Libro “Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús”, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España.
 
Escribe Bernardo una relación de su espíritu, individual y difusa para declarar todo su espíritu a un Director ausente. ("Vida". Libro Segundo. Capítulo 18)

Conocía el sólido e iluminado espíritu de Bernardo que sus visiones, revelaciones, raptos, locuciones y cuantas gracias sobrenaturales recibía de Dios no declaraban bastantemente su corazón. Si todos estos favores sobrenaturales que hasta ahora hemos referido (y) proseguiremos después, no producían sólidas virtudes en su alma; si no tenían por fundamentos firmes la perfección heroica de su estado, todos sus favores serían falsos, ilusión y aprehensión vana.

Esta sólida persuasión, grabada más profundamente en el espíritu de Bernardo que en ninguno de sus Directores o en alguno de sus observadores críticos, le obligó a formar una difusísima relación 1 de su espíritu. En ella pone delante de los ojos de su Director todo cuanto pasaba por su alma y cuantos efectos producían los favores extraordinarios, con que le regalaba el Señor.

Después de dar noticia de algunas singulares gracias, que escribe en compendio, para acercarse al asunto de su cuenta de conciencia, empieza por este humilde preámbulo: “Bien sabe vuestra Reverencia que todos los efectos de virtudes, que producen en mi alma los favores sobrenaturales, no son míos,2 sino en cuanto están en mí y yo coopero algo a la divina gracia. Son de la bondad de Dios, que quiso ponerlos en esta vil criatura para que mejor resplandezcan sus grandezas.

Por esto digo con toda sinceridad y, según lo que siento delante de Dios, qui scrutator cordium est, 3 describiré llanamente mi corazón. Primero en general, después en particular y, finalmente, habiendo mostrado a vuestra Reverencia lo que hay de Dios en este corazón, diré también lo que hay mío, esto es, el abuso de estos dones, la imperfección y cohartación 4 que pone mi tibieza a la divina gracia. Suponiendo, pues, que todo lo bueno es por todos lados de Dios y todo lo malo e imperfecto es mío, empiezo ya en general”.

Hasta aquí las palabras de Bernardo, que sirven, como de proemio, a la relación de su espíritu. Ahora es necesario dejar a este iluminado joven que describa todo su interior. Oigámosle con admiración y asombro de sus expresiones, penetración de su espíritu y solidísimo juicio, con que se explica. Empieza así:

Cuando hago reflexión, amado Padre mío, sobre mi espíritu me pasmo y asombro de verme tan desemejante al que en algún tiempo era. Veo mi corazón, que en todo se mueve hacia su Dios como el hierro atraído del imán; a Dios solo quiere, a Dios solo busca, por Dios solo aspira. Siente en sí el mismo corazón una como innata inclinación a lo bueno y a lo virtuoso, y en lo virtuoso a lo más perfecto. Naturalmente me agrada lo bueno y me desagrada lo imperfecto.5

Aspira el corazón a una santidad elevada; pero oculta a los ojos de los hombres, no se satisface con una perfección regular, quiere la extraordinaria, correspondiente a los medios por los cuales es conducida a ella. En lo mínimo busca lo sumo en la intensión, y nada desea hacer por ceremonia, por de poco momento que sea, sino con la seriedad, realidad y alma, que la divina luz la muestra.

No es nada austero el corazón, pero desea la perfección que intenta la austeridad, aunque sin ésta. Una perfección amable, dulce, pero sólida, no aniñada. Es llevado por amor y, en una palabra, para no gastar muchas, siéntese mi corazón llevar por las sendas que el dulcísimo San Francisco de Sales conduce a su Teótimo6 a lo más elevado de la perfección. Pero bajemos a lo particular”.

(Noticia en particular)7

Hame dado el Señor una fe muy viva; ni la más leve duda8 (fuera de aquellos tiempos en que permitía esa tentación) se me ofrece de las verdades de nuestra santísima fe. Me parece que no creo, sino que veo sus Misterios, y aunque es verdad que muchos de ellos los entiendo por revelación particular (pudiendo decir con nuestro santo Padre, que aunque se perdieran las Escrituras, aunque la Iglesia no las propusiera, no dudaría de su verdad), pero aun por la general del hábito sobrenatural de la fe, cuanto más altos, tanto más fáciles de creer se me proponen, porque me muestran ser cosas propias de las grandezas de mi Dios con su mismo vuelo sobre la razón”.

(Escritura Sagrada. Luz de sus Misterios)

De esta fe nace en mí una veneración grande9 de las Sagradas Escrituras. Y por esto siempre las tengo en la mesa del estudio y todos los días leo alguna cosa en ella de rodillas. No puedo explicar a vuestra Reverencia, amado Padre, el peso que sola una palabra de la Escritura hace en mi corazón:10 cada sentencia me asombra, cada cláusula me sorprende, cada voz me parece un trueno sonoro, con que se hace oír el mismo Dios. Mil secretos, mil misterios descubro en este Libro dictado por el Espíritu Santo, con la luz soberana que su Autor me comunica.

Jamás leo cosa alguna, que no quede en mi alma impresa alguna verdad. Y sobre una cosa que he leído muchas veces, cuando la leo de nuevo encuentro nuevos misterios y venero otros muchos, que entiendo se me ocultan. Dame el Señor un consuelo indecible en cada periodo y en cada expresión un admirable documento para mi espíritu. Cuantas dudas de consideración se me han ofrecido o acerca de mis cosas, o de las de otros, se me han desatado o abriendo por acaso la Biblia y encontrando la solución, o dándomela el Señor interiormente con palabras de ella, siendo para mí de grandísimo consuelo el que todas mis cosas vayan conformes a este divinísimo Arancel, regla de la Verdad.

Lo mismo me pasa acerca de los sagrados Concilios y decisiones de la Iglesia.11 Estoy en ánimo de apacentar mi espíritu este año con registrar, en tiempos no de estudio, las verdades de la fe en los Concilios y en la Escritura, aplicándome de propósito a su lectura; porque siento un interior impulso, que me arrebata a esta ciencia, para saber discernir los secretos del corazón humano según la fe. Esta es la fuente de la Verdad. El mayor consuelo y certeza de mis cosas es ver, según lo que vuestra Reverencia me ha insinuado y yo entiendo, tan conformes a la Regla de la fe, pues si discreparan en un ápice, las creería del demonio”.

(Deseos de extender la fe)

“Dame el Señor encendidos deseos de propagar su fe, y fuera mi mayor dicha derramar mi sangre en su obsequio, y para esto se la ofrezco con el mayor afecto a mi Dios. También nace de aquí el continuo interior movimiento de afecto para con nuestra Madre la Santa Iglesia, pidiendo todos los días al divino amor Jesús por ella, y recibiendo un júbilo inefable cuando me considero miembro de este Cuerpo e hijo de tal Madre12, y como tal, hago especial oración por el Sumo Pontífice y por los demás pastores de esta pequeñita grey”.

(Esperanza)

“La virtud de la esperanza también la reconozco en mí, en grado subido y realzado. Es tal que, a veces, no dudo de mi salvación, que la tengo tan segura como en la mano, y que no le había de sufrir el Corazón al Señor negármela, y por esto prorrumpe tal vez el alma en expresiones que parece se oponen a lo que he dicho de la fe; pues casi no duda de lo que la fe enseña a dudar; parece no temo a Dios de pura confianza, y aun de aquí se me ha levantado algún escrúpulo.

Pero todo esto bien sé yo de qué nace, y es de ser hija esta virtud de la caridad y, siendo ésta cual ya diré, no es mucho sea tal la esperanza, como nacida de tal madre. Es verdad que suele ser asaltado mi corazón de temores; pero éstos no disminuyen la esperanza: nacen de lo que abajo diré”.

(Explicación. Absoluta confianza. Seguridad en las palabras de Dios)

“Esta confianza que tengo acerca de mi salvación (se entiende prescindiendo de los otros motivos que tengo para no dudar de ella, como sabe vuestra Reverencia) es tan arrestada13 (digámoslo así para mayor expresión) en lo que toca a otras cosas que pido al Señor que, cuando llega mi espíritu a engolfarse en la petición, dice a su Dios, que ha de ser, que no tiene remedio, y parece se da por agraviado (como si se lo debiera), y así no pocas veces se atreve a decir con Moisés: aut dele me de libro vitae;14 como quien hace a su Dios la forzosa, por saber que su amor no le ha de sufrir tal cosa.

Pero esto es cuando el Señor quiere conceder la cosa; que cuando no, hallo en mí un tedio y detención en pedir que, por más que quiera, no hay esforzarme a tomarlo con ahínco15; es verdad que muchas veces, aunque pida con todas estas circunstancias, no luego lo hace el Señor, ni siempre hace lo mismo. Si bien la experiencia me ha enseñado que, por lo regular, cuando pido con todo este esfuerzo, no sale mi petición frustrada.

Semejante seguridad tengo en las palabras que alguna vez me ha dado el Señor, o en lo que me ha revelado sucederá, que aunque no lleve camino a los ojos humanos, estoy tan seguro, que antes creeré faltara el cielo y la tierra, que no la verdad de la divina palabra, y en varias cosas así ha comprobado la experiencia mi confianza, como no ignora vuestra Reverencia.

(Caridad)

¿“Qué diré de la caridad? Aquí, amado Padre, es donde me quejo de lo grosero de nuestras expresiones. Aquí es donde estoy cierto no me explicaré bastantemente. Aquí es donde el querer darme a entender me ha de hacer ofuscarlo todo, pero aquí es donde está la raíz, el cimiento y la basa de todos los divinos dones; en éste estriban, en éste se cifran, en éste se envuelven.

Dejo aquí la pluma, pues no quiero engolfarme en este punto hasta haber pedido nueva luz al Espíritu Santo y nueva asistencia a mi dulcísimo Director San Francisco de Sales para que pueda dar a vuestra Reverencia, como a su Vicario, un bosquejo de lo que el Santo conoce perfectamente. Y así ceso hasta mañana; que hoy ya he tratado con vuestra Reverencia mucho, y por varios caminos”.

(Explicación de la Caridad)

Amo a mi Dios, amado Padre mío, con todo mi corazón, con toda mi alma, con todo mi espíritu, con todas mis fuerzas. Dios es el centro, es el blanco, es el objeto único que arrebata así mi corazón. En su amor arde el corazón, se abrasa, se enciende y dulcísimamente se consume. Parece hay allá en lo más recóndito del alma un incendio abrasador de amor.16

A veces me comunica el Señor luz refleja, con que registro todas las operaciones, movimientos y sentimientos de mi espíritu, y mirando este fuego de amor, en que toda el alma se abrasa, y con aquellas licencias que el amor se toma para con su Dios (que se complace en semejantes osadías y arrojos de amor) prorrumpo: Amado mío,! cuánto os amo! Más os amo yo a vos, que vos a mi, porque yo soy nada, vos sois infinito; yo criatura, vos mi Dios; vos me amáis como Dios, yo como criatura, y con esta proporción, más os amo yo.17

Paréceme grande mi amor de parte del sujeto, no del objeto; y así, mi amado Padre, creo que amo mucho a mi Dios, mirando los esfuerzos de mi flaqueza; pero, si atiendo a su bondad; si la luz, que entonces me comunica, se termina no a mi amor, sino a su término, todo voló. Entonces se corre el alma, se avergüenza, se aniquila de confusión, al ver su nada de amor para aquella infinidad de bondad, y es cosa de maravilla que, estando metida el alma en aquellos arrojos de amor que digo, en un momento vuelve la hoja, y empieza a desdecirse, y realmente lo hace y dispone así el Señor, como para desempeñarse y mostrar amoroso que no le amo tanto, como yo pienso”.

(Actos de amor de Dios extraordinarios)

“No obstante, Padre mío, en la realidad el Señor me comunica un amor suyo tan grande, son tales sus quilates, tales sus ardores, tal su fogosidad que me parecen, que si quisiera mudar de amor conmigo alguno de los serafines, que tanto le aman, no admitiera el trueque, sin pariar18 primero los dos amores.

Parece expresión nimia; pero yo la tengo por cierta en lo que toca a la caridad y amor actual, con que a veces es levantado mi espíritu a amar a su Dios. Y vuestra Reverencia lo concebirá, sabiendo que todo esto sólo prueba la grandeza de Dios, que por si mismo toma y coge la voluntad, como el maestro la mano del niño que no sabe escribir, y como principio eficiente elevante sobrenatural (que es forzoso a veces echar mano de los términos escolásticos) produce juntamente conmigo estos divinos actos de amor19, que llaman los místicos, anagógicos.

Como hermosamente lo declara el P. Godíne20z en la explicación de la unión de ilapso y de la contemplación pasiva. Con que no es mucho forme mi voluntad estos primores de amor, si tiene otro principio tan poderoso como el mismo Dios, como no sería mucho que un pigmeo levantase una gran piedra si un gigante se la levantaba cogiéndole las manos”.

(Actos ordinarios de amor)

“Pero prescindiendo de éstos, que son milagrosamente aun en el amor regular producido(s) con el hábito infuso de la caridad, como ésta está tan refinada con los dones de la contemplación, hallo en mi espíritu tal género de amor y movimiento a su Dios, que explicarle en sí mismo me parece no acertaré.

No tiene este amor aquellas llamaradas del fuego interior, que otras veces a los principios tenía, como eran aquella santa embriaguez, aquellas locuras, aquellas violencias de corazón, aquellos ardores externos que llegaron a levantar ampollas en la parte del corazón; no, Padre mío, no tiene este amor estas cosas externas y extrínsecas que, siendo pasiones accidentales del amor sólido, son de más ruido a los que no entienden estos puntos, siendo menos de sustancia.

Pero tiene este amor otros respiraderos que o son sus afectos, o sus propiedades, si ya no son el mismo amor. Y por esto los pondré aquí con lo que toca a las virtudes teologales; por ellos rastreará vuestra Reverencia la actividad del amor, que en mi espíritu arde y que en sí mismo no le puedo yo definir”.

(Continuación del amor. Presencia de Dios)

“Indicio es de este amor su continuación. Desde que despierto hasta que el sueño me rinde, no ceso en el ejercicio del santo amor medio cuarto de hora. Y creo, puedo asegurar que, si estuviera un cuarto de hora advertidamente sin amar, muriera de dolor, y antes escogería el infierno con todos sus tormentos por aquel tiempo. Es tan frecuente este envuelto amor con la memoria del Amado, o con la presencia de Dios, que parece no está el corazón conmigo, si no allá con su Dios.

Ando tan embebido en el Amado,21 que no hallo cómo explicarlo (aunque es vergüenza) sino con el ejemplo del amor mundano que, apoderado de un corazón, ni le deja de noche ni de día, ni come sin amar, ni ve sin amar, ni habla sin amar. Este modo de amor es muy secreto, y parece pasa allá en otra región, pero es grande la frecuencia con que levanta la llama.

Todas las criaturas que más al vivo representan a su Creador son chispas,22 que levantan en el corazón un volcán de fuego. Aquí me parece a mí, aunque no lo tengo del todo bien averiguado, que el ejercicio del amor, en que digo anda continuamente la voluntad, no es amor formal, sino equivalente. Quiero decir, no es acto continuado de amor (éstos son frecuentes, sí, mas no continuos), sino un estar la voluntad como reclinada en las manos y seno de su Amado, con un consuelo y certeza grande de que está allí su Dios, y de cuando en cuando hace unos pequeños lanzamientos en su Dios, tan delicados que casi no se perciben, con cierta semejanza a la oración de silencio.

De este modo sí, anda continuamente la voluntad en el estudio, en el trato con los hombres y en todo acto exterior, por más divertidos que anden los sentidos, sin que esto impida la expedición de las cosas exteriores. Es verdad que, de improviso, viene un rayo de luz, que ilustra el entendimiento y lleva tras sí la voluntad con movimiento más activo; pero es transeuntem,23 y esto me sucede muchas veces cada día, y en particular en el estudio en que, ya lo que oigo, ya lo que leo etc. es un despertador del amor”.

(Deseos de amar)

“Efectos son también de este amor los deseos de amar más y de que otros amen al centro del amor, a la bondad infinita. Son estos tales, amado Padre, que no se contienen en lo posible, sino que se adelantan a fingir quimeras.

Si pudiera amar con el amor de todas las criaturas posibles infinitas veces duplicadas, me parece que quedara satisfecho. Si renunciando el cielo y abrazando el infierno, amara más a mi Dios, lo hiciera gustosísimo. A veces respira este deseo con semejantes quiméricas hipótesis a la de San Agustín. Del mismo modo deseo amen a Dios todos los hombres.24

Este deseo me hace pedir continuamente por los pecadores. Quisiera subir a la región del aire y dar una voz que sonase en todo el mundo: Hombres, amad aquella bondad infinitamente amable.25 Y de buena gana renunciar a la gloria (como acá igualmente amase a Dios), porque el Señor fuese más amado. Quisiera que todos los artejos, arterias, miembros y partes del cuerpo, convertidas en lenguas, predicasen este amor, encendiendo en él al género humano”.

(Complacencia del alma)

“A estos deseos se sigue la complacencia, el júbilo y gozo que recibe mi espíritu, amando a su Dios; ama a su Dios, y de este amor nace la complacencia, y de ésta, con un círculo divino, nace nuevo amor. El mayor gozo en este particular es saber que hay quien cumplidamente ame a Dios, que es el mismo Dios.

Cuando entiendo, oigo, o veo algunas señales de este amor en los hombres recibo un gozo inexplicable. Cuando hay concursos en las iglesias, cuando se celebran majestuosamente las fiestas, cuando se adelanta el culto divino, cuando de algún modo se extiende el divino amor, no puedo contener las lágrimas de consuelo26. Paréceme mía la ganancia, miro la gloria de mi Dios como propia; y así el corazón, asomándose por los ojos, o dando saltos, cuando no le concedo el desahogo de las lágrimas, muestra su grande regocijo”.

(Dolor de la disminución del amor)

“Por el contrario, si recelo que Dios puede ser ofendido por algún hombre, no halla consuelo mi espíritu, hasta ver si puedo remediarlo o impedirlo.¿ Qué digo la vida? Diera yo por estorbar una ofensa de Dios todo cuanto Dios me puede dar27, excepto su amor. No sé qué hacerme, cuando veo algún peligro en esto; acudo a la Santísima Trinidad, al divino amor Jesús, a María Santísima y a toda la corte del cielo.

Y a este paso es el dolor, el sentimiento y tristezas de las ofensas ya cometidas en disminución del amor, y a veces son tales estos afectos que, de la pena de los pecados ajenos perdiera la vida, según la viveza con que aprehendo esta desgracia.28 Aquí son encontrados los movimientos de mi corazón, y tan varios como se varía la divina luz.

Cuando ésta me descubre la maldad cometida por el hombre, monta en un sagrado celo, que quisiera aniquilara Dios a aquel hombre; cuando la luz manifiesta, juntamente con el pecado, la miseria de nuestra flaqueza y la misericordia divina, entonces se deshace de compasión: aquí el utinam anathema essem pro fratribus meis! 29

Aquí instancias a mi Dios, aquí las oraciones por los predicadores para que ayuden, ya que yo no puedo, a los pobres pecadores; aquí los deseos de sacrificar mi vida, mi sangre, y sudor, para cuando sea voluntad de Dios enviarme a mí; aquí está la compasión, que me parecen propias las miserias ajenas30 (que de éstas voy ahora hablando) y como tales causan en mi corazón aflicción proporcionada al gozo, que en lo contrario experimento.

Y esta compasión, amado Padre mío, no sólo es en las miserias de los prójimos, que son disminuciones del amor divino, sino también en otras cualesquiera. Y así muchas veces, viendo a un pobre, a un afligido, a un enfermo, se me enternece el corazón31 sin estar en mi mano, de manera que no quisiera verlo, y como no puedo por mí hacer otra cosa, lo encomiendo tiernamente al Señor.

Es don particular del Señor tener este corazón tan tierno para con los prójimos, y aun de muy niño me acuerdo me pasaba lo mismo con los pobres. Esto en cuanto a los afectos en las miserias ajenas, y más en la disminución del divino amor, cual sucede por los pecados; en casos que pasan por mí en orden al menoscabo de este amor, diré ahora”.

 


1           Esta “cuenta de conciencia” de Bernardo de Hoyos a su Director espiritual, el P. Juan de Loyola, realmente es exhaustiva.”Jamás he oído ni leído descripción más individual y exacta de un alma que desea declararse del todo a su director” –escribiría el P. Juan de Loyola, al escribir la vida de Bernardo.

2           Dios es la Fuente de todo nuestro bien. El hombre recibe los “dones” del Señor, dones y carismas inmerecidos de nuestra parte, pero dados generosamente por la infinita Bondad de Dios. Toda la labor del hombre ha de ser “dejarse llenar” de ellos, no “impedir” su entrada. Por algo San Ignacio de Loyola gustaba de repetir que por ventura no hay nadie en el mundo que sepa lo que Dios haría en él, si de su parte no lo impidiese. Y en su humildad decía el Santo: “yo me siento todo impedimento”. Gracia de Dios y libertad humana han de colaborar mutuamente; pero la gracia tiene con mucho la primacía. Ignacio de Loyola, que comenzó en su conversión con un espíritu pelagiano, como si todo dependiese de la firmeza de su voluntad (si San Francisco hizo esto...por qué no lo voy a hacer yo?), constatará pronto, a medida que avanza en el camino espiritual, “cómo todos los bienes y dones descienden de arriba”.

3           “el que escruta el corazón”  (Romanos 8, 27)

4           “el impedimento” que pone. Cohartación  es un término que ya no se emplea, pero viene del verbo coartar: así decimos que tal cosa coarta mi libertad, etc.

5           Comienza dando una noticia general de su estado actual, para ir descendiendo a cosas particulares y concretas.

6           Teótimo significa en griego “el que honra a Dios”

7           A partir de aquí Bernardo va concretando su modo de vivir aspectos diversos de la vida interior. Comienza con las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. En ésta se detiene ampliamente en los diversos aspectos de amor a Dios y al prójimo. Hablará también de su modo de vivir los votos, como camino especial de su vida de consagrado, y tocará otros muchos aspectos. No se sabe si estos apartados los puso ya Bernardo, o si fueron puestos por el P. Loyola con el fin de facilitar la lectura de tantos aspectos como aparecen en esta exhaustiva cuenta de conciencia. Dada la sicología y el modo de ser de Bernardo, nos inclinamos a que fue él mismo quien, por así decir, “troceó” su cuenta de conciencia para hacerla más clara y comprensiva.

8           Este mismo pensamiento lo encontramos en la Autobiografía de San Ignacio de Loyola. Después de narrar las diversas “visiones” que tuvo en Manresa, concluye con este párrafo: “Estas cosas que ha visto lo confirmaron entonces, y le dieron tanta confirmación siempre de la fe, que muchas veces ha pensado consigo: Si no hubiese Escritura que nos enseñase estas cosas de la fe, él se determinaría a morir por ellas, solamente por lo que ha visto” (Autobiografía, nº 29). “Este sello de infalibilidad –comenta el P. Victoriana Larrañaga - sólo Dios sabe imprimir a sus operaciones en el alma. Paralelamente escribirá Santa Teresa de las verdades impresas durante el arrobamiento en que se celebra el desposorio espiritual: “Entiendo que quedan unas verdades en esta alma tan fijas de la grandeza de Dios, que cuando no tuviera fe que le dice quién es y que está obligada a creerle por Dios, le adorara desde aquel punto por tal, como hizo Jacob cuando vió la escala” (Castillo interior, Sextas Moradas, cap 4) (Obras completas de San Ignacio, Bac, Madrid, 1947, pg 185, nota 35)

9           Esta veneración la manifiesta Bernardo no sólo leyendo con frecuencia la Escritura, sino leyéndola de rodillas. Sin duda que hoy veneramos más la Escritura que en tiempos de Bernardo; por eso llama la atención el “jugo” que encuentra en ella el P. Hoyos. Un testimonio parecido nos lo da Santa Teresa en el Libro de su Vida, cuando escribe: “En esta majestad se me dio a entender una verdad que es cumplimiento de todas las verdades; no sé yo decir cómo, porque no vi nada; dijéronme, sin ver quién, mas bien entendí ser la misma Verdad: “No es poco esto que hago por ti, que una de las cosas es en que mucho me debes; porque todo el daño que viene al mundo es de no conocer las verdades de la Escritura con clara verdad; no faltará una tilde de ella”.A mí me pareció que siempre había creído esto y que todos los fieles lo creían. Díjome: “¡Ay, hija, qué pocos me aman con verdad!, que si me amasen no les encubriría yo mis secretos. ¿Sabes qué es amarme con verdad? Entender que todo es mentira lo que no es agradable a mí” (Vida, cap 40, nº 1)

10          Bernardo ve la Escritura como algo que llena su espíritu y lo enriquece de mil modos. No es de extrañar que siglo y medio antes escribiera San Juan de Avila: “la ciencia que hace llorar y purificar los afectos para quien la lee y la doctrina con que se ha de apacentar las ánimas provechosamente, en la Sagrada Escritura, y en concilios, y en la lección de los santos está; y, como de esto estén ayunos, no pueden dar provechoso pasto a las ovejas, antes algunas veces suelen contradecir a los que lo dan” (Causas y remedios de las herejías, en Obras completas de San Juan de Avila, Bac 324, Madrid, 1971, tomo VI, pg 163)

11          Bernardo alude aquí a la verdad de la Escritura y a los Concilios y decisiones de la Iglesia. Ambos pensamientos los reúne San Juan de Avila en una carta que escribe “a un predicador”: “Dos cosas hay en que muchos han errado, y de errores irremediables: una cuando vienen a decir: “El Espíritu de Dios me enseña, y él me satisface”; porque entonces le parece que sujetarse a parecer ajeno es creer más a hombre que a Dios, y huyen de su remedio, poniendo por título la honra de Dios como en la verdad sea su propia soberbia. La otra es alzarse con la palabra de Dios y con el entendimiento de ella...y...pensando que ellos se rigen por ella, son regidos por su propio sentido, porque quieren entender la palabra de Dios como a ellos parece y no de otra manera...¿Qué cosa habría más mudable e incierta que la Iglesia cristiana si a cada uno que dice que tiene el sentido de la palabra de Dios hubiésemos de creer?...Por eso el Señor, que nos dio su palabra, nos dio varones santos en quien El moró, para que nos declarasen la Escritura con el mismo espíritu que fue escrita; para lo cual ni es bastante el ingenio sutil, ni juicio asentado, ni las muchas disciplinas, ni el continuo estudio, sino la verdadera lumbre del Señor, la cual, cierto, estamos más ciertos haber morado en los santos enseñadores pasados que en los no santos de ahora. Y...para eso está la Iglesia romana, a la cual en su Pontífice es dado poder de las llaves del reino de los cielos y de apacentar la universal Iglesia; y a quien esto está dado, también le está dada la lumbre para discernir y juzgar cuál o cuál es la verdadera doctrina y verdadero sentido de la Escritura; porque ¿cómo tiene llave, si no abre la verdad, por encerrada que esté? ¿Y cómo apacentará, si no me dice qué he de creer, pues el pasto es de doctrina?”. Al fondo de estas líneas resuenan las controversias religiosas del siglo XVI, que en tiempo de Bernardo de Hoyos estaban más apaciguadas y eran menos virulentas.

12          El espíritu eclesial y el amor a la Iglesia como a verdadera Madre es algo característico de las almas santas. Más de una vez habría leído Bernardo las reglas “para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener”  y que San Ignacio pone al final de sus Ejercicios. Ignacio de Loyola une preciosamente en una sola y única realidad la Iglesia jerárquica, la Iglesia madre y la Iglesia esposa de Cristo. Lo condensa en la primera de las dieciocho reglas que escribe: “La primera: depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la vera esposa de Cristo nuestro Señor, que es la nuestra santa madre Iglesia jerárquica” (regla 1ª), y en la famosa regla 13ª se expresa así el Santo: “Debemos siempre tener para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina, creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas....” (Libro de los Ejercicios, nn 353 y 365). Es sintomático que una Teresa de Jesús muera con estas palabras: “Al fin muero hija de la Iglesia” . Ella había escrito en el Libro de su Vida este párrafo, claro exponente de su “docilidad” hacia la santa Iglesia: “Y con este amor a la fe que infunde luego Dios, que es una fe viva, fuerte, siempre procura ir conforme a lo que tiene la Iglesia, preguntando a unos y a otros, como quien tiene ya hecho asiento fuerte en estas verdades que no la moverían cuantas revelaciones pueda imaginar –aunque viese abiertos los cielos- un punto de lo que tiene la Iglesia”. (Libro de la Vida, cap 25, nº 12)

13          tiene tales arrestos, es tan firme...

14          “o bórrame del libro de la vida” (Ex 32, 32). Las palabras que dijo Dios al Señor para que perdonase al pueblo que había pecado.

15          Es ésta una experiencia espiritual que se experimenta con alguna frecuencia: el corazón totalmente entregado a Dios siente en el fondo de sí como una repugnancia y como imposibilidad, a veces, de hacerle a Dios tal petición concreta.

16          Es una experiencia que sienten algunas almas: un como fuego que se aviva dentro sin saber explicar cómo es ese ardor. A veces emplean la expresión de un “volcán” que estuviera lanzando fuego en su interior....

17          Estamos aquí ante esas “locuras” que a veces dicen los santos. San Alfonso Rodríguez (1533-1617), el Hermano portero del colegio de Montesión, en Mallorca, pasando por delante de una imagen de María, le decía que la quería más que Ella a él. En la cuenta de conciencia que da a su Superior en julio de 1615, dos años antes de su muerte, dice: Acontécele que a menudo todo su trato y conversación es con Jesús y con la Virgen su Santísima Madre y amores de mi alma....Porque mi corazón está lleno de ansias y deseos de contentar a Dios por el grande amor que le tengo, rompiendo conmigo y con todas mis cosas de esta vida y conmigo mismo para contentar a Dios. Y como El ve mis buenos deseos, y trato con El y con la Virgen, y yo no quiero sino ellos y a los que ellos quieren, acudo a ellos, poniéndome a mí y a todas las cosas propias y ajenas, todo, en sus manos...” (San Alfonso

18          sin “cotejar”, sin “poner a la par”

19          Hablando de este amor del alma dirá Santa Teresa que “ello es un recio martirio sabroso, pues todo lo que se le puede representar al alma de la tierra, aunque sea lo que le suele ser más sabroso, ninguna cosa admite; luego parece lo lanza de sí. Bien entiende que no quiere sino a su Dios, mas no ama cosa particular de El, sino todo junto le quiere...” (Libro de la Vida, cap 20, nº 11). Y todavía más bellamente: “ ¡Oh, válame Dios, cuál está un alma cuando está así! Toda ella querría fuesen lenguas para alabar al Señor; dice mil desatinos santos, atinando siempre a contentar a quien la tiene así. Yo sé persona que con no ser poeta, que le acaecía hacer de presto coplas muy sentidas... Quered ahora, Rey mío, os lo suplico yo, que pues cuando esto escribo no estoy fuera de esta santa locura celestial por vuestra bondad y misericordia...que o estén todos los que yo tratare locos de vuestro amor o permitáis que no trate yo con nadie u ordenad, Señor, cómo no tenga ya cuenta en cosa del mundo o sacadme de él....Querría ya esta alma verse libre..., que nada ya la pueda regalar fuera de Vos; que parece vive contra natura, pues ya no querría vivir en sí sino en Vos” (o. c., cap 16, nº 4)

20          Ya hablamos en otra nota de este jesuita, que destacó como autor ascético-místico, y cuyas obras conocía nuestro Bernardo de Hoyos.

21          Dirá a este respecto San Juan de la Cruz: “Grande es el poder y la porfía del amor, pues al mismo Dios prenda y liga. Dichosa el alma que ama, pues tiene a Dios por prisionero...Lo cual conociendo el alma, y que muy fuera de sus méritos le ha hecho tan grandes mercedes de levantarla a tan alto amor con tan ricas prendas de dones y virtudes, se lo atribuye todo a él en la siguiente canción, diciendo: Cuando tú me mirabas –su gracia en mí tus ojos imprimían- por eso me adamabas – y en eso merecían – los míos adorar lo que en ti vían. Es propiedad del amor perfecto no querer admitir ni tomar nada para sí, ni atribuirse a sí nada, sino todo al Amado; que esto aun en los amores bajos lo hay, cuanto más en el de Dios, donde tanto obliga la razón” (Cántico espiritual, canción 32. Obras de San Juan de la Cruz, Bac, Madrid, 1950, pg 1118-1119)

22          Es lo que Bernardo había contemplado tantas veces en los Ejercicios al hacer la llamada “contemplación para alcanzar amor”, en la que dice San Ignacio: “pedir lo que quiero: será aquí pedir conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad..... El segundo (punto) mirar cómo Dios habita en las criaturas, en los elementos dando ser, en las plantas vegetando, en los animales sensando, en los hombres dando entender; y así en mí dándome ser, animando, sensando, y haciéndome entender.... El tercero: considerar cómo Dios trabaja y labora por mí en todas cosas criadas sobre la haz de la tierra.... El cuarto: mirar cómo todos los bienes y dones descienden de arriba...así como del sol descienden los rayos, de la fuente las aguas, etc” (Ejercicios nº 233.235.236.237). San Juan de la Cruz, comentando la cuarta estrofa de su Cántico espiritual: ¡Oh bosques y espesuras – plantadas por la mano del Amado! - ¡Oh prado de verduras – de flores esmaltado¡ - decid si por vosotros ha pasado, escribe así: “”...aunque otras muchas cosas hace Dios por mano ajena, como de los ángeles y de los hombres, ésta, que es criar, nunca la hizo ni hace por otra que por la suya propia. Y así el alma mucho se mueve al amor de su Amado Dios por la consideración de las criaturas, viendo que son cosas que por su propia mano fueron hechas” Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura.... “...dice que pasó, porque las criaturas son como un rastro del paso de Dios, por el cual se rastrea su grandeza, potencia y sabiduría y otras virtudes divinas”  (Obras de San Juan de La Cruz, Bac, Madrid, 1950, pgs 999 y 1001.)

23          pasajero, por un momento

24          Es un poco lo que dice San Juan de la Cruz: que el amante no puede estar satisfecho si no siente que ama cuanto es amado, siempre está echando llamaradas de amor, es amigo de fuerza y de toque fuerte, el alma que llega a este estado anda ordinariamente cantando en su espíritu a Dios, está contento el amante cuando todo lo que es y vale lo emplea en el Amado. Sobre la canción 38 de su Cántico escribe así San Juan de la Cruz: Allí me mostrarías - aquello que mi alma pretendía... Esta pretensión del alma es la igualdad de amor con Dios, que siempre ella natural y sobrenaturalmente apetece, porque el amante no puede estar satisfecho si no siente que ama cuanto es amado...”  (o.c. pg 1381. 1141)

25          Uno recuerda aquí la frase de San Francisco de Asís, gritando por los campos: El amor no es amado, el Amor no es amado....¡

26          Los santos sienten júbilos al ver honrado al Señor, aunque sea de forma sencilla. San Francisco Javier en la segunda carta que escribe desde la India, contando el viaje hacia aquellas tierras, dice: “De Mozambique a Goa pusimos más de dos meses. Pasamos por una ciudad de moros, los cuales son de paces: llámase la ciudad Milinde, en la cual el más del tiempo suele haber mercaderes portugueses: y los cristianos que ahí mueren, entiérranse en unas tumbas grandes, las cuales hacen con cruces. Junto con esta ciudad hicieron los portugueses una cruz grande de piedra, dorada, muy hermosa. En verla, Dios nuestro Señor sabe cuánta consolación recibimos, conociendo cuán grande es la virtud de la cruz, viéndola asi sola y con tanta victoria entre tanta morería”  (Carta desde Goa, el 20 de septiembre de 1542). (Cartas y escritos de San Francisco Javier, Bac, Madrid, 1953, pág 91, nº 6)

27          Decía el segundo marqués de Comillas, el Siervo de Dios Don Claudio López Bru que, con tal de evitar la blasfemia de un minero, daría con gusto sus minas de carbón en Asturias. Es sorprendente cómo las almas santas, siendo tan diferentes entre sí, sin embargo coinciden maravillosamente en sus actitudes profundas

28          Bernardo había meditado muchas veces en la meditación de los pecados, que trae San Ignacio en su s Ejercicios, donde nos hace pedir el Santo: “crecido e intenso dolor y lágrimas de mis pecados”, y para ello “mirarme como una llaga y postema de donde han salido tantos pecados y ponzoña tan turpísima” (Ejercicios, nº 56.58)

29          “Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos” (Rom 9,3) (traducción de la Biblia de Jerusalén)

30          Bernardo de Hoyos siente pena por los pecadores, ya que está lleno de celo por la gloria de Dios; pero esta pena y compasión que experimenta, no sólo es por los pecados de las personas ajenas a él, sino también siente esa compasión de sus propias miserias. Es este el buen celo, que ve la mota en el ojo de los hermanos y en el suyo propio. Estaba, pues, Bernardo muy ajeno a lo que dice Santa Teresa hablando de un celo peligroso y mal entendido: “De otra tentación ( y todas van con celo de virtud que es menester entenderse y andar con cuidado) de pena de los pecados y faltas que ven en los otros. Pone el demonio que es sólo la pena de querer que no ofendan a Dios y pesarle por su honra y luego querrían remediarlo. Inquieta esto tanto que impide la oración; y el mayor daño es pensar que es virtud y perfección y gran celo de Dios” (Libro de la Vida, cap13, 10). Ciertamente, no era éste el celo que sentía el P. Hoyos; lejos de impedirle la oración, como dice la Santa, le estimulaba poderosamente a ella.

31          ¿Dónde aprendió Bernardo esta tierna compasión por los pobres? Tal vez ya en su pueblo natal de Torrelobatón. Aunque él era de familia relativamente acomodada (no olvidemos que su padre era notario y secretario del Ayuntamiento), sin duda presenció muchas veces el ver cómo un pobre demandaba a su puerta un mendrugo de pan por el amor de Dios. Más adelante, ya en el noviciado de Villagarcía, la experiencia de comer con los pobres, de su misma cazuela.... le irían acrecentando esa compasión y amor por los pobres.


 
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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