Libro “Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús”, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España.
 
Vida común y fervorosa con que vivió Bernardo en nuestra Compañía de Jesús desde su Noviciado. ("Vida". Libro Cuarto. Capítulo 1).

Para disponerse Bernardo a recibir de Dios los singulares favores que hemos referido en los tres libros precedentes, vivió desde los primeros días de novicio con los fervores que le pedían las obligaciones de su estado. Su particular estudio era aplicarse fervoroso a los ejercicios de la vida común,1 abandonando su espíritu a las impresiones que el Señor se dignase hacer en su alma. Sería cosa de mucho ejemplo y edificación referir en particular todos los esmeros de perfección con que animaba las pequeñas obras de su vida. Pero nos detendrían demasiado sus menudas observaciones y advertencias.

Un papel, que escribió Bernardo a pocos meses de novicio para dirigirse en el examen particular,2 nos servirá de indicio para conocer su solicitud en la perfección de la vida común. Había leído u oído decir que enseña nuestro Padre San Ignacio ser una cosa de las más útiles, que pueden servir de materia3 al examen particular, hacer con perfección todos los ejercicios espirituales de la vida religiosa. Así lo enseña nuestro santo Padre en el libro de oro de sus Ejercicios espirituales.

Y así empezó a instruirse y practicarlo nuestro fervoroso novicio. “El examen particular (dice el Santo), después de comer y después de cenar se hará sobre las faltas y negligencias cerca de los ejercicios y adiciones de este día, y así en los que se siguen4. Estas son las palabras del Santo, de cuya doctrina guiado el fervoroso novicio, dispuso un examen particular que declara bien sus luces y solicitud en el camino de la perfección.

Antes de imponerse las advertencias, que había de observar para hacer con perfección todos los ejercicios espirituales, ensalza la importancia de este punto diciendo: “Este examen es uno de los mas útiles y proporcionados que puede traer un novicio”. Hácese cargo de que, en los principios, es dificultoso conocer las faltas y notarlas con la puntualidad que pide el ejercicio del examen particular. Pero su espíritu, aun desde los primeros días de novicio, jamás se rindió a las dificultades.

Para allanarlas se impuso cuatro advertencias5 particulares, que inventó para su dirección. La 1ª dice: es necesario saber las perfecciones que pide cada uno de los ejercicios espirituales para su perfecta ejecución. 2ª: al principio no se empeñe en todas las sutiles circunstancias espirituales de todos los ejercicios del día. Escoja dos o tres de la mañana y otros tantos de la tarde. Continúe en su espiritual estudio y diligencia hasta que llegue a hacer perfectamente todos los ejercicios espirituales. La 3ª : si señala por la mañana los ejercicios v. g. de ofrecer las obras a Dios luego que se levante y tener bien la oración, escoja por la tarde otras dos diversas, como rezar bien el rosario a nuestra Señora y leer con fruto la lección espiritual. La 4ª :puédese hacer examen particular del mismo examen particular; examinando si observa bien las cuatro adiciones 6 de nuestro P. San Ignacio; advertencias que todos nuestros novicios tienen de memoria a los primeros días de Noviciado.

Después de estas advertencias generales que Bernardo discurrió para la perfección que se proponía en los ejercicios espirituales, pone las faltas que se pueden cometer en algunos. Para notar estas faltas tenía casi de memoria un manuscrito,7 que usaban en su tiempo los Novicios para su dirección en los ejercicios espirituales.

Este manuscrito, aprobado por los superiores, contiene algunas advertencias sacadas de los santos y doctores místicos para dar a cada ejercicio espiritual la perfección que los santos nos enseñan y nos piden nuestras reglas. Por las faltas que el novicio señala en los ejercicios, que se pone por v. g., nos descubre las notas de perfección que contiene el manuscrito, y Bernardo practicaba cuidadoso.

El primer ejercicio es: Levantarse religiosamente. En este ejercicio nota para su examen particular las faltas siguientes: 1ª: No ponerse en presencia de Dios a la primera señal de la campana. 2ª: No persignarse devotamente. 3ª: No oír la voz de la campana, como voz de Dios. 4ª: No vestirse con puntualidad y sin pereza. 5ª: No considerar que su santo Angel de guarda le dice: Surge velociter. 6ª: No rezar las oraciones que se acostumbran al tiempo de vestirse con devoción y espíritu. 7ª: No dar al Señor humildes gracias con aquellas oraciones, especialmente por los beneficios recibidos aquella noche. 8ª: No pedir gracia con las mismas para servir fielmente a Dios este día. 9ª: Dejar alguna de las oraciones que los novicios dicen en tiempo de vestirse. 10ª: No besar devotamente la sotana cuando se viste, a imitación del Venerable Hermano Juan Berchmans. 11ª :No salir de la cama con toda modestia. 12ª : No hacer devotamente genuflexión al santo Crucifijo al salir del aposento. 13ª: No tomar agua bendita con devoción y no sólo por costumbre. 14ª : No salir del aposento imaginando que va en su compañía el santo Angel de su guarda.

Después de este primer ejercicio de la mañana prosigue Bernardo discurriendo con la misma individuación por casi todos los ejercicios espirituales: ofrecer las obras, preparación para la oración y tenerla bien, oir Misa, etc. En esto se deja conocer el fervoroso espíritu con que se aplicó este diligente novicio a cumplir sus obligaciones, con solo este pequeño indicio de diligente cuidado. Este mismo empleó en todas las observancias del Noviciado, siendo de particular ejemplo a todos.

Porque no se hallará perfección alguna de cuantas pide nuestro sagrado Instituto a los novicios que no la procurase Bernardo. Ya vimos en el capítulo 2º del primer libro de esta historia cómo se propuso por ejemplar de los fervores y observancia de su Noviciado la vida perfecta del Venerable Hermano Juan Berchmans. Con remitir al lector a este lugar, tenía expresado cuanto se puede decir en el presente asunto. Pero es preciso añadir que no se contentó nuestro joven con empezar la vida religiosa con los fervores insinuados, como empiezan muchos. Prosiguiólos toda su vida 8 de Hermano Filósofo y Teólogo y Padre de la tercera Probación, del mismo modo que ,cuando novicio, observaba los ápices de perfección en los ejercicios espirituales.

En la forma que hemos insinuado los observó toda su vida. Si en el Noviciado era el primero o de los primeros que se presentaban delante del augustísimo Sacramento del altar a ofrecer sus obras a Dios, observó la misma puntualidad y fervor en sus estudios. Aunque se viese tan favorecido de Dios en la altísima contemplación y ardores seráficos que hemos visto, se preparaba cuidadosamente para la oración. 9 Verdad es que muchas veces su preparación servía sólo de dar a nuestro Señor muestras de su ferviente fidelidad. Pues el Señor mismo llevaba sus potencias y abrasado espíritu por las sendas de luz, que le había preparado su misericordia.

Siempre fue muy diligente en observar el examen particular como el novicio más cuidadoso, cumpliendo las adiciones de nuestro Padre San Ignacio y siguiendo el maravilloso ejemplo del Santo en apuntarle todos los días.

Tenía la oración con los fervores extraordinarios que se dejan conocer, siendo por lo común llena de favores sobrenaturales. Pero desde los principios fue muy exacto en cumplir los ápices de perfección en prepararse y examinarla10 para agradecer al Señor sus misericordias y evitar las faltas que suelen introducirse aun en los espíritus favorecidos del Señor. Hablaremos después de su oración y altísima contemplación, en que se fundaron y solidaron sus heroicas virtudes.

Asistía al Santo Sacrificio de la Misa con la devoción y reverencia de un ángel. Ni es maravilla que su devoción fuese angélica en este espiritual ejercicio, al cual llamaba con su santo Director San Francisco de Sales: “Sol de los ejercicios espirituales; santísimo, sacratísimo y sobrenaturalísimo Sacrificio y Sacramento de la Misa; centro de la religión cristiana; corazón de la devoción; alma de la piedad, misterio inefable; que comprende el abismo de la caridad de Dios; y por el cual, aplicándose Dios a nosotros real y verdaderamente, nos comunica magníficamente sus gracias y favores”. Estas son las expresiones seráficas del Serafín de Sales y de su devoto.

Como gozó éste deliciosísimos favores en tiempo de la santa Misa, no podía menos de ser angélica su devoción. Oyó muchas veces música de ángeles cuando decía el sacerdote: Gloria in excelsis Deo, etc. Y que repetían los espíritus angélicos: Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus Sabahot; tu solus Sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altisimus, etc. Tu sólo Santo, tu sólo Señor, tu sólo Altísimo, etc.

Con esta celestial música y con la visión intelectual de estos celestiales cortesanos de la Jerusalén celestial, ya se deja entender el fervor amante con que Bernardo asistía al santo Sacrificio; siempre comulgaba espiritualmente en la Misa por los grandes frutos que su alma experimentaba con esta sólida devoción y porque el Señor le había dado a entender que le era sumamente agradable la comunión espiritual.

Rezaba el oficio Parvo, cuando novicio11, con la más tierna y afectuosa devoción, y el rosario de nuestra Señora con los afectos y dulzuras que la misma soberana Reina de los Cielos le comunicaba con frecuencia. La devoción a esta amabilísima Señora fue una de las singulares gracias con que Bernardo fue favorecido del Señor y de su Madre Santísima.

Explicóla12 siempre con muchos y singulares afectos y obsequios particulares. Rezaba el Salterio que compuso San Buenaventura,13 a imitación del de David, para alabar a la Santísima Virgen. Hacíala muchas novenas, previniendo con esta devoción sus principales festividades. Estas fervorosas novenas se componían sólo de las oraciones que en ellas se rezan. Eran también novenas de ratos largos de oración, humillaciones o penitencias en el refectorio, penitencias secretas en su aposento, de disciplinas, cilicios y otras austeridades y humillaciones ocultas que inventaba su ingeniosa piedad. Con estos fervores de su corazón amante se disponía para celebrar todas las festividades de su dulcísima Madre y recibir en ellas los singulares favores que dejamos referidos, y aún veremos.

Hizo sacrificio de sí mismo a la Reina del cielo, ofreciéndose por su humilde esclavo y renovando la Carta de esclavitud en todas sus festividades. Después la misma celestial Reina quiso tenerle no sólo por fiel esclavo, mas también por hijo favorecido. Para corresponder Bernardo a este particular favor dispuso una fórmula de filiación con su amabilísima Madre, con que se consagró por amante hijo de María. Fórmula que comunicó a algunos de sus confidentes para que se consagrasen también en la misma calidad de devotos hijos a esta dulce Madre. Leeráse entre sus devociones esta devotísima fórmula de hijo de María.14

Lo que dejamos escrito de su fervorosa aplicación a los ejercicios espirituales de oración, santo Sacrificio de la Misa y devoción a nuestra Señora nos demuestra su afecto a todos los demás ejercicios espirituales de lección, examen de conciencia y cuantos componen una vida perfecta. Las virtudes que se encargan como esenciales en su estado a los novicios de nuestra Compañía son: modestia, silencio, conversaciones santas y puntualidad a las distribuciones. Se hallaron éstas en Bernardo en grado heroico a pocos meses de novicio.

Observaba perfectamente las Reglas que nuestro Padre San Ignacio nos prescribe para adquirirlas. Si me pusiera a hacer un cotejo de nuestras Reglas con las acciones, movimientos y palabras de nuestro joven, sería su proceder una fiel copia de todas. Baste decir lo que he oído a muchos de sus condiscípulos que le trataron íntimamente y le observaron todas sus acciones, que jamás le vieron cometer falta de regla. Expresión que significa mucho y nunca se puede repetir sin asombro de los que saben cuánta perfección contienen las Reglas de nuestro sagrado Instituto.

De las virtudes de Bernardo se habla en muchos lugares de esta historia. Aun las expresiones con que declara sus favores sobrenaturales enseñan sus virtudes heroicas de humildad, obediencia, resignación, mortificación y otras.

Mas no dejaré de coronar este capítulo con una virtud de Bernardo muy necesaria en todos los Jesuitas, especialmente los jóvenes. Por falta de esta virtud se pierden acaso cuantos tienen la infelicidad de ser expulsos de nuestra Compañía de Jesús, y Dios reveló a nuestro Jesuita joven que, si no hubiera procurado tenerla, no sólo no hubiera recibido del Señor los grandes favores que le hizo, mas que indubitablemente se hubiera condenado por toda la eternidad. Esta virtud es la sinceridad y claridad de conciencia con los superiores, que tanto encomendó nuestro glorioso Padre San Ignacio.

Fue tan rara esta virtud en nuestro joven que, en el Noviciado, declaraba todos los días al Superior cuanto le pasaba en la oración y en otros ejercicios. En tiempo de sus estudios, cuando daba cuenta de conciencia, manifestaba a sus superiores cuanto deseaban saber de su interior. A sus Directores les daba cuenta de su espíritu con una individuación tan menuda que parecería prolijidad a los que no supiesen el origen de esta sincerísima manifestación de su espíritu. Como tenía tantos deseos de ser dirigido a la perfección y tantos temores de ser engañado, no le era posible ocultar a sus Directores el menor movimiento de su espíritu. 15


1           La santidad está en hacer bien aquello que hemos de hacer. Por eso la vida común, la tarea monótona de cada día, eso que no llama la atención porque todos lo hacen....es preciso realizarlo con toda perfección. Esa es precisamente la diferencia que hay del santo al que no lo es. Bernardo, a imitación de Juan Berchmans, intentará vivir con perfección cada momento de la jornada y de la vida común y ordinaria del noviciado. Como Berchmans podrá decir también: Mea máxima poenitentia, vita communis (mi mayor penitencia, la vida común).

2           San Ignacio de Loyola habla en sus Ejercicios de dos clases de examen: el examen de conciencia para confesarse y de otro examen, al que da el nombre de examen particular. Este examen lo concibe San Ignacio como un medio eficaz y sumamente práctico para desarraigar defectos y plantar virtudes. Es el medio que usará Bernardo con gran ahinco y que le ayudó a llegar a la alta perfección que adquirió en el espacio de muy pocos años. No olvidemos que San Ignacio debió en parte su conversión al espíritu reflexivo con el que el Señor le había dotado. Fue durante su convalecencia en la Casa solariega de Loyola cuando comenzó a caer en la cuenta del discurso de sus pensamientos y de cómo unos (los de Dios) le dejaban alegre y con ánimos, mientras que los otros (los del mundo) al final le dejaban triste y como vacío. Por eso Ignacio dará siempre mucha importancia al examen de lo que pasa por el alma. Será un enamorado de la práctica del examen, tanto es así que con más facilidad dispensaba a sus súbditos –cuando caían enfermos- de la oración que del examen.

3           La materia sobre la que puede versar el examen particular es casi infinita: cualquier falta a extirpar, cualquier defecto o carencia, cualquier virtud, cualquier actitud a conseguir....todo prácticamente puede ser objeto de este examen. Para una vida religiosa intensa, no cabe duda que el proponerse hacer con toda perfección los ejercicios de piedad es algo muy importante. Es precisamente lo que va a hacer Bernardo.

4           Libro de los Ejercicios espirituales, nº 90

5           Estas advertencias que hace aquí Bernardo nos dan el reflejo de su modo de ser: ordenado, metódico, realista e intenso.

6           Las cuatro adiciones que pone San Ignacio para llevar bien y con fruto el examen particular son: que cuando uno caiga en el defecto que pretende corregir, se arrepienta en ese momento; que apunte las veces que ha caído en la mañana y vuelva a hacer lo mismo a la noche y coteje si hay enmienda; que no sólo coteje el resultado de mañana y tarde, sino también el de un día con otro; y más aún, que coteje una semana con otra y “mirar si se ha enmendado en la semana presente de la primera pasada”  (Libro de los Ejercicios, nº 27-30)

7           Se refiere al manuscrito que corría entre los novicios de Villagarcía, que éstos copiaban personalmente y que años más tarde sería publicado por el P. Idiáquez con el título de Prácticas de Villagarcía. Al hablar de cada distribución del noviciado, se da una doctrina preciosa sobre el modo de ejercitarla y vivirla con perfección. En otras notas hablamos más extensamente de este libro, que ha contribuido como pocos a la formación de miles de jesuitas.

8           Este fue el gran mérito de Bernardo de Hoyos: supo mantener esa “tensión espiritual” a lo largo de sus años de estudiante y esto sabemos todos que no es fácil. Por eso los santos no abundan.

9           La oración es siempre un fruto delicado, que requiere singular cultivo y dedicación. Una manera de prepararla es tomar previamente unos puntos, sobre los que meditar o contemplar al día siguiente. Es nuestro modo de cooperar a la acción del Señor. Hoyos fue fiel a esta práctica. Entraba en la oración y si en la mesa del contacto divino le regalaba el Señor con una vianda exquisita, la saboreaba con agradecimiento, dejando el pobre alimento que él se había preparado con los puntos. Pero si el Señor aquel día no le servía vianda alguna, tomaba el plato que previamente se había preparado. De este modo su oración era siempre agradable al Señor.

10          Otra señal inequívoca del aprecio que San Ignacio sentía por la práctica piadosa, conocida con el nombre de examen, es que en su libro de los Ejercicios manda que examinemos la oración una vez acabada ésta. Lo expresa así el Santo: “después de acabado el ejercicio, por espacio de un cuarto de hora, quier asentado, quier paseándome, miraré cómo me ha ido en la contemplación o meditación; y si mal, miraré la causa de donde procede, y así mirada arrepentirme, para me enmendar adelante; y si bien, dando gracias a Dios nuestro Señor; y haré otra vez de la misma manera” (Ejercicios, nº 77)

11          Los novicios llamados “escolares” (es decir, los que van para sacerdotes) ya desde el noviciado rezaban el Oficio parvo, como ensayo del Oficio divino que rezarán después a lo largo de toda su vida. Como su nombre indica, se trata de un Oficio “pequeño”, con unos cuantos salmos, que van dando el gusto de orar utilizando la salmodia para el trato con Dios. En otra nota nos hemos extendido sobre este tema.

12          Explicóla, del verbo ex – plicar, en el sentido de algo que se va desenrrollando.....en una serie de prácticas concretas.

13          Este salterio de San Buenaventura, compuesto por él para honrar a la Santísima Virgen, coincide con el llamado aquí “oficio parvo”, que rezaban los novicios en tiempos de Bernardo y aun algunos siglos después, hasta no hace todavía medio siglo.

14          Sobre estas prácticas de consagración a la Virgen como esclavo primero y después como hijo, hablamos en sus respectivos lugares. Bástenos decir por el momento cómo durante el noviciado en Villagarcía fue creciendo su devoción por la Virgen Santísima, que procedía en buena parte de sus años de congregante mariano mientras era simple colegial.

15          Tiene toda la razón el P. Loyola cuando afirma esto. Si hay algún rasgo típico de Bernardo es su transparente claridad de conciencia. Conducido por su espíritu reflexivo y por el carisma de la discreción de espíritus que recibió en sumo grado, manifiesta con toda claridad los estados de su espíritu con el único fin de ser guiado y dirigido por sus Superiores y Padres espirituales. En otras notas hemos hablado largamente de cómo San Ignacio insiste en este punto de manera especial, ya que esta “cuenta de conciencia” es una de las claves más importantes para el buen gobierno de la Compañía de Jesús. En el precioso tratadito que escribió el P. Rivadeneira sobre “el modo de gobierno de nuestro santo Padre” dice, entre otras cosas: A los que ponía en una cosa para la cual tenían habilidad, mas ella no era conveniente para ellos, por su condición o poca virtud o no saberse de ella aprovechar, el Padre los quitaba de ella, teniendo por más importante el aprovechamiento de sus súbditos en la virtud, que en todo lo demás; y así sacó de los estudios y quitó de los negocios a diversas personas por esta razón” (Tratado de gobierno de nuestro Santo Padre Ignacio, cap II, nº 8)


 
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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