Libro “Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús”, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España.
 
Terribles temores que Bernardo padeció de vivir iluso y engañado, y cómo le serenó y consoló el Señor. ("Vida". Libro Segundo. Capítulo 17)

Una de las fuentes de padecer, que le había descubierto el Señor en tiempo de sus más regalados favores, eran los mismos dones de su liberal mano. Ahora se cumplió este anuncio profético. Porque se halló asaltado de una congoja y aflicción mortal de que estaba iluso y engañado, que tenía engañados a sus Directores, y que debajo de pecado mortal estaba obligado a desengañarlos, confesando haber sido ficción e ilusión todo cuanto les había referido y escrito como visión y revelación de Dios.

Con estos temores, congoja y aflicción examinaba Bernardo su conciencia por si descubría en ella estas ficciones, que se le proponían. Miraba con grande atención los efectos que sus visiones, revelaciones y locuciones habían causado en su alma, y a su parecer los encontraba sólidos y cuales los desean los Maestros de la vida espiritual. Pero el Señor quería que su siervo fuese probado con esta grande aflicción, tan común en los Santos favorecidos con gracias extraordinarias. 1

No podía dejar de conocer que su espíritu procedía con sinceridad delante de Dios y de sus Directores. También daba a nuestro Señor humildes gracias por parecerle que su alma estaba algo aprovechada en la virtud. Todo esto conocía el humilde joven sin que le pudiese dar el más leve consuelo.

Las mismas ansias que tenía de no ser engañado le afligían más; y por permisión amorosa de Dios le metían en nuevos laberintos. Buscaba en los libros las señales de los espíritus ilusos y le parecía que todas le arguían y reprendían sus ficciones. Leyó en la Venerable Doña Marina de Escobar2 que hay almas verdaderamente ilusas, aunque sean en realidad virtuosas y ejerciten virtudes sólidas y actos de perfección. Doctrina que el Señor dio a esta Venerable señora, y como importantísima es digna de copiarse aquí.

Hay algunas personas espirituales (dice Dª Marina de Escobar) que viven engañadas a este modo, que real y verdaderamente todas sus palabras son buenas y santas, y hablan mucho de Dios, y obran buenas cosas y virtuosas, que dicen con el amor de Dios y bien del prójimo; pero son muy bulliciosas, cariñosas y apresuradas; nunca paran, ni sosiegan de obrar y hablar de esta manera: tienen éstas, según dicen, grandes sentimientos de amor e impulsos, hablas interiores, revelaciones, elevaciones, conocimiento de cosas sobrenaturales y ocultas y escondidas, que tocan a los prójimos, y dicen que conocen y entienden el estado de sus almas, y en qué pecado mortal están, y cosas semejantes, y creen y piensan, no sabiendo que se engañan, que todo lo que así sienten, oyen y entienden, saben y conocen interiormente, es Dios y verdades suyas.

Lo cual no es así; porque son estos embaucamientos sombras y figuras compuestas del demonio, de la imaginación y humores y natural, hecho e inclinado a aquel modo por este camino: que todo ello hace una apariencia y un remedo falso de las verdades de Dios, a la manera que pasa en los artificios de los juegos de manos, máscaras y cosas semejantes, que pareciendo que obran veras y verdades, son mentiras y cosas aparentes y fingidas, que no tienen sustancia ni valor.

Esto pasa en estas personas espirituales, que se engañan y engañan a otros, sin querer y sin malicia; y éstas no tienen clara explicación de sus cosas espirituales, porque no tienen verdadero fundamento. Viven por obediencia de sus confesores, los cuales por ventura no conocen bien sus espíritus; y así podrían no acertar a gobernarlas, porque estas tales personas tienen necesidad de ser conocidas de sus confesores muy de atrás, y que ellos hayan tenido mucha noticia de sus vidas, costumbres y caminos por donde han sido llevadas por el discurso de su vida; porque así acierten a encaminarlas.

Este freno de obediencia ha puesto Dios en las tales almas por su bondad, para que no se despeñen, y por el buen deseo que acaso su Majestad les ha dado de acertar con su voluntad; pero viven en mucho peligro, y así conviene que el confesor mire mucho esto, y les dé cien vueltas alrededor, como dicen, y las haga recoger, retirar, callar, obrar y tener oración ordinaria, y menos frecuencia de comuniones. Esta me parece que es la cura de las tales personas espirituales“. Hasta aquí la Venerable señora ilustrada del Señor para escribir estas sólidas doctrinas.

De ellas se valió el enemigo para afligir a Bernardo, a quien parecía que esta doctrina le venía muy justa. Por otra parte se le representaba que no tenía virtud alguna que no fuese falsa, soñada y de su imaginación. Recurrió a su Padre espiritual3 para su dirección y consuelo. Pero dispuso el Señor que no le encontrase. Acudió a su celestial Director San Francisco de Sales y también halló cerrada esta puerta. Postróse, deshecho en lágrimas, a los pies de su dulcísima Madre María Santísima, y esta Madre de los afligidos y consuelo de los desconsolados hizo de la que no oía las lágrimas y suspiros de quien con tanta confianza la invocaba.4

Y así (dice Bernardo) pasé hecho un mar de aflicciones agudas y penetrantes hasta más de una hora después de tocar acostar, que arrojado a los pies de mi Dios y de mi Madre María Santísima hallé algún alivio, aunque no del todo hasta el día de San Juan después de comulgar”. El consuelo que le dio Jesús Sacramentado, luego que le recibió, fue muy singular. Unióse estrechamente el alma con su Amado; de quien oyó estas amorosas palabras: “¿De qué te afliges? Ese mismo temor es la mejor prueba de que no vas errado”.

También le consoló este día en sus temores la Santísima Virgen, Madre de toda consolación. Dejóse ver a su siervo por visión intelectual y, después del consuelo que le causó esta amabilísima vista, le dijo que no había de qué temer; “que su Majestad era mi Madre (dice este feliz joven) y que cuidaba de mí, como de su hijo regalado; que siendo su Madre no permitiría lo que no permitiera mi madre natural, si estuviese en su mano”. El amorosísimo Jesús ,desde el corazón de su siervo, le hablaba acerca de los temores del día antecedente, y le daba soberanas inteligencias y doctrina para adelante.

Díjole, que desde ahora experimentaría frecuentemente este terrible torcedor de los temores de estar iluso y engañado; los cuales alternarían con el dulce martirio de los Ímpetus: que así se purificaría su espíritu de la escoria de las imperfecciones; que estos temores eran de otra especie diversa de los que había sentido en otras ocasiones. Pues éstos se fundan solamente en temor y deseos de no ofenderle.5 En los otros se mezcla algo de amor propio; que aquéllos turban la paz y éstos no; aunque, como cuchillo de dos filos, penetran y dividen lo más profundo e íntimo del alma. Finalmente, que estos temores son el don de temor de Dios, que comunica el Espíritu Santo, los cuales son el lastre y crisol de sus mayores amigos.

Oía Bernardo las celestiales palabras del Señor con la atención, reverencia y humildad que debía. Pero él mismo nos dirá cómo los oye, y qué respondió a la benignísima dignación de Jesús. “Escuchaba mi alma atenta (escribe) la dulzura del divino Jesús, y luego con afectos de fuego se explicó con su Amado con expresiones que, para que vuestra Reverencia se haga cargo de ellas, sólo las puedo explicar en el papel muertamente en estas cláusulas: Amado Dueño; yo abrazo y acepto con todo mi espíritu una partecita de vuestra cruz, con que me queréis regalar.6 Sólo deseo, divino Amor, estar pendiente de vuestra voluntad; y así me complazco y agrado de estos temores.

Ya he experimentado la actividad con que punzan y penetran el alma; y por entonces no me consuela lo que ahora me decís; pero deja esta vuestra doctrina en lo más secreto de mi corazón una esperanza segura y cierta de que sois el que me favorecéis con estas mercedes. Pero, amado Jesús, esta misma seguridad¿ es engaño?¿es ilusión?¿es aprensión? En todo puede haber engaño: el corazón me certifica que no tan firmemente que, si me hicieran pedazos, no pudiera ahora decir lo contrario; pero el deseo de no ofenderos me hace preguntaros así: Amado mío, conozco cuán peligroso y expuesto es el camino por donde voy, muchos se han perdido por él; y no lo deseo; desde luego, Jesús mío, de mi parte renuncio vuestros favores.

Así aseguro amaros eternamente y no ofenderos; ponedlos, Señor, en uno de aquellos que vos me habéis mostrado se mostrarían más agradecidos, si en ellos los pusiéseis. Señor, yo, si ingrato, no correspondo, quitad, quitad, amado Dueño mío, estas vuestras dádivas, que sólo han de servir, según mima la correspondencia, de agravar mi ingratitud. El camino llano y seguro de vuestros mandamientos y de mis reglas quiero:7 aquí no hay precipicios, aquí no hay riesgos. Vos, que fuisteis por los trabajos, llevadme a mí por aquí.

Pero ¡ay amor! ¿ Qué es lo que digo? Perdonadme, Señor, perdonadme estos arrojos de amor. Yo no quiero escoger camino; llevadme Vos por donde fuere vuestra voluntad.¿ Qué sé yo lo que me conviene? Ni éste, ni otro camino elijo, sino sólo elijo el no elegir, quiero no querer; y sólo deseo estar con suma indiferencia en vuestras manos.8

Así se explicaba mi alma; y aunque pedía otro camino, en su interior y allá en lo más íntimo de sí misma, veía que éste es el camino que a mi me conviene, y así me parece no podía hacer tal renunciación, sino con cierto modo de precisión. Toda esta represa de afectos oía el divino Amor Jesús con mucha complacencia, y luego me respondió a todo lo que mi corazón había insinuado, diciéndome etc.”. Hasta aquí nuestro ilustrado joven.

A estas amorosas expresiones de Bernardo significó Jesús su divina complacencia, mostrándole que le agradaba su indiferencia. Porque ésta tenía su origen en el amor y no en la propia voluntad de elegir camino a su gusto: que esta indiferencia amorosa le confirmaba en la determinación de continuar en favorecerle.

Dióle a entender que así era verdad, que algunos se habían perdido por el camino arduo y difícil que él llevaba. Pero que ellos habían abusado de los favores divinos: que si él quería no ser engañado, guardase siempre su doctrina y tuviese por antemural el camino seguro de los mandamientos y de las reglas de su estado. Que le daba su palabra de no dejarle errar tan miserablemente. Que si en alguna cosa accidental de su camino hubiese yerro, su divina luz asistiría a sus Directores para que le guiasen con acierto. Que le pidiese continuamente que asista a sus Padres espirituales con su divina luz, clamando muchas veces en su oración con aquellas palabras: Ostende mihi viam, in qua ambulem .9.. gressus meos dirige in conspectu tuo10

Estas amorosas promesas de Jesús consolaron al afligido joven y le alentaban a perseverar en su extraordinario camino. Continuáronse los singulares favores, con que el Señor estaba empeñado en favorecer a su siervo. El día de renovación de los votos11 estaba en posesión de llenar de gracias muy singulares el alma de Bernardo.

Apenas se descubrió el Santísimo Sacramento para que los renovantes empezasen a renovar su sacrificio, cuando Bernardo tuvo una maravillosa visión intelectual, que él llama confusa; 12 porque no se le declaraba el objeto con la claridad de otras ocasiones; aunque poco tiempo después se descubrió muy clara. Vio a la Santísima Trinidad, a Cristo Señor nuestro y a María cortejados de innumerables ángeles. Esta maravillosa visión tenía absorto su espíritu, cuando al llegar el tiempo de renovar, oyó esta voz dulcísima de su Amado: Surge, propera, amica mea, sponsa mea, et veni columba mea. 13

En estas palabras cifró el Señor la renovación que deseaba de su siervo en tres uniones u ofertas que había hecho a su Majestad: La 1ª y sustancial era de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia. En esta renovación gozó Bernardo los favores que en otras ocasiones; y es preciso omitir, para hablar de las otras dos renovaciones que le pidió Jesús en esta ocasión.

Era, pues, la 2ª del amorosísimo Desposorio, de que hemos hablado; renovóse entre el Divino esposo y el alma de Bernardo con esta expresión: placet quod promissi,14 tengo complacencia de lo que prometí, y renuevo mi complacencia y promesa. En estas tres palabras se cifraron los amorosos secretos, que no llega el entendimiento a comprender bastantemente.

Luego volvió los ojos del alma este felicísimo renovante a su dulcísima Madre María Santísima y renovó la carta de filiación con un afecto solo. La Reina amabilísima de los cielos hizo una como renovación de su dulce Maternidad para con Bernardo. Entonces dijo Jesús a su dulcísima Madre, señalando a su siervo: Ecce filius tuus, ves ahí a tu hijo. A éste; Ecce Mater tua, ves ahí a tu Madre. Entendió Bernardo estas palabras en sentido muy diverso del que tienen aplicadas a todos los fieles, hijos adoptivos de María.

Conoció que eran palabras operatorias,15 que hacen lo que dicen; así como las palabras de la consagración: Hoc est Corpus meum, este es mi Cuerpo, hacen lo que dicen o significan. Símil de que se vale San Pedro Damiano16 para explicar la filiación de San Juan Evangelista. Beatus Joannes (dice el Santo) non solum filii potitus est nomine, sed propter verba illa dominica quoddam maius necesitudinis Sacramentum apud Beatam Virginem meruit obtinere. El bienaventurado San Juan no sólo tuvo el nombre de hijo; mas por las palabras del Señor, mereció conseguir cierto sacramento de parentesco. Este favor recibió, con alguna proporción nuestro devotísimo joven.19

Entre las inexplicables ternuras y afectos que se pueden pensar, se hallaba el espíritu de Bernardo cuando sintió que desaparecieron los ángeles y los santos. (Permanecieron)17 Jesús, María Santísima y San Francisco de Sales con Bernardo, a quien querían hacer nuevos favores. Miraba a Jesús unas veces como a Dios y me espantaba su grandeza (dice); otras como a esposo, y confuso me abrasaba en su amor; ya como a hermano, y todo amoroso me aniquilaba en mi nada.

Ofreciósele, como amoroso, y afecto y extático decir a Jesús: quis mihi det te, frater meus, sugentem ubera matris meae:18 Oh quién me diera veros, hermano mío, estar mamando los dulces pechos de mi Madre! Al instante vio por visión imaginaria al divino Niño Jesús hermosísimo, tomando el pecho de su dulcísima Madre. Miraba a Bernardo el Niño divino con aquellos ojos que hacen bienaventurados; y apartando su boquita hermosa - dice el favorecido joven- del pezón del virginal pecho, exprimió un rayo de aquella sagrada leche, que dio en mi corazón rociándole y dejándole hermoseado.19 Me pareció se me comunicaba en tanto grado el espíritu de dulzura y suavidad como a mi San Bernardo y, aludiendo a esto, me dijo mi dulcísima Madre, cuando su divina leche rociaba mi corazón, esta amorosa palabra: Bernarde fili mi; Bernardo, hijo mío¡, la que no puedo pronunciar ni acordarme de ella sin dulces lágrimas.

En esta palabra se cifraron mil favores, concluye Bernardo. A este singularísimo favor pudiera añadir los muchos que se continuaron hasta el año de 1733. Pero bastará decir que se repitieron en los días de Santa Teresa de Jesús, solemnidad de Todos los Santos, San Estanislao de Kostka, Patrocinio de María Santísima, día de San Javier y todo el Santo Adviento,20 los que hemos referido otros años. Verdad es que siempre se añadían algunas circunstancias amorosas, que los hacían más estimables y dignos de más ferviente agradecimiento.


1           Efectivamente, suele el Señor probar a quien quiere llevarle muy adentro de Sí. El Señor se sirve aquí de la sicología de Bernardo para purificarle. Por un lado le parece que las gracias que recibe no son ilusiones, por otro teme que puedan serlo. Se constata aquí la característica típica de los escrúpulos. Es de alguna manera lo mismo que le aconteció a Ignacio de Loyola en Manresa y que el Santo cuenta así: “....en esto vino a tener muchos trabajos de escrúpulos. Porque, aunque la confesión general que había hecho en Manresa, había sido con asaz diligencia, y toda por escrito...todavía le parecía a las veces que algunas cosas no había confesado, y esto le daba mucha aflicción: porque, aunque confesaba aquello, no quedaba satisfecho... Un doctor de la Seo, hombre muy espiritual, que allí predicaba, le dijo un día en la confesión que escribiese todo lo que se podía acordar. Hízolo así, y después de confesado, todavía le tornaban los escrúpulos adelgazándose cada vez las cosas de modo que él se hallaba muy atribulado; y aunque casi conocía que aquellos escrúpulos le hacían mucho daño, que sería bueno quitarse de ellos, mas no lo podía acabar consigo”. Es algo muy parecido a lo que le sucede aquí a Bernardo. San Ignacio, como también Bernardo, sacarían bien de este mal, que el Señor permitió en sus vidas para una purificación especialmente exigente del corazón. Ambos serían eximios en el arte del discernimiento de espíritus. San Ignacio, pondría al final del libro de sus Ejercicios un documento, titulado: Para sentir y entender escrúpulos y suasiones de nuestro enemigo, ayudan las notas siguientes; y escribe seis notas, sacadas en buena parte de su experiencia manresana.

2           El P. Luis de la Puente (1554-1624), nacido en Valladolid y Maestro de novicios varias veces en Villagarcía de Campos, escribió la Vida de la Venerable Marina de Escobar, a la que dirigió espiritualmente, residiendo él ya en nuestro colegio de San Ambrosio de Valladolid.

3           ¿Quién era este Padre espiritual? No parece que pueda ser el P. Juan de Loyola, ya que no residía por entonces en Valladolid. Pudiera ser el P. Fernando Morales, que había sido Espiritual suyo en Medina y residía entonces en el colegio de San Ambrosio.

4           Cuando el Señor prueba a las almas para llegarlas muy cerca de El y admitirlas en su intimidad, suele antes hacerlas pasar por una honda soledad, más o menos transitoria o prolongada. Aquí Bernardo experimenta (aunque por breves horas) la soledad, el abandono, la zozobra interior de Cristo en Getsemaní. Todos pasamos por el Huerto de los Olivos de una u otra manera; pero los Santos suelen hacerlo con especial intensidad.

5           Se trata, pues, del temor “filial”, que procede por amor.

6           Cruz y regalo, dos palabras que une aquí Bernardo y con las que indica la madurez grande de su espíritu. Los santos ven la cruz de manera muy distinta a como la vemos la mayoría. Dice San Juan de Avila en una plática: “¿Cómo puede vuestro corazón vivir, viendo a vuestro Esposo llagado, sin sentir las llagas? ¿Cómo no se rasgan vuestras entrañas de dolor, viendo las de vuestro Esposo rasgadas de amor? ¿Cómo podéis estar sin cruz, viendo a vuestro Esposo enclavado y muerto en la cruz?....Tal esposo como Cristo no se da de balde a quien lo ha de llevar. Dice El: “Algo le tengo de costar; quien me quisiera hame de dar la sangre”. ¡Oh, cuán pocos amigos tiene Cristo!...¿Queréis alcanzar la joya? No miréis la costa, sino lo que ganaréis con la costa.... Mirad vos si váis como debéis, que muchas veces cierra Dios la puerta de la casa, mas no por desamor ni por negarnos lo que es tan nuestro, sino por ver cómo vais, por probaros si vais de verdad, para ver si os vais luego en llegando a la puerta. Porque sois romero, hijo, habéis de porfiar y decir: “Señor, no me iré de aquí hasta que me abráis la puerta...¿Para qué bajó Cristo a la tierra, sino para darnos a entender que quien se ofreció a sayones no se negará a ti?...Para eso pasó trabajos, para que diga la persona que le ama: “Vos en cruz, yo también quiero tener cruz”; y seamos como el elefante, que cuando ve la sangre derramada, se esfuerza a pelear, y para eso le derraman sangre, para que cobre esfuerzo” (Obras completas de San Juan de Avila, Bac, Madrid 1953, tomo II, pg 1393-1398).

7           Hay dos caminos para ir a Dios: el camino ordinario y el camino de gracias y favores extraordinarios de Dios. El Señor lleva a cada uno por donde le place. Aquí Bernardo, viendo el riesgo del camino extraordinario, pide ser llevado por la senda ordinaria. Lo mismo deseaba Teresa de Jesús. Escribe así la Santa: “Dejad hacer al Señor de la casa: sabio es, poderoso es, entiende lo que os conviene y lo que le conviene a El también. Estad seguras que haciendo lo que es en vosotras y aparejándoos para contemplación con la perfección que queda dicha, que si El no os la da (lo que creo no dejará de dar, si es de veras el desasimiento y humildad), que os tiene guardado este regalo para dároslo junto en el cielo y que –como otra vez he dicho- os quiere llevar como a fuertes, dándoos acá cruz como siempre su Majestad la tuvo.... Juicios son suyos, no hay que meternos en ellos; harto bien es que no quede a nuestro escoger, que luego –como nos parece más descanso- fuéramos todos grandes contemplativos. ¡Oh gran ganancia no querer ganar por nuestro parecer para no temer pérdida...!  Pues yo os digo, hijas, a las que no lleva Dios por este camino, que a lo que he visto y entendido de los que van por él, que no llevan la cruz más liviana y que os espantaríais por las vías y maneras que las da Dios. Yo sé de unos y de otros y sé claro que son intolerables los trabajos que Dios da a los contemplativos, y son de tal suerte que si no les diese aquel manjar de gustos no se podrían sufrir... Pues creer que admite a su amistad estrecha gente regalada y sin trabajos, es disparate. Tengo por muy cierto se los da Dios mucho mayores; y así como los lleva por camino barrancoso y áspero y a las veces que les parece se pierden y han de comenzar de nuevo a tornarle a andar, que así ha menester su Majestad darles mantenimiento, y no de agua, sino de vino, para que, emborrachados, no entiendan lo que pasan y lo puedan sufrir”. (Camino de perfección, cap 17 y 18, Obras completas de Santa Teresa, edit Monte Carmelo, Burgos, 1977,pag 606,607)

8           Como buen hijo de San Ignacio, Bernardo quiere positivamente estar indiferente y solamente ir por el camino que el Señor quiera para él. Este desasimiento de la propia voluntad es el ABC de toda perfección. Por ello San Ignacio cargaba las tintas con sus jesuitas no tanto en mortificaciones y austeridades externas, sino sobre todo en el completo desapego de sí mismos y en la mortificación interior. Para ello insiste en el Examen que se ofrece a los candidatos que piden ser admitidos en la Compañía, que “su mayor y más intenso oficio debe ser buscar en el Señor nuestro su mayor abnegación y continua mortificación en todas cosas posibles”. Y en el precioso Tratado que escribió el P. Pedro de Rivadeneira sobre el modo de gobierno de San Ignacio, se dice: “Cuanto a los ya admitidos, lo que más de veras procuraba se guardase, y más sentía se dejase de guardar...es la obdiencia...Para esta obediencia deseaba en los de la Compañía una resignación de las propias voluntades, y una indiferencia para todo lo que les fuere mandado; lo cual solía significar por un báculo de un viejo, o por un cuerpo muerto. Y aunque solía informarse de las inclinaciones que cada uno tenía, todavía gustaba más de esta indiferencia, y de los que se ponen en manos del Superior como una cera blanda y una materia prima” (Thesaurus spiritualis Societatis Iesu, edit Sal Terrae, Santander, 1935, pg 301). Anteriormente a este párrafo de Rivadeneira había escrito ya San Ignacio en las Constituciones un párrafo, que ha sido muy comentado y no siempre rectamente: “Haga cuenta cada uno de los que viven en obediencia que se debe dejar llevar y regir de la divina Providencia por medio del Superior, como si fuese un cuerpo muerto, que se deja llevar donde quiera y tratar como quiera; o como un bastón de hombre viejo, que, en donde quiera y en cualquier cosa que de él ayudarse quiera el que lo tiene en la mano, sirve” (Constituciones de la Compañía de Jesús, Parte VI, c 1, nº 1)

9           “les enseñarás el camino bueno por el que deberán andar” (1 Reyes 8, 36)

10          “dirige mis pasos en tu presencia” (salmo 118, 133)

11          Fiesta de San Pedro (29 junio 1732)

12          Esta visión que Bernardo califica como confusa, nos recuerda algunas de las que tuvo San Ignacio en sus tiempos de Manresa y después. Dirá en la Autobiografía: “...estando en este pueblo (Manresa) en la iglesia de dicho monasterio oyendo misa un día, y alzándose el Corpus Domini, vió con los ojos interiores unos como rayos blancos que venían de arriba; y aunque esto, después de tanto tiempo no lo puede bien explicar, todavía lo que vió con el entendimiento claramente fue ver cómo estaba en aquel santísimo sacramento Jesu Cristo, nuestro Señor. Muchas veces y por mucho tiempo, estando en oración, veía con los ojos interiores la humanidad de Cristo, y la figura que le parecía, era como un cuerpo blanco, no muy grande ni muy pequeño, mas no veía ninguna distinción de miembros. Esto vió en Manresa muchas veces: si dijese veinte o cuarenta, no se atrevería a juzgar que era mentira. Otra vez lo ha visto estando en Jerusalén, y otra vez caminando junto a Padua” (Autobiografía, nº 29)

13          “Levántate, amada mía, hermosa mía, y vente, paloma mía...” (Cantares 2, 13)

14          “Placet quod promissi” (me agrada lo que prometí) era la fórmula que solía decir San Pedro Canisio muchas veces para decirle al Señor que estaba contento de servirle y de estar consagrado a El. Sabemos que la repetía con mucha frecuencia.

15          Nos encontramos una vez más con esas palabras “sustanciales”, como las llama San Juan de la Cruz, y que son eficaces en sumo grado. Hablamos de ellas en otras notas.

16          San Pedro Damiano (1007-1072), monje, obispo, cardenal y doctor de la santa Iglesia. Nacido en Ravena de una familia humilde, a los 25 años era profesor en Ravena y Parma. Cansado del bullicio universitario se retiró como monje-ermitaño a los Apeninos, en el monasterio benedictina de Fonte Avellana, del que llegó a ser Abad a los 36 años, y en el que permaneció hasta su muerte, veintinueve años más tarde. Juntamente con su amigo Hildebrando (el futuro Papa Gregorio VII) luchó denodadamente contra la corrupción del clero y de los nobles, en el problema de las investiduras. El Papa Esteban X le obligó, so pena de excomunión, a recibir el cardenalato siendo obispo de Ostia. En varias ocasiones fue legado de los Papas y visitador de muchas abadías y monasterios. Puso su vida entera al servicio de la Iglesia. (Saint Companions for each day, J. M. Mausolff, St Paul Publicacions, Buffalo N.Y, 1954, pág 54)

           

17          Falta esta palabra en el texto original, pero indudablemente se trata de un lapsus del copista.

18          Cantares 8,1

19          Esta visión de Bernardo de Hoyos nos recuerda el cuadro típico de San Bernardo de Claraval, con su hábito blanco de cisterciense, arrodillado a los pies de la Virgen y recibiendo un rayo de leche que toca su boca. Nos hallamos aquí ante una experiencia mística, enormemente gozosa del Hermano Hoyos, durante su segundo curso de teología en el colegio de San Ambrosio.

20          Llama la atención la frecuencia de gracias extraordinarias y místicas que recibe Bernardo; a primera vista, diríamos que demasiadas. Sin embargo, si tenemos a la vista las recibidas por otras personas, como un Ignacio de Loyola, una Teresa de Jesús...veremos que el Señor suele repartir profusamente sus dones. Como dice el P. Victoriano Larrañaga en una nota a la estancia de Ignacio de Loyola en Manresa: “Más de cuarenta apariciones de la Humanidad santa de Jesucristo en menos de cuatro meses , y ésas “por mucho tiempo”, como dice el Santo, suponen una frecuencia y continuidad de gracias, pocas veces registradas aun en las almas más privilegiadas. Este período de la vida de San Ignacio recuerda el de los dos años y medio de la Santa Madre Teresa de Jesús (1556-1559), bajo la dirección del P. Juan de Prádanos en Avila; en ambos se verificaba exactamente “que mientras más adelante va un alma, más acompañada es de este buen Jesús, y que cuando su Majestad quiere, no podemos sino andar siempre con El, como se ve claro por las maneras y modos con que su Majestad se nos comunica, y nos muestra el amor que tiene con algunos aparecimientos y visiones tan admirables” ( Castillo interior, Moradas sextas, cap 8) (Obras completas de San Ignacio de Loyola, Bac, Madrid, 1947, pg 183, nota 32)


 
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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