Libro “Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús”, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España.
 
De la sólida humildad y mansedumbre de corazón del Padre Bernardo. ("Vida". Libro Cuarto. Capítulo 12).

En estas dos virtudes, que son el carácter de los verdaderos devotos 1 del Sagrado Corazón de Jesús, aspiró Bernardo a ser fiel copia del Corazón divino. Desde los principios de su vida religiosa fue muy señalado en ellas. Continuamente resonaba en su espíritu la sentencia del divino Maestro: Discite a me , quia mittis sum, et humilis corde: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.

Omitiré los ejercicios comunes de humillación 2 que todos los jóvenes de nuestra Compañía practican en el Noviciado y estudios: porque estas humillaciones son indicio solo de la verdadera y sólida humildad de corazón que practicaba Bernardo. El espíritu con que se ejercitaba en los oficios humildes y en cuanto podía hacerle semejante al humilde Corazón de su amado Jesús, estaba muy en lo más íntimo de su corazón.3 Si él mismo no le descubre con sus propias palabras, no es fácil que nosotros podamos conocerle.

Aún no había salido del Noviciado, cuando en uno de los favores con que el Señor empezaba a comunicársele, nos descubre su verdadera humildad. Sus palabras son las siguientes: “Comunicóseme aquí gran luz4 de lo poco que yo lo merezco. Y esto en todos los favores. Al paso que es grande el conocimiento de Dios, a ese paso es tan grande el propio5, que se confunde y anihila el alma; y así, hoy se quejaba amorosamente diciendo: Señor ¿ cómo favorecéis tanto a una criatura tan ingrata como yo? ¿Por qué no lo dáis a quien lo agradezca más? Señor, mirad a mi miseria, y acordaos que os he ofendido y que muchas veces he merecido el infierno; bastante favor es que me hayáis librado de él, y no que me hagáis estos favores que negáis a muchos grandes siervos.

Estos y otros coloquios tenía con su Amado, por la fuerza del conocimiento que se le comunicaba de su indignidad. Y háceseme tanto más grande el favor, cuanto más conozco mi desagradecimiento; pero este divino Dueño ve que si no me favoreciese así, sin duda me iría al infierno, y por eso me quiere llevar por este camino; que si al mayor pecador del mundo le diese las luces que a mí, no dudo sería un gran siervo suyo; él me dé su gracia para que yo le sea fiel y corresponda a tantos beneficios; pues aunque yo fuera un gran siervo suyo, veo no era nada mío, sino del Señor que hace la costa, y de no ser muy santo se me ha de pedir muy estrecha cuenta en el tribunal de Dios”.

Hasta aquí el humilde joven. Estas palabras de Bernardo, niño de 16 años, nos enseñan a repetir los altos y profundos sentimientos de humildad que tenían el humilde Padre San Francisco de Asís y nuestro glorioso Padre San Ignacio. Este portentoso Santo decía que las singulares gracias, con que le favorecía el Señor, eran necesarias para mantenerse en su gracia divina. Así como una fábrica que se está arruinando, necesita de puntales para tenerse firme. El mismo sentimiento explica su amado hijo Bernardo en aquellas palabras: Este divino Dueño, si no me favoreciese así, sin duda me iría al infierno.

El seráfico Padre San Francisco, portento de la humildad, decía que si el Señor hubiera hecho al mayor pecador del mundo las gracias con que le había favorecido, sin duda le hubiera correspondido mejor. Esta admirable sentencia del humilde serafín Francisco se halla repetida en las palabras del humilde Bernardo: Si al mayor pecador del mundo diese el Señor las luces que a mí, no dudo que sería un gran santo.

Según estos profundos sentimientos nadie dirá que no fue una de las más heroicas virtudes de nuestro joven la humildad. Porque si, a los principios, cuando el Señor empezó a favorecerle, así sentía de sí mismo y todos los favores sobrenaturales le dejaban por fruto esta virtud, ¿cuántos grados adquiriría después de favores tan grandes y continuados?

Nadie puede declararnos más vivamente su humildad que el Padre Bernardo, dando cuenta a su Director: En orden a la humildad, dice, si he de decir lo que siento, me parece que ninguna virtud tengo menos que ésta. Funda después su parecer sencillo y verdadero en algunas razones o reflexiones propias de su espíritu. Dice que por la misericordia y gracia del Señor, bien conoce que no tiene soberbia, con la cual pretenda levantarse con los dones de Dios.

Que reconoce su gran miseria a los resplandores de la divina luz, con tal viveza que se ve y experimenta identificado con la nada, con la ingratitud y con la miseria misma. 6 Y que se alegraría sumamente (de) que todos le conociesen tan miserable como él mismo se ve.7 Que también conoce que lo bueno que en él hay y los singularísimos favores que, sin merecerlos, le ha hecho el Señor, van sobrepuestos, y todos son de Dios.

Sentimiento humilde que le confirmaba el espíritu de su santo Director San Francisco de Sales con el ejemplo de las acémilas. Estas, decía con su Santo, aunque estén cargadas con preciosísimos muebles de un poderoso Príncipe, luego que se los quitan, quedan unas bestias de poco precio, porque las preciosidades de oro, plata, piedras preciosas, etc. son del Príncipe y no de las bestias de carga.

Todo esto lo conozco gracias a Dios (prosigue Bernardo) y deseo que lo conozcan todos. Pero yo no llamo a esto humildad; la humildad es virtud. Y en esto, que es la realidad, que lo veo por vista de ojos más claro que el sol de medio día,¿ qué virtud puede haber? No me parece humildad, sino un medio entre soberbia y humildad; un no ser soberbio, un no gloriarme de lo que no es mío, un no tener lo que no he recibido, quasi non acceperim8; pero esto, si es así, si aquí no hay que vencer,¿ cómo ha de ser virtud de Dios?

El que no cometa pecados mortales no es ser perfecto; el no ser ingrato positivamente, no es ser agradecido; y, al contrario, no ser agradecido positivamente es una ingratitud tan grande como la que hallo en mí”. Hasta aquí las palabras de Bernardo, que declaran algo la humildad de su espíritu y corazón amante.

Incomparablemente más la declara, cuando nos descubre el principio, raíz o fuente de donde provenían tan sólidos sentimientos de humildad. Tratando de ellos, dice que los reconoce como visibles dones de Dios, y que sin razones o discursos para humillarse se los pone delante el Señor con su divina luz. Descubríale por una parte la grandeza de Dios, y por el otro extremo su nada; por un lado la bondad infinita, y por otro su maldad inmensa; la inestimable misericordia del Señor, y la suma ingratitud de su siervo.

Para que esta soberana luz no deslumbrase o cegase la pequeñez de Bernardo, dice que comúnmente solía el Señor templar las luces de este conocimiento de la infinidad de Dios en todas sus infinitas perfecciones, 9 (con las) de su casi infinita imperfección y maldad. “Descúbreme los dos extremos (dice el humilde joven con términos escolásticos), aunque a veces las luces se terminan in recto a Dios, y in obliquo, como por reflexión, a mí mismo.

Entonces conózcome a mí; pero conozco a Dios y a sus dones, y aquí recibe mi espíritu una magnanimidad grande, no escondiéndosele los dones que tiene de Dios, y dice: omnia possum;10 pero no para ahí; añade: in eo, qui me confortat.11 Y entonces me ofrezco: ecce ego, mitte me12, para su mayor gloria.

Pero si varía la luz, y se termina in recto a mi nada, aquí es ello: me anihilo, me confundo, quisiera huir de mi Dios de pura vergüenza; no me hallo a mi mismo. Por tres lados me veo: por los pecados de la vida pasada; por lo infinito que dista mi correspondencia en las faltas de la obligación en que Dios me pone; por lo que dejo de hacer; por el realce que no doy a las cosas. Son tres líneas que forman el centro de mi confusión.

Y de aquí nace el pedir al Señor se aparte de mí, quia peccator sum13; el renunciar los divinos favores; el temer de mí mismo y, a veces, estremecerme de horror y espanto de mí mismo, temiendo no me levante el Señor tan alto para dar mayor golpe y hacer un castigo ejemplar en tal monstruo de ingratitud; y de esto se origina el desear me tengan todos por lo que soy y traten como tal14; si bien no se me cumple este deseo; y sólo se suelen ofrecer algunas niñerías, que me sirven de consuelo, y encomiendo particularísimamente al Señor a quien me da algún gusto en esto”.

Hasta aquí la pluma del humilde joven.

Después que Jesús le manifestó su sacrosanto Corazón con las luces que insinuamos en el libro tercero, todo su cuidado fue formar su corazón a semejanza del sagrado Corazón de Jesús.15 En los últimos ejercicios,16 que hizo en el Colegio de San Ambrosio de Valladolid, tuvo singulares favores y sintió vivísimos deseos de conformarse con el Corazón humillado, abatido y despreciado de Jesús.

Examinando el fruto de estos ejercicios, entre otros muy estimables pone el de la humildad, y dice: He hallado en mí por fruto un ardentísimo deseo de formar mi corazón a su imagen no gloriosa, sino triste, mortificada, y unas ansias grandes sobremanera de amar a este Corazón divino con un amor tan ardiente como paciente, abatido, perseguido, pobre, desnudo, oculto al mundo, olvidado de él, despreciado de todos y, en fin, muerto al amor y voluntad propia. 17

Mas receloso siempre de que estos deseos fuesen muy especulativos y también su perfección, procuró hacerlos eficaces y efectivos con un acto heroico de humildad. Fue al aposento del Padre Rector,18 con quien trataba todas sus cosas, y le rogó encarecidamente que se dignase su Reverencia de probarle sus deseos con humillaciones, reprensiones y penitencias; en fin, según el Señor le inspirase.

Ofrecióle el Padre Rector condescender con sus deseos, y quedó gozosísimo diciendo: Espero lo ha de hacer su Reverendísima por la gran luz que el Señor le ha comunicado de mi espíritu. Con este reverendo Padre trató Bernardo muy familiarmente, y le asistió para hacer sólida su humildad.

La mansedumbre y dulzura de corazón de nuestro devoto joven fue muy singular, como confiesan cuantos le trataron, en especial sus connovicios y condiscípulos en los estudios. Para testigos de esta verdad no puedo presentar otros más dignos de toda fe. Porque la dulzura de corazón entonces se conoce mejor cuando se trata familiar y francamente en las conversaciones familiares, disputas y pequeños negocios de una juventud religiosa. Nada me admira de cuanto me refieren de la dulzura y mansedumbre de corazón de Bernardo, porque sé las sagradas fuentes de donde tenía su origen.

Fueron éstas los celestiales, divinos y maternales pechos de su Madre dulcísima María Santísima y el sacratísimo Corazón de Jesús. Hallábase nuestro feliz joven un día de renovación de sus votos, extático, recibiendo singulares favores, cuando el Niño Dios y su Santísima Madre le hicieron el favor siguiente. Visitó a su devoto hijo Bernardo la soberana Reina de los cielos, que traía a su divino Hijo como recién nacido en sus brazos. Absorto el joven con esta regalada visión, y acordándose que poco antes, después de la renovación de sus votos, había renovado inmediatamente su carta de filiación de María, se exhalaba19 en afectos de humildad y amor.

Expréselos él mismo con sus palabras: “Al divino Jesús ya le miraba, dice, como a Dios, y me espantaba su grandeza; ya como a Esposo, y confuso me abrasaba en amor; ya como a Hermano, y todo amoroso me anihilaba en mi nada. Considerándole como a Hermano se me ofrecía: Quis mihi det te fratrem meum sugentem ubera Matris meae.20 Y le vi, por visión imaginaria, tomando el pecho de su dulcísima Madre como a Niño hermosísimo: mientras tomaba el pecho volvía sus divinos amorosos ojos, con que apaciblemente me miraba.

Paréceme que la infinita Bondad se empeñaba en confundir mi pequeñez hasta el abismo de su ingratitud, a puros favores; pues no paró en lo dicho, sino apartando su boquita hermosa del pezón del virginal pecho exprimió un rayo de aquella sagrada leche, que dio en mi corazón bañándole y dejándole hermoseado, y me pareció se me comunicaba en alto grado el espíritu de dulzura y suavidad, como a mi santo San Bernardo;21 y, aludiendo a esto, me dijo mi dulcísima Madre cuando su divina leche rociaba en mi corazón, esta palabra de amor: Bernarde, fili mi22, que no puedo pronunciarla, ni acordarme de ella sin dulces lágrimas.

En esta palabra se cifraron mil favores;23 pues me acordó de la Providencia y Voluntad divina, con que me diesen este nombre en el Bautismo; porque había de ser hijo suyo y favorecido dulcísimamente como San Bernardo”. Hasta aquí la pluma de este regalado siervo e hijo de María. No es fácil conocer ni expresar la dulzura de corazón, que el néctar suavísimo de los virginales pechos de María Santísima comunicó al corazón de Bernardo, bañándole por todas partes.

La segunda fuente de su dulzura y mansedumbre de corazón fue el santísimo Corazón de Jesús. No es necesario detenernos en ponderar cuánta le comunicaría este dulcísimo Corazón, fuente de todas las verdaderas dulzuras de los espíritus angélicos y corazones humanos. Pues hemos visto en todo el Libro tercero de esta historia los regalados favores que comunicó el Corazón divino al corazón humano de su siervo.

Vimos en uno de los favores regalados que el santísimo Corazón de Jesús bañó el de Bernardo con su preciosa y dulcísima Sangre. “Sentí que mi corazón – dice- estaba con el discípulo amado San Juan, arrimado al Corazón de Jesús, como bañado con la Sangre dulcísima y preciosísima, que manaba por aquella puerta del Paraíso de la fuente que alegra la Ciudad de Dios”.

Estas palabras nos declaran algo la dulzura,24 que comunicaría la dulcísima Sangre del Corazón de Jesús al de su devoto. Y la circunstancia de acompañarle en este favor el amado discípulo, nos da a entender cuán parecido fue el corazón de Bernardo en la dulzura, suavidad y mansedumbre al corazón de San Juan Evangelista.

Pondré fin a este capítulo con un singularísimo favor, que hizo el Corazón de Jesús al de Bernardo, enseñándole con un hermoso y amorosísimo símbolo las virtudes de humildad y suavidad de corazón. Desde que conoció la devoción y excelencias del Sagrado Corazón de Jesús, apenas formaba pensamiento, leía libro o practicaba acción alguna, que no lo hiciese servir a las glorias del Corazón divino.25

Leyó un día en el himno de su dulcísimo Padre San Bernardo, que habla difusamente del Sagrado Corazón de Jesús, empezando: Summi Regis cor aveto.26 Juzgó que este himno era oportuno para encender en los corazones de todos su amabilísima devoción. Copióle al instante, y le envió a un confidente suyo,27 rogándole que se valiese de él para su propia devoción y para encender en otros la devoción del Sagrado Corazón de Jesús.

Parece que este Señor se agradaba mucho de las amantes fatigas de su siervo en este punto. Pues con ocasión de haber copiado el himno, le hizo el amorosísimo favor que refiere por estas palabras. “La víspera de la fiesta del dulcísimo nombre de Jesús,28 escribí a vuestra Reverencia encendido en amor a este suavísimo nombre,29 y absorto en mirar a mi propio corazón remití entonces a vuestra Reverencia el himno que mi Santo Bernardo compuso al Sagrado Corazón.

Pues el día siguiente al llegar a comulgar, sin saber cómo, en lugar de aquel afecto: adoro te, Cor Jesu sacratissimi, etc. que todas las comuniones se me ofrece al recibir al Señor Sacramentado, prorrumpió en (mi) alma en aquel dilatare, aperire, tamquam rosa fragrans mire, del himno que el día antes había trasladado para vuestra Reverencia.

Fue esto una notable, improvisa(da) conmoción de mi espíritu y de mi corazón, que con mi San Bernardo pedía al Corazón de Jesús se abriese para darle entrada; pero, al punto, tomándome el Señor la palabra, como dicen, dijo él a mi corazón, cuando ya estaba en mi boca la Sagrada Forma: Dilatare, aperire, tamquam rosa fragrans mire; y entonces me pareció que se abría mi corazón, como una rosa encarnada, y que en todas sus hojas estaba escrito este dulcísimo mote IHS.

Entró el amado Jesús, y luego se volvieron a juntar las hojas, quedando mi corazón como una rosa cerrada en su capullo y sellado con el mismo suavísimo nombre. Entre los soberanos consuelos, que en este favor recibió mi corazón, fueron admirables las luces que recibió mi entendimiento, y celestial la doctrina que desde mi corazón me dio al alma el buen Jesús como catedrático divino, que desde su cátedra dictaba los puntos de más elevado y puro amor.

Con el símbolo de la rosa y la visión simbólica de las hojas, matizadas en el nombre de Jesús, entendí cómo el amantísimo Jesús quería fuese mi corazón una rosa, en que su Corazón hallase hermosura, delicias y fragante olor; que todas las hojas de sus deseos, de sus pensamientos y de sus obras, fuesen rubricadas con su real sello; que cerrándose en sí mismo fuese botón cerrado, que con su nombre como escudo resistiese la entrada a todo lo que no era Jesús, a todo lo que no era Dios o no viene por Dios; que como la rosa tiene una cubierta de hojas verdes que ocultan las floridas, aunque no estorban el buen olor, así la humildad y recato, ocultas en las flores, no (son) su olor, siendo lícito sólo al Corazón divino abrir esta rosa para entrarse dentro. Este es un rastro de lo que entendí”.30

Hasta aquí la pluma de este devotísimo joven. Ocioso sería ya detenerme en pequeños ejemplos de la mansedumbre y dulzura de corazón de Bernardo, habiendo mostrado las celestiales fuentes que se la comunicaron.


1           Decía Jesús: Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón (Mt 11, 29)

2           Esto “ejercicios de humillación” son, por ejemplo, comer de rodillas en algunas ocasiones, pedir la comida por las mesas como si se tratara de un pobre, rezar la bendición de la mesa con los brazos en cruz, comer del mismo puchero que el pobre a quien se le socorre con el alimento, dejar que en público le digan las faltas o defectos en que suele caer con más frecuencia, etc.

3           Tiene razón el P. Loyola al hacer ver la fuente o manantial, de donde brotaba la humildad de Bernardo. No son las realidades externas las que producen la humildad, aunque puedan ayudar algo para ello, sino el espíritu interior el que, como una oculta violeta, esparce el exquisito perfume de la humildad.

4           Cuando Dios ilumina al alma es cuando ésta se llena de humildad. No se trata de una conquista de la persona, sino de un don que hace el Señor: un don que hemos de pedir con absoluta confianza, ya que entra en los planes de Dios para llevarnos a una madura santidad. Santidad sin humildad es imposible. Santa Teresa dice que “la humildad siempre labra, como la abeja en la colmena –que sin esto todo va perdido-; mas consideremos que la abeja no deja de salir a volar para traer flores; así el alma en el propio conocimiento. Créame y vuele algunas veces a considerar la grandeza y majestad de Dios. Aquí hallará su bajeza mejor que en sí misma y más libre de las sabandijas... Es cosa tan importante este conocernos, que no querría en ello hubiese jamás relajación, por subidas que estéis en los cielos; pues mientras estamos en la tierra no hay cosa que más nos importe que la humildad. Y así torno a decir que es bueno y muy rebueno tratar de entrar primero en el aposento adonde se trata de esto, que volar a los demás, porque este es el camino” (Moradas primeras, cap 2, 8-9)

5           Es algo fuera de toda duda que los dos conocimientos: el de Dios y el de uno mismo han de ir unidos. San Agustín gustaba de repetir: Noverim Te, noverim me! (conózcate a Ti, conózcame a mí!). Ya hemos dicho en alguna nota cómo San Ignacio, en la meditación de los pecados personales, acude a esta comparación entre la grandeza de Dios y la pequeñez del alma: “mirar qué cosa es todo lo criado en comparación de Dios; pues yo solo ¿qué puedo ser?...; considerar quién es Dios, contra quien he pecado, según sus atributos, comparándolos a sus contrarios en mí: su sapiencia a mi inorancia, su omnipotencia a mi flaqueza, su justicia a mi iniquidad, su bondad a mi malicia” (Ejercicios espirituales, nº 58 y 59). Santa Teresa gusta igualmente de hacer la misma reflexión, y así escribe: “Jamás nos acabamos de conocer, si no procuramos conocer a Dios. Mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza y mirando su limpieza veremos nuestra suciedad; considerando su humildad veremos cuán lejos estamos de ser humildes. Está claro que una cosa blanca parece muy más blanca cabe la negra, y al contrario, la negra cabe la blanca... Nuestro entendimiento y voluntad se hace más noble y más aparejado para todo bien, tratando a vueltas de sí con Dios; y si nunca salimos de nuestro cieno de miserias, es mucho inconveniente. Pongamos los ojos en Cristo nuestro bien, y allí aprenderemos la verdadera humildad...y ennoblecerse ha el entendimiento...y no hará el propio conocimiento ratero y cobarde.” (Moradas primeras, cap 2, 9-11)

6           Según cuenta el P. Rivadeneira, el primer biógrafo de San Ignacio, en una serie de frases que acostumbraba a decir el Santo: “dijo que no había ninguno en casa de quien él no se edificase, sino de sí mismo” (Algunos dichos de nuestro bienaventurado Padre, 8). El mismo Ignacio solía decir que “se sentía todo impedimento”

7           Esta frase de Bernardo nos recuerda un episodio que cuenta San Ignacio en la Autobiografía, y dice así: “Estando enfermo una vez en Manresa, llegó de una fiebre muy recia a punto de muerte, que claramente juzgaba que el ánima se le había de salir luego. Y en esto le venía un pensamiento, que le decía que era justo, con el cual tomaba tanto trabajo, que no hacía sino repugnarle y poner sus pecados delante; y con este pensamiento tenía más trabajo que con la misma fiebre; mas no podía vencer el tal pensamiento por mucho que trabajaba por vencerle. Mas aliviado un poco de la fiebre, ya no estaba en aquel extremo de expirar, y empezó a dar grandes gritos a unas señoras que eran allí venidas por visitarle, que por amor de Dios, cuando otra vez le viesen en punto de muerte, que le gritasen a grandes voces, diciéndole: ¡Pecador! Y que se acordase de las ofensas que había hecho a Dios” (Autobiografía, nº 32). Comentando este texto, escribe el P. Victoriano Larrañaga: “Esta enfermedad la pasó el Santo en casa de don Andrés Amigant, cuya familia ya desde 1364 había labrado dos aposentos en su casa para atender de continuo en ellos a dos pobres enfermos. Un antiguo cuadro de familia representa a Iñigo convaleciente, incorporado en su lecho, rodeado de don Andrés y de su madre doña Angela Seguí, que le ofrece una taza de caldo, mientras los demás familiares completan el cuadro. En el frontal del lecho se lee esta inscripción: “Stus. Ignatius de Loyola languens”. Y al pie esta otra: “Haec omnia evenerunt 22 julii anno 1522”. Más tarde Ignacio escribiría una carta a Sor Teresa Rajadell, dirigida del Santo y que le ayudó mucho con limosnas en sus tiempos de estudiante, y le diría entre otras cosas: “Así debemos mirar mucho, y si el enemigo nos alza, bajarnos, contando nuestro pecados y miserias” (Obras completas de San Ignacio, Bac, Madrid, 1947, pg 190)

8           “como si no lo hubiera recibido”

9           el texto original pone aquí una “y”. La sustituimos por las otras dos palabras en paréntesis, que dan el sentido de la frase.

10          “todo lo puedo”

11          “en aquel que me conforta” (carta a los Filipenses 4, 13)

12          “Aquí estoy, envíame!” (respuesta de Isaías a la llamada del Señor para ser su profeta)

13          “porque soy un pecador” (las palabras que dijo el apóstol Pedro al ver la pesca milagrosa que se había cogido: Lc 5, 8)

14          Avisa San Juan de la Cruz “que la virtud no está en las aprensiones y sentimientos de Dios, por subidos que sean, ni en nada de lo que a este talle pueden sentir en sí; sino, por el contrario, está en la que no sienten en sí, que es en mucha humildad y desprecio de sí y de todas sus cosas, muy formado y sensible en el alma, y gustar de que los demás sientan de él aquello mismo, no queriendo valer nada en el corazón ajeno” (Subida del monte Carmelo, libro III, cap 9, 3)

15          Este fue el ideal del P. Bernardo de Hoyos, sobre todo después de conocer la devoción y culto del Corazón de Jesús. Su ideal no fue otro sino el de San Pablo: “sentite quod et in Christo Iesu”, tened los mismos sentimientos del Corazón del Señor.

16          Los Ejercicios del año 1734, todavía en su cuarto año de teología.

17          Bernardo quiere identificarse con el Corazón doliente del Señor. No olvidemos que la espiritualidad de Santa Margarita, en la que había bebido Bernardo, era una espiritualidad de reparación y que trazaba unas líneas fuertes de condolencia con el Cristo injuriado y paciente, víctima de los pecadores. El Corazón glorificado y resucitado de Cristo no se vislumbra apenas en la espiritualidad de Bernardo de Hoyos, si bien hay algunos atisbos de él. Podemos decir que una espiritualidad de resurrección y gloriosa es relativamente muy reciente en la Iglesia. La “cruz gloriosa” es la unión de ambas dimensiones, pero que en tiempos de Bernardo sus resplandores de gloria apenas si eran vividos por las almas santas de entonces. Llama la atención las ansias enormes que experimenta Bernardo de amar a ese Corazón divino “con un amor tan ardiente como paciente, abatido, perseguido, pobre, desnudo, oculto al mundo, olvidado de él, despreciado de todos y, en fin, muerto al amor y voluntad propia”. Tras estas palabras intuimos la famosa regla 11 de los jesuitas, que es el nervio de los Ejercicios y de las Constituciones, y que encierra en sí lo que se ha llamado “la locura de la cruz”. En otras notas hemos hablado de ello. Bernardo intuye que por aquí hay un camino seguro, sin ilusiones peligrosas, ya que la piedra de toque de una verdadera santidad es y será siempre el “amor a la cruz de Cristo”. No en vano San Pablo escribió aquella frase: “lejos de mí el gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”

18          Probablemente era el P. Rávago en aquel tiempo.

19          el texto original escribe: “se exalaba”

20          “¡Ah, si fueras tú un hermano mío, amamantado a los pechos de mi madre!” (Cantar de los cantares 8, 1)

21          Evoca Bernardo de Hoyos la misma escena que, en su día, experimentó el gran Bernardo de Claraval y que inmortalizó con sus pinceles Murillo.

22          “Bernardo, hijo mío¡”

23          Uno de estos favores son los frutos que tales palabras producen en el alma, con los que queda abrasada de amor. Algo de esto quería decir Teresa de Jesús cuando escribía: “Esto tienen los grandes ímpetus de amor...Es como unas fontecicas, que yo he visto manar, que nunca cesa de hacer movimiento el arena hacia arriba. Al natural me parece este ejemplo o comparación de las almas que allí llegan. Siempre está bullendo el amor y pensando qué hará: no cabe en sí, como en la tierra parece no cabe aquel agua, sino que la echa de sí con el amor que tiene; ya la tiene a ella empapada en sí; querría bebiesen los otros....” (Libro de la Vida, cap 30, 19).

24          La sangre de Cristo posee en sí tal ardor y tal dulzura que las almas que la han gustado quedan como ebrias con tanto sabor. Ignacio de Loyola nos manda en sus “aplicaciones de sentidos”, entre otras cosas, “gustar con el olfato y con el gusto la infinita dulzura de la divinidad, del ánima y de sus virtudes y de todo...” (Ejercicios espirituales, nº 124). San Juan de Avila exclamará en una ocasión: “¡Oh sangre hermosa de Cristo hermoso, quién viera con cuánta violencia eras derramada!” . Hay un canto que dice: “endulzad vuestros trabajos con la sangre de Jesús”. La dulzura de la sangre de Cristo, su perfume, su fuerza...son fortaleza para el alma.

25          Se ha dicho: “teme al hombre de una sola idea”. En cierto sentido ese hombre fue Bernardo, una vez que se sabe elegido para extender el culto al Corazón de Jesús. De modo absorbente se lanzará a su tarea. Todo le sirve para la misma causa y todo lo relaciona con ella.

26          Salve, Corazón del gran Rey!

27          Se trata del P. Juan de Loyola, como lo dice poco después el mismo Bernardo.

28          La fiesta del Nombre de Jesús (suprimida hoy en la liturgia) se celebraba entonces el 2 de enero.

29          Bernardo era un enamorado del nombre de Jesús, como su Padre Fundador Ignacio de Loyola. No nos extendemos en esta materia por haberlo tratado ya en otras notas. El hecho de que “su San Bernardo” se distinguiera tanto en el amor a ese santo Nombre pudo influirle de manera especial.

30          Es verdaderamente espléndida esta visión de Hoyos por el apretado simbolismo que encierra en sí. Nos encontramos, tal vez, en la visión más brillante y literariamente bellísima de las muchas con que el Señor favoreció a Bernardo.


 
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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