Libro “Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús”, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España.
 
Admirable orden de vida espiritual que dispuso el Padre Bernardo para el Hermano Jiménez al ordenarse éste de Sacerdote. ("Vida". Libro Cuarto. Capítulo 13).

No contento Bernardo con inflamar continuamente con sus palabras y ejemplos el corazón de su condiscípulo, le dispuso un admirable orden de vida. Redúcese a observar perfectamente las obligaciones de su estado con los esmeros de perfección, que enseñaba a nuestro joven el Espíritu Santo. Me ha parecido copiarle aquí, porque nos descubre el espiritual magisterio de Bernardo,1 la perfección sublime a que aspiraba Jiménez y la que debe procurar un sacerdote joven Jesuita.

En el nombre del Sagrado Corazón de Jesús. Forma de vida virtuosa2 que ha de observar desde su sacerdocio hasta que se le señalase otra

El Padre Juan Lorenzo Jiménez.3

Ante todas las cosas ha de cargar la consideración sobre estas dos suposiciones,4 en que ha de estribar cuanto en este arancel de la virtud o vida virtuosa, que el Corazón de Jesús desea de su alma, se dijere con la asistencia del Espíritu Santo: Primera: La divina Providencia le llama a un alto grado de perfección, fundada en la observancia hasta de los menores ápices de nuestras santas Reglas; y entienda que no corresponderá con una vida común y regular, sino ejemplar y particular (en el modo de perfección interior) pues le es necesaria para los fines altos, a que su Dios le destina. Persuádase que, si no oyere las inspiraciones que le advierten esta su obligación a ser perfecto (las cuales por la bondad de Dios nunca le faltarán) no parará, ni aun en el estado de virtuoso; pues se precipitará a un miserable estado de tibieza. Segunda: El sacerdocio le estrecha más la obligación de aspirar a la perfección, no le da las licencias y anchuras, que, no sin compasión, se toma la relajación; tenga presente la pureza que necesita quien ha de tener en sus manos todos los días al Dios de la Majestad.

Hecho cargo de lo que encierran estas dos suposiciones, ha de imprimir tan perfectamente en el corazón que en ningún tiempo se borren, dos máximas cuya observancia protestará al Corazón dulcísimo de Jesús desde su primera Misa siempre que le tenga en sus manos; y son como dos ejes, sobre los cuales se ha de mover la máquina de toda su perfección.

Primera: Ha de tener una firme, inviolable resolución de entregar su corazón, su amor y todos sus afectos, sin reserva, a su Dios; de agradarle en todo, de seguir sus inspiraciones, de caminar a él por medio de nuestras Reglas, sin interpretaciones que relajen su perfección, de ser fiel en un todo al Corazón de Jesús.5

Segunda: Desde los principios de su sacerdocio dará a entender en su porte, que quiere ser del bando de la virtud; que abiertamente sigue sus banderas,6 que no se ha de embarazar en respetos humanos para practicar la resolución ya expresada; ni se ha de avergonzar de querer ser perfecto, aun entre los desprecios que suele padecer la virtud, de quienes se ofenden de ella; de suerte que se lea en su frente, ni he de hacer cosa por respeto puramente humano, ni he dejar de hacerla cuando fuere gloria de Dios.

En estas dos máximas se envuelve cuanto hay que decir acerca de la vida que ha de observar el nuevo sacerdote; pues son dos principios generales, de los cuales ha de inferir lo que ha de hacer y evitar en lo particular, regulando cualesquiera lances con estas dos reglas; mas para mayor inteligencia apuntaránse aquí algunas cosas particulares.

En el trato con los hombres observar lo siguiente: con los de fuera, especialmente con gente moza, trate poco, y con tal modo que entre la suavidad y severidad sigamos una modesta y prudente seriedad.7 Con los de casa será su trato humilde y apacible;8 pero no olvide el carácter de sacerdote, para que se conozca un resabio de seriedad, ajena tanto de vanidad cuanto de puerilidades.

En las conversaciones aun domésticas, no se olvide de la prudencia en las palabras9 que tocan a tercero; para lo cual ayudará inclinarse a no hablar mucho; no tendrá por costumbre los chistes, pues sabe desdicen de lo que Dios pide de su seriedad. Huya de murmuracioncillas; y guárdese de cooperar con la mínima palabra a censurar las acciones de los Superiores; examine después de las recreaciones en lo que ha faltado, y pedirá penitencia.

A todos ayudará en lo posible, salva la observancia de las Reglas y la paz del corazón; por lo cual se guardará de familiarizarse con los que conociere le pueden dañar en estas dos cosas, o en hacerle perder el tiempo, cuando menos. Es voluntad de su Dios tenga este punto muy presente, por ser su natural fácil y agradecido, y puede dejarse llevar si no está con cuidado.

No admitirá cambiar de desayuno, ni entrará en aposento ajeno sin licencia;10 hermane la política 11 con la virtud y provecho de su espíritu, y entienda que, si fuere forzoso, más quiere su Dios pase por menos político delante de los hombres que por poco fiel delante del Corazón de Jesús. Dará ejemplo a todos, y huya de dar pie a otros para faltas con las suyas, por lo cual en sí mismo observará lo siguiente en lo exterior.

No faltará al silencio,12 ni a hablar latín con pretextos de sacerdote; guardará modestia como hasta aquí; hará las mismas penitencias en refectorio; bajará por las mañanas a lavarse, sin tener almofia13, vasos, etc. en el aposento; será puntual a las cátedras; y de la de tercia no defraudará sino lo preciso,14 y escribirá lo que pudiere; que aunque no le sirva, no le será inútil tener imperfecto el cartapacio, pues lo quiere su Dios y la obediencia; guarde igualdad con todos en las acciones de bedel. 15

En lo interior observará las advertencias siguientes con su Dios y con su aprovechamiento. Dirá sus faltas, pedirá penitencias y se humillará con más espíritu que hasta aquí, a quien Dios le ha señalado para ayudarle en espíritu. En ordenándose, pedirá nuevas licencias al Superior para estas cosas ordinarias, como son las del uso propio, libros,16 cerilla, etc.; para entrar a los aposentos de los Padres cuando fuere menester; para dar o recibir algunas de estas cosillas; prestar o pedir prestados libros; hablar cuando le buscaren con algún seglar, si no se halla al Superior; admitir si alguno le hiciere caridad de dar desayuno alguna vez;17 poder visitar a los enfermos,18 etc.

De todas estas licencias se prevendrá, deseando, si fuere posible, no respirar sino con la obediencia; y para que se ejercite en ella, irá todos los meses a renovar estas licencias; y aun si acaeciere alguna cosa de monta, particularmente en puntos de pobreza (en que se ve cuán exacto le quiere su Dios), no se contentará con estas licencias generales, sino acudirá por las particulares al Superior y a su Hermano por más humildad. Ande sobre sus pasiones, y siempre que se dejare llevar de alguna, particularmente de la soberbia, de la ira, de la delicadeza, que son las que en él dominan, pedirá penitencia, y se le dará contrapuesta a la falta. Guardará pureza de intención en comer,19 sin dejarse llevar del apetito a ésta y otras conveniencias propias, que son inexcusables.

En las funciones de sacerdote se portará de este modo: rezará de rodillas comúnmente el Oficio divino,20 sin apresurarle, atendiendo a su Dios con quien habla, y regalándose con los afectos de los salmos. Todos los días se reconciliará 21 para no defraudarse de la gracia que puede adquirir en el Sacramento de la Penitencia. Al salir de oración, especialmente en la Cuaresma, visitará el Santísimo en la iglesia, para ver de camino si hay alguno que quiera confesarse.22

Ordinariamente rezará Prima, Tercia y Sexta antes de decir Misa,23 antes de la cual se recogerá a lo menos por medio cuarto de hora a pensar en el tremendo Sacrificio que va a ofrecer al eterno Padre. Dirá con devoción las oraciones que señala la Iglesia para revestirse,24 y haciendo reflexión sobre cada una. Al salir al altar (que será siempre que pueda al del Salvador)25, como también en todo el tiempo que estuviere en él, una seriedad más que humana y una modestia angélica,26 por la persona que representa.

Todos los viernes hará interius27 conmemoración del dulcísimo Corazón de Jesús, y todos los días, al levantar la Hostia y Cáliz, presentará a la Santísima Trinidad el mismo divino Corazón, por el cual pedirá la extensión de su culto, y ofrecerá el suyo con los de los que (le) tienen con él un corazón , a la Divinidad bañándolos en el Cáliz que eleva. Antes de recibir al Señor, teniéndole en sus manos, renovará los votos, la entrega de su corazón y la protesta de su fidelidad con aquellas breves palabras del Padre Laínez: Placet, quod promissi.28

Regale su corazón con la dulce pronunciación de las palabras de la Misa y procure sacar de ellas y de las del rezo algunos tiernos afectos que, entre día, le sirvan para la presencia de Dios (de este asunto de la Misa y confesiones ya se hablará más despacio). Dará gracias por espacio de un cuarto de hora y en ellas, habiendo recibido al Señor por Viático, hará la preparación de la muerte 29 que observa por las noches, y quedará sepultado en el celestial sepulcro del Corazón de Jesús, para que entre día se halle muerto y escondido en el divino Corazón a conturbatione hominum.30 Después rezará Nona, y a sus tiempos las demás horas.

De ningún modo muestre repugnancia, antes bien alegría a las confesiones y otros ministerios; para los cuales se ofrecerá al Superior desde el principio, alegando su consuelo y menos ocupaciones que los otros, para cumplir gustoso esta obediencia. Tendrá avisado en la sacristía le llamen siempre que hubiere confesiones31; porque a otros no se les haga mala obra. Los días de fiesta, inmediatamente después de oración, bajará con el Breviario y, si no hubiere que confesar, rezará delante del Santísimo y, si hubiere, lo dejará para cuando haya comodidad.

No empezará a confesar sin haber invocado la asistencia del Espíritu Santo delante del Santísimo con aquellas palabras: accende lumen sensibus, infunde amorem cordibus32 etc. Y las vísperas de días de fiesta o de concurso, se preparará con oraciones y penitencias y pedirá a los ángeles de guarda le traigan y dispongan los pecadores. Tenga con los Santos Angeles mucha devoción para ayudar a bien morir y para las confesiones, y bajará con cadenilla33 hasta que acabe las confesiones o diga Misa en estos días. No se aficione a confesiones de niños, ni gente de lustre; reciba a todos indiferentemente, y si de algunos ha de tener especial gusto sea de los más pobres.

Al Angel de cada penitente saludará e invocará, mientras dice la confesión el que se ha de confesar; y si hubiere alguno mal dispuesto trate interiormente de la disposición con su Angel de guarda. Si fuere algún grande pecador, acuda a San Miguel.34 En el discurso de la confesión tenga presentes las reglas de los sacerdotes.35 De tal modo atenderá a lo que se le confiesa, particularmente en materia del sexto mandamiento, que no se olvide de su Dios: tenga el entendimiento en el pecado para hacer Juicio y la voluntad, escondida en la voluntad de Dios ofendida. Desde donde sacará saetas de amor que arrojar al corazón del penitente.

Siéntase de las ofensas de su Dios, pero no muestre este sentimiento al pecador, hasta el tiempo necesario; en los pecados que, en cierto modo, son contra el Corazón de Jesús, como los sacrilegios contra el Santísimo Sacramento, duélase tiernamente en el mismo dulcísimo Corazón. Al dar la absolución haga reflexión sobre la persona que representa, y mírese como administrador de la Sangre del Hijo de Dios.36 Cuando la negare, encomiéndese al Angel del penitente, y cuíde no sea para ruina del miserable.

Acabadas todas las confesiones, preséntese al Señor Sacramentado, pídale perdón de sus culpas y de las ajenas que ha escuchado, y suplique al Espíritu Santo enmiende lo que hubiere errado y alumbre sus ignorancias.37 Si cogiese algún día algún gran pecador arrepentido, hará especiales gracias al Señor,38 y a todos los que con él se confesaren encomendará al Corazón de Jesús aquel día.

Para que tenga presentes todos estos avisos leerá este papel todos los primeros viernes del mes, cuando celebrará la fiesta del Corazón de Jesús, y se tomará cuenta de su observancia. Tenga presentes las palabras del Apóstol: Sic nos existimet homo ut ministros Christi, et dispensatores misteriorum Dei,39 y para esto cumpla en sus obras el consejo o precepto del mismo San Pablo: ut non vituperetur ministerium nostrum exhibeamus nosmetipsos sicut Dei ministros in multa paciencia, in tribulationibus, in necessitatibus, etc.40

Hasta aquí la admirable instrucción del Padre Bernardo para su condiscípulo. En ella se descubre el sólido espíritu de nuestro joven; pues toda viene a reducirse a exhortar al Padre Jiménez a la perfecta observancia de las reglas, haciéndole memoria de las de los sacerdotes, en que le empeñaba su nuevo estado.


1           Efectivamente, tanto esta Instrucción para el Hermano Juan Lorenzo Jiménez, como la que escribió un año antes para el Hermano Ignacio Osorio muestran un magisterio espiritual verdaderamente sorprendente, y más cuando el que así escribe es un joven teólogo de 22 años de edad. El Hermano Jiménez era dos años anterior a Hoyos y el Hermano Osorio dos años posterior; por ello tanto uno como otro coincidieron poco tiempo con Bernardo cuando éste era novicio en Villagarcía. Luego coincidirían por más tiempo cuando los tres se encontrasen estudiando teología en San Ambrosio de Valladolid, ya que el estudio de la Teología llevaba cuatro años enteros.

2           Bernardo llama a su Instrucción “forma de vida virtuosa”. El por qué de esta Instrucción lo explica muy bien el P. Máximo Pérez, en su libro: El Poder de los débiles. Dice así: “ Bernardo había comenzado primer curso de Teología y el H. Juan ya cursaba segundo. Este se había enfriado bastante de sus fervores de noviciado y no encontraba la paz. Un trabajo que tuvo que realizar en común con Bernardo fue la ocasión para que Juan se sintiera inclinado a abrir la conciencia al amigo y pedirle ayuda espiritual. Los superiores dieron el visto bueno y así nació una profunda relación espiritual entre ambos jóvenes que más tarde, como consecuencia, dio origen a la presente instrucción. Juan respondió a la ayuda espiritual de Bernardo con generosidad, pues como el mismo Bernardo reconoce, era muy capaz de toda virtud...inclinado a una perfección sólida....y, al mismo tiempo, con deseo de conseguirla. Bernardo supo aprovechar que Juan tenía un bello corazón, blando, dócil, amable y a propósito para recibir las divinas inspiraciones y muy capaz de toda virtud, para abrirle horizontes nuevos de perfección.... Juan necesitaba un estilo de vida con mayor exigencia y Bernardo le ayudó a encontrarlo. Cuando por noviembre de 1733 se ordenaba Juan, Bernardo le obsequió con esta instrucción. ...Ya hacía siete meses que Bernardo había conocido los tesoros escondidos en el Corazón de Cristo y había hecho partícipe de ellos a su amigo. Este se había consagrado ya al Corazón de Cristo y quería ser también sacerdote del Sagrado Corazón. La presente Instrucción tiene precisamente la finalidad de mostrar a Juan las exigencias de ser sacerdote del Sagrado Corazón” (El Poder de los débiles, edit Edapor, Madrid, 1991, pág 353-354)

3           En el texto original pone solamente : El P. J. L.

4           Las dos motivaciones que Bernardo alega para que el Hermano Jiménez se entregue a la santidad son que así lo exigen las Reglas de la Compañía de Jesús, de la que él forma parte, y que el sacerdocio lleva consigo unas mayores exigencias por la unión con Cristo que supone.

5           Bernardo le insinúa con toda claridad que ha de tender siempre a la mayor perfección. No habla de un voto de perfección, como el que hizo San Claudio de La Colombière, el director espiritual de Santa Margarita Mª de Alacoque; pero sí que ha de subir a lo más elevado de la santidad y de la unión con Dios.

6           Le exige romper todo respeto humano, todo miedo de mostrarse como quien de veras desea ser santo. Aquí carga las tintas Bernardo, pues sabe que el peligro del Hermano Jiménez era el de ser más “complaciente” de lo que debía ser, traicionando así sus ansias de perfección y las exigencias santas del Señor por no desairar a las personas o por plegarse dócilmente a sus insinuaciones y caprichos. Bernardo combate con decisión todo lo que sea respeto humano, miedo al qué dirán....en la seguridad de que la frase de la Escritura: “qui sunt in Christo Iesu persecutionem patientur” se cumple también no sólo en ambientes hostiles, sino también dentro del recinto de los conventos y casas religiosas.

7           Tras este porte adivinamos las Reglas de la modestia, escritas por el mismo San Ignacio y que tanto él estimaba, pues eran el reflejo exterior de la vida interior que debían llevar sus hijos. Precisamente un 16 de agosto de 1555, “estando reunidos en Roma San Ignacio, el P. Luis González de Cámara, el P. Laínez y Ribadeneira, preguntó el Santo al P. Cámara si se habían promulgado las reglas de la modestia. Respondiendo él que no, volvióse Ignacio a los otros dos Padres, y les dijo estas graves palabras: “Estos ministros se descuidan en hacer guardar las reglas, como si fueran cosas de poco momento. Pues yo os certifico que me han costado a mí estas reglas más de siete veces de oración y lágrimas” (Historia de la Compañía de Jesús, por Antonio Astráin, edit Razón y Fe, Madrid, 1914, tomo 2, pág 428)

8           Así lo expresan las Reglas de la modestia: “Lo que deben observar los de la Compañía en el andar público, en general se puede brevemente decir de nuestros Hermanos, que en todo el hombre exterior se vea en ellos modestia, humildad y madureza religiosa y edificación en todos los que los miran....” (regla 1) Y sobre el porte exterior se dirá: “Todos los movimientos y acciones finalmente sean tales, que muestren humildad, y muevan a devoción a los que los miran” (regla 11)

9           La última de las Reglas de la modestia toca este punto de cómo se ha de hablar, y dice así: “Si aconteciere hablar, acuérdense de la modestia y edificación en las palabras y modo de decir”  (regla 13)

10          Una de las Reglas comunes del jesuita decía así: “Ninguno entre en la cámara de otro sin general o particular licencia del Superior; y si alguno está dentro, no abra la puerta hasta que, habiendo tocado, oiga que le dicen que entre; y esté la puerta abierta tanto cuanto estuviere dentro, según la costumbre aprobada de cada Provincia” (regla 31)

11          En el sentido de “cortesía”. Bernardo tiene muy clara una cosa, y es que los buenos modales, la cortesía, la finura y buena educación nunca ha de estar en contra del exacto cumplimiento de las Reglas ni ha de oponerse a la paz de la conciencia.

12          El silencio es muy importante en una vida religiosa. Dios ama el silencio. En silencio suceden las grandes cosas. Aunque la Compañía de Jesús no es una orden contemplativa claustral, como pueden serlo los cartujos o los trapenses, sin embargo San Ignacio quería que éste se observase por cuanto ayuda mucho a la unión con Dios y a mantener el alma en la paz interior. De ahí que una de las Reglas comunes toque este aspecto, diciendo: “Fuera de los tiempos señalados para recreación se ha de guardar silencio, de tal manera, que ninguno hable sino de paso y pocas palabras, o de cosas necesarias, mayormente en la sacristía y refectorio; y si en la iglesia, o en la mesa, o en las lecciones, o disputas, fuere necesario decir alguna cosa en particular, sea muy breve y con voz baja” (regla 24) Y en la regla 26 insistirá: “Todos hablen con voz baja, como a Religiosos conviene, y ninguno porfíe con otro....”  En el libro de los Ejercicios, al hablar San Ignacio de aquel ejercitante “que en todo lo posible desea aprovechar” dice:”...cuanto más nuestra ánima se halla sola y apartada, se hace más apta para se acercar y llegar a su Criador y Señor; y cuanto más así se allega, más se dispone para recibir gracias y dones de la su divina y suma bondad” (anotación 20, Libro de los Ejercicios, nº 20)

13          Almofia: palabra hoy en desuso, que significaba una “palangana”. En tiempos de Bernardo de Hoyos no se conocía el lujo del agua corriente..!

14          Transcribimos aquí la nota que pone el P. Máximo Pérez en su libro ya citado: “es probable que los estudiantes j

15          Se ve que en aquel año de 1733 el bedel del Teologado en el colegio de San Ambrosio era precisamente el Hermano Jiménez. Esto dice bastante a su favor, ya que ordinariamente suelen desempeñar este cargo jóvenes de buenas cualidades y un cierto ascendiente sobre sus compañeros. El bedel era como el representante de la comunidad ante el Superior o los profesores y el de éstos ante sus compañeros.

16          La regla 8 de las Reglas comunes decía así: “Ninguno tenga libros sin licencia; y en aquellos de que pueda usar, no escriba alguna cosa, ni hará otra señal alguna”. Asimismo leemos en el Sumario de las Constituciones de la Compañía: “...entiendan que no pueden prestar, ni tomar, ni disponer de nada de la casa, sin que el Superior lo sepa y sea contento” (regla 26)

17          En este párrafo insiste Bernardo a Jiménez en que practique la virtud de la obediencia, y eso se lleva a la práctica pidiendo los debidos permisos a los superiores. Es el no proceder por su propia voluntad, sino secundando siempre la voluntad del Señor, expresada por las reglas. En el trasfondo de todo esto se encuentra la actitud de no proceder “desde uno mismo”, sino “desde Dios”. Es aquello de San Ignacio en el libro de los Ejercicios: “tanto aprovechará cuanto más se apartare de su propio amor, querer e interesse”. Bernardo toca con el Hermano Jiménez el tema del desayuno. Sabemos que, por lo general, en tiempo del P. Hoyos, no existía la costumbre de desayunar; algunos sí lo hacían. Jiménez había tenido una temporada en que su salud había sido débil y pedía a los superiores le eximiesen de una serie de austeridades comunes, entre ellas probablemente ésta de no tomar desayuno. Algunos –como dice el P. Máximo Pérez en una nota a esta Instrucción- “con permiso expreso o tácito de los superiores, tenían en sus aposentos algo con que desayunar. Parece ser que invitaban a otros...” (o. c. pág 355, nota 1). Bernardo le dice que si acepta tener parte en el desayuno, al que otro le invita, sea siempre con licencia de los superiores. Ya hemos dicho que en el fondo de este párrafo está la “sujeción de la obediencia”

18          San Ignacio cuidó siempre con gran solicitud de los enfermos. Incluso cuando no podía hacer otra cosa, solía reservarse para sí este cuidado. Así nos lo atestigua el P. Rivadeneira: “...tenía gran cuidado de la salud y consuelo de cada uno de sus súbditos, que a los que lo vimos nos causaba admiración, y a los que no lo vieron parecerá encarecimiento. Pero es cierto que no se puede decir en pocas palabras tanto como hay en esto. Quería que en cayendo uno enfermo luego se lo viniesen a decir, para que se le proveyese de todo lo que ordenaba el médico; y cuando no había dineros en casa, que (si fuese menester) se vendiesen las alhajas que había en ella, para proveerlo...Estando muy enfermo, y remitiendo todas las cosas de gobierno al Padre Nadal, reservó para sí solas las cosas que tocaban a los enfermos” (Modo de gobierno de nuestro Santo Padre Ignacio, por el P. Pedro de Rivadeneira. Thesaurus spiritualis, edit Sal Terrae, Santander, 1935, pág 305-306). En una de las Reglas comunes se habla de los enfermos y se dice textualmente: “Los que con licencia visitaren los enfermos, no sólo hablarán bajo, pero también con tal moderación, que no les sean molestos; y traten de cosas que puedan alegrar y consolar los enfermos, y edificar en el Señor los que se hallaren presentes” (regla 27)

19          Para realizar con perfección este acto, necesario a la naturaleza, pero en el que puede uno desordenarse con facilidad, ofrece San Ignacio unas consideraciones en las Constituciones que suenan así: “En la refección corporal se tenga cuidado que la templanza, honestidad y decencia interior y exterior se observen en todo, precediendo la bendición y siguiéndose la acción de gracias, que todos deben dar con la devoción y reverencia conveniente; y entre tanto que se come, dándose alguna refección asimismo al ánima” (Constituciones de la Compañía, parte III, cap 1, nº 5)

20          El mero hecho de pedirle al Hermano Jiménez que rece “de rodillas” el Oficio divino, indica a las claras la enorme importancia que le atribuía Bernardo. El Oficio divino, hoy llamado “Liturgia de las Horas”, era algo más largo que en la actualidad. En tiempo del P. Hoyos se rezaban, además de los Maitines, Laudes, Vísperas y Completas, las cuatro Horas: prima, tercia, sexta y nona, reducidas al presente a una sola de ellas. Bernardo había tenido con frecuencia especiales luces sobre los salmos, de ahí la veneración que siente a ese modo de orar litúrgico, que no deja de ser un precioso empedrado de salmos.

21          El sacramento de la reconciliación fue siempre para Bernardo algo enormemente importante. Sólo hay que ver el interés que sentía por los pecadores, cómo invocaba a sus ángeles de guarda para que los trajeran a la fuente del perdón y este deseo de poseer un corazón bañado en la gracia que otorga este Sacramento. Bernardo le pide a Jiménez algo que superaba lo establecido en las reglas de la Compañía. En éstas se pide la confesión frecuente en estos términos: “Usen todos el examinar cada día sus conciencias. Los que no fueren sacerdotes se han de confesar y recibir el santísimo Sacramento a lo menos de ocho en ocho días; pero entiendan que además les está recomendada la comunión frecuente y aun diaria; y tenga cada uno su confesor firme, a quien tenga toda su conciencia descubierta” (Sumario de las Constituciones, regla 6). En las Reglas de los sacerdotes se insinúa una más frecuente recepción del sacramento del perdón. Así vemos que la regla tercera dice textualmente: “Ita vivere studeant ut quotidie merito celebrare possint, ad quod conducet (quamquam ex Constitutionibus octavo saltem quoque die confiteri debent) saepius in hebdomada confiteri” : (los sacerdotes) vivan de tal modo que puedan dignamente celebrar la santa Misa, para lo cual ayudará el que se confiesen con mayor frecuencia durante la semana (aunque, según las Constituciones, se haga al menos cada ocho días)

22          Esta frase revela el celo por las almas que sentía Bernardo. Aconseja a su Hermano Jiménez que, sobre todo en Cuaresma, se dé una vuelta por la iglesia para ver si hay alguna persona que espera a confesarse.

23          La regla cuarta de los sacerdotes tocaba ya este punto, diciendo: “Ne omittant ad Eucharistici Sacrificii oblationem sese piis precibus disponere, praesertim si prescriptam orationem mentalem praemittere non potuerint, eoque expleto, gratias Deo pro tanto beneficio agant” (No dejen de disponerse para la Santa Misa con piadosas oraciones, sobre todo si no ha podido preceder la oración mental acostumbrada, y concluido el santo sacrificio den gracias al Señor por tan grande beneficio)

24          En tiempos de Bernardo y hasta antes del Concilio Vaticano II los sacerdotes recitaban preciosas oraciones a medida que se iban revistiendo de las diversas prendas, con las que acceden al Santo Sacrificio (alba, cíngulo, casulla...etc). A esas oraciones se refiere aquí Bernardo. Eran y siguen siendo para quien desee hacerlas, una hermosa preparación inmediata a la santa Misa. Por ello, para poder hacerlas con pausa y sin prisas, se aconseja a los sacerdotes que bajen a la sacristía con tiempo suficiente para evitar apresuramientos nocivos. La sexta regla de los sacerdotes dice así: “Qui Sacra facturi sunt tempestive ad vestimenta sacerdotalia induenda se conferant, ut hora sibi praestituta exire ex sacristía possint” (quienes va a decir la Misa acudan a la sacristía con tiempo para revestirse, de manera que puedan salir a decirla a la hora fijada).

25          Esta pequeña capilla de la iglesia (la primera de la izquierda según se entra en el templo) era para Hoyos y también para Jiménez de gran consuelo por el hermoso cuadro del Salvador (Jesucristo vestido de jesuita) que había en ella. En alguna otra nota hablamos de este cuadro, que tras la expulsión de los Jesuitas fue destruido.

26          El sacerdote en el altar representa a Jesucristo, es un alter Christus. Esto exige un comportamiento corporal y espiritual especialmente exigente. No es fácil “estar a la altura” de lo que pide esa actualización del Sacrificio de Jesús, que es toda Misa.En las reglas de los sacerdotes leemos al respecto: “In ipsa celebratione Missae caeremonias prescriptas unusquisque accurate observet; pronuntiationem et quamcumque aliam externam actionem ita moderetur ut non minus aliorum aedificationi quam propiae devotioni serviat....” (en la celebración de la Misa observe con todo cuidado las distintas ceremonias y de tal modo se cuide la pronunciación y los gestos que sirvan no menos a la edificación de los fieles que a la propia devoción personal...) (regla 5)

27          interiormente, en privado

28          “Me agrada lo que prometí”. Era una fórmula que empleaba también San Pedro Canisio, jesuita alemán. Sobre esto escribe el P. Máximo una nota en su libro El Poder de los débiles: “Según refiere el P. La Puente (De la perfección del cristiano en el estado religioso V, cap 14, párrafo II) el P. Laínez “siempre que decía Misa, cuando tenía el Santísimo Sacramento en las manos para sumirle, renovaba sus votos con estas palabras”. San Francisco Javier, tan leído por Bernardo, recomendaba mucho la renovación de los votos al H. Juan Bravo. El mismo Bernardo dice de sí mismo: “Todos los días renuevo varias veces mis votos complaciéndome en lo hecho con el “placet quod promissi”, y doy gracias a Dios por tan singular favor y juntamente por los medios tan divinos que nos ha dado el buen Jesús para la perfecta observancia de ellos” (Vida II, cap 19, pár 172). La misma recomendación hace Bernardo en la Instrucción al H. Jiménez: “Antes de recibir al Señor, teniéndole en sus manos, renovará los votos, la entrega de su corazón y la promesa de su fidelidad” (o.c., pág 307, nota 24)

29          Se ve que este ejercicio piadoso de aceptación de la muerte, que solía hacerse en las parroquias en el mes de Difuntos y era una práctica corriente en las Congregaciones de la Buena Muerte, se usaba también entre algunos de los Nuestros. Sabemos que también lo practicaba Bernardo, y sin duda, otros también.

30          Escondido “de la turbación de los hombres”, como quien habitaba en la paz del sepulcro. Ese sepulcro que se materializa para Bernardo de Hoyos en el Corazón de Jesús, donde se desea reposar para siempre.

31          Esta ha sido una práctica muy común entre los Santos. Podríamos citar otros muchos nombres de religiosos y sacerdotes, dispuestos siempre a confesar, pese a las incomodidades que esta actitud pudiera comportarles.

32          Es la secuencia al Espíritu Santo: “enciende tu luz en nuestros sentidos, infunde tu amor en nuestros corazones....”

33          Se refiere al cilicio ordinario, que es una cadeneta de hierro con púas y que rodeaba el muslo o ,en ocasiones, el brazo.

34          A San Miguel, como el ángel poderoso que es para derribar al demonio; además de por la personal devoción y amor que a este santo arcángel tuvo siempre Bernardo.

35          No solamente existen en la Compañía reglas para los sacerdotes en general, sino también se escribieron otras reglas más particulares o específicas, como las reglas de los confesores, de los predicadores, de los que peregrinaban, etc. Con respecto a la confesión leemos en la regla diecisiete de los sacerdotes: “De facultatibus quas Societas ad animarum auxilium accepit, de iis máxime quae ad forum conscientiae pertinent, cum externis sermonem ne habeant; attendantque ne ex earum usu Ordinarii locorum alivie iure ofendí possint” (No hablen con los extraños sobre las facultades que posee la Compañía para ayuda de las almas y procuren que ni los obispos ni otros puedan con razón sentirse ofendidos por ello). La Compañía ha tenido con frecuencia especiales facultades para perdonar algunos pecados reservados. A esto alude la regla 17 citada.

36          Tener en la mente y en el corazón estos dos pensamientos ayuda mucho para vivir el sacramento del perdón con profundidad: perdonando, estoy haciendo las veces de Dios; reconciliando al pecador con el Señor estoy administrando el tesoro infinitamente valioso de su Sangre divina. “Sine effusione sanguinis, non est remissio” –decía San Pablo. Sólo que en este caso se maneja la Sangre de Dios…¡

37          Bernardo juzga como sumamente útil para el nuevo sacerdote, que es el Hermano Jiménez, el hacer como un breve examen de conciencia sobre la manera que ha tenido en administrar el sacramento del perdón. Entra ello en el espíritu ignaciano, tan amigo de los exámenes de conciencia “para enmendarse de allí en adelante”.

38          ¿Tenía Hoyos al escribir esta frase el trasfondo de aquella visión que tuvo en el noviciado, cuando vió al Niño Dios como un pescador de corazones?

39          “Por tanto, que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4, 1) (traducción de la Biblia de Jerusalén)

40.-     Cita aquí Bernardo el pasaje paulino sobre el ministerio apostólico, cuando dice: “A nadie damos ocasión alguna de tropiezo, para que no se haga mofa del ministerio, antes bien nos recomendamos en todo como ministros de Dios: con mucha constancia en tribulaciones, necesidades, angustias; en azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos; en pureza, ciencia, paciencia, bondad; en el Espíritu Santo, en caridad sincera, en la palabra de verdad, en el poder de Dios; mediante las armas de la justicia: las de la derecha y las de la izquierda; en gloria e ignominia, en calumnia y en buena fama; tenidos por impostores, siendo veraces; como desconocidos, aunque bien conocidos; como quienes están a la muerte, pero vivos; como castigados, aunque no condenados a muerte; como tristes, pero siempre alegres; como pobres, aunque enriquecemos a muchos; como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos” (2 Cor 6, 3-10). Es sintomático que Bernardo termine su Instrucción al Hermano Jiménez citando este bello texto paulino; pero lo es más aún si tenemos en cuenta que en la primera edición que se hizo de las Constituciones de la Compañía de Jesús, el P. Rivadeneira –según dice la tradición- puso como Prólogo de las mismas el contenido del texto paulino en un estilo que parece toda una proclama. Está escrito en latín y dice así:

SUMMA  ET  SCOPUS  NOSTRARUM  CONSTITUTIONUM

HOMINES MUNDO CRUCIFIXOS ET QUIBUS MUNDUS IPSE SIT CRUCIFIXUS, VITAE NOSTRAE RATIO NOS ESSE POSTULAT; HOMINES, INQUAM, NOVOS, QUI SUIS SE AFFECTIBUS EXUERINT UT CHRISTUM INDUERENT, SIBI MORTUOS UT IUSTITIAE VIVERENT; QUI, UT DIVUS PAULUS AIT, IN LABORIBUS, IN VIGILIIS, IN IEIUNIIS, IN CASTITATE, IN SCIENTIA, IN LONGANIMITATE, IN SUAVITATE, IN SPIRITU SANCTO, IN CARITATE NON FICTA, IN VERBO VERITATIS, SE DEI MINISTROS EXHIBEANT; ET PER ARMA IUSTITIAE, A DEXTRIS ET A SINISTRIS, PER GLORIAM ET IGNOBILITATEM, PER INFAMIAM ET BONAM FAMAM, PER PROSPERA DENIQUE ET ADVERSA, MAGNIS ITINERIBUS AD CAELESTEM PATRIAM ET IPSI CONTENDANT, ET ALIOS ETIAM QUACUMQUE POSSUNT OPE STUDIOQUE COMPELLANT, MAXIMAM DEI GLORIAM SEMPER INTUENTES.

COMPENDIO Y FIN DE NUESTRAS CONSTITUCIONES

LA RAZÓN DE SER DE NUESTRA VIDA PIDE QUE SEAMOS HOMBRES CRUCIFICADOS AL MUNDO Y PARA LOS QUE EL MUNDO ESTÉ CRUCIFICADO. HOMBRES NUEVOS, QUE SE HAYAN DESPOJADO DE SUS AFECTOS PARA REVESTIRSE DE CRISTO, MUERTOS A SÍ MISMOS Y VIVOS PARA LA SANTIDAD; HOMBRES QUE –COMO DICE SAN PABLO- SE MUESTREN COMO SERVIDORES DE DIOS EN TRABAJOS, EN VIGILIAS, EN AYUNOS, EN CASTIDAD, EN CIENCIA, EN LONGANIMIDAD, EN SUAVIDAD, EN ESPÍRITU SANTO, EN CARIDAD VERDADERA, EN LA PALABRA DE LA VERDAD; Y CON LAS ARMAS DE LA SANTIDAD, A LA DERECHA O A LA IZQUIERDA, POR GLORIA O POR IGNOMINIA, POR BUENA O POR MALA FAMA, POR LO PRÓSPERO Y TAMBIÉN POR LO ADVERSO, CAMINEN A GRANDES JORNADAS HACIA LA PATRIA CELESTIAL NO SÓLO ELLOS MISMOS, SINO TAMBIÉN IMPELIENDO A OTROS POR TODOS LOS MEDIOS A ENTRAR EN LA GLORIA DEL CIELO, TENIENDO SIEMPRE COMO PUNTO DE MIRA LA MAYOR GLORIA DE DIOS.


 
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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