Sentimientos y favores que el Señor, María Santísima, y los Santos Angeles hicieron al Novicio en los últimos ejercicios que tuvo en Villagarcía. ("Vida". Libro Primero. Capítulo 6)

Si en todos tiempos gozaba el Hermano Bernardo singulares favores de Dios, empeñado en regalar a su siervo, fueron más particulares en los ejercicios, que se acostumbran en nuestra Compañía. Los que ahora hizo1 con todos sus con-novicios por preparación para salir del noviciado a estudiar la Filosofía, fueron señalados con particulares favores del Señor.

Después de la sagrada Comunión del día primero de ejercicios se repitió el favor ya ordinario de ver con visión intelectual a Cristo Señor nuestro en el augustísimo Sacramento, cercado de innumerables ángeles. Distinguió entre todos los espíritus angélicos al santo Angel de su guarda y le vio por visión intelectual a su lado derecho, dándole a entender el Señor que esta visión y asistencia de su santo Angel le sería en adelante muy familiar y frecuente. Fuélo tanto, que casi no le perdió de vista en los ocho días de ejercicios más que el tiempo que tomaba la naturaleza para el sueño.

Servía la asistencia y visión del Angel de la guarda al Hermano Bernardo de celestial estímulo para adorar y amar al augustísimo Sacramento del altar y a María Santísima; pues cuando el Novicio saludaba y adoraba alguna imagen de Nuestra Señora, veía al santo Angel hacer profunda reverencia a la misma Reina de los cielos. Al ponerse de rodillas delante del Santísimo Sacramento, oyó una voz que le infundía respeto, amor, reverencia y ternura inexplicable diciéndole: Este Señor es el Rey de los ángeles. Fue necesario que cesase la visión del Angel para poder entregarse al sueño; pues los inflamados coloquios con este celestial espíritu le detenían en una vigilia gustosísima.

Apenas despertó Bernardo el día segundo de los ejercicios cuando vio al Angel en la misma forma; pero esta visión tan deliciosa no le impedía aplicarse a las meditaciones temerosas de las postrimerías. Pensaba con profunda penetración en la gravedad del pecado mortal cuando, espantado de la fealdad de este monstruo más feo que todos los espíritus infernales, exclamó diciendo que quisiera padecer mil infiernos, antes que cometer uno solo; oyó al mismo tiempo una voz del Señor que le dijo: Quoties peccat homo, toties rursus crucifigor; cuantas veces pecan los hombres, cuanto es de su parte, me vuelven a crucificar: sentencia que el Apóstol intima a los Hebreos.

A vista de la gravedad del pecado se deshacía en inflamados afectos de dolor y amor, viendo – dice- que el Señor hacía tales favores a quien había merecido el infierno. Cuanto más se humillaba y (se) reconocía reo de los castigos del pecado, más le favorecía el Señor, llenándole de unos seráficos ardores, que en parte se comunicaban al cuerpo con unas como llamas de fuego, que le encendían de tal suerte, que se abrasaba, aunque dulce y deliciosamente. La visión del santo Angel mantenía (a) Bernardo en un grande recogimiento interior, aun en las acciones exteriores, y le sentía presente con la familiaridad de amigo y compañero.2

Meditando el tercer día en la muerte y en la circunstancia de ser cierta, sintió un grande gozo y unas ansias de morirse,3 aunque resignadas. Decía al Señor que no quería vivir ni morir, si no es que se hiciese su santísima Voluntad; mas, que si fuese voluntad divina que luego muriese, no podría tener noticia de mayor gusto; y exclamaba con el Apóstol: Quis me liberabit e corpore mortis huius? Quién me librará del cuerpo de esta muerte, oh mortalidad. Oh Señor! Oh Amor! Oh Dueño! Quam dulcis es(t) mihi,o mors, memoria tua. (cuán dulce es para mí tu recuerdo, oh muerte) Volvía a repetir los actos de resignación con la voluntad de Dios, aunque a veces ponéis en tal extremo a mi alma, decía, amante, que puedo decir con Santa Teresa:

Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero,

que muero porque no muero.

Con estos y semejantes afectos de amorosas ansias de morir y verse con su amado se encendió de suerte el espíritu de Bernardo, que temió se descubriese el incendio por algunos extremos ruidosos. Quiso el Señor que no sucediese cosa exterior visible: pues, aunque se vio obligado, por desbagar el fuego de su corazón que le abrasaba, (a) prorrumpir en algunos extraños ademanes, como desabrochar aceleradamente el pecho y casi correr, arrojando algunos afectos inflamados, fue donde no pudo ser visto.

El Señor quiere, escribe en un papel, sea siempre así, y no darme cosa exterior, sino lo que fuere su gloria y desprecio mío. Estas dos palabras: gloria de Dios y desprecio suyo, que deseaba Bernardo en todos sus favores, aseguran la solidez de los que recibía. Continuábase la visión del Angel, y entre mil coloquios y ternuras con que le hablaba, dirigidas al Señor, que le traía muerto de amor, era frecuente decirle: si inveneris, quem diligit anima mea, dic ei, quia amore langueo:4 si encontrareis al que ama mi alma, decidle que me muero de amor.

El día cuarto se halló tan espantado con la terrible consideración del Juicio particular que, no obstante la fortaleza que comunicaba a Bernardo su santo Angel, se veía obligado a exclamar: quis mihi hoc tribuat :ut in inferno protegas me, et abscondas me donec pertranseat furor tuus? Quién me dará que me escondas en lo profundo del infierno, hasta que se pase tu justísimo furor? Preguntaba a su benignísimo Señor cuál era la causa de poner su serenísimo rostro, que alegra al cielo y tierra, tan airado y severo? A esta pregunta le respondió en lo interior del alma el mismo Señor: La malicia del pecado: Palabras que le dieron copiosa materia para engolfarse en la contemplación del atributo de la divina Justicia.

Las luces sobrenaturales que recibía sobre la terribilidad de la Justicia de Dios, le contristaba(n) y (a)congojaba(n) hasta hacer que temblase materialmente todo el cuerpo. Pero lo que contristaba el espíritu de Bernardo más que el infierno y la pérdida de la gloria, era ver todavía el amorosísimo semblante de Jesús tan severo y airado.5 Paréceme que de buena gana estaría, dice Bernardo, padeciendo en el infierno, como decía el Santo Job, mientras pasa su furor. Al fin de este día de ejercicios le consoló el Señor, comunicándole muchos dulces sentimientos de su infinita misericordia, que tantas veces había ya experimentado en la variedad de favores que le había hecho.

Los días quinto, sexto y séptimo de ejercicios se continuaron los sentimientos y favores, según las circunstancias, que ocurrían en el espíritu de Bernardo. Recelando si la visión del Angel de la guarda sería verdadera o falsa, oyó una voz interior del mismo, que le aseguró diciendo: Yo soy el que te acompaño y no dudes. Con estas palabras quedó sumamente sosegado.

Aumentóse el consuelo con la sagrada Comunión del quinto día, en que gozó la visión del Señor y de muchos ángeles, distinguiendo en particular al de su guarda. Conoció ahora lo que había de suceder algunos meses después: pues, admirándose de la dignación del Señor en comunicarle tan inexplicables favores, entendió que se los daba el Señor “porque todo sería necesario para pelear con el enemigo en el desamparo que me espera (escribe Bernardo) aunque no muy cercano, el cual será bien penoso, al paso que los favores han sido más regalados, y entendí que de estos mismos favores, que el Señor me hace, se ha de valer y tomar armas el demonio para hacerme mayor guerra. Entendí juntamente aquellas palabras, no sé si de San Pablo: in Christo persecutionem patietur.

Todo esto entendió al mismo tiempo que estaba regalándose con la visión de los ángeles y de su Rey, que había recibido en la Sagrada Eucaristía.6 Oyó una voz de los ángeles mismos, que le decían: este es el tiempo más feliz que tienen los mortales, es a saber, cuando el Señor está sacramentado en su pecho.

Quedó con estos favores y singularmente con los que le comunicó el Santísimo Sacramento, en un amoroso deliquio y éxtasis maravilloso; en el cual, dice; “quedé como desmayado, y las manos se caían como muertas, y todo el cuerpo quedó como frío y sin sentido en lo exterior, y todo el interior estuvo en una altísima oración”.7 En la contemplación del día séptimo le manifestó el Señor algo de la Majestad con que los ángeles y santos bajarán del cielo al valle de Josafat, y tuvo notables sentimientos del gozo de los santos al oír la sentencia: Venite, benedicti Patris mei, etc.

El día siete de septiembre, último de los ejercicios del noviciado, corrió por cuenta de la soberana Reina de los cielos María Santísima instruir y favorecer al Hermano Bernardo. Rezaba este día el Rosario con particularísimo afecto y devoción. Al decir, después del primer decenario,8 las devotísimas palabras con que según estilo de los novicios se saluda a María Santísima, diciéndola: Ave filia Dei Patris, etc. vio cerca de sí en el aire a la Reina de los serafines, cercada de innumerables ángeles. Esta visión maravillosa le ocasionó un éxtasis que le impedía proseguir la pronunciación de las palabras y le hizo atento a un celestial cántico que cantaban los ángeles, y eran algunas palabras de la antífona de la Natividad de nuestra Señora: Nativitas tua, Dei Genitrix, gaudium anuntiavit universo mundo (tu nacimiento fue anuncio gozoso para todo el mundo): esta melodía de los espíritus angélicos embargó los sentidos a Bernardo de suerte que por entonces le fue imposible concluir la oración vocal del Santo Rosario.

En los favores y afectos de la oración de esta misma tarde repetía con el amor posible las palabras: Ave, filia Dei Patris; oyó entonces en lo interior del alma una celestial voz que le decía: Hijo mío, mucho me agradas en esto; ten en tu corazón estas palabras, que son un compendio de mis alabanzas. A esta locución soberana se siguió una maravillosa inteligencia de que las palabras Ave filia, etc. eran compendio de las alabanzas de la Reina del cielo; se me explicaron así (dice Bernardo) aunque lo diré en general, por no detenerme.

Ave, Filia Dei Patris: es grande alabanza de la Virgen María, porque no sólo fue Hija de Dios como todos los hombres, sino que fue la primogénita y la más querida de todas las criaturas puras. Ave, Mater Dei Filii ya se ve: pues no puede tener mayor dignidad cualquiera pura criatura, y porque en algún modo mereció esta dignidad más que todas las criaturas. Ave, Sponsa Spiritus Sancti; porque así como fue la primogénita en la mente del Padre, así fue la primera esposa del Espíritu Santo, la más querida y más amada, en quien se lograron de lleno sus inspiraciones. Ave, Templum et Sacrarium totius beatísimae Trinitatis: porque su sagrado vientre fue el templo que se halló más digno de que en él estuviese nueve meses toda la Santísima Trinidad por estar en él la segunda Persona, que es el Verbo. Ave, Virgo puríssima: porque fue la criatura más pura, y la primera que con voto consagró a Dios su virginidad. Concepta sine labe peccati originalis: porque fue exenta y preservada de la común culpa; gracia que no se ha concedido a otra pura criatura9, pues aunque San Juan fue santificado en el vientre de su madre, María Santísima lo fue en el primer instante de su ser natural; de suerte que primero vivió a la gracia, que a la naturaleza. Aquí pasaron cosas inexplicables.

Semejantes favores gozó Bernardo en la sagrada Comunión del día de la Natividad de la Emperatriz de los cielos. Vio, al tiempo de comulgar, en la capilla del noviciado los ángeles de guarda de sus con-novicios, que cercaban al sacerdote cuando los comulgaba y adoraban a su Rey sacramentado. Oyó unas amorosas palabras del Señor, que le decía: Ayer te visitó mi Madre, hoy te visito yo; siempre serás mío y Yo tuyo, si no me dejas.10

El santo ángel de su guarda, que le había hecho dulce compañía en todo el tiempo de los ejercicios, se le ocultó diciendo: Contigo me quedo, siempre te seré muy familiar. Desapareció el ángel y de esta suerte se cumplió puntualmente la promesa de que la asistencia intelectualmente visible le duraría solo el tiempo de ejercicios. Quedó como en una soledad interior sin la vista del santo ángel; pero con tal contento (dice Bernardo) como si no hubiera cesado la visión; pues no tengo deseo de otra cosa, sino de que se cumpla en mí la voluntad divina, porque¿ de qué me serviría aun estar en el cielo (supongo este imposible) si no era la voluntad de Dios?

En otra de las comuniones siguientes se le mostró una multitud de santos ángeles, entre quienes vio y conoció al capitán de todos, San Miguel Arcángel: este Príncipe supremo, de quien Bernardo fue devotísimo, le dijo ahora lo que cumplió benignísimamente después en muchas ocasiones: Sé muy devoto mío, pues yo sujeté al demonio, para que con mi favor y amparo le sujetes tú. Desde este instante quedó Bernardo muy devoto especial del Príncipe San Miguel Arcángel, que le favoreció y amparó contra el demonio, como veremos.

Uno de los fines que el Señor tenía en mostrar sus santos ángeles a este angelical joven le declaró el Señor mismo, diciéndole:¿ Sabes por qué te muestro mis ángeles? Porque entiendas que debes habitar más con ellos en el cielo que con los hombres en la tierra. Y uno de los santísimos fines, que Jesús tenía en mostrarle tantas veces su sagrada Humanidad, era aficionarle a la misma Humanidad santísima. Aficionóse a ésta tanto Bernardo que, desde los principios, repetía muchas veces que la Humanidad de Cristo Señor nuestro era el camino11 para la más alta contemplación de la Divinidad: Ego sum ostium, per me si quis intraverit, salvabitur, et ingredietur et eggredietur et pascua inveniet.. Yo soy la puerta, el que por mi entrare se salvará, y entrará y saldrá y hallará pastos saludables.

Todo esto experimentaba este joven contemplativo, valiéndose del camino y puerta de la Humanidad sacrosanta de Jesús para la contemplación de la Divinidad. Decía también, que sola la visita afable de la Humanidad sacratísima del Señor no se podía recompensar con todos los trabajos de los mártires y demás santos.

 

 
1           Estos Ejercicios de ocho días fueron del 31 de agosto al 7 de septiembre de 1728, para salir de ellos en la fiesta de la Natividad de María.

2           En la vida de otros santos se halla este mismo amor y devoción y visión del ángel de la guarda. Entre los que pertenecieron a la misma Orden que Bernardo de Hoyos descuella en este punto el Beato Pedro Fabro (1506-1546), saboyano, compañero de estudios de San Ignacio y San Francisco Javier en la Sorbona de París. Fue el primer sacerdote jesuita y en sus misiones por diversos países europeos solía encomendarse a los Santos Angeles de cada pueblo o ciudad que atravesaba. Su espiritualidad aparece en el llamado Memorial del Beato Pedro Fabro .

3          Este ir perdiendo miedo a la muerte e incluso gozarse de ella y alegrarse de que llegue aparece en el capítulo 38 de la Vida de Santa Teresa, cuando dice: “Quedóme también poco miedo a la muerte, a quien yo siempre temía mucho; ahora paréceme facilísima cosa para quien sirve a Dios, porque en un momento se ve el alma libre de esta cárcel y puesta en descanso. Que este llevar Dios el espíritu y mostrarle cosas tan excelentes en estos arrebatamientos, paréçeme a mí conforma mucho a cuando sale un alma del cuerpo, que en un instante se ve en todo este bien...También me parece me aprovechó mucho, para conocer nuestra verdadera tierra y ver que somos acá peregrinos...” (Libro de la Vida, cap 38, 5-6)

4          Cantar de los Cantares 5, 8

5          Este rostro severo y enojado de Cristo es el que vió Santa Teresa en visión imaginaria, poco tiempo después de entrar en el monasterio de la Encarnación. Frecuentaba demasiado el locutorio y algunas de aquella visitas no le hacían ningún bien. El Señor quiso dárselo a entender claramente. Así lo escribe ella:”Estando con una persona, bien al principio del conocerla, quiso el Señor darme a entender que no me convenían aquellas amistades y avisarme y darme luz en tan gran ceguedad. Representóseme Cristo delante con mucho rigor dándome a entender lo que aquello le pesaba. Vile con los ojos del alma más claramente que le pudiera ver con los ojos del cuerpo y quedóme tan imprimido que ha esto más de veintiséis años y me parece lo tengo presente. Yo quedé muy espantada y turbada y no quería ver más a con quien estaba” (Libro de la Vida, cap 7, 6)

6          En la Vida de Santa Teresa leemos algo parecido y que puede ayudarnos a comprender lo que dice aquí Bernardo. Escribe la Santa en el capítulo 39 de su Vida: “Viénenme algunas veces unas ansias de comulgar tan grandes que no sé si se podría encarecer. Acaecióme una mañana, que llovía tanto que no parece hacía para salir de casa. Estando yo fuera de ella, yo estaba ya tan fuera de mí con aquel deseo que aunque me pusieran lanzas a los pechos, me parece entrara por ellas, cuantimás agua. Como llegué a la iglesia, dióme un arrobamiento grande. Parecióme vi abrir los cielos, no una entrada como otras veces he visto. Representóseme el trono que dije a vuestra merced he visto otras veces y otro encima de él adonde por una noticia que no sé decir, aunque no lo ví, entendí estar la Divinidad....Mas cómo estaba el trono ni qué estaba en él, no lo ví, sino muy grande multitud de ángeles; pareciéronme sin comparación con muy mayor hermosura que los que en el cielo he visto. He pensado si son serafines o querubines, porque son muy diferentes en la gloria, que parecía tener inflamamiento. Es grande la diferencia, como he dicho, y la gloria que entonces en mí sentí no se puede escribir ni aun decir ni la podrá pensar quien no hubiera pasado por esto. Entendí estar allí todo junto lo que se puede desear y no vi nada.... Comulgué y estuve en la misa, que no sé cómo pude estar. Parecióme había sido muy breve espacio; espánteme cuando dio el reloj y vi que eran dos horas las que había estado en aquel arrobamiento y gloria. Espantábame después cómo en llegando a este fuego que parece viene de arriba de verdadero amor de Dios (porque aunque más lo quiera y procure y me deshaga por ello, si no es cuando su Majestad quiere, como he dicho otras veces, no soy parte para tener una centella de él), parece que consume el hombre viejo de faltas y tibieza y miseria, y a manera de cómo hace el ave fénix –según he leído- y de la misma ceniza después que se quema sale otra, así queda hecha otra el alma después con diferentes deseos y fortaleza grande; no parece es la que antes, sino que comienza con nueva puridad el camino del Señor”  (Libro de la Vida, cap 39, 22-23)

7          Puede ayudarnos a comprender esto lo que Santa Teresa describe en el capítulo 38 de su Vida, cuando dice:”Estando una noche en oración, comenzó el Señor a decirme algunas palabras trayéndome a la memoria por ellas cuán mala había sido mi vida, que me hacían harta confusión y pena...Desde a un poco, fue tan arrebatado mi espíritu que casi me pareció estaba del todo fuera del cuerpo; al menos no se entiende que se vive en él. Vi a la Humanidad sacratísima con más excesiva gloria que jamás la había visto. Representóseme por una noticia admirable y clara estar metido en los pechos del Padre: esto no sabré yo decir cómo es, porque, sin ver, me pareció me vi presente de aquella Divinidad. Quedé tan espantada y de tal manera que me parece pasaron algunos días que no podía tornar en mí y siempre me parecía traía presente aquella majestad del Hijo de Dios...Esta misma visión he visto otras tres veces. Es, a mi parecer, la más subida visión que el Señor me ha hecho merced que vea y trae consigo grandísimos provechos. Parece que purifica el alma en gran manera...Es una llama grande, que parece abrasa y aniquila todos los deseos de la vida...Queda imprimido un acatamiento que no sabré yo decir cómo...Hace un espanto al alma grande de ver cómo osó ni puede nadie osar ofender una Majestad tan grandísima... Cuando yo me llegaba a comulgar y me acordaba de aquella Majestad grandísima que había visto y miraba que era el que estaba en el Santísimo Sacramento, y muchas veces quiere el Señor que le vea en la Hostia, los cabellos se me espeluzaban y toda parecía me aniquilaba. ¡Oh, Señor mío!: mas si no encubrierais vuestra grandeza ¿quién osara llegar tantas veces a juntar cosa tan sucia y miserable con tan gran Majestad?”  (Vida, c 38,16-19)

8          En tiempos del Hermano Bernardo, lo que hoy suele rezarse inmediatamente antes de las letanías del rosario: (Dios te salve, María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo...) había costumbre de rezarlo después de cada misterio.

9          Vemos cómo Bernardo de Hoyos, cuando no se había definido todavía el dogma de la Inmaculada Concepción, afirma su fe en ella. Siempre la Compañía de Jesús, en cuyo seno se había educado primero en Medina del Campo y luego en Villagarcía, fue defensora de la doctrina que sostenía la concepción inmaculada de María. Le ayudó, sin duda, el hecho de haber sido congregante y el frecuentar las capillas presididas por hermosas tallas de la Inmaculada (la capilla del relicario, en que se hacía el ofrecimiento de obras; la capilla del Noviciado y la capilla de la Congregación mariana de la iglesia-colegiata, todas tres estaban presididas por tallas de la Inmaculada). Le ayudó también el hecho de que fue un admirador del joven jesuita flamenco Juan Berchmans (hoy en los altares) y cuyos apuntes espirituales corrían como pólvora por el noviciado de Villagarcía. Este joven había firmado con su sangre defender esta verdad, adhiriéndose al llamado “voto concepcionista”. Otro indicio de su creencia y devoción a la Inmaculada será que, un año más tarde, el 8 de diciembre de 1729 Bernardo (ya filósofo en el colegio de Medina) escribirá una carta no ya de esclavitud, sino de filiación mariana, que terminará con estas palabras: “Medina y diciembre, hoy día de la Purísima Concepción de mi dulcísima madre de 1729”

10         Un episodio semejante a éste de Bernardo es el que comenta Santa Teresa en el capítulo 39 de su Vida: “Estando una vez muy inquieta y alborotada, sin poder recogerme...,como me ví así tan ruin, tenía miedo si las mercedes que el Señor me había hecho eran ilusiones; estaba, en fin, con una oscuridad grande de alma. Estando con esta pena, comenzóme a hablar el Señor, y díjome que no me fatigase, que en verme así entendería la miseria que era si El se apartaba de mí...; que no pensase yo me tenía olvidada, que jamás me dejaría, mas que era menester hiciese yo lo que es en mí. Esto me dijo el Señor con una piedad y regalo y con otras palabras en que me hizo harta merced, que no hay para qué decirlas. Estas me dice su Majestad muchas veces, mostrándome gran amor: “Ya eres mía y Yo soy tuyo”. Las que yo siempre tengo costumbre de decir y a mi parecer las digo con verdad, son: ¿Qué se me da, Señor, a mí de mí, sino de Vos? Son para mí estas palabras y regalos tan grandísima confusión, cuando me acuerdo la que soy, que, como he dicho creo otras veces y ahora lo digo algunas a mi confesor, más ánimo me parece es menester para recibir estas mercedes que para pasar grandísimos trabajos”. (Libro de la Vida, cap 39, 20-21)

11         Aquí coincide Bernardo de Hoyos totalmente con Teresa de Jesús. En un tiempo en que pululaban los alumbrados y los falsos místicos, la Santa de Avila recuerda que nada hay comparable a la santa Humanidad de Jesús para lograr la unión con Dios. Es muy conocido lo que ella escribe sobre este asunto: “Y veo yo claro y he visto después que, para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por mano de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo su Majestad se deleita. Muy, muchas veces lo he visto yo por experiencia; hámelo dicho el Señor; he visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos” (Libro de la Vida, cap 22, 6) “.....Cuánto más apartarse de industria de todo nuestro bien y remedio, que es la Sacratísima humanidad de Nuestro Señor Jesucristo. Y no puedo creer que lo hacen sino que no se entienden, y así harán daño a sí y a los otros. Al menos yo les aseguro que no entren a estas dos moradas postreras; porque si pierden la guía –que es el buen Jesús-, no acertarán el camino (harto será si se están en las demás con seguridad); porque el mismo Señor dice que es camino; también dice el Señor que es luz y que no puede ninguno ir al Padre sino por El, y quien ve a Mí ve a mi Padre” (VI Moradas, VII, 6) “Así que vuestra merced, Señor, no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de contemplación, por aquí va seguro. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes; El lo enseñará; mirando su vida, es el mejor dechado. ¿Qué más queremos de un tan buen amigo al lado?, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo. Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe sí. Miremos al glorioso San Pablo que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón. Yo he mirado con cuidado, después que esto he entendido, de algunos santos, grandes contemplativos, y no iban por otro camino: San Francisco da muestra de ello en las llagas; San Antonio de Padua en el Niño, San Bernardo se deleitaba en la Humanidad; Santa Catalina de Siena, otros muchos, que vuestra merced sabrá mejor que yo” (Libro de la Vida, cap 22, 7)


                       
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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