Libro “Vida del V. y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús”, escrito por su Director espiritual el P. Juan de Loyola S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735. Bernardo de Hoyos (1711-1735) es considerado el principal apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España.
 
Insinúanse los últimos favores que recibió Bernardo en Medina y los primeros que tuvo en el Colegio de San Ambrosio de Valladolid, donde estudió la Teología. ("Vida". Libro Segundo. Capítulo 14)

Gozaba por este tiempo Bernardo el estado preciosísimo de los ímpetus, que le ponían en el estrecho, que tanto deseaba, de separarse del cuerpo el alma. Comunicábale el Señor muchos favores: uno de los más singulares y de gran consuelo fue mostrarle la elevadísima santidad de nuestro Padre San Ignacio.1 Vio el fogosísimo corazón de nuestro santo Padre como una esfera de divino fuego, cuyos fulgores y ardores sagrados inundaban el suyo. “A vista de este Vesubio de amor divino reverberaban en mi pobre alma (dice este joven) sus fulgores, inundándola con el mismo divino fuego”.

El día de la fiesta del Santo2 vio por visión intelectual a su amado Padre muy cerca del trono de la Santísima Trinidad. Parecíale que los ángeles celebraban, a su modo, allá en el cielo la fiesta de nuestro santo Patriarca. Miró Ignacio a Bernardo, y éste se deshacía en lágrimas, mirándose indigno hijo de tan gran Padre y la inmensa distancia que había de la virtud del hijo imperfecto a la incomprensible santidad del Padre, elevadísimo en gloria. Preguntóle benigno nuestro Padre San Ignacio por qué lloraba? Y el joven jesuita respondió con un silencio humilde que lloraba por verse tan imperfecto y distante de las grandes obligaciones de hijo suyo.

Entonces el Santo le dijo con afectuosísima benignidad  “que para ser verdadero hijo suyo no necesitaba más que observar puntualmente todas sus reglas3 y para ser del número de sus más amados hijos, observarlas con los realces de perfección que la divina luz le proponía”. Entendió el joven que la santidad de nuestro santo Padre había sido un milagro de la divina omnipotencia, que ningún hijo suyo le había igualado ni igualará en la santidad, perfección y gloria. Este día de su fiesta (concluye Bernardo) repartió el santo Padre desde el cielo muchos favores y beneficios a los de la Compañía y sus devotos.

Al favor de su amado Padre se siguieron otros muy particulares de su dulcísima Madre María Santísima. El día de nuestra Señora de las Nieves4 era para Bernardo de singular consuelo y devoción por la visión simbólica, que había llegado a su noticia, comunicada años antes a otra persona.5 Era de cuatro corazones que, unidos entre sí, se convertían en un corazón solo. Vio ahora a nuestra Señora, su dulce Madre gloriosísima, que traía pendiente de su sagrado pecho una cadena de oro, y de ella pendía un corazón sobre su maternal pecho. Significóle la soberana Reina que lo que veía era símbolo de su amorosísima maternidad para con los corazones, de quien le hizo memoria.

Acercábase la solemnidad de la Asunción gloriosa de María Santísima a los cielos y Bernardo se disponía a celebrar, con todo el amor posible, esta solemne fiesta, el aniversario6 de su felicísimo desposorio y su filiación 7 de hijo de María. Recompensaba el Señor las pequeñas disposiciones del joven con ilustraciones divinas, seráficos ardores y afectos sagrados, que se explicaban en los ímpetus de su abrasado espíritu.

Llegó el día de la Asunción gloriosa y, arrebatada el alma de Bernardo con uno de sus amorosísimos Ímpetus, vio al celestial esposo Cristo Jesús acompañado de su santísima Madre. Traía esta celestial Reina el anillo del desposorio, del cual quedó Depositaria divina, como dijimos. Dióle a su Hijo santísimo, y Jesús le puso a Bernardo en su dedo con inefable amor, renovando el desposorio del año antecedente. El joven desposado volvió a depositar su anillo en manos de María santísima para que le guardase. Concluyó la soberana Reina este favor exhortando a su amado hijo a dar gracias a Dios por los grandes y continuados favores, que le había hecho en los tres años de su Filosofía.

Diole a entender que el Señor se comunicaría con gracias extraordinarias y santidad eminente a los jóvenes jesuitas, si continuasen en los estudios los fervores del Noviciado.8 El mayor favor que había recibido estos tres años era asistirle con particular gracia para no faltar en la correspondencia que debía a tan amoroso Dios. Mandóle la soberana Virgen, como celestial Directora, que visitase y se despidiese en particular de todos los lugares del colegio de Medina, en que había recibido favores del Señor. Así lo hizo con especial consuelo de su agradecido espíritu. 9

También quiso expresar en una carta su humilde agradecimiento a uno de sus directores,10 que le había asistido estos tres años. Las palabras de este agradecido joven dicen de esta suerte. “Acabo ésta despidiéndome de este Colegio hasta estar en Valladolid, y dando a vuestra Reverencia con la confianza de hijo amantísimo las gracias de lo que se ha dignado servir a este pobre espíritu con sus cartas, avisos, doctrinas y oraciones; y así humildemente suplico a vuestra Reverencia lo prosiga a mayor gloria de nuestro Dios, que así lo ha querido y quiere, con especialísima providencia, para sus altos y ocultos fines.

Yo, siempre hijo y humilde discípulo, estoy11,como debo, dispuesto a reconocer a Dios en la persona de mi amado Padre; y fuera o a lo menos yo juzgara falta de amor y confianza, y fuera hacer menor la unión de nuestros corazones12 si buscase más expresiones para declarar mi afecto, que no puede explicarse, pues es puro en Dios, nuestro divino Amor, en cuyos seráficos ardores deseo abrasado a vuestra Reverencia con muchos años de vida para mayor gloria divina, hasta que sea voluntad de nuestro amante Jesús, perfeccionar13 la unión de nuestros corazones en la gloria. Medina, y septiembre hoy día 8, día de la Natividad de María Santísima del 1731”.

Llegó al Colegio de San Ambrosio14 de Valladolid a estudiar la Teología a últimos de septiembre del 1731. Sentía singularísimo consuelo al verse en un colegio, donde muchos siervos de Dios recibieron particulares favores de su infinito Amor. La memoria del Venerable Padre Luis de la Puente,15 Doctor místico de toda la santa Iglesia, que vivió lo más precioso y heroico de su santa vida en este dichoso colegio, consolaba a nuestro nuevo teólogo con tiernas y sólidas dulzuras. Pero lo que, sin duda, le llenaba de celestiales júbilos, aunque entonces acaso no lo conocía, eran los extraordinarios favores que le había de hacer el Señor en este mismo colegio.

La primera vez que visitó la iglesia y puso los ojos en la imagen admirable del Salvador,16 que se venera en uno de los altares, le arrebató el corazón: “Pues vi (dice) era la imagen más propia de su original que yo había visto. Encargóle el Señor tuviese mucha devoción con esta santa imagen. 17

Estaban muy inmediatos los Ejercicios que hacen nuestros hermanos estudiantes a principio de octubre; y así empezó a experimentar los deseos de una sólida y elevada perfección, que siempre le comunicaba el Señor, para que los hiciese con fruto. Omito los favores extraordinarios que experimentó en estos días de descanso y gloria para su espíritu. Porque fueron semejantes a los que nuestro Señor le comunicaba en este santo tiempo y dejamos referidos.

Sólo añadiré que, dando gracias después de haber comulgado día de nuestro glorioso Santo San Francisco de Borja,18 en la capilla que sirvió de aposento al Venerable Padre Luis de la Puente, vio a Cristo Señor nuestro sentado en una silla que allí se guarda por reliquia. Es la misma en que Cristo Jesús se sentaba muchas veces cuando visitaba a la regaladísima virgen Venerable Doña Marina de Escobar.19 Estaba el Señor en la misma forma con que se venera en el altar de nuestra iglesia, vestido de jesuita, con apacible y amabilísimo semblante. Desde la silla, como de celestial cátedra, dio Jesús a Bernardo una breve instrucción para su perfección en la nueva vida que empezaba. Abrasóle el corazón en los sagrados incendios del amor divino.

Díjole que el día de su santa Teresa volvería el dulce martirio de los ímpetus y que, siendo tan sagrada la materia del estudio presente, le hallaría en él con modo más especial. “Así lo he empezado a experimentar (dice Bernardo) en el tiempo de escribir: pues al mismo tiempo que el maestro dicta, está el divino Maestro en la cátedra de mi corazón glosando en puntos de amor lo que va escribiendo la pluma”. Sucedíale lo mismo en el estudio retirado de su aposento. En el estudio halló muy más presente al Señor que en la Filosofía.

En la materia De Incarnatione, que es la de tercia, me declaró el Señor el divino misterio. Y en la de Concordia gratiae efficacis, que es la de prima, me mostró el secreto de la predestinación: he visto el orden que de ella escribe el Padre Suárez;20 no es propiamente, como ello es en sí; pero si Dios me diera a mí luz para explicar lo que en esto he entendido, creo no pudiera explicarme de otra suerte que el Padre Suárez, porque no hay palabras. Estas verdades que el Señor me descubre son para llevar a Sí la voluntad, no para el entendimiento como fin, y así no quiere pueda yo explicar lo que he entendido como un bosquejo, el cual es más claro para el alma que toda la explicación de los doctores”.

Cumplióse puntualmente, como sucedía siempre, la promesa del Señor de que empezarían los ímpetus el día de la extática Santa Teresa de Jesús.21 Estando oyendo Misa, tuvo una maravillosa visión de Cristo Señor nuestro y de su santísima Madre, sentados en tronos celestiales. Acompañaban al Rey soberano del cielo y a la gloriosa Emperatriz del empíreo los Santos, sus devotos, en la misma forma y orden que hemos referido en otras ocasiones. No dice el joven favorecido lo que gozó en esta maravillosa visión, porque se deja bastantemente entender de los excesos de amor, que siempre experimentaba en semejantes favores. Dice solas estas palabras: “Mi alma se llenó de un júbilo indecible y fue, al momento, herida de un dulcísimo Ímpetu, que dio principio a que se cumpliese la promesa del Señor”.

Por este tiempo se hallaba nuestro joven ocupadísimo con los oficios materiales, que trae consigo el estado de hermano teólogo jesuita de primer año.22 Y así, todos los favores que recibió del Señor desde el octubre de este año hasta el fin, compendió en una breve carta. El día de nuestro serafín novicio San Estanislao de Kostka 23 le visitó el Señor, acompañado del serafín teólogo San Luis Gonzaga. Hiciéronle mil celestiales cariños de hermano, le recomendaron la perfección, imitando la que le mostraban en sí mismos y Dios les había recompensado con inmensa gloria.

Su gran devoto San Francisco Javier le comunicó, el día de su fiesta,24 una centellita del celo de la gloria de Dios y salvación de las almas, que ardía en la fogosísima esfera de su pecho. La dulcísima Madre de sus verdaderos hijos, María Santísima, le visitó el día de su Purísima Concepción y ostentaba sobre su maternal pecho el joyel precioso y tan amable de aquel corazón, símbolo muy gustoso para Bernardo.

En todas las dominicas de este santo Adviento experimentó ardientes y activísimos los ímpetus de amor, que servían de purificar más y más a su corazón para los santos misterios que se acercaban. Deshacíale en ternura la memoria de los favores, que había recibido del Dios Niño.25Todo este tiempo (dice el joven enamorado) andaba el alma en medio de no pocas ocupaciones exteriores, toda en su querido pequeñito Infante admirada, humillada y enamorada con la memoria dulcísima de los favores singulares, que por estos tiempos había derramado la inexhausta liberalidad de su divino amor en mi alma”.

La feliz noche del Nacimiento del Dios Niño gozó los mismos favores que en los años precedentes. En los Maitines, comunión, gracias, etc. melliflui facti sunt coeli: los cielos destilaron miel dulcísima sobre su corazón. Refiriendo en compendio lo que había gozado, añade que el día de San Juan Evangelista 26 entendió el gran favor que reciben los hijos de María Santísima en tener por hermano a este amabilísimo Discípulo de Jesús, de quien, como del Benjamín de nuestra dulce Madre, debemos ser muy devotos.

 


1           Ignacio de Loyola fue el fundador de la Compañía de Jesús. De joven llevó una vida “desgarrada y vana”, pero Dios le esperaba en el sitio de la ciudadela de Pamplona, de cuya fortaleza era su principal defensor. Al caer Ignacio herido por una bala en la pierna, los de la fortaleza, desanimados, se rindieron a los franceses. Estos trataron al herido con cortesía y deferencia y lo llevaron hasta su casa natal, en Loyola. Sin poder apenas moverse y en un forzado reposo, Ignacio quiso entretener su obligado ocio leyendo las “novelas” de entonces, que eran los libros de caballerías. Su piadosa cuñada, Magdalena de Araoz, no poseía tales libros y le dio a leer algunos libros piadosos, tales como la Vita Christi de Ludolfo Cartujano, y el Flos sanctorum, muy popular en aquel tiempo, que narraba las vidas de los santos. Con pocas ganas empezó Ignacio aquellas lecturas; pero, poco a poco, lo que iba leyendo se le grababa no sólo en la mente, sino también en el corazón. Y en sus largas horas de soledad pensaba a veces, viendo las hazañas espirituales que habían hecho un Santo Domingo y un Francisco de Asís: Si San Francisco hizo esto ¿porqué no lo voy a hacer yo? Y con su poderosa fantasía imaginaba hazañas ascéticas a lo grande, como pasarse sin comer ni beber días enteros, disciplinarse hasta derramar sangre y así otras cosas por el estilo. Otros ratos, recordando los años pasados en la corte de Arévalo, donde había conocido el fausto y los vestidos recamados de las damas y el pundonor de los caballeros, pensaba lo que haría él por la dama de sus pensamientos, que era más alta que condesa y que duquesa, los “motes” que la diría y las hazañas que por ella emprendería. Y en tales pensamientos, de uno u otro tipo, pasaba Ignacio hasta tres y más horas, embebido en ellos. Al principio no constató nada de particular; pero un buen día cayó en la cuenta de algo que le llamó poderosamente la atención. Y era que, cuando pensaba en hacer grandes cosas por Cristo, al acabar aquellos pensamientos, quedaba siempre con alegría y contento. Por el contrario, después de embeberse en los pensamientos meramente mundanos, su corazón quedaba como triste y vacío. Y esto le llamó tan poderosamente la atención que, al analizarlo más detenidamente, distinguió por vez primera en su vida lo que más tarde sería algo típico de su espiritualidad: las “mociones” de los diversos espíritus que se dan en nuestra alma. Aleccionado por ello, comenzó a dejarse llevar por aquellas mociones que le dejaban paz, alegría y serenidad de ánimo, las mociones de Dios, postergando cada vez más las otras mociones mundanas. Por aquí comenzó a trabajarle el Señor hasta que, al final de varios meses de convalecencia, Ignacio de Loyola estaba decidido a servir al Señor. No sabía aún cómo, pero sí sabía que su vida había dado un vuelco de ciento ochenta grados. Y dejó su casa solariega, y se dirigió al santuario de Aranzazu, donde hizo ante la Virgen voto de castidad, y siguió camino de Montserrat, en cuya famosa abadía se confesó de toda su mala vida anterior y, después de dejar la espada a los pies de la Moreneta y regalar la mula al monasterio, se despojó de sus ricos vestidos para darlos a un pobre, se vistió de saco y marchó camino de Manresa, en atuendo y alma de peregrino. En Manresa tuvo una fuerte y prolongada experiencia espiritual, que daría origen a su famoso libro de los Ejercicios. Meses más tarde se encaminaría a Barcelona para partir como peregrino a Tierra Santa, donde experimentó grandes dulzuras viendo aquellos santos Lugares. Quiso quedarse a vivir en ellos, pero los Padres Franciscano no se lo permitieron por el peligro que en ello veían; así que no tuvo más remedio que regresar de nuevo a la ciudad condal. Una vez en ella, como lo que Ignacio deseaba cada vez más ardientemente era “ayudar a las ánimas” y difícilmente podría hacerlo si no tenía estudios, resolvióse a estudiar latín para poder acceder luego a la Universidad. Estuvo algunos meses coreando el latín con niños pequeños hasta que, al alcanzar un nivel suficiente para poder emprender los estudios universitarios, se marchó a la Universidad de Alcalá de Henares. Aquí contactó con algunos compañeros estudiantes y empezó a hacer algún apostolado sencillo, como el dar algún modo sencillo de oración y visitar a los enfermos. Pronto le prohibieron los de la Inquisición aquellos apostolados y, viendo que allí no podía hacer fruto, se partió con algunos compañeros para la Universidad de Salamanca, esperando allí encontrar mayor libertad apostólica. Sin embargo, en la ciudad del Tormes volvió a suceder prácticamente lo mismo. Fue entonces cuando, ni corto ni perezoso, determinó irse solo y a pie a la universidad de París, a la famosa Sorbona. Al cabo de algún tiempo llegó a París, se instaló en un Colegio mayor de los muchos que allí había, saliendo a pedir limosna por las calles para poder mantenerse a la vez que estudiar. Algunos años iría a buscar limosna durante el verano, llegando hasta los Países Bajos e Inglaterra, para poder seguir el curso de sus estudios con mayor comodidad. Es aquí, en la cosmopolita París, donde Ignacio logrará crear un grupo estable de compañeros, con los cuales fundará la Compañía de Jesús. Había entre ellos un saboyano, un portugués, varios franceses y españoles de la talla de un Francisco Javier, el futuro gran misionero de las Indias, un Salmerón y Laínez, los teólogos de Trento... El 15 de agosto de 1534 este pequeño grupo de jóvenes universitarios se reunieron en la colina de Montmartre y pronunciaron sus votos de castidad y de pobreza y un tercero de ir a Tierra Santa. Al poco tiempo Ignacio hubo de regresar a su patria chica por cuestiones de salud, a fin de tomar “los aires de la tierra” que le vendrían bien, y los otros compañeros partirían hacia Italia, donde quedaron en encontrarse. La ciudad de Venecia fue su “punto de encuentro”. Allí se ordenaron de sacerdotes y comenzarían un apostolado por las regiones de Italia. Más tarde acudirían a Roma, a ponerse a disposición del Papa, ya que ésta era la condición de su voto, caso de no poderlo realizar por el peligro turco que infestaba el Mediterráneo atacando a las naves cristianas. Así sucedió en este caso, y Dios, que “escribe recto con renglones torcidos” se valió de ello para poner a los pies de su Vicario una nueva Orden religiosa. El Papa Paulo III aprobó la Orden en 1540 y los jesuitas comenzaron sus apostolados primero en la Ciudad eterna y enseguida en otros lugares. Al decidir el grupo una unión firme y estable entre ellos, surgió el tema de quién habría de ser la cabeza que lo dirigiera y fuera creando las normas y constituciones que lo habrían de identificar y consolidar en su peculiar carisma. Tras una votación, que hubo de repetirse varias veces por la renuencia de Ignacio a aceptar el cargo (“yo no sé gobernarme a mí mismo ¿cómo gobernar a otros?” –decía), al fin viendo que tal era la voluntad de Dios, lo aceptó y se dedicaría desde entonces, en cuerpo y alma, a escribir las Constituciones de la Compañía y a dirigir sus apostolados por el ancho mundo. Ignacio quedó para siempre en Roma, mientras sus antiguos compañeros de universidad se dirigían a las naciones europeas, donde emprendieron fecundos apostolados. Ignacio de Loyola, desde su puesto en Roma, alentará a unos, corregirá algunas desviaciones, escribirá miles de cartas no sólo a sus jesuitas, sino también a príncipes, cardenales, profesores de universidad, reyes y princesas... Uno de los más fecundos apostolados de Ignacio de Loyola fue el apostolado epistolar: se conservan más de seis mil cartas suyas, la mayoría de las cuales acaban con una sencilla fórmula pidiendo que el Señor nos conceda “sentir su santísima voluntad para cumplirla luego enteramente”. Ignacio creó colegios, universidades, misiones entre infieles, esbozó un plan de ataque contra el dominio turco que amenazaba con destruir la cristiandad y acogió a todos con su característica hidalguía, mezcla de seriedad, ternura y cortesía. El 31 de julio de 1556 moría en su camaretta de Roma, dejando una Compañía de Jesús, fuerte y bien estructurada, que contaba entonces con cerca de mil sujetos. Fue canonizado por Benedicto XV en 1622, junto con una santo italiano: San Felipe Neri y tras españoles: Teresa de Jesús, Francisco Javier e Isidro Labrador.

2           31 de julio

3           Siglo y medio más tarde de esta afirmación que pone Bernardo en los labios de San Ignacio, diría el Papa León XIII, con motivo de la canonización de San Juan Berchmans (un joven jesuita flamenco de 22 años, que se distinguió por la fidelísima observancia de las Reglas): “Preséntenme muchos jesuitas como éste, que a todos los canonizaré”.

4           Se celebra esta fiesta el 5 de agosto.

5           ¿Quién era esta persona, a la que se le comunica esa unión de cuatro corazones especialmente amados por la Virgen? Pensamos que esa persona era probablemente el P. Agustín de Cardaveraz y los cuatro corazones serían los de Bernardo de Hoyos, Juan de Loyola, Pedro de Calatayud y el mismo Agustín de Cardaveraz.

6           Estamos en el año 1731 y sabemos que Bernardo recibió la gracia del “desposorio espiritual” el día de la Asunción de 1730.

7           La “filiación” mariana, con la consagración especial que hizo Bernardo de su persona a la Santísima Virgen, tuvo lugar –como ya hemos visto- en la fiesta de la Inmaculada de 1730, en que se entrega a María por “hijo” quien antes (en el noviciado de Villagarcía) se había entregado a Ella como “esclavo”.

8           Este pensamiento de “conservar siempre el fervor del noviciado” es frecuente en Bernardo de Hoyos, influenciado sin duda por la lectura de la vida de Juan Berchmans, en cuyos apuntes leemos: “Nunca me avergonzaré de cumplir todo aquello que me enseñaron en el noviciado”.

9           Esta misma práctica la realizará Hoyos cuando se despida del colegio de San Ambrosio con motivo de comenzar su Tercera Probación. Aquí vemos que es la Santísima Virgen María quien se la sugiere como medio de expresar al Señor su agradecimiento por “tanto bien recibido”. Es interesante constatar que en nuestra vida personal hay ciertos lugares que son “lugares de gracia”: también nosotros tenemos – como Moisés- nuestro monte Horeb y nuestra zarza ardiente en el desierto, como Ignacio de Loyola tuvo su Manresa y su Montmartre, y Francisco de Asís su Porciúncula...

10          Sin duda se trata aquí del P. Juan de Loyola, quien con sus cartas dirigió a Bernardo, estando éste en el colegio de Medina del Campo; si bien, también contaba Bernardo con la ayuda del que era por aquellos años el Padre Espiritual de los filósofos jesuitas medinenses: P. Fernando de Morales.

11          En el texto original leemos “está”, sin duda por desliz del copista.

12          Esta “unión de corazones” de la que habla aquí Bernardo hace alusión, sin duda, al episodio anterior de aquellos cuatro corazones unidos y especialmente amados por la Virgen nuestra Señora (nota 5)

13          En el texto original leemos: “perficionar”.

14          En Valladolid había dos colegios: el de San Ambrosio para estudiar teología, y el de San Ignacio, adosado a la actual parroquia y antigua iglesia jesuíticas de San Miguel; en este último estaba el Terceronado, última etapa de la larga formación jesuítica, una especie de segundo noviciado, durante el cual morirá Bernardo de Hoyos.

15          El P. Luis de Lapuente fue una figura señera en el siglo XVII. Estuvo de Maestro de novicios en Villagarcía, donde creó una “escuela” de espiritualidad que perduró con el tiempo, dando un tono especial a la formación de los novicios de Villagarcía. “La calidad de los 38 Maestros de novicios que pasaron por Villagarcía desde su fundación hasta la expulsión por Carlos III fue notable. La prueba está en que más de la mitad de ellos –como dice el P. Conrado Pérez en su obra sobre Villagarcía- fueron Provinciales antes o después de su magisterio espiritual; hubo entre ellos tres Asistentes o Consejeros del P. General, y tres Visitadores de Provincias. Y no sólo fueron hombres de gobierno, sino también de ciencia, abundando los profesores de filosofía y teología de las universidades de Valladolid y Salamanca.” (Villagarcía de Campos, P. Conrado Pérez Picón, Institución cultural Simancas, Valladolid 1982, pág 283) El P. Lapuente pasó buena parte de su vida en Valladolid y, concretamente, en el colegio de San Ambrosio. Al morir con fama de santidad, su habitación se transformó en capilla-relicario, que hoy perdura y es muy frecuentada por la gente piadosa, que acude a ella para adorar el Santísimo Sacramento, expuesto unas cuantas horas al día.

16          Este cuadro del Salvador estaba en la primera capilla, entrando en la iglesia, a la izquierda. Representaba a Jesús, vestido de jesuita. Fue una iconografía que se extendió bastante y la vemos en algunos conventos de la época. En Palencia, en el convento de las Agustinas recoletas, se puede ver un cuadro de éstos, no en la iglesia, sino dentro del convento.

17          De hecho la tuvo, ya que siendo sacerdote gustaba de decir la Santa Misa en aquella capilla del Salvador con preferencia a cualquier otra. En esta afición que Bernardo sentía por este cuadro ¿pesó, tal vez, la figura del Salvador que había visto durante sus años de estancia en Villagarcía, primero como colegial y luego como novicio, y que estaba también situada en la primera capilla de la iglesia-colegiata, entrando a la izquierda? De hecho es una hermosa pintura del Salvador, con una cepa de viña a sus pies, que está diciendo: “Yo soy la Vid; vosotros los sarmientos”. Este cuadro fue de los primeros que hubo en la Colegiata, pintado por uno de los novicios que allí entraron junto con su maestro el P. Baltasar Alvarez. Sabemos que el tal novicio era buen pintor y se llamaba Juan de la Peña.

18          El 10 de octubre.

19          Doña Marina de Escobar fue dirigida por el P. Luis de Lapuente, estando éste en el colegio de San Ambrosio. Era un alma extraordinaria, que el Doctor místico y ascético que era Lapuente supo llevar hasta las cumbres de la perfección. Esa silla, en la que Jesús aconsejaba a la venerable virgen, se conserva en la capilla llamada “del P. Lapuente”, por haber sido anteriormente aposento del Padre.

20          En otra nota de esta obra hablamos de este eminente filósofo y teólogo jesuita.

21          El 15 de octubre.

22          Los teólogos de primer año hacían en el colegio una serie de pequeños servicios o trabajos para bien de la Comunidad, por lo cual no tenían tanto tiempo de estudio como los de cursos posteriores.

23          El 13 de noviembre. Estanislao, junto con San Luis Gonzaga (ambos ya beatificados en tiempos de Hoyos) y el que lo sería más tarde: Juan Berchmans, constituyen “los tras santos jóvenes”, que serían patronos de las congregaciones marianas y de los movimientos y asociaciones juveniles, tan abundantes en los colegios de la Compañía.

24          El 3 de diciembre

25          En otras notas hemos hablado de las ternuras con que Bernardo vivía su relación con el Niño Dios. Su propia experiencia y el recuerdo del P. Padial le daban motivo de nuevos saboreos espirituales con el Niño de Belén.

26          El 27 de diciembre. Bernardo será, en efecto, muy devoto de San Juan evangelista. El discípulo amado que tuvo la suerte de recostarse en el pecho del Señor durante la Ultima Cena era todo un símbolo para el ardiente corazón de Bernardo.


 
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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