| Hace el Novicio los Votos
del Bienio, y singularísimos favores que recibe en este
tiempo. ("Vida".
Libro primero. Capítulo 5) Los desamparos y terribles tentaciones que padeció Bernardo en esta ocasión, fueron para purificar1 su alma, y disponerla a la estrecha unión con Dios por medio de los votos religiosos. Todas las tribulaciones pasadas terminaron en un favor muy particular. Entre las amorosas delicias que siguieron al desamparo, conoció el novicio (que) había salido vencedor en todo del demonio. Y como ya su espíritu iba cobrando alientos y amorosa familiaridad con el Señor amante, que tanto le favorecía, se atrevió a quejarse amorosamente, como en otro tiempo y en semejante caso la regalada esposa de Jesús, Santa Catalina de Siena.2 Quejóse, amante, diciéndole:¿ dónde habéis estado, Jesús, dulce amor mío, todo este tiempo? Y oyó en lo interior estas palabras. Ya te dije que estaría en tu corazón, y así en él he estado. Díjomelas el Señor (dice el novicio) con mucho amor. Entró en los ejercicios, que preceden siempre al día felicísimo de los votos del bienio. Fueron solos tres días,3 porque habían precedido poco antes los ocho días de ejercicios, que hace todo el noviciado para la renovación, que acostumbra la Compañía (en) el día de los Príncipes de los Apóstoles San Pedro y San Pablo. En los tres días de sus ejercicios hizo el Señor singularísimos favores al novicio. Mas como fueron mayores al tiempo de hacer los votos y después de haberlos hecho, basta decir algunos de este tiempo feliz para su alma. Llegó el día 12 de Julio, en que Bernardo, habiendo satisfecho excelentemente a todas las pruebas y experiencias de su noviciado,4 había de consagrarse en perfecto holocausto al Señor con los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, que le hacían perfectamente religioso. Dispúsose con los fervores que le inspiró el Señor y con los ejercicios de humillación y penitencia, para que pudo conseguir licencia de su maestro de novicios. Todos tres días practicó con singular espíritu las humillaciones acostumbradas en el refectorio5 y en la quiete. Tomó rigurosas disciplinas, usó el cilicio, puso en la cama una tabla nudosa,6 que la endureciese más sobre la mucha dureza que tiene siempre un pobre y delgado colchoncillo, a que se reduce la cama mas regalada de nuestros novicios. Estos y semejantes pequeños esfuerzos practicaba Bernardo para disponerse a la función sagrada de sus votos. Pero el amabilísimo Jesús, empeñado ya claramente en favorecer a su siervo, dispuso el corazón del novicio con todos aquellos amantes ardores que necesitaba para hacer su sacrificio y para recibir al Señor, que se los comunicaba tan amoroso. Al empezar a leer la fórmula de los votos (escribe Bernardo) vi en la Sagrada Eucaristía al mismo Jesucristo,6 que me oía, como Juez en su trono, muy afable. Quedé al principio como fuera de mi, al ver tan gran Majestad, mas no fue tanto que se conociese en lo exterior. Vile venir y entrar en mi dichosa boca: causó mayor reverencia amorosa, y amor reverente al verle entrar y estar en mi lengua. Después que pasó la Sagrada Forma, me dijo el Señor estas palabras intelectuales: desde hoy me uno más estrechamente contigo por el amor que te tengo. Hasta aquí Bernardo, quien dice, que las palabras con que le habló el Señor fueron intelectuales;7 porque ésta fue, según afirma, la primera visión intelectual8 que tuvo, a que se siguió también locución intelectual en aquel divino idioma, que sólo entiende el que recibe del Señor tal favor y su inteligencia. El mismo día que tanto favoreció a Bernardo el Hijo divino de María Santísima, esta celestial Reina quiso regalar también a su fiel siervo. Apareciósele llena de hermosura y majestad, acompañada de las dos esclarecidas vírgenes del Carmelo: Santa Teresa de Jesús9 y Santa María Magdalena de Pazzis, sus especiales devotas. Regalóle mucho María Santísima, y las dos vírgenes seráficas le hablaron en celestial idioma, diciéndole: que siempre le serían propicias y como Patronas. Cómo estas prodigiosas Santas cumplieron la promesa de ser especiales Patronas de todos los pasos dificultosos de la vida de Bernardo, veremos en adelante muchas veces. Ahora la oferta de las dos Santas confirmó el Señor mismo en una de las muchas apariciones por este tiempo, que por ser semejantes a la primera es forzoso omitir. Como este joven se vio tan frecuentemente favorecido con regaladas visitas del Señor, de su Madre santísima y de los Santos, empezó a temer no fuesen ilusiones del demonio10 o fantasías de su imaginación los que tenía por favores sobrenaturales. Hallábase afligido con este humilde pensamiento, cuando le sosegó el Señor y le dijo: Santa Teresa y Santa María Magdalena de Pazzis te serán especiales Patronas en este punto. Sosegaron estas divinas palabras su espíritu; pero lo que apartaba todos los temores eran los sentimientos, dulzuras y peregrinos accidentes del cielo, que experimentaba siempre que le favorecía el Señor. Sin querer explicarlos, los explica con una pluma inflamada en los ardores seráficos del amor divino: Me ha parecido no detenerme aquí (dice) en explicar las dulzuras y suavidades que en el alma pasan siempre que recibe algún favor (aunque siempre que está unida a Dios las experimenta grandes) y por esta causa no digo otra cosa de lo que este día gocé; como también, porque si quisiera decir alguna cosa de lo que pasa entre el alma y su esposo, me dilatara mucho, y al fin no pudiera decir algo según lo que ello es en sí; pues son tales las finezas de amor que este amorosísimo Señor hace a las almas que no son creíbles, sino al que por experiencia lo conociere. Es un destello de la gloria; es una cosa divina; es un beber de aquellos vinos que, cuando embriagan más, más hábil dejan el alma: es una celestial locura, es un santo desatino, es una cosa sobre las que el no experimentado puede penetrar; y, en fin, es estar el alma gozando de aquellos divinos pechos, recreándose en los brazos de su amado, como uno que, abochornado del mucho calor se echa a la sombra de un árbol; es un deshacerse suavemente, derretirse, abrasarse, encenderse y consumirse, sin acabar, en llamas de amor. Y todos los favores que se pueden decir o explicar, son menos de lo que interiormente pasa.11 ¡ Oh dulcísimo, amabilísimo, amantísimo, suavísimo e infinito esposo y señor de mi alma! Esposo os llamo, Señor; pues vos permitís a una vil criatura como yo estos arrojos de amor. Esposo os llamo y llamaré:! Oh (vuelvo a decir) si conociesen los hombres, dejo aparte quien sois Vos, mas por lo menos qué pierden por ofenderos, qué de otra manera procederían! Divino esposo! No se qué hago, qué digo, ni qué escribo, y me salgo del propósito; pero permitid que os diga que Vos tenéis la culpa y sois la causa, por llenarme ahora de tales consuelos que me ponen como loco; y pues Vos sois la causa, retiraos un poco, amoroso dueño, y no me hagáis salir del propósito, que es poner aquí alguna generalidad de lo que a mi alma, movido de vuestra bondad, ofrecéis. Hasta aquí este feliz joven, cuyas extáticas expresiones no pueden salir de alma que no esté penetrada del amor divino y de pluma no inspirada del Espíritu Santo. En otras muchas ocasiones, de estos principios de su vida extática se esfuerza a querer explicar los gozos, consuelos, delicias, deliquios y finísimos amores, con que se regalaba, derretía y consumía su espíritu. Pero en una de ellas concluye con las palabras del Apóstol: Nec oculus vidit, nec auris audivit, nec in corde hominis ascendit, quae praeparavit Deus diligentibus illum. (Ni el ojo vió, ni el oído oyó ni cabe en entendimiento humano lo que Dios ha preparado para los que le aman) 12 Alternaban, digámoslo así, el Hijo divino y la celestial Madre sus regaladas visitas y favores a su amante siervo. La soberana Reina de los cielos quiso ser, por especial título, su dulce Madre todo este mes de agosto. Porque en la devotísima costumbre de nuestra Compañía de tomar los Santos de mes,13 tocó por suerte a Bernardo la Asunción de Nuestra Señora. En la oración de la tarde del día primero de este mes daba gracias a María Santísima de la dichosa suerte que le había tocado, y la pedía se dignase tomarle bajo su patrocinio, como también (a) otras dos personas. A este tiempo, dice, me pareció que nos recibía esta Señora bajo su protección por un modo tal que, sin ser visión o habla, quedé muy cierto, con grandes dulzuras, suavidades y consuelos. Con estos regalos quería empeñar también la Santísima Virgen a su siervo, a que procurase, según su estado, dilatar cuanto pudiese su devoción: y así le dijo el día ocho de este mes,14 que no dejase de hacer todo lo que condujese a su devoción. Pero el día de la Asunción 15 triunfante de María Santísima a los cielos le favorecieron a competencia el Hijo divino y la celestial Madre. En el santo Sacrificio de la Misa, cuando esperaba la infinita dicha de recibir el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, se halló en una muy estrecha unión con el Señor; suspensas divinamente las potencias y sin uso alguno los sentidos, gozó las delicias y consuelos inexplicables que quedan insinuados. Después de comulgar tuvo la visión intelectual con que Jesús le favorecía frecuentemente en aquel tiempo y, hablándole amorosamente el Señor, le dijo: lo que hoy has gozado es algo de lo que hubo en el cielo cuando entró en él mi Madre. Todo lo que me pidieres por su medio, no dudes que lo alcanzarás, si es gloria mía. En esta ocasión entendió muchas maravillas de las excelencias de María Santísima. Estos favores dejaron todo el día el alma de Bernardo con aquellos ardores de amor, que le encendieron las luces de la comunión sagrada. Quiso por la tarde avivarlos más con un rato largo de oración. Estaba en ella del todo extático y arrebatado recibiendo celestiales luces de las grandezas de María Santísima, cuando vio por visión intelectual a la Reina gloriosísima de los cielos, acompañada de las dos vírgenes Teresa y Magdalena de Pazzis. Los gozos de esta visita fueron inexplicables, y el efecto o fruto de ella muy sólido. Había ido el joven a su oración con el fin piadoso de renovar la carta de esclavitud, 16 que había hecho en una de las festividades de Nuestra Señora y acostumbraba a renovar, amante y fervoroso, en todas. Parece que la soberana Reina de los cielos con esta visita quería (digámoslo así) tener anticipado el gusto de la oferta de su fiel siervo y esclavo. Porque luego que Bernardo vio a la celestial Señora, sin saber cómo, se halló su alma movida a ofrecerse en aquel momento por su humilde esclavo. Esto era para lo que me visitaba esta Señora, según entendí. Ofrecióse por esclavo de María Santísima; pero con un idioma divino, que sólo hablan y entienden los ángeles o los hombres angélicos, con aquellas expresivas cifras, que no puedo decir, dice. Y esforzándose a explicar el modo con que hizo su oferta, se explicó con el símil de las locuciones intelectuales, con que el Señor se da a entender a las almas. Verdad es que su humildad le compelió a hacer este prefacio humilde: aunque no sé si es desatino, pero me parece que no. Conoció que la soberana Reina le admitía benigna y amorosamente por su esclavo y, dejándole absorto en dulzuras, desapareció la visión de nuestra Señora y de las dos Santas. A tan soberanos favores de Cristo Señor nuestro y de María Santísima eran consiguientes otros de los ángeles17 que componen la corte de su Rey soberano y su celestial Reina. Estando para comulgar el día de San Bernardo, tuvo la misma visión del Señor con el Santísimo Sacramento, la cual se repetía casi todos los días de comunión, como nos asegura el dichoso joven: Vi a su Majestad muy claramente (dice) y toda la capilla del Noviciado llena de ángeles en gran número, que adoraban al Señor de ángeles y hombres. Quedé como espantado de tanta gloria, y cuanto más me iba acercando al sacerdote al tiempo de comulgar, crecía más el temor reverente, que en mi alma había. Fueron las suavidades de este día tan copiosas en el espíritu de Bernardo, que le hacían prorrumpir en estas extáticas expresiones: ¡Oh divino Dueño, que me abraso en vivas llamas de amor! Consúmeme con tu amor. ¡ Oh si me concedieras morir de esta enfermedad! En verdad, que esta mañana eran tantas vuestras suavidades y delicias, que si Vos, ¡oh amabilísimo esposo! no lo impidieras, no dejaría de apartarse el alma del cuerpo. Señor, detened tantas suavidades,18 porque me haréis decir locuras de amor. Estas amorosísimas delicias causaban en el espíritu de Bernardo las amantes ansias de recibir la sagrada Eucaristía que se pueden pensar. No obstante, se descubrían en su espíritu otros efectos más sólidos que las delicias mismas. Estos eran una humilde resignación a la voluntad del Señor.19 Deseaba con ansias comulgar un día que, por ser inmediato a otra comunión del noviciado, pendía del arbitrio del Superior que los Novicios comulgasen. Dispuso el Superior se omitiese la segunda comunión por tan inmediata a la primera. Apenas supo Bernardo esta orden, cuando, aunque abrasado en ansias de comulgar, se resignó perfectamente y dijo, amante, al Señor: ¿qué sacaría yo de comulgar, si no es vuestra voluntad?; y así, ni por pensamiento quiero otra cosa que lo que Vos queréis. Agradó tanto al Señor esta indiferencia de su siervo que, comulgando espiritualmente en la Misa, le dijo: más me agrado de tu indiferencia que de que me recibieses. Estas palabras divinas imprimieron en su alma grandes afectos a esta virtud, que consiguió en el grado eminente, que veremos. El día del esclarecido doctor de la Iglesia San Agustín20 empezó el Señor a prevenirle para los grandes trabajos, tentaciones y desamparos que le esperaban. Goza ahora, le dijo su Majestad, que de esto mismo se valdrá tu adversario para hacerte guerra. Las palabras goza ahora significaban los singulares favores que inmediatamente quería hacerle el Señor. Y así al tiempo de oír Misa vio innumerables ángeles, que asistían al altar y al sacerdote; cuando llegó éste a decir las santas palabras: Domine non sum dignus, etc., oyó Bernardo a uno de aquellos celestiales espíritus, que decía con profunda reverencia: si nosotros no somos dignos, cómo lo serán los mortales. Repitióse la misma visión el día de la Degollación del Bautista;21 y oyó, sin oír, como él se explica, a los ángeles que entonaban el sagrado motete: Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus Sabaoth. Entre la multitud de ángeles que veía, distinguió en particular a su santo ángel de guarda, que se le mostró muy afable y benigno, y oyó que le decía el Señor: A éste te he encargado, que será tu defensor. Concluiré este capítulo con el singularísimo favor, que el Señor hizo a su siervo el día 30 de Agosto. Salían los novicios la mañana de este día al campo22 y caminaban teniendo su hora de oración y procurando elevar todo su corazón al cielo, mientras pisaban sus pasos en la tierra. Consiguiólo Bernardo de un modo maravilloso, porque levantando una vez los ojos al cielo, donde buscaba a su amado, sintió que este amabilísimo Señor le disparaba una flecha de su divino amor mucho más activa y penetrante que cuantas había experimentado hasta entonces. Con la luz que al tiempo de mirar al cielo se me comunicó, dice, se encendió tanto el alma en deseos de unirse con su amado, que parecía quería salirse del cuerpo, o por mejor decir, llevarle también tras sí; y cierto lo temí según la fuerza del espíritu, que me parece me hallaba tan ligero que casi no faltaba cosa. Otro ímpetu como éste me dio también en tiempo que iba andando, y no sé como no me sucedió cosa exterior. Hasta aquí las palabras de Bernardo y algunos de los muchos favores que le comunicaba el Señor en este tiempo. Estos no eran estériles ni pasajeros. Dejaban en el alma del joven los sólidos efectos, fructuosas doctrinas y especiales luces, que se omiten ahora, por no interrumpir la narración. Al recibir este último favor, le enseñó su divino Maestro Jesús una excelente doctrina sobre los ímpetus de amor, que sienten las almas en los favores sobrenaturales, y los explica con el magisterio divino que después veremos. |
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El Señor, cuando quiere unir un alma estrechamente a
Sí, comienza en ella una serie de purificaciones cada
vez más íntimas. Ello supone morir a las pasiones y a
todo movimiento que no sea según Dios, el poner en el
centro de la existencia única y sola la voluntad del
Señor, sin determinarse por afección alguna que
desordenada sea, como diría San Ignacio. Es lograr
esa desnudez espiritual, de que habla San
Juan de la Cruz; es matar el gusano , que
diría Santa Teresa con su acostumbrado graficismo.
Unirse a Dios, Pureza infinita, requiere por parte del
alma humana una purificación total, algo que
sin la ayuda del Señor sería completamente imposible.
De ahí esas purificaciones hondas, que los místicos
conocen con el nombre de la noche de los
sentidos y la noche del espíritu.
Bernardo pasará por ellas y alcanzará una estrechísima
unión con Dios. 2 Santa Catalina de Sena (1347-1380) nació en esta ciudad, de la familia de los Benincasa, tejedores de lana e hizo el número veinticinco de los hijos de esta familia. Se hizo terciaria dominica a los dieciséis años, vivió tres de ellos como eremita en su propia casa y comenzó a cuidar de los leprosos y cancerosos del entorno. Con frecuencia su único alimento fue la sagrada Comunión. Cuando tenía veintiocho años recibió en su cuerpo los sagrados estigmas. A pesar de sus intensos sufrimientos de tipo místico, difundió una espiritualidad de radiante gozo y felicidad. Estuvo en contacto epistolar con el Papa, fue ella misma a la ciudad de Avignon (donde estaba la corte pontificia) y logró que Gregorio XI retornara por fin a Roma en 1377. A petición de su sucesor quedó en Roma Santa Catalina de Sena los últimos séis años de su vida. Hoy lleva el título de doctora de la Iglesia, concedido por quien solía llamar ella el dulce Cristo de la tierra. Su fiesta se celebra el 29 de abril. (Saint Companions for each day, A. y M. Mausolff,Saint Paul Publications, Buffalo, 1954; pg 122) 3 En este caso se trató de un Retiro intenso de solos tres días: el 9, 10 y 11 de julio de 1728. Ya habían hecho los novicios los ocho días anuales de Ejercicios, según afirma el P. Loyola. El noviciado en la Compañía de Jesús duraba dos años: en el primero se hacía el mes de ejercicios, y en el segundo año se hacían los ejercicios de ocho días, que luego se repiten cada año hasta llegar a la Tercera Probación, en que de nuevo se hace el mes de ejercicios. Bernardo comenzará este segundo mes de ejercicios en Valladolid en 1735, en el colegio de San Ignacio, pero no llegará a terminarlo ya que le sorprenderá la muerte. 4 En el noviciado de la Compañía tienen lugar séis experiencias. Ya en tiempos de San Ignacio, cuando alguno pedía ingresar en la Compañía de Jesús, se le daba a leer un breve documento, llamado Primero Examen y General, que se ha de proponer a todos los que pidieren ser admitidos en la Compañía de Jesús. Está dividido en ocho capítulos, donde se expone lo más importante de la nueva vida que se propone llevar el candidato. El capítulo IV lleva por título: De algunas cosas que más conviene saber a los que entran de lo que han de observar en la Compañía, y allí leemos entre otras cosas: Demás de esto, antes que entre en la Casa o Colegio, o después de haber entrado en ella, se requieren seis experiencias principales..... La primera es haciendo Ejercicios Espirituales por un mes poco más o menos..; segunda, sirviendo en hospitales...; tercera, peregrinando por otro mes sin dineros, antes a sus tiempos pidiendo por las puertas por amor de Dios nuestro Señor...; cuarta, ejercitándose en oficios bajos y humildes...; quinta, la doctrina cristiana o una parte de ella a muchachos y a otras personas rudas en público mostrando, o a particulares enseñando....; sexta, siendo probado y edificativo, procederá adelante predicando o confesando o en todo trabajando según los tiempos, lugares y disposición de todos (Constituciones de la Compañía de Jesús-Normas Complementarias, Editoriales Mensajero-Sal Terrae, 1996; pgs 60-62) 5 Las humillaciones en el refectorio, a que se alude, hacen referencia a una serie de actos de humildad que solían cumplirse algunos días entre semana: tales como besar los pies de los hermanos, estar de rodillas y con los brazos en cruz durante la bendición de la mesa, comer en una mesa aparte de rodillas, pedir la comida por las diversas mesas como lo haría un pobre mendigo, etc. Como preparación para sus votos, el Hermano Bernardo no quiso privarse de estos ejercicios, con los que se crece en humildad, y que no eran obligatorios, sino que se hacían por devoción. 6 Estas penitencias no son algo obligado en la Compañía de Jesús, en contraposición con otras Ordenes de su tiempo. San Ignacio que durante su conversión hizo penitencias muy fuertes y con ello estragó para siempre su salud, tuvo siempre especial cuidado en que la mortificación del jesuita fuese fundamentalmente interna, más que externa, ya que era preciso conservar las fuerzas para trabajar en la viña del Señor. De ahí que escriba en el Examen, antes citado: La vida es común en lo exterior por justos respetos, mirando siempre al mayor servicio divino: ni tiene algunas ordinarias penitencias o asperezas, que por obligación de hayan de usar; pero puédense tomar las que a cada uno pareciese, con aprobación del Superior, que más le han de ayudar en su espíritu, y las que por el mismo fin los Superiores podrán imponerles (Examen, cap 1, nº 6). Y en las Constituciones escribe: La castigación del cuerpo no debe ser inmoderada ni indiscreta en abstinencias, vigilias y otras penitencias exteriores y trabajos que dañan e impiden mayores bienes; y a la causa conviene que cada uno tenga informado a su confesor de lo que hace en esta parte (Constituciones, parte III, cap 2, nº 5) 6 Se trata aquí de una visión imaginaria. Vendrá enseguida otra visión intelectual. Santa Teresa, cuyas obras leerá Bernardo para explicarse lo que pasaba por su alma, habla en el libro de la Vida de ambas visiones. Hablando de este tema Fray Efrén de la Madre de Dios en su Biofrafía de Santa Teresa, dice: Las visiones comenzaron a ser imaginarias. Ya no eran sólo conceptos desnudos que se pegaban directamente al espíritu, sino formas sensibles que percibía muy bien su imaginación. Ya anteriormente...había tenido este género de visiones, cuando vió a Cristo, estando de visita en su convento. Ahora eran de otra índole. Cierto día estaba en oración y vió unas manos de grandísima hermosura; eran las de Cristo... Mas aquello que veía era cosa tan soberana que no podía ser composición de su fantasía: Ser imaginación, decía, esto es imposible de toda imposibilidad; ningún camino lleva; porque sola la hermosura y blancura de una mano es sobre toda nuestra imaginación (Vida 28, 11). Pero había algo más. Aquello que veía no eran sólo formas sensibles. Sentíase latir debajo de ellas la vida de Cristo, tanto que no parecía imagen sino el mismo Cristo en persona. Y se explicaba: Hay la diferencia que hay de lo vivo a lo pintado, no más ni menos; porque si es imagen es imagen viva, no hombre muerto, sino Cristo vivo, y da a entender que es Hombre y Dios... (Vida 28, 8). El demonio sería capaz de remedar a veces estas visiones; mas en su contraste son tan sin vida, que quien ha probado éstas alguna vez, echará de ver entre ambas grandísima diferencia (Vida 28, 10) (Obras de Santa Teresa, Bac, Madrid 1951,tomo 74, pgs 500-501) 7 Son las primeras palabras intelectuales que tiene el Hermano Bernardo de Hoyos y se producen en la capilla del Noviciado de Villagarcía, que afortunadamente se conserva tal como era entonces. Otras palabras de Cristo entendió Santa Teresa allá por el año de 1559, cuando el inquisidor general Fernando de Valdés publicó un Indice de libros prohibidos, entre los que estaban algunos que solía leer Teresa de Jesús. Y en aquella soledad de alma, en que ya ni con libros podía consolarse, entendió estas consoladoras palabras: No tengas pena, que Yo te daré libro vivo (Vida, c. 26, 5) Hablando de esto, escribirá la Santa de avila: Paréceme será bien declarar cómo es este hablar que hace Dios al alma y lo que ella siente... Son unas palabras muy formadas, mas con los oídos corporales no se oyen, sino entiéndense muy más claro que si se oyesen y dejarlo de entender, aunque mucho se resista, es por demás...Y otra señal más que todas (es que el habla del Señor) es palabras y obras, y aunque las palabras no sean de devoción, sino de reprensión, a la primera disponen un alma y la habilita y enternece y da luz y regala y quieta, y si estaba con sequedad o alboroto y desasosiego de alma, como con la mano se le quita y aun mejor, que parece quiere el Señor se entienda que es poderoso y que sus palabras son obras (Vida, c. 25, 1, 4) 8 Hablando de una visión intelectual de Santa Teresa, dice así Fray Efrén de la Madre de Dios: Pocos días después, 29 de junio de 1559, festividad de San Pedro y San Pablo, tuvo por primera vez una visión. Era visión intelectual. Ella no sabía cómo era aquello ni si podía ser. Era en verdad una cosa rara; se sabe que es visión y los ojos no ven nada, ni siquiera la imaginación. Después hizo la siguiente descripción: Con los ojos del cuerpo ni del alma no ví nada; mas parecíame estaba junto cabe mí Cristo y veía ser El el que me hablaba, a mi parecer.... Parecíame andar siempre a mi lado, y como no era visión imaginaria no veía en qué forma; mas estar siempre al lado derecho sentíalo muy claro y que era testigo de todo lo que yo hacía y que ninguna vez que me recogiese un poco o no estuviese muy divertida podía ignorar que estaba cabe mí (Vida 27, 2) (Obras de Santa Teresa, Bac, Madrid 1951, tomo 74, pg 499). Estos textos de la Santa pueden ayudarnos a comprender este mundo interior de Bernardo de Hoyos, claro para quien lo experimenta y difícil de entender para quien no ha recibido esos dones del Señor. 9 Ya desde el primer momento aparecen en su vida mística estas dos Santas, eminentemente contemplativas y adornadas por singularísimos dones de Dios. Las obras de Santa Teresa de Jesús serán lectura habitual del Hermano Bernardo; su propia hermana llevará también el nombre de la Santa de Avila. Nombrada por Pablo VI Doctora de la Iglesia en 1970, esta mujer excepcional nació en Avila el año de 1515 y morirá en su convento de Alba de Tormes en 1582. La monja andariega fundará más de una docena de conventos y tendrá tiempo para escribir obras que causan la admiración de todos: el libro de la Vida, las Fundaciones, el Camino de Perfección, las Moradas y toda una serie de pequeños escritos, cartas y poesías. De Santa María Magdalena de Pazzis hemos hablado ya en otra nota. 10 Estos miedos o temores los experimentó bien en su vida la Santa de Avila, que hoy se le ofrecía por Patrona. Hablando de ellos, escribe en su Vida: Ni podía rezar, ni leer, sino como persona espantada de tanta tribulación y temor de si me había de engañar el demonio, toda alborotada y fatigada sin saber qué hacer de mí (Vida 25, 17) Pero, por otro lado, viendo los frutos que tales visiones producían en ella, no podía creer en modo alguno que el demonio anduviese por medio. Así lo escribe en el libro de su Vida: No podía creer que si el demonio hacía esto para engañarme y llevarme al infierno tomase medio tan contrario como era quitarme los vicios y poner virtudes y fortaleza... (Vida 28, 13). Mal se lo hicieron pasar a la Santa algunos confesores, de los que el Señor se sirvió para purificarla. El Hermano Bernardo tuvo más suerte: allí estaba el P. Juan de Loyola que, aunque no tuvo experiencias místicas como sus novicios Hoyos y Cardaveraz, sin embargo, supo dirigir maravillosamente a ambos. No podrían éstos decir lo que con amargura escribe Santa Teresa: Digo esto para que se entienda el gran trabajo que es no haber quien tenga experiencia en este camino espiritual, que a no favorecerme tanto el Señor no sé qué fuera de mí; bastantes cosas había para quitarme el juicio, y algunas veces me veía en términos que no sabía qué hacer sino alzar los ojos al Señor (Vida 28, 18) 11 En este precioso párrafo explica el Hermano Bernardo algo de los goces íntimos que sintió. Santa Teresa habla de la oración de quietud y de los gozos que da Dios al alma en este estado, y dice así: Aquí se comienza a recoger el alma, toca ya aquí cosa sobrenatural, porque en ninguna manera ella puede ganar aquello por diligencias que haga...Esto es un recogerse las potencias dentro de sí para gozar de aquel contento con más gusto, mas no se pierden ni se duermen; sola la voluntad se ocupa de manera que sin saber cómo- se cautiva; sólo da consentimiento para que la encarcele Dios, como quien bien sabe ser cautivo de quien ama. ¡Oh Jesús y Señor mío, que nos vale aquí vuestro amor!, porque éste tiene al nuestro tan atado que no deja libertad para amar en aquel punto a otra cosa sino a Vos... Todo esto que pasa aquí es con grandísimo consuelo y con tan poco trabajo que no cansa la oración, aunque dure mucho rato; porque el entendimiento obra aquí muy paso a paso y saca muy mucha más agua que no sacaba del pozo; las lágrimas que Dios aquí da, ya van con gozo; aunque se sienten, no se procuran. Esta agua de grandes bienes y mercedes que el Señor da aquí hacen crecer las virtudes muy más sin comparación que en la oración pasada (el primer grado de oración), porque se va ya esta alma subiendo de su miseria y dásele ya un poco de noticia de los gustos de la gloria.... Comiénzase luego en llegando aquí a perder la codicia de lo de acá y pocas gracias; porque ve claro que un momento de aquel gusto no se puede haber acá ni hay riquezas ni señoríos ni honras ni deleites que basten a dar un cierra ojo y abre de este contentamiento, porque es verdadero y contento que se ve que nos contenta...Quiere Dios por su grandeza que entienda esta alma que está su Majestad tan cerca de ella que ya no ha menester enviarle mensajeros, sino hablar ella misma con El y no a voces, porque está ya tan cerca que en meneando los labios la entiende (Vida cap 14, 2,4,5) De veras digo gustos, una recreación suave, fuerte, impresa, deleitosa, quieta; que unas devocioncitas del alma, de lágrimas y otros sentimientos pequeños que al primer airecico de persecución se pierden estas florecitas no las llamo devociones, aunque son buenos principios y santos sentimientos, mas no para determinar estos efectos... (Vida, cap 25, 11) 12 1 Corintios 2, 9 13 En el noviciado había la costumbre de dar a cada novicio un santo patrono (de entre los que se celebraban en aquel mes) para que se encomendase a él y procurase imitar sus virtudes. Se ve que a Bernardo le tocó como patrono de mes, en aquel agosto de 1728, nada menos que a la Santísima Virgen en el misterio de su Asunción a los cielos. De ahí su alegría. 14 agosto de 1728 15 Es de notar que este día de la Asunción será para Bernardo de Hoyos, a lo largo de su vida, un día de especiales gracias del Señor. Lo iremos constatando a medida que se vaya desenvolviendo su vida de jesuita. Por primera vez comienza en este año de 1728, recién terminado su noviciado. 16 Fue precisamente el 8 de diciembre (fiesta de la Inmaculada) cuando, recién entrado al noviciado, se consagró Bernardo como esclavo a la Virgen María. Esa consagración la renovará en las fiestas de la Virgen; aquí tenemos la constatación de ello: el día de la Asunción Bernardo se ofrece una vez más como esclavo a la Virgen María. Se ve que la espiritualidad de San Luis María Grignon de Monfort, muerto sólo diez años antes, se había ido extendiendo no sólo por Francia, sino también por nuestra Patria. 17 Siempre tuvo el Hermano Hoyos una especial devoción a los santos ángeles y, de manera especial, a su ángel de la guarda. ¿Cuál fue su origen o posible explicación? Como acertadamente escribe el P. Máximo Pérez: La familia Hoyos poseía un escudo con una leyenda en latín: Ángelus, Pelagio et suis victoriam (El ángel da la victoria a Pelayo y a los suyos). Este mote alude, sin duda, a una empresa victoriosa de un caballero por nombre Pelayo, fundador del linaje Hoyos; una victoria obtenida por la protección de San Miguel o los ángeles. Los ojos del niño Bernardo contemplaron diariamente este escudo de familia, colocado en lugar preminente del hogar o, tal vez, en la fachada de la casa...En esta atmósfera angélica fue, sin duda, gestándose en el niño Bernardo aquella devoción y recurso constante a San Miguel, al ángel de la Guarda y a los otros ángeles; devoción que, como testifican sus escritos, después será nota destacada de su espiritualidad juvenil (El Poder de los débiles, Máximo Pérez, edit Edapor, Madrid 1991; pgs 21-22). Por otro lado, sabemos que en el siglo XVII la devoción a los santos ángeles está pujante. Nada más hay que fijarse en los retablos de esa época, cómo abundan en ellos multitud de cabezas angélicas. En el retablo de la capilla del Noviciado, donde Bernardo hizo sus votos, hay no menos de treinta cabezas de ángeles. 18 Estas expresiones recuerdan de algún modo aquellas de San Francisco Javier que, orando en la noche después de largas caminatas, le decía al Señor inundado como estaba de consolaciones celestiales: ¡basta, Señor, basta...! Así son los santos. 19 La esencia de toda santidad se halla precisamente aquí: en hacer la voluntad de Dios. Lo más hondo de la vida de Cristo se encuentra en aquella frase suya: Yo no he venido a hacer mi voluntad, sino la del Padre que me envió. A medida que, como Bernardo de Hoyos, se va uno internando en el terreno de una santidad madura, el deseo por hacer siempre la voluntad del Padre supera y vence a todos los demás deseos, por santos que ellos sean. 20 La fiesta de San Agustín era y sigue siendo el 28 de agosto. Nacido en Tagaste en el año 354 de madre cristiana y padre pagano, después de una juventud borrascosa se convirtió, siendo bautizado por el obispo de Milán San Ambrosio. Se ordenó de sacerdote y fue obispo de Hipona durante treinta y cuatro años. Es un genio de la Humanidad, cuya sabiduría plasmada en numerosos escritos y sermones, ha influido grandemente en la civilización cristiana europea. Murió en el año 430, poco antes de la invasión de los bárbaros. San Agustín experimentó también las dulzuras de la consolación divina; por ello, como con cierta nostalgia, escribe en el libro de las Confesiones:¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! 21 Se celebra esta fiesta el 29 de agosto. Es una de las fiestas más antiguas; sabemos que ya en el siglo V se celebraba en la Iglesia de Jerusalén. 22 Los novicios de Villagarcía disfrutaban de los paseos por el campo de vez en cuando. Solían ir en ternas y haciendo, mientras caminaban, su hora de oración. Había, a lo largo del año, los llamados días de campo, en que disfrutaban del paisaje y de una comida campestre, que solía tener lugar en un terreno algo alejado de la Casa-Noviciado, llamado la alameda o la viña, por estar plantado allí unos majuelos. El P. Conrado Pérez Picón dice a este respecto: Los días de campo se tenían en la alameda. Era ésta una finca con su casita de campo situada a un kilómetro escaso del colegio; allí estaban los manantiales que suministraban el agua al Noviciado...;el camino que conducía a la alameda estaba sombreado por álamos y por él venía la conducción de agua subterránea. El 1586 Doña Magdalena (de Ulloa, la fundadora) trataba ya de hacer una casa de campo en Villagarcía, para recreación de los que allí estuvieran. Había en la alameda un colmenar con romeros a su alrededor; un palomar y una capilla dedicada al Niño Jesús, donde se recogían algunos ratos a orar los novicios en sus días de campo. En el año 1728, es decir, cuando Bernardo de Hoyos es todavía novicio, el P. Provincial, que lo era entonces el P. Juan de Villafañe, aconseja que se vuelva a plantar una viña que había sido descepada anteriormente. Es en este contexto de los días de campo cuando tiene lugar esa experiencia mística en la oración del Hermano Bernardo. (Villagarcía de Campos, P. Conrado Pérez Picón, Institución cultural Simancas, Valladolid 1982, pgs 330, 332) |