| Pretende Bernardo
entrar en nuestra Compañía de Jesús, es recibido al
Noviciado, y sus primeros fervores.
("Vida". Libro Primero. Capítulo 2) No es maravilla que a alma tan inocente y bien dispuesta, comunicase el Señor un ardiente deseo de entrar en nuestra Compañía de Jesús, teniendo siempre a la vista la modestia, devoción y fervores de nuestros Novicios, imán tan eficaz y suave para tirar hacia el cielo de nuestra Religión los corazones, que muchos han entrado en ella sólo por admirar su semblante, más de ángeles que de jóvenes. Comunicó sus deseos Bernardo con uno de sus Maestros: mas, como según nuestro Instituto, no se pueden recibir en nuestra Compañía los que estudian Gramática en nuestros estudios sin expresa licencia de sus padres,1 le envió a su patria (pueblo), para que obtuviese el beneplácito de éstos, antes de solicitar la dicha que tanto deseaba. Examinaron su vocación hombres prudentes y la aprobaron sus deudos con todas las razones y experiencias que la naturaleza cariñosa emplea ciegamente en estas ocasiones. A todos satisfizo la razón despejada de Bernardo y estuvo incontrastable a toda prueba.2 Volvió a Villagarcía con el beneplácito de sus padres para solicitar la dicha de ser recibido en nuestro Noviciado: pero aún tenía que superar otros embarazos, porque sólo su Maestro sabía los intentos del pretendiente, cuya pequeñez de estatura y débil salud en la apariencia,3 había de ofrecer a la prudencia de nuestros Superiores los sólidos reparos que tuvo la vocación de San Antonino,4 grande en todo menos en el cuerpo, para entrar en la esclarecida Religión del grande patriarca santo Domingo. La pretensión del joven, propuesta a uno de nuestros Superiores que podía recibirle en nuestra Compañía, fue desechada con una repulsa manifiesta. A la verdad la prudencia en la elección de los sujetos para la vida religiosa pocas veces excede sus verdaderos límites. Fuera de que vocación tan sólida debía experimentar alguna prueba. No era el espíritu del joven pretendiente de los que ceden a las primeras dificultades y más cuando la divina Gracia añadía constancia a su genio firme. Valiose para conseguir su santo intento del muy reverendo P. José Félix de Vargas, que vivía y vive en nuestro colegio de Villagarcía, gustando de las delicias de la soledad, que no pudieron darle los empleos domésticos supremos que ocupó con singulares aciertos muchos años. Este reverendo Padre, que ya entonces había sido Visitador y Vice-Provincial de la Provincia de Andalucía,5 Provincial de nuestra Provincia de Castilla, y dos veces Rector de nuestro Real Colegio máximo de Salamanca, consiguió fácilmente la licencia del mismo6 que antes la negaba para que Bernardo fuese recibido en nuestra Compañía. Recibióle en la misma casa de probación de nuestro Noviciado de Villagarcía de Campos el muy reverendo P. Manuel de Prado, entonces Maestro de Novicios y Rector de aquel Colegio, después Provincial, y hoy Rector de este Colegio de nuestro Padre San Ignacio de Valladolid. Entró Bernardo en la Compañía a 11 de Julio de 1726. Los fervores con que empezó su Noviciado dispusieron su corazón y espíritu para los grandiosos y singularísimos favores, que empezó a comunicarle el cielo a los cinco meses de Novicio. Sería preciso, para declararlos, copiar aquí todos los primores de perfección que se leen en el Noviciado del ángel(ico) y venerado Hermano Juan Berchmans;7 porque, habiendo leído en los primeros días la celestial vida 8 de este angelical joven, desde luego se le propuso por ejemplar 9 para formar su noviciado. Para tenerle continuamente a la vista y rogarle que desde el cielo le favoreciese para salir con la empresa de imitarle perfectamente, pidió a su Maestro de novicios una estampa del venerado Hermano. Diósela gustoso, viendo el perfecto fin por que la deseaba, y al instante la puso en su aposento, adornada con el humilde y pobre adorno de otro papel más grueso que la defendía y algunas motas encarnadas que la hacían más visible; como todos los estilos y observancias de nuestro Noviciado son el original que copió en su alma devotísima el Hermano Juan Berchmans, a pocos días se halló nuestro novicio Bernardo perfectamente instruido en cuanto podía pertenecer a su estado. No leía cosa en la vida del ejemplar que se había propuesto, que no procurase practicarla con la misma perfección. Llevóle sus fervorosas atenciones el santo ejercicio de la oración, en que Dios le había de hacer tan iluminado y experimentado maestro. Preparábase por la noche con la puntual y constante observancia de las adiciones 10 que prescribe nuestro gran Padre San Ignacio para tener bien la oración. Iba por la mañana el primero o de los primeros, a adorar, reverenciar y amar a nuestro amante Dios, escondido en el Santísimo Sacramento de la sagrada Eucaristía.11 Allí ofrecía todo su corazón al Señor con los inflamados afectos que le comunicaba el sacramento de Amor, con quien tuvo las amorosas delicias que después veremos. Jamás faltó a esta devotísima práctica de los hermanos novicios, de ofrecer por la mañana sus obras a Dios en la presencia del Señor sacramentado. 12 Encendido ya en fervorosos afectos, que le disponían más de cerca para la oración, caminaba a la capilla del Noviciado,13 donde estaba muchas veces cuando llamaba la señal de la campana. A los principios empezaba la oración con el método que le enseñaban y en la materia que le prescribían; pero después, aunque empezaba en los puntos de los misterios que se proponían a los hermanos novicios, observando siempre en lo exterior la uniforme exterioridad de levantarse, adoración y todas las adiciones, en el interior de su espíritu tenía otro Maestro de novicios que le enseñaba.14 Temió no pocas veces que los divinos ardores de su oración descubriesen los secretos que deseaba muy ocultos; y en varias ocasiones le fue preciso, con la licencia que ya tenía, retirarse a su aposento para desahogarse un poco en lágrimas, sollozos suaves y suspiros. Las tardes de recreación larga pedía licencia para tener algún rato de oración, y entonces muchas veces era preciso orar en su aposento por los temores de quedar absorto y transportado. Se le inflamaba el semblante, corrían dulces lágrimas de sus ojos, quedaban yertos los miembros de su pequeño cuerpo y parecía un ángel en todo su exterior. Para cumplir exacta y literalmente las adiciones de nuestro Padre San Ignacio, para aprender el excelente arte de orar, examinaba la oración15 sentado un rato en el asiento humilde de su aposento, como lo practican siempre nuestros fervorosos novicios. Daba al Señor gracias por las luces que le había comunicado y por los favores que en ella había recibido. Notaba los descuidos que había tenido en prepararse, y si hallaba algunos, que no le faltaron los primeros meses, ponía singular estudio en enmendarse. Reparaba con atención el fruto que le había dado el Señor y los propósitos que había hecho para proceder todo el día con la perfección que le pedía su estado. En lo restante del tiempo que se señala a los novicios antes de oír Misa, componía su humilde lecho y todo lo demás que mira a la limpieza, aseo y decencia de su aposento. Hacíalo con el espíritu de devoción que había encendido en su pecho poco antes y conservaba ardiente en aquellas acciones externas. Asistía después al santo Sacrificio de la Misa con la devoción de un ángel; y no podía ser menos que angélica su devoción, pues innumerables veces le hacían visiblemente compañía los santos ángeles, en especial el príncipe de todos San Miguel y el santo ángel de su guarda. Favor más frecuente y se puede decir que diario en la sagrada Comunión, desde que empezó el Señor a favorecerle extraordinariamente. Con los ardores que comunicaba a su espíritu la oración y la santa Misa se conservaba lo restante del día, aun en los ejercicios exteriores y manuales, que prescribe su distribución a los novicios. Hacíalos Bernardo con singular gracia, expedición y desembarazo, porque para todo le asistía el Señor, y su genio vivo y oficioso le aplicaba con religioso empeño a cuanto le ordenaban. Parecía en las acciones externas un novicio como todos, pero el singular espíritu con que animaba todas las suyas, las comunicaba una celestial estima que no tienen las acciones comunes.16 Teniendo su espíritu tan unido con Dios, no es maravilla resplandeciesen todas las virtudes que se desean y continuamente se solicitan en nuestros novicios. La modestia, silencio, puntualidad a los ejercicios espirituales, conversación de materias piadosas y un candor sincerísimo con sus superiores, fueron como las flores vistosas del espíritu de Bernardo. Pudiera decir muchos y no vulgares ejemplos de estas pequeñas virtudes de este angelical novicio, si no temiera dilatarme con demasía. Pero diciendo que su oración era cual tenemos insinuado y veremos muy dilatadamente, y que aspiraba a ser un ángel en la pureza de su alma y un serafín en los ardientes transportes de su amor, se expresa que todo su exterior era del todo angélico. No es justo pasar del todo en silencio la virtud, que es el carácter de los novicios de la Compañía y la que los libra de las asechanzas del común enemigo. Esta es la claridad de conciencia con su Superior y Maestro de novicios, tan recomendada de nuestro Padre San Ignacio en la 3ª parte de sus Constituciones por estas encarecidas palabras, traducidas a nuestro idioma: No deben tener secreta alguna tentación, que no la digan al prefecto de las cosas espirituales, o a su confesor, o al superior, holgándose que toda su ánima le sea manifiesta enteramente, y no solamente los defectos, pero aun las penitencias o mortificaciones, devociones y virtudes todas, con pura voluntad de ser enderezados donde quiera que algo torciesen: no queriendo guiarse por su cabeza, si no concurre el parecer del que tienen en lugar de Cristo Nuestro Señor: regla excelente que nuestro santo Padre aprendió en las ilustraciones de la cueva de Manresa 17 y trasladó al libro admirable de sus Ejercicios en la regla 13 para conocer y discernir los espíritus,18 copiándola después en las reglas de nuestra sagrada Religión. En esta claridad de conciencia fue tan singular el P. Bernardo, que no tenía oculto el más mínimo pensamiento, afecto y movimiento de su corazón. Daba cuenta de conciencia a su Maestro 19 de novicios todos los días, y algunas veces, después que empezó el Señor a favorecerle extraordinariamente, la daba muchas veces al día; porque su humilde espíritu le hacía temer no le engañase20 el enemigo transfigurado en ángel de luz. Al salir de la oración de comunidad por las tardes, iba indefectiblemente a comunicar cuanto le había pasado en la oración, y si no había dado cuenta particular de lo sucedido en la oración de la mañana, lo comunicaba entonces. Si era exacto en la cuenta de conciencia de los favores que le hacía el Señor, observaba la misma y, si era posible, mayor exactitud en darla de sus pequeños defectos, pidiendo penitencia por ellos, y muchas veces de rodillas. Devotísima práctica que había aprendido en su dechado en la vida del venerado Hermano Berchmans. Acordábase, no sin devoción y santo asombro en las misericordias de Dios, de una acción particular muy pequeña en este asunto, la cual, en su dictamen, le dispuso para los singularísimos favores que recibió de Dios en su vida. Estaba en el oficio manual 21 con sus con-novicios, y sobre alguna pequeña duda que pudo ocurrir, dio una respuesta menos dulce, algo desabrida. Conoció al instante su falta, y al instante fue muy compungido a declararla a su Maestro de novicios, pidiendo con lágrimas le diese una penitencia por la falta que acababa de cometer. Fue preciso por consolarle en su aflicción señalarle una pequeña penitencia de visitar el Santísimo Sacramento o rezar alguna breve oración. Con esto se consoló y desde entonces no volvió en su vida a cometer culpa semejante. Con este espíritu de verdadera humildad y alientos de enmendarse se debe practicar este acto de humillación, frecuente en los novicios muy fervorosos. El Hermano22 con quien Bernardo cometió esta falta, le debió toda su vida especial cariño y santa amistad. Concurrieron en los estudios de Teología, y aquí se afervorizó (enfervorizó) tanto con la conversación de su santo amigo que en pocos días aprovechó de suerte en la perfección que voló su alma al cielo, como podemos pensar piadosamente, ocho días después que falleció el P. Bernardo. Favor que muchos han atribuido a las oraciones de este joven angélico, luego que se vio en la presencia del Señor, gozando de la grande gloria con que le premió sus fervorosas obras. En otras virtudes sólidas, que empiezan a cultivarse en el noviciado y con fruto de toda la vida religiosa, fue más que novicio Bernardo, como veremos más difusamente en esta historia. Los ejercicios de humildad23 que practican nuestros Hermanos Novicios eran como naturales en su angelical vida. Gustaba mucho de decir sus culpas en el refectorio (comedor), besar los pies a sus Hermanos, comer en el suelo, pidiendo de limosna su comida y otras penitencias que estilan todos. Pero no todos los animan con el espíritu de profundísima humildad, que había comunicado el cielo a este fervoroso novicio. Cuando al tiempo de la recreación o quiete pedía penitencia por sus culpas y se quedaba de rodillas para que sus Hermanos le dijesen las que le habían notado,24 era particularísimo su consuelo. Gozábase de que se las diesen a conocer con aquellos caritativos reparos y practicaba lo que había aprendido en la vida de su venerado Hermano Berchmans: rezar algunas oraciones por los Hermanos que le hacían aquel caritativo oficio. Pero sucedió algunas veces con asombro que, entre más de cincuenta novicios, no se hallase uno que hubiese advertido en el Hermano Hoyos la menor falta. Esto, en lugar de envanecerle, le humillaba, confundiéndose al ver en sí tantas faltas y notando en sus Hermanos el singular cuidado de sí mismos; atribuyendo a esta perspicacia en cuidar de sí el ningún reparo en las faltas ajenas. Fue admirable la penitencia de este pequeño novicio, pues siendo de una estatura y cuerpo tan débil que pudiera eximirle de las penitencias que hacían sus con-novicios, jamás quiso exención alguna. Las exenciones que deseaba y pedía con santa importunidad en este punto, eran no contentarse con las penitencias regulares del Noviciado. Todas las vísperas de comunión pedía alguna licencia, para hacer extraordinarias penitencias de cilicio, disciplina, vigilias, cama dura o semejantes, de que haremos particular mención cuando se trate de su penitencia. Sólo diré de paso, que el espíritu interior con que las animaba era el que había aprendido en las Vidas de San Luis Gonzaga25 y del Hermano Juan Berchmans. Que no usaba de estos ejercicios por la costumbre que suele introducir en muchos una tibieza deplorable, sino que los practicaba con tanto espíritu, vigor y fuerza, que la inocente sangre, manchando las paredes de su aposento, publicaba sus excesivos rigores, y que en estos ejercicios, expuestos a alguna complacencia vana en los novicios, tenía el solidísimo espíritu de los penitentes anacoretas y contemplativos. Del noviciado del venerado Hermano Bernardo omito tantas cosas, que pudiera formar muchos capítulos si no temiera que los singularísimos favores de su vida me han de detener demasiado. Sin la ponderación que suele ser ordinaria, pero desagradable en las vidas de los varones ilustres, aseguro que nada se lee en la Vida del venerado y angélico joven Juan Berchmans, que no se la viese practicar en su noviciado.26 Tuvo el pequeño más difícil oficio de distributario,27 y le sirvió con perfección tan sublime que se pudiera decir de cualquier novicio que le ejercitase perfectamente: parece otro Hermano Hoyos, como se decía en el Noviciado de Malinas: parece otro Hermano Berchmans. |
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El
permiso paterno era costumbre también para nuestro
Noviciado de Villagarcía de Campos. Como dice el P.
Máximo Pérez en su obra El poder de los débiles:
Se conservan autorizaciones paternas de
compañeros del P. Hoyos, pero faltan los folios
correspondientes cronológicamente a Bernardo y a otros
de sus coetáneos. Existía en el noviciado de
Villagarcía un libro de admisiones. En la página
correspondiente a cada candidato se anotaban tres cosas:
a) la petición de ingreso con la fecha de admisión; b)
los llamados votos de devoción, que los
novicios hacían privadamente al cumplir, más o menos,
el año de noviciado; c) el registro de los votos que los
novicios hacían al terminar el bienio del noviciado, con
los cuales quedaban constituidos religiosos. Este libro
de admisiones en Villagarcía está muy mutilado y
contiene grandes lagunas, entre las cuales están los
años que corresponden al noviciado de Bernardo (o.c.,
pg 51, nota 4) 2 Esto tuvo lugar probablemente en el año 1725, al terminar los exámenes que solían hacerse por el tiempo de los carnavales. Bernardo iría a su pueblo, aprovechando aquellos días de asueto, y no le fue especialmente difícil venir con el permiso de sus padres. Dos meses más tarde, el 23 de abril, moría su padre Don Manuel de muerte repentina. Así se dice en la partida de defunción: No recibió los sacramentos, habiendo muerto repentinamente. Tras el sepelio escucharía el niño Bernardo (aun no tenía 14 años) el testamento de su padre, que decía entre otras cosas: En atención de lo mucho que estima y quiere Dña Francisca de Seña, mi mujer, a mis hijos y suyos, llamados el uno Don Bernardo de Hoyos y Seña, y la otra Dña María Teresa de Hoyos y Seña, y lo mucho que desea su aumento, buena educación y enseñanza, y lo mismo me ha manifestado D. Tomás de Hoyos Bravo, mi hermano..., desde luego los elijo a cada uno in sólidum por tutores, procuradores testamentarios de los dos mis hijos para que los rijan, gobiernen y enseñen a buenas y cristianas costumbres... Con esto de alguna manera el permiso anterior para ser jesuita quedaba sometido a la voluntad de su madre y de su tío Tomás. Viendo la convicción de Bernardo y que su vocación no era fruto de un entusiasmo pasajero, sino de una voluntad lúcida y fuerte, no se puso dificultad alguna a que siguiera su camino. Como diría más tarde alguno de sus compañeros de colegio: Este niño era ya muy hombre. Y años más tarde, reflexionando sobre la vocación de Bernardo quien fuera su primer Maestro de novicios, el P. Manuel de Prado, se expresaba así: En la vocación y admisión de Bernardo en la Compañía hubo más de divino que de humano. 3 Aunque en los informes que acerca de Bernardo se enviarán más tarde a Roma se dice que sus fuerzas son buenas (vires robustae), sin embargo, sabemos que siempre fue de pequeña estatura, que aparentaba tener menor edad y menor desarrollo corporal de lo ordinario, y esto jugaba negativamente en su empeño de entrar en la Compañía. Aunque el parto del niño Bernardo no hubiera sido prematuro, sin duda jugó un papel importante lo que apunta el mismo Padre Hoyos en su famosa Cuenta de conciencia a su Director espiritual, el P. Loyola: Muchas veces mi madre me dijo que atribuía mi vida a un milagro, pues no conoció que estaba encinta casi hasta parirme, y así la hicieron sangrías y otros remedios que me debían a mí quitar la vida (Vida de Bernardo de Hoyos, P. Juan de Loyola, libro II, cap 9) 4 San Antonio (1380-1459), llamado por su escasa estatura el pequeño Antonio, fue en un principio rechazado cuando pidió la admisión en la Orden de los Dominicos. Para probar su vocación se le dijo que tenía que aprender de memoria nada menos que las Decretales de Graciano; así lo hizo y cuando al año siguiente se presentó al convento, fue admitido. Junto con Fra Angelico fue uno de los primeros dominicos que habitaron el monasterio de Fiésole. De 1433 a 1446 fue nombrado Vicario de la provincia toscana de la estricta observancia, fundando el célebre monasterio de San Marcos en Florencia, embellecido por las magníficas pinturas de Fra Angelico. Destacó sobre todo en teología moral, siendo obligado por el Papa Eugenio IV, bajo pena de excomunión, a aceptar el arzobispado de Florencia, donde hizo una labor pastoral extraordinaria. Solía decir que ningún negocio ni actividad ha de robarnos la paz del corazón, ya que siempre podemos tener en él un lugar solitario donde ser nosotros mismos y evitar el ruido mundano 5 En tiempos del P. Hoyos la Compañía de Jesús tenía cuatro Provincias en España: la de Castilla, Aragón, Andalucía y Toledo. Desde el año 1554 existían las tres primeras, pero en 1562 Andalucía se desdobla en Andalucía y Toledo. Cuando existen serios problemas en alguna Provincia, el P. General envía un Visitador con objeto de informarle sobre el terreno de lo que realmente ocurre. Un cargo así no se confía a cualquiera, lo que explica el peso que la opinión del P. José Félix de Vargas tuvo en la admisión del candidato. 6 Se refiere al entonces P. Provincial de Castilla, el P. Diego Ventura Núñez, o tal vez al Rector de Villagarcía y también Maestro de novicios, P. Manuel de Prado, quienes en un principio no veían clara la admisión de Bernardo por su pequeña estatura y su aparentemente débil salud. 7 San Juan Berchmans fue un jesuita flamenco, que ni siquiera había sido beatificado en tiempos del P. Hoyos. Nació en la localidad de Diest el año 1599. Desde el año 1612 estudió en el colegio de la Compañía de Jesús en la ciudad de Malinas y a sus 17 años fue admitido en el noviciado. Destacando por su espíritu religioso y su inteligencia, fue enviado a Roma en 1618 para hacer allí los estudios de filosofía y teología en el Colegio Romano. Cuál sería su alegría al ver que le daban como habitación la misma que había ocupado 31 años antes Luis Gonzaga, recién beatificado. El Hermano Berchmans se distinguió por cumplir con toda perfección las Reglas de su Orden. Fue ardiente en el amor a la Virgen Inmaculada y a Jesucristo. Era sumamente alegre y jovial, con un trato exquisito para con todos. Tras una breve enfermedad murió a los 22 años el día 13 de agosto de 1621. Cuando el Papa León XIII lo canonizó en 1888 dijo: dadme muchos jesuitas como este joven, que a todos los canonizaré. Su atractivo y su misterio residió en el arte de llegar a ser santo sin llamar la atención, viviendo sencillamente y con gran perfección la vida de cada día. Una de sus máximas preferidas era: antes reventar que quebrantar deliberadamente la más pequeña regla. 8 Más que una vida escrita, lo que circulaba entre los novicios de Villagarcía eran unos apuntes sobre el Hermano Berchmans, que se leían y copiaban con verdadera avidez. Bernardo de Hoyos le había tomado por ejemplar y guía de todas sus acciones. El P. Juan de Loyola había escrito las vidas de San Luis Gonzaga y de San Estanislao de Kostka, canonizados en julio de 1727 cuando Bernardo era aún novicio de segundo curso. Solamente más tarde, en 1739, daría a la imprenta su Vida del Hermano Berchmans. Sabemos que,a partir de la muerte de Bernardo en 1735, el P. Loyola fue simultaneando la tarea de escribir ambas vidas: la del jesuita vallisoletano y la del flamenco. Y los vió tan parecidos que incluyó en la Vida del Venerable Hermano Juan Berchmans, joven ángel de la Compañía de Jesús, un capítulo con este título: Verdadera copia del angélico Joven Hermano Juan Berchmans: el Padre Bernardo Francisco de Hoyos. En realidad fueron dos vidas paralelas, por ser las vidas de dos estudiantes, de dos jóvenes marcados por un fuerte deseo de perfección, muy parecidos en su vertiente externa, aunque en su mundo interior difirieran grandemente: Berchmans vivió una espiritualidad ordinaria sin especiales dones de oración, mientras que Bernardo fue llevado por un camino de oración extraordinaria. 9 En el Prólogo de la Vida del Venerable Hermano Juan Berchmans el P. Loyola llamará a Bernardo de Hoyos perfecto imitador de Juan Berchmans y un modelo más próximo a nosotros y no menos imitable que el otro. 10 Las adiciones son diez consejos que da San Ignacio al ejercitante para que haga mejor esa experiencia espiritual, que son los Ejercicios. Unas se refieren al cuerpo (postrarse reverentemente ante Dios, no disipar los sentidos, usar en ocasiones de penitencias corporales...) y otras al espíritu (pensar en cosas alegres o tristes de acuerdo con las meditaciones que se hagan, concentrar la atención de la mente...). Todas ellas pretenden crear un clima propicio, tanto interior como exteriormente, para poder darse con toda intensidad a la oración y trato con Dios. 11 Es costumbre en la Compañía de Jesús, lo mismo al comenzar que al terminar el día, visitar al Señor en el sagrario. El Hermano Hoyos lo hacía en la capilla del Relicario, así llamada por contener las reliquias de multitud de Santos, conseguidas en vida de Doña Magdalena de Ulloa, fundadora del colegio y que luego donaría a su sobrina Dña. Inés de Salazar. Esta edificaría una pequeña capilla, contigua a la Colegiata, que posee magníficas tallas con su respectiva theca, labradas por Tomás de Sierra. Sabemos que el Hermano Bernardo, como sus compañeros, hacían esta primera visita al Santísimo en el corillo que posee el Relicario, cuya puertecita de entrada y balaustrada se conservan hoy en día. 12 Había una oración que todos los novicios empleaban para ofrecer a Dios las obras y trabajos de la jornada y que generaciones enteras de jesuitas han seguido rezando después. Comenzaba de esta manera: ¡Oh Virgen Santísima!, yo entro humilde y confiadamente en este Relicario, como en casa vuestra y de vuestro dulcísimo Hijo, mi Señor Jesucristo...Ofrezco a Vos, ¡oh Padre celestial!, en obsequio vuestro todas las obras y trabajos de este día, unidos a los méritos de la Vida, Pasión y Muerte de mi Señor Jesucristo, a los de la Santísima Virgen y a los de todos los Santos. Ofrézcoos, Dios mío, el oro de la Caridad, el incienso de la Oración y la mirra de la Mortificación (Prácticas de Villagarcía, Francisco Javier Idiáquez, Madrid, 1948, pg 14) 13 Los novicios de Villagarcía hacían el ofrecimiento de obras en el corillo del Relicario, pero luego la hora de oración mental tenía lugar en la capilla de San Ignacio. Se conserva esta hermosa capilla, con un retablo casi churrigueresco, magníficamente dorado, en el que se hallan las estatuas de San Ignacio, San Francisco Javier y San Francisco de Borja. Además de los seis medallones, tallados por Tomás de Sierra en 1719, y que representan a los tres Santos mártires japoneses, a San Francisco de Regis y a los dos santos jóvenes Luis Gonzaga y Estanislao de Kostka, canonizados cuando Bernardo de Hoyos era aún novicio. 14 A poco de entrar en el noviciado, comenzó el Hermano Bernardo de Hoyos a tener un modo de oración más alto que el de la simple oración mental. El Espíritu Santo le llevaba por las sendas de una contemplación que normalmente viene después de consagrar a la oración mental mucho espacio de tiempo; porque como dirá San Ignacio en sus Ejercicios:es propio del Criador entrar, salir, hacer moción en ella, trayéndola toda en amor de la su divina majestad (Ejercicios espirituales, Reglas para discernir espíritus, nº 330) 15 El examen de la oración lo recomienda mucho San Ignacio para adelantar en ella. En la quinta adición dice así: después de acabado el exercicio, por espacio de un quarto de hora, quier asentado, quier paseándome, miraré cómo me ha ido en la contemplación o meditación; y si mal, miraré la causa donde procede, y así mirada arrepentirme, para me enmendar adelante; y si bien, dando gracias a Dios nuestro Señor; y haré otra vez de la misma manera (Ejercicios espirituales, nº 77) 16 Este interés por hacer con toda perfección las acciones ordinarias fue típico de San Juan Berchmans, el jesuita flamenco al que Bernardo profesaba una singular devoción ya desde novicio, leyendo y releyendo los apuntes que sobre su vida y virtudes corrían por el noviciado de Villagarcía. Por otro lado era propio de lo que les inculcaban al hacer el ofrecimiento de obras al Señor: no bastaba con ofrecer simplemente las obras al comienzo del día, sino hacerlas luego con la mayor perfección, como algo que se ha ofrecido al Señor, y a Dios no se le puede ofrecer una chapuza. Por eso en las Prácticas de Villagarcía se leían estas frases: Los pastores ofrecen pobres dones; los Reyes ricos presentes; hagamos el ofrecimiento de nuestras pobres obras, persuadidos que la pureza de intención las convertirá en oro, incienso y mirra agradables al Niño Jesús (Prácticas de Villagarcía, pg 13). Con ello no hacía Bernardo sino poner en práctica la Regla 17 del Sumario de las Constituciones que se leían cada mes en el comedor y que dice así: Todos se esfuercen de tener la intención recta, no solamente acerca del estado de su vida, pero aun de todas cosas particulares, siempre pretendiendo en ellas puramente el servir y complacer a la divina bondad por sí misma, y por el amor y beneficios tan singulares en que nos previno, más que por temor de penas, ni esperanza de premios, aunque de esto deben también ayudarse; y en todas las cosas busquen a Dios nuestro Señor, apartando, cuanto es posible, de sí el amor de todas las criaturas, por ponerle en el Criador de ellas, a él en todas amando, y a todas en él, conforme a su santísima y divina voluntad (Thesaurus spiritualis Societatis Iesu, Santander, 1935, pg 217) 17 San Ignacio aprendió en Manresa lo bueno que era abrir siempre por completo la conciencia al confesor. El siempre lo hacía y eso le salvó la vida en una ocasión, cuando llevado de su deseo de hacer penitencias estuvo seis días sin comer ni beber cosa alguna y declarándolo a su confesor, le obligó éste a que rompiera aquel ayuno. 18 La regla decimatercera de la discreción de espíritus, hablando de las astucias que emplea el demonio para engañar y perder a las almas, dice así: La terdécima: asimismo se hace (el demonio) como vano enamorado en querer ser secreto y no descubierto: porque así como el hombre vano, que hablando a mala parte requiere a una hija de un buen padre, o a una muger de buen marido, quiere que sus palabras y suasiones sean secretas; y el contrario le displace mucho, cuando la hija al padre o la muger al marido descubre sus vanas palabras y intención depravada, porque fácilmente collige que no podrá salir con la impresa comenzada: de la misma manera, quando el enemigo de natura humana trae sus astucias y suasiones a la ánima justa, quiere y desea que sean recibidas y tenidas en secreto; mas quando las descubre a su buen confesor o a otra persona spiritual, que conozca sus engaños y malicias, mucho le pesa; porque collige que no podrá salir con su malicia comenzada, en ser descubiertos sus engaños manifiestos (Thesaurus spiritualis, pg 107. Hemos conservado tal cual el texto original) 19 Bernardo tuvo dos Maestros de novicios durante su estancia en Villagarcía. Comenzó con el P. Manuel de Prado, que era Rector y a la vez el Maestro de novicios; y a los tres meses dejó el cargo, siendo sustituido por el P. Ignacio Eguiluz, que lo había sido ya anteriormente. Junto al Maestro de novicios estaba siempre la figura del Padre Ayudante, así llamado porque se ocupaba de aliviar la excesiva carga del Maestro, que con frecuencia era también el Rector del Colegio. Ayudante del P. Eguiluz será, por segunda vez, el P. Juan de Loyola. Este hombre va a ser crucial en la vida de aquel novicio de quince años. 20 Bernardo tenía presente las Reglas de discreción de espíritus, que le habrían explicado durante su mes de Ejercicios (la principal prueba de todo novicio jesuita). Una de ellas dice: propio es del ángel malo, que se forma sub angelo lucis, entrar con la ánima devota y salir consigo; es a saber, traer pensamientos buenos y santos conforme a la tal ánima justa, y después poco a poco procura de salirse trayendo a la ánima a sus engaños cubiertos y perversas intenciones (Ejercicios espirituales, nº 332) 21 El oficio manual era una distribución corriente entre los novicios. Consistía en ocupar parte del tiempo en hacer instrumentos de penitencia, tales como cilicios y disciplinas, hacer rosarios, trabajar en el jardín u ocuparse en cualquier otro oficio de manos. Para hacerlo con perfección se dan algunas sugerencias en las Prácticas de Villagarcía, que regían la vida de los novicios y les enseñaban a buscar la perfección en todas las acciones. Entre otros pensamientos, aparecen éstos: El ser emperador Octaviano era entonces gran cosa a los ojos del mundo, y vil cosa el ser Jesús carpintero - No cabe en un palacio un mundano, y cabe Jesús en un taller - Para ocuparse por obediencia en oficio manual......es maravilloso dechado el Niño Jesús obedeciendo en un taller de carpintería, manejando la azuela, el escoplo, el barreno, los troncos, las astillas... (o. c. pg 82). Se ve que, en ese tiempo de oficio manual, Bernardo se dejó llevar de alguna impaciencia o enfado con algún compañero y debió responderle secamente o con acritud. 22 Este hermano era Juan Lorenzo Jiménez, que tuvo luego una grande amistad con Hoyos. Sería uno de los cinco que formarían el grupo de primeros apóstoles del Corazón de Jesús. Fue el Juan Lorenzo Jiménez quien en 1733 escribiría un pequeño manuscrito sobre la devoción al Corazón de Jesús, pero era algo privado, para uso de aquel grupo inicial. De hecho el P. Agustín de Cardaveraz escribe dando las gracias por el devoto Resumen que tanto me consuela. Recién ordenado es destinado a nuestro colegio en Avila, y allí morirá prematuramente, víctima de la peste, después de haber enseñado Gramática y ejercido por poco tiempo su ministerio sacerdotal. Murió el 7 de diciembre de 1735, exactamente cinco días después de morir el P. Bernardo de Hoyos. Para este jesuita, compañero suyo en teología, escribió Bernardo, en noviembre de 1733, una Instrucción espiritual, que trata de cómo ha de ser la vida virtuosa de un sacerdote. 23 Estos ejercicios de humildad, de los que habla aquí el P. Loyola, han estado vigentes hasta no hace muchos años en los noviciados de la Compañía. Se trata de tradiciones, en buena parte monásticas, que se fueron incorporando a la vida jesuítica y que hoy han caído en desuso. Loyola cita las más ordinarias y frecuentadas por todos: decir delante de todos y de rodillas, en el comedor, las faltas de tipo externo en que uno había incurrido; ir pidiendo comida por las distintas mesas como pudiera hacerlo un pobre de la calle, besar los pies de quienes están sentados a la mesa en señal de humildad, y otras parecidas. Loyola destaca, y con razón, el espíritu con que hacía Bernardo estas penitencias y actos de humildad, por cuanto sin ese espíritu no pasarían de ser actos más o menos teatrales y pintorescos. Las Prácticas de Villagarcía enseñaban a los novicios a llenar de contenido estas prácticas externas. Así se dice en ellas: Al besar los pies considerar a Cristo puesto a los pies de sus discípulos para lavárselos...Al comer de pobre o de limosna: consolarse con que también los perrillos comen de las migajas que caen de las mesas de sus señores... Al decir la culpa, avivar el espíritu de compunción y propio conocimiento. Recordemos la máxima de San Juan Berchmans: No me avergonzaré jamás de hacer con frecuencia penitencias en el refectorio (o. c. pgs 101-102) 24 Uno de los modos para hacer adelantar a los novicios en la humildad era el llamado ejercicio de culpas. Era un ejercicio de fina caridad, ya que no pretendía otra cosa sino ejercer la corrección fraterna, ayudando al hermano a ser consciente de sus faltas y a enmendarse de ellas. Cuando uno desea entrar en la Compañía de Jesús, se le da a leer un documento de índole prevalentemente informativa, en el cual se ofrece al candidato una cierta noticia de la misma. Ese documento tiene por título: Primero Examen y General que se ha de proponer a todos los que pidieren ser admitidos en la Compañía de Jesús. Consta de ocho capítulos, en los que se desarrolla lo más esencial de la Orden; en el capítulo cuarto, que lleva por título: De algunas cosas que más conviene saber a los que entran de lo que han de observar en la Compañía, se dice en el nº 8: Para más aprovecharse en su espíritu y especialmente para mayor bajeza y humildad propia, le será demandado si se hallará contento que todos errores y faltas, y cualesquiera cosas que se notaren y supieren suyas, sean manifestadas a sus mayores por cualquiera persona que fuera de confesión las supiere. Siendo él mismo y cada uno de los otros contento de ayudar a corregir y de ser corregido, descubriendo el uno al otro con debido amor y caridad, para más ayudarse en espíritu, mayormente cuando le sea demandado por el Superior que de ellos tuviere cuidado a mayor gloria divina (Constituciones de la Compañía de Jesús. Normas Complementarias, edit. Mensajero y Sal Terrae, Bilbao-Santander, 1996; pg 60) 25 Entre las muchas obras que el P. Juan de Loyola publicó, una de ellas fue la Vida de San Luis Gonzaga; probablemente con motivo de la canonización de este santo en 1726 y que el novicio Hoyos pudo leer en Villagarcía. Asimismo, ya hemos dicho cómo por el Noviciado corrían unos Apuntes de la vida de San Juan Berchmans, aunque en este caso no saldría a luz la Vida de este Santo sino unos años más tarde, en 1738, escrita también por Loyola. 26 Bernardo de Hoyos vivió muy poco tiempo en la Compañía de Jesús; solamente nueve años, cuatro meses y dieciocho días; pero ya desde el comienzo inició su carrera de santidad al sprint, por usar un término deportivo, y se cumplió en él la frase que la Sagrada Escritura aplica a los Santos que mueren jóvenes: conssumatus in brevi, explevit tempora multa (en poco tiempo, vivió mucho). Bernardo fue un admirador e imitador de los tres Santos jóvenes jesuitas: de Juan Berchmans, que vivió cinco años en la Compañía, de Luis Gonzaga, que vivió cuatro de jesuita, y de Estanislao de Kostka, que no llegó siquiera a vivir un año completo en la Compañía. Pero los tres vivieron con prisa su vida. 27 El Distributario en un noviciado jesuítico es el encargado de hacer de enlace entre el Padre Maestro y los novicios. A él se le dan las órdenes o avisos que se han de trasmitir, está en contacto con el Maestro para todo lo referente a la vida del noviciado: trabajos, fiestas, descansos, cambios en la distribución de la jornada, etc. Desempeñar ese cargo indica una serie de cualidades en el que lo ejerce y supone un sujeto digno de la confianza de sus Superiores. |