| Empiezan los terribles
trabajos del desamparo, cumpliéndose puntualmente en la
hora, y modo, que los profetizó Bernardo. ("Vida". Libro Primero.
Capítulo 8) Estando tan prevenido con repetidos avisos del cielo, llegó la hora1 en que este fiel siervo del Señor empezase a padecer. Hallábase rezando el Rosario a su dulce Madre María Santísima con las acostumbradas dulzuras y acompañado de su santo Angel. A la mitad de esta piadosa devoción sintió de repente que el santo Angel se retiraba. Al mismo tiempo le cercaron cuatro ferocísimos demonios, que arrojaron en su pobre espíritu una tempestad de furias, iras, despechos, tedios, tinieblas, oscuridad y cuantos afectos desordenados componen un terrible desamparo. Crecieron estas penas hasta el grado que después veremos. El mismo Bernardo, que las padeció, las describe maravillosamente y yo seguiré el orden con que las refiere.2 La primera pena que experimentó y atormentó terriblemente su espíritu fue la vista o imaginación de Dios airado contra él.3 Aquel Señor tan benigno y amoroso en otro tiempo se le representaba airado, justiciero y vengador de sus injurias. Parecíale que le amenazaba con la espada desenvainada de su divina Justicia. Sugeríale el demonio la justa indignación del Señor contra él. Quería acogerse a la divina misericordia y, efectivamente, recurría a su piedad infinita, pero sólo le parecía ver a Dios enojado. Explica esta terrible pena Bernardo con el símil de un tímido pajarillo, a quien persigue vivamente un gavilán. Huye para no caer en sus garras sangrientas y se acoge al primer nido que encuentra, mas en él halla otra ave de rapiña que se arroja a despedazarle: así se hallaba el espíritu de Bernardo. Huyendo del furioso león del abismo, le parecía encontrar con el león de un Dios justamente irritado contra su alma pecadora. De este desamparo del Señor se originó una tristeza y melancolía inexplicable semejante a la que tienen los condenados.4 Hallábase tristísimo y desazonado consigo mismo, sin encontrar cosa que le consolase. Los ejercicios espirituales de oración, lección, oír Misa, recibir los Santos Sacramentos, hacer penitencias, humillaciones y cuanto en otro tiempo eran para su alma fuentes de celestiales consuelos, lo eran ahora de amargura y tormento. Las recreaciones de los sentidos: ver, oír o conversar, le atormentaban. Si alguna vez pasaban por su memoria leves recuerdos de los favores recibidos, parece que le decían burlando: Ubi est Deus tuus?¿ Dónde está tu Dios? A la resolución imperceptible, que había quedado en lo íntimo de su corazón de perder mil vidas y entrar en el infierno antes que ofender a Dios, se oponían todas sus pasiones furiosamente desencadenadas; cuando se volvía al Señor con alguna jaculatoria, aunque débilmente formada o pronunciada, le atormentaba el demonio de suerte que le fuera alivio morir en comparación de la violencia que le costaban estos afectos o jaculatorias. Vencida esta dificultad, le parecía que el Señor no le oía y que todos sus aparentes esfuerzos eran una pura ceremonia, que irritaba más a su Dios. Entonces excitaba el demonio en su espíritu tales ímpetus furiosos y arrebatados que, si el Señor ocultamente no le favoreciera, haría extremos escandalosos. Incitábale a estrellarse contra las paredes, despedazarse, cortarse los labios y lengua con los dientes, arrancarse con furia los cabellos, y otros ímpetus, que le hacían temblar todo el cuerpo. A estas furias juntaba el enemigo terribles tentaciones de blasfemias contra Dios, contra María Santísima y todos los Santos (sus) devotos. Para que hiciesen más impresión en su afligido espíritu las tentaciones, turbaba primero el interior con las furias y furores dichos. Volvíase Bernardo cuanto podía al Señor con la serenidad posible, según la regla que le había dado su Majestad; pero entonces le sugería el demonio que Dios no le oiría porque era réprobo y estaba ya condenado. Señales ciertas de esta su desdicha tan merecida (le decía) era querer blasfemar de su Dios, como lo ejecutan los condenados en el infierno. Llegábase a esta tentación furiosa otra más terrible a su purísimo espíritu. Sentía algunas veces feos estímulos y obscenas imágenes contra la castidad, en que siempre había sido ángel. Estas representaciones desconocidas en su espíritu le hacían clamar a la Purísima Virgen; pero las jaculatorias más santas e inflamadas le parecían blasfemias de un precito (condenado) y desesperado, porque no había ya intercesión aun de la Madre de Misericordia. Acompañaban a estas tentaciones más sobresalientes otras innumerables. Soberbia, repugnancia a los ejercicios de obediencia, ímpetu de faltar a la caridad con sus Hermanos, despreciarlos y hacerles todos los males posibles con obras y palabras. Parecíale que los favores pasados habían sido sueño y fantasía de su vana cabeza y astutas ficciones del demonio para tenerle más seguramente engañado. Llegaron a tal punto estos trabajos interiores, que alguna vez iba ya a despedazar el libro en que estudiaba, romper y pisar un santo crucifijo que tenía en las manos. Pero asistido ocultamente del Señor 5, en los más furiosos asaltos del demonio jamás prorrumpió en palabra o acción menos religiosa. Continuábanse en todos tiempos estos terribles modos de padecer, principalmente en la oración, ejercicios espirituales y en la sagrada Comunión, de que ya hablaremos. Padeció en este mismo tiempo las penas, que los místicos llaman: purificación de la sustancia del alma. Esta especie de padecer explica largamente Bernardo valiéndose de las palabras del santo Job: Nunc autem in me ipso marcescit anima mea, et posident me dies afflictionis.6 Ahora está mi alma macilenta dentro de mí mismo y me poseen los días de aflicción. Emplea también para explicarse en este punto oscurísimo las palabras de los trenos de Jeremías: de excelso missit ignem in ossibus meis: envió de lo alto fuego a mis huesos. Las penas que en este paso padecía son comparables en su proporción con las que padecen los condenados: estos infelices están privados de ver a Dios, y ésta es la incomprensible pena de daño. Una imagen de esta pena formaban en el espíritu de Bernardo las tristísimas imágenes de que ya para él no había Dios misericordioso, sino terrible, airado y vengador de sus injurias; su entendimiento quedaba oscurecido y espantosamente ofuscado, de suerte que sólo palpaba tristísimas tinieblas; su voluntad con rabiosos despechos, furias, etc.7 En este desamparo sentía que el fuego de Jeremías, introducido en la sustancia del alma, comunicaba también al cuerpo tormentos inexplicables. No sé como explicar tan terrible tormento (dice Bernardo) ni puede haber palabras tan expresivas que lo den a entender.¡ Qué congojas!¡ Qué melancolías!¡ Qué tristezas!¡ Qué penas!¡ Qué tormentos! Parece que está la sustancia del alma oprimida de una inmensa mole; que así como en lo natural el gran peso sofoca y casi ahoga a quien coge debajo, así abruma y causa tales y tan penetrantes dolores que, a veces, casi me hacen perder el sentido. Se verifica lo del santo Profeta: Dolores infernales circumdederunt me (me rodearon dolores de infierno)8 Hasta aquí Bernardo. Los dolores, que de esta especie de padecer se le comunicaban al cuerpo, son puntualmente los que decía un fuego arrojado de Dios en sus huesos y manejado por su omnipotencia y voluntad sapientísima; eran unos dolores y raros modos de penas, que no podemos entender, aunque se esfuerza a explicarlas el que las padece.9 Vimos algo de los singulares favores, que el Señor Sacramentado comunicaba los días de comunión a su siervo. Ahora este manjar divino y los días de comunión, al tiempo de recibirle, le ocasionaron por malicia del demonio innumerables penas. Todas sus diabólicas máquinas se dirigieron a quitar a Bernardo la sagrada Comunión y disminuirle la fortaleza,10 aunque no sensible, que el Pan de Fuertes le comunicaba. Antes de comulgar, empezando muchas veces desde la víspera, le aumentaba con infernal viveza las tentaciones. Parecíale que en todas había consentido y que todas sus comuniones habían sido otros tantos sacrilegios. Por más que examinaba su conciencia, no podía hallar culpa grave. No obstante, se le representaba que llegar a comulgar y ser precipitado en los infiernos al mismo punto, sería una misma cosa. Con estas tristísimas imaginaciones sentía indecible repugnancia para llegar a comulgar. Cuando se acercaba a la sagrada mesa se aumentaban todas las tentaciones y trabajos. Los cuatro demonios se le ponían muchas veces delante y, ya con bramidos, ya con gritos, ya con aullidos, ya con amenazas y ya con diabólicas astucias procuraban apartarle de la suma dicha de recibir el Santísimo Sacramento. A este tiempo arreciaban imponderablemente las furias, tentaciones y despechos. Decíanle algunas sentencias de la Sagrada Escritura para apartarle, como la de San Pablo: qui manducat et bibit indigne,iudicium sibi manducat et bibit:11 el que come y bebe indignamente el Cuerpo y Sangre de Cristo, se traga el juicio de su condenación. A pesar del rabioso despecho de los demonios, jamás dejó de comulgar Bernardo haciendo violencias increíbles y fortalecido siempre con la obediencia. Mas luego que recibía la sagrada Forma, empezaba nueva y más peligrosa batalla; sentía una fuerza horrible del enemigo, que le apretaba fuertemente la garganta para que no pudiese pasar la Forma consagrada. Sugeríale entonces que la arrojase de la boca, la pisase y despedazase con los dientes. Añadía la furiosa batería de las tentaciones de iras, blasfemias y despechos, alborotando furiosamente las pasiones. Burlaban de él diciendo: Vae qui prophetizent de corde suo! ¡Ay de ti, embustero, que has dicho tantas cosas de tu loca imaginación, como los profetas falsos! Aumentaban el tormento, con pronunciar horribles blasfemias contra Dios, María Santísima y los Santos. Dejábanse ver en visión imaginaria los cuatro demonios en forma de perros monstruosos e infernales, abiertas sus horribles bocas y arrojando por ellas fuego y humo, y abalanzándose como para ahogarle. El tormento que Bernardo padecía con esta visión es imponderable. En esta borrasca espantosa del abismo, clamaba al Señor Sacramentado como podía, que no permitiese su amor que él cometiese alguna irreverencia con la Forma consagrada. De esta humilde súplica se siguió, algunas veces, pasar la sagrada Forma con gran facilidad y casi insensiblemente. Pero la terrible batería, que dio a Bernardo todo el infierno abierto para impedirle la sagrada Comunión del Jueves Santo, merece ser referida en particular con sus mismas palabras. El Jueves Santo12 (dice) fue la batalla mucho más peligrosa y reñida; pues todo el día, antes de comulgar (con algunas interrupciones), me acosaban los demonios diciéndome varias cosas para que no comulgase, pero con la obediencia estaba resuelto a atropellar por todo y comulgar. Estando en la Misa mayor, en que había de comulgar, me acometió representándome había consentido en todas las tentaciones y trayéndome de nuevo otras, especialmente la deshonesta; mas yo, como ya me había acusado, resistía fuertemente; cuando en un momento vi abrirse la tierra y me parecía me metían por la abertura hecha, que era no muy ancha, pero muy profunda, hasta llegar donde se ensanchaba más, como en una cueva de desmedida anchura, la cual vi llena de fuego como envuelta en humo, de suerte que no daba claridad, como cuando en humo de holleros salen las llamas envueltas en humo.13 Fue esto por visión imaginaria, y en un momento. Quedé aturdido porque conociera el infierno, y así me lo dijeron los demonios, y que allí me arrojarían si comulgaba, pues estaba en pecado. Lo que padecí aquí, más es para concebirse, que decirse; pues (por una parte) el demonio me persuadía esto y, por otra parte, sentía (sería en la parte superior) una fuerza interior que, aunque insensiblemente, con gran impulso me animaba a comulgar. ¡Oh mérito de la obediencia! Pues en medio de estos dos extremos: de caer en el infierno, o de obedecer, vencía éste, y los demonios irritados, al tiempo de recibir la sagrada Forma, se me pusieron delante con horrendas figuras y con espadas de fuego en las manos para impedirme. Pero esto mismo me sirvió para comulgar, porque quedé con esta visión como sin sentido y, sin saber cómo, comulgué. Y luego empezaron a persuadirme arrojase la Forma; pero el Señor permitió que pasase luego, sin detenerse tanto como otras veces y, con esto huyeron los demonios y quedé por un rato libre de sus sugestiones, aunque con grandes penas interiores. Pero ya han vuelto ellos y las tentaciones; especialmente en tiempo de tinieblas es cuando me atormentan más. No hay lugar para decir más. Gran medio es la obediencia para quebrantar las fuerzas al demonio, pues si ésta no me ayudara, juzgo que alguno de estos días a mí mismo me hubiera muerto.14 Las tentaciones, penas, trabajos y desamparos, que en este capítulo quedan insinuados más que referidos, eran continuos. Representábanle los demonios muchas veces que todas sus cosas habían sido ilusión y le decían con escarnio y burla: miren quién es él para tener revelaciones, qué bien le hemos engañado! Al cantar las divinas alabanzas una noche de Navidad, le sugerían que pronunciase blasfemias contra Dios en vez de los cánticos angélicos de esta feliz noche; pero venció tan heroicamente con la asistencia del Señor, practicando los medios que el mismo Señor le había dado, y gozó los cánticos angélicos, cuando se cantaba en la Misa: Gloria in excelsis Deo, etc. Volvió poco tiempo después el desamparo y le acometieron tan fuertemente los demonios en una ocasión que, sin poder resistir más, empezó a hacer ademanes exteriores, como de hombre que estaba fuera de sí. Heríase con golpes, arrojábase en el suelo, revolviéndose en él como furioso: fue tan espantoso el ruido, que al estruendo acudió su Maestro de Filosofía15 y el Hermano Procurador del Colegio, que vivía debajo de su aposento. No podían estos dos jesuitas sujetarle para que no se hiciese daño. El Padre sabía lo que podía ser, e invocaba fervorosamente el amparo de Jesús, de María Santísima y los Santos. Nombró a los serafines del Carmelo: Santa Teresa de Jesús y Santa María Magdalena de Pazzis y, al instante, vio el paciente a las dos Santas que venían en su socorro, ahuyentaron los demonios y quedó sosegado, quieto y pacífico como antes. El Hermano de nuestra Compañía jamás supo lo que significaban aquellos ruidosos extremos, hasta que murió el Padre Bernardo. Por este mismo tiempo padeció una humillación, que suele turbar a los de su edad, si tienen menos virtud de la que este joven tenía. Fue una penitencia pública 16 que, según él mismo dice, tenía bien merecida por una falta que cometió de una regla,17 que nos manda no entrar en aposento de otro sin licencia del Superior; y aunque en las circunstancias pudo suponerla Bernardo y así juzgó no cometió culpa formal o advertida; pero el prudente Superior debió castigarla como tal, por ser muy reprensible en el estado de Hermano Filósofo, en que se hallaba. Permitió el Señor (dice) que yo cometiese una falta (que esto en mí es cosa muy ordinaria) y dispuso por raros modos que se divulgase y fuese pública, con lo que la paternal prudencia del Superior quiso fuese pública la penitencia. Luego que intimaron a Bernardo la penitencia decretada contra su culpa fue a presentarse delante del Santísimo Sacramento y ofrecerle aquella pequeña mortificación. Fuime delante del Santísimo Sacramento (prosigue Bernardo), donde se me comunicó tanto gozo, alegría y deseo de padecer con las inteligencias que se me dieron de los oprobios de Cristo Señor nuestro, que no me cabía en el corazón.18 Poco antes de ponerse de rodillas en medio del refectorio para oir la reprensión pública de su culpa, que le leyeron en alta voz, se le habían mostrado su Majestad y el santo Angel de su guarda; acompañáronle todo el tiempo que duró la reprensión escrita y besar los pies a la comunidad, que puso fin a la penitencia. Estaba extático y fuera de sí de gozo el joven penitenciado y, temiendo alguna exterioridad ruidosa, pidió a nuestro Señor templase o hiciese cesar del todo tanto favor. Volvió en sí, y entonces le declaró su santo Angel algunos de los motivos que la providencia del Señor había tenido en disponerle esta penitencia. El primero: para que si alguno de sus compañeros había tenido algún concepto de estimación de su virtud, se le entibiase; motivo, que se verificó en alguno sobradamente entonces y después. El segundo: que así se ocultarían mejor los favores del Señor; pues muchos dirían con bastante apariencia que con semejantes culpas no se componían gracias sobrenaturales, dichos repetidos con demasía. El tercero y principalísimo: que ésta era la voluntad santísima del Señor para sus altos y adorables fines. Omito otros favores y circunstancias en este suceso, que pudieran consolar y alentar a cualquier(a) religioso, para que llevase con resignación y alegría las humillaciones y penitencias que se ofrecen en su estado. |
| 1 Era
el día 14 de noviembre del año 1728. Bernardo se
encontraba en su primer año de Filosofía. 2 A modo de síntesis de lo que en este capítulo expone el P. Juan de Loyola, vemos que el sufrimiento íntimo de Bernardo de Hoyos abarca las llamadas por San Juan de la Cruz noche de los sentidos y noche del espíritu. Lo que a Hoyos le hacía sufrir en demasía era un conjunto de pensamientos y sentimientos, compuesto de estos elementos que Loyola va describiendo en particular: 1) sentir a Dios como airado contra él. 2) tristeza y melancolía como de condenado 3) los ejercicios de piedad le resultan un tormento 4) la pregunta hiriente del enemigo: ¿dónde está tu Dios? 5) le parece que el Señor no le oye 6) que todos sus esfuerzos son sólo pura ceremonia 7) le acometen ímpetus furiosos de despedazarse a sí mismo 8) se siente acosado con terribles blasfemias contra Dios, la Virgen, los Santos y lo más sagrado 9) acometido con imaginaciones obscenas contra la castidad 10) siente que ni siquiera la Virgen se compadece de él 11) le vienen innumerables tentaciones de todo género, como la de hacer todo el mal posible a sus Hermanos 12) le vienen vehementes ganas de pisotear el Crucifijo 13) se siente rechazado por Dios y para siempre: en resumidas cuentas, padece la terrible pena de daño, típica de los condenados en el infierno. 3 Santa Teresa tuvo experiencia de esto cuando estaba metida en frecuentes conversaciones con seglares, que le eran francamente perjudiciales. Dice así en el libro de su Vida: ...estando con una persona, bien al principio de conocerla, quiso el Señor darme a entender que no me convenían aquellas amistades, y avisarme y darme luz en tan gran ceguedad. Representóseme Cristo delante con mucho rigor dándome a entender lo que de aquello le pesaba. Víle con los ojos del alma más claramente que le pudiera ver con los del cuerpo y quedóme tan imprimido que ha esto más de veinte y séis años y me parece lo tengo presente.Yo quedé muy espantada y turbada y no quería ver más a con quien estaba (Libro de la Vida, cap 7, 6) 4 San Ignacio, en su famosa meditación del infierno, hecha por aplicación de sentidos a la pena que padecen los dañados dice entre otras cosas: El 4º (punto): gustar con el gusto cosas amargas, así como lágrimas, tristeza y el verme (gusano) de la conciencia (Ejercicios espirituales, nº 69) 5 Bernardo de Hoyos tenía muy asimilado que el Señor nunca abandona al justo, aunque sensiblemente se retire de él. Algo de esto había ya experimentado en las desolaciones que tuvo siendo novicio en Villagarcía; ahora la ausencia del Señor era total y la lucha terrible. Pero Bernardo se afirmaba en lo que San Ignacio dice en sus Ejercicios: el que está en desolación, considere cómo el Señor le ha dejado en prueba en sus potencias naturales, para que resista a las varias agitaciones y tentaciones del enemigo; pues puede con el auxilio divino, el cual siempre le queda, aunque claramente no lo sienta; porque el Señor le ha abstraído su mucho hervor, crecido amor y gracia intensa, quedándole tamen (sin embargo) gracia suficiente para la salud eterna (Ejercicios espirituales, nº 320). 6 Job 30, 16. 7 Siguiendo la doctrina de San Juan de la Cruz, esta noche del espíritu en la que se encontraba metido Bernardo a sus diecisiete años, es una influencia de Dios en el alma que la purga de sus ignorancias e imperfecciones habituales, naturales y espirituales. Es necesaria para purgar las habituales imperfecciones que impiden la divina unión. De tal manera pena el alma como si estuviera debajo de una inmensa carga y está penando y agonizando tanto que le sería alivio el morir. Es grande pena para el alma conocer aquí que no es digna de Dios ni de creatura alguna y temer que nunca lo será. La flaqueza del alma es tanta y tan grande que, siendo de suyo la mano de Dios tan blanda, se la hace grave y pesada. En esta noche no puede sentir ningún consuelo hasta que se humille, ablande y purifique el espíritu y se ponga tan sutil y delgado que pueda hacerse uno con el espíritu de Dios. Esta purgación aniquila todo lo que a ella es contrario. Otra cosa que aqueja es el no poder levantar el afecto y mente a Dios y cuanto la luz divina embiste más sencilla y pura en el alma, tanto más la oscurece, vacía y aniquila. Es un penar y padecer, sin consuelo de cierta esperanza de alguna luz y bien espiritual. La misma luz y sabiduría que la ha de transformar la purga, y cuanto más se va purgando y purificando por medio de este fuego de amor, se va el alma inflamando más en amor. (Obras completas de San Juan de la Cruz, BAC, volumen 15, Madrid 1950; pgs 1403-1404) 8 Salmo 17, 6. 9 Algo de estos dolores íntimos podemos barruntar por lo que dice Santa Teresa cuando habla de la experiencia espiritual en que sintió de algún modo las penas del infierno: aquella visión escribe Fr. Efrén de la Madre de Dios- no fue una mera visión, sino visión con fines purgativos, distinta de otras en que ella intervenía como simple espectadora...Era a manera de un callejón muy largo y estrecho, a manera de un horno muy bajo y oscuro y angosto; el suelo, de un agua como lodo muy sucio y de pestilencial olor y muchas sabandijas malas en él; al cabo, una concavidad, como una alacena, a donde se vió meter en mucho estrecho. Juntamente sentía en su interior un como agonizar del alma: un apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sensible y con tan desesperado y afligido descontento que no se puede encarecer. No había sosiego posible; las paredes, espantosas a la vista, aprietan ellas mismas y todo ahoga; todo tinieblas oscurísimas (Obras de Santa Teresa, BAC, Madrid 1951. Tomo 74, pg 296) 10 Típica estrategia del diablo: alejar a las almas de la Fuente de aguas vivas, del Pan de los fuertes. Usa el diablo con las almas la táctica del general Escipión Emiliano. Cansado el Senado de Roma de que una pequeña ciudad como Numancia resistiera el asedio de sus mejores generales, decidió enviar al mejor estratega militar: Publio Cornelio Escipión. Este cortó todo aprovisionamiento de víveres y cegó las fuentes, logrando así que los heroicos numantinos se fueran debilitando a medida que transcurría el tiempo y acabaran muriendo de hambre y de sed, envueltos en las llamas de su propia ciudad, incendiada por ellos mismos antes que entregarse al enemigo. Bernardo, aunque con infinita violencia, no permitió que el diablo le cegase la fuente de la comunión. Era un pan que no le sabía entonces a nada, pero era un pan que alimentaba su espíritu, aunque él mismo no lo sintiese así. 11 Primera Corintios 11, 29 12 Estamos en la Semana Santa de 1729 13 He aquí una breve descripción del infierno, con cierto parecido a la de Santa Teresa. Parece ser que Bernardo dio cuenta al P. Calatayud de esta visión imaginaria y que el celoso misionero se aprovechó de ella en sus misiones populares. 14 Nada mejor que esta terrible frase de Bernardo de Hoyos puede expresar hasta qué límite de sufrimiento llegaron sus penas interiores. 15 Se refiere casi seguro al P. Fernando Morales, que era el Padre espiritual de los filósofos en Medina del Campo, con quien había hablado ya el P. Loyola acerca del Hermano Bernardo y de su itinerario interior. 16 En otra nota se habla de las ordinarias penitencias que los jesuitas solían hacer en el refectorio, tales como comer de rodillas, besar los pies de los que están sentados a la mesa, ir pidiendo la comida como lo haría cualquier pobre, decir en público alguna falta cometida, etc. Como dice el P. Conrado Pérez, en su libro Villagarcía de Campos: Además de estas penitencias voluntarias del refectorio, había una que se consideraba más seria y se llamaba capelo; que es una reprensión pública que se da en casos extraordinarios. Previamente avisado el que la va a recibir, se pone de rodillas en medio del comedor, besa el suelo y espera a que acabada la bendición de la mesa, el P. Ministro le lea su culpa. En el Archivo Histórico nacional de Madrid hay un legajo que guarda los capelos o reprensiones públicas que se dieron a los novicios de Villagarcía en los últimos años de 1765 y 1766 antes de la expulsión de los jesuitas. No es de extrañar que haya ido a parar allá; pues siguiendo las instrucciones de Campomanes se recogieron con gran avidez los manuscritos de los jesuitas, incluso las cartas familiares y las de conciencia, sin omitir papel alguno por inútil y despreciable que parezca, buscando los delitos por los que habían expulsado a la Compañía de Jesús de España y sus dominios. Estas faltas que los Superiores de la Compañía consideraban como extraordinarias, merecedoras de una reprensión pública, no les debieron parecer tales a los enemigos de los jesuitas; pues no las airearon ni pregonaron; sin duda tenían una manga más ancha en cuestión de apreciaciones morales. Y cita el P. Conrado algunas de esas reprensiones públicas. Cito una de ellas, por vía de ejemplo, para que entendamos lo que pudo ser aquella reprensión pública de Bernardo. En este caso se trataba de un novicio de Villagarcía que, por lo visto, no era demasiado estudioso. Vos, Hermano Domingo empieza diciendo el Padre Ministro- parece que no queréis entender que es obligación grave la de estudiar; después de tres días de vacación menor, os habéis ido a clase sin la composición. En tiempo de estudio quieto en el aposento, empleáis la mayor parte o en leer otros libros y escribir otras cosas que no son del caso; o en andar por los tránsitos faltando a la modestia y al silencio, y a otras muchas reglas. De los avisos que os dan los Superiores hacéis poco o ningún caso; a lo menos no les daís el consuelo de que vean alguna enmienda en vuestros procederes (Villagarcía de Campos, Estudio histórico-artístico,Institución cultural Simancas 1982; pgs 322-323) 17 Se trata de la regla 31 de las llamadas Reglas comunes. El librito de las Reglas de los Jesuitas se componía de un Sumario o síntesis de las Constituciones, de unas Reglas llamadas comunes, de tipo fundamentalmente práctico y disciplinar, y de otras reglas propias de los diversos oficios: reglas de los estudiantes, de los confesores, predicadores, etc. Esa regla, a la que faltó Bernardo, decía: Ninguno entre en la cámara de otro sin general o particular licencia del Superior; y si alguno está dentro, no abra la puerta hasta que, habiendo tocado, oiga que le dicen que entre; y esté la puerta abierta tanto cuanto estuviere dentro, según la costumbre aprobada de cada Provincia. (Thesaurus Spiritualis societatis Iesu, Santander 1935, pg 242) 18 Bernardo de Hoyos disfruta aquí de lo que se ha llamado la dulzura de la cruz. Sin duda que le costó el ser reprendido públicamente, delante de todos sus compañeros y profesores, estando de rodillas en medio del refectorio...La cruz duele siempre y duele porque la cruz crucifica; pero a quien ve la cruz como un medio excelente de unirse a los oprobios e injurias que padeció por nosotros Jesucristo, a quien ve en ella una manera de pagarle a Jesucristo un poco al menos de lo mucho que El hizo por nosotros, a ése la cruz se le hace mucho más suave, incluso gustosa. Es el caso de Bernardo, que se llena de consuelo en medio de esa humillación pública, porque gracias a ella siente crecer su parecido con Jesucristo: de ahí su gozo de corazón. |