Libro “Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús”, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España.
 
Algunas visiones de particular enseñanza y doctrina que tuvo el Padre Bernardo. ("Vida". Libro Cuarto. Capítulo 14).

Entre las muchas visiones, en que el Señor descubrió altísimos secretos a su fiel siervo Bernardo, me ha parecido escoger algunas pocas de singular enseñanza. Sea la primera una visión temerosa y de particular enseñanza para los pecadores. Mostrósele el Señor el año de 1729, cuando afligió a toda España la epidemia ocasionada de los rigurosos y destemplados fríos, nieves y heladas de este año.

Dirígese esta visión a mostrar a Bernardo la justísima ira del Señor contra los pecadores y los terribles estragos que ha de ejecutar en ellos, si no se convierten. Se descubre también la infinita piedad de Cristo airado, que desea le aplaquen sus siervos con oraciones y fervorosas súplicas, como lo procuró Bernardo.

La visión copiada aquí, como la hallamos entre los papeles de este joven, declara mejor todo el fin del justísimo Juez y amoroso Padre. Dice así: “El día dos de Septiembre de 1729, en que la Santa Iglesia celebra la fiesta de San Antolín,1 después de comulgar se sirvió el Señor declararme su especial providencia en esta epidemia de tercianas, y juntamente me aclaró otras inteligencias que acerca de esta materia había tenido; y el modo con que fue, le describiré difusamente, por mandado del mismo Señor Jesucristo, en cuyo nombre y a cuya gloria empiezo”.

Luego que acabé de pasar la Sagrada Forma, que en la comunión había recibido, me dio una suspensión de sentidos, con que casi perdí su uso; y al punto vi claramente un majestuoso trono, en que estaba sentado el mismo Jesucristo, vestido de inmensa gloria y con el semblante tan airado que indicaba bien su indignación,2 y yo quedé atónito de tal vista. Vi aquellos hermosísimos ojos mirando hacia la tierra con tanto ceño que sólo ése sería bastante tormento a los pecadores, a no esperarles otros.

Tenía en su mano derecha un arco flechado con una saeta todo de fuego, y que en su encendido ardor mostraba bien los estragos que haría, si llegaba a disparar el omnipotente brazo. Cercaban (como atónitos de tanta severidad, como indicaba el juez airado) su trono innumerables ángeles, ministros ejecutores de su Justicia.

Vi entonces, ilustrando Dios mi entendimiento, a todos los hombres y personas que al presente habitaban este mundo, revueltos entre sí. Aquí el deshonesto, soltando la rienda a sus carnales apetitos, se cebaba y revolvía como animal inmundo en el pantanoso cieno de sus torpezas, despreciando los llamamientos de Dios. Aquí el avariento idolatraba 3 su hacienda, precipitándose miserablemente a usar tratos ilícitos, valiéndose de malos medios para enriquecerse más. Aquí hervía el mundo en enemistades, aborreciéndose unos a otros con mortal odio.

Vi, en fin, que casi todo el mundo se empleaba en ofender a su Dios;4 pero entre los otros pecados que tenían enojado a Jesucristo sobresalían y provocaban especialmente su furor: la lujuria, la avaricia y las enemistades.

Horrorizado estaba con semejante vista, cuando se dejó ver una multitud de demonios que pedía al Juez, que estaba en el trono, venganza y castigo a tan execrables culpas. Pero no me admiró esto mucho, porque los demonios siempre son acusadores,5 aun de los buenos.

Admiróme sí, y entristecióme ver que tras los demonios se seguía un escuadrón formado de los ángeles de Guarda, y postrados todos ante el Trono del Señor, habló uno de ellos de esta manera: hasta cuándo, Señor misericordiosísimo, habéis de usar de la misericordia con los hombres, que de este modo la desprecian? Justicia, Señor, Justicia; vengad vuestros desprecios; descargad el brazo que tenéis levantado, y caiga la espada de vuestro furor sobre aquellos que se han hecho sordos a las inspiraciones que nosotros les hemos dado’.

Oyó Jesucristo tan merecidas quejas y, condescendiendo con los ángeles, vibró aquella saeta que tenía en el arco hacia la tierra; y bajando más veloz que un rayo, corrió entre la multitud de todos los hombres, causando deplorables estragos, hiriendo al pecador y confundiéndole en lo profundo del infierno: Y como si los justos fueran culpados, a muchos llegó también esta saeta, que, como a los injustos a los calabozos infernales, a los justos envió a los cielos; dejando vivos a otros pecadores, por querer Dios esperarles a penitencia.

Esta saeta y sus estragos significaban las muchas muertes, que este año había habido hasta el día 15 de Agosto. Empezaron a cesar las muertes, pero aumentáronse las enfermedades; y esto ya (es) misericordia, más que castigo.6 Así lo entendí en esta misma suspensión; porque luego que disparó el Señor el arco y arrojó la primera saeta, los justos que vivían en la tierra clamaron pidiendo misericordia.

El Juez, no satisfecho con los estragos y ruinas que causó la primera saeta, puso otra en el arco, y ya iba a disparar segunda vez porque el mundo no se daba por entendido,7 cuando los clamores y oraciones de los Amigos de Dios hicieron eco8 en los piadosísimos oídos de María Santísima, a quien ponían por intercesora con su santísimo Hijo.

Vi pues que María Santísima, puesta ante su divino Hijo, detenía el brazo que estaba para fulminar aquella saeta, y le embarazaba jugar la espada de su Justicia,9 en que entendí cuán poderosas eran las súplicas de María Santísima, pues al mismo Dios hacen resistencia.

Oyó el Hijo los ruegos de la Madre, que pedía usase de su Misericordia más que de su Justicia, sanando a tantos hombres enfermos por los pecados cometidos, y prometióla hacerlo así; mas protestando volver a irritarse y descargar el golpe sobre los hombres, si no se convertían. Y el medio para curarlos fue aumentar las enfermedades disminuyendo las muertes, aunque mezclando algunas para mayor aviso, diciendo:‘Ego percutiam et Ego sanabo’.10

Otorgadas las súplicas de la Madre Santísima, mandó el Señor publicar e intimar a los hombres que si no se convertían de corazón, no sólo enviaría enfermedades, sino también muertes, con que se pone límites a la precipitación con que los hombres se arrojan a pecar.

Este es el estado presente: no hay muchas muertes; pero hay muchas enfermedades, con que el Señor quiere llevar a sí a los pecadores. Parece castigo, pero es favor; como se experimentará, si no se enmiendan los hombres; pues vendrá entonces el verdadero castigo; este es el que aprieta y está en las manos de los hombres que venga o deje de venir; que vendrá, es cierto, pues, como dije, mandó el Señor se intimase a los hombres su venida y con esta condición otorgó el Señor las súplicas de María Santísima, que también pedía con la misma condición.11

Después que el Señor se inclinó a la misericordia, mandó al Príncipe de los ejércitos celestiales San Miguel que intimase el castigo. Y luego vi un nuevo escuadrón de ángeles, guiado de San Miguel, que tenía una espada de fuego en su mano; y volviéndose a los hombres con voz terrible y espantosa, que como un trueno resonó en el aire, dijo aquellas palabras del salmo 7: ‘Nisi conversi fueritis, gladium suum vibrabit; arcum suum tetendit et paravit illum; et in eo paravit vasa mortis; sagittas suas ardentius fecit’. 12 Dichas estas palabras por San Miguel, se volvió el Señor a mí y me dijo que escribiese todo lo que había visto.

El día cuatro de este mismo mes13, acabado de comulgar, vi a San Miguel que, del mismo modo y con voz tan terrible y espantosa como el otro día, exclamó en estas palabras: ‘Ay de los lujuriosos, que con sus pecados dan de coces14 y pisan al Unigénito del Padre! Ay! Pues ya que ahora ceban sus torpes apetitos, han de servir de cebo al fuego abrasador por toda una eternidad. Ay de ellos! Porque ya se les concede no más que un corto plazo de vida a muchos, y si no se aprovechan, antes de mucho serán arrojados en las cavernas infernales.

Ay de los avarientos! Porque, además de los tormentos y penas que pasan en esta vida por las cosas perecederas, padecerán otros mayores en el infierno; y si no se arrepienten, muchos en breve tiempo dejarán con la vida las haciendas y riquezas, causa de su condenación.

Ay de aquellos que se aborrecen con mortal odio, hiriendo al Señor en las niñas de sus ojos! Porque si no se valen del tiempo que se les concede para hacer penitencia, han de proseguir sus odios por una eternidad, privados de poder arrepentirse’. Estas inteligencias han sido estos días.15

Mucho tiempo ha que en casi los más favores, siempre me incitaba el Señor a que pidiese con mucho ahínco el bien de las almas y el remedio de los pecadores16, exhortando ya con palabras, ya con visiones compasivas, de que pudiera decir mucho, porque como su Providencia tenía preparada esta ocasión, quería que las súplicas de María Santísima a que siempre he instado de antemano, se comenzasen; de suerte que ahora conozco claramente los fines secretísimos del Señor en lo que mucho antes me había significado en este punto”.

Hasta aquí la terrible e instructiva visión del soberano Juez de vivos y muertos, que castiga forzado de nuestras culpas. Pero más terrible y espantosa es la visión que tuvo el año siguiente de 1730 acerca del infierno con que Dios omnipotente, ofendido de los pecadores, los castiga en los calabozos infernales. Las palabras de Bernardo nos abrirán sus puertas, para que veamos las terribles penas y temblemos del peligro de pecar, 17 en que vivimos, y consiguientemente condenarnos a tan terribles tormentos. Dice, pues, así:18

Estando en oración el día 9 de Enero de este año de 1730,a cosa de las 10 menos cuarto de la mañana, me hallé de improviso en un campo espacioso, camino derecho del Infierno.Vi a Cristo, nuestro bien, en el aire, que me encomendaba a mi santo Angel; quien, volviéndose a mí, me dijo: ‘Veni et ostendam visionem hanc magnam’. Empecé a seguirle; repente abrió la tierra una boca, por donde entró mi Angel y yo en su seguimiento, para ver esta gran visión cuando de los desdichados, en quienes ejecuta su furor el omnipotente brazo de la divina Justicia.

A pocos pasos vi salir por la misma abertura de la tierra por donde yo había entrado una gran multitud de demonios, que, habiendo arrojado en las llamas infernales las muchas almas que habían ganado en la mortandad numerosa de esta epidemia pasada, volvían al mundo a tender sus redes para precipitar en el abismo a otras miserables.

Ya habríamos andado unos veinte pasos, cuando me dijo mi Angel: ‘Vide et scribe’, y al punto saliendo de aquel callejón por donde había entrado, vi una cueva inmensa de fuego revuelto en humo y que aun la misma luz negaba. Eché los ojos por aquella inmensidad de fuego, pero ni alcanzaba el fin, ni veía a donde llegaba su anchura.

Bien hube menester aquí me animase la presencia del Angel, pues sola esta primera visita bastaba a quitarme la vida. Percibí un hedor intolerable, un ruido espantoso, unos gritos descompasados y unos aullidos como de perros rabiosos. Vi que, impelidos de furor y de rabia, saltaban hacia arriba algunos condenados y caían precipitados de los demonios, como una grande piedra a su centro, a la voracidad de las llamas.

Volvióse el Angel a mí, y díjome: ‘Attende magis’;19 y luego vi cómo se castigaban los pecados deshonestos.Vi una laguna helada junto a un globo de fuego abrasador; y los infernales ministros ya arrojaban en el fuego a aquellos infelices y cuando más rabiosos estaban, con grande ímpetu al agua helada, para que pasando de un extremo a otro fuese mayor su tormento; ya con lanzas de fuego, con espadas y otros espantosos instrumentos traspasaban de parte a parte a los miserables; y les cortaban las cabezas, que, para que padeciesen más, se volvían a juntar; ya deshacían sus abrasados cuerpos con peines de fuego, ya despedazaban sus miembros con ruedas de navajas muy agudas.

Con estos y semejantes tormentos eran atormentadas aquellas furias malditas que, deshechas en rabiosa y desesperada cólera, mordían los instrumentos con que les afligían, haciéndose nuevas heridas, y contra sí mismos llenos de furor diabólico, arrojando mil maldiciones, eran más crueles verdugos, despedazándose con sus uñas y dientes.

Así, así, se les recompensaban los deleites carnales, con que en sus deshonestidades se recreaban; y el fuego de la concupiscencia se había vuelto en aquel fuego, que les abrasaba las íntimas médulas de los huesos y las mismas entrañas; las camas regaladas se convirtieron en agua helada, en que se helaban los tuétanos, y padecían tal frío que se les desencajaban los huesos.

Vi luego otra separación, donde los avarientos estaban penando. Estaban con las bocas abiertas para poder recoger un poco de aire, y aun éste les faltaba. Símbolo de lo que hacían mientras vivían, pretendiendo atraer con su ambición el mismo aire; querían respirar por desahogar el incendio que les consumía las entrañas y no conseguían ni este alivio.

Estaban tan estrechos que ni revolverse podían cuando los demonios los maltrataban con cruelísimos azotes y otros tormentos, que fuera largo referir.

Los que habían pecado con jurar y blasfemar a la bondad de Dios, arrojaban serpientes de sus asquerosas bocas, que se ceñían con ellas y les iban despedazando. Y los demonios les herían en la boca, ya cortándoles la lengua, ya desbaratándoles la dentadura; ya metiéndoles barras de hierro ardiendo; ya embutiéndoles plomo derretido, que les penetraba todos los huesos; ya con otras trazas diabólicas les causaban atrocísimos tormentos y acerbísimos dolores.

Los que habían estado enemistados proseguían su odio con un rencor insaciable, y estando tan juntos a sus enemigos, como los ladrillos en el horno, se despedazaban entre sí de furor y rabia causándoles un tormento indecible la presencia de sus enemigos. Otros varios géneros de tormentos vi, con que se castigaban otros pecados, que fuera largo referir.

Yo iba siguiendo a mi Angel por una senda estrecha y llegué a otra separación, donde vi muchos demonios con grande algazara atormentando a un gran personaje, bien conocido en el mundo, aunque no entendí quién era, y la causa de su condenación fue su impiedad para con los pobres.

Vi un yunque de fuego, sobre el cual extendieron a este miserable los demonios, y con varios instrumentos le hacían gigote20 desmenuzando su cuerpo en pequeñas partes a fuerza de recios golpes, y para su mayor pena, luego que le habían hecho pequeños pedazos, se volvían a juntar, y los demonios volvían a ejecutar en él su rabia con atroces tormentos, y él centellando llamas de furor, se maldecía y execraba a si, a sus riquezas y deleites. Mas los ministros diabólicos le daban baya21 y le hacían burla diciéndole que de qué se quejaba? Que si no era aquella buena cama? Que viese cómo cuidaban de su alivio habiéndole preparado, en lugar de las conveniencias que tenía en el mundo, aquellas con que le regalaban.

Horrorizado estaba yo de lo que veía, aturdido de las blasfemias que oía contra Dios y su Santísima Madre (lo cual me causaba tal dolor que era bastante a quitarme la vida, si Dios milagrosamente no me la conservara), atónito con los monstruos que se me mostraban y, fuera de mí de la gritería y alaridos que oía, eché los ojos adelante y no veía término habiendo andado grandes pasos, cuando mi Angel me dijo: ‘Veni , et vide, et quae videris, scribe’;22 entonces se abrió la senda por donde íbamos y me hallé en otro seno inferior, aún más horroroso que el pasado.

Aquí estaban los malos e indignos sacerdotes, que precipitada y sacrílegamente habían tenido osadía para recibir en sus malditas manos y en sus almas al Hijo de la Virgen. Padecían tales penas que todas las que dicho eran pocas en su comparación, y si todos los miembros de mi cuerpo se convirtieran en lenguas, no pudieran darlas a entender.

Eran atormentados principalmente en las partes en que tuvieron la Hostia consagrada. Las manos se les deshacían de dolor y estaban hechas carbones encendidos. Las malditas lenguas todas despedazadas y colgando fuera de la boca, en señal de sus sacrilegios: todo el interior, especialmente el corazón, se abrasaba en fuego, reventando con terribilísimos dolores.

Vi que, entre otros, se levantaba, como la culebra cuando salta, un mal sacerdote que yo conocí y murió de repente ahora cinco meses; era muy escandaloso y murió con gran rabia como un fiero basilisco, pero cayó luego en lo más profundo de la hoguera.

De este seno me puso el Angel en otro tercero, donde eran mayores las penas y tormentos; y en él estaban aquellos que habían sido más visitados de Dios con sus inspiraciones y sus auxilios, y ellos, ingratos y desagradecidos, los despreciaron pisando la sangre de Jesucristo. Estos padecían mucho más por su misma conciencia y memoria de que podían haber aprovechado de las inspiraciones.

Mostróme Dios lo que les aflige este gusano roedor de la conciencia; y es la pena mayor, fuera de la de daño. Púsome el Angel de repente sobre todos tres senos, e ilustróme el Señor para que conociese lo que es la pena de daño. Oh horror! No hay palabras para explicarla.

Este es el mayor y más horrible tormento: estar privado por toda una eternidad de ver la cara de Dios. Todos los tormentos de los condenados, mil veces doblados, padecería uno solo eternamente si fuese compatible con ver a Dios. El corazón se quebranta y el cuerpo se me estremece en esta consideración. No hablo difuso de esta pena, porque la voluntad de Dios es no hable ahora de este daño”.

La tercera visión que me ha parecido copiar aquí es una de particular doctrina y enseñanza para los Jesuitas. Solo ella basta para que todos procuremos perseverar en la Compañía de Jesús, teniendo como la suma desgracia la expulsión de este paraíso en la tierra. Fúndase la visión en una parábola del evangelista San Lucas, que nuestro joven explica con la luz, que el Señor le comunicó en esta ocasión. El título de la revelación dice así:

Visión simbólica, que mostró Dios a una persona,23 de lo que la Compañía de Jesús practica con sus hijos díscolos, trasladada por las palabras de la persona que la tuvo, y con la explicación que de ella se la dio. Sus palabras son las siguientes, comunicándola a su Director.

Encomendando a Dios las cosas de la Religión de la Compañía de Jesús, a quien entrañablemente amo, y cuyos progresos me hace la luz divina, que de sus cosas tengo, desear ardientemente, me mostró el Señor la visión siguiente acerca de los hijos que arranca de sí, como a miembros podridos. Vi un hermoso jardín cercado de una vistosa muralla, y se le ofrecían al alma unas palabras de la Escritura, que dicen: ‘Hortus conclusus, soror mea sponsa,24 aunque tenía puertas que se abrían para que unos entrasen y otros saliesen.

Tenía este hermoso huerto variedad primorosa de vistosos árboles. Vi bajar por el aire a nuestro Señor Jesucristo y empezar a registrar la hermosura del jardín; al cual servía de jardinero San Ignacio de Loyola, que tenía un instrumento en la mano propio del oficio, y tenía otros subdelegados o segundos jardineros, que andaban por todo el jardín.

Empezó Cristo Señor nuestro a registrar unos árboles con ojos apacibles, mostrando en su divino rostro la complacencia que en ellos tenía. Y reparaba yo que todos los árboles, en que el Señor se agradaba, o estaban cargados de frutos, (aunque los frutos eran diferentes) o tenían algunos, o tenían hojas y flores, u hojas solas, pero en los que tenían hojas solas, entendía yo se agradaba no por las hojas, sino porque preveía las flores y frutos. Pero no en todos los que estaban vestidos de hojas mostraba agrado, antes a algunos les miraba con severidad.

En medio de los árboles fructíferos solía encontrar algunos, que mudaban su divino rostro de alegre en triste, de apacible en airado, y de gustoso en enojado; llamando luego al jardinero principal: San Ignacio, le decía, que mirase árbol (el cual estaba lleno de hojas, pero torcido, o medio seco, o todo seco), y le decía después al Santo: ‘Succide eam: ut quid terram occupat? Succide eam et in ignem mittatur’.25

A veces inmediatamente le daba el Santo un golpe y avisaba a sus vicarios le diesen, y caía en el suelo de modo que hasta las raíces salían de la tierra, y luego sus ministros o segundos jardineros, a la voz del Santo que decía:‘Mittatur foras’,26 abrían la puerta y les echaban fuera del huerto, y por otra puerta solían meter otros árboles, que ocupaban el lugar de los expulsos.

Otras veces, cuando Cristo decía a San Ignacio:‘Succide eam, ut quid terram occupat’, solía el Santo suplicarle al Señor que dilatase por algún tiempo cortar aquel árbol, que se le aplicarían algunos remedios, y que si no diese fruto le arrancaría. Cuando el Santo lo pedía, casi siempre, se le concedía a la primera súplica, aunque alguna vez le respondía el Señor que bastante tiempo había tenido para dar frutos o a lo menos flores; que le cortase, que él le daría otras plantas que serían más fructuosas, que bastantemente se le había beneficiado, dejándole ocupar la tierra que, si ocupase otro, ya tuviera abundantes frutos.

Pero el Santo volvía a suplicar y lo concedía el Señor, y los medios que el Santo Jardinero tomaba para beneficiar los árboles eran varios: a los que estaban llenos de hojas sin flores y sin frutos, quitaba mucho follaje, y quitaba la pompa que hacían en lo alto; a los que estaban medio secos, cortaba las ramas secas, aunque no todas se dejaban desmembrar; a los que estaban del todo secos regaba más a menudo, y les beneficiaba más que a los otros; y si no reverdecían, les ponía un cerco de piedra para darles más lugar a que reverdeciesen, y para que, si de puro secos cayesen, o se inclinasen hacia el un lado antes que les cortasen, no derribasen o torciesen con su caída o inclinación, a los inmediatos.

Y si con todo eso no reverdecían, luego daba sentencia para cortarles, y les cortaba él o llamaba a los segundos jardineros que lo hiciesen: lo ordinario era cortarles él mismo, y entregarlos, ya cortados de raíz, a los otros jardineros para que abriesen las puertas y les echasen fuera.

Reparé que uno u otro árbol, aunque con flores y frutos, de repente los perdía y quedaba solo con hojas, o seco, y también pasaba la sentencia que los demás que estaban secos, y éstos causaban al mismo Cristo, a San Ignacio y a los otros jardineros especial compasión, y aun los otros árboles, al oír tal golpe con que iban a caer, temblaban.

Paseó Cristo todo el jardín del modo que queda dicho, y después dijo al jardinero principal que aquel Jardín era donde tenía sus delicias, con especialidad, y que así velase e hiciese velasen los otros jardineros; para que todos los árboles estuviesen o con frutos o con flores (que en algunos servirían éstas de frutos); que él también velaba sobre las plantas de su jardín.

Y que, cuando fuese su voluntad, bajaría a él a cortar algunos árboles según su sazón, y que todos habían de ser trasplantados a donde habitaba el mismo San Ignacio; y que ésta era la razón por que se habían de cortar los árboles infructíferos y echarlos fuera (para que las promesas, dijo, que he hecho a ti y a otros mis siervos, de que todos sus árboles se salvarán, se cumpla) y que los que echaban fuera rarísimo daba fruto en otra tierra. Cuando el Señor dijo esto a San Ignacio se me representó al vivo lo de los Cantares: ‘Dilectus descendit in hortum suum ad areolam aromatum, ut ibi pascatur in hortis et lilia colligat’.27

Breve explicación.

Esta visión simbólica es casi lo mismo que la parábola de Cristo por San Lucas al cap. 13, cuya inteligencia se me iba infundiendo, al paso que iba viendo lo referido, con tan vivas visiones, con tan superiores sentimientos, que exceden la explicación; pero los símbolos de esta visión son tan claros que no necesitan más expresión, y así sólo brevemente digo la significación.

El jardín cercado y con puertas es la Compañía de Jesús, circunvalada de sus santas Reglas, con libertad para recibir y despedir. El primer jardinero es San Ignacio, los otros los Generales, Provinciales y Superiores. Los árboles son los individuos, unos con los frutos de virtudes, otros con las flores de deseos, otros con las apariencias exteriores de la modestia, etc. que es el principio de los frutos.

Todo el jardín o cuerpo de la Compañía es de mucho agrado de Dios, algunos árboles no: o por no tener más que apariencias, o por no guardar las reglas, que es estar medio secos, o por estar secos, que están en pecado mortal, y son díscolos, escandalosos, etc.

Estos muestra el Señor a San Ignacio, y el Santo dispone no se encubran a los Superiores; el Señor manda se les expela de la Compañía; a veces se hace inmediatamente arrancándoles de raíz (esto es los frutos);a veces les espera el Señor a penitencia, enviándoles ocasiones en que procuren frutos, si sólo tienen hojas; inspirándoles si son medio secos y contándoles las ocasiones; o inspirándoles, y poniéndoles reclusos28 los Superiores para que no dañen a otros con su ejemplo.

Y para que tenga más lugar de la enmienda y para juzgar su causa: Córtales primero San Ignacio, porque del cielo sale la sentencia definitiva; abren las puertas los Superiores, porque efectivamente los despiden. Suelen a veces caer por los altos juicios de Dios los que empezaron bien, y sirven de ejemplo a los demás, que se estremecen viendo los juicios de Dios. Velan los Superiores, vela San Ignacio y vela el mismo Cristo disponiendo se manifiesten.

Las palabras últimas de Cristo significan que todos los que murieren en la Compañía se han de salvar, como ha revelado muchas veces a sus siervos,29 y lo hace, aun en lo humano verosímil el que se despidan los malos, de los cuales rarísimo se salva”.

Hasta aquí las palabras de la persona que tuvo la revelación, comunicándola a su Director. Y esta es la visión de los expulsos de nuestra Compañía, cuya doctrina fundada en el sagrado Evangelio es sólida y de particular enseñanza para nosotros. Pero con proporción comprende a todos los Religiosos. Todas las sagradas Religiones son amenos jardines de la Santa Iglesia; y si por alguna lastimosa infelicidad algún religioso saliese de su Religión, llevaría como un carácter de réprobo y de condenación eterna.


1           Diácono y mártir. Patrono de la ciudad y diócesis de Palencia, a la que pertenecían en aquel tiempo tanto Medina del Campo, donde se encontraba entonces el Hermano Bernardo de Hoyos, como Villagarcía de Campos, donde había hecho su noviciado, y en cuya capilla-relicario existe una preciosa talla de este santo, tallada por Tomás de Sierra, artista de renombre que tenía su taller en Medina de Rioseco.

2           Bernardo queda impresionado por la indignación que aparece en el rostro de Jesucristo y le impactan de modo especial los ojos del Señor. No sólo Bernardo, otros santos han experimentado esta vivencia mística, como por ejemplo Santa Teresa de Jesús, quien en más de una ocasión relata algo parecido. Recién entrada en el monasterio de la Encarnación, cuando tiene amistades y tratos con seglares que le hacen mucho daño, sin que ella cayera en la cuenta, dice que estando en el locutorio con una persona “representóseme Cristo delante con mucho rigor dándome a entender lo que de aquello le pesaba. Vile con los ojos del alma más claramente que le pudiera ver con los del cuerpo y quedóme tan impreso que ha esto más de veintiséis años y me parece lo tengo presente. Yo quedé muy espantada y turbada...” (Libro de la Vida, cap 7, nº 6)

3           El texto original dice: en su hacienda. Omitimos el en para dar sentido a la frase.

4           Tras esta frase de Bernardo adivinamos el eco de aquella contemplación de la Encarnación que pone San Ignacio en sus Ejercicios. Considera tres escenarios: el de la Divinidad, el del ángel Gabriel trayendo el mensaje a la Virgen y el del estado de la humanidad. “El primer punto es ver las personas, las unas y las otras; y primero las de la haz de la tierra, en tanta diversidad, así en trajes como en gestos, unos blancos y otros negros, unos en paz y otros en guerra, unos llorando y otros riendo, unos sanos, otros enfermos, unos naciendo y otros muriendo, etc. 2º: ver y considerar las tres personas divinas, como en el su solio real o trono de la divina majestad, cómo miran toda la haz y redondez de la tierra y todas las gentes en tanta ceguedad, y cómo mueren y descienden al infierno. 3º: ver a Nuestra Señora y al ángel que la saluda, y reflectir para sacar provecho de la tal vista. 2º punto.El 2º: oir lo que hablan las personas sobre la haz de la tierra, es a saber, cómo hablan unos con otros, cómo juran y blasfeman, etc; asimismo lo que dicen las personas divinas, es a saber: “Hagamos redención del género humano”, etc; y después lo que hablan el ángel y Nuestra Señora; y reflectir después para sacar provecho de sus palabras. 3º punto. El 3º: después mirar lo que hacen las personas sobre la haz de la tierra, así como herir, matar, ir al infierno, etc....” (Libro de los Ejercicios espirituales, nº 106-108)

5           En el Apocalipsis se llama al diablo “el acusador de nuestro hermanos”. Aparece también como el perseguidor de los que creen en Jesús. La figura del dragón rojo, tratando de devorar al niño que iba a dar a luz la Mujer, es quizás la imagen más brillante de esta lucha y combate contra las fuerzas del Reino. Vista su derrota ante la Mujer (la Iglesia, la Virgen María) “entonces, despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (Apoc 12, 17). Pero antes cuenta San Juan el combate entre las dos fuerzas angélicas: “Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Angeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Angeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Angeles fueron arrojados con él....¡Ay de la tierra y del mar! Porque el Diablo ha bajado donde vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo” (Apoc 12, 7-9.12) (Traducción de la Biblia de Jerusalén)

6           El rostro de Dios que presenta Bernardo en esta visión es un rostro señalado no menos por la misericordia que por la justicia. Es crucial en la vida de un creyente poseer el “auténtico” rostro de Dios. Se puede desfigurar tanto...! El peligro está siempre en los extremos: ni un Dios implacable y vengativo, a fuer de querer exaltar su Justicia; ni un Dios bonachón, que pasa por todo, algo parecido –se ha escrito- “a un emir oriental, cuyas barbas destilan bálsamo y ternura, y con una caña verde en las manos para no hacer daño”. Un Dios así sería un monigote. Ese no es el Dios de Jesús de Nazaret. El rostro de Dios que aparece aquí es el de un Dios misericordioso, que se ve obligado por la cerrazón de los hombres a castigarlos con el fin de que reconozcan sus malas acciones, se arrepientan y cambiando de conducta se salven. Dios es siempre Salvador o dejaría de ser Dios. Pero a su vez, el hombre no es ningún muñeco; es un ser libre y, como tal, se encuentra ante la encrucijada existencial de su vida: “

7           El gran problema del hombre es su cerrazón ante Dios. Toda la Escritura está llena de historias de olvido, desprecio, cerrazón ante Dios. El salmo 94, que hace rezar la Iglesia a sus sacerdotes todos los días al comenzar el Oficio divino, se expresa así: “Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras. Durante cuarenta años aquella generación me asqueó, y dije: Es un pueblo de corazón extraviado, que no reconoce mi camino...” Lo reconocerá o no lo reconocerá, pero éste es el problema más serio que ha tenido y tiene planteado la humanidad: escuchar a Dios. En varios pasajes de la Biblia se le dice al ser humano que ha de escoger lo que él desea ser o hacer, pero siempre usando del don inestimable de su libertad: “Si quieres, guardarás sus mandatos, porque es prudencia cumplir su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua, echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja” (Eclesiástico 15, 16-18). Y en el Deuteronomio: “Mirad: hoy os pongo delante maldición y bendición: la bendición, si escucháis los preceptos del Señor vuestro Dios que yo os mando hoy; la maldición, si no escucháis los preceptos del Señor vuestro Dios y os desviáis del camino que hoy os marco...” Deut 11, 26-28)

8           Como dice el Cardenal Danielou en su libro Los Santos del Antiguo Testamento, el papel de los justos y de los inocentes es salvar a los pecadores. Los sufrimientos y catástrofes que se producen en la historia humana sirven para avivar el espíritu de amor y de generosidad de los buenos, que se sacrifican por todos sus hermanos. Siempre será verdad que “a quienes aman a Dios, todo se les convierte en bien”.

9           Esta imagen de la Virgen deteniendo el brazo justamente airado de su Hijo encierra en sí el mensaje de la “intercesión” de María. Dios ha constituido a María como Medianera e intercesora ante su Hijo. Así aparece en las Bodas de Caná. No se trata de que la Virgen sea más misericordiosa que su Hijo Jesucristo. El Señor es la misma Misericordia, el Manantial fontal de donde María saca su maternal misericordia para con los hombres. Esta imagen que aquí pone Bernardo de Hoyos indica, entre otras cosas, que a su Madre la ha hecho “Reina y Madre de misericordia”, mientras que El se ha reservado el juicio: “Aquel día, cuando el Hijo del hombre venga revestido de majestad y acompañado de todos sus ángeles, se sentará sobre su trono de gloria. Y en su presencia se reunirán todas las naciones; y él separará a unos y a otros como el pastor separa las ovejas de los cabritos, poniendo las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el rey a los que están a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del reino que está preparado para vosotros desde la creación del mundo...” (Mt 25, 31-34). Felices los hombres que se remiten al juicio de Dios, que es infinitamente más justo que el de cualquier hombre. No en vano decía Jesús: “No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados, perdonad y seréis perdonados”.

10          “Yo doy la muerte y doy la vida, hiero yo y sano yo mismo (y no hay quien libre de mi mano)” (Deut 32, 39b)

11          Dios desea y quiere el bien del hombre; pero ante la rebeldía del ser humano el Señor se ve forzado a enviarle sufrimientos y dolores que le hagan reflexionar y volver de nuevo al verdadero camino. Por eso en la Escritura no es raro que el Señor amenace con ejecutar una fuerte corrección. La Iglesia acude a esos textos, sobre todo en tiempo de Cuaresma, que es el tiempo de la conversión. Quizás sea el profeta Joel quien resuma mejor lo que queremos decir. En el Miércoles de ceniza escuchamos su voz, diciendo: “Dice el Señor todopoderoso: Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones, no las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro; porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas. Quizá se convierta y se arrepiente y nos deje todavía la bendición, la ofrenda, la libación del Señor nuestro Dios....” (Joel 2, 12-15)

12          “Si no os convertís, afilará su espada, tensará el arco y apuntará. Apunta sus armas mortíferas, prepara sus flechas incendiarias” (salmo 7, 13-14)

13          Setiembre de 1729. La visión del Juicio la tiene Bernardo en los primeros días de septiembre, comenzando en el día de San Antolín.

14          El texto original escribe: cozes.

15          Son tres tipos de pecadores los que aparecen en esta visión de Bernardo: los lujuriosos, los avariciosos y los enemistados.

16          Bernardo siente el impulso, dado por el Señor, de pedir fervorosamente por los pecadores; es el Señor quien le incita a ello con sus inspiraciones y deseos, y en este caso, con esa visión del Juicio.

17          En esta frase del P. Juan de Loyola intuimos aquella petición que Ignacio de Loyola hace en la meditación contemplativa del infierno: “será aquí pedir interno sentimiento de la pena que padecen los dañados, para que si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, a lo menos el temor de las penas me ayude para no venir en pecado” (Ejercicios nº 65)

18          Tenemos aquí una relación de la visión del infierno, que tuvo Bernardo aquel 9 de enero de 1730. Precisa incluso la hora: a las diez menos cuarto de la mañana. Todavía es más famosa y conocida la que cuenta Santa Teresa de Jesús en el Libro de su Vida. La transcribimos aquí para poder cotejar ambas relaciones. En el texto de la visión de Bernardo ponemos en negrita las frases más significativas, como hacemos con el texto de la Santa de Avila.

      Es interesante ver el epígrafe que se puso al capítulo en que ella lo cuenta: “Capítulo XXXII, en que trata cómo quiso el Señor ponerla en espíritu en un lugar de el infierno que tenía por sus pecados merecido. Cuenta una cifra de lo que allí se le representó para lo que fue...” Y, acto seguido, comienza la Santa el relato de su vivencia mística del infierno, con estas palabras: “Después de mucho tiempo que el Señor me había hecho ya muchas de las mercedes que he dicho y otras muy grandes, estando un día en oración, me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me parecía estar en el infierno. Entendí que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado y yo merecido por mis pecados. Ello fue en brevísimo espacio; mas aunque yo viviese muchos años me parece imposible olvidárseme. Parecíame la entrada a manera de un callejón muy largo y estrecho, a manera de horno muy bajo y oscuro y angosto; el suelo me pareció de un agua como lodo muy sucio y de pestilencial olor y muchas sabandijas malas en él; a el cabo estaba una concavidad metida en una pared, a manera de una alacena, adonde me vi meter en mucho estrecho. Todo esto era deleitoso a la vista en comparación de lo que allí sentí. Esto que he dicho va mal encarecido.

           Estotro me parece que aun principio de encarecerse como es no le puede haber ni se puede entender; mas sentí un fuego en el alma, que ya no puedo entender cómo poder decir de la manera que es. Los dolores corporales tan incomportables que, con haberlos pasado en esta vida gravísimos y, según dicen los médicos, los mayores que se pueden acá pasar (porque fue encogérseme todos los nervios cuando me tullí, sin otros muchos de otras maneras que he tenido y aun algunos, como he dicho, causados del demonio), no es todo nada en comparación de lo que allí sentí y ver que habían de ser sin fin y sin jamás cesar. Esto no es, pues, nada en comparación del agonizar del alma: un apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sensible y con tan desesperado y afligido descontento que yo no sé cómo lo encarecer. Porque decir que es un estarse siempre arrancando el alma, es poco, porque aun parece que otro os acaba la vida; mas aquí el alma misma es la que se despedaza. El caso es que yo no sé cómo encarezca aquel fuego interior y aquel desesperamiento sobre tan gravísimos tormentos y dolores. No veía yo quién los daba, mas sentíame quemar y desmenuzar, a lo que me parece, y digo que aquel fuego y desesperación interior es lo peor.

Estando en tan pestilencial lugar tan sin poder esperar consuelo, no hay sentarse ni echarse ni hay lugar, aunque me pusieron en éste como agujero hecho en la pared; porque estas paredes que son espantosas a la vista, aprietan ellas mismas y todo ahoga. No hay luz, sino todo tinieblas oscurísimas. Yo no entiendo cómo puede ser esto que, con no haber luz, lo que a la vista ha de dar pena, todo se ve. No quiso el Señor entonces viese más de todo el infierno; después he visto otra visión de cosas espantosas, de algunos vicios el castigo. Cuanto a la vista, muy más espantosos me parecieron, mas como no sentía la pena no me hicieron tanto temor; que en esta visión quiso el Señor que verdaderamente yo sintiese aquellos tormentos y aflicción en el espíritu como si el cuerpo lo estuviera padeciendo. Yo no sé cómo ello fue, mas bien entendí ser gran merced y que quiso el Señor yo viese por vista de ojos de dónde me había librado su misericordia. Porque no es nada oirlo decir ni haber yo otras veces pensado en diferentes tormentos (aunque pocas, que por temor no se llevaba bien mi alma) ni que los demonios atenazan ni otros diferentes tormentos que he leído; no es nada con esta pena, porque es otra cosa. En fin, como de dibujo a la verdad, y el quemarse acá es muy poco en comparación de este fuego de allá.

Yo quedé tan espantada y aun lo estoy ahora escribiéndolo, con que ha casi seis años, y es así que me parece el calor natural me falta de temor aquí donde estoy. Y así no me acuerdo vez que tengo trabajo ni dolores, que no me parezca nonada todo lo que acá se puede pasar y así me parece, en parte, que nos quejamos sin propósito. Y así torno a decir que fue una de las mayores mercedes que el Señor me ha hecho, porque me ha aprovechado muy mucho, así para perder el miedo a las tribulaciones y contradicciones de esta vida como para esforzarme a padecerlas y dar gracias al Señor que me libró, a lo que ahora me parece, de males tan perpetuos y terribles.

Después acá, como digo, todo me parece fácil en comparación de un momento que se haya de sufrir lo que yo en él allí padecí. Espántame cómo habiendo leído muchas veces libros adonde se da algo a entender las penas del infierno, cómo no temía ni tenía en lo que son. ¿Adónde estaba? ¿cómo me podía dar cosa descanso de lo que me acarreaba ir a tan mal lugar? Seáis bendito, Dios mío, por siempre” (Libro de la Vida, cap 32, 1-5)

Como dice el P. Efrén de la Madre de Dios en su Biografía de Santa Teresa (Obras de Sta Teresa, Bac, Madrid, 1951, págs 295-297): “Aquella visión (ésta que hemos transcrito) no fue una mera visión, sino visión con fines purgativos, distinta de otras en que ella intervenía como simple espectadora. Los efectos penosos quedaron durante muchísimo tiempo agarrados a su alma. Ahora bien; por la proporción que guarda la pena de sentido con los pecados que se han de purgar, podemos discretamente barruntar en los efectos de visión los pecados correspondientes, o más bien las ocasiones en que había incurrido (Sta Teresa)....

En réplica a todo esto podemos entresacar: los cuidados excesivos y el atavío de su persona, en el lodo sucio, pestilencial y lleno de sabandijas; la disipación y soltura de sentidos, en las paredes espantosas a la vista; las imaginaciones de los libros de caballerías, en las tinieblas oscurísimas; el ambiente mundano al que se aficionó, en el ahogamiento y disgusto rabioso; las libertades que se tomó a espaldas de su padre, en la apretura de aquella concavidad donde se vió en mucho estrecho. No aparece, en cambio, ningún síntoma de los castigos reservados a los pecados carnales...

Hay lecciones tremendas en esta visión teresiana. Ella no había ciertamente merecido el infierno, merced a su rectitud de intención e ignorancia del mal. No era aquella pena la verdadera del infierno, que como eterna no puede ser comunicada en su propio sabor; pero era una muestra del linaje de tormento que merecen los desórdenes que deja el mero resabio de un pecado grave. Amarga enseñanza para los que creemos que con sólo cerrar los ojos al mal estamos inmunizados contra sus efectos....”

Si comparamos las dos visiones del infierno: la de Santa Teresa y la de Bernardo de Hoyos, observamos una serie de coincidencias. Ambos la tienen “estando en oración”; incluso el comienzo del relato es parecido en los dos: “estando en oración me hallé de improviso en un campo espacioso, camino derecho del infierno” (Hoyos); “estando un día en oración, me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me parecía estar metida en el infierno” (Santa Teresa)

La visión de Bernardo es meramente contemplativa, lo ve como un espectador. En cambio, Santa Teresa experimenta y siente el desespero y sufrimiento del infierno en alguna manera. Es una visión purificativa.

Santa Teresa lo ve como un callejón largo y estrecho, habla del olor pestilencial, del suelo de lodo sucio, de la cavidad estrecha en la pared a modo de alacena... (son calidades de tipo visual y del sentido del tacto). Distingue perfectamente entre lo que ve y lo que siente en el alma: fuego y desesperación interior, apretamiento, ahogamiento, un agonizar el alma... Otro dato a resaltar son las tinieblas oscurísimas, sin luz pero donde todo se ve lo que da pena.

A través de esas imágenes sensoriales, Santa Teresa está hablando de lo que los teólogos llaman “la pena de sentido”. El P. Efrén vislumbra por esas imágenes los pecados de la Santa, cuya expiación y castigo sufriría en esa visión.

La Santa habla de “otra visión” que tuvo del infierno: (“después he visto otra visión de cosas espantosas, de algunos vicios el castigo”), donde vió “tormentos muy más espantosos” (visión sólo contemplativa), pero como no sentía la pena “no me hicieron tanto temor”.

Respecto a los efectos que esta visión produce en Santa Teresa, escribe la Santa: “Yo quedé tan espantada y aún lo estoy ahora escribiéndolo....que me parece el calor natural me falta de temor aquí donde estoy”, y “fue una de las mayores mercedes que el Señor me ha hecho”

En la visión de Bernardo es su ángel de Guarda quien le guía y le muestra la visión ( vi a Cristo...quien me encomendaba a mi santo ángel, quien volviéndose a mí, me dijo: Ven y te mostraré esta gran visión. Empecé a seguirle....). Tal como relata Bernardo esta visión imaginativa del infierno, se trata de una especie de callejón que desemboca en una cueva inmensa, llena de fuego y humo; luego viene otro lugar o seno inferior más horroroso, donde están los malos sacerdotes; y viene luego un tercer seno en que padecen quienes, colmados de favores y gracias muy subidas, luego las despreciaron y rechazaron. Después de arrojar a las almas perdidas al horno de fuego, innumerables demonios salen al mundo a buscar una nueva cosecha.

Bernardo se fija en calidades de tipo visual (fuego, humo...), de tipo olfativo (hedor pestilencial), de tipo auditivo (ruido espantoso, gritos, aullidos como de perros rabiosos).

La pena de sentido está muy desarrollada en esta visión de Bernardo. Contempla el castigo de los pecados deshonestos (laguna helada junto a fuego abrasador, peines de fuego, ruedas de navajas, cuerpos traspasados... Los condenados se muerden a sí mismos con rabiosa cólera, se dicen toda clase de maldiciones. Los avariciosos son contemplados con la boca abierta buscando en vano un poco de aire, con sus entrañas abrasadas, y en lugar estrecho sin poderse revolver...Los blasfemos sufren en su boca de mil modos. Por fin, el otro grupo que contempla Bernardo son los enemistados, juntos “como ladrillos de horno” a la vez que despedazándose entre sí, prosiguiendo en su odio con un rencor insaciable. Contempla también “varios géneros de tormentos, con que se castigaban otros pecados”, y el de “un gran personaje, bien conocido en el mundo, aunque no entendí quién era, y la causa de su condenación fue su impiedad para con los pobres....; él centelleando llamas de furor, se maldecía y execraba a sí, a sus riquezas y deleites”

Al hablar de los “malos e indignos sacerdotes que...sacrílegamente habían tenido la osadía...de recibir en sus almas al Hijo de la Virgen”, escribe que “padecían tales penas que todas las que he dicho eran pocas en su comparación”. Y hablando del tercer seno del infierno dice que es “donde eran mayores las penas y tormentos”. Allí estaban “aquellos que habían sido más visitados de Dios con sus inspiraciones y auxilios y ellos, ingratos y desagradecidos, los despreciaron pisando la sangre de Jesucristo”  “Estos –dice- padecían mucho más por su misma conciencia y memoria de que podían haber aprovechado las inspiraciones....; les aflige este gusano roedor de la conciencia y es la pena mayor fuera de la de daño”

En su visión Bernardo es puesto por el ángel “sobre todos los tres senos” y conoce allí lo que supone la pena de daño. Sus palabras al respecto son: “no hay palabras para explicarla. Este es el mayor y más horrible tormento: estar privado por toda una eternidad de ver la cara de Dios. Todos los tormentos de los condenados, mil veces doblados, padecería uno solo eternamente si fuese compatible con ver a Dios”

Respecto a los efectos que en Bernardo produce esta visión, escribe así: “El corazón se quebranta y el cuerpo se estremece en esta consideración”

El mismo San Ignacio de Loyola, al proponer esta contemplación del infierno en el libro de los Ejercicios, nos hace entrar en su terrible realidad a través de calidades “sensitivas”. Hablará de “ver con la vista de la imaginación la longura, anchura y profundidad del infierno”. Pasará los cinco sentidos por la misma tremenda realidad, diciendo: “ver con la vista de la imaginación los grandes fuegos, y las ánimas como en cuerpos ígneos”; “oir con las orejas llantos, alaridos, voces, blasfemias contra Cristo nuestro Señor y contra todos sus santos”; “oler con el olfato humo, piedra azufre, sentina y cosas pútridas”; “gustar con el gusto cosas amargas, así como lágrimas, tristeza y el verme (gusano) de la conciencia”; “tocar con el tacto, es a saber, cómo los fuegos tocan y abrasan las ánimas”.

Al final de la contemplación acabará Ignacio diciendo: “con esto darle gracias, porque no me ha dejado caer...acabando mi vida. Asimismo, cómo hasta ahora siempre ha tenido de mí tanta piedad y misericordia” (Ejercicios nº 65-71)

Está fuera de toda duda que estas “visiones” fueron tenidas como gracias preciosas, tanto por Santa Teresa como por Bernardo de Hoyos. Les ayudaron a caminar con paso firme hacia una entrega total a Dios. Al mismo tiempo les avivaron en alto grado el celo por la salvación de las almas, no perdonando trabajo por ellas.

Por supuesto que semejantes visiones nunca pueden ser objeto de fe ni se trata aquí de entender al pie de la letra el contenido de las mismas. Se trata de revelaciones privadas. Prescindiendo de las imágenes que una y otra contienen, hay algo en lo que coinciden con la fe de la Iglesia: que el infierno existe, que es eterno, que se da una pena de sentidos y una pena de daño, que es como la entraña del infierno.

El infierno que revela la Escritura nada tiene que ver con el infierno de Dante. Ni el gusano roedor de la conciencia tiene nada que ver con esa piel de plátano que aparece en uno de los cuadros de Dalí. Todo ello no dejan de ser meras representaciones, que en tanto valen en cuanto son vehículos aptos para conocer una realidad, que sólo se puede conocer por fe.

Una cosa está clara en el evangelio de Jesús de Nazaret: que no es Dios quien ha creado el infierno, sino el mismo hombre cuando conscientemente y libremente rehusa amar a Dios, el Ser absoluto y su Creador. En lenguaje moderno, diríamos que el infierno lo crea el hombre cuando rechaza “recibirse” de Dios.

Jesús habla con relativa frecuencia de esta realidad. Bastantes de sus parábolas hablan de un final distinto para unos y otros, final que lo hace y fabrica la libre voluntad del hombre. Parábolas como las del rico Epulón y el pobre Lázaro, la de las vírgenes sensatas y necias, la de los convidados a las boda real, la del Juicio final....avalan esta verdad. No se puede “negar” la verdad de fe del infierno sin verse obligado a cercenar muchas páginas de la enseñanza de Jesús.

Para terminar, digamos que el infierno es una realidad que está ahí, algo a donde el ser humano puede ir. Es una posibilidad en la vida del hombre. Dios respeta como nadie la libertad del ser que ha creado libre y responsable de sus actos. Al mismo tiempo, el Señor ofrece a este ser todo el auxilio necesario para que logre su fin: el encuentro con El. Pero un encuentro que el ser humano ha de elegir libremente, “optando” por él con entera libertad. Si el hombre estuviera abocado fatalmente a su encuentro con Dios habría perdido su libertad, habría dejado de ser hombre. El cielo sería entonces algo así como un “campo de concentración”, donde, quieras que no, todo el mundo acabaría entrando. Dios desea ser correspondido en su amor por el hombre, pero nunca puede desear un amor forzado y a contrapelo. Ninguno de nosotros lo admitiría; mucho menos el Ser más maravilloso que existe en el universo.

19          “Sigue mirando”

20          Le hacían gigote quiere decir: “cortarle en trozos menudos”

21          Le daban baya significa: le golpeaban

22          “Ven, mira y escribe lo que vieres”

23          Esta persona, evidentemente, es el mismo Bernardo de Hoyos.

24          “Huerto eres cerrado, hermana mía, novia” (Cantares 4, 12) (Traducción de la Biblia de Jerusalén)

25          “Córtale ¿para qué va a ocupar la tierra en balde? Córtale y échalo al fuego” (parábola de la higuera estéril: Lc 13,7)

26          “Sea expulsado fuera”

27          “Mi amado ha bajado a su huerto, a las eras de balsameras, a apacentar en los huertos, y recoger lirios” (Cantares 6, 2) (Traducción de la Biblia de Jerusalén)

28          La palabra “reclusos” podría significar, de por sí, encarcelados. Sabemos que ha habido algunas Ordenes religiosas que tenían alguna celda a modo de cárcel para castigo de religiosos que faltaban gravemente a sus reglas. El P. Pedro de Rivadeneira, hablando del modo de gobernar de San Ignacio, cuenta lo siguiente: “El año de 1553, pregunté yo a nuestro bienaventurado Padre, a cierto propósito, si era bien poner cárceles en la Compañía, atento que alguna vez se tienta el hombre de manera que para vencer la tentación no basta razón, y si se añadiese un poco de fuerza, pasaría aquel ímpetu, y aquel frenesí se curaría. Respondióme nuestro bienaventurado Padre estas palabras: “Si se hubiese de tener, Pedro, solamente cuenta con Dios nuestro Señor, y no también con los hombres por el mismo Dios, yo pondría cárceles en la Compañía; mas porque Dios nuestro Señor quiere que tengamos cuenta con los hombres por su amor, juzgo que por ahora no conviene ponerlas”  (“Tratado del modo de gobierno que N. S. P. Tenía, observado del P. Pedro de Rivadeneira, para que los superiores le sigan en lo que más puedan”, Thesaurus spiritualis, edit Sal Terrae, Santander, 1935, pág 324)

29          Uno de estos siervos de Dios fue el P. Martín Gutiérrez, “hijo tan regalado de María Santísima” –escribe el P. Astráin-. Por lo que hemos podido descubrir en las cartas de aquel tiempo, merece, sin duda alguna, la estimación de santo en que se le tenía. Había nacido en Almodóvar del Campo..., entró en la Compañía a fines del año 1550”. Estudió teología en Salamanca y fue rector del colegio de Plasencia, Valladolid y de Salamanca, “donde gobernó prudentísimamente aquel colegio, que ya empezaba a ser el más importante de España...Asistió a las dos primeras Congregaciones generales, y cuando iba ala tercera, en 1573, como elector de Castilla, fue preso por los herejes en Francia y murió con sumo desamparo en una triste cárcel, con una santa muerte que muchos llamaron martirio. Todos los que le trataron dan testimonio no solamente de su devoción ardentísima a la Madre de Dios, sino también de su humildad y sencillez encantadora, de su celo por la conversión de las almas, de su gran penitencia y de los dones altísimos que Dios le comunicaba en la oración”  (Historia de la Compañía de Jesús, por Antonio Astráin, edit Razón y Fe, Madrid, 1914, tomo 2, pág 470). Iban camino de Roma, a la tercera Congregación General, además del P. Martín Gutiérrez, el que era por entonces Provincial de la Provincia jesuítica de Castilla: el P. Gil González Dávila y otros dos jesuitas: el P. Juan Suárez y el Hermano coadjutor Diego de los Ríos. Atravesaban Francia y cerca de Rodez fueron sorprendidos por una turba de hugonotes, que los encarcelaron y llenaron de injurias. En aquella prisión le entró un grave dolor de costado al P. Martín Gutiérrez muriendo a los pocos días. Era el 21 de febrero de 1573 cuando, abrazando una tosca crucecita que hicieron con la cera de una candela, el devotísimo Padre expiró santamente. Informando el P. Gil González Dávila al Padre General sobre el P. Martín Gutiérrez, escribe así: “En el Rector de Salamanca ha puesto nuestro Señor muchos dones suyos de oración, prudencia, discreción y buena manera de trato. La familiaridad que tiene con nuestro Señor en la oración es de mucho consuelo. Los sermones y trato con prójimos, en el cual tiene mucha mano y en la palabra fuerza y persuasión, le ocupan del cuidado que pudiera tener dentro de casa, y el ser tan goloso de la oración, que el rato que puede no le pierde para esto”  (carta desde Medina del Campo, escrita el 23 de enero de 1570)  (o. c., tomo 2, pág 470)

            Pues bien, este Padre Martín Gutiérrez tuvo una célebre visión: la Virgen María, amparaba bajo su manto a los miembros de la Compañía de Jesús que morían en el seno de la Orden, fieles a su vocación. En el noviciado de Villagarcía estaba en tiempos del Hermano Bernardo (y sigue estando) un cuadro que representa la visión del P. Martín. A raíz de entonces se va popularizando un cuadro que representa a la Virgen, cobijando bajo su manto maternal, a los santos de la Compañía. En el noviciado de Villagarcía se encuentra uno de los primeros. Es un cuadro de grandes proporciones y está en la iglesia de la Colegiata; aparecen en él ocho santos: San Ignacio, San Francisco Javier, San Francisco de Borja, los tres Santos mártires japoneses Pablo Miki, Juan de Goto y Diego Kisai, acompañados a los lados de San Estanislao de Kostka y de San Luis Gonzaga. Este cuadro fue pintado en 1708 por Ignacio del Prado y lo conoció, por tanto, Bernardo siendo colegial y novicio en Villagarcía.


 
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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