| Libro Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España. |
| Comunica el Señor a
Bernardo muchas inteligencias de la Sagrada Pasión: Ve a
Jesús obrando estos Sacrosantos Misterios, y padece con
su amado Jesús. ("Vida". Libro Segundo. Capítulo 8) Contemplando1 nuestro devoto joven la ingratitud y desvío con que los de Jerusalén habían dejado salir de su ciudad a Jesús el día de Ramos, procuró disponer su corazón para hospedarle amoroso al tiempo de comulgar. Premióle prontamente el Señor su buen deseo, porque gozó en la comunión el favor mismo que su amada Santa tuvo en este día. Un día de Ramos (dice Santa Teresa) acabando de comulgar quedé con gran suspensión de manera que aun no podía pasar la forma, y teniéndomela en la boca, verdaderamente me pareció, cuando torné en mí un poco, que toda la boca se me había enchido de sangre; y parecíame estar también el rostro y toda yo cubierta de ella; como si entonces acabara de derramarla el Señor me parece estaba caliente, y era excesiva la suavidad que entonces sentía, y díjome el Señor: Hija, yo quiero que mi Sangre te aproveche, y no hayas miedo que te falte mi misericordia. Yo la derramé con muchos dolores y gózasla tú con tan gran deleite: como ves, bien te pago el deleite que me hacías este día. Hasta aquí la pluma seráfica de Santa Teresa; y su devoto, refiriendo el favor que le hizo el Señor Sacramentado este día, dice: Me lo pagó el Señor con el mismo favor que a la Santa; díjome las mismas palabras que a Santa Teresa, que las refiere en las Adiciones a su Vida. El miércoles de la Semana Santa, al tiempo de cantar el oficio de las tinieblas2 con la comunidad, tuvo divinas inteligencias y visión intelectual de la operaciones internas del Espíritu, Alma y Corazón de Jesús. Vio a este Señor orando en el Huerto y, al cantar: tristis est anima mea usque ad mortem, mi alma está triste hasta la muerte, conoció su tristeza, congoja y aflicción. Representósele esta pena del Salvador tan excesiva, que todas las penas y aflicciones de todos los hombres juntas no llegarían a componer la menor pena interior de su divino espíritu. Con ser tan atroces los tormentos que padeció el sacratísimo Cuerpo de Jesús, le parecieron muy pequeños comparados con las penas interiores.3 Al ver estas terribles aflicciones de su amado Jesús, sintió un grande estremecimiento y unas congojas mortales contra sudores de todo el cuerpo. Vio después al Señor preso, azotado, coronado de espinas, escarnecido de los soldados, y quedó fuera de sí, viendo lo que interiormente obraba en estos misterios el alma santísima de Jesús.4 Entendió el sentido de muchos salmos, al tiempo de cantarlos. En unos le daba el Señor doctrina para su perfección, en otros para los pecadores, y en muchos se le descubrían maravillosas inteligencias de las perfecciones de Dios y de su divinidad. Al cantar el verso 2º del salmo 65: et adorent eum omnes Reges terrae: omnes Reges servient ei,5 se le dio a entender y vio con sumo gozo que llegaría tiempo, en que todos cuantos habitaban sobre la tierra, conocerán al Señor por verdadero Dios y adorarán a su Hijo Jesucristo. Andaba tan confuso con estos favores, que dice; quedé confuso de mi nada, que la vi muy bien, y de tan grande misericordia de Dios para con mi ingratitud; y este conocimiento y estupenda aniquilación del alma en su nada fue preparación para los favores que se siguen, que me sacan de juicio, y no sé quién los leerá que no ame a Dios y ensalce sus grandezas para con los hijos de Adán. Hasta aquí Bernardo. Parecieran increíbles los favores que recibió los tres días últimos de esta Santa Semana, si el Señor no los hubiera comunicado a otras almas favorecidas suyas, aun en estos tiempos (como se lee en el admirable libro de la Pasión comunicada a la Ven. Madre María de la Encarnación,6 Agustina Recoleta en el observantísimo convento de Murcia). Pasó Bernardo la noche del miércoles entre las delicias penosísimas de los ímpetus, que le dejaban gracias tan estimables. Asistiendo a la Misa del Jueves Santo, vio por visión intelectual a Jesús instituyendo el Santísimo Sacramento en la misma forma que su infinito amor le instituía la noche de la cena. Conoció con ilustración divina los volcanes e incendios, en que ardía su Sagrado Corazón esta feliz noche. Pues el favor infinito de la institución del Santísimo Sacramento fue una como respiración de aquel fuego de amor a los hombres, que ardía en su divino pecho. Al tiempo de comulgar la comunidad de nuestro colegio de Medina del Campo, vio por visión imaginaria un rico y celestial pabellón, que cubría todos los Jesuitas. Para que comulgase Bernardo, extendieron, como otras veces, los dos ángeles un celestial paño. Pero aún fue más regalado el favor de este día. Cuando el celebrante alargaba la Sagrada forma para comulgarle, Jesús, sumo sacerdote tomó la misma forma y le comulgó con sus mismas sacratísimas manos, diciendo: Corpus meum custodiet animam tuam in vitam eternam: mi Cuerpo guardará tu alma para la vida eterna. Hizo el Señor con el corazón de su siervo una cosa, posible sólo a su infinito amor omnipotente. Quiso que todo el tiempo que su Cuerpo sacrosanto estuviese en la custodia o sagrario, estuviese el corazón de Bernardo en dos lugares: en el sagrario, adorando y amando a su amabilísimo Dueño, y en su frágil cuerpo, sirviendo de custodia o sagrario al Cuerpo del Señor; y añadiendo Jesús favores a favores, le dijo que se conservarían incorruptas las especies sacramentales en su corazón hasta que, el día siguiente, María Santísima, su dulce y afligida Madre, le comunicase parte de sus agudísimos dolores. Como su corazón servía de custodia a su divino amor sacramentado, estaba fuera de sí y se admiraba de poder asistir a las funciones materiales humanas. Mandóme el Señor (dice Bernardo) ir a comer, etc., que si no , yo no sé cómo fuera...; . no tuve aliento para acostarme esta noche; sólo me eché sobre la cama con su licencia7, y mientras dormí, amaba mi corazón, según estaba en el Monumento. La mañana del Viernes Santo salió con la comunidad de sus condiscípulos, como es costumbre, a visitar las estaciones o iglesias.8 Vio con visión imaginaria al Señor, que llevaban los malos sacerdotes de Jerusalén a casa de Pilatos. Oyó que iban tratando al Señor de los Santos de embustero, engañador e hipócrita; y le dijo: Día vendrá, en que te traten de embustero, engañador e hipócrita; pero, inspice et fac secundum exemplar;9 mírame y pórtate según el ejemplar, que ahora te muestro. Serían como las nueve y media de la mañana cuando vio por visión imaginaria a Jesús azotado ya, coronado de espinas, etc., y que Pilatos le mostraba al pueblo, diciendo: ecce homo,10 veis aquí este Hombre. Viole Bernardo como le describe Isaías: Non erat in eo species neque decor; a planta pedis usque at verticem capitis non erat in eo sanitas.11 No se descubría en Jesús hermosura, desde la planta del pie hasta lo mas alto de la cabeza estaba lleno de llagas. Miróle muy amoroso el Señor, y Bernardo sumamente compadecido y traspasado de dolor, preguntó a Jesús: ¿Quién os ha puesto así, amor mío? La respuesta fue: Los pecadores. En tiempo de los oficios divinos del Viernes se le mostró por visión imaginaria crucificado y vertiendo arroyos de sangre por sus sacratísimas llagas de pies y manos. Estaba al pie de la cruz María Santísima con el dolor y amargura que correspondía al inmenso amor con que amaba a su divino Hijo. Miró el Señor crucificado entre tantos dolores a su amante siervo, y le encomendó a su amada Madre con aquellas tiernas palabras: Ecce Mater tua: Veis ahí a tu Madre. Recibióle María Santísima por hijo regalado, y añadió la afligida Madre que para que conociese que le recibía por tal, le cumpliría la promesa que antes le había hecho. Esta era comunicarle parte de los dolores internos de su afligidísimo Corazón,12 según la pequeña capacidad del corazón de su siervo. Dióle a entender que sentiría esta participación de sus agudos dolores luego que se consumiesen las especies sacramentales, que aún conservaban en su corazón la real presencia de Jesús sacramentado. Que sucedería esto al tiempo que la Sagrada Hostia, que había de recibir el Sacerdote en la Misa de este día, se consumiese en su estómago. Al tiempo, pues, que naturalmente habían de faltar o consumirse las especies de la Hostia, que recibió el Sacerdote que celebraba este día, sintió Bernardo los agudísimos dolores que su Santísima Madre le había ofrecido como gran favor. Díganos él mismo con sus sentidas palabras lo que pasaba en su interior: Al punto (dice) me hallé engolfado en un mar de tristezas, de penas y aflicciones interiores, que poco a poco se fueron aumentando de modo que, no padeciendo cosa alguna el cuerpo, a veces se suspendían los sentidos corpóreos, embargados de la soledad pasmosa de los sentidos interiores. Después de tinieblas13, se anegó del todo mi espíritu en excesivas olas de tristeza, contemplando sepultado a mi Dios y afligida a mi Santísima Madre. Estaba mirando en mi santo crucifijo la imagen de lo que por la mañana había visto, y fue tanta la fuerza del dolor interior que, con un dolorosísimo suspiro se dividió física y realmente mi corazón14 en dos partes con dolores materiales espiritualizados, que no eran cosa en comparación de los que atravesaban mi espíritu. Separóse y dividióse por medio la imagen de mi amor Jesús, que tengo impresa en mi corazón, jeroglífico15 de la separación del sagrado cuerpo del Señor y de su santísima alma. Pasé en la aflicción que se puede colegir de lo dicho todo este día, y la suspendió algún tanto el Señor para que pudiese dormir; que cierto no lo hubiera hecho, mirando a mi amor en el sepulcro, si pudiera pedirle licencia como la noche antecedente. Quedé resuelto a no dormir en cama16 todos los años los tres últimos días de Semana Santa, si mis Padres espirituales me dan licencia. Desperté engolfado en mayor tristeza y conflicto; y estando en oración mi corazón dividido, muy mustio y melancólico, sudando sangre, como el Señor en su cuerpo en fuerza de la tristeza y congoja interior. Hasta aquí Bernardo. Toda esta pena inexplicable se continuó hasta que oyó cantar en los oficios divinos del Sábado Santo: Exultet iam angelica turba coelorum:17 Alégrense ya todos los ángeles del cielo; entonces vio al alma santísima del Señor en el seno de Abrahán aterrando a los demonios y glorificando a los justos, quienes en compañía de los ángeles le cantaban el triunfo y las victorias que había conseguido con su muerte. Fue tan singular el consuelo que con esta visión gloriosa tuvo el joven afligido, que se volvió a juntar su corazón, antes milagrosamente partido, como dijimos. El día de la triunfante Resurrección del Señor vio a su Majestad con singular gloria, y le alentó a padecer mucho por su amor. Quedó con la celestial vista muy consolado y tan animado para padecer, que deseaba con ansias los trabajos: Tengo tales deseos de padecer algo (dice) que me causa positiva alegría y consuelo sólo las esperanzas de padecer: paratum cor meum, Deus, paratum cor meum: dispuesto está mi corazón, Dios mío, dispuesto está.18 1 Todas estas contemplaciones y experiencias interiores de que habla Bernardo en este capítulo, tuvieron lugar en la Semana Santa de 1730, estando él en Medina del Campo. 2 Los estudiantes jesuitas cantaban los Oficios durante la Semana Santa y a esto alude aquí Bernardo. El oficio llamado de tinieblas era el oficio de maitines, con los tres nocturnos de tres salmos cada uno y sus correspondientes lecciones. Al final, una vez apagadas las velas en el tenebrario (una por cada salmo) y escondida una de ellas detrás del altar mayor, como símbolo de la pasión, sufrimientos y muerte de Jesucristo (ver cómo la divinidad se esconde en la pasión escribirá San Ignacio en sus Ejercicios), toda la iglesia quedaba a oscuras, y entonces se hacía ruido golpeando los libros contra los bancos y haciendo estrépito, en señal de duelo por la pasión y muerte del Señor. 3 Alude aquí Bernardo a algo que constituyó una de sus más preciadas gracias: el sentir hondamente los sufrimientos interiores de Jesús, especialmente los de la agonía en el huerto de los Olivos. El mismo Cristo pediría a Santa Margarita le acompañase en estos sufrimientos en las noches del jueves al viernes, lo que dará origen después al ejercicio llamada de la Hora Santa, tan frecuentada aun ahora por almas piadosas. 4 Bernardo, como buen discípulo de Ignacio de Loyola, contempla la pasión de Jesús no tanto por el exterior (los golpes, las bofetadas...) sino por dentro: viendo qué siente el Señor en su corazón cuando es abofeteado, espinado o tratado de loco. Es aquello que pide San Ignacio en la tercera semana de los Ejercicios, dedicada toda ella a la contemplación de la pasión: dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas y pena interna de tanta pena como el Señor sufrió por mí. Es un com-padecer con Cristo, tomar parte en sus mismos sufrimientos viviéndolos en El y con El. 5 Que le adoren todos los reyes de la tierra, que todos los reyes le sirvan. 6 El P. Juan de Loyola, en la tercera edición del Tesoro escondido, la publicada en Madrid, habla allí de una Madre María de la Encarnación, a quien Francia escribe- justamente da el renombre de otra Santa Teresa, honor de las Madres Ursulinas y apóstola de las Islas Canadas, adonde navegó por revelación divina y orden de sus Superiores y fundó un Monasterio.... Nada tiene que ver con esta agustina recoleta, del convento de Murcia, que se distinguió por su acendrada contemplación y amor a la Pasión del Señor, aunque ambas tengan el mismo nombre y ambas sean venerables. 7 Se ve que Bernardo sentía aquella noche un infinito respeto por el Señor que llevaba dentro y por ello no quiso acostarse como de costumbre, sino tan sólo reposar sobre la cama, pero teniendo el corazón en vela, según aquello de los Cantares: yo dormía, pero mi corazón velaba. (Cantar de los cantares 5, 2) 8 En tiempos del P. Hoyos regía la antigua liturgia de Semana Santa, renovada en su día por el Papa Pío XII. Por ello el día de Viernes Santo, que en la actualidad está centrado exclusivamente en la pasión del Señor, era empleado entonces para seguir con la adoración esplendorosa del Señor en el Monumento. La adoración eucarística tenía en la antigua liturgia un protagonismo e importancia que no tiene hoy en la liturgia actual de la Semana Santa. En efecto, a partir de las doce de la noche del Jueves Santo, diríamos que el Monumento queda ya como en penumbra, y va tomando fuerza todo lo relativo a la pasión del Señor. En la época de Hoyos se empleaba parte del día de Viernes Santo en ir adorando al Señor en los diversos Monumentos que se habían puesto en las distintas iglesias de la ciudad. 9 Exodo 25, 40. Es la frase que aparece en el libro del Exodo, como dicha por Dios a Moisés cuando le manda que construya el santuario, dándole detalles de cómo habría de ser la Tienda, el arca, la mesa de los panes de la proposición, el candelabro,etc. Terminan esas minuciosas descripciones con esta advertencia: Fíjate para que lo hagas según los modelos que te han sido mostrados en el monte. Bernardo de Hoyos entiende la frase como invitación a copiar en sí mismo la figura de Cristo. 10 Juan 19, 5 11 Palabras tomadas del Canto del Siervo, del profeta Isaías (cap 53) 12 Ya hablamos en otra nota de la devoción que sentía Bernardo por el Corazón de María y cómo unía en su vida y en sus escritos y predicación la devoción a ambos Corazones, precedido en ello por San Juan Eudes. 13 Del oficio de tinieblas, del que hemos ya hablado en una nota anterior. 14 ¿Cómo entender esta frase de Bernardo: Se dividió física y realmente mi corazón? Evidentemente no se trata de algo real (hubiera fallecido al instante¡), sino de una experiencia de tipo místico que expresa la hondura de la pena y sufrimiento interior, en que estaba anegado el fervoroso estudiante. 15 En el sentido de cifra, símbolo 16 Este propósito lo hace Hoyos en la Semana Santa de 1730. Todavía vivirá cinco Semanas Santas más, cuatro de ellas siendo teólogo en el colegio de San Ambrosio de Valladolid. ¿Cumplió su propósito? ¿Le permitieron sus Padres espirituales hacer esta penitencia? Es muy probable que sí, aunque no tengamos constancia de ello. Sabemos del P. Padial, el austero penitente jesuita de Granada y cuya vida ejemplar oyó leer Bernardo, siendo novicio en Villagarcía, que era frecuente en él privarse del sueño, durmiendo en una silla... Sabemos que Bernardo le admiraba profundamente, y no sería descabellado pensar que quisiera imitarle, al menos un poco, en esos días tan señalados de la Semana Santa. 17 Es el comienzo de la Angelica, un precioso canto litúrgico que se canta el Sábado Santo en la liturgia del cirio pascual, símbolo de Cristo glorioso y resucitado. Su melodía gregoriana es de tal elevación y calidad que grandes compositores (Bach, Mozart...) se sentirían orgullosos de haberla compuesto. 18 Siempre el gozo de sufrir por Jesucristo ha sido una de las piedras de toque de la verdadera santidad. Bernardo nos habla aquí, sin nombrarla, de la llamada locura de la cruz, que todos los santos la han saboreado y vivido. |