Desamparos con que el Señor empieza a probar y purificar al Novicio, y favores con que premia su fidelidad. ("Vida". Libro Primero. Capítulo 4)

Las ansias1 que daba el Niño Dios al Hermano Bernardo de padecer algunos trabajos en lugar de los singularísimos favores con que le regalaba, eran indicio de que su Majestad quería enviárselos. Desde los primeros días en que gozó las suavidades y dulzuras que hemos insinuado, le enseñó el Divino Espíritu la sólida máxima de este camino extraordinario. Que no hay señal más cierta en un alma de ser verdadero y seguro el camino de gracias gratis datas, visiones, revelaciones, raptos, locuciones y favores semejantes, que padecer2 mucho por el Señor mismo, que tan suavemente regala. Este ha sido el orden regular 3 de la Providencia divina con las almas más favorecidas de su amor; y el mismo observó esta amorosa Providencia con nuestro novicio.

Apenas había pasado un mes entre las delicias con el Dios Niño, que con ocasión de la dulcísima solemnidad de su Nacimiento le consolaba y le encendía en su amor, cuando se halló como si jamás hubiese tenido el menor sentimiento de dulzura. Por esta sequedad e insensibilidad de espíritu empezaron las amorosas pruebas de Dios en el espíritu de Bernardo. En la oración sentía distracciones, sequedades y tal insensibilidad, como si el corazón fuera de bronce. Pasábale lo mismo en la Sagrada Comunión y en cuantos ejercicios espirituales practicaba en su estado de novicio. Era muy puntual y exacto en todos, pero en nada hallaba consuelo:4 y aquel Niño Divino, que le encantaba con su presencia y robaba todos sus afectos, se había ocultado a sus amantes ansias. El mismo Bernardo nos dirá lo que sintió su espíritu en esta primera ausencia y prueba del bellísimo Niño. Temió que sus culpas fuesen la causa5 de habérsele ocultado, después de tan singulares favores; y así desahogaba su amante corazón en esta forma: “Divino Niño, los cielos se han hecho de bronce para mi: si es por mis culpas, los Angeles te den las debidas gracias, porque me quieres castigar aquí para premiarme en el cielo. Mas declárame, amor mío, cuál es la culpa que a esto te ha movido, para que ponga más cuidado en enmendarme. Si es porque tu fino amor quiere probar el mío, hágase tu voluntad. Pero, Niño hermoso, mi esposo y mi amado,¿ cómo es posible que yo pueda vivir sin ti?, porque si tú eres mi vida,¿ cómo he de vivir sin vida? Si tú eres mi alma,¿ cómo he de vivir sin alma? Sin ti es imposible que yo viva”. Hasta aquí el novicio en los primeros días de desamparo y tan en los principios de su maravillosa vida.

Hacía el afligido novicio estos y semejantes afectos con todo el fervor que le inspiraban sus ansias de hallar a su divino Niño; pero sin sentir el menor consuelo. Continuaba en ellos 6 y sentía que a la violencia de su afecto, se le encendía el rostro, mas el corazón se mantenía en su dureza e insensibilidad. Pasaron algunos días en oscuridad, tinieblas, sequedad de espíritu y otros accidentes interiores del desamparo, que componían una pequeña cruz de su alma.

Volvióse a descubrir el Dios Niño y a consolar 7 a Bernardo con todos los cariños amantes que había empezado a experimentar. Cuánto fue el gozo de su espíritu, viendo de nuevo al amorosísimo Jesús, que le colmaba de ternuras, consuelos y delicias en la comunión, oración y demás ejercicios espirituales, se deja conocer bastantemente. Deshacíase en lágrimas, ternuras, coloquios y delicias del cielo: juzgaba el novicio que estaba ya en la gloria y repetía amante: tenui eum, nec dimittam (le así y no le dejaré)8. Pero su pequeño espíritu aún era más novicio en esta vida sobrenatural que en la del noviciado. Todos estos consuelos que le comunicaba el Dios Niño eran para disponerle a padecer más por su amor. Y casi desde los principios del año de 1727 hasta el santo tiempo de Cuaresma se alternaron los favores del Señor, con los desamparos, sequedad y algunas pequeñas tribulaciones interiores, que sólo eran prenuncios de las terribilísimas penas, que habían de purificar el espíritu de Bernardo.

Cuando llegó la Cuaresma de este año, ya el Señor había fortalecido más el espíritu de su novicio, y así le probó con otras penas más terribles que la privación de los consuelos. En pocas palabras escribió Bernardo esta tribulación, muy agradecido al Señor, que con ella le favorecía. Después de insinuar los singulares favores con que Dios le consolaba, dice: “no tengo por menor favor, que en algún modo ha querido el dulce Jesús hacerme partícipe de su cruz: de esto no diré sino que, desde el Miércoles de Ceniza hasta el Viernes Santo, padecí vehementísimas tentaciones de rabia, furia, desesperación: contra la fe, contra las santas imágenes, blasfemias, y una tentación de impureza que fue la que más me afligió. Llegáronse a estas tentaciones unos dolores de cuerpo agudísimos y, a mi parecer, son como los que el Padre Godinez9 llama purificación de espíritu”. Hasta aquí Bernardo, que compendió en breves palabras las terribilísimas penas que padeció por este tiempo. Mas porque en el discurso de esta historia será preciso descubrir las terribles batallas interiores que venció, las reservo para lugar mas oportuno. Pues cuanto hemos visto de favores y penas hasta ahora, no es más que un pequeño indicio de lo que el Señor  había de obrar en esta alma dichosa.

No obstante, como en la cuaresma del año de 27 y mucho más en la de 28, padeció terribilísimos trabajos el novicio, fueron también inexplicables los consuelos, gracias y favores con que el Señor premiaba las victorias de su siervo. El Viernes Santo a la misma hora que el Alma santísima de Cristo bajó triunfante y gloriosa al Limbo de los Santos Padres, sintió Bernardo que desaparecían las espantosas tinieblas en que había estado sepultado su espíritu. Empezó a gozar la serenidad, paz y consuelo, que eran prenuncios de más celestiales favores. Lo que más había (a)congojado el corazón afligido de Bernardo todo el tiempo del desamparo, oscuridad y tentaciones, era temer no hubiese cometido alguna culpa. Por esta causa fue muy singular el gozo que tuvo en la oración de la mañana del alegre día de la Resurrección del Señor. Pues le aseguró su Majestad que no le había ofendido y que había salido victorioso contra el demonio en los terribles asaltos, que le había dado en todo aquel tiempo. Estando dando gracias después de comulgar, entre los regalos que insinúa Bernardo, le dijo el Señor: ámame, que todo soy amable. Hicieron tal impresión estas palabras en su espíritu, que le suspendieron y dieron a gozar cosas indecibles, como él se explica. Fueron las primeras con que le habló el Señor,10 y produjeron tan admirables efectos en su alma que siempre que le venían a la memoria, le abrasaban todo en el divino amor. En esta primera habla interior le dio el Señor también discreción11 para conocer las hablas de su Majestad, y las que el mal espíritu o la imaginación calienta con su natural viveza, o con algún favor del cielo, que puede formar por si misma. Aquello, dice, se conoce por los admirables efectos que causa, que son, entre otros, un abrasado amor de Dios: ésta porque no causa más efecto que una cosa soñada.

Desde este feliz día de la resurrección del Señor, apenas hubo alguno en toda la vida de este dichoso novicio, que no recibiese particularísimos favores del cielo, como veremos. Pues los tiempos que interrumpían los favores sensibles, los desamparos que padeció, eran para el espíritu sólido de Bernardo gracias no menos estimables. El día de la Ascensión, contemplando el regocijo que había en el cielo cuando subió a él el Señor, se sintió tan inflamado que le pareció se acababa su vida dulcemente: desfallecía su alma con celestiales dulzuras que no podía explicar. Diole a entender el Señor que todos sus gozos, que le parecían incomprensibles, no eran más que una gota de los océanos de gloria que había este día en los cielos. Algunos días antes de la festividad fogosísima de la Venida del Espíritu Santo le dio el Señor grandes deseos de recibir al Divino Espíritu, junto con una particular luz de su indignidad. Esta no le desalentaba, y se valió de la poderosa intercesión de su dulce Madre María Santísima, a quien no se niega lo que pide, como decía Bernardo. “La víspera de la festividad, escribe, estando en oración por la mañana, fueron tales los ímpetus y saetas de amor, que cuando venía alguno de estos ímpetus, parece se deshacía el alma, abrasándola en fuego de amor. El cuerpo quedaba como desmayado y, aunque la herida que causan estos ímpetus es en lo profundo del alma, participa el cuerpo bastantermente”. Estas son algunas palabras del novicio.

Al tiempo de comulgar vino sobre su alma el Espíritu Santo. Pero diole a entender el Señor , al mismo tiempo, que este singular favor era para consolar, animar y fortalecer su alma, que había de entrar en batalla contra el infierno, con tentaciones y desamparos. Dejóle esta gracia grande conocimiento y confusión de su nada, indignidad y miseria12 para recibir tal huésped, como también instruido con las luces y fuego del Espíritu Santo. Pone los efectos que causó en su alma. “Lo primero, dice, experimenté una unión más subida y estrecha que la de antes, mayores dulzuras, mayores luces, mayores fuerzas y deseos de padecer”. Ahora le mostró el Señor por visión imaginaria dos ferocísimos demonios con el símbolo de dos perros grandes como Alanos con las fauces abiertas, que con la fogosidad de su furiosa rabia, parece venían a despedazarle. A esta visión imaginaria acompañó otra intelectual, con que conoció la terrible batalla que le esperaba con el infierno todo, y que empezaría el día después de la octava de Corpus13 a 4 de Junio. Profecía que se cumplió puntualmente como veremos. Los tres días de la Venida del Espíritu Santo fueron más continuados los ímpetus, dulzuras y desfallecimientos de su espíritu. Dióle el Señor estos días una gracia infinitamente estimable, que le duró toda la vida. Fue una continua unión con su Majestad en la parte superior de su espíritu, de suerte que en las cosas exteriores y aun en aquellas, a que (se) aplica intensamente el entendimiento, gozaba las mismas dulzuras que en la oración más retirada y fervorosa. Parecía, dice Bernardo, que está dividida el alma, y que hay un entendimiento para tratar y habitar en el cielo y otro para tratar y habitar en la tierra.

Prevínole14 el Señor más particularmente para el tiempo del desamparo con singularísimos favores, con locuciones frecuentes y regaladas, pero intelectuales; pues sola una vez oyó palabras con los oídos materiales. Descubrióle lo que había de padecer, y le consolaba prometiéndole su favor y el de los Santos sus devotos, principalmente de la esclarecida virgen Sta. María Magdalena de Pazzis.15 Dióle el Señor a esta Santa por especialísima abogada en los desamparos y tentaciones, por la grande semejanza que los trabajos interiores de Bernardo tenían con los que padeció esta paciente y amante esposa de Jesús. Pero el favor más provechoso y estimable que le hizo el Señor en este tiempo, fue darle por sí mismo unos medios muy eficaces contra las tentaciones del desamparo. Escribiólas como las copio en este lugar, y dicen así.

Medios contra tentaciones dados por Jesucristo:

Nunca en las tentaciones te muestres sin ánimo; pues no quiere otra cosa tu enemigo para hacerte más guerra. Cuando quisiere impedirte recibirme en la Eucaristía, haz lo que otras veces: que es ir a pedirle al superior te mande comulgar, como lo hacía mi sierva (esto es Sta. Magdalena de Pazzis, a quien la Virgen María dio este mismo medio contra esta tentación), y aunque no me sientas en tu corazón cuando me recibas, te he de fortalecer y animar mucho.

Cuando se halle tu parte inferior alborotada (lo cual hace el demonio) no hagas fuerza por hacer con mucho afecto los actos contrarios a las tentaciones, sino con quietud o vocalmente; porque tú quisieras entonces tener el sentimiento que ahora te doy, pero no le hallarás.

Procura que la parte superior de tu alma esté siempre en mí, aunque no lo sentirás.

En las tentaciones torpes, no hay más que paciencia; pues cuando acudieres a mi, te parecerá no me hallas, mas acude como pudieres. Cuando te halles más libre de esta tentación, renueva el voto de castidad, y pídeme a mi y a mi Madre te ayudemos, y haz todos los actos de aborrecimiento que pudieres.

En las tentaciones de desesperación observa lo dicho, cuando te hallares en lo más fuerte de ella. Quiero yo darme más a entender: y así digo que en esto entendí del Señor que, en lo más fuerte de las tentaciones, no me fatigase, sino que tuviese paciencia, y que después hiciese lo que ahora diré; aunque en medio de la tentación no había de dejar los afectos, pero con sosiego; y después acógete a mi y haz los actos contrarios.

En las tentaciones de blasfemias, que te parecerá decir contra mi, contra mi Madre y Santos, no te inquietes; pues no me ofendes en eso, antes me agradas; porque procuras resistir al enemigo, que te las sugiere; pero procura decir lo contrario con la boca, pues aunque te parezca lo dices de cumplimiento, lo dices muy de corazón.

En fin, en todas las tentaciones procura desafiar al demonio con ánimo16; y no te turbes, pues no quiere él más para persuadirte has consentido en todas sus sugestiones, y de aquí llevarte a la desesperación.

En tus tristezas no hallarás consuelo, sino en aquel que te he prometido (es a saber que antes me había ya el Señor prometido por único consuelo en el desamparo: a mi Padre espiritual,  y éste es de quien me dijo el Señor ahora estas palabras); porque si no me retirase yo, esto es, si te dejase los sentimientos que ahora tienes, no tendrías qué ofrecerme.

Ya te he ofrecido mi ayuda, la de mi Madre y Santos tus devotos.

Hasta aquí ( prosigue la pluma de Bernardo), las inteligencias que en este día me comunicó el Señor, las cuales me animaron en gran manera17, y en el desamparo me han servido de mucho. Lo que le consoló indeciblemente fue una celestial visita que tuvo el día de la octava del Corpus, después de haber comulgado, de la soberana Emperatriz de los cielos María Santísima, su dulce Madre. Hablóle esta amabilísima Señora para animarle a padecer, y le dijo: “que éste era el camino por donde había llevado el Eterno Padre a su santísimo Hijo, y que esta probación: esto es, el desamparo que me esperaba, era para que mostrase mi amor y su Divino Hijo se uniese conmigo. Lenguas de serafines (prosigue Bernardo) necesitaba para poder explicar lo que aquí pasó por mi alma”.

El principal efecto de este singular favor de María Santísima fue dejarle grandes deseos de padecer, viendo que esta era la voluntad del Señor. Efectivamente, padeció en grado más intenso todo el conjunto de penas, tentaciones y desamparos que insinuamos antes, y será preciso repetir después. Lo que se debe admirar como eficaz prueba del espíritu del Padre Bernardo, es que empezó y se acabó este tiempo de terrible probación el mismo día y a la misma hora que había profetizado. Empezó un viernes a cuatro de Junio y cesó a ocho del Julio siguiente.18

 

 
1           Cuando el Señor da al alma deseos verdaderos y ansias de sacrificio, de pureza, de humildad, etc es señal de que quiere concederle esos dones. Por ello San Ignacio alentaba a que sus hijos tuvieran grandes deseos de santidad y los fomentaran; él llegó a decir de sí mismo que si la santidad dependiera de los deseos, a ninguno en el mundo daría ventaja. El Señor paga los deseos, cuando son sinceros, como si fuesen obras: no desdeñó Dios el deseo del pobre. Por ello escribiría en uno de sus sermones San Juan de Avila: “los deseos de Dios, aposentadores son de Dios”.

2           Cuando, estando en Roma, le hablaban a San Ignacio de alguna persona muy favorecida de gracias y dones de Dios, y que era muy santa..., solía responder siempre con esta frase: “será santo si es mortificado”. Con ese fin escribiría para quien pedía ingresar en la Compañía la regla 12 del Sumario de las Constituciones: Para mejor venir a este tal grado de perfección (el amor a la cruz y el deseo de pasar injurias y menosprecios por amor a Jesucristo) ,tan precioso en la vida espiritual, su mayor y más intenso oficio debe ser buscar en el Señor nuestro su mayor abnegación y continua mortificación en todas cosas posibles”.

3           Es frecuente que los más grandes amigos de Dios sean probados de un modo muy especial; quizás por aquello de que el amor se conoce en el sacrificio. Con su gracejo característico escribía Santa Teresa: “qué mal tratas a tus amigos, Señor; por eso tienes tan pocos”. Y en otro lugar: “pues creer que admite a su amistad estrecha gente regalada y sin trabajo, es disparate” (Camino de Perfección, XVIII, 2); y con mayor claridad aún: “O somos esposas de tan gran Rey, o no: si lo somos ¿qué mujer honrada hay que no participe de las deshonras que a su esposo hacen?, aunque no lo quiera por su voluntad, en fin, de honra o deshonra participan entrambos. Pues tener parte en su reino y gozarle, y de las deshonras y trabajos querer quedar sin ninguna parte, es disparate” (Camino de Perfección XIII, 2)

4           Bernardo pasa por primera vez lo que, en términos ascéticos, se llama “desolación”. San Ignacio, en sus Reglas para discernir los espíritus, escribe así en su librito de los Ejercicios: “llamo desolación todo el contrario de la tercera regla (que trata de la consolación); así como oscuridad del ánima, turbación en ella, moción a las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a infidencia (desconfianza), sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste, y como separada de su Criador y Señor. Porque así como la consolación es contraria a la desolación, de la misma manera los pensamientos que salen de la consolación, son contrarios a los pensamientos que salen de la desolación”  (Regla 4ª).

5           Tres son las causas por las que se produce la desolación en un alma: por sus culpas (es lo que teme Hoyos en este caso), por probar al alma y para que comprenda que la consolación es un don y no una conquista propia. Así lo expresa Ignacio de Loyola en sus Ejercicios: “tres causas principales son porque nos hallamos desolados: la primera es por ser tibios, perezosos o negligentes en nuestros ejercicios espirituales, y así por nuestras faltas se aleja la consolación espiritual de nosotros; la 2ª por probarnos para cuánto somos, y en cuánto nos alargamos en su servicio y alabanza, sin tanto estipendio de consolaciones y crecidas gracias; la 3ª por darnos vera noticia y conocimiento para que internamente sintamos que no es de nosotros traer o tener devoción crecida, amor intenso, lágrimas ni otra alguna consolación espiritual, mas que todo es don y gracia de Dios nuestro Señor; y porque en cosa ajena no pongamos nido, alzando nuestro entendimiento en alguna soberbia o gloria vana, atribuyendo a nosotros la devoción o las otras partes de la espiritual consolación”  (Regla 9ª)

6           Grande era la lucha y fatiga interior de Bernardo, pero no se arredra ni pierde el ánimo. Pone en práctica los avisos que da para esta ocasión San Ignacio en su libro de los Ejercicios: “en tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos...” (Regla 5ª), y “el que está en desolación trabaje de estar en paciencia, que es contraria a las vejaciones que le vienen, y piense que será presto consolado, poniendo las diligencias contra la tal desolación...” (Regla 8ª).

7           Dios sabe muy bien cómo llevar al alma. Es el mejor pedagogo; nunca pide más de lo que el alma pueda darle. Tanto la desolación como la consolación, en sí no importan demasiado: son medios para conducir el corazón a Dios; son como las dos ruedas del carro, que permiten a éste avanzar. Un santo como Francisco Javier, le decía en ocasiones a Dios ante el aluvión de consolaciones que caía sobre él Basta, Señor, basta!  Y otros santos, como Teresa de Jesús o Magdalena de Pazzis, en medio de sus sufrimientos gritaban al Señor: O morir o padecer, no morir sino padecer. En la vida de todo hombre se alterna la consolación y la desolación a lo largo de su existencia. Nadie, quizá, ha expresado mejor esta realidad que Tomás de Kempis en su famoso libro de La Imitación de Cristo: “Pues cuando viene la gracia de Dios al hombre, entonces se hace poderoso para todo; y cuando se va, será pobre y enfermo, y como abandonado a los castigos. En estas cosas no debes desmayar ni desesperar, mas estar constante a la voluntad de Dios y sufrir con igual ánimo todo lo que viniere a gloria de Jesucristo. Porque después del invierno viene el verano, y después de la noche vuelve el día, y después de la tempestad, gran bonanza” (De la Imitación de Cristo, 17ª edición. Edit Apostolado de la Prensa, Madrid 1951; libro II, cap 8, 5; pg 95)

8           Cantar de los Cantares 3, 4.

9           El P. Miguel Godinez (Michel Wadding) era un irlandés, nacido en 1586 en Waterford (Munster). Sus padres, fervientes católicos perdieron gran parte de sus bienes bajo la persecución religiosa de la reina de Inglaterra Isabel I; enviaron a su hijo a estudiar al continente. Estudia en el Colegio irlandés de Lisboa y luego en el de Salamanca; aquí entra en la Compañía de Jesús haciendo su noviciado en Villagarcía de Campos (1609-1610), adonde vendrá un siglo después nuestro Bernardo de Hoyos. Tras un año de noviciado pide ser enviado a las misiones y junto con otros once misioneros se embarca en Cádiz en junio de 161º, rumbo a Veracruz. Es en este momento cuando Michel Wadding cambia su nombre por Miguel Godinez, castellanizando así su apellido. En Méjico cursa filosofía y teología en el colegio de San Pedro y San Pablo de la capital mejicana (1613-1619). Luego se dedica algunos años a misiones vivas entre los indios y después a la enseñanza de la filosofía y le teología en Puebla y Méjico capital. Escribió la Práctica de la Teología Mística, que tuvo varias ediciones en Europa (una de éstas sería la que leería más tarde el P. Hoyos). “En un estilo voluntariamente despojado de toda erudición y citas, trata orgánicamente de toda la vida espiritual: vida de oración y sus grados, dirección espiritual y discernimiento, en una síntesis densa, luminosa y atrayente. En el prólogo menciona a Santa Teresa, a quien desea imitar en su presentación sin afeites ni bagajes científicos. Pero detrás de su exposición de doctrina segura y teológicamente fundada, se pueden adivinar San Agustín, el Pseudo-Dionisio, San Bernardo, los Victorinos, Santo Tomás, Kempis, San Ignacio y San Juan de la Cruz. Su juicio sano reposa, además, sobre su propia experiencia y la práctica de dirección de almas escogidas” Un siglo después el jesuita y conocido por el P. Hoyos, P. Manuel Ignacio de la Reguera, la tradujo al latín bajo el título: Praxis Theologiae Mysticae, editada en Roma (1740-1745); pero para entonces hacía ya cinco años que había muerto Bernardo. Este Padre, palentino de Aguilar de Campóo, hizo su noviciado también en Villagarcía de Campos en 1682, y después de enseñar teología en Valladolid y Salamanca durante más de veinte años, fue enviado a Roma como “revisor general de libros” y teólogo privado del Cardenal Luis Belluga. Será uno de los que se consagren al Corazón de Jesús con la fórmula que había empleado el P. Claudio de la Colombière y por su cargo de “censor” de libros en Roma tendrá que ver con la aprobación del Tesoro escondido(Diccionario histórico de la Compañía de Jesús, t II pg 1762 y t IV, pg 3328)

10          Son esas palabras, que San Juan de la Cruz llama “sustanciales”, que son eficaces y dan una certidumbre total al alma.

11          El Señor concedió a Bernardo el don de una discreción de espíritus realmente extraordinaria. Es admirable la sutileza con que Bernardo analiza hasta los repliegues más íntimos de su corazón; basta leer su Gran Cuenta de conciencia, dirigida al P. Juan de Loyola, para convencerse de ello. Muestras no menos claras son sus dos Instrucciones espirituales, una dirigida a Osorio y la otra a Juan Lorenzo Jiménez, compañeros suyos de estudios.

12          Típico del espíritu de Dios es dejar en el alma humildad, deseos de padecer por El, valentía para arrostrar las dificultades..., mientras que cuando entra el espíritu malo, aunque aparentemente pueda haber indicios de esto, en realidad siempre acaba aflorando la vanagloria, una oculta y sutilísima soberbia y un disimulado apego de sí; es lo que se ha dado en llamar la baba del diablo, incapaz de disimularla. No en vano sus entrañas están hechas de mentira y soberbia. San Ignacio en las Reglas de discreción de espíritus escribirá así: “propio es del ángel malo, que se forma sub angelo lucis, entrar con la ánima devota, y salir consigo; es a saber, traer pensamientos buenos y santos conforme a la tal ánima justa, y después poco a poco procura de salirse trayendo a la ánima a sus engaños cubiertos y perversas intenciones” (Ejercicios espirituales, o. c. nº 332)

13          Es curioso que este día era el de la fiesta del Corazón de Jesús, aunque entonces todavía no existía en nuestra Patria.

14          Es propio del Señor fortalecer con abundante gracia a quien ha de ser probado de manera especial. El mismo San Ignacio, en su libro de los Ejercicios, alude a esta realidad diciendo cómo el alma en consolación ha de prepararse para la futura desolación, y viceversa, cómo no hemos de desesperar cuando estemos en desolación, porque de nuevo llegará la luz. Escribe así el Santo en las Reglas de discreción de espíritus: “el que está en consolación piense cómo se habrá en la desolación que después vendrá, tomando nuevas fuerzas para entonces”; “el que está consolado procure humillarse y abajarse cuanto puede, pensando cuán para poco es en el tiempo de la desolación sin la tal gracia o consolación. Por el contrario piense el que está en desolación, que puede mucho con la gracia suficiente para resistir a todos sus enemigos, tomando fuerzas en su Criador y Señor”; “el que está en desolación considere cómo el Señor le ha dejado en prueba en sus potencias naturales, para que resista a las varias agitaciones y tentaciones del enemigo; pues puede con el auxilio divino, el cual siempre le queda, aunque claramente no lo sienta; porque el Señor le ha abstraído su mucho hervor, crecido amor y gracia intensa, quedándole tamen (sin embargo) gracia suficiente para la salud eterna”  (Libro de los Ejercicios, o. c. nº 323-324-320)

15          Santa María Magdalena de Pazzi (1566-1607), nacida en Florencia y entrada en el Carmelo a los dieciséis años de edad. Poco después de su noviciado, a los diecinueve años pasó por una noche oscura, que duraría cinco años terribles de tentaciones y abandonos interiores dolorosísimos. Murió a los 41 años, habiendo comprendido y plasmado en sus escritos el valor del sufrimiento, llevado por amor a Dios y a las almas. De ella es la famosa frase: Señor, no morir, sino padecer¡

16          Recordaría aquí el Hermano Bernardo las Reglas de discreción de espíritus, que se explican durante el mes de ejercicios. En la regla duodécima de las concernientes a la primera semana de ejercicios, se expresa así San Ignacio: “el enemigo se hace como mujer en ser flaco por fuerza y fuerte de grado; porque así como es propio de la mujer, cuando riñe con algún varón, perder ánimo, dando huída cuando el hombre le muestra mucho rostro; y por el contrario, si el varón comienza a huir perdiendo ánimo, la ira, venganza y ferocidad de la mujer es muy crecida y tan sin mesura: de la misma manera es propio del enemigo enflaquecerse y perder ánimo, dando huída sus tentaciones, cuando la persona que se ejercita en las cosas espirituales pone mucho rostro contra las tentaciones del enemigo haciendo el oppósito per diametrum (lo contrario); y por el contrario, si la persona que se ejercita comienza a tener temor y perder ánimo en sufrir las tentaciones, no hay bestia tan fiera sobre la haz de la tierra como el enemigo de natura humana, en prosecución de su dañada intención con tan crecida malicia” (Ejercicios espirituales, o. c. nº 325)

17          Dios siempre anima y da fuerzas, aunque eso no ahorre sufrimientos a sus elegidos. San Ignacio lo dirá en una de sus Reglas de discernimiento: “propio es de Dios y de sus ángeles en sus mociones, dar verdadera alegría y gozo espiritual, quitando toda tristeza y turbación que el enemigo induce...”  (Ejercicios espirituales, o. c. nº 329)

18          Es curiosa esta insistencia del P. Loyola en las fechas, en que se produce la entrada o salida de alguna prueba espiritual. No sólo aquí, en otros pasajes de su vida observamos lo mismo. Con esto nos quiere decir cómo el Señor solía comunicar a Bernardo la duración de las mismas, comunicándole el don de profecía.


                       
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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