Libro “Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús”, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España.
 
Fin de la relación de su espíritu, empezando desde la humildad. ("Vida". Libro Segundo. Capítulo 20)

(Humildad)

“En orden a la humildad, si he de decir lo que siento, me parece que ninguna virtud tengo menos que ésta. Por la gracia de Dios bien conozco no tengo soberbia, alzándome con los dones de Dios: conozco mi miseria, a los resplandores de la divina luz, tan vivamente que me veo prácticamente identificado con la nada, con la ingratitud, con la miseria misma; gustara y me alegraría me conociesen todos por tal, cual yo me veo; conozco también que cuanto bien hay en mí y todo lo que aquí va escrito es sobrepuesto, es de Dios, y explica mi sentimiento el ejemplito que de San Sales, mi Director, me solía poner el Padre Eguiluz: de las acémilas, que en las recámaras de los príncipes llevan grandes preciosidades y, con todo eso, en quitándoles la carga, se quedan unas bestias de poco valor.

Todo esto conozco y deseo lo conozcan todos; pero yo no llamo a esto humildad; la humildad es virtud, y en esto, que es la realidad, que lo veo por vista de ojos más claro que el sol de mediodía,¿ qué virtud puede haber1? No me parece humildad, sino un medio entre soberbia y humildad, un no ser soberbio, un no gloriarme de lo que no es mío, un no tener lo que he recibido, quasi non accipere2; pero esto, si es así, si aquí no hay que vencer,¿ cómo ha de ser virtud de Dios?

El que uno no cometa pecados mortales no es ser perfecto, el no ser ingrato positivamente no es ser agradecido y, al contrario, no ser agradecido positivamente es una ingratitud tan grande como la que hallo en mí”.

(Conocimiento de mí mismo. Efecto de este conocimiento. Vanagloria)

Pero sea (ello) humildad o no lo sea, estos deseos y conocimientos dones son de Dios y así quiero insinuarlos más. Sin andar buscando discursos o razones, cuando Dios me pone delante su grandeza, veo del otro extremo mi nada; cuando su bondad, mi maldad; y cuando su misericordia, mi ingratitud; y aquí no hay que andar, que el alma así lo conoce y se lo persuade.

Siempre suele el Señor templar3 las luces, haciéndome descubran los dos extremos, aunque a veces in recto se terminan a Dios y a mí mismo en oblicuo, como per reflexionem. Y entonces conózcome a mí mismo; pero conozco a Dios, y a sus dones y aquí recibe mi espíritu una magnanimidad grande, no escondiéndosele los dones que tiene de Dios, y dice: Omnia possum4, pero no para ahí; In eo qui me confortat5. Y entonces me ofrezco: Ecce ego, mitte me,6 para su mayor gloria.

Pero si varía la luz y se termina in recto a mi nada, aquí es ello. Me aniquilo, me confundo; quisiera huir de mi Dios, de pura vergüenza,7 no me hallo a mí mismo. Por tres lados me veo: por los pecados de la vida pasada; por lo infinito que dista mi correspondencia en mis faltas de la obligación, en que Dios me pone; por lo que dejo de hacer, por el realce que no doy a las obras. Son tres líneas, que forman el centro de mi confusión.

Y de aquí nace pedir al Señor se aparte de mí, quia peccator sum8; el renunciar los divinos favores, el temer de mí mismo y, a veces, estremecerme de horror y espanto de mi mismo, temiendo no me levante el Señor tan alto para dar mayor golpe y hacer un castigo ejemplar en tal monstruo de ingratitud, y de esto se origina el desear me tengan todos por lo que soy y traten como tal,9 si bien no se me cumple este deseo, y sólo se suelen ofrecer algunas niñerías, que me sirven de consuelo, y encomiendo 10 particularísimamente al Señor a quien me da algún gusto en esto.

La confusión está junta con la magnanimidad, forjada al temple de la divina luz que, como la del sol por un vidrio, por la refracción forma los objetos de varios colores, así forma esta intelectual luz la variedad de colores con cuyos visos son varios los afectos, nacidos a su compás de aquellas luces.

Vanagloria en estas cosas no hallo sobre qué fundarla. En lo escolástico tal cual ofrecimiento no más, me inclino a lo contrario, y en las ocasiones de lucimiento pido (y me alegraría) salga deslucido por lo que a mí toca11 o, a lo menos, que no sea más de lo que el Señor ve conduce para los destinos de su Providencia; no quiero más ciencia, por aquí poco tiro hace el demonio y el amor propio”.

(Aliento para las virtudes)

“Todo lo dicho de las virtudes más son deseos que obras, pues no se ofrecen ocasiones, y sólo en las cosas menudas se practican; pero si el amor propio no me engaña, creo que en las mayores también lo dará el Señor, que hace ahora la costa.

Por eso las vidas de los Santos me encienden en amor, deseando imitar sus grandes proezas en obsequio del amor (temo las mías no sean imaginarias) y no sólo lo grandioso de las acciones, sino también y aún más, lo heroico de la perfección con que hacían las mismas obras.

Por esto he leído en estos ejercicios la vida de mi abogado San Luis Gonzaga, a quien, con especiales impulsos del cielo, he tomado por tal y me le he propuesto por ejemplo, aspirando a ser fiel copia de tan alta perfección. Entre todas las virtudes, la que me lleva el afecto es la indiferencia en la divina voluntad12, dibujada por nuestro San Sales”.

(Gracias gratis datas)

“Ya vuestra Reverencia sabe las gracias gratis datas del Señor, y así no hay que detenerme en esto, pues por mis papeles están esparcidas; en los grados de unión y contemplación, visiones, locuciones, etc. ya está vuestra Reverencia enterado. El Espíritu Santo (a quien tengo particular devoción) me ha comunicado también muchos de sus dones. El que más sobresale y reconozco por don especialísimo es (el) de la discreción y prudencia para mi trato interior y exterior”.13

(Prudencia en el trato exterior)

“Dame el Espíritu Santo luz para gobernar de suerte mis acciones en lo exterior que evite los extremos de disolución y extravagancia, y la conversación y trato con los hombres más apacible que otra cosa, pero con advertencia, para no dejar el medio; si bien tan naturalmente que no parezca estudio.

En lo exterior procuro mostrarme a todos de un semblante; ya algunos cariñosamente me han dicho que yo soy amigo de todos y de ninguno. Mucho me agrada el Proverbio: medio tutissimus ibis14 en un todo, y en esto del trato y de las cosas agibles con especialidad”.

(Discreción en los movimientos interiores. Rectitud  -  las obras)

“Franquéaseme también esta luz para discernir entre los movimientos interiores propios y separar lo precioso de lo vil, distinguiendo15 entre el espíritu de Dios, del demonio y de la naturaleza, y éste es muy sutil, que me hace andar siempre sobre aviso. Esta luz discretiva16 me hace dar a cada cosa lo que es suyo, y de aquí nace en mí el desear no hacer nada, por mínima acción que sea, sin animarla con toda el17 alma de la intención y seriedad que se pide.

Danme por esto en rostro ciertas imperfecciones, que consisten en liviandad y en ligereza de espíritu, declinando a puerilidades, y en mi mismo hallo a veces estas faltas, como ya dije, y me disuenan no poco; se me ofrece: Sancta sancte tractanda sunt18. Del mismo modo llego a discernir otro engaño19, que es introducido del enemigo y del amor propio; y es el decir: aténgome a las virtudes interiores, descuidándome con esta máxima de las exteriores; aquellas son el alma, éstas el cuerpo, que constituyen el hombre espiritual: haec oportet facere, et illa non omittere.20

Con esta celestial luz finalmente conozco mis operaciones internas y, guiado de ella, he podido decir a vuestra Reverencia lo hasta aquí escrito, lo cual es todo de Dios; lo que se sigue es mío, en cuanto tiene de imperfección y malo”.

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(Raíz primera de las faltas)

“Mi genio es naturalmente alegre con mezcla de serio; pero la alegría predomina y es demasiada muchas veces,21 y de aquí tienen el origen en mí muchas imperfecciones; pues si no estoy sobre aviso, declino tal vez en acciones, o menos serias, con visos de ligereza, o menos arregladas a la prudencia, y así necesito violentar en las ocasiones el natural, tirando el freno a la jovialidad; aunque algo que tengo de serio me lo facilita, y me agrada más la seriedad moderada.

De aquí tienen raíz las imperfecciones y, tal vez, falta de regla por poco reparo en las condescendencias nimias, y como soy naturalmente agradecido y amigo de no dar disgusto,22 y por otra parte el amor propio entra aquí paliado con sombra de virtud, me sirve de tropiezo. Varias veces pongo cuidado en moderar esta alegría, pero como es natural, no lo he conseguido todavía, y aunque no creo es ésta la pasión dominante, es no obstante raíz de las más faltas positivas”.

(Raíz 2ª)

“La dominante creo es la ira, no en mucho grado pero en lo suficiente para ocasionarme en los pasos,23 o en las quietes,24 algunos ímpetus de enojo; rara vez se insinúan en lo exterior por palabras picantes o acciones iracundas; lo regular es causar desazón interior cuando me dicen o hacen alguna cosa, o cuando veo algo que parece mal; cuando esto sucede suelo estar no muy recogido; que si lo estoy, no me mueve cosa.

Y cuando me mueve, aunque no sea más que en lo interior, presto es sosegado el movimiento con harto dolor; si salió a lo exterior, no dejo sin especial penitencia, y me cuesta mis lágrimas. Esto por la misericordia de Dios rara vez sucede; lo interior es más frecuente.

Me atraviesa el corazón cualquiera falta de caridad; si veo algunos Hermanos algo resentidos, sin ser en mi mano, se me saltan las lágrimas de sentimiento”.

(Raíz 3ª)

“Otra raíz 3ª de mis faltas o la única es el amor propio, que inclina a las comodidades y se busca a sí mismo. Es tan astuto, que aunque lo ando 25 persiguiendo, en el mismo perseguirle se me mete; en lo empezado por Dios quiere entremeterse, en lo que es puramente santo busca entrada; no me resiste cara a cara, sino haciendo surtidas,26 porque sabe que si se descubre, va perdido; la luz del Espíritu Santo me asiste para descubrirle muchas veces”.

(Faltas regulares positivas)

“De estas tres raíces27 tienen su origen las faltas positivas, que en mí encuentro (no son tantas como las negativas) y suelen ser algunas faltas de silencio, a la regla de hablar latín28; alguna otra palabrilla, que huele a murmuración, algunas conversaciones expuestas a disputas, algunos enfadillos, algún movimiento de cólera, algún afecto a las comodidades, alguna falta de caridad pequeña, etc.”.

(Faltas negativas)

“Las faltas negativas, son muchas más; éstas se reducen a no dar a las obras aquel lustre, aquel vigor, aquella alma, aquellos quilates que me muestra la divina luz. De suerte que, aun habiendo entre día procurado obrar con recta intención, en llegando el examen particular (que es de esto) no hallo cosa hecha con aquel primor de perfección que quisiera, y aun a mis ojos no hallo cosa que presentar a los divinos como perfecta.

Esto, a veces, me desconsuela y pone temor, viendo cuán de otra manera obraban los Santos y algunos sin estar tan prevenidos de la gracia, y cómo obrarían infinitos otros, si Dios les asistiese como a mí; pero lo regular, es causarme confusión y deseos de llenar el vacío y hueco que hallo en mis obras, teniendo muy impresas en mi corazón las palabras que me dijo mi dulcísimo Director San Sales: Non invenio opera tua plena coram Deo meo.29 También hallo en mí que dejo de hacer algunas cosas de perfección”.30

(Distribución ordinaria)

“Esta es, amado Padre mío, mi cosecha; esto es lo que tengo de mi parte en cuanto hay de imperfecto, y de parte de Dios en cuanto, aun en las faltas hallo avisos, y en cuanto no son mayores. Y con esto he acabado de poner delante a vuestra Reverencia mi corazón; pero aún deseo dar a vuestra Reverencia más individual noticia de mi vida, y así brevemente pongo esta distribución cotidiana”.

(Desde levantar hasta el estudio)

“Luego que despierto,(me) encuentro con mi Dios, y siento la presencia de mi Angel (el cual me despierta, como sabe vuestra Reverencia, cuando se lo pido, aunque si estoy necesitado de sueño o si he cometido alguna falta, no lo hace).

Vístome, entretenido el corazón con las oraciones y afectos31. Visito al Señor Sacramentado, y vuelvo in spiritu a tomar mi corazón, que por la noche dejo encomendado a su custodia, y ofrezco las obras32 por medio de nuestra dulcísima Madre, como ya sabe vuestra Reverencia, y desde aquí empieza el espíritu a despertar a impulsos de las divinas delicias.

Prepárome de mi parte para la oración; en la cual, cuando el Señor quiere, no necesito materia preparada33, y esto es lo regular. Los modos, grados y pasos que hay aquí ya lo sabe vuestra Reverencia; al fin por los pecadores, con las oraciones que al intento tengo. Oigo Misa, recibiendo allí mi espíritu una inundación de consuelos”.

(Estudio, comer, y quiete)

“En mi estudio, quieto estoy con mi Dios sin que uno se estorbe lo otro, y a veces recibo especiales luces acerca de lo que estudio; lo mismo es en las lecciones y escuelas, y a veces son más las luces y suavidades en estos tiempos que en la oración; como viene de Dios, lo da como y cuando quiere.

Después de mi examen,34 en que ya he dicho lo que hay, voy a comer, sin haberme acordado de tal distribución hasta el ir, y esto muchas veces. En la comida procuro algún acto de mortificación35, aunque sin pensar se entra el amor propio; hago una penitencia todos los días. La lectura a veces me arrebata a mi Dios con deseos de imitar a los Santos.

En la quiete hablo moderadamente por que no suelen ser cosas que me agradan; algunas faltas suelo cometer aquí. En las gracias, al visitar el Señor36, visito siempre la imagen del Salvador y experimento mil afectos”.

(Desde la quiete hasta la noche)

“Como hasta aquí no bajaba a la cátedra de Escritura, tenía antes de Vísperas los ejercicios espirituales; ahora veré cuándo los he de tener. Tengo al Padre Paz40 para lección espiritual; he leído lo que trata de mis cosas con consuelo. Ahora diré a nuestro San Sales que, en adelante, todos los días de mi vida, si puedo, leeré cada día en él, oyéndole como a Padre espiritual.

Leo también un capítulo de las epístolas de San Pablo por consejo de mi Hermano el Padre N,41 si es que no di principio al estudio con esta lección. Por la tarde esto mismo que por la mañana; si hay recreación larga tengo oración y me retiro a la Librería; gusto del Padre Vieira,42 pues sus sermones morales juntan con lo ingenioso para la diversión lo sólido de un predicador, y se aprende mucho en él; si hay campo me recojo con el Padre Godínez o algún otro libro sin que se repare, aunque como hasta ahora estaba en primer año no podía tanto por haber que hacer.

A las márgenes del río43 por verano me voy, y el corazón es llevado dulcemente a su Dios. Cuando no hay recreación por las tardes, se sigue el paso y conferencias44, en que suelo cometer algunas faltas; prevéngome para evitarlas”.

(Preparación para morir)

“Después de(l) examen por la noche doy cuenta de todo el día a mi Director San Sales y me impongo en su nombre alguna penitencia por las faltas; confieso y comulgo espiritualmente por Viático, y recibo la santa Unción, ungiendo con agua bendita las partes que se ungen con las palabras de la Iglesia, por haberlo leído así practicado por un santo Emperador y alabado el acto por un moralista nuestro, que le puso en disputa si era bien o mal hecho.

El divino Espíritu, unido íntimamente con mi alma, sirve de espiritual unción. Dispóngome en todo para morir, diciéndome algunas palabras de la recomendación del alma y, finalmente, con los afectos propios de la muerte dejo mi espíritu en manos de nuestra dulcísima Madre, que le pone en las del divino amor Jesús.

Y aunque suelen encenderse unas llamas de amor, deseando realmente la muerte, y mirando aquel trance como el más delicioso y de mayor consuelo, y tal vez arrebatada el alma ha pasado mucho tiempo en una unión divina, y ve aquí vuestra Reverencia he acabado la cuenta de conciencia prometida”.

Hasta aquí la difusa45 cuenta de conciencia del Padre Bernardo con que pongo fin a este libro segundo de su portentosa Vida. Jamás he oído ni leído descripción más individual y exacta de una alma, que desea declararse del todo a su Director.

Nos descubre brevemente la propensión de su espíritu a la perfección heroica de su estado y de la elevación perfectísima, a que le conducía la divina luz. Declara los sólidos fundamentos de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, y en ésta distingue los grados de perfección que le comunicaba el Señor. Desciende a la caridad con el prójimo, virtud inseparable de la verdadera caridad y amor de Dios.

Este amor a Dios, que es la virtud dominante en esta grande alma, le hace concebir un dolor vivísimo de sus culpas, de las cuales acaso ninguna llegó a mortal en toda su vida; le asusta con el temor de perder el amor de Dios y explica estos temores.

Describe el desasimiento que siente en su corazón y la suma paz que en él goza; expresa el amor a sus Directores. Descubre su sólida devoción a los Santos, Angeles, María Santísima y Cristo Señor nuestro en el santísimo Sacramento.

Pondera su alta estimación y amor tierno a su vocación, y habla de la perfecta observancia de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, y (de) todas las reglas de nuestro sagrado Instituto. Habla de su mortificación y de las ansias de padecer muchos trabajos por amor de Dios.

Exagera, en fin, sus faltas y descubre sus raíces declarando el conocimiento que el Señor le daba de sus imperfecciones. Pone fin a esta sutilísima cuenta de conciencia con la distribución que observaba exactisimamente.47


1           La humildad es la verdad –decía Santa Teresa de Jesús. Se trata, sobre todo, de “vivir en verdad”, vivir lo que realmente somos, y entonces florecerá la humildad, que es reconocer las riquezas que tenemos, sí, pero sabiendo que todas ellas son dones. Humilde –dirá San Juan de la Cruz- es el que se esconde en su propia nada y se sabe dejar a Dios (Avisos) y en la Subida al Monte Carmelo dirá que para la humildad y sujeción y mortificación del alma conviene dar cuenta de todo al director. Es precisamente lo que hace Bernardo con el Director suyo, P. Juan de Loyola.

2           “como si no lo hubiera recibido”

3           Si Dios nos descubriese únicamente el pecado y la maldad que hay en nosotros, nos quedaríamos abrumados y llenos de tristeza y abatimiento. Afortunadamente sabe el Señor templar nuestras miserias con la certidumbre de su amor y de su misericordia.

4           “todo lo puedo”

5           “en Aquel que me conforta”

6           “Aquí estoy, envíame” (el ofrecimiento que hace de sí a Dios el profeta Isaías)

7           Ya hablamos en otra nota de cómo el Señor purificaba místicamente a Santa Margarita María de Alacoque presentándola ante Sí con sus faltas y cómo estando así ante la Pureza Infinita –dice ella- “me quemaba de vergüenza”.

8           “porque soy un pecador”. Alude Bernardo a la escena evangélica cuando Pedro, al ver la pesca milagrosa en la barca, no puede menos de exclamar: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.

9           Son estos deseos los que Bernardo había vivido al hacer sus Ejercicios, concretamente en la meditación llamada de los “pecados personales”; en el tercer punto de esa meditación dice San Ignacio: “mirarme como una llaga y postema de donde han salido tantos pecados y tantas maldades y ponzoña tan turpísima” (Ejercicios, nº 58)

10             Bernardo encomienda y pide al Señor por aquel que le eche en cara sus pecados y defectos. Esto sólo lo saben hacer las almas santas, que cumplen el consejo de Jesús: haced bien a los que os hacen mal, orad por los que os persiguen y calumnian.

11          Se refiere Bernardo al momento vivido en Medina del Campo, cuando tuvo que defender públicamente una tesis de filosofía. Era siempre un acto solemne académico, al que solían asistir personas ilustres de la ciudad, compañeros, profesores.... Bernardo muestra aquí tener el amor propio debajo de sus zapatos, lo que indica una virtud notabilísima, y mucho más en un joven que aún no contaba los veinte años. El amor a la cruz y a la humillación, a los desaires, a quedar mal...es lo que más difícil se hace a nuestra naturaleza; pero también es verdad la frase de Santa Margarita de Alacoque: “nada hace crecer tanto el amor de Dios en un alma como la cruz”, y en especial, la cruz de la humillación. Por estas alturas anda ya Bernardo en sus años de filósofo en el colegio de Medina del Campo.

12          Ya hemos dicho cómo Bernardo va simplificando su vida interior a parámetros muy simples. Todo se le va centrando en un solo pensamiento: el hacer la voluntad del Señor, y para eso no existe mejor camino que la santa indiferencia. Es lo que dos siglos más tarde dirá el santo jesuita chileno P. Alberto Hurtado, hoy en los altares: “Hacer lo que Dios quiere, querer lo que Dios hace”. El P. Alberto Hurtado nació el 22 de enero de 1901 en Viña del Mar, Chile. Ingresó en las Compañía de Jesús el 14 de agosto de 1923 en Chillán y fue ordenado sacerdote el 24 de agosto de 1933. Ejerció de profesor y estuvo al servicio de los pobres y de los niños. Construyó una casa de Ejercicios espirituales, fundó en 1947 la Asociación Sindical Chilena, y en 1951 puso en marcha la revista “Mensaje”. Su actividad sacerdotal, apostólica, educativa, caritativa y social brotaba de su amor a Cristo y a los pobres. Murió de cáncer el 18 de agosto de 1952 y en 1994 el Papa Juan Pablo II lo puso en el catálogo de los Beatos. Su fiesta se celebra el 18 de agosto. Su fecha de canonización ha quedado fijada para el 24 de octubre de 2005 y será probablemente el primer Santo, canonizado por Su Santidad Benedicto XVI. (Liturgia de las Horas, propia dew la Compañía de Jesús, Curia Generalicia, Roma, 2000, pág 92)

13          La discreción espiritual es, a no dudar, el “carisma” típico de Bernardo. Si no supiésemos que es un “don” regalado por el Señor, se inclinaría uno a pensar que era un “producto típico” de la Casa-Noviciado de Villagarcía, donde florecieron hombres verdaderamente eminentes en esta ciencia del espíritu, tales como Baltasar Alvarez, que ayudó a Santa Teresa; el P. Luis de la Puente, dirigiendo a la virgen Doña María Escobar, y su discípulo el P. Figuera, tomando ambos parte en el dificilísimo discernimiento de los fenómenos místicos que se daban en una monja del monasterio de las Huelgas, en Burgos. Se trataba de una monja, Doña Antonia Jacinta de Navarra, que entre otras cosas extraordinarias, tenía frecuentes arrobamientos con pérdida de los sentidos; y las noches del jueves al viernes experimentaba los dolores de la Pasión del Señor, y por las llagas de los pies y manos, que tenía visibles en su cuerpo, derramaba abundante sangre. El P. Lapuente aprobó la vida interior de la estigmatizada; pero muy prudente aconsejó qwue hiciese la mayor resistencia posible a estas manifestaciones externas. Al comunicárselo por escrito el P. Figuera a su dirigida, reconoce la gran autoridad de su maestro en esta materia. “En esto, Señora, habemos convenido; y cierto como gran médico, lo ha entendido bien todo; aprobando lo interior en que nuestro Señor la hace gran merced y la da conocimientos altísimos de sí; y reprobando esas exterioridades para efecto de ser estimadas ni queridas de vuestra merced, ni desear que las tenga por de Dios; antes holgarse que le sean, entre tanto que Nuestro Señor no se las quite, ocasión de humillación y desprecios” (Villagarcía de Campos, Conrado Pérez Picón, Institución Cultural Simancas, Valladolid, 1982, pág 282)

14           “irás muy seguro por el medio”

15             Bernardo sabía muy bien, por haberlo oído comentar en los Ejercicios que se hacían cada año, aquel presupuesto que pone San Ignacio, al tratar del “examen general de consciencia para limpiarse y para mejor se confessar” : “Presupongo ser tres pensamientos en mí, es a saber, uno propio mío, el cual sale de mi mera libertad y querer; y otros dos que vienen de fuera, el un o que viene del buen espíritu y el otro del malo”. (Ejercicios, nº 32). Es preciso pedir luz y gracia al Espíritu Santo para no dejarnos engañar ni del mal espíritu, que se disfraza “sub angelo lucis” muchas veces, ni tampoco de la naturaleza que, al estar herida por el pecado original, no siempre busca lo más razonable ni lo mejor.

16             “discernidora”

17          En el texto original se lee: “la alma”; evidentemente un fallo del copista.

18          “las cosas santas han de ser tratadas santamente”

19          Es el engaño de siempre: aquí lo que importa son las actitudes interiores, la virtud interna.... Cierto que es lo más importante, pero no lo es todo. Las obras exteriores son muy importantes también. Como dice el refrán: “la mujer del César no sólo ha de ser honesta, sino también parecerlo”. Lo interno y lo externo han de ir muy bien ensamblados y a una.

20             “Conviene hacer estas cosas, sin omitir aquellas” –decía Jesús a los fariseos, demasiado pendientes de las obras externas, visibles y aun nimias, sin dar importancia a lo que era verdaderamente sustancial

21             Bernardo, como Juan Berchmans, su gran modelo de santidad, era de carácter alegre, como el joven flamenco. Podrían haberle llamado, como a aquel, “el hermano alegre”.

22          Se parece en esto a Santa Teresa. Ella decía lo mismo de su persona. Lo mismo dirá Bernardo a su compañero el P. Ignacio Osorio al escribir para él, y a petición suya, una Instrucción espiritual. El P. Ignacio Osorio nació en 1713 en Grajal de Campos (León). Su padre era el Conde de Grajal. Entró en la Compañía en el Noviciado de Villagarcía, conviviendo con Hoyos durante un año. Más tarde, siendo ambos estudiantes de teología en el colegio de San Ambrosio de Valladolid, es cuando le pide a Bernardo esa Instrucción. Bernardo la escribirá en el verano de 1732, aprovechando sus vacaciones. Le llevó poco más de un mes, exactamente del 5 de agosto al 14 de septiembre. Es en ella donde escribe: “Y aquí viene un punto muy sustancial: no fíe, amado hermano, su natural al trato de muchos y a cualquiera amistad, que es peligroso; pues teniendo natural agradecido, está expuesto a no tener muchas veces valor para resistir libremente muchas cositas en que peligran las reglas de su estado. Aquí es preciso parar”

23          Como dice el P. Máximo Pérez en su libro: “Paso: ejercicio de repaso o repetición que hacían en común los estudiantes.”  (El poder de los débiles, Edit Edapor, Madrid, 1991, pág 342 (nota)

24          La “quiete” era el tiempo de esparcimiento y descanso que tenían los estudiantes de la Compañía diariamente, después de comer y de cenar.

25          En el texto original, por error del copista, está escrito: “liando”, en vez de “lo ando” (que es lo correcto)

26          Surtida: “salida nocturna que hacen los sitiados contra los sitiadores” (P. Máximo Pérez, o. c., pág 342 (nota)

27          Es notable la radiografía que hace Bernardo de las causas (raíces) de sus faltas. Las reduce a tres: alegría excesiva, ira y amor propio. Forman su “retrato sicológico”.

28          Los estudiantes, en el tiempo de formación académica, debían hablar en latín fuera de los tiempos de recreación.

29          “No he encontrado tus obras llenas a los ojos de mi Dios” (Apocalipsis 3, 2)

30          No es la primera vez que alude Bernardo a los pecados de omisión

31             Bernardo cumplía las “adiciones” que pone San Ignacio en sus Ejercicios para hacer más fácil y honda la oración: “Adiciones para mejor hacer los ejercicios y para mejor hallar lo que desea”. Pone diez adiciones, la segunda de las cuales, a la que se refiere Bernardo, dice así: “La 2ª: cuando me despertare, no dando lugar a unos pensamientos ni a otros, advertir luego a lo que voy a contemplar....; y con estos pensamientos vestirme o con otros según subiecta materia” (Ejercicios, nº 74)

32          Lo primero que hacían los estudiantes jesuitas, nada más levantarse, era ir a la capilla donde hacían su ofrecimiento de obras al Señor. Bernardo insiste en que él lo hace por medio de la Virgen Santísima; sin duda, recuerda sus tiempos de novicio en Villagarcía, en cuya capilla-relicario presidía el altar una talla de la Inmaculada. La fórmula del ofrecimiento comenzaba así: “Oh Virgen Santísima¡, yo entro humilde y confiadamente en esta Capilla, como en casa vuestra y de vuestro dulcísimo Hijo....”

33             Bernardo preparaba sus puntos para la oración del día. Con mucha frecuencia actuaba el Señor y no eran necesarias las ideas y afectos que él había preparado. Dios le llevaba por otros derroteros, y esto –según dice Bernardo- era lo más frecuente. Con todo, su fidelidad al Señor le hacía preparar con diligencia el guión de su trato con El. En la primera de las adiciones San Ignacio alude implícitamente a esta tarea de preparar de antemano la oración: “la primera adición es, después de acostado, ya que me quiera dormir, por espacio de un Ave María pensar a la hora que me tengo de levantar, y a qué, resumiendo el ejercicio que tengo de hacer” (Ejercicios, nº 73)

34          Alude aquí Bernardo al examen de conciencia de mediodía, que duraba un cuarto de hora y se tenía inmediatamente antes de comer.

35          Su modelo de perfección, el Hermano Juan Berchmans, tenía entre sus máximas de perfección la siguiente: “Nunca me levantaré de la mesa sin haberme mortificado en algo”. Bernardo sigue sus pasos.

36          Era costumbre de los estudiantes en las Casas de formación la de visitar al Señor inmediatamente después de comer o de cenar, haciendo una breve visita antes de la quiete o recreación.

40          El P. Manuel Alvarez de Paz, del siglo XVI, había escrito un libro titulado De inquisitione pacis. Se ve que Bernardo solía leer este autor, ya que también en la Instrucción al Hermano Osorio le cita alguna vez llamándole “el espiritualísimo P. Alvarez de Paz. No sólo al P. Godinez ni a Santa Teresa, también acudía a este escritor para entender los fenómenos interiores de su alma.

41          Se refiere al P. Agustín de Cardaveraz, que se lo había recomendado a partir del desposorio espiritual que tuvo Bernardo en el colegio de Medina del Campo.

42          Ya se habla en otra nota de este famoso predicador jesuita, uno de cuyos más famosos sermones es el llamado “de los esclavos”, en que trata con fuerza la problemática social de su época.

43          El río Pisuerga, en cuyas márgenes crecían hermosas arboledas que ayudaban a levantar el corazón al Creador.

44             Transcribimos aquí la nota que pone el P. Máximo Pérez en su obra ya citada: “Las Conferencias en el noviciado eran reuniones bajo la dirección de un superior, en las que se trataba de un punto de vida espiritual: un novicio exponía el tema, los otros preguntaban sus dudas y el presidente moderaba y aclaraba. (Cf. Prácticas de Villagarcía, cap 10). Durante los estudios el tema era un punto de Filosofía o Teología. Los consejos para los estudiantes eran: guardarse de voces desordenadas, gritos descompasados, palabras picantes de impaciencia, soberbia o vanidad aunque el que arguye dé alguna ocasión al sufrimiento....y la vana ostentación con que algunos arguyen como triunfando en cada proposición (Ejercicios Espirituales...Ms 677. Univ Salamanca) (o.c,. pág 344, nota 24)

45          Difusa: en el sentido de extensa, larga..., en absoluto de inconcreta. Llama la atención en Bernardo la concreción y exactitud con que define su vida interior.

47          En estos últimos párrafos hace Loyola una breve síntesis de lo que ha sido una larga exposición por parte de su dirigido Bernardo de Hoyos.


 
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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