| Compadecido Bernardo de
las muchas enfermedades y muertes, que sucedieron en este
año, clama a María Santísima por el remedio, y en
parte le consigue. ("Vida". Libro Primero. Capítulo
16) Cierta cosa es y muy sabida por las divinas Letras y por las historias humanas que las enfermedades y muertes son castigo por los pecados del mundo. Así lo conoció Bernardo por noticias que le comunicó el cielo en orden a la epidemia, que hacía por este tiempo tanto estrago en la villa1 y país, donde moraba. Dióle a entender el Señor que las enfermedades y muertes eran castigo y misericordia. Castigo de los pecadores, que su infinita sabiduría estaba viendo que no se habían de enmendar y convertir. Misericordia, porque si viviesen más tiempo en esta vida, serían escándalo y ruina para pervertir a otros; y los pecadores impenitentes atesorarían con los años más terribles tormentos para la eternidad. Eran también misericordia las enfermedades para los que con ellas se convertían y enmendaban. Lo que hizo a Bernardo concebir un horror sumo al pecado fue la visión siguiente: mostrósele el Señor después de haber comulgado el día del invicto mártir San Lorenzo,2 con su sacratísima cabeza ensangrentada y que de ella corrían hilos de aquella sangre divina, que bañaban su hermosísimo rostro, aquel rostro en que tienen su gloria los serafines. De la llaga del costado que descubría reciente, corría tanta copia de aquella preciosa sangre que bañaba todo el sagrado cuerpo. Díjole el Señor con grande amor: Desechado de los hombres, me vengo a consolar con mis almas escogidas. Con estas amorosas palabras entendió lo mucho que el Señor era ofendido. La Llaga del costado significaba la enormidad de los pecados de los indignos sacerdotes.3 Con esta visión y locución quedó Bernardo sumamente compadecido del amorosísimo Jesús llagado, y deseoso de rogar instantemente por los pecadores. Recurrió, amante y confiado, a la que es Madre piadosa aun de los que hemos pecado, ni queremos convertirnos, haciéndola una fervorosa novena. Correspondió esta Señora con singulares favores para alentar la confianza con que debía tratar con su Majestad el remedio de la calamidad pública. Al tiempo de comulgar el día de la Asunción4 gloriosa de María Santísima a los cielos, oyó una celestial música de innumerables ángeles, que la cantaban algunos motetes de los Cantares. A esta celestial música se estremeció sagradamente y le pareció que su espíritu, desamparado del cuerpo, volaba al empíreo a ver la festividad gloriosa, que se celebraba en honor de la Reina de la corte celestial. Vio a María Santísima sentada en un trono riquísimo, semejante al que describe en otra visión del Rey de la Gloria. Acompañaban muchos ángeles y santos a su Reina, gozándose el joven de ver a los lados del trono a sus Santas Teresa y Magdalena de Pazzis. Absorto se hallaba con esta gloria y visión cuando, entre mil amorosos afectos, renovó la carta de esclavitud,5 como acostumbraba en las grandes festividades de esta soberana Reina. Viéndose tan favorecido de la benigna Madre de pecadores, miraba humildemente por el remedio de la calamidad pública. Entonces le dijo amorosamente María Santísima que sus oraciones habían sido oídas y que estuviese cierto que presto empezaría a cesar la epidemia. Volvió Bernardo la tarde de este feliz día en tiempo de la oración a renovar su carta de esclavitud, pidiendo a esta amabilísima Señora se dignase admitirle por su esclavo. Mas oyó con indecible consuelo de su alma que le decía nuestra Señora: No sólo te admito por esclavo, sino también por hijo muy amado.6 Causóme este favor (dice el fiel siervo de María) una confusión grandísima, y entendí varias cosas para mi dirección con solas estas palabras. Parecióle a Bernardo algunos días después que tardaba en cumplirse la promesa que María Santísima le había hecho de que cesarían las enfermedades. Instaba fervoroso y reconvenía con su palabra infalible7 a la Madre de las piedades, y oyó en su alma que le decían que estuviese cierto de la promesa; que ya no eran tantas las muertes; que poco a poco se disminuirían y que la Madre piadosísima de Jesús detenía el brazo de la justicia del Señor, justamente irritado contra los pecadores. El modo con que María Santísima detuvo el brazo airado de su Hijo, Juez rectísimo contra los pecadores, fue en esta forma. Ví (dice Bernardo) en el aire un trono, en que estaba sentado Cristo con rostro airado y con un arco, armado con una saeta, todo de fuego. Vi por visión intelectual todo el mundo revuelto, lleno de lujuria, avaricia y rencores o enemistades; por lo cual el Juez que estaba en el trono quería disparar la saeta. Por otra parte, salió un escuadrón de demonios que pidió al Juez usase de su justicia contra los pecadores, y a estos acusadores siguió otro escuadrón de los ángeles de guarda que, haciendo acatamiento al que estaba en el trono, pidió venganza y justicia contra los que menospreciaban sus inspiraciones, se revolcaban en los tres vicios arriba dichos, pues son los que particularmente les movían a esta petición. Condescendió el Señor, y disparó la saeta hacia la tierra, que arrojó al infierno muchos pecadores y priva al mundo de muchos justos. Iba a asegundar8 otra saeta, cuando vi que María Santísima puesta ante el tribunal del Juez detenía su brazo9, movida de las súplicas de sus siervos. Oyó el Señor la oración de su Madre y concedió lo que pedía con tal que los hombres se enmendasen, y que para esto se valía de las enfermedades, diciendo: ego percutiam, et ego sanabo.10 De suerte que las enfermedades ya no eran tanto castigo, como medio para evitar el castigo. Pero entendí que si los hombres no se enmendaban, verían sobre sí el brazo de la ira de Dios y así se lo intimó San Miguel que, acompañado de muchos ángeles, con espada de fuego, dijo con voz de trueno: nisi conversi fueritis, gladium suum vibrabit 11( Salmo 7, v. 13 et 14). Después de esto se volvió el Señor a mí y me mandó escribir lo que había visto, que en suma es lo que dejo dicho. Hasta aquí la visión contra los pecadores. Esta visión temerosa inflamó el celo de Bernardo para pedir por los reos de la divina Justicia. Rogaba al Señor le mostrase qué podía hacer por éstos y en qué podía servir a su Majestad, y oyó que le decía con grande amor: Si me amas,¿ qué más quieres? Si yo te quiero,¿ qué más deseas? Lo que deseaba y quería Bernardo, era que el Señor perdonase a los pecadores.12 Empezó a pedir por ellos, y conociendo que su Majestad se agradaba de sus humildes y fervientes súplicas, se encendió en mayores ansias de pedir por los miserables. Como fuera de sí, con amoroso celo por la honra de Dios y salvación de las almas, decía con Moisés: aut dimitte eis hanc noxam, aut si non facis, dele me de libro tuo, quem scripsisti: Señor mío amabilísimo, perdonad a este pueblo; o si no lo hacéis, borradme de vuestro libro en que me habéis escrito.13 Así clamaba este celoso y amante siervo del Señor con ansias fervorosas, deshaciéndose en lágrimas; pero con mucha suavidad, quietud, dulzura e indiferencia de espíritu. El libro, en que Bernardo estaba escrito y de que decía al Señor, con semejante espíritu al de Moisés, que le borrase si no perdonaba a los pecadores, era el libro de la vida y predestinación. Pero se puede entender el celestial Libro, que por este tiempo se le mostró en una regalada visión. Vio después de comulgar un hermosísimo joven, que entendió ser el Arcángel San Gabriel enviado por María Santísima. Traía el celeste Príncipe un grande y admirable Libro, en que estaban escritos con letras de oro los nombres de los hijos regalados de María. Vio muchos nombres escritos en este Libro del cielo; pero conoció sólo uno de un Hermano de nuestra Compañía de Jesús. Como la devoción de esta celestial Reina es señal de predestinados, pudo aludir a este Libro la extática expresión de Bernardo, cuando dijo: o perdónalos, Señor, o bórrame del libro en que estoy escrito. Inclinóse la piedad del Señor a las oraciones de su siervo y de otras almas, que le pedían instantemente que cesase del todo la epidemia. Cesó, en fin, y conoció Bernardo que aun las muertes de muchos habían sido misericordia de Dios. Referiré solas dos, que tocaban muy de cerca a este amante y celoso joven. Murió en nuestro Colegio de Medina del Campo, a fines de octubre de este año, el Hermano Francisco de Abásolo, condiscípulo de Bernardo en la Filosofía. Era un joven humilde, angelical y sólidamente virtuoso. Arrebatóle esta calamidad pública, con grande misericordia del Señor sin duda, ne malitia mutaret intellectum eius; para que la milicia del mundo no mudase su entendimiento y, por consiguiente, su voluntad y virtud. Fue su muerte dichosa, pues voló su alma al cielo, habiéndose detenido solos tres días en el purgatorio. Así lo entendió Bernardo; porque, favoreciéndole el Señor el día de todos los Santos14 con una visión maravillosa, en que se le mostró toda la corte celestial, vio a su amado condiscípulo entre los Jesuitas, que ya reinaban con Jesús en la Gloria. Confirmóse la verdad de esta revelación con una noticia, que empezó a ser pública en el Colegio. Decíase que el Hermano difunto estaba ya gozando de Dios y que se sabía por revelación de cierta persona favorecida de su Majestad y de espíritu muy probado. Oyó nuestro joven esta noticia, y estaba asombrado y confuso porque no había descubierto todavía a nadie lo que había entendido de la gloria de su amado difunto. Sacóle de su confusión y asombro la misma noticia, que se declaró más individualmente, diciéndose que una religiosa de Medina había escrito a su Director ausente estas palabras: Estando encomendando a Dios las cosas de esta Villa, tenía sobre mi a un Hermano Artista15 de la Compañía de Jesús, y el Señor me dio a entender cosas de gran consuelo. Estas palabras, que confirman la revelación de nuestro joven, se escribieron al R. P. Juan de Salinas, Rector de aquel colegio. A la preciosa muerte del Hermano Abásolo había precedido poco antes la del P. Francisco Mañeras, jesuita de gran piedad. Hallábase en las agonías, y entre los nuestros que le asistían concurrió el Hermano Bernardo. Vio éste que se acercaban a la cama del moribundo algunos demonios para tentarle en esta hora. Como los tenía ya poco miedo, sin asustarse, hizo con disimulo que rociasen con agua bendita16 el sitio donde estaban los infernales espíritus. Al instante vio que se arrojaban furiosos por la ventana, y continuando sus caritativos oficios por el moribundo, rogó a su gran protector San Miguel que asistiese al Padre, para que su muerte fuese dichosa en el divino acatamiento. Prometióselo el santo Príncipe, y que presentaría su alma al Señor librándole de las asechanzas del demonio. Yo salí de allí (dice Bernardo) y dentro de poco dio su espíritu al Señor, por manos de San Miguel. Tuve mucha envidia a su muerte porque murió la víspera de la Asunción de María Santísima a los cielos. 1 Dos fueron las pestes que sufrió la ciudad de Medina del Campo y seguidas ambas. La primera tuvo lugar en el verano de 1729 y la otra en el otoño de 1730. Esta primera fue la más violenta; murieron muchas personas, entre ellas dos jesuitas del Colegio, en que estudiaba filosofía Bernardo. Uno de ellos resultó ser un compañero suyo de estudios, el Hermano Abásolo; el otro fue un sacerdote, el P. Mañeras que, atendiendo a los apestados, él mismo contrajo la peste y murió. Y esta peste no era propiedad exclusiva de la ciudad de Medina, sino que estaba bastante extendida por otras partes, entre ellas la ciudad de Valladolid. En efecto, lo sabemos por una carta que Agustín de Cardaveraz le escribe a Bernardo el 21 de septiembre de 1729, donde le dice entre otras cosas: Doy gracias al Señor por su buena salud. Yo estoy regular... Este género de epidemias ha sido muy común, como he sabido, no sólo aquí, sino también en otras partes muy distantes. La segunda peste, más benigna, pero un tanto contumaz en el tiempo, obligará a la comunidad jesuítica estudiantil a trasladarse, en el otoño de 1730, al pueblo de Alaejos, donde tenían una casa de campo o granja y donde afortunadamente se repusieron todos. 2 El 10 de agosto de 1729 3 Bernardo ve en la llaga del costado, de algún modo simbolizados, los pecados de los sacerdotes indignos. ¿Por qué precisamente en esta llaga? Sin duda, porque es la llaga más cercana al Corazón del Salvador, y son los pecados de ingratitud los que más hieren el corazón humano. Como dice la Escritura: si fuera mi enemigo el que me traicionase....; pero eras tú, mi amigo, que comías en la mesa el pan conmigo y bebías de la misma copa. 4 Notemos que este día estaba de cuerpo presente en el Colegio de Medina el P. Mañeras, fallecido la víspera, a cuya agonía había estado presente el Hermano Bernardo, pidiendo instantemente por él a su querido protector San Miguel arcángel.De él dirá Bernardo que tuvo mucha envidia de su muerte, ya que falleció la víspera de la entrada de la Virgen a los cielos. La Asunción de la Virgen ha sido desde antiguo una fiesta verdaderamente entrañable para la Compañía de Jesús: era uno de los días en que solían hacer la profesión solemne; San Estanislao de Kostka, patrón de los novicios jesuitas, escribirá una carta a la Virgen pidiéndola expresamente que le lleve al cielo ese día para contemplar así su gloria en el paraíso, y María se lo concede... 5 Esta carta de esclavitud, de la que aquí habla Bernardo, es el ofrecimiento de sí mismo a la Virgen María para servirla en todo, como fiel esclavo suyo. El espíritu de la santa esclavitud fue divulgado por San Luis María Grignon de Montfort primeramente por Francia, con ocasión de sus misiones populares, y luego se extendió prontamente a otros países, entre ellos España. Siendo Bernardo novicio en Villagarcía, quiso consagrarse a la Virgen como esclavo suyo y así lo hizo el 8 de diciembre de 1726, festividad de la Inmaculada Concepción. Se ve que la espiritualidad monfortiana se había extendido rápidamente, ya que San Luis Mª Grignon de Montfort había fallecido solamente diez años antes, en 1716. Sus obras más famosas son: Tratado de la verdadera devoción y el Secreto de María. Es al final de este librito cuando aparece la fórmula del ofrecimiento con este título: Consagración de sí mismo a Jesucristo, Sabiduría encarnada, por las manos de María : Yo, NN, pecador infiel, renuevo y ratifico hoy en vuestras manos los votos de mi bautismo. Renuncio para siempre a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y me entrego enteramente a Jesucristo, Sabiduría encarnada, para llevar mi cruz tras El, todos los días de mi vida. Y a fin de que le sea más fiel de lo que he sido hasta ahora, os escojo hoy, ¡oh María!, en presencia de toda la corte celestial, por mi Madre y Señora; os entrego y consagro, en calidad de esclavo, mi cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y exteriores, y aun el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y futuras, otorgándoos entero y pleno derecho de mí y de todo lo que me pertenece, sin excepción, a vuestro agrado, a la mayor gloria de Dios en el tiempo y en la eternidad. Recibid, ¡oh Virgen benignísima!, esta pequeña ofrenda de mi esclavitud... Protesto que para adelante quiero, como verdadero esclavo vuestro, procurar vuestra honra y obedeceros en todo...Hacedme en todo tan perfecto discípulo, imitador y esclavo de la Sabiduría encarnada, Jesucristo, vuestro Hijo, que por vuestra intercesión llegue, a imitación vuestra, a la plenitud de la perfección sobre la tierra y de la gloria en los cielos. Así sea. (Obras de S. Luis Mª Grignon de Montfort, edit Bac, Madrid 1954, tomo 111, pgs 299-300). Esta sería la fórmula con que el novicio Bernardo se consagró en Villagarcía el día de la Inmaculada de 1726 y esta misma la que utiliza en Medina del Campo el 15 de agosto de 1729. Sabemos que en todas las fiestas importantes de la Virgen María, Bernardo de Hoyos repetía su consagración. Unos meses más tarde, en diciembre de ese mismo año, y con motivo de la fiesta de la Inmaculada escribirá de su puño y letra una carta no ya de esclavitud mariana, sino de filiación mariana. 6 Fueron probablemente estas palabras de la Virgen las que indujeron a Bernardo a prepararse para la fiesta de la Inmaculada con el ardiente deseo de consagrarse ese día como hijo , y no sólo esclavo, de María. 7 Con su palabra infalible: quiere decir que Bernardo le reconvenía a la Virgen recordándole cómo le había dicho que cesaría la peste y parecía no cumplirse del todo... Es un poco lo que también su tocayo del siglo XII, San Bernardo de Claraval, le dice a la Virgen en su famosísima oración del Acordaos: Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ni uno solo de cuantos han acudido a vuestro protección, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro auxilio, haya sido desamparado de Vos. Yo pecador, animado con tal confianza, acudo a Vos, oh Madre Virgen de las vírgenes, a Vos vengo, delante de Vos me presento gimiendo; no queráis, oh Madre del Verbo, despreciar mis palabras, antes bien oídlas benignamente y cumplidlas. Amén. 8 En el sentido de colocar por segunda vez, de nuevo. 9 Es ésta una imagen frecuente en la espiritualidad de siglos anteriores y que no es, quizás, demasiado acertada en cuanto que puede dar la sensación a lectores menos avisados como si la Virgen fuera más misericordiosa que su Hijo Jesucristo. Lo que Bernardo pone aquí de relieve es la intercesión misericordiosa de María ante el Señor. La Virgen se muestra como la reina y madre de misericordia, tal como la invoca la Iglesia entera en esa preciosa oración de la Salve, compuesta por el obispo de Lugo San Pedro de Mezonzo, ante la imagen de la Virgen llamada de los Ojos grandes. 10 Yo heriré, yo curaré la llaga (Deut 32, 39) 11 Si no os convertís, blandirá su espada 12 Propio es del espíritu del Señor el pedir por la conversión de los pecadores. Es un denominador común en la historia de los santos. Jesús nos dio el máximo ejemplo en la cruz, cuando le pedía al Padre por los que le crucificaban: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Desde entonces las almas fervorosas siguen su ejemplo, como aquí el Hermano Hoyos. 13 Exodo 32, 32 14 El día 1 de noviembre de 1729 15 Estudiante de artes (así se llamaba entonces a los estudiantes de filosofía). 16 Sabemos que Santa Teresa, a la que profesaba especial devoción el Hermano Hoyos, era muy devota del agua bendita. Cuenta en su vida cómo tenía a veces representaciones del demonio y que el remedio más eficaz contra ellas era el agua bendita. En una ocasión en que estaban con ella algunas personas y experimentó la acometida del mal espíritu, escribe así la Santa: No osaba pedir agua bendita por no las poner miedo y porque no entendiesen lo que era; de muchas veces tengo experiencia que no hay cosa con que huyan más para no tornar; de la cruz también huyen, mas vuelven. Debe ser grande la virtud del agua bendita; para mí es particular y muy conocida consolación que siente mi alma cuando la tomo. Es cierto que lo muy ordinario es sentir una recreación, que no sabría yo darla a entender, como un deleite interior que toda el alma me conorta. Eso no es antojo ni cosa que me ha acaecido sola una vez, sino muy muchas y mirado con gran advertencia. Digamos como si uno estuviese con mucho calor y sed y bebiese un jarro de agua fría, que parece todo él sintió el refrigerio. Considero yo qué gran cosa es todo lo que está ordenado por la Iglesia y regálame mucho ver que tengan tanta fuerza aquellas palabras que así la pongan en el agua para que sea tan grande la diferencia que hace a lo que no es bendito (Libro de la Vida, cap 31, nº 4). Este mismo pensamiento de la sabiduría de nuestra santa Madre Iglesia y del aprecio y estima en que se han de tener los sencillos medios de piedad que ella ha valorado y estimado siempre, lo pone de relieve San Ignacio de Loyola en su libro de los Ejercicios espirituales. En las Reglas para sentir con la Iglesia se expresa así: La primera: depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la vera esposa de Cristo nuestro Señor, que es la nuestra santa madre Iglesia jerárquica....La sexta: alabar reliquias de santos, haciendo veneración a ellas, y oración a ellos: alabando estaciones, peregrinaciones, indulgencias, perdonanzas, cruzadas y candelas encendidas en las iglesias. Todo esto se entiende bien si tenemos en cuenta el ambiente protestante que se extendía por Europa en aquellos años. Tanto San Ignacio como Santa Teresa captaron algo muy profundo de auténtica piedad eclesial en aquellas realidades externas y sencillas. La Iglesia posee no sólo los Sacramentos, también los sacramentales: esas realidades simples, como el agua bendita, el pan bendito, la candela bendecida...que son vehículos de gracia y de unión con Dios. |