| Libro Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España. |
| Del amor seráfico que el
Padre Bernardo tuvo a Dios nuestro amantísimo Señor y
de su amor a los prójimos. ("Vida". Libro Cuarto.
Capítulo 7). Para poder decir algo del amor seráfico, con que se abrasaba Bernardo en el amor de Dios, sería necesario tener semejante amor al suyo. Este amor daría luces al entendimiento y ardores a la voluntad, que comunicasen a la pluma expresiones proporcionadas a su amor. Pero lo que es imposible a mi pluma,1 será muy fácil a la suya. En toda la serie de esta historia se hallan a cada paso señales de los incendios del amor divino, en que se abrasaba su amoroso pecho. La primera locución sobrenatural, con que le favoreció el Señor, fue mandarle expresamente que le amase, dándole por motivo su amabilidad infinita. Amame,2 le dijo Dios, porque todo soy amable. Desde este instante, que fue muy a los principios de su Noviciado, se inflamó siempre más y más en ardores del amor divino. Son indecibles las expresiones, con que desahogaba su amor a Dios, aun en los principios de esta amorosa llama. Sintiendo su corazón abrasado en amor, decía al mismo amor: Amor insufrible, intolerable, que me quemas, me abrasas, me enciendes; detén tus dulzuras; detén tus ardores; que me quemo, que me quemo; que me abraso en vivas llamas de amor. Oh amor, amor, amor; que muero por morir, que reviento de amor. Estos son algunos de los afectos de amor en estos principios. Continuanse toda su vida más ardientes, peregrinos y raros, como se puede observar en todos los amorosos lances de su vida. Sería preciso copiar aquí mucho de lo que dejamos escrito, y mucho más de lo que se omite en este capítulo por declarar el ardentísimo amor, con que estaba casi continuamente encendido el corazón de Bernardo. Mas por declararle de algún modo, sin detenernos en los afectos extáticos que desahogaban su corazón amante, seguiré el método con que él mismo declara su amor a Dios. Amo a mi Dios, dice, con todo mi corazón, con toda mi alma, con todo mi espíritu, con todas mis fuerzas.3 Dios es el centro, es el blanco, es el objeto único que arrebata así mi corazón, se abrasa, se enciende y dulcísimamente se consume. Parece hay allá en lo más recóndito del alma un incendio abrasador de amor. A veces me comunica el Señor luz refleja, con que registro todas las operaciones, movimientos y sentimientos de mi espíritu y, mirando este fuego de amor, en que toda el alma se abrasa, y con aquellas licencias que el amor se toma para con su Dios (que se complace en semejantes osadías y arrojos de amor) prorrumpo: Amado mío, cuánto os amo! Más os amo yo a Vos, que Vos a mí; porque yo soy nada, Vos sois infinito; yo criatura, Vos mi Dios; Vos me amáis como Dios, yo como criatura, y con esta proporción o improporción más os amo yo. Paréceme grande mi amor de parte del sujeto, no del objeto; ya así, amado Padre, creo que amo mucho a mi Dios, mirando los esfuerzos de mi flaqueza; pero si atiendo a su Bondad, si la luz (que) entonces se me comunica, se termina no a mi amor, sino a su término, todo voló. Entonces se corre el alma, se avergüenza, se aniquila de confusión, al ver su nada de amor para aquella infinidad de Bondad; y es cosa de maravilla que, estando el alma metida en aquellos arrojos de amor que digo, en un momento vuelve la ola y empieza a desdecirse, y realmente lo hace y dispone así el Señor como para desempeñarse y mostrar, amoroso, que no le amo tanto como yo pienso. Hasta aquí este joven inflamado en amor. Mostrábale el Señor algunas veces este amor, que ardía en su pecho como incendio abrasador, de que salían sagradas llamas que no podía explicar. Sentía especialmente las operaciones y afectos de este amor, que le hacían prorrumpir en amorosas locuras.4 Tenía vivas e inflamadas reflexiones a su amor. Cuando ponía los ojos del alma en el objeto divino e infinita Majestad, se terminaba su amor: entonces, dice el mismo amante, se corre el alma, se avergüenza, se anihila de confusión, al ver su nada de amor para aquella Bondad infinita. Pero cuando volvía su reflexión amorosa a los afectos de amor que experimentaba en su corazón, decía que no trocaría su actual amor con el de un serafín, sin saber primero cuánto era este amor. La razón que daba para esta expresión Bernardo era decir que sentía en su alma aquellos raros y supremos afectos de amor, que se experimentan en la unión de Ilapso. Y que éstos pueden ser, sin duda, más inflamados y ardientes que los de un serafín. Los doctores místicos explican el modo con que Dios se comunica al alma en esta unión y reproducen estos inflamadísimos actos de amor. Pero no es de mi asunto poner aquí su doctrina. Bástanos saber que al infinito amor del Señor para con sus escogidos viadores nada le es imposible en materia de amor. Y así la expresión de Bernardo era exceso extático de su amor, o pudo sentir en realidad el amor que han sentido otras almas. Hablando del amor ejercitado con el hábito de caridad, asistido de especial gracia para amar a Dios, dice que, por lo común, ya no experimentaba aquellas llamaradas, aquella santa embriaguez y aquellas violencias que le abrasaban el pecho (y) le llenaban de ampollas fogosas y visibles. Más suave, tranquilo y dulce era el fuego de su amor a los últimos años.5 Esfuérzase a declararle por sus efectos y señales. Empieza por la incesante continuación de su amor y dice que, desde el instante en que despertaba por la mañana, no cesaba de amar a Dios por todo el día medio cuarto de hora. Mas añade, como verdad cierta en su espíritu o como exceso, a que le llevaba su amor: Creo, y puedo asegurar dice- que si estuviera un cuarto de hora advertidamente sin amar, muriera de dolor y antes escogiera el infierno con todos sus tormentos por aquel tiempo. A dónde puede llegar más el amor de un espíritu enamorado de Dios que a desear y escoger las llamas del infierno, por aquellos instantes, en que no ama a su Dios...¡ No es maravilla que el corazón amante de este feliz joven no interrumpiese su amor en todo el día por un solo instante de tiempo, porque había acostumbrado su espíritu a la práctica, que el Espíritu Santo enseñó en esta ciencia de amor a nuestro Dios, a mirar en todas las criaturas a Dios;6 a servirse de todas, como de centellas y llamas de amor. Las criaturas que más al vivo representan a su Creador son centellas (dice Bernardo) que levantan en mi corazón un volcán de fuego ... en el estudio, en el trato con los hombres y en todo acto exterior, por más divertidos que anden los sentidos, sin que esto impida la expedición de las cosas exteriores ... Todo lo que oigo, leo, etc. es un despertador del amor. Esta amorosa costumbre, que se había convertido en actual gracia, por no llamarla sobre-natural naturaleza, pudo tener principio en la excelente doctrina de nuestro Padre San Ignacio. Enseña este santo que para conseguir el amor de Dios se emplee el alma en la consideración de algunos puntos. El segundo (dice nuestro Padre) será mirar cómo habita Dios en las criaturas; en los elementos dando ser, en las plantas vegetando, en los animales sensando, en los hombres dando entender, y así en mí dándome ser, animando, sensando y haciendo entender; así mismo haciendo templo de mí, siendo creado a la similitud e imagen de su divina Majestad: otro tanto reflictiendo en mí mismo por el modo, que está dicho en el primer punto, o por otro que sintiere mejor. De la misma manera, se hará sobre cada punto, que se sigue. El tercero, considerar cómo Dios trabaja y labora por mí, en todas cosas creadas sobre la faz de la tierra, id est, habet se ad modum laborantis; así como en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganado, etc. dando ser, conservando, vegetando y sensando, etc., y después reflectir en mí mismo. El cuarto, mirar cómo todos los bienes y dones descienden de arriba, así como la mi medida potencia de la suma e infinita de arriba; y así justicia, bondad, piedad, misericordia, etc. como del sol descienden los rayos, de la fuente las aguas, etc. Después acabar reflictiendo en mi mismo, según está dicho. Acabar con un coloquio y un Pater Noster. 7 Hasta aquí la pluma de nuestro glorioso Padre inflamada en el amor divino para inflamar cuanto es de su parte a todo el mundo, como encendió a su amante Hijo Bernardo. Aunque su amor era, como hemos insinuado, ardiente, pero suave y tranquilo, no obstante de cuando en cuando despedía su corazón fogosas llamaradas y deseos de amar más. Explícalos con expresiones extáticas, aunque el amante joven las llama quiméricas: Mis deseos (dice) no se contienen en lo posible y se adelantan a fingir quimeras de amor. Estas amorosas quimeras se fingía Bernardo, deseando amar a su Dios con el amor de todas las criaturas posibles, infinitas veces multiplicadas. Si fuera posible amar más a Dios, renunciando el cielo y abrazando el infierno, admitiría éste para amar más a Dios. Veníale algunas veces a la memoria la excesiva y quimérica expresión de San Agustín: Señor, si vos fuerais Agustino y Agustino fuera Dios, os amo tanto que dejaría gustoso ser yo Dios, porque lo fuera Vuestra Majestad. Con estos afectos imposibles declaraba este amante corazón del Señor los inflamados afectos con que le amaba. Más sólidamente los declara con la complacencia, júbilo y gozo que sentía amando a Dios. De este amor nacía la complacencia, y ésta aumentaba su amor, moviéndose en un círculo divino el amor y la complacencia, la complacencia y el amor. Mas nada le salió fuera en este punto de amor, sino saber que por darse digna y cumplidamente a Dios, que es el mismo Dios (quien) se ama con amor infinito, debido, y correspondiente a su infinita amabilidad. Sería nimiamente difusa la narración, si hubiera de referir los afectos y señales del amor de Dios que ardía en el corazón de nuestro amante joven. Toda la serie de su vida está despidiendo como un volcán celeste estas sagradas llamas. Digamos algo del amor que Bernardo tuvo a los prójimos: virtud inseparable del verdadero amor de Dios; y así fue en su abrasado espíritu. El estado y edad de nuestro joven pudo darle pocas ocasiones, en que mostrar su corazón amante y compasivo para con otros. No obstante, muchas veces en viendo algún pobre, afligido o enfermo se le enternecía el corazón y no podía contener las lágrimas. Encomendábale fervorosamente a Dios en vez de la limosna, que no podía darle; y sin duda era limosna muy grata a los ojos del Señor. Aun desde muy niño (dice), me acuerdo que me pasaba esto con los pobres. En ninguna cosa pudo mostrar más el sólido amor que tenía a los prójimos, que en las ansias de que todos sirviesen y amasen a Dios. Porque ningún bien más sólido y verdadero podemos desear y procurar a otros que el divino amor. Este le deseaba nuestro joven con las ansias que él solo puede explicar. Del mismo modo que yo amo a Dios (dice) deseo que le amen todos los hombres. Este deseo me hace continuamente pedir por los pecadores. Quisiera subir a la región del aire, y dar una voz que sonase en todo el mundo y dijese: Hombres, amad a aquella Bondad infinitamente amable. De buena gana renunciara la gloria (como en esta vida igualmente amase a Dios) porque el Señor fuese más amado. 8 Estas son las palabras con que deseaba Bernardo que los hombres todos amasen a Dios. Mostraba también este amor del prójimo en el santo celo con que deseaba y, cuanto estaba en su poder, procuraba que ninguno ofendiese a Dios. Si sabía que se había cometido alguna culpa, no hallaba consuelo hasta ver si podía remediarla y embarazar sus progresos. Cuando más no podía, ofrecía a Dios por la conversión de aquella alma comuniones, oraciones, rigurosas penitencias y cuantos piadosos obsequios podían desagraviar a su Dios.9 Decía con sus expresiones extáticas que diera por estorbar una ofensa de Dios todo cuanto este Señor podía darle, excepto su amor. Hasta que sabía que el desorden se había remediado andaba fuera de sí. Todo era suplicar a la Santísima Trinidad, a Cristo Señor nuestro, a María Santísima, a los ángeles y santos, por que se reparase la honra de Dios y que no fuese su Majestad ofendido. Siendo todavía novicio supo por revelación que ciertas personas estaban en pecado mortal. Tristóse sobre manera, y mucho más cuando certificó la revelación el hecho cierto que no le fue dificultoso de averiguar. Entonces empezó a descubrir su amante celo. Porque a las oraciones, penitencias y buenas obras, que ofrecía a Dios por satisfacer aquellas culpas y conseguir una verdadera conversión, añadió diligencias humanas muy prudentes. Tuvo el consuelo de saber que se había conseguido el buen efecto que deseaba. No es posible individuar más este caso.10 El ardentísimo amor con que deseaba la perfección de todos los jesuitas, en especial de aquellos con quienes vivía y le tocaban de algún modo, es cosa muy tierna, pero muy larga. Dejamos ya insinuado algo de lo mucho que se omite, cuando hablamos de su amor a nuestra Compañía y de los fervores del Padre Jiménez.11 1 Las experiencias místicas vienen a ser intraducibles. Todos los grandes místicos han sentido la impotencia e imposibilidad de dar a conocer con claridad lo que pasa en su experiencia de íntimo y directo contacto con Dios. El lenguaje humano resulta excesivamente pobre para abarcar algo que literalmente es in-efable. Algo de ello intentó expresar San Pablo en aquellas frases suyas: ...hablamos de sabiduría entre los perfectos, pero no de sabiduría de este mundo ni de los príncipes de este mundo, abocados a la ruina, sino que hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria-. Más bien, como dice la Escritura, anunciamos: lo que ni el ojo vió, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para los que le aman. Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios. En efecto ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu dfel mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales. El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios... ( 1 Cor 2, 6-14) 2 Nos viene a la memoria la revelación que Cristo hace a Santa Margarita María de Alacoque el 16 de junio de 1675, en que pide también ser amado por el desamor con que muchos cristianos lo tratan, sobre todo en el Sacramento de la Eucaristía. 3 Bernardo acude aquí al famoso texto, el Shemá Israel: Escucha, Israel. Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se las repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado; las atarás a tu mano como una señal, y serán como una insignia entre tus ojos; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas (Deuteronomio 6, 4-9) 4 Amorosas locuras son las que dice la Esposa en el Cantar de los cantares. Dios no ha encontrado mejor manera de expresar lo que es su intimidad y abrazo al alma como la manifestación de un amor esponsal-matrimonial. 5 En el itinerario de las almas santas el amor de Dios va madurando también y de bullicioso e incluso hasta violento a los principios, se va como serenando y sedimentando en el corazón, de modo que se llega a amar con mucha más hondura y profundidad, pero sin que se trasluzca al exterior apenas o muy poco el volcán interior que siente en sí el alma. San Juan de la Cruz lo expresó con acierto en su Llama de amor viva: Oh llama de amor viva que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro¡...¡Oh cauterio suave! ¡oh regalada llaga! Oh mano blanda, oh toque delicado...¡ Cuán manso y amoroso recuerdas en mi seno- donde secretamente solo moras- y en tu aspirar sabroso- de bien y gloria lleno- cuán delicadamente me enamoras! 6 San Juan de la Cruz enseña en su Cántico espiritual a ver las criaturas como reflejos de la belleza, la potencia, la ternura y suavidad de Dios. Las ve como destellos, como huellas que ha ido dejando Dios por toda la creación y cuya finalidad no es otra sino la de llevarnos a El. Por eso preguntará el alma: Oh bosques y espesuras- plantadas por la mano del Amado¡- oh prado de verduras, de flores esmaltado, decid si por vosotras ha pasado! Y le responden las criaturas: Mil gracias derramando- pasó por estos sotos con presura- y, yéndolos mirando- con sola su figura- vestidos los dejó de su hermosura! Por eso, llena de santo anhelo, contestará el alma: Ay¡ ¿quién podrá sanarme?- Acaba de entregarte ya de vero- no quieras enviarme- de hoy más ya mensajero- ¡que no saben decirme lo que quiero! Y todos cuantos vagan- de ti me van mil gracias refiriendo- y todos más me llagan- y déjame muriendo- un no sé qué que quedan balbuciendo... Y dirigiéndose a las criaturas, donde ve un reflejo y como una nostalgia de Dios, de su Amado, les pregunta: ¡Oh cristalina fuente,- si en esos tus semblantes plateados- formases de repente- los ojos deseados- que tengo en mis entrañas dibujados! Y, contemplando las criaturas, descubre en ellas las trazas de Dios y como su reverbero: Mi Amado, las montañas- los valles solitarios nemorosos- las ínsulas extrañas- los ríos sonorosos- el silbo de los aires amorosos;- la noche sosegada- en par de los levantes de la aurora- la música callada- la soledad sonora- la cena que recrea y enamora. La misma Santa Teresa sentía esto mismo al ver las criaturas y se deleitaba especialmente en algunas de ellas, como las flores, el agua, el gusano de seda... Muchas veces en mis principios me era gran deleite considerar ser mi alma un huerto y al Señor que se paseaba en él. Suplicábale aumentase el olor de las florecitas de virtudes, que comenzaban a querer salir y que fuese para su gloria y las sustentase y cortase las que quisiese.... (Vida cap 14, 9) Es bueno un libro para presto recogerse. Aprovechábame a mí también ver campo, o agua, o flores; en estas cosas hallaba yo memoria del Creador, digo que me despertaban y recogían y servían de libro (Vida, cap 9, 5) El agua tiene tres propiedades, que ahora me acuerde, que me hacen al caso, que muchas más tendrá. La una es que enfría, que por calor que hayamos, en llegando al agua, se quita; y si hay gran fuego, con ella se mata, salvo si no es de alquitrán, que se enciende más. ¡Oh, válgame Dios, qué maravillas hay en este encenderse más el fuego con el agua cuando es fuego fuerte, poderoso, no sujeto a los elementos; pues éste, con su ser contrario, no le empece, antes le hace crecer!... El verdadero amor de Dios, como es Señor de todos los elementos y del mundo, y como el agua procede de la tierra, no hayáis miedo que mate este fuego de amor de Dios; no es de su jurisdicción; ... sus llamas son muy altas y su nacimiento no comienza en cosa tan baja. Otros fuegos hay de pequeño amor de Dios, que cualquier suceso los matará, mas a éste no, no. Aunque toda la mar de tentaciones venga, no le harán que deje de arder... (Camino de perfección, cap 19, 3-5) La otra propiedad del agua es que harta y quita la sed; porque sed me parece a mí decir deseo de una cosa que nos hace gran falta, que si del todo nos falta nos mata. Extraña cosa es que si nos falta nos mata y si nos sobra nos acaba la vida, como se ve morir muchos ahogados. ¡Oh, Señor mío, y quién se viese tan engolfada en esta agua viva, que se le acabase la vida!...(Camino de perfección, cap 19, 8) San Ignacio, que compuso la magnífica contemplación para alcanzar amor, escribe una carta el 1 de junio de 1551 al P. Antonio Brandao, jesuita portugués, dándole una serie de instrucciones sobre el modo de formar a los jóvenes estudiantes de la Compañía. Son una serie de quince cuestiones las que trata en esa carta San Ignacio, y en lo que ahora nos atañe dice así: A la 6ª (en qué se ejercitará más en la meditación), atendido el fin del estudios, por el cual no pueden los escolares tener largas meditaciones, allende de los ejercicios que tienen para la virtud, que son, oir misa cada día, una hora para rezar y examen de conciencia, confesar y comulgar cada ocho días, se pueden ejercitar en buscar la presencia de nuestro Señor en todas las cosas, como en el conversar con alguno, andar, ver, gustar, oir, entender, y en todo lo que hiciéremos, pues es verdad que está su divina Majestad por presencia, potencia y esencia en todas las cosas. Y esta manera de meditar, hallando a nuestro Señor Dios en todas las cosas, es más fácil que no a levantarnos a las cosas divinas más abstractas, haciéndonos con trabajo a ellas presentes, y causará este buen ejercicio disponiéndonos grandes visitaciones del Señor, aunque sean en una breve oración. (Obras completas de San Ignacio, Bac, Madrid, 1952, pag 789) 7 Ejercicios espirituales de San Ignacio, nº 235-237. 8 En las Constituciones toca San Ignacio el tema de cómo podrán los de la Compañía ayudar al prójimo, y entre otros medios, da el siguiente: Así mesmo se ayuda el próximo con los deseos ante Dios nuestro Señor y oraciones por toda la Iglesia, y en especial por los que son de más importancia para el bien común en ella, y por los amigos y benefactores vivos y defunctos, ahora ellos las pidan, ahora no; y por aquellos en cuya particular ayuda entienden ellos y los otros de la Compañía en diversos lugares entre fieles e infieles, para que Dios los disponga todos a recibir su gracia por los flacos instrumentos desta mínima Compañía (Constituciones de la Compañía de Jesús, séptima parte, cap 4, nº 638) 9 Este celo por evitar el pecado y por ayudar a todos a reconciliarse con Dios ha sido siempre característico de las almas santas, que saben lo que vale la amistad con Dios y lo mucho que se pierde cuando no la tenemos. En la Autobiografía de San Ignacio hay un pasaje precioso, en que el Santo se dispone a hacer una gran penitencia por ayudar a quien, habiéndole gastado los dineros que le confió, se encontraba enfermo y necesitaba ayuda. Así lo cuenta la Autobiografía: El español, en cuya compañía había estado al principio, y le había gastado los dineros, sin se los pagar, se partió para España por vía de Ruán; y estando esperando pasaje en Ruán, cayó malo. Y estando así enfermo, lo supo el peregrino por una carta suya, y viniéronle deseos de irle a visitar y ayudar; pensando también que en aquella conjunción le podría ganar para que, dejado el mundo, se entregase del todo al servicio de Dios. Y para poder conseguirlo, le venían deseos de andar aquellas veintiocho leguas que hay de París a Ruán, a pie, descalzo, sin comer ni beber; y haciendo oración sobre esto, se sentía muy temeroso. Al fin se fue a Santo Domingo, y allí se resolvió a andar del modo sobredicho, habiendo pasado ya aquel grande temor que sentía de tentar a Dios. Al día siguiente, la mañana que había determinado, se levantó muy de madrugada, y, encomendándose a vestir, le vino tanto temor, que casi le parecía no poder vestirse. Aun con aquella repugnancia salió de casa y hasta de la ciudad antes que fuese de día. Pero el temor le duraba todavía, y le duró hasta Argenteuil, que es un castillo a dos leguas de París camino de Ruán, donde se dice está la vestidura de Nuestro Señor. Pasando aquel castillo con este trabajo espiritual, subiendo a un alto, comenzó a desvanecerse aquella cosa, y sobrevínole una grande consolación y esfuerzo espiritual con tanta alegría, que comenzó a gritar por aquellos campos y hablar con Dios, etc. Y se albergó aquella noche con un pobre mendigo en un hospital, habiendo caminado aquel día catorce leguas; al otro día fue a albergarse en un pajar; y al tercer día llegó a Ruán; todo este tiempo sin comer ni beber y descalzo, como había determinado. En Ruán consoló al enfermo y le ayudó a ponerlo en una nave para volver a España.... (Autobiografía, nº 79) 10 Se trata probablemente de su abuelo paterno. 11 Muestra del celo por aprovechar espiritualmente a sus mismos compañeros jesuitas son las Instrucciones que para dos de ellos escribió (los Padres Lorenzo Jiménez e Ignacio Osorio) |