Libro “Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús”, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España.
 
Algunos sucesos que tienen muchos visos de sobrenaturales, y Dios ejecutó por intercesión de Bernardo. ("Vida". Libro Cuarto. Capítulo 17).

Pudiera referir muchos sucesos, al parecer milagrosos, que se dignó el Señor ejecutar por este su fiel siervo. Mas como para calificar de milagrosos algunos casos, que parecen, se necesita una moral evidencia, no refiero los del joven de mi historia como seguramente ciertos. Y así escogeré muy pocos; y éstos quedarán a la devoción o crítica de los lectores; pues yo mismo no los afirmo como sobrenaturales, mas como sucesos que tienen visos de tales.

El primero en que juzgo pudo haber algo de sobrenatural, ejecutado por nuestro joven, sucedió en su noviciado. Un connovicio suyo tenía un vehementísimo dolor de muelas y ningún remedio alcanzaba para mitigarle. Era en tiempo que el P. Bernardo estaba sumamente afecto al Venerable Padre Manuel Padial 1 de nuestra Compañía, poco antes difunto en el colegio de Granada con fama de santidad, que voló por todo el mundo. Había llegado a manos del novicio Bernardo una reliquia del Venerable Padre Padial, y habiendo experimentado en otra ocasión la eficacia de este remedio, deseó aplicarle a su connovicio.

Díjole que aplicase la reliquia con viva fe al lado, en que el dolor de muelas era más vehemente, y que experimentaría total alivio. “Tocó la parte dolorida contra la reliquia (dice Bernardo) y aquella noche estuve yo pidiendo al Señor con mucha confianza en los méritos de su siervo le mitigase el dolor de muelas, y desde esta noche hasta hoy, que habrá más de cuatro meses no ha sentido más dolor de muelas. Y el Hermano lo atribuye al Venerable Padre, pues dice que antes le tenía casi todos los días”.

Hasta aquí las palabras de Bernardo novicio, quien da toda la gloria de este suceso a su amado P. Padial; mas viendo los favores con que el Señor quiso favorecer a nuestro dichoso joven, podemos darle parte en esta curación. El novicio con quien sucedió este caso certifica hoy que no sólo no le faltó el dolor de muelas aquella noche, mas que jamás le volvió a sentir hasta su segundo año de Teología.

El segundo caso sucedió con uno de sus condiscípulos de Filosofía. Estaba éste gravemente enfermo, herido de la epidemia que arrebataba a tantos. Llegó la enfermedad al extremo de ser preciso administrarle el Santo Viático. En este riesgo poco menos que cierto de la muerte de su condiscípulo, hizo Bernardo prueba de lo mucho que valía su oración en el divino acatamiento.

Estrechóse con el Señor pidiendo la salud del enfermo, y diciendo con segurísima confianza en la benignidad de su amante Dios que no había de morir el Hermano. Su humildad sólida e ingeniosa atribuyó esta curación a una reliquia de la extática Santa Teresa de Jesús; pero sin defraudar cosa alguna al poder de la gloriosa Santa podemos atribuir parte de este (al parecer milagro) a su devotísimo Bernardo.

Refiéranos con sus palabras el suceso; y después juzgue cada uno lo que tuviere por más creíble. “Al Hermano N.2 (dice el joven filósofo) dieron el Santo Viático el martes, estando de peligro; por acaso le dieron una reliquia de Santa Teresa; yo entré en confianza, y al irle a dar el Viático me estreché con el Señor3 que no había de morir el Hermano; que bastaba haber tocado la reliquia de mi Santa;4 que le pedía por sus méritos no desconsolase a sus siervos.

No dudé de la mejoría, que fue tan admirable que el mismo día le faltó del todo la calentura y se halló totalmente bueno. No deja de reconocerlo a la Santa, y le ha servido de mucho. Sólo le quedó no poder dormir, y ya había algunas noches no dormía. Díjele: si se lo pide a Santa Teresa, dormirá esta noche; dijo lo haría, y que yo la rezase un Pater noster y Ave María al visitar al Santísimo. Hícelo, durmió toda la noche, y prosigue de modo que ya anda valiente por estos tránsitos; demos de todo gracias al Señor”.

Hasta aquí el caritativo Bernardo.

Después de difunto, ha querido también el Señor mostrar su agrado en la intercesión de este su siervo fiel. Pondré sólo dos sucesos, que tienen apariencia de prodigiosos. Testifica el primero un piadoso eclesiástico de esta ciudad, a quien la fe y venerable memoria del Padre Hoyos hizo recurrir a su intercesión.

Estaba enferma de sumo riesgo mi Señora Dª. María Luisa de Fuenmayor, Comendadora de las señoras de Sancti Spiritus de Santa Cruz de Valladolid, militar orden de Santiago. El sacerdote, que imploraba devoto la intercesión del Padre Hoyos, tenía particulares obligaciones de respecto a la Señora enferma; hacía muchas súplicas a varios Santos, cuando le vino un interior impulso de recurrir al venerable joven de mi historia. Cómo fuese y toda la serie del suceso, está escrito y firmado del sacerdote, cuyas palabras le describen de esta suerte.

Con noticia que tuve del peligro en que estaba mi Señora la Comendadora, por la gravedad de la enfermedad que padecía, después de haber pedido a Dios en varias ocasiones su salud, últimamente en el día de Santa Isabel, 19 de este mes de Noviembre de 1737, entre nueve y diez de la noche, haciendo recuerdo de los singulares favores que el Padre Bernardo de Hoyos debió al Sagrado Corazón de Jesús, me vi movido a encomendarle la salud de la enferma; y así lo ejecuté por entonces interiormente, y después en esta misma noche, logrando mejor comodidad, pedí a este siervo de Dios intercediese o interpusiese sus ruegos con el Padre Eterno, y alcanzase de su Majestad esta gracia por (el) Corazón amantísimo de Jesús, siendo para su mayor gloria y salvación de dicha Señora.

Y prometí en memoria suya hacer la novena del Corazón de Jesús, confesar y decir Misa, visitando por espacio de doce Viernes el Santísimo Sacramento, en reverencia de las doce especiales virtudes que residen en el purísimo Corazón de María Santísima, y solicitar se hiciese la función del Corazón de Jesús en el Viernes de la infraoctava del Corpus; cuya promesa fue mi voluntad entonces reiterar el día siguiente sobre el sepulcro del Padre Bernardo.5

Y así lo ejecuté a las ocho de la mañana, con las palabras que me dictó la devoción y confianza, que fue grande la que tuve en la intercesión del siervo de Dios, visitando en su nombre el Santísimo Sacramento con estación mayor, y con este sentimiento dije Misa aquel día, en el cual supe, por aviso de mi Señora Dª. Teresa de Zúñiga, que la enferma lograba de mucho alivio, habiéndose experimentado la noche antes, y aumentándose en la mañana, tiempo en que se hizo la recomendación al Padre Hoyos, y según lo que yo he observado después, aun en la misma hora; conociéndose el beneficio, que se hace más manifiesto por el aumento de mejoría en lo que, al presente, no se reconoce novedad contraria alguna.

Y así lo confieso, declaro y certifico para gloria de Dios, aumento de la devoción y culto del Sagrado Corazón de Jesús y de María Santísima, y veneración y honra del Padre Hoyos, a quien su Majestad quiere ensalzar en muerte por la humildad que mostró en su vida, pidiendo fuese oculta su virtud y no conocida de los ojos de los hombres. Valladolid, y Noviembre 23 de 1737”. 6

Hasta aquí la fiel relación de este caso.

No es menos maravilloso, antes tiene circunstancias de mayor prodigio, lo que sucedió con un señor canónigo, poseído de los malos espíritus o maniático furioso, aplicándole una carta del Padre Hoyos. Refiérele una señora, de cuya sólida piedad no se puede juzgar exagere la menor circunstancia. Tenía a este señor canónigo, hermano suyo, con la caridad que llenó de edificación y admiración no sólo la ciudad en que vivía, mas todo el reino de Navarra. Padeció la señora innumerables trabajos con su asistencia, sirviéndole por sus cuidados y domésticos, y más continuamente por sí misma, con el amor y cariño que no la podía dar la naturaleza, pero se le dio por muchos años la divina gracia.

Hallóse un día muy afligida, y envió a llamar unos religiosos que la asistiesen en aquel trabajo. “Entretanto que venían (dice esta señora en la relación del suceso), tomando una carta de mi venerable Padre Bernardo de Hoyos, se la puse sobre la cabeza con muy firme fe y confianza de que si era para gloria de Dios nuestro Señor, había su Majestad de darle algún alivio por los méritos de aqueste siervo suyo, a honra del Corazón divino de Jesús; y apenas hice esta diligencia cuando, serenando enteramente el semblante y apaciguándose del todo, se ha reducido a comer carne, tomando primero el caldo y después la carne con un poco de leche; manjares todos que hacía más de dos años que no se los dejaban comer estos infelices espíritus”.

Hasta aquí esta Señora, quien añade en la post data: “me olvidaba de decir, que también comió pan el que la noche antes no podía tomar, y le comió con el carnero, como podía el más sano”.

Si parecen portentosos en lo natural los sucesos que acabo de referir, son mucho más admirables en lo espiritual los que confiesan haber recibido, y aún reciben algunas personas que se encomiendan al Padre Hoyos. Hemos visto los lances que en esta línea pasaron por el espíritu del Padre Juan Lorenzo Jiménez. No son menos portentosos los que pudiera referir de algún otro jesuita, amigo estrecho del Padre Hoyos; pero viviendo todavía los sujetos, sería fácil descubrir por conjeturas lo que debe estar oculto hasta su tiempo. Lo que voy a referir me lo escribe una persona que, para gloria de Dios y honor del venerable Padre Hoyos, me pide se publique en su Vida. Y es cierta religiosa, distante de esta ciudad muchas leguas, que debió en vida muchos favores al Padre Bernardo. Mas según escribe, le debe muchos más después que está en el cielo, como piadosamente pensamos. Dice así la religiosa, hablando de algunas cartas que la escribió el Padre Hoyos.

Nunca he leído estas cartas fuera de una vez, y algunas veces que sin refleja las he pasado( que explico esto porque vaya en todo verdad), que no se haya deshecho mi corazón en lágrimas de consuelo y suavidad de espíritu sintiendo en mi alma un atractivo dulce, que se enciende en deseos de buscar a mi Amado.

Si estaba turbada me serena y pone en gran paz; si distraída, recoge mis afectos; si tentada o afligida, o ya desaparece todo, o me pone en un estado tranquilo y conforme con la voluntad de Dios. En los trabajos de alma y cuerpo le experimento propicio y favorable en mis descuidos y faltas, y en ocasiones en que me he dejado llevar, he sentido terribles reprensiones hasta tanto que me vuelvo a Dios de veras apartándome de ocasiones.

A tiempos he sentido, no sé cómo es esto, pero es cierto y más que si le viera con los ojos corporales, me parece le veía como junto a mí, y siempre con el santo Angel de mi guarda. No puedo dejar de decir una circunstancia, aunque no sé cómo es esto ni entiendo en qué forma; parecíame estaba a mi lado derecho, y el santo Angel al izquierdo.

Cuando me veo en aflicciones grandes pongo una de sus cartas sobre mi corazón, y me conforta y a veces serena: siempre que he leído alguna de estas cartas siento en mi corazón argumentos y deseos de servir a Dios, de amarle, de desprecio del mundo, de más pobreza, de más humildad, y deseo de ser dejada y despreciada de las criaturas, de más suavidad y mansedumbre, de más caridad y obediencia; deseo de la gloria de Dios y bien de las almas, más desasimiento de mí misma, más deseos de penitencia y dolor de mis culpas, más vencimiento de mis pasiones y afectos, y esto no para en deseos solos, sino que me parece se practica en la ocasión con una fortaleza de alma que no sé decir cómo es; y todo por sus manos lo ofrezco, y siento en mi alma una seguridad tan grande como si lo viera, y certeza de que el Señor me le ha dado por guía, protector y Padre.

Algunas veces no se qué sentimientos del mismo Señor me lo avisa, ni sé cómo son estas cosas; algunas veces siente mi alma como un golpe, así me explico por que no sé de otra forma, en que me avisa me aparte de alguna ocasión porque tropezaré, y (si)7 despreciando este auxilio no lo he hecho, he experimentado la caída con pena y remordimiento, y he sentido haber sido este Angel quien daba este aviso en mi alma, y no sé qué luz y certeza es la que me lo asegura y da una certeza grande; me parece como si lo viera”.

Hasta aquí esta religiosa, cuyo talento y fervorosas ansias por la perfección heroica se descubren en la relación que hace; su humildad exagera sus faltas, ocasiones, caídas, etc. Estas expresiones nada más significan que alguna leve falta de aquellas, en que aun los justos caen siete veces al día, según nos previene el Espíritu Santo.

No puedo menos de referir aquí otras gracias muy estimables que ha recibido y recibe cada día una señora, más ilustre por su piedad que por su distinguido nacimiento. Hallábase muy afligida con tinieblas y desamparos terribles de espíritu; al paso que esta señora desea adelantarse en el camino de la perfección la cierra el Señor algunas veces el paso con espesas tinieblas, desamparos, angustias, dolores y toda especie de trabajos, de que el Señor acostumbra a componer la cruz de las almas fuertes.

No es esta señora de aquellos espíritus de su sexo que se rinde fácilmente a las dificultades. Ha sufrido y, gracias a Dios, sufre con varonil espíritu, favorecida de la divina gracia, todas las penas e interiores trabajos con que el Señor la prueba. Persevera, y espero en Dios ha de perseverar, como desea, en el camino en que el Señor la ha puesto, hasta el último aliento de su vida. Por el Octubre de 1733 se halló tan afligida que se determinó a escribir una carta al Padre Hoyos, a quien conocía por noticias, pidiéndole sus santas oraciones para que el Señor la fortaleciese en sus trabajos.

Lo que entonces sucedió a esta alma y sucede hoy con la respuesta del Padre Bernardo, refiere la señora de esta suerte: Consolándome en los desamparos interiores, me dice muchas cosas; pero entre otras me ofrece una casa de refugio. Y es cierto que si yo me fuese siempre a ella, hallaría cuanto deseara para bien mío, como lo encuentro cuando no soy descuidada.

”A más de esto, yo mostraré aquí a vuestra Merced una torre de refugio,8 un castillo y alcázar fuerte en que, acogida la pobrecita alma, resistirá valientemente a todo ese tropel de opresiones y ataques del enemigo, y es el soberano y dulcísimo Corazón de Jesús. Siempre deseo y pido a vuestra Merced habite en este Santuario de la Divinidad,9 metiéndose por la herida del costado10 hasta cerrarse dentro del Corazón, porque siempre se hallará bien en esta morada y saldrá rica de virtudes, de las que están preparadas en el tesoro escondido del Corazón de Jesús para las almas que le buscan.

Pero, en especial, en tiempo de combate, ya de las pasiones, ya de los demonios, ya de los hombres, ya de otro cualquier contrario encontrará vuestra Merced en el Corazón dulcísimo de Jesús muro con que defenderse, dejando burlado al enemigo, y armas con que alcanzar victoria”.

"Esta lección, Padre mío, si yo la hubiera practicado como el Padre me lo decía, bien seguro que estaría más aprovechada, pues no dudo le manifestó el Señor que por este medio quería su Amor socorrerme; y puedo decir con verdad que jamás que he practicado este consejo, he dejado de hallar lo que buscaba; sucediéndome muchas veces en lo más ofuscado de mis tormentos acudir a mi refugio señalado por este Angel, y sentirme luego con fortaleza especial; hallarme enredada con mis pasiones que me arrastraban y acudir por remedio, y luego me hallo fuerte para vencerlas, conociendo me viene de aquella fuente la fortaleza.

Hasta aquí las palabras del escrito de esta señora que (he) copiado gustoso por enseñarnos el Padre Bernardo con la doctrina que la dio, lo que todos debemos practicar para consuelo, alivio y fortaleza en nuestros trabajos.11


1           En otras notas hemos hablado del P. Manuel Padial, jesuita que se distinguió por su espíritu de penitencia. Bernardo oyó leer, en el refectorio, una reseña de su vida y desde entonces le tuvo una especial devoción. Este Padre murió en la ciudad de Granada en 1725, es decir, un año antes de entrar Bernardo en el noviciado de Villagarcía. En la partida de nacimiento del P. Padial, al margen, hay una nota que dice: “Fue Padre de la Compañía de Jesús, y en ella, en su Colegio, murió el sábado veinte y ocho de Abril de mil setecientos y veinte y cinco, con grande opinión de santidad, con aclamación universal de esta ciudad; asistió a su entierro el Cabildo de la santa Iglesia catedral con su Ilmo. Señor arzobispo D. Francisco de Perea y Porras y Mendoza” (Vida del venerable Padre Manuel Padial S. J. de Granada, por el P. Ramón García, Madrid, Librería de Gregorio del Amo, 1889, pág 232)

2           No nos consta quién pueda ser este Hermano filósofo, compañero de estudios de Bernardo en el colegio de Medina del Campo; pero sí conocemos el tiempo en que sucedió este suceso: durante la peste que azotó la ciudad castellana en el verano de 1729.

3           Preciosa expresión ésta de Bernardo: “me estreché con el Señor”, es decir, me puse a pedirle con verdadero encarecimiento y con total seguridad.

4           “la reliquia de mi Santa”: palabras que expresan de por sí el amor y confianza de Bernardo con la Santa del Carmelo.

5           Por este párrafo podemos averiguar que el tal eclesiástico de Valladolid estaba muy al corriente de la devoción al Corazón de Jesús y de sus prácticas más típicas de piedad. Lo cual quiere decir que la labor de difusión de esta devoción en la ciudad vallisoletana había sido notable. En este sentido parece corroborarse la frase del P. Juan de Loyola cuando, hablando de la difusión de estampas del Sagrado Corazón, dice que “apenas hubo lugar ni pequeña aldea en toda España, donde no se adorase por este medio el Corazón de Jesús”. El que este eclesiástico conozca bien la devoción y sus prácticas piadosas se puede explicar muy bien por lo que escribe el P. Máximo en su libro: que el Padre Bernardo “dio a sus confidentes la consigna de que en la predicación, en el confesonario, en las conversaciones privadas, y en toda ocasión exhortasen a la devoción del Corazón de Jesús.” Este medio, al parecer oculto y de poca extensión – comenta Loyola- fue inspirado del Corazón divino por los grandes frutos que produjo. Apenas las personas piadosas, especialmente religiosas, oyeron hablar de esta amabilísima devoción, cuando se encendieron en amor al Corazón de Jesús. De repente se vieron arder en llamas de amor divino muchos conventos de religiosas en la nobilísima ciudad de Valladolid, donde residía Bernardo y había nacido para España esta devoción. Porque este joven había enviado delante, como precursor, su librito” (Vida de Bernardo de Hoyos, libro III, cap 10)

6           Tal vez sea éste el primer documento, llamémosle “oficial” en cierto sentido, donde se expresa de manera solemne y con detalle de fechas, nombres y circunstancias los favores que, en ritmo creciente, concedería el Señor por intercesión del P. Bernardo de Hoyos a lo largo del tiempo. Aún no habían transcurrido dos años de su muerte y se ve que los fieles acudían a su sepulcro en la iglesia de San Miguel y se encomendaban a él.

7           Este “si” no aparece en el original, sin duda por descuido.

8           En este texto original de Bernardo se considera al Corazón de Jesús como “torre de refugio”. En las letanías del Corazón del Señor, entre otras invocaciones, se le llama: “Corazón de Jesús, refugio de los atribulados”.

9           En las Letanías al Corazón de Jesús que aparecen en el librito del Tesoro escondido, las cuatro primeras se refieren a esta idea de “santuario de la Divinidad y son: Corazón de Jesús, templo dignísimo del Padre Eterno, asiento del Verbo Divino, morada del Espíritu Santo, sagrario de la Santísima Trinidad.

10          Bernardo anima a esa señora, cuyo nombre desconocemos, a meterse por la herida del costado hasta encerrarse en el Corazón de Jesús. Es fácil que más de una vez, en el libro de Meditaciones del P. Luis de la Puente, el más usado por los novicios y estudiantes jesuitas, Bernardo clavara su mente y su corazón en la meditación de “la lanzada del costado”. En uno de sus fervorosos coloquios, se expresa así el P. La Puente: “Oh Amado de mi alma, pues abrís vuestras llagas para que yo more en ellas y me convidáis a ello, yo me determino con vuestra gracia, de hacer para mí tres tabernáculos y moradas, no en el monte Tabor, sino en el monte Calvario. Un tabernáculo será en las llagas de vuestros sacratísimos pies...; el otro será en las llagas de vuestras manos....Pero el tercero y más ancho será en la llaga de vuestro costado, contemplando continuamente la insaciable caridad con que me amasteis y os ofrecisteis a hacer y padecer todo lo necesario para mi remedio. En estos tabernáculos quiero estar de día y de noche, aquí quiero dormir, comer, leer, negociar y orar, mezclando cuanto hiciere con la consideración de vuestras amorosas y dolorosas llagas. Mas, porque yo no tengo alas para volar a ellas, dadme, Dios mío, alas como de paloma, pensamientos y aficiones puras, con las cuales, como paloma, medite y gima vuestros dolores y mis pecados, gimiendo también y suspirando por verme siempre unido con Vos con unión de perfecto amor. ¡Oh Virgen purísima que fuisteis la primera que como paloma volasteis a los agujeros de estas llagas, pedid a vuestro Hijo benditísimo me admita dentro de ellas¡ ¡Oh divino Noé, pues en el arca de vuestro cuerpo abrísteis a un lado puerta por donde entrasen los vivientes que habían de escaparse del diluvio, dadme licencia que entre por esta puerta para que el diluvio de los pecados del mundo no me anegue¡ ¡Oh Pastor soberano, pues sois la puerta por la cual entran vuestras ovejas y hallan pasto de vida eterna, tened por bien que yo entre por la puerta de vuestro costado para que halle pasto de luz y amor con que apacentar mi alma¡  ¡Oh fortísimo David, que con vuestras cinco llagas, como con cinco piedras, derribásteis al gigante Goliat, que es el demonio, aunque una sola palabra bastaba para ello¡ derribad con ella la soberbia de mi corazón, perdonad los pecados de mis cinco sentidos y entrenadlos de manera que siempre se ocupen en serviros” (Meditaciones de los misterios de nuestra santa fe, P. Luis de la Puente, edit Apostolado de la Prensa, Madrid, 1944, tomo II, parte IV, meditación 53, págs 403-404)

 11           Al terminar el último libro de la Vida del P. Bernardo de Hoyos, vemos cómo el Señor llevó a este santo jesuita por diversas sendas, que constituyeron como su itinerario espiritual y fueron las que le llevaron a una espléndida santidad. Estas sendas fueron: la devoción ardiente al Corazón de Jesús y al Corazón de María, el amor apasionado a la Eucaristía y a la Pasión del Señor, juntamente con una singular devoción a los santos Angeles y a los Santos. Pero todo ello vivido dentro de un clima espiritual, profundamente ignaciano. La Compañía de Jesús es –en frase de San Ignacio- “via ad Deum”, camino para Dios. Y ese camino peculiar del jesuita lo configuran las Constituciones y las Reglas de su Orden. Habrá observado el atento lector que con mucha frecuencia han salido en nuestras notas párrafos enteros de las Constituciones y de las Reglas. Por ello diremos, para concluir nuestros comentarios a la Vida de Bernardo, unas palabras acerca de ellas. Como escribe acertadamente el P. Antonio Astráin en su Historia de la Compañía de Jesús: Para gobernar a toda congregación religiosa y dirigirla por el camino de la perfección evangélica, se requiere, ante todo, una prudente y sabia legislación...El fundamento de todas las leyes que rigen a la Compañía son las bulas apostólicas de Paulo III y Julio III, y las Constituciones escritas por San Ignacio... Tratándose de legislación religiosa, son de uso muy frecuente estas dos palabras: Reglas, Constituciones; pero no en todas las Ordenes regulares tienen el mismo sentido. En varias religiones antiguas, las reglas, o hablando con más propiedad, la regla, en singular, significa el conjunto de principios fundamentales e inmutables, establecidos por el santo fundador, que imprimen como el carácter y sello propio a la Orden. Así decimos, por ejemplo, la regla de San Agustín, la regla de San Benito, la regla de San Francisco, indicando por este vocablo regla, las leyes primitivas, ideadas por los santos patriarcas para levantar sobre ellas todo el edificio de la vida religiosa que deseaban instituir... En la Compañía de Jesús estas dos palabras tienen sentido diferente. Llamamos Constituciones al cuerpo de leyes escrito por San Ignacio, aprobado privadamente en 1551 por los Padres más insignes de la Compañía que pudieron acudir a Roma, y confirmado e impuesto oficialmente a toda la Orden por la primera Congregación general en 1558.... Estando escritas las Constituciones en esta forma, sentíase la necesidad de reducirlas a breve compendio y expresarlas con suma concisión para poder retenerlas en la memoria. De aquí nacieron varios extractos y resúmenes que, al fin, vinieron a condensarse en el librito que llamamos Reglas de la Compañía de Jesús. En dos partes principales se divide esta obra. La primera se llama Sumario de las Constituciones, y encierra cincuenta y dos leyes, extraídas casi a la letra del Examen y de las Constituciones de San Ignacio. La segunda se intitula Reglas comunes, y es una colección de sesenta y dos reglas (incluyendo las reglas de la modestia), tomadas muchas de ellas de San Ignacio, pero algunas añadidas posteriormente. A estas dos partes principales suelen agregarse varias reglas particulares, como las reglas de los sacerdotes, de los estudiantes, de los peregrinos, etc”  Hasta aquí el P. Astráin. Como habrá visto el lector, del contenido de esas Reglas y Constituciones hemos dicho no poco para conocer así mejor el itinerario espiritual que conformó la espiritualidad del P. Bernardo de Hoyos. Ellas fueron como el “molde” en que Bernardo se metió para, a través de ellas y con la ayuda del Espíritu Santo, salir hecho “otro Cristo”. No en vano el Papa León XIII, al canonizar a San Juan Berchmans, eximio en el cumplimiento de las Reglas de la Compañía, dijo: “Preséntenme muchos jesuitas como éste, que yo los canonizaré a todos”. Podemos concluir –dice el P. Astráin- que “cuatro Padres colaboraron, principalmente, en la formación de las Reglas de la Compañía: 1º Nuestro Padre San Ignacio, que, como creador de las Constituciones, lo fue también de las principales reglas y las puso en práctica en la casa profesa de Roma, de donde se enviaban las reglas manuscritas a los otros domicilios de la Compañía. 2º El P. Jerónimo Nadal, que hizo el primer sumario de las Constituciones, preparó la edición de las reglas hecha en 1561, las promulgó después por todos los colegios de Europa, y las declaró y amplió con los innumerables avisos e instrucciones que iba dejando en todas las casas que visitaba. 3º San Francisco de Borja, que simplificó y metodizó el trabajo de sus predecesores, reduciendo las reglas a breve compendio, aunque imperfecto todavía. 4º El P. Diego Mirón, que perfeccionó el trabajo de San Francisco de Borja, ajustando el sumario de las Constituciones al texto de San Ignacio, y dando a la mayor parte de las reglas la forma definitiva en que hasta ahora perseveran” (Historia de la Compañía de Jesús, Antonio Astráin, edit Razón y Fe, Madrid, 1914, tomo II, págs. 419-421 y 438)


 
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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