Empieza el Señor a favorecer al Novicio Bernardo, y los medios de que se valió para este fin la Providencia Divina. ("Vida". Libro Primero. Capítulo 3)

Continuaba el Hermano Bernardo los fervores de su noviciado con el método regular, a que se aplican comúnmente todos los novicios. No le pasaba por la imaginación lo que el Señor había de obrar en su alma; pues no le había significado el cielo las singulares y extraordinarias gracias que le tenía preparadas. Pero algunos días antes de la festividad1 de su gran devoto, el apóstol de las Indias San Francisco Javier, empezó a sentir algunos fervores desacostumbrados en su espíritu. Apenas se presentaba en la oración, cuando se ilustraba su entendimiento, se inflamaba su voluntad, se recogían todas sus potencias, se adormecían sus sentidos; se deshacía todo su corazón en ternuras, y las explicaban las dulces lágrimas que destilaban suavemente los ojos. Como estos peregrinos accidentes de espíritu eran desusados en el novicio, empezó a recelarse de ellos,2 temiendo algún engaño. Daba fiel cuenta de todo3 a sus Maestros4 de novicios, y aunque le consolaban y aquietaban sus recelos, siempre se turbaba un poco su espíritu con aquellos repentinos favores. Pasaron algunos días continuándose los consuelos y temores en la oración, en la Misa, en la sagrada Comunión y demás ejercicios espirituales hasta el día de San Francisco Javier.

Esta festividad de este grande Santo y grande apóstol, esperaba al Novicio la primera gracia extraordinaria y el primer favor más sensible, principio de los innumerables y singularísimos favores, que se habían de continuar y como amontonar en los breves años de su vida. Tuvo una visión imaginaria5 del Dios Niño en forma de Pescador divino, que con un anzuelo de oro andaba pescando corazones. Parecióle que el Pescador Niño tenía deseos y amorosas ansias de pescar con aquel anzuelo su corazón, y como estaba ya enamorado con las delicias pasadas, se deshacía el novicio porque le prendiese su corazón el celestial anzuelo de Jesús. Si esta visión imaginaria del Niño pescador, no hubiese dejado en el alma del Hermano Bernardo los sólidos efectos de perfeccionar las pequeñas virtudes de su estado, pudiera ser muy sospechosa; porque habían precedido algunas casualidades que pudieran ocasionar engaños a alguna imaginación menos varonil que la suya. Leíase por aquellos días en nuestro refectorio la vida maravillosa del Venerable P. Manuel Padial,6 de nuestra Compañía de Jesús, que murió en Granada a 28 de Abril del año 1725 con el olor y fama de santidad esparcida por todo el orbe. Entre los celestiales favores con que Jesús premió las heroicas virtudes del V. P. Padial, fueron las ternuras deliciosísimas de su divina Infancia.

Con muchas imágenes y celestiales formas hería el Niño Dios el corazón de su devotísimo siervo, como se refiere en su historia. Pero la que más frecuente tenía a la vista del alma y del cuerpo fue una laminita que había puesto en la mesa donde estudiaba. Representábase en ella un hermosísimo Niño Jesús, arrojando flechas a un corazón, imagen que flechaba continuamente el corazón del Venerable Padre y éste volvía ardientes saetas de amor al Niño Divino que le hería, diciéndole con inexplicables sagradas ternuras: esposo mío, amor mío; vida de mi alma, alma de mi vida; luz de mis ojos, único centro de mis ansias:... amorcico cazador que con la lanza matas. Estas y semejantes ternuras de amor al Dios Niño se leían por este tiempo en nuestro refectorio del noviciado, y las oía el novicio cuando el Niño pescador se le descubrió por visión imaginaria.

A esta visión sobrenatural pudiera hacer sospechosa otra casualidad para nosotros, y acaso providencia en los designios del Señor para con el novicio que quería favorecer. No sé, ni me acuerdo con qué motivo llegó a ver el Hermano Bernardo una estampa o pequeña vitela, en que se veía un gracioso Niño Jesús en forma de pescador, que echaba el anzuelo en un estanque para pescar un corazón. Pidióla a su Maestro de novicios; porque ya andaba muy herido su corazón de las saetas del Amor, que le arrojaba el Niño Dios en la oración y en todos sus ejercicios espirituales. Como el fin de tener esta pobre estampita era poner su corazón no en la imagen, sino en el original, condescendió fácilmente con la petición del novicio.

            Este Dios Niño pescador hizo al Hermano Bernardo los mismos celestiales favores, que el suyo cazador al Venerable P. Padial. De cierto, este Niño divino fue por quien empezaron las extraordinarias gracias, visiones, revelaciones, éxtasis, favores y cuantos peregrinos accidentes de un alma, sobremanera favorecida, veremos en la historia que escribo.

Estos dos acasos que he referido, pudieran hacer sospechosa la visión imaginaria del novicio, si la continuación de estupendos favores y el aumento de sus virtudes7 no nos descubriesen que aquellos acasos fueron medios al divino Amor para empezar a favorecer a su siervo. Pero lo que éste tuvo toda su vida por instrumento más inmediato de la divina Providencia para llenar su alma de favores, fue un papel8 de un alma favorecida extraordinariamente del Niño Dios por este mismo tiempo. Llegó a manos de su Maestro de novicios y, viendo éste que el mismo Dios Niño, al parecer, quería de su novicio algo más de lo que había declarado, se le leyó para inflamar más su corazón ya bastantemente movido.

A la verdad, no se pueden leer los inflamados afectos con que esta alma,9 favorecida del Dios Niño, desahoga su corazón enamorado sin sentir algunas centellas de este fuego seráfico. Algunas cláusulas del papel dicen así: Este Divino Niño no me deja, principalmente ayer por la tarde y noche, porque se me muestra tan hermoso, tan bello, tan lindo, tan benigno, tan dulce, tan sabroso, tan deleitable, tan risueño, tan amante, tan amoroso, tan amable, tan deseable, tan gracioso: totus desiderabilis (todo deseable), electus ex millibus (elegido entre millares), candidus et rubicundus (blanco y colorado), speciosus forma prae filiis hominum (el más hermoso de los hijos de los hombres),qui hariolari me facit; (que me vuelve loco y desatinado).

Yo le decía mil veces, y le digo: Niño Divino ¿qué quieres? Hiéreme, mátame, abrásame con tu amor. Niño mío ¿qué quieres? Y de esta suerte pasa la tarde con mil ternuras y coloquios, y aun andando y paseando y atendiendo a la conversación, se me mostraba tan amoroso que todo se me iba en decirle: Niño amante ¿qué quieres? Hiéreme, mátame, abrásame en tu amor. Hiéreme, mátame, abrásame en tu amor. Niño mío ¿qué quieres? Niño bello, amor mío, Niño tierno.

Se me partía el corazón, y quisiera correr y desahogarme a solas, porque este corazoncillo no cabía dentro y me daba impetuosos saltos. De esta suerte pasé hasta después de cenar con el Niño bello y amoroso, que me arroba, me hechiza, me encanta y me enamora con la maravilla de su hermosura porque me hería, in uno oculorum suorum (en uno de sus ojos) con su vista divina, como con un dardo de fuego deliciosísimo: me abrasa y me trae muerto con su amor.

Después, al dar gracias en la Iglesia,10 se me aumentó mi amor, porque allí estaba mi tierno Jesús. ¡Ay, mi dulce Niño! - le decía-, ¡Ay, mi bien, mi dueño!, ¡Ay, vida mía y mi amor querido!. ¿Qué quieres, Niño? Mátame, hiéreme, abrásame con tu amor. Mátame, consúmeme, aniquílame con tu amor. Y porque estaba partido por medio mi corazón, que así le veía y miraba alegre el Niño a mi corazón, y yo le decía: ¿Qué quieres, Niño, que ya está partido?; si quieres entrar dentro y estarte conmigo, sea enhorabuena; que yo te tendré conmigo y estaré contigo: viéndole me arrebataba y era imposible no deshacerme con aquel objeto de amor del Niño Jesusico, in quem desiderant Angeli prospicere (en quien desean mirarse los ángeles), que ahora entiendo cómo, aunque ya le tienen innamissibiliter (sin poderlo ya perder), le desean más y más. Oh dichosos espíritus, ¡qué prisiones tan amorosas las vuestras! Niño mío, -le decía- haz lo que quieres. ¡Oh Niño bello, totus desiderabilis, electus inter millia millium (enteramente deseable, escogido entre millares), Amado mío dulcísimo!

En este tiempo ofreciéndoseme las muchas ofensas 12 que contra mi Niño cometen los hombres, herido de amor y dolor, le decía: ¡Oh Niño hermosísimo! ¿Quién hay que os ofenda?, ¿quién tal hace?, ¿quién te ultraja?, ¿quién hay que te azote?, ¿quién hay que te injurie y crucifique? ¡Ay, que se pierden y te pierden! ¡Oh, quién pudiese hacer que yo te defendiese dentro de este mi corazón abierto y que nadie más te ofendiese! ¡Oh, quién pudiese esconderte, mi querido Niño! ¡Oh si todo mi cuerpo se hiciese menudas partículas e infinitas, y cada una fuese uno y mil serafines para abrasar todo el mundo y todas las almas en tu amor! ¡Oh, si cada una fuese una lengua, que por todo el mundo y a todas las criaturas predicase vuestras alabanzas y todos te conociesen!

Algunas veces volvía en mí y, viendo que con la ternura y amor perdía la reverencia a tan sagrada Majestad, solía decirle: mas, oh Señor, yo te pierdo el respeto, porque estoy loco con vuestro amor; pero luego volvía como antes: Oh Niño mío, abrásame etc..

Hasta aquí algunas palabras del papel que oyó leer Bernardo, enamorado ya del Niño bello, que por aquellos días inmediatos al de su santísimo Nacimiento mostró bien que sus delicias son estar con los hijos de los hombres: deliciae meae, esse cum filiis hominum. 13

Empiece el mismo novicio Bernardo a declararnos con algunas de sus palabras el modo con que el Niño divino empezó a comunicarle sus favores y celestiales cariños. “Luego que desperté el día de San Francisco Javier (dice), empecé a ejercitar nuevos afectos con el Niño Dios, con cuyo amor la noche antes se empezó a alterar y encender mi corazón. Al llegar a la oración, saltaba mi corazón en júbilos de alegría; y fomentaba la llama de su amor el abrasador de corazones, de suerte que yo le decía: Niño mío, mi amado, querido, y mi esposo, no tanto, que me quemo y abraso; mira que no sé de amor y, al mismo tiempo, le decía: Alma de mi vida, Vida de mi alma; Alma y Vida de mi vida y alma, hiere, consume, abrasa, enciende este mi corazón”.

Hasta aquí las palabras del novicio. Estos inflamados afectos y ardores de su pequeño corazón se avivaron más con singulares dulzuras y efectos maravillosos al tiempo de la sagrada Comunión. Sintió unos júbilos, suspensiones14 y amorosos ímpetus,15 que le arrebataban, de suerte que para divertirlos y que no saliesen a lo exterior, le mandó su Maestro de novicios se esparciese16 un poco. Consejo que miraba también a divertir la imaginación del novicio, por si aquellos sentimientos que decía, eran sólo de la imaginación recalentada con alguna sensible devoción y fervor, que luego pasa.

Obedeció puntualmente el novicio haciendo los esfuerzos posibles para divertir su imaginación y desechar aquellos deliciosos afectos. Pero, practicando todos los esfuerzos posibles para cumplir con la obediencia, apenas pudo conseguirlo después de tres o cuatro horas. ¡Qué poco sirven los medios de la prudencia humana cuando gobierna las almas el amor divino!

Desde este día de San Francisco Javier se continuaron con más sensible ardor todos los accidentes divinos, que empezaron a hacer impresión en el alma de Bernardo hasta el día del felicísimo Nacimiento de Jesús. En la Comunión de este sagrado día se conmovió sagradamente su corazón y, continuando en abrasarle la llama que se había encendido, al tiempo de la lección espiritual 17 del noviciado puso los ojos en el Niño pescador que tenía a la vista.

Quedó absorto, y a este tiempo sintió que el mismo Niño vibraba una saeta a su corazón. Los efectos de este favor fueron una llama de amor18 que le consumía con dulces suspiros y tiernas lágrimas. Pudo ocultarse esta suspensión, rapto o éxtasis milagroso; porque el amante Niño, que disponía fuese toda interior la vida de Bernardo,19 esperó para comunicársele a que su compañero de aposento saliese a visitar a los Hermanos novicios en su lección espiritual. Costumbre que observa el Hermano Distributario después que ha corrido un cuarto de hora de esta lección sagrada.

En este tiempo sucedió al novicio lo que hemos referido. Mas el día 29 de diciembre llegó a tales excesos de amor del Dios Niño, que no podía gozarlas sin ardientes exclamaciones. “La tarde del día 29 (dice Bernardo) fui a oración, donde a corto rato conocí en mi corazón un ardor no experimentado y, considerando al tierno Infante en el pesebre vibrándome flechas de amor, hacía con el corazón los mismos movimientos que si verdaderamente las viera venir. Quedeme por tres veces con la misma suspensión del día 25 con gran júbilo del corazón, y le decía: amor, cuyo amor abrasa, enciéndeme, enciéndeme, abrásame, consúmeme de una vez; o dame mayor cuerpo, porque este corazón no cabe en él. Otras veces me quejaba de que no podía sufrir tal ardor, diciendo: no puedo, mi amor, mi Niño, mi querido, no puedo, no puedo. Otras decía: Niño mío¿ qué quieres? Quieres, quieres el corazón; pues tómale, que tuyo es

           Hasta aquí algunas de las muchas palabras del novicio enamorado y absorto en el Niño Dios.

Los efectos20 que dejaban estos favores en el espíritu de Bernardo los notó él mismo para dar cuenta a su Maestro de novicios y examinarlos sólidamente. Cuando salía de esta oración tan regalada, todo le daba en rostro, y tenía amorosas ansias de morirse si fuese la voluntad de Dios. Deseaba encender a todos sus con-novicios y, si pudiese, a todo el mundo en aquellas llamas en que se abrasaba. “No cometiera (dice) una imperfección advertida, aunque me diesen mil muertes”.

Causábanle una profunda humildad, diciendo que otro cualquiera, a quien el Niño Dios hiciese estos favores, fuera más fervoroso y agradecido. Pedía continuamente a su amor Jesús que no permitiese cosa alguna exterior, que todos los favores fuesen entre los dos corazones. Con el Santísimo Sacramento y la Santísima Virgen empezó a tener la singular devoción, que se aumentó después hasta el elevado y regaladísimo grado que veremos.

Pero uno de los mas sólidos efectos de estos favores, señal cierta de que venían de un Dios Niño, comunicativo de los trabajos en que vivió desde su tierna edad (in laboribus a inventute mea), fue las ansias que empezó a tener el novicio de padecer trabajos por quien tantos regalos le hacía y prometía.21 Cómo el Señor empezó a regalar al fervoroso novicio con trabajos, aflicciones, penas, tentaciones y desamparos, veremos en el capítulo siguiente.22

 

 
1          La fiesta de San Francisco Javier se celebraba entonces y ahora también el día 3 de diciembre; fue en la madrugada de ese día cuando Javier entregó su alma a Dios en la soledad del islote de Sancián, frente a la China de sus amores y de sus sueños, donde no pudo entrar.

2          Es natural que aquel jovencito de 15 años, al sentir esas experiencias hasta entonces desconocidas para él, recelase algún tanto. Algo parecido experimentó Ignacio de Loyola al sentir cambios en su espíritu, que le hicieron decir para sus adentros: “¿qué vida es ésta que ahora comenzamos?”

3            Bernardo siempre fue un muchacho transparente. Siendo jesuita, lo fue todavía más, ya que una de las Reglas de la Compañía decía expresamente: “No deben tener secreta alguna tentación, que no la digan al Prefecto de las cosas espirituales, o a su Confesor, o al Superior, holgándose que toda su ánima les sea manifiesta enteramente. Y no solamente los defectos, pero aun las penitencias o mortificaciones, devociones y virtudes todas, con pura voluntad de ser enderezados donde quiera que algo torciesen; no queriendo guiarse por su cabeza, si no concurre el parecer del que tienen en lugar de Cristo nuestro Señor”. (Thesaurus spiritualis, Sumario de las Constituciones, regla 41; pg 228. Santander, 1935)

4          Tal vez el P. Loyola esté pensando en esos momentos en los dos Padres Maestros que, a final de año, tuvo Bernardo: los Padres Manuel de Prado, que dejaba de serlo, y Eguiluz, que por entonces se hacía cargo de los novicios.

5         Hay visiones imaginarias e intelectuales. “Estas visiones (las imaginarias) son, en efecto, - escribe Fray Efrén de la Madre de Dios- figuras más penetrantes que otras cualesquiera forjadas por la fantasía. Durante el sueño, las representaciones se ven a veces tan al vivo que ponen en movimiento nuestros músculos. Pero se borran con sólo advertir que despertamos de un sueño. Asimismo, cuando recordamos a solas una imagen o escena que nos ha causado gran impresión, quedamos como sobrecogidos, absortos. Mas un pequeño esfuerzo de la voluntad que sacuda la imaginación es suficiente para mitigar su fuerza y distraer a otras partes nuestra atención.

          Las visiones imaginarias no son sueños ni son reminiscencias. Aun suponiendo que la imagen recibida sea una copia de la que hemos visto con los ojos, no es, sin embargo, una reminiscencia; es una reacción sentimental provocada por una causa extraña que se interpone entre los sentidos corporales y la imaginación. Dicha causa, sin ser movida por la voluntad ni excitada por los sentidos exteriores, sacude tan profundamente la imaginación que no se puede confundir con ninguna de las causas dichas. Y es que no la mueve como un mecanismo externo, sino como penetrando pasivamente en la base misma de la imaginación, que es el alma. 

        En esto pueden intervenir dos causas directas: el demonio y Dios. Los dos son espíritus y pueden tener contacto con el alma a través de su envoltura corporal. El demonio sólo puede obrar como agente externo, sin llegar a la base del alma; puede representar imágenes en la superficie de la imaginación, pero el alma experimenta juntamente una sensación de fuga, como si al contacto de una cosa aborrecida huyese indignada. Dios, por el contrario, al mismo tiempo que se adapta a la imaginación tocándola por fuera, su acción llega hasta dentro y produce también una reacción, la cual no es de fuga, sino de gratitud, de remordimiento o de humillación; lo curioso es que aunque sean cosas desagradables, como una reprensión, el alma no huye aterrada, sino se rinde como sintiendo allí a su Señor. Todo esto se realiza sin premeditación alguna. Son reacciones absolutamente espontáneas”  Teresa de Jesús, edit BAC, tomo 74, pg 421)(Obras completas, Santa

        En el capítulo XXVIII del Libro de la Vida escribe Santa Teresa: “Estando un día en oración quiso el Señor mostrarme solas las manos con tan grandísima hermosura que no lo podría yo encarecer...” y más adelante, hablando de ambas visiones (intelectual e imaginativa) dice: “Queda el alma otra, siempre embebida; parécele comienza de nuevo amor vivo de Dios en muy alto grado, a mi parecer; que, aunque la visión pasada que dije que representa Dios sin imagen es más subida que para durar la memoria conforme a nuestra flaqueza, para traer bien ocupado el pensamiento es gran cosa el quedar representado y puesta en la imaginación tan divina presencia. Y casi vienen juntas estas dos maneras de visión siempre, y aun es así que lo vienen, porque con los ojos del alma vese la excelencia y hermosura y gloria de la santísima Humanidad, y por estotra manera que queda dicha se nos da a entender cómo es Dios y poderoso y que todo lo puede y todo lo manda y todo lo gobierna y todo lo hinche su amor” (Libro de la Vida, cap XXVIII, 9)

6      El P. Manuel Padial nació en Granada el 15 de abril de 1661. A los veinte años entró en el Noviciado de la Compañía de Jesús en Sevilla, cursa estudios en Granada, haciendo en esta ciudad la profesión solemne de cuatro votos el 8 de setiembre de 1694. Enseña en nuestro colegio granadino latinidad, filosofía y teología; en 1708 es nombrado Rector del mismo y a partir de 1711 se consagrará por completo a las tareas de un operario evangélico. El P. Padial fue un gran penitente, un alma contemplativa y un hombre entregado por completo a los demás, especialmente a los pobres y desvalidos; hombre a la vez sumamente ocurrente y de gran humor. En la partida de bautismo, que se conserva en la parroquia de Nuestra Señora de las Angustias, hay una nota escrita al margen que dice así: “Fue Padre de la Compañía de Jesús, y en ella, en su Colegio, murió el sábado veinte y ocho de Abril de mil setecientos y veinte y cinco, con grande opinión de santidad, con aclamación universal de esta ciudad; asistió a su entierro el Cabildo de la santa Iglesia catedral con su Ilmo. Señor arzobispo D. Francisco de Perea y Porras y Mendoza.- Dr. Brújula”

(Vida y virtudes del venerable Padre Manuel Padial, por P. Ramón García. Madrid 1889, pg 232)

7          El aumento de las virtudes en el alma es siempre la auténtica señal de que esos favores y gracias subidas provienen de Dios. El demonio puede crear una cierta “apariencia” de virtud, que a la postre resulta falsa. Dios siempre hace crecer al alma y de una manera más sensible cuando le da consolación. San Ignacio, en sus Reglas para discernir espíritus, escribirá: “3ª regla. La tercera de consolación espiritual: llamo consolación cuando en el ánima se causa alguna moción interior con la qual viene la ánima a inflamarse en amor de su Criador y Señor y consequenter quando ninguna cosa criada sobre la haz de la tierra, puede amar en sí, sino en el Criador de todas ellas. Asimismo quando lanza lágrimas motivas a amor de su Señor, agora sea por el dolor de sus pecados, o de la pasión de Christo nuestro Señor, o de otras cosas derechamente ordenadas en su servicio y alabanza; finalmente llamo consolación todo aumento de esperanza, fee y caridad y toda Leticia interna que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salud de su ánima, quietándola y pacificándola en su Criador y Señor”  (Ejercicios espirituales, nº 316)

8            Sabemos que el P. Juan de Loyola dirigía espiritualmente a Agustín de Cardaveraz que se hallaba en las alturas de la mística mientras hacía su teología en el colegio de San Ambrosio, en Valladolid. Agustín le da cuenta de lo que pasa por su alma y Loyola cree pertinente leérselo a su vez al Hermano Bernardo, que comienza a experimentar parecidas gracias.

9          Se refiere, evidentemente, al Hermano Agustín de Cardaveraz.

10         Habla de la iglesia del colegio de San Ambrosio, actual Santuario nacional.

12         Es digno de notarse este espíritu de “reparación” que apunta aquí en el P. Agustín de Cardaveraz, quien todavía no había leído el libro del Corazón de Jesús, escrito por el P. Gallifet.

13          Proverbios 8, 31

14         Santa Teresa habla de cómo Dios suspende a veces el entendimiento: “En la mística Teología que comencé a decir, pierde de obrar el entendimiento, porque le suspende Dios...Presumir ni pensar de suspenderle nosotros es lo que digo no se haga ni se deje de obrar con él, porque nos quedaremos bobos y fríos y ni haremos lo uno ni lo otro; que cuando el Señor le suspende y hace parar, dale de que se espante y se ocupe y que sin discurrir entienda más en un credo que nosotros podemos entender con todas nuestras diligencias de tierra en mucho años. Ocupar las potencias del alma y pensar hacerlas estar quedas, es desatino.”  (Libro de la Vida, cap 12, 5)

15         El Hermano Bernardo escribirá más adelante, para su uso personal, un tratadito sobre los “ímpetus”. Y lo define así: “Es una especie de padecer y gozar al mismo tiempo que purifica el alma mucho más que otros trabajos y pruebas; es un suavísimo martirio, dulce martirio de padecer y gozar”. Este martirio es producido por el hambre de Dios que siente el alma, un Dios que se da a gustar, pero no se da a poseer en plenitud. (El poder de los débiles, Máximo Pérez, edit Edapor, Madrid 1991, pg 125)

16         que fuese a dar un paseo

17         Los novicios daban media hora a la lectura espiritual en privado y otra media hora juntos en comunidad.

18        Para comprender esto, puede ayudarnos lo que Santa Teresa dice hablando del cuarto grado de oración: “Acaece venir este levantamiento de espíritu o juntamiento con el amor celestial (que a mi entender es diferente la unión del levantamiento) en esta misma unión...Yo he visto claro ser particular merced, aunque como digo sea todo uno o lo parezca; mas un fuego pequeño también es fuego como un grande y ya se ve la diferencia que hay de lo uno a lo otro: en un fuego pequeño, primero que un hierro pequeño se hace ascua pasa mucho espacio, mas si el fuego es grande, aunque sea mayor el hierro, en muy poquito pierde del todo su ser, al parecer... No diré cosa que no la haya experimentado mucho...

          Ahora hablando de esta agua que viene del cielo para con su abundancia henchir y hartar todo este huerto de agua...ya se ve qué descanso tuviera el hortelano... Esta del cielo viene muchas veces cuando más descuidado está el hortelano. Verdad es que a los principios casi siempre es después de larga oración mental, que de un grado en otro viene el Señor a tomar esta avecita y ponerla en el nido para que descanse. Como la ha visto volar mucho rato procurando con el entendimiento y voluntad y con todas sus fuerzas buscar a Dios y contentarle, quiérela dar el premio aun en esta vida; y ¡qué gran premio, que basta un momento para quedar pagados todos los trabajos que en ella puede haber!

        Estando así el alma buscando a Dios, siente con un deleite grandísimo y suave casi desfallecer toda con una manera de desmayo, que le va faltando el huelgo y todas las fuerzas corporales de manera que, si no es con mucha pena, no puede aun menear las manos; los ojos se le cierran sin quererlos cerrar o si los tiene abiertos no ve casi nada, ni si lee acierta a decir letra ni casi atina a conocerla bien: ve que hay letra, mas como el entendimiento no ayuda, no la sabe leer aunque quiera; oye, mas no entiende lo que oye. Así que de los sentidos no se aprovecha nada si no es para no la acabar de dejar a su placer y así antes la dañan. Hablar es por demás, que no atina a formar palabra ni hay fuerza ya que atinase, para poderla pronunciar; porque toda la fuerza exterior se pierde y se aumenta en las del alma para mejor poder gozar de su gloria. El deleite exterior que se siente es grande y muy conocido.

       Esta oración no hace daño por larga que sea... Verdad es que a los principios pasa en tan breve tiempo –al menos a mí así me acaecía- que en estas señales exteriores ni en la falta de los sentidos no se da tanto a entender cuando pasa con brevedad; mas bien se entiende en la sombra de las mercedes que ha sido grande la claridad del sol que ha estado allí, pues así la ha derretido. Y nótese esto, que – a mi parecer – por largo que sea el espacio de estar el alma en esta suspensión de todas las potencias, es bien breve; cuando estuviere media hora es muy mucho; yo nunca, a mi parecer, estuve tanto; verdad es que se puede mal sentir lo que se está, pues no se siente, mas digo que de una vez es muy poco espacio sin tornar alguna potencia en sí....

      Ahora vengamos a lo interior de lo que el alma aquí siente. Dígalo quien lo sabe, que no se puede entender, cuanto más decir. Estaba yo pensando cuando quise escribir esto (acabando de comulgar y de estar en esta misma oración que escribo), qué hacía el alma en aquel tiempo; díjome el Señor estas palabras: “Deshácese toda, hija, para ponerse más en Mí; ya no es ella la que vive, sino Yo; como no puede comprender lo que entiende, es no entender entendiendo”. Quien lo hubiere probado entenderá algo de esto...”  (Obras de Santa Teresa, BAC tomo 74; Libro de la Vida, cap 18 , 7-14)

19         A pesar de las gracias extraordinarias que gozó el P. Bernardo de Hoyos en su vida interior, éstas nunca se traslucieron al exterior; por eso algunos de sus compañeros, que le habían conocido y tratado, quedaron perplejos al conocer la gran riqueza de su espíritu, que se insinuaba ya en la nota necrológica, escrita por el P. Manuel de Prado. Mayor fuera su perplejidad si alguno de ellos hubiera podido leer el manuscrito que el P. Loyola estaba escribiendo por mandato expreso del P. Provincial

20         Dios no pasa en vano por el alma. El, la riqueza infinita, cubre de joyas al alma que visita. Así describe Santa Teresa algunos de los efectos que este paso de Dios produce en el alma: “Queda el alma de esta oración y unión con grandísima ternura de manera que se querría deshacer, no de pena sino de unas lágrimas gozosas... Queda el alma animosa, que si en aquel punto la hiciesen pedazos por Dios le sería gran consuelo. Allí son las promesas y determinaciones heroicas, la viveza de los deseos, el comenzar a aborrecer el mundo, el ver muy claro su vanidad...Vese claro indignísima, porque en pieza adonde entra mucho sol no hay telaraña escondia; ve su miseria... Queda algún tiempo este aprovechamiento en el alma; puede ya, con entender claro que no es suya la fruta, comenzar a repartir de ella y no le hace falta a sí. Comienza a dar muestras de alma que guarda tesoros del cielo y a tener deseo de repartirlos con otros y suplicar a Dios no sea ella sola la rica. (o.c. ,Libro de la Vida, cap 19, 1-3)

21         Al enterarse el P. Cardaveraz de los regalos y consuelos que gozaba Bernardo, le escribiría diciendo cómo este Niño Divino no tardaría en traerle la cruz, pues así premia a sus elegidos, y que se preparase para ello.

21         El oficio manual era una distribución corriente entre los novicios. Consistía en ocupar parte del tiempo en hacer instrumentos de penitencia, tales como cilicios y disciplinas, hacer rosarios, trabajar en el jardín u ocuparse en cualquier otro oficio de manos. Para hacerlo con perfección se dan algunas sugernecias en las Prácticas de Villagarcía, que regían la vida de los novicios y les enseñaban a buscar la perfección en todas las acciones. Entre otros pensamientos, aparecen éstos: El ser emperador Octaviano era entonces gran cosa a los ojos del mundo, y vil cosa el ser Jesús carpintero - No cabe en un palacio un mundano, y cabe Jesús en un taller - Para ocuparse por obediencia en oficio manual...es maravilloso dechado el Niño Jesús obedeciendo en un taller de carpintería, manejando la azuela, el escoplo, el barreno, los troncos, las astillas...(o. c. pg 82). Se ve que, en ese tiempo de oficio manual, Bernardo se dejó llevar de alguna impaciencia o enfado con algún compañero y debió responderle secamente o con acritud.

22         Este hermano era Juan Lorenzo Jiménez, que tuvo luego una grande amistad con Hoyos. Sería uno de los "cinco" que formarían el grupo de primeros apóstoles del Corazón de Jesús. Fue Juan Lorenzo Jiménez quien en 1733 escribiría un pequeño manuscrito sobre la devoción al Corazón de Jesús, pero era algo privado, para uso de aquel grupo inicial. De hecho, el P. Agustín de Cardaveraz escribe dando las gracias por el "devoto Resumen que tanto me consuela". Recién ordenado es destinado a nuestro colegio en Avila, y allí morirá prematuramente, víctima de la peste, después de haber enseñado Gramática y ejercido por poco tiempo su ministerio sacerdotal. Murió el 7 de diciembre de 1735, exactamente ocho días después de morir el P. Bernardo de Hoyos. Para este jesuíta, compañero suyo en teología, escribió Bernardo, en noviembre de 1733, una Instrucción espiritual, que trata de cómo ha de ser la vida virtuosa de un sacerdote.


                       
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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