografía, nº 29). Comentando este pasaje, escribe así el ya citado P. Victoriano Larrañaga: Fruto de estas gracias divinas en el Sacramento del Amor fue la espiritualidad eminentemente eucarística del Santo, aun en aquellos sus últimos años de Roma, cuando contemplaba absorto los misterios de la Trinidad. De estas sus iluminaciones divinas brotan aquellas palabras, tan teológicas como espirituales, de su carta a los fieles de Azpeitia: Os pido, requiero y suplico, por amor y reverencia de Dios N. S., con muchas fuerzas y con mucho afecto os empleéis en mucho honrar y favorecer y servir a su Unigénito Hijo Cristo N. S. En esta obra tan grande del Santísimo Sacramento, donde Su Divina Majestad, según Divinidad y según Humanidad, está tan grande, y tan eterno, y tan poderoso, y tan infinito como está en el cielo. Como puede verse por cada una de las páginas de su Diario Espiritual, fue sobre todo, en este Sacramento instituido en grandísima señal de su amor, donde se le reveló Cristo, y deseaba se les revelara a todos, camino para el Padre: Y como la tal vía sea el mismo Cristo N. S., como el mismo Señor lo dice escribe al Duque de Gandía Francisco de Borja-, doy muchas gracias a la su Divina Bondad, porque Vuestra Señoría (según acá he entendido) lo frecuenta en recibirle; que ultra las muchas y crecidas gracias que la ánima alcanza en recebir a su Creador y Señor, es una muy principal y especial, que no la deja estar en pecado largo ni obstinado... (Obras completas de San Ignacio, Bac, Madrid, 1947, pag 182-183) 10 Devoción al Corazón de Jesús y devoción a la Eucaristía van siempre unidas y formando como un solo y único bloque, por aquello de que ambas son muestras de un mismo e inmenso amor. Resultan muy ciertas las palabras de Santa Teresa,cuando escribe: Que siempre que se piense de Cristo nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor. Y aunque sea muy a los principios y nosotros muy ruines, procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar; porque si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil y obraremos muy en breve y muy sin trabajo (Libro de la Vida, cap 22, 14) 11 Acostumbrado Bernardo a leer a Santa Teresa de Jesús, habría topado más de una vez con este párrafo: Su Majestad nos dio este mantenimiento y maná de la humanidad; le hallamos como queremos, y si no es por nuestra culpa, no moriremos de hambre; que de todas cuantas maneras quisiere comer el alma, hallará en el Santísimo Sacramento sabor y consolación. No hay necesidad, ni trabajo, ni persecución que no sea fácil de pasar si comenzamos a gustar de los suyos. Pedid, vosotras, con este Señor al Padre que os deje hoy a vuestro Esposo; que no os veáis en el mundo sin El; que baste, para templar tan gran contento, que quede tan disfrazado en estos accidentes de pan y vino; que es harto tormento, para quien no tiene otra cosa que amar ni otro consuelo; mas suplicadle que no os falte, y que os dé aparejo para recibirle dignamente... Debajo de aquel pan está tratable; porque si el rey se disfraza, no parece que se nos daría nada de conversar sin tantos miramientos y respetos con El; parece está obligado a sufrirlo, pues se disfrazó. ¡Quién osara llegar con tanta tibieza, tan indignamente, con tantas imperfecciones! (Camino de perfección, cap 34, 2, 3 y 9) 12 La reverencia en la presencia del Señor y ese saber estar ante El es algo que la liturgia de la Iglesia ha cultivado siempre. La Iglesia, como Esposa que es de Cristo, sabe tratar a su Señor y Esposo con tanta ternura y delicadeza como respeto y veneración. Bernardo sentía con especial fuerza y dolor las faltas de respeto y delicadeza que con tanta frecuencia se cometen contra la Eucaristía. El Corazón de Jesús se quejaría a Santa Margarita de las frialdad e indiferencia con que se le trata en este Sacramento de amor. |