| Libro Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España. |
| Continua Bernardo la
relación de su espíritu, empezando por el dolor de sus
faltas y culpas. ("Vida". Libro Segundo. Capítulo
19) (Dolor de mis culpas) Cuando considero mis muchos grandes pecados ya cometidos, y me encuentro en lo pasado alguna vez sin el amor de mi Dios, perdido por la culpa, oh Dios!, Padre mío, que se me divide el corazón. No quiero detenerme aquí: así, porque se me revuelven las entrañas con un amor doloroso grandemente, como porque no acertaré a declararme; digo pues solamente que con la memoria de mis pecados, experimento los dos afectos que con los ajenos. Unas veces quedo anegado en una tempestad de lágrimas y penas, y otras quedo muy quieto y sosegado, compadecido de mí mismo, y aniquilado en el abismo de mi miseria e ingratitud, y amorosamente me quejo al Señor, que me permitió caer, habiendo de derramar sobre mí el torrente de sus misericordias, que ciertamente son el mayor torcedor 1 de la generosidad de un corazón a vista de las ofensas. Este segundo afecto2 es el más común, y el primero necesito moderarle y estar sobre mí, porque en el mismo sentimiento y dolor se mezcla el amor propio (tan sutil es) buscando la satisfacción propia, como he entendido y diré abajo. Estos dos afectos con su proporción experimento también acerca de las imperfecciones y malas correspondencias a los favores del Señor. (Temores de perder el amor de Dios) Cuando considero que puedo caer miserablemente, que puedo perder el amor de mi Dios, aquí se sume el alma en el profundo de su nada temblando de su miseria cuando pasa adelante, o cuando Dios lo dispone, y entra en sospechas de que va errada en este camino tan arriesgado, que todo es un embeleso, que yo me engaño porque quiero, y traigo engañados a vuestras Reverencias, que todo es imaginación, antojo y ficción mía; que estoy en desgracia de mi Dios, que estoy privado de su amor por ofenderle gravemente, fingiendo revelaciones, cuando sobre estos mismos temores entran otros reflejos de que no son temores, sino remordimientos de la propia conciencia, que son voces de Dios que me llama a penitencia, y a este modo otras mil reflexiones, tan sutiles, amado Padre, que me atajan y me parece evidente que estoy sin el amor de mi Dios.3 Aquí es el tormento; aquí es el dolor; es un infierno abreviado; es más que el mayor martirio, es un padecer tan grande como lo es el deseo de amar a mi Dios; por este deseo se mide el padecer, y por este padecer se mide el deseo, y por este temor el amor. Ya vuestra Reverencia. me entiende. (Explicación de estos temores) Estos temores me ha avisado el Señor han de ser el torcedor de mi corazón, alternando con los ímpetus. No son como los temores del desamparo; son de otros quilates, como también es el amor en que estriban, y del cual se originan. Son allá en lo más recóndito del alma, no se insinúan al exterior, sino por tal cual lágrima y por abstraer los sentidos; son una batalla interior, en que se atropellan el amor y el temor de perderle. No he hallado hasta ahora remedio; lo que hago es acudir a Dios, protestando que yo por mí no quiero este camino, que me aparte de tanto riesgo, si es su voluntad; que sólo busco su amor, que éste le puedo hallar sin estos favores;4 pero siempre queda en la suprema punta del espíritu un no se qué, que no parece lo deja decir resueltamente. Acudo a María Santísima como a Madre dulcísima, reclinando mi atribulado espíritu en sus manos; lo mismo hago con mi dulcísimo Director, pero hasta que es la voluntad del Señor no hay remedio. Ya diré hasta dónde han llegado estos temores, que cierto es cosa de espanto. (Pureza de amor) Propiedad es también del amor, si no es él mismo, su pureza sin mezclarse con respecto de temor o de esperanza. El mismo Señor, mejor que yo, sabe no le amo por temor del infierno, ni por esperanza de la gloria;5 y así tal vez, a imitación de un varón ilustre,6 se ratifica diciendo que el Señor le prive de la gloria, si sabe que le ama sólo por ella, o le condene al infierno si le ama sólo por temor del infierno. (Despego de lo creado) Efecto es del mismo amor el despego de corazón de todas las criaturas. Testigo es el mismo Dios, que no hay criatura que me lleve tras sí el corazón, que no amo a ninguna sino por El y en El y para El; a lo menos estoy cierto que ninguna tiene dominio en mi corazón advertidamente. Y si yo lo conociera y, arrancando el corazón, pudiera purificarle en el fuego de la escoria de afecto menos recto, lo hiciera gustosísimo. Por esto no quiero decir que no tengo mil imperfecciones en el afecto; lo que digo es, amado Padre, que aunque algo se pegue el corazón en el modo de amar las criaturas, en la sustancia no se pega advertidamente. Estos afectos a las cosas creadas, como moscas importunas pican, pero no profundizan; empañan la tez del corazón como polvo pegadizo, pero no ponen su trono dentro del corazón, que es el camarín del gran Rey. Así me lo ha dado el Señor a entender, como ya diré. Este es favor especialísimo; por eso el buen Jesús imprimió su imagen en mi corazón, como pedía cuando dijo: Póneme ut signaculum super cor tuum, siendo escudo en que se estrellan los afectos, sin hallar entrada permanente. Esto se entiende del amor a los hombres, y en esto estoy más cierto: mucho amo a vuestras Reverencias; pero si se opusiera, arrancara todo el afecto7; me he puesto de propósito a ver qué persona en el mundo me tira fuera de Dios y no hallo alguna; puede ser me ciegue el amor propio. (Desnudez de afectos) Del amor a otras cosas rateras, que por tal se pega mas fácilmente bautizándole solapadamente el amor propio, ya se suele pegar algún polvo; pero, en advirtiéndolo, es sacudido. Aun en esto póneme el Señor a veces en una desnudez de afectos8 (así la llama el Padre Godínez) tal, que parece eleva el corazón a otra esfera y que le pone como en el aire, mirando como a sus plantas todo lo creado, y se me representa vivísimamente lo de David: Quid mihi est in coelo et a te quid volui super terram?9 Esto me sucede muy a menudo mirando al cielo; pues siento el afecto de nuestro santo Padre: Quam sordet terra, dum coelum aspicio!10 Y aquí se une el alma con su Dios, al paso que se desune y desnuda de todo lo creado por un modo del todo celestial. (Indiferencia en la voluntad de Dios. Paz del corazón. Libertad de espíritu) De aquí nace el sentir en mí aquella santísima indiferencia en la voluntad de Dios que describe altamente mi santo Sales en la Práctica del amor divino11; que no hay lance ni acaecimiento que, aunque me coja de repente, haga que mi voluntad no esté conforme con la divina. Porque me ha concedido el Señor esta gracia: que en cualquiera cosa que suceda, o próspera o adversa, o grande o pequeña, luego la reconozco por enviada o dispuesta de mi Dios, y exclamo: Ita, Pater, quoniam sic placuit ante te,12 y tal vez previene este afecto al movimiento primo primus.13 Del mismo modo no me congojan las cosas que o deseo, o temo sucedan; pues creo será la voluntad del Señor, y aquieto los primeros movimientos de la naturaleza con decir: Deus sibi victimam providebit,14 como enseña mi Santo. Es verdad que cuando el corazón está turbado con temores, etc. no es sensible esta indiferencia; pero reside en la cima del espíritu.15 Origínase de esta indiferencia una paz interior singular.16 Me he puesto a pensar qué cosa bastaría a turbarme esta paz, y me parece que, no retirándose el Señor, no me puede suceder cosa que a poco tiempo no deje mi espíritu en la misma serenidad. Es verdad que las pasiones a veces hacen su tiro; pero, en advirtiendo, todo se sosiega. Por estos pasos me va el Señor metiendo en la santa libertad de espíritu; pues ni lo adverso me detiene, ni lo próspero (h)alagando, ni los sucesos me atan; antes, a un poco que entre en lo interior, me hallo superior a todas estas cosas; y todo lo que veo y trato por los sentidos me parece sueño, y sólo lo interior realidad, y a veces se me representa este mundo y sus negocios como un juego de niños. 17 Todos estos son efectos del amor que el Señor me da de sí mismo, por los cuales mas fácilmente vendrá vuestra Reverencia en conocimiento de cuál y cuánto sea. (Amor de prójimos. Amor a los Directores) Finalmente es propiedad del amor de Dios amar a quien el mismo Dios ama, y así me comunica un amor grande18 de los prójimos, de los pecadores, como ya dije; de los justos mucho más, porque mucho más les ama el Señor; y entre éstos, aquellos a quienes el Señor lleva por un mismo camino conmigo porque regularmente les comunica a ellos más caridad, los amo con especialidad, y parece hay en el corazón uno como reclamo o simpatía con los tales,19 y más desde que vi en Dios todas las voluntades de los contemplativos; ya tiene vuestra Reverencia ejemplos de esta simpatía. A los que trabajan por la gloria de Dios y salvación de las almas no hay que decir, de lo dicho lo entenderá vuestra Reverencia. Pues¿ qué diré de mis Directores y Padres espirituales? No diré nada, porque cuanto dijere será nada. Este amor parece naturaleza; no puedo dejar de amar a vuestras Reverencias sin dejar de amar a Dios,20 pues vuestras Reverencias son los vicedioses míos;21 en las más íntimas uniones, cuando estoy en el Sancta Sanctorum, estoy con vuestras Reverencias, pido para vuestras Reverencias lo que para mí; no me acuerdo de vuestras Reverencias si no me acuerdo de mí, y aun me acuerdo de vuestras Reverencias y no de mí. Fuera lo contrario una ingratitud inaudita, que me horroriza sólo el pensarlo. Oh Padre mío!, y cuánto deseo ver a vuestras Reverencias abrasados en el divino amor! Son continuas mis súplicas a este fin, pido amor y luz: ésta para que vuestras Reverencias me dirijan y no me permitan errar en camino tan arduo; aquél para que se estreche más la unión, que de nuestros corazones ha fundido uno, y se continúe en la gloria. Oh Padre mío! y cómo nos hemos de ver en la gloria y continuar nuestro amor!. (Devoción con los Santos y con los Angeles. Con María Santísima) Con los bienaventurados y con los ángeles y santos, que son tan amados del Señor, tengo especial amor y devoción; en particular con aquellos santos que en vida resplandecieron más en el amor de Dios. Pero es especialísima la que tengo con los santos y santas, mis devotos;22 ya vuestra Reverencia sabe quiénes son. Y, entre los ángeles, los serafines son mucho míos,23 por tan amantes de su Dios, y San Gabriel y San Rafael y los que me asisten por especiales protectores de mi guarda; y con particularidad San Miguel: hay mil cosas que decir en este punto; ya vuestra Reverencia sabe las más. Pues¿ qué diré de la Madre del Amor hermoso24, María Santísima? Es nuestra Madre, como tal se muestra, y yo aspiro a ser hijo suyo, y como tal recurro siempre a su protección; ya también vuestra Reverencia sabe las mercedes particulares que he recibido de este acueducto de las gracias, que pueden llenar muchos pliegos. Tiene dominio despótico25 sobre mi corazón, sobre mi alma y espíritu, como no ignora vuestra Reverencia. (Amor a Cristo Jesús) Hablar de mi afecto con la santísima Humanidad26 de mi Amor Jesús es por demás; no acierto a apartarme del buen Jesús; éste es mi camino, mi vida, mi verdad, vivo ego iam non ego, vivit vero in me Christus.27 Puedo decir con San Bernardo: Nihil mihi sapit sine Jesu.28 En mi corazón está esculpida su imagen y en él está transformada mi alma. A este Dios hombre quiero; a este Dios hombre amo; éste es el centro de mi corazón. Ni en la oración, ni en la presencia de Dios, ni (en) otro ejercicio alguno puedo apartarme de Jesús; sus perfecciones son el objeto de mi amor casi imprescindibles29 para mi de las de Dios, y así, si no es cuando es elevada mi alma a la contemplación de los atributos y la esencia divina, lo demás todo se lleva Jesús mi amor. (Devoción con Jesús sacramentado. Comuniones) Como le tengo en el Sacramento augustísimo es mi consuelo, es mi refugio. Parece hay entre este divino Sacramento y mi corazón una celestial simpatía, con que, como por instinto natural, se deja sentir su presencia; al ir a visitarle, aun cuando voy divertido, siento en el corazón un no se qué, que me recuerda del Amado; este no se qué, es la fragancia de los divinos ungüentos,30 perceptibles desde lejos. Siento las vísperas de comunión un celestial impulso, que previene el corazón con delicias y consuelos, causándome hastío todo otro manjar terrestre. Aquí en las comuniones es donde tengo mi bienaventuranza en la tierra, que creo no se distingue de la del cielo sino en la visión y claridad; éste es el teatro de los divinos favores; aquí recibe mi alma nuevos alientos, nuevas fuerzas, nuevos dones e inexplicables favores. Todo esto he dicho para declarar el amor de mi alma a su Dios y, sin pensar, he ido diciendo la mayor parte de lo que había que decir. Paso ya a otra cosa. (Estima de la Vocación y de la Compañía) Grande estima y aprecio me da el Señor de mi vocación a la Compañía, y grande amor a esta nuestra Madre y a su Instituto y modo de vivir. No he sentido contra la vocación el menor asalto, sino allá tal cual sugestión en el desamparo. La mayor miseria, sobre escrito de mi condenación, creo sería para mí el ser despedido de la Compañía por mis culpas, y si sin éstas lo fuera, o no me apartara hasta morir de sus puertas, o peregrinara por el mundo a ver si podía lograr mi dicha.31 Asombrado estoy de las grandezas que el Señor me ha comunicado de esta nuestra Madre dulcísima. Deseo y pido con todo el corazón se conserve en la observancia y perfección, en que la dejó nuestro santo Padre y creo se conserva, a Dios gracias en el cuerpo de la Compañía, aunque tal cual individuo degenere de hijo de tal madre: mucho dolor me causa esto, y diera la sangre de mis venas por la perfección de cada hermano mío, a quienes amo como hijos de mi madre amabilísima, aunque siento algunas faltas en el alma; no hago otra cosa que procurar el remedio en la oración ya que no puedo de otro modo. (Renovación de los Votos. Protectores de los Votos) Todos los días renuevo varias veces mis votos, complaciéndome en lo hecho, con el Placet quod promissi,32 y doy gracias al Señor por tan singular favor. Y juntamente las doy por los medios tan divinos, que nos ha dado el buen Jesús para la más perfecta observancia de ellos: ahora diré algo de cada uno de los tres, que están divididos por los Santos mis patronos para que me asistan en su observancia. San Luis Gonzaga, San Estanislao protegen mi pobreza; Santa Teresa, Santa Magdalena de Pazzi, mi castidad; San Ignacio y San Javier, mi obediencia. Y San Sales de todos los tres juntos, y los tengo sacrificados a cada una de las tres divinas Personas en particular uno, y todos tres a todas. (Pobreza) Dame el divino amor Jesús un amor grande a la santa pobreza, tal cual le pide nuestro santo Padre.33 Tengo gran complacencia en haber dejado todos los bienes temporales posibles. Y si fuera señor de todas las riquezas del mundo, las abandonara y reputara por estiércol. Según me da el Señor a entender me quiere pobre y desnudo, no sólo en el afecto, sino también en el efecto, y enajenado de lo que en otros se compadece con el rigor del voto. Entiendo hay alguna falta en algunos particulares en este punto, y quisiera se practicase, como suena el voto de restringenda magis paupertate.34 No me parece pobreza tener lo necesario, pues en el siglo no se desea más.35 Aun de estas niñerías de medallas, estampas, etc. me he desnudado, quedándome con solas seis de los Santos, mis devotos. No por esto que aquí he dicho reprendo lo que muchos virtuosos practican, sino algunas demasías; a ellos bástales; a mi no, que el Señor me quiere mas allá.36 La limosna de vuestra Reverencia recibo como tal, y he usado de ella a más no poder, por las circunstancias de estudiante;37 que en adelante me parece que aun esto no se compadecerá con mi vocación particular. Ya hablaremos en este punto. Lo cierto es, amado Padre, que yo he entendido que imperfecciones de otra especie que se notan, traen de aquí su origen. (Castidad) La castidad es don del cielo38, comunicado en aquel cíngulo que me puso San Miguel en el cuerpo y Jesús en el alma. Desde entonces sólo he sentido tal cual imaginación, que aunque sólo me da pena por ser tal sin pasar adelante, me ha traído después especiales consuelos. Aunque no me altere, sólo con ser imaginación me parece brasa. Es verdad que me meto allá en lo interior y la dejo burlada. Una u otra vez en sueños me he sentido asaltado de tentación tal, y aun en sueños hice esforzada resistencia, despertando sobresaltado y turbado. Una sola vez creo que en un sueño de éstos me pareció que había sido menos diligente en rechazar la tentación; y aun antes de despertar, me asustaba tanto de esta sospecha, que me hallé trassudado y alterado de pena. No he mirado ni miraré rostro de mujer;39 si por descuido, o por acaso han tropezado los ojos con semejantes objetos, como sorprendidos y asustados de un basilisco se recogen; y no es esto de modo que la misma aprehensión de huir excite la imaginación; porque no es esto sin sosiego, aunque con sobresalto. Una o dos veces inadvertidamente tomé la mano a un estudiantico,40 como se suele hacer, y luego que advertí, lo lloré delante del Señor, aunque se quedó en puro tocar la mano; porque a lo menos me reprendió el interior de ligereza. Amo esta virtud angélica, al paso que me recelo y temo de mi mismo.41 (Obediencia) Son especiales los deseos de alcanzar la obediencia en aquel punto42 que la propone nuestro Padre San Ignacio. Y en estar debajo de ella y obrar por ella me da un consuelo singular. En lo que toca a los superiores les miro como a Dios, y como a tales les hago reverencia cuando los encuentro.43 No quisiera respirar, sino por obediencia. Porque se ofrecen algunas cosas repentinas en que no se halla al superior a mano, estoy muy prevenido de licencias; porque no me acomodo a las presuntas o interpretativas; y aunque casi todas las tengo concedidas, sin limitación de tiempo, yo las voy a renovar 44 cada mes; pues hallo un no se qué de menos sujeción a la obediencia, cuando son muy largas o por mucho tiempo. En particular, en materia de pobreza tengo para poder recibir o dar de estas cosillas pequeñas o usuales las licencias necesarias; pero si hallo comodidad, pido nuevamente licencia para aquella cosa en particular. Siento en el alma las murmuracioncillas de los superiores, aunque tal vez ya suelo45 caer en esto, pero mis lágrimas me cuesta. (Observancia de las Reglas. Ejercicios) En la observancia de las Reglas46 es donde pido gracia al Señor para mostrarme obediente; y a lo menos reconozco en mí un deseo vivísimo de no quebrantar la mínima por cuanto tiene el mundo. Ojalá fuera así; pero gracias al Señor que, con advertencia formal no creo me he arrestado a quebrantar alguna; aunque muchas y muchas veces las quebranto mostrando en esto la insignia de mi flaqueza: caer sí, pero perseverar no; quebrar la regla sí, pero faltarme luego el dolor, eso no. Pero ¡ ay, Padre mío! creo engaña el amor propio; si yo observase este santísimo arancel de nuestras reglas, otra fuera mi perfección. En los Ejercicios que divinamente tiene nuestra Madre la Compañía distribuidos por el año, hago reseña y me tomo cuenta en este particular, y me veo tan lleno de miserias que es compasión. No acabo de dar gracias al Señor por este medio, que nos ha dado de los santos Ejercicios, no puedo explicar lo que concibo y la estima que de ellos hago; en varias cartas he dicho a vuestra Reverencia lo que sirve este medio y cómo el Señor me previene para él. (Obediencia a los Directores) Muy especial es el amor que tengo a la obediencia de vuestra Reverencia, como de mis Directores y Padres espirituales. Y dame Dios una seguridad tan grande en obedecer a vuestras Reverencias, que me pareciera evidente señal de ser engañado faltar en algo a ella; como, por el contrario, hallo mi mayor consuelo y contento en ejecutar las mínimas insinuaciones. Casi me temo no se oculte aquí amor propio; pues en obedecer a vuestras Reverencias juicio y todo se rinde. De aquí nace el deseo de manifestar toda mi alma y corazón a vuestras Reverencias, que no quisiera se les ocultase el menor pensamiento,47 y ésta es la causa de ser tan largo en mis cartas, y me parece quedo corto. En mis temores, cuando todas las razones no tienen fuerza, sólo la de la aprobación de vuestras Reverencias me es de algún alivio, y si no fuera esto, acaso hubiera hecho algo que no fuera bien, como abajo insinuaré. De suerte que donde las palabras de Dios por su oculta disposición no bastan a consolarme, bastan las de vuestras Reverencias. (Mortificación) También son especiales los deseos que el Señor me comunica de la mortificación. En cosas menudas, como en no decir la palabrilla, en privarme de algún gusto, en otras cosas a este modo, alguna cosa me mortifico. En las penitencias casi nada. Tomo tres disciplinas cada semana y traigo tres cilicios conforme a lo que vuestra Reverencia me tiene ordenado. Esto es nada para mis deseos. Alguna otra vez he añadido a estas penitencias algo más, ya por alguna necesidad, ya por alguna fiesta, ya por algún alma, etc.,. creyendo que vuestra Reverencia vendría en ello si estuviera aquí ; no obstante, ahora que no tengo al Padre F.48, dígame vuestra Reverencia si podré hacerlo así, si ocurriere alguna necesidad. También me parece que, ya que en tiempo de los estudios no quiere vuestra Reverencia otras cosas, que podré añadir una disciplina y cilicio más cada semana.49 Son más las fuerzas de las que vuestra Reverencia piensa.50 Espero la decisión de vuestra Reverencia. Los deseos y como innata propensión a más penitencias (si bien dentro de la obediencia) son tales que me persuado que Dios me quiere llevar por aquí. Cuando leo la vida de mi Venerable Padre Padial se siente mi espíritu inclinado a aquellas penitencias; aunque no en el comer; porque aquellas salían en esto al exterior; hállome movido a las grandes penitencias de los Santos,51 pero no a que salgan de mil leguas al exterior. Me es parte de alivio y consuelo lo que vuestra Reverencia me ha dicho, que después de los estudios verá en este punto. (Paciencia. Ímpetus. Deseos de trabajos) Lo que he tenido que padecer desde que el Señor se me empezó a comunicar, ya lo sabe vuestra Reverencia: los desamparos, tentaciones y tribulaciones de los demonios, no sé si los llevaba con paciencia, como estaba tan turbado el espíritu; pero me parece que en el fondo del alma había conformidad, gozo e indiferencia en la voluntad de Dios; a lo menos, cuando me hallaba más sosegado, daba gracias por lo mismo que había tenido que padecer. Los ímpetus son un martirio espantoso, como mi Santa Teresa en lo último de sus Moradas lo declara; pero es un tormento que no le trocara por el mayor consuelo. Los temores de perder a Dios también dan que padecer y doy gracias por ellos: Beatus vir, qui semper (est impavidus).52 Varias pesadumbres, y en puntos bien penetrantes, me han venido por mis parientes53; pero no llegan a mover mi corazón, superior a todas estas cosas de carne y sangre; aun me viene escrúpulo de la serenidad y recelo, si es insensibilidad. En otras cosas menudas, ya en las palabras picantes, ya en el agravio, etc. aunque la parte inferior suele saltar, es reprimida esforzadamente por la razón, y aún me queda, con todo eso, dolor de los primero movimientos y me llenan de confusión. También tengo que padecer los mismos deseos de padecer, deteniéndolos en la esfera de la indiferencia en la divina voluntad; porque todo lo que padezco me parece nada, y tengo una sed insaciable de trabajos, y no estoy gustoso cuando me falta algo que padecer,54 antes pienso que tengo ofendido al Señor; aunque algunos de los trabajos que he padecido, cuando estaban presentes parecían insoportables y supra modum55, después me parecen nada. Los actos o ejercicios de padecer como lo(s) de la mortificación son soplos, que encienden en mí un vivo fuego de amor; por eso el Señor dispone que poco o mucho, por éste o por aquel lado, no falte alguna cosilla que ofrecerle.
1 Es, en efecto, este torcedor el contraste entre el amor y la ingratitud que supone todo pecado, Ese choque violento, entre un amor infinito que se da y un corazón que lo rechazó en algún tiempo, produce como un estallido en el fondo del corazón: es la dicha de las lágrimas, lágrimas al estilo de Pedro, que lloró fuera del atrio amargamente. 2 Es el sentimiento de sentirse uno pobre y pequeño, necesitado de la misericordia de Dios; pero vivido todo ello con paz en el alma y hasta con la alegría de quien se sabe siempre amado por Dios, aun en sus miserias. Es como gozarse uno en que la misericordia del Señor caiga sobre su ser para levantarle de nuevo a un amor y correspondencia más grande; y esto provoca siempre paz. 3 Al alma que ha gustado como Bernardo- las dulzuras de la unión con el Señor, solamente el pensar que podría apartarse de El le causa un martirio muy vivo. Comentando San Juan de la Cruz el último verso de la primera estrofa de su Cántico espiritual: ¿Adónde te escondiste Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste habiéndome herido; - salí tras ti clamando, y eras ido!, dice así: Esta pena y sentimiento de la ausencia de Dios suele ser tan grande a los que van llegando al estado de perfección, al tiempo de estas divinas heridas, que, si no proveyese el Señor, morirían; porque como tienen el paladar de la voluntad sano y el espíritu limpio y bien dispuesto para Dios, y en lo que está dicho se les da a gustar algo de la dulzura del amor divino, que ellos sobre todo modo apetecen, padecen sobre todo modo; porque, como por resquicios se les muestra un inmenso bien, y no se les concede, así es inefable la pena y el tormento (Obras de San Juan de la Cruz, Bac, Madrid, 1950, pág 988) 4 Siempre es buen camino no desear gracias extraordinarias ni caminos fuera de lo normal. Es lo que aquí pide al Señor Bernardo. En una de sus obras viene a decir Santa Teresa la misma idea: que ella hubiera deseado ir al Señor por el camino normal y no por la senda mística que le tocó recorrer, pues con gracias extraordinarias o con gracias ordinarias siempre si somos generosos- podemos llegar a la perfecta unión con Dios. 5 Nos recuerda esta frase de Bernardo una de las reglas del Sumario de las Constituciones de la Compañía, que los estudiantes aprendían de memoria durante el noviciado. Esa regla dice así: Todos se esfuercen de tener la intención recta, no solamente acerca del estado de su vida, pero aun de todas cosas particulares, siempre pretendiendo en ellas puramente el servir y complacer a la divina bondad por sí misma, y por el amor y beneficios tan singulares en que nos previno, más que por temor de penas, ni esperanza de premios, aunque de esto deben también ayudarse.... (regla 17) 6 Se refiere probablemente a San Francisco Javier, al que (sin especial fundamento) suele atribuírsele una poesía que se ha hecho sumamente popular, tanto en tiempos de Bernardo como en la actualidad. Es una poesía que ha sido atribuída también a Santa Teresa de Jesús, a Antonio de Rojas y asimismo a un fraile criollo mejicano: Fray Miguel de Guevara. Lo que sí se sabe ciertamente es que quien la dio a conocer por vez primera fue Antonio de Rojas en el año 1628. Su popularidad ha venido de haber sido impresa desde entonces en la mayoría de los devocionarios, que durante mucho tiempo han sido utilizados por los fieles cristianos para sus actos de piedad. Esa poesía es, en realidad, un acto de contrición perfecta y, por tanto, un precioso acto de amor a Dios. Y dice así: No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte -. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido muéveme ver tu cuerpo tan herido muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor de tal manera que aunque no hubiera cielo, yo te amara y aunque no hubiera infierno, te temiera No me tienes que dar porque te quiera porque aunque lo que espero, no esperara lo mismo que te quiero, te quisiera. 7 El mandamiento doble que nos da Jesús: amar a Dios y al prójimo, en que queda resumida toda la Ley y los Profetas, en realidad no es sino un solo y único mandamiento: amar a Dios en sí mismo y en los demás. Desde el momento en que Dios se hizo hombre en Jesús de Nazaret no se puede verdaderamente amar a Dios sin amar al hombre, ni amar verdaderamente a éste sin amar a Dios. No son dos amores distintos, sino un solo y único amor fontal, que nace de Dios y si es auténtico- a Dios tiene que llegar. Desde el momento en que el hombre y Dios se unieron en Jesús, en la única persona divina que hay en él, ya resulta imposible separar ambos amores. Es como si tuviésemos una barra de hierro al rojo vivo y dijera uno: sepárame el hierro del fuego o viceversa; diríamos: es totalmente imposible, porque el hierro está hecho fuego y el fuego está hecho hierro. Algo semejante ocurre con el amor que un cristiano tiene para con Dios y para con el hombre. Dirá Jesús varias veces en su evangelio, de una u otra forma: cualquier cosa que hagáis con uno de estos mis hermanos pequeños, la habéis hecho Conmigo. Bernardo de Hoyos ama a Dios y al hombre con un mismo e idéntico amor, como se lo pedían las reglas de la Compañía de Jesús, que decían en este punto: Cada uno de los que entran en la Compañía, siguiendo el consejo de Cristo nuestro Señor: Qui dimisserit patrem, etc, haga cuenta de dejar el padre y la madre, y hermanos y hermanas, y cuanto tenía en el mundo; antes tenga por dicha a sí aquella palabra: Qui non odit patrem et matrem, insuper et animam suma, non potest meus esse discipulus. Y así, debe procurar de perder toda la afición carnal, y convertirla en espiritual con los deudos, amándolos solamente del amor que la caridad ordenada requiere, como quien es muerto al mundo y al amor propio, y vive a Cristo nuestro Señor solamente, teniendo a él en lugar de padres y hermanos, y de todas las cosas (regla 8). Y más adelante, expresado con no menor radicalidad, pero tal vez con mayor profundidad teológica y en un lenguaje más místico que ascético, dice el Santo al final de la regla 17: ....y en todas las cosas busquen a Dios nuestro Señor, apartando, cuanto es posible, de sí el amor de todas las criaturas, por ponerle en el Criador de ellas, a él en todas amando, y a todas en él, conforme a su santísima y divina voluntad (regla 17 del Sumario de las Constituciones) 8 Santa Teresa habla de esta desnudez de los afectos para quien de veras desea entrar en Dios mediante la oración. En el libro de su Vida escribe así: Pues hablando ahora de los que comienzan a ser siervos del amor (que no me parece otra cosa determinarnos a seguir por este camino de oración al que tanto nos amó) es una dignidad tan grande que me regalo extrañamente en pensar en ella.... toda la falta nuestra es en no gozar luego de tan gran dignidad; pues en llegando a tener con perfección este verdadero amor de Dios, trae consigo todos los bienes. Somos tan caros y tan tardíos de darnos del todo a Dios que, como su Majestad no quiere gocemos de cosa tan preciosa sin gran precio, no acabamos de disponernos. Bien veo que no le hay con que se pueda comprar tan gran bien en la tierra; mas si hiciésemos lo que podemos en no nos asir a cosa de ella, sino que todo nuestro cuidado y trato fuese en el cielo, creo yo sin duda muy en breve se nos daría este bien, si en breve nos dispusiésemos como algunos santos lo hicieron (Libro de la Vida, cap 11, 1-2) 9 Fuera de Ti ¿qué quiero yo en la tierra? 10 ¡Qué fea me parece la tierra cuando contemplo el cielo! : frase que según parece- dijo San Ignacio, estando una noche estrellada contemplando el cielo de Roma en la azotea de la Casa 11 Uno de los libros más hermosos de San Francisco de Sales es la Práctica del amor de Dios. 12 Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito (Mt 11,26) ((traducción de la Biblia de Jerusalén) 13 Esta frase indica el dominio que tenía Bernardo aun de sus menores movimientos, ya que esos primeros movimientos que se despiertan en nuestra naturaleza (los llamados primo primus) con motivo de una contradicción, de un movimiento de rechazo o de no aceptación de algo y que de suyo no constituyen pecado, ya que son espontáneos y como connaturales a nuestra naturaleza humana-, aun sobre esos movimientos tenía Hoyos un control grande de modo que casi ni siquiera aflorasen, mucho menos consentir o caer en ellos. 14 Alude al pasaje en que Abrahán contesta a su hijo Isaac, cuando éste que lleva el haz de leña a cuestas, le dice a su padre: Padre, llevamos el cuchillo y la leña para el sacrificio; pero la víctima ¿dónde está? . Y Abrahán responde: Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío (Gen 22,8) (traducción de la Biblia de Jerusalén) 15 Le sucede a Bernardo, en momentos de grandes temores, que la indiferencia no es sensible, pero sí está en el fondo de su corazón. Lo mismo le pasó a Jesús en el Huerto de los Olivos. Ante aquel tedio y temor y miedo de ir a padecer Jesús, como verdadero hombre que es, no puedo menos de gritar al Padre: Padre, si es posible, pasa de mí este cáliz...¡, y se lo dice tres veces, cada vez con más apremio; sin embargo, siempre está firme en decir: pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Jesús tenía indiferencia efectiva, pero no afectiva. Esa misma experiencia la sufre en ocasiones Bernardo, cuando los temores son de aquellos que meten espanto, por emplear una palabra suya. 16 En efecto, la perfecta indiferencia lleva consigo, como precioso fruto, una paz honda de corazón. Lo que antes le daba miedo al alma, ahora ya no la asusta. Es uno de los frutos de la cruz, sufrida en realidad. Paz grande la del pecador que detesta el pecado mortal y se arrepiente sinceramente de él; pero mucha mayor paz la de aquel que ni siquiera consiente ni en pecado venial deliberado; y mayor hondura de paz, cuando el alma está dispuesta a querer aquello que Dios quiere (aunque sean pequeños detalles) y a no querer lo que Dios no quiere. Esta es la paz que disfruta Bernardo. 17 Al estar centrado en Dios y sentirle como el Absoluto de la vida, las demás cosas como que pierden relieve y muestran su vaciedad de meras criaturas, incapaces de colmar las aspiraciones, en cierto modo, infinitas del corazón humano. No es que se desprecien o minusvaloren las realidades temporales; se las da su verdadero sentido, pero colocándolas en su debido puesto. Es un poco aquello del Eclesiastés: Vanidad de vanidades dice Cohélet- ¡vanidad de vanidades, todo vanidad! (Eclesiastés 1, 2), y lo que decía Jesús a Marta: Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada (Lc 10, 41-42) (Traducción de la Biblia de Jerusalén). Santa Teresa pudo experimentar esta vaciedad y vanidad del mundo cuando tuvo que ir, por obediencia, a Toledo, al palacio de Doña Luisa de la Cerda, que había enviudado de su marido Arias Pardo, caballero muy principal, señor de Malagón y otros lugares , según escribe el P. Ribera en su Vida de la Santa. Aquella experiencia fue muy enriquecedora para Teresa de Jesús y recordándola en su autobiografía, escribe: Vi que era una mujer y tan sujeta a pasiones y flaquezas como yo...Mientras es mayor (el señorío) tiene más cuidados y trabajos y un cuidado de tener la compostura conforme a su estado, que no las deja vivir....Ello es una sujeción, que una de las mentiras que dice el mundo es llamar señores a las personas semejantes, que no me parece son sino esclavos de mil cosas.... Es así que de todo aborrecí el desear ser señora (Libro de la Vida, cap 34, 4-5) 18 Aquí se repite la palabra amor otra vez en el texto original, sin duda por descuido del copista. 19 En efecto, el amor de Dios cuando prende fuerte en un alma, en vez de cerrarla en sí, la abre a los demás. Esas almas sienten un impulso muy grande a amar a todos, pero de manera especial a aquellos a quienes el Señor ama más, Por ello aman a los pobres, a los enemigos, a quienes les hacen daño, y muy especialmente a las almas santas que con ellas tratan. 20 La verdadera caridad o amor une siempre a Dios y al prójimo. San Juan de Avila escribe: ...un hombre que tiene caridad está bien con Dios. Quien la tiene, no le falta nada. Con ella ama a Dios, ama a los prójimos; con esa dfa limosnas, sufre injurias. La caridad es cosa perfecta...La caridad perfecta es cuando Dios le ha hecho misericordia que no ame otra cosa sino a Dios, como lo que dice San Pablo: qui habent uxores, tamquam non habentes sint. No luce en mis ojos su amor de la mujer, sino el de Dios. Los que compran como que no comprasen, y los que usan de este mundo, como que no usasen. Este es el amor perfecto (Obras completas de San Juan de Avila, Bac, Madrid,1970, tomo IV, pág 174) 21 En cuanto son camino para conocer la voluntad del Señor. Habría que poner aquí la multitud de textos de una Santa Teresa obedeciendo a sus confesores, aun violentándose mucho, notando cómo el Señor alaba siempre esa obediencia al confesor, incluso aun cuando le mande dar higas. 22 Eran éstos: San Juan evangelista, Santa Gertrudis, Santa Teresa de Jesús, San Francisco de Sales, San Ignacio y San Francisco Javier, San Bernardo y Santa Margarita María de Alacoque, entonces Venerable; podríamos añadir a ellos el P. Padial. 23 Preciosa expresión: son mucho míos. Ya hemos hablado en otro lugar de la notable devoción que tuvo siempre Bernardo a los santos Angeles. 24 La expresión María, Madre del amor hermoso, no demasiado usada en aquella época, evidencia ya el camino típico de Bernardo de Hoyos. La expresión amor hermoso, si a alguien conviene con toda propiedad, es precisamente al Corazón de Jesús, del que Bernardo será infatigable apóstol. 25 Pocas frases podrán expresar mejor el delicado y acendrado amor, que hacia la Virgen María siente el P. Hoyos, como esta expresión de tener dominio despótico sobre él: sobre su corazón (el mundo de los afectos), sobre su alma (el mundo de los pensamientos) y sobre su espíritu (el mundo sobrenatural de las mociones de la gracia, de las virtudes...) 26 Como Ignacio de Loyola y como Teresa de Jesús, Bernardo es un admirador de la santa Humanidad de Jesucristo. Son célebres las palabras de la Santa de Avila a este respecto: Y veo yo claro y he visto después que, para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por mano de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo su Majestad se deleita. Muy, muchas veces lo he visto yo por experiencia; hámelo dicho el Señor; he visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos.... Así que vuestra merced, Señor, no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de la contemplación, por aquí va seguro. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes...Yo he mirado con cuidado, después que esto he entendido, de algunos santos, grandes contemplativos, y no iban por otro camino: San Francisco da muestra de ello en las llagas; San Antonio de Padua en el Niño, San Bernardo se deleitaba en la Humanidad; Santa Catalina de Siena y otros muchos.... (Libro de la Vida cap 22, 6-7) Y en Las Moradas dice: Cuánto más apartarse de industria de todo nuestro bien y remedio, que es la Sacratísima humanidad de Nuestro Señor Jesucristo. Y no puedo creer que lo hacen sino que no se entienden, y así harán daño a sí y a los otros. Al menos yo les aseguro que no entren a estas dos moradas postreras; porque si pierden la guía que es el buen Jesús-, no acertarán el camino (harto será si se están en las demás con seguridad); porque el mismo Señor dice que es camino.... (Moradas sextas, cap 7, 6 ) Tanto la autobiografía de Teresa de Jesús, como la de San Ignacio, son ambas profundamente critocéntricas. Como un enamorado, apenas convertido, ya en Loyola se pone a escribir un libro con mucha diligencia: las palabras de Cristo, de tinta colorada; las de Nuestra Señora, de tinta azul. Como dice el P. Victoriano Larrañaga: Manresa fue...una mañana no interrumpida de Pentecostés para el espíritu de Iñigo de Loyola: Muchas veces y por mucho tiempo, estando en oración, veía con los ojos interiores la Humanidad de Cristo, y la figura que la parecía era como un cuerpo blanco, no muy grande ni muy pequeño...; esto vió en Manresa muchas veces.... Su devoción y lágrimas continúa el P. Larrañaga- los veinte días que dura su estancia en Jerusalén, son las de un alma en adoración de la persona de Jesús y de los lugares por él santificados, haciéndose un pobrecito y esclavito indigno, mirándole, contemplándole y sirviéndole en sus necesidades, como si presente se hallase, con todo acatamiento y reverencia posible, abrazando y besando los lugares donde él pisa y se asienta, y gustando la infinita suavidad y dulzura de la Divinidad, del ánima y de sus virtudes y de todo (Aplicación de sentidos sobre el Nacimiento) (Obras completas de San Ignacio, Bac, Madrid, 1947, pág 90-92) 27 Vivo yo, ya no yo, es Cristo el que me vive 28 nada tiene para mí sabor sin Jesús 29 tal vez quisiera decir inseparables 30 Es muy probable que se refiera Bernardo a esa experiencia que tienen algunas almas y que sienten un perfume delicado al entrar en alguna iglesia, donde está presente el Señor; otras veces al comulgar, en una visita o rato de adoración... Es un don, que el Espíritu Santo, concede en ocasiones a algunas almas. 31 Recuerda esta frase de Bernardo lo que se dice de la vocación de Estanislao de Kostka, canonizado en 1726, cuando Hoyos era novicio en Villagarcía. Estanislao había nacido en el castillo de Rostkow, en Polonia, y a los catorce años va a Viena a estudiar como interno en el colegio de los jesuitas. El Señor le atrae hacia Sí y la Virgen le manifiesta un día que es su deseo que entre en la Compañía de Jesús; pero sus padres se oponen tenazmente. Se conservan dos preciosas cartas de aquella época, que nos hacen ver el inmenso amor que a su vocación sentía Estanislao. Una de ellas, escrita por los jesuitas del colegio de Viena en septiembre de 1567, dice así: Un jovencito polaco, noble de origen pero más noble por su virtud, el cual pasó dos años enteros en Viena con los nuestros y a quien, sin embargo, siempre se le rechazó porque no convenía admitirle sin el consentimiento de sus padres no sólo porque había sido nuestro alumno, y frecuentaba asiduamente nuestro colegio, sino también por otras razones-, hace pocos días, desesperando de entrar aquí, salió para otra parte por ver si allí puede satisfacer su deseo. Ha sido un excelente ejemplar de constancia y de piedad, querido de todos, sin ofensa de nadie, niño en edad pero varón en prudencia, pequeño de cuerpo pero grande y extraordinario de espíritu.... Día y noche tenía en su corazón a Jesús y a la Compañía. Con lágrimas, pedía de vez en cuando a los Superiores que le admitiesen. Incluso por escrito solicitaba del Legado Pontificio que presionase a los nuestros. Mas todo en vano. Por lo cual, prescindiendo de sus padres, hermanos, parientes y afines, se ha resuelto emprender viaje a otra parte y buscar por otro camino la entrada en la Compañía de Jesús. Y si tampoco lo logra en otro lugar, está resuelto a peregrinar toda su vida y vivir, por amor a Cristo, lo más vil y pobremente.... Así pues, no pudiendo ni su preceptor ni sus confesores apartarle de esa su resolución, una mañana, después de comulgar y sin saberlo su preceptor ni su hermano, diciendo adiós a una rica herencia y cambiando los vestidos que usaba en casa y en las clases por otro pobrísimo y un bastón, como un muchacho pobre y del campo, se aleja de Viena. Qué es lo que le sucederá, Dios lo sabe. Mas esperamos que el marcharse así no ha sido sin providencia de Dios, pues siempre ha sido tan constante, que nos parece que ha obrado no a lo niño, sino a impulso de una inspiración del cielo...... Hasta aquí la carta de los jesuitas de Viena. Estanislao llegó a otro colegio de la Compañía, el de Dilinga, y fue acogido provisionalmente en él para probar su vocación. San Pedro Canisio, Provincial entonces de Alemania, enterado del caso, le aconseja ir a Roma y le entrega esta carta para el General de la Compañía, que lo era en aquel momento San Francisco de Borja. La carta decía así: El que, guiado por Cristo, será portador de esta carta, es enviado de esta nuestra Provincia. Se llama Estanislao, noble polaco, joven bueno y estudioso, a quien los nuestros de Viena no se han atrevido a recibir como novicio por no exacerbar a su familia. Vino a nosotros con el propósito de cumplir un voto que desde hace ya algunos años tenía hecho de entrar en la Compañía. Durante algún tiempo se le ha probado en el internado de Dilinga, y siempre se ha mostrado fiel en los trabajos y constante en su vocación. Es su deseo que por ahora se le envíe a Roma para estar más lejos de los suyos, pues teme su persecución, y para adelantar más en la piedad. Nunca ha vivido entre nuestros novicios, entre los cuales se le podrá admitir ahí para hacer la prueba del noviciado. Nosotros esperamos mucho de él. No menor era el amor de Bernardo por su propia vocación. 32 me agrada lo que prometí (ya dijimos en otra nota que ésta era la fórmula, que solía usar San Pedro Canisio) 33 Una de las reglas del Sumario de las Constituciones de la Compañía de Jesús dice así: Todos amen la pobreza como madre; y según la medida de la santa discreción, a sus tiempos sientan algunos efectos de ella; y ninguno tenga el uso de cosa propia como propia; y estén aparejados para mendigar ostiatim (de puerta en puerta) cuando la obediencia o la necesidad lo pidiese (regla 24) 34 Los profesos en la Compañía de Jesús hacen un cuarto voto: de especial obediencia al Papa y de no tocar la pobreza, si no es para restringirla más. 35 Otra de las reglas de la Compañía dice: El comer, vestir y dormir será como cosa propia de pobres; y cada uno se persuada que será para él lo peor de la casa, por su mayor abnegación y provecho espiritual (regla 25) 36 Bernardo se apropia el consejo de Jesús: no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Sin embargo, tiene la convicción de que el Señor, en este terreno de la guarda de la pobreza, le pide vaya más allá de lo lícitamente permitido en la Compañía. 37 Se refiere a una pequeña limosna que le hizo el P. Juan de Loyola con objeto de que encuadernase sus apuntes de estudiante. Era una práctica habitual entre los estudiantes y gozaban todos de ese permiso tácito para hacerlo. 38 El tema de la castidad lo toca San Ignacio en las Constituciones de una manera sumamente breve. En las reglas del Sumario de las Constituciones, si sobre la pobreza hay 5 reglas y sobre la obediencia hay 9, sobre la castidad propiamente tal únicamente hay una sola, que dice textualmente: Lo que toca al voto de castidad no pide interpretación, constando cuán perfectamente deba guardarse, procurando imitar en ella la puridad angélica con la limpieza del cuerpo y mente (regla 28). En las llamadas Reglas de la modestia ofrece San Ignacio un como modelo para imitar la manera de actuar de Jesucristo, el tener su porte, su estilo de andar, de moverse, etc. Por eso escribe en la primera de ellas: ...que en todo el hombre exterior se vea en ellos modestia, humildad y madureza religiosa, y edificación en todos los que los miran: pero, viniendo al particular, se observen las cosas siguientes. Va hablando de la cabeza, las manos, los labios, lafrente, el andar.... y con respecto a la mirada, escribe así: Los ojos se tengan comúnmente bajos, sin mucho alzarlos ni volverlos a una parte ni a otra (regla 3); Y hablando, máxime con personas de respeto, no les miren fijamente a la cara, más comúnmente abajo (regla 4) 39 Nunca San Ignacio mandó que no se mirase el rostro de la mujer, pero sí que se las tratase con delicadeza y reverencia interior. En el Tratadito que escribió el P. Pedro de Rivadeneira sobre el modo de gobierno del Santo, dice así acerca de este tema: ...encomendaba mucho el recato con mujeres, aunque parezcan santas o lo sean, especialmente si son mozas, hermosas y de baja suerte o de ruin fama, así por huir nuestro peligro, como el escándalo de los otros y el decir de las gentes, que siempre se inclinan más a sospechar, y a decir mal de los religiosos y siervos de Dios, que a excusarlos o defenderlos (Thesaurus spiritualis, Edit Sal Terrae, Santander, 1935, pág 315) . Conservamos una carta de San Ignacio en que da algunas ayudas a un Padre que padecía trabajos en esta materia de castidad. Se trata del P. Emerio, profesor en el colegio de Padua, quien escribe a San Ignacio abriéndole su alma, y San Ignacio por medio de su secretario el P. Polanco, le va dando algunos remedios. La carta (del 23 de mayo de 1556) dice así: JHS. Pax Christi. Mtro. Emerio en Cristo carísimo. Nuestro Padre ha visto lo que escribiste. Y bien que mostráis buen ánimo en superar aquel enemigo, que hasta ahora os ha molestado (mas no vencido) por la divina gracia....; deja en vuestra mano venir a Roma el próximo septiembre, o bien permanecer en Padua, o mudaros a otro colegio para regir la primera clase, como hacéis aquí. De este modo con el favor divino os defenderéis; y, además de la oración, advertir de no mirar fijamente en la cara a ninguna persona, que pueda ocasionar desazón en el ánimo; y en general usad el desviar la vista, cuando tratéis con los prójimos, y procurad considerar esta y aquella persona, no como bella o fea, mas como imagen de la Santísima Trinidad, como miembro de Cristo, como bañada en su sangre. Además no tengáis familiaridad con ninguno...Y siempre tratadlos en público, y no en lugar alguno privado o secreto....Y con esto, y con atender en crecer en el servicio divino y camino de la perfección, Dios os ayudará como lo ha hecho, y mejor. Precaveos también en aquellos tiempos y ocasiones, donde soléis ser combatido, con un poco de elevación de mente a Dios. Y sobre todo esforzaos en tenerle presente, recordando a menudo, que todo vuestro corazón y hombre exterior está presente a su infinita sabiduría. No será necesario multiplicar los remedios, si éstos son bien aplicados, y no olvidéis el primero, de los ojos, para que no os condoláis con aquel que dice: Mi ojo ha robado a mi alma (Trenos 3,51). En vuestras oraciones N. P. Y todos nos recomendamos. De Roma, 23 de mayo de 1556 (Obras completas de San Ignacio, Bac, Madrid, 1952, pág 947-948) 40 En un mundo como el nuestro, tan tremendamente erotizado, se presta a que expresiones como ésta de Bernardo, pudieran interpretarse torcidamente. No hay que ver en ello sino la exquisita delicadeza y transparencia de una virtud preciosa y frágil, y que se intenta vivir, en lo posible, como los ángeles. No en vano, se ha llamado desde siempre a la castidad la virtud angélica. Una de las reglas que pone San Ignacio para defender y favorecer esta virtud en sus hijos es la que se ha llamado regla del tacto, que dice así: Porque se guarde la gravedad y modestia que a Religiosos conviene, ninguno tocará a otro, ni aun por juego, si no fuese abrazando en señal de caridad al que va o vuelve de camino (Reglas comunes, nº 32) 41 Este santo recelo que tiene Bernardo en esta materia supone una delicadeza grande de conciencia, aun en los más pequeños detalles. De hecho la Compañía de Jesús, que desde el principio trabajó con toda clase de personas y estuvo presente en las diversas cortes europeas (Portugal, España, Alemania....etc) llamó la atención por su modo de vivir esta preciosa virtud de la castidad. Es conocida la anécdota de Felipe II, quien pregunta al P. Araoz (entonces en la corte de Madrid): - Me han dicho que los Padres de la Compañía tienen una hierba especial para guardar la castidad... Así es, Majestad, respondió el P. Araoz, que era muy cortesano-. Poseemos esa hierba, y esa hierba se llama el santo temor de Dios. En el fondo de esta espiritualidad se vivía aquello de entre santa y santo, pared de cal y canto. Hoy se vive la castidad de otra manera, no menos exigente que antes, pero sí de modo distinto. Pero cada época se santifica a su modo, y tal es el caso de Bernardo de Hoyos. 42 Todo el mundo sabe que San Ignacio se distinguió en la Iglesia por la virtud de la obediencia. Francisco de Asís lo hizo por la pobreza, Juan de la Cruz por la contemplación.... Bernardo de Hoyos desea llegar también en esta virtud a lo máximo que pedía su Padre San Ignacio. En el Sumario de las Constituciones leemos acerca de esta virtud: Pongamos toda la intención y fuerzas en el Señor de todos, en que la santa obediencia, cuanto a la ejecución, y cuanto a la voluntad y cuanto al entendimiento, sea siempre en todo perfecta... (regla 35). En la famosa carta de la obediencia (26 de marzo de 1553), que escribe el Santo a los Padres y Hermanos de la Compañía de Jesús de Portugal, se expresa así: ...Y aunque en todas virtudes y gracias espirituales os deseo toda perfección, es verdad (como habréis de mí oído otras veces) que en la obediencia más particularmente que en ninguna otra, me da deseo Dios nuestro Señor de veros señalar, no solamente por el singular bien que en ella hay, que tanto en la Sagrada Escritura con ejemplos y palabras en el Viejo y Nuevo Testamento se encarece, pero porque...en tanto que ésta floreciere, todas las demás se verán florecer y llevar el fruto que yo en vuestras ánimas deseo, y el que demanda el que redimió por obediencia el mundo perdido por falta de ella.... En otras religiones podemos sufrir que nos hagan ventaja en ayunos y vigilias, y otras asperezas que, según su Instituto, cada una santamente observa; pero en la puridad y perfección de la obediencia, con la resignación verdadera de nuestras voluntades y abnegación de nuestros juicios, mucho deseo, Hermanos carísimos, que se señalen los que en esta Compañía sirven a Dios nuestro Señor, y que en esto se conozcan los hijos verdaderos de ella; nunca mirando la persona a quien obedecen, sino en ella a Cristo nuestro Señor, por quien se obedece 43 Bernardo ha interiorizado las nueve reglas del Sumario de las Constituciones que hacen referencia expresa a esta virtud, sobre todo la regla 31, que se expresa con esta contundencia: Es muy expediente para aprovecharse, y mucho necesario, que se den todos a la entera obediencia, reconociendo al Superior, cualquiera que sea, en lugar de Cristo nuestro Señor, y teniéndole interiormente reverencia y amor. Y no solamente en la exterior ejecución de lo que manda obedezcan entera y prontamente con la fortaleza y humildad debida, sin excusaciones ni murmuraciones, aunque se manden cosas difíciles y según la sensualidad repugnantes; pero se esfuercen en lo interior de tener la resignación y abnegación verdadera de sus propias voluntades y juicios, conformando totalmente el querer y sentir suyo con lo que su Superior quiere y siente, en todas cosas donde no se viese pecado, teniendo la voluntad y juicio de su Superior por regla del propio, para más al justo conformarse con la primera y suma regla de toda buena voluntad y juicio, que es la eterna bondad y sapiencia 44 Era costumbre el pedir a los Superiores de cada Casa licencia o permiso para pequeñas cosas. Solían darse por un mes, a veces por más tiempo. Bernardo siente como más perfecto el practicar lo que con ello se pretendía: una santa dependencia de la voluntad del superior, como representante que es de Dios. 45 Por error aparece en el texto original la palabra suelgo, en vez de suelo 46 San Ignacio escribió mucha clase de reglas, comprendiendo diversos oficios (reglas para los estudiantes, los predicadores, los peregrinos, los que hacen la cocina, etc), aunque todas ellas estaban imbuídas del espíritu de los Ejercicios y de las Constituciones, en cuyo marco general quedaban ensambladas. Al final de las Reglas comunes, leemos: Todos tengan estas reglas y las de sus oficios, y las entiendan, y leyéndolas se las hagan familiares...(regla 47). Y al final del Sumario de las Constituciones, que cada mes se oía leer en el comedor, se dice: Algunas veces entre año todos rueguen al Superior les mande dar penitencias por la falta de observar las reglas, porque este cuidado muestre el que se tiene de aprovechar en el divino servicio (regla 52). 47 Este deseo de transparencia aparece en una regla del Sumario, donde San Ignacio la recomienda vivamente: No deben tener secreta alguna tentación, que no la digan al Prefecto de las cosas espirituales, o a su Confesor, o al Superior, holgándose que toda su ánima les sea manifiesta enteramente. Y no solamente los defectos, pero aun las penitencias o mortificaciones, devociones y virtudes todas, con pura voluntad de ser enderezados donde quiera que algo torciesen; no queriendo guiarse por su cabeza, si no concurre el parecer del que tienen en lugar de Cristo nuestro Señor (regla 41) 48 Se refiere al Padre espiritual del colegio de San Ambrosio, que se ve estaba fuera de la ciudad de Valladolid por el tiempo en que escribe Bernardo esto. 49 Lo normal eran tres días de disciplina y cilicio a la semana. Bernardo pide un día más. 50 Aunque Bernardo era menguado de cuerpo, sin embargo, cuando se habla de su vigor en los informes que de tiempo en tiempo tenían que enviar los Superiores a Roma, se habla de: vires robustae, (buenas fuerzas). 51 Es notable el deseo de penitencia que se da en Bernardo. Sabemos que era un admirador de San Luis Gonzaga y del Padre Manuel Padial. Ambos habían sido grandes penitentes. Bernardo quiere emular santamente el espíritu de San Luis y sabrá unir en su persona inocencia y penitencia, haciendo verdad en él la oración que la Iglesia dedica al santo joven en el día de su fiesta (21 de junio): Señor Dios, dispensador de los dones celestiales, que has querido juntar en san Luis Gonzaga una admirable inocencia de vida y un austero espíritu de penitencia, concédenos, por su intercesión, que, si no hemos sabido imitarle en su vida inocente, sigamos fielmente sus ejemplos en la penitencia 52 En el texto original leemos: e pavidus; indudablemente es un error del copista. Pensamos que el texto puede ser el trascrito entre paréntesis. 53 Se refiere, entre otras cosas, a los sufrimientos que le causaron sus parientes con motivo del pleito de su abuelo. En otro lugar hablaremos de ello. 54 Una de las señales más ciertas de la santidad es este deseo de padecer por el Señor, que todos los santos han experimentado y deseado. La cruz es la piedra de toque del verdadero amor a Dios y a los hombres. No hay verdadero amor sin salida de uno mismo, sin abnegación, sin olvido de sí mismo...TY todo eso en lenguaje ascético se llama cruz. 55 sobre toda medida |