| Libro Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España. |
| Mortificación interior de
sus pasiones. ("Vida". Libro Cuarto. Capítulo 5). La penitencia exterior de que hemos hablado en el capítulo precedente, es uno de los medios que tomó Bernardo para vencer sus pasiones. Según lo que acaba de enseñarnos nuestro Padre San Ignacio, las penitencias externas se hacen por satisfacción de los pecados pasados y por vencerse a sí mismo1. Lo mismo era observar el joven de mi historia, que empezaba2 a revelarse alguna de sus pasiones, cuando la sujetaba con la penitencia. La índole de Bernardo fue sólidamente buena; pero tan activa y ardiente, que ministraba bastante fuego a cuantas pasiones son como naturales a la juventud. Sólo la pasión de la concupiscencia estaba como apagada en el ardimiento fogoso de Bernardo. Porque el Santísimo Sacramento y las purísimas llamas del amor divino que le comunicaba el Señor con la Sagrada Eucaristía, el cíngulo de castidad que le ciñeron y tantos favores divinos habían apagado las llamas concupiscibles. Otras mil pasiones de un joven virtuoso quedaron en Bernardo para ejercicio de su mortificación y vencimiento. La primera ocasión más reparable en que le puso la fogosidad de su genio, fue señalada por la penitencia que hizo de su falta, como referimos en su lugar. Fue aquélla en que, siendo novicio de pocos meses, respondió con algún desabrimiento una sola palabra. Falta, por la penitencia felicísima.3 Pues lo mismo fue advertir este defecto, casi imperceptible en un niño de catorce años, que llorarle, arrepentirse y encaminarse deshecho en lágrimas al aposento de su Maestro de Novicios. Pensó éste que había sucedido a Bernardo algún accidente molesto, de los que suelen contristar a los niños de poca edad, aunque sean religiosos. Empezó a consolarle y le preguntó qué tenía para aquel amargo llanto. Respondió el novicio que había cometido la falta que hemos insinuado, y que el consuelo que necesitaba era que su Reverencia le diese una penitencia para castigo de su culpa 4 y edificación de sus Hermanos. Había sido tan pequeña e imperceptible, que apenas la pudo notar el Hermano mismo, a quien había respondido la palabra que exageraba como tan reprensible delito. Mas por enjugar las lágrimas de Bernardo le mandó su Maestro de Novicios que, en penitencia, visitase el Santísimo Sacramento o rezase alguna oración breve. Con esto se consoló y no sé que en toda su vida se le notase falta de esta especie. Cosa digna de toda admiración. Porque la actividad ardiente de Bernardo, en las ocasiones que ofrece la vida común de los Hermanos estudiantes de nuestra Compañía de Jesús, fácilmente podría deslizarse en alguna faltilla de caridad, paciencia o humildad. Nuestros Hermanos estudiantes conversan casi continuamente juntos, ya sea en la recreación común después de comer y cenar, ya en las particulares recreaciones que se les conceden para remitir algo el arco tirante del estudio. En estas ocasiones es muy natural explicar cada uno su dictamen en las materias que ocurren a la conversación con alguna franqueza y genial desembarazo, aunque modesto. Pero no es menos natural que, entre muchos jóvenes de diversos genios, países y virtud se hallen algunas pequeñas contiendas, en los tiempos de la conversación. Nuestro joven no se negaba a estas regulares concurrencias con sus condiscípulos, que deseaban su conversación espiritual, modesta y alegre. Con todos trataba y se observó que con especial dulzura con aquellos, a quienes tenía alguna repugnancia, que sabía ocultar con caridad industriosa. No faltó quien diese a Bernardo motivo para que sus respuestas fuesen menos suaves. Pero las endulzaba el heroico vencimiento de su irascible, convertido en la dulzura,5 que procuró aprender de su Director dulcísimo San Francisco de Sales y, mucho más, del Corazón suavísimo de Jesús. Verdad es que (para) 6 evitar en las conversaciones las disputas de cosas indiferentes, le sirvió su firme resolución de hablar siempre que le era posible en las recreaciones materias espirituales.7 Habíale enseñado el Señor esta su loable costumbre con una regalada locución. Otro día, después de comulgar (dice Bernardo), me empezó a decir el Señor algunas cosas y, entre ellas, me dijo que las conversaciones inútiles de los religiosos le apartaban de ellos. Por el contrario, las conversaciones espirituales de los religiosos agradan sumamente a Cristo Señor nuestro, como dijo el mismo Señor a su regalada esposa Santa Teresa de Jesús. Estaba la Santa un día hablando de Dios con cierto religioso, y se encendió de suerte con esta plática en el amor de Dios que dice: Estando ya mi alma, que no podía sufrir en sí tanto gozo, salió de sí, y perdióse para más ganar, perdió las consideraciones, y de oír aquella lengua divina en que parece hablaba el Espíritu Santo, dióme un gran arrobamiento, que me hizo casi perder el sentido, aunque duró poco tiempo. Vi a Cristo con grandísima majestad y gloria mostrando gran contento de lo que allí pasaba, y así me lo dijo, y quiso que viese claro que a semejantes pláticas siempre se hallaba presente, y lo mucho que se sirve en que así se deleiten en hablar con él. Hasta aquí la seráfica Santa, que nos enseña cuáles deben ser las conversaciones de religiosos y religiosas. Después que el Sagrado Corazón de Jesús dio a conocer a Bernardo sus excelencias y amable devoción, no sabía hablar otra cosa, como se ve por sus papeles y por el testimonio uniforme de los que le trataron. La pasión de la vanidad, deseo de estimación y aplauso en materia de ciencias es tan natural en los jóvenes estudiantes, que pocos se hallan sin ella. A muchos sorprende esta pasión, aun cuando la combaten con religioso esfuerzo, valiéndose de la oración, propio conocimiento y todas las demás industrias que enseña su piedad a los jóvenes virtuosos. Es cierto que la naturaleza, si no8 que sea flemática, ociosa y estúpida, jamás se halla sin esta pasión, que excita a la gloria, de que los hombres hábiles e ingeniosos y de especiosos talentos son amantes. Pero la divina Gracia sabe hacer el milagro de que esta pasión dominante en los ingenios se convierta en una pasión divina, de la mayor gloria de Dios y salvación de las almas. En nuestro joven estudiante, aunque de ingenio vivo, ardiente y lleno en lo natural de altas ideas de gloria, efectivamente hizo el Señor este milagro. Insinuamos ya su modestia en las disputas particulares con sus condiscípulos y cuán gloriosamente venció la pasión o deseo de sobresalir entre sus Hermanos. Vencida ya esta pasión en las disputas domésticas y particulares, le fue más fácil el contenerla en las disputas públicas o funciones 9 que le confió la obediencia de sus Maestros y superiores. También en estas cosas mostró en qué vencer el natural orgullo de los jóvenes estudiantes, que apetecen con demasía los lucimientos de las escuelas. Si Bernardo no estuviese tan prevenido y favorecido del Señor con gracias infinitamente más estimables que todos los aplausos humanos, hubiera dado sin duda en el escollo en que peligran o se pierden muchos estudiantes aun religiosos. Prevínole el Señor con una inteligencia que tuvo acerca de un varón, Hermano de nuestra Compañía de Jesús. Fue éste el venerable y penitentísimo Padre Manuel Padial,10 asombro de santidad y penitencia, de quien Bernardo fue con justa razón tan devoto. Visitóle un día Cristo Señor nuestro, acompañado de nuestro glorioso Padre San Ignacio y del venerable Padre Padial. Dióle el Señor a entender algo de la grande santidad de su fiel siervo y algún otro secreto de su vida. Refiérele el favorecido joven, y añade: y además de esto entendí, que había llegado a tan alta santidad porque supo reprimir los ímpetus de la vanidad, que le excitó su sabiduría, con que mereció sus eficaces auxilios para ser santo. Tanto suele pender la salvación y santidad de faltas ligeras!. Con esta sólida ilustración se hallaba el joven estudiante armado contra la tentación común del deseo y vanidad de lucimientos escolásticos. Semejantes sentimientos y afectos le comunicaba el Señor siempre que la obediencia le encargaba alguna función pública de letras. No es justo omitir los que tuvo del cielo siendo aun filósofo, cuando le mandaron defender su acto o conclusiones. Encomendóme la obediencia (dice) defender unas conclusiones en un acto; y previendo la Providencia divina cuán inclinados somos los hombres al deseo de la honra y cuán próximo a esto el lucimiento en semejantes funciones, me previno para que no me estrellase contra este escollo, en que (como en varias partes he dicho) he entendido naufragar aun aquellos, o muchos de aquellos que hasta este punto habían sido fieles al Señor. Y así fueron más continuas y luminosas las luces, con que la infinita bondad del Señor ilustró mi entendimiento para que supiese distinguir cuál es la verdadera honra y la verdadera sabiduría; y así me reía de mí mismo, de cuando tenía en algo estas vanas glorias, y representábanseme estas funciones, que son de las más serias entre los hombres, como juego de niños; y de este modo reservé intacto mi afecto de esta polilla; no deseando ni lucir, ni dejar de lucir, sino estando indiferente en la voluntad del Señor, y me parece que si me diera a escoger, escogería quedar deslucido, por ofrecerle este pequeño obsequio.11 Llegó el día en que había de tener el acto, y alegréme mucho por recibir una vez más al Señor; pues allí se embriaga en el torrente suavísimo de la Divinidad y de la Humanidad, y allí como en deliciosa fuente bebe mi alma, sedienta más que el ciervo herido, pero no sacia su sed. Comulgué, y vi mi corazón despidiendo llamas por todas partes, y en él clavada una de aquellas tres saetas,12 que se repartieron entre el Corazón del divino Amor Jesús y el de su Santísima Madre y el mío; y como tenía allí la causa que le impelía a amar, aniquilábase, consumíase como Fénix en los suaves incendios del amor. Y vi cómo la sacratísima Humanidad estaba en él como en su trono real, llenando los huecos que abrió cuando esculpió su imagen en mi corazón. Díjome que me dejaba en el estado natural en cuanto al acto, que yo me bandease con mi entendimiento, porque para esto no le había de ilustrar, y que desde allí estaría mirándome en la función. Hasta aquí las palabras de este joven estudiante. Otra pasión muy natural y difícil de vencer en los religiosos jóvenes es el amor imperfecto a sus parientes. Como acaban de salir del mundo y de arrancarse de los brazos de sus padres, no pueden olvidarlos tan presto, ni desprenderse de su natural afecto. Nuestro joven venció esta pasión tan heroicamente como le pedía la regla octava 13 del sumario de nuestras Constituciones. Desnudóse totalmente del afecto de carne y sangre, convirtiéndole en espiritual y amándoles eo solum amore, quo ordinata charitas exigit, con el amor solo que pide la caridad bien ordenada. Apenas salió del Noviciado cuando le buscaron sus parientes para un litigio muy arduo y un pleito criminal,14 en que peligraba uno de sus más allegados. Por sí mismo podía hacer poco en este lance, que le tocaba en lo humano tan vivamente. Como algunos jesuitas, superiores suyos o Maestros, le estimaban tanto, hicieron todas las diligencias posibles para la composición de este ruidoso negocio. Mientras se hacían las diligencias humanas, se valió Bernardo de las divinas ofreciendo oraciones y penitencias por este negocio, en que se interesaba la salvación de algunas almas. Compuesto ya de alguna forma el litigio, no descansó hasta conseguir que la persona, que resultaba más culpada,15 hiciese los Ejercicios de nuestro Padre San Ignacio en nuestro colegio de Villagarcía. Dirigióla en ellos, a ruegos de Bernardo, el célebre Misionero Padre Pedro de Calatayud, quien consoló a Bernardo escribiéndole que su pariente había hecho con mucha piedad y fervor los ejercicios, como deseaba. Por el mismo tiempo había hecho el Padre Calatayud misión en su patria Torrelobatón; y el Hermano Bernardo procuró a sus parientes con sus instrucciones y cartas al Padre, todo el bien16 que un celoso apóstol pudiera idear para quitar vicios y plantar virtudes. Hablando en una ocasión de otro negocio17 de sus parientes y de la paz que había procurado sobre materia de intereses, confiesa algún sentimiento en la parte inferior del alma. Oigamos cómo se explica un niño de pocos años de edad en este punto, distinguiendo los movimientos de las dos porciones del alma. Este sentimiento natural (dice) sólo se conoce mirado de por sí, pues desaparece comparado con la estable inmovilidad de la parte superior, así en este punto, como en el otro de componer las diferencias entre los parientes, pues ya he tentado tantos medios sin fruto; lo que peor es, con algo de desvío de la paz de la una parte (la opuesta a mi abuelo) que estos días lo he estado encomendando a Dios, y me hallo inclinado a levantar la mano con toda la prudencia y justificación que conviene para que vean mis parientes he hecho lo que he podido, y que no lo dejo por perdonar a trabajo y acomodarme a mi inclinación, que repugna meterse en semejantes cosas, sino porque tomé este negocio por ser de gloria de Dios, por evitar escándalos y pecados y porque ambas partes querían la paz; pero perdiendo ya las esperanzas, porque unos han perdido la voluntad, fuera terquedad mía querer insistir: en todo seguiré el dictamen de H. 18 Hasta aquí la pluma de un niño, incapaz de explicarse así, no siendo gobernada de superior impulso. 1 Ejercicios espirituales, nº 87 (Nota) 2 Cumplía el Hermano Bernardo lo que había leído en el Kempis: Atajar al principio el mal procura; si llega a echar raíz, tarde se cura (Libro I, cap 13, nº 5) 3 También aquí podría decir Bernardo lo que la Santa Iglesia dice en la liturgia del Sábado Santo: Oh feliz culpa, que nos mereció tal Redentor 4 Vemos que ya desde el comienzo del Noviciado cumplía las Reglas con todo cuidado, pues una de ella decía así: Algunas veces entre año todos rueguen al Superior les mande dar penitencias por la falta de observar las reglas, porque este cuidado muestre el que se tiene de aprovechar en el divino servicio (Reglas del Sumario de las Constituciones, regla 52) 5 Aunque de carácter vivo e impulsivo, Bernardo al igual que su admirado obispo de Ginebra, San Francisco de Sales- irá creciendo en dominio de sí y en la dulzura de su comportamiento. 6 En el texto original leemos por. 7 Cumplía de este modo Bernardo una de las llamadas Reglas comunes, que dice: Todos, conforme a su estado, ofreciéndose ocasión, se esfuercen a aprovechar con pías conversaciones al prójimo, y aconsejar y exhortarlo a buenas obras.... (regla 40) 8 a no ser que 9 Bernardo tuvo, por lo menos, dos actuaciones públicas: una estudiando la Filosofía en Medina del Campo, cuando fue designado para defender públicamente una tesis de filosofía; otras en Valladolid, estudiando Teología, cuando actuó en una de las Dominicales o exposición teológica, de las que hemos hablado en alguna nota anterior. 10 El Padre Manuel Padial fue un jesuita eminente de Granada. Descolló por una vida sumamente penitente y se distinguía por su buen humor y su aguda inteligencia. Murió poco antes de que Bernardo entrara en el Noviciado de Villagarcía y fue allí donde oyó leer la reseña de su vida, que le impresionó hondamente. Desde entonces el P. Padial fue para Bernardo un protector e intercesor ante el Señor. En otras notas se habla más largamente de él. 11 Esta frase de Bernardo muestra cómo Bernardo había asimilado profundamente la doctrina que desarrolla San Ignacio en la Regla once del Sumario de las Constituciones y a la que conduce la contemplación del Rey eternal. En esta contemplación, que abre la Segunda Semana de los Ejercicios, coloca esta oración: Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación con vuestro favor y ayuda...que yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza así actual como espiritual, queriéndome vuestra santísima majestad elegir y recibir en tal vida y estado. (Ejercicios, nº 98). Y la regla once dice así: Es mucho de advertir, encareciendo y ponderándolo delante de nuestro Criador y Señor, en cuánto grado ayuda y aprovecha a la vida espiritual aborrecer en todo, y no en parte, cuanto el mundo ama y abraza; y admitir y desear con todas las fuerzas posibles cuanto Cristo nuestro Señor ha amado y abrazado. Como los mundanos que siguen al mundo, aman y buscan con tanta diligencia honores, fama y estimación de mucho nombre en la tierra, como el mundo les enseña; así los que van en espíritu, y siguen de veras a Cristo nuestro Señor, aman y desean intensamente todo lo contrario: es a saber, vestirse de la misma vestidura y librea de su Señor, por su debido amor y reverencia; tanto que, donde a la su divina Majestad no le fuese ofensa alguna, ni al prójimo imputado a pecado, desean pasar injurias, falsos testimonios, afrentas, y ser tenidos y estimados por locos, no dando ellos ocasión alguna de ello, por desear parecer e imitar en alguna manera a nuestro Criador y Señor Jesucristo, vistiéndose de su vestidura y librea; pues la vistió él por nuestro mayor provecho espiritual, dándonos ejemplo que en todas cosas a nosotros posibles, mediante su divina gracia, le queramos imitar y seguir, como sea la vía que lleva los hombres a la vida (Sumario de las Constituciones, regla 11) 12 Alude Bernardo a una de las gracias más grandes que tuvo estando en el colegio de Medina. Tuvo ésta lugar en enero de 1730 con motivo de la renovación de votos que se hacía en los días de Epifanía. Se habla de ella en el libro segundo, capítulo sexto, de la Vida escrita por Juan de Loyola. Nos remitimos a las notas de ese capítulo. 13 Esta regla dice así: Cada uno de los que entran en la Compañía, siguiendo el consejo de Cristo nuestro Señor: Qui dimiserit patrem, etc. haga cuenta de dejar el padre y la madre, y hermanos y hermanas, y cuanto tenía en el mundo; antes tenga por dicha a sí aquella palabra: Qui non odit patrem et matrem, insuper et animam suma, non potest meus esse discipulus. Y así, debe procurar de perder toda la afición carnal, y convertirla en espiritual con los deudos, amándolos solamente del amor que la caridad ordenada requiere, como quien es muerto al mundo y al amor propio, y vive a Cristo nuestro Señor solamente, teniendo a él en lugar de padres y hermanos, y de todas las cosas (Sumario de las Constituciones, regla 8) 14 Se refiere al pleito en que se vió envuelto su abuelo materno, que le hizo sufrir mucho. Este pleito fue causado por los litigios, surgidos por cuestiones de herencia, entre su abuelo y el yerno de éste, Gaspar de Melena. Como escribirá el mismo Bernardo refiriéndose a las once fuentes, orígenes y raíces de tribulaciones de que manaban continuos ríos de aflicción a la pobre porción inferior, cuatro de ellas venían por medio de seglares y parientes y, no por eso, son poco aflictivas, pues vienen espiritualizadas; quiero decir, que tocan al bien de sus espíritus. No era poca fuente de sufrimiento la conducta moral del abuelo Francisco. Como dice el P. Máximo Pérez en su libro El Poder de los débiles: El defecto principal de Don Francisco fue que no supo administrar bien sus bienes y era propenso a endeudarse y poner litigios. La Chancillería de Valladolid llegó a pronunciar contra él una grave sentencia. Cuando esto sucedía, Bernardo era ya jesuita, estudiante de filosofía en Medina.,,; se decidió a escribir a su abuelo buscando su bien espiritual. Más que una carta, parece un grave discurso y una severa lección de moral escritos por un joven de 18 años a un adulto de más de cincuenta. Por medio de algunas gestiones en las que le ayudaron algunos jesuitas, el nieto consiguió suavizar no poco la sentencia dada contra su abuelo. Y por medio de su carta personal consiguió algo mejor, que el abuelo se retirase a Villagarcía para hacer Ejercicios espirituales balo la dirección del P. Pedro de Calatayud (o. c., Edit Edapor, 1991, Madrid, pág 23) 15 Su propio abuelo materno Don Francisco Seña. 16 Una de las características de las misiones dadas por el P. Calatayud era el perdón de las injurias y el reconciliar a quienes se hallaban enfrentados. Suponemos que en este sentido irían esas instrucciones de Hoyos a sus parientes y esas cartas al mismo P. Calatayud. 17 Esta actuación con sus parientes para poner paz y concordia en ellos la tomó Bernardo, aconsejado por sus Superiores. En efecto, una de las Reglas comunes de la Compañía decía textualmente: Ninguno se encargará de negocios, aunque sean píos, sin licencia del Superior; ni prometerá para ellos su industria, ni se mostrará aficionado a ellos; y mucho más conviene despedir negocios seculares, que son ajenos a nuestro Instituto, e impiden mucho a los espirituales (Reglas comunes, regla 39) 18 Probablemente el P. Calatayud o el mismo Loyola. |