Nuestro Padre San Ignacio da en el cielo a Bernardo la Ley de las esposas de Jesús, precediendo y siguiéndose singulares favores. ("Vida". Libro Primero. Capítulo 15)

Llegó el día de nuestro Padre San Ignacio,1 felicísimo para Bernardo su hijo y, al tiempo de comulgar, oyó una celestial música que cantaba en gloria del Santo: Ignem veni mittere in terram, et ¿quid volo nisi accendatur?2 Vine a encender fuego en la tierra; ¿qué quiero sino que se encienda? A este motete del cielo sintió Bernardo que su alma se encendía suavemente en incendios de amor divino.

En las gracias3 tuvo una visión intelectual4 de las más subidas que había experimentado. Hallóse en presencia del Padre Eterno, conociendo con modo divino que era Persona distinta del Verbo y una misma sustancia.5 Hablóle su Majestad y le descubrió ser dos tan inexplicables, que son arcana quae non licet homini loqui - dice Bernardo-: Arcanos que no puede el hombre descubrir.

Sólo pudo decir que el Padre Eterno le dio a entender que su Hijo quería a su alma por esposa, y la grande perfección que requiere el estado de esposa de Jesucristo. Vio luego a este Señor, por visión imaginaria, bellísimo a maravilla. Traía en sus sagradas manos un collar de oro riquísimo con una cruz de la misma materia. Echóle al cuello del joven favorecido, que estaba extático y fuera de sí con estos singulares favores. Díjole solas estas tres palabras: Tu Padre te dará la Ley de mis esposas; y desapareció, quedando Bernardo anegado en suaves dulzuras.

Suspenso y extático se hallaba, cuando le pareció que su espíritu arrebatado de fuerza superior y divina; se hallaba en el cielo empíreo. Vio en esta celestial Jerusalén cosas maravillosas. Díganos con sus mismas palabras lo que vio: “Vi (dice) por visión maravillosa intelectual grandes y numerosos escuadrones de ángeles. Vi las fiestas que se celebraban en el cielo por mi gran Padre San Ignacio. Vi innumerables Jesuitas (no porque no tuviesen número, sino por la multitud) con grandes júbilos y regocijos; conocí entre ellos a San Javier6 y a mi Venerable P. Padial,7 que estaba muy cerca de nuestro Padre.

Esto era por visión intelectual, con lo cual vi otras cosas, que no sé decir. Vi por visión imaginaria un trono hermosísimo todo de oro y semejante a otro, en que en cierta visión vi a Jesús. Entendí estar muy cercano y de los más próximos al solio de la Santísima Trinidad. En él vi a mi glorioso Patriarca con tanta gloria que quedé admirado, sin embargo de haber visto la de otros Santos. Nuestro Santo Padre estaba vestido de sacerdotal:8 era blanca la casulla y matizada de hermosas labores y rica pedrería; el alba era de una tela tan admirable, que mostraba bien no ser cosa de por acá. Tenía el Santo un hermoso libro algo grande en sus manos, y abierto, y me dió a leer en él. Vi y leí las siguientes palabras, escritas con letras de oro y en esta forma:

Esta es la ley de las esposas de Dios:

Amar a Dios con todo su corazón

y no admitir afecto de cosa criada si no en El.9

Esta es la ley que antes me había dicho el Señor me daría mi Padre10; entendí los altos quilates que tan feliz estado pide, y la mayor perfección a que puedo llegar en esta parte: quedé luego con accidentes tan peregrinos e inexplicables en lo superior del alma, que no son, ni se sufren decir, ni se puede: quedé con grandísimos efectos11. Hasta aquí Bernardo, y concluye: “No puedo dudar de la verdad 12 de estos favores; lo uno por los efectos; lo otro porque tales cosas están fuera del poder del enemigo, y la imaginación es grosera13 para formar por sí en mil años lo que vio en poco tiempo”.

Estos favores, que recibió el día de la festividad de nuestro Santo Padre Ignacio, se continuaron toda la octava; por lo cual, asombrado, decía en este tiempo: Buena va la octava de nuestro Santo Padre. En el día octavo tuvo un asalto del maligno espíritu engañador, poniéndole delante una imagen de la sagrada Humanidad de Jesús. Pero se alborotó14 su espíritu de manera que conoció fácilmente ser ilusión del enemigo. Clamó al Señor y le rogó humilde y encarecidamente que no permitiese fuese engañado; que de su parte sólo deseaba amarle, y no deseaba las mercedes y favores.15 A esta humilde súplica oyó que le decía su divino Maestro: Porque no los deseas, no serás engañado.

Vio después al Señor vestido con una sotana o túnica talar de color negro, y con un manto o manteo majestuosamente tendido. Consolóse mucho por ver a Jesús vestido de jesuita,16 aunque las mangas de la sotana eran algo más anchas. Resplandecían el rostro y las manos sacratísimas del Señor con admirable claridad; y las vestiduras, por sí negras, despedían resplandores de luz y parecían blancas como la nieve, según describe San Lucas la transfiguración de Jesús en el Tabor.

Siendo tan frecuentes los favores que recibía Bernardo en muchas festividades de Santos, no podía dejar de recibir algunos particulares el día del dulcísimo Padre San Bernardo,17 cuyo nombre tenía. Dióle el Señor a entender este día después de comulgar que el nombre de Bernardo se le había puesto en el sagrado Bautismo para que procurase ser muy semejante al Santo, en especial muy devoto de María Santísima; que Bernardo quiere decir Nardo; y que así como la esposa Santa dice en los Cantares: Dum esset Rex in accubitu suo nardus mea dedit odorem suum: Estando el Rey en mi pecho, como en su trono, mi nardo le dio suavísimo olor; así él debía deleitar al Señor con sus virtudes.

Entendió también este día cuán maravillosamente se iba cumpliendo la promesa que le hizo el Señor de descubrirle muchas cosas, que aún no conocía, con la venida del Espíritu Santo sobre su alma. Pues desde aquel día había recibido tantas ilustraciones sobre los misterios de nuestra santa fe, tantas doctrinas celestiales para su dirección y tantos secretos en materias muy ocultas.

Volviendo a los favores que el Señor le hizo en orden a nuestra Compañía, es dignísimo de nuestro amor y agradecimiento el que recibió en la festividad de San Cosme y San Damián.18 Volvió a ver esta sagrada Religión en el Corazón de Jesús, y este Señor le confirmó la revelación tan celebrada de que todos los que mueren en la Compañía de Jesús se han de salvar.19 Con esta expresión le habló el serafín custodio de nuestro Padre San Ignacio, inflamándole en ardores divinos.

Esta revelación tan gloriosa para cuantos tenemos la dicha de estar alistados en la Compañía de Jesús no es nueva, como saben los que hubieren leído la vida de San Francisco de Borja. En el Libro tercero cap. 10 de la vida del Santo escribe el eminentísimo Cardenal Alvaro Cienfuegos20 con su ingeniosísima y elocuente pluma las revelaciones de San Francisco de Borja,21 del Venerable P. Martín Gutiérrez,22 Venerable Hermano Alonso Rodríguez 23 y otros Jesuitas, que apoyan la presente revelación de Bernardo.

De otras personas no jesuitas pone el eminentísimo escritor muchos testimonios: del serafín humano San Felipe Neri,24 de las Venerables señoras Dª. Beatriz de Quevedo, Dª. Marina de Escobar25 y Damiana de las Llagas. La misma dicha se infiere de una visión de la extática Santa Teresa de Jesús, en que la Santa dice: De la venida de Cristo ( a recibir los jesuitas , que entran en la gloria) no hay que maravillarse, ni es novedad; porque éste es privilegio de los religiosos de la Compañía de Jesús: que muerto un Jesuita, salga al encuentro a recibirle el mismo Jesús. Pero la revelación, que tuvo en este punto el muy reverendo P. Fr. Laurencio de Nola, digno hijo de la seráfica Religión de Padres Capuchinos, es muy gloriosa para omitida aquí.

Estaba moribundo y para expirar en la ciudad de Bari el Reverendo Padre Fray Laurencio, insigne en virtud y letras, y celebradísimo predicador por el gran fruto que había hecho con sus fervorosos sermones en Italia. En esta hora de las verdades, arrebatado de un éxtasis prodigioso, rogó con instancia que le llamasen al Padre Vicente Maltrese, de la Compañía de Jesús.

Luego que este Padre llegó a la presencia del Padre capuchino, prorrumpió inflamado en estas voces: Oh Padre, envié a llamar a Vuestra Paternidad para decirle de parte de Dios lo que su Majestad me manda le diga en este trance, en que estoy vecino a la muerte; y es que todos cuantos murieren en la Religión de la Compañía de Jesús gozarán de la vida eterna. Esto me declaró el Señor y me ha mandado que públicamente se lo diga. Oh ¡ qué dichoso es Vuestra Paternidad pues le cupo ser de tal Religión, donde no perece alguno de cuantos perseveran en ella!

Y como, confuso, el Padre Maltrese respondiese que acaso era su observantísima familia la que nuestro Señor le había mostrado tan dichosa, replicó el Venerable Fray Laurencio: Yo sé bien lo que digo; porque Dios me ha dictado lo que hablé y me mandó llamase a Vuestra Paternidad para que fuese oyente y testigo.Y vuelvo a decir que todos, todos los que perseveren en la Compañía de Jesús hasta la muerte, son predestinados. Esto es lo que Dios me manda que diga. Al acabar estas cláusulas proféticas y gloriosísimas para nuestra Compañía, expiró el piadoso capuchino. Hasta aquí la revelación del serafín capuchino, a la cual nada añade la revelación de Bernardo.

Mas reparando éste que no todos los jesuitas trabajamos tan gloriosamente, como nos pide nuestro sagrado Instituto, y que algunos acaso degeneran de sus obligaciones, insinúa que los apostólicos trabajos de los verdaderos jesuitas merecen de algún modo auxilios eficaces para la penitencia final de los que acaso la desmerecen por sus tibiezas. Quiere el Señor ---dice- que de lo que muchos Jesuitas merecen con tan insignes trabajos, participen todos.

Tuvo por este tiempo una regaladísima visión de su santa Magdalena de Pazzis. Vio a la Santa gloriosa un día que se rezaba de su solemnidad en nuestro colegio. Tenía abierto su costado y descubría su seráfico corazón, leyendo su devoto en él las palabras que escribió San Agustín, con letras de oro y sangre: Verbum caro factum est. Su Santa le señaló esta inscripción divina, diciéndole: Yo tengo impresas en mi corazón las palabras que significan la encarnación del Verbo y tú tienes impreso el mismo Verbo encarnado. Estas palabras de la Santa dieron a conocer a Bernardo el singular favor que Jesús le había hecho de26 imprimir en su corazón su sacrosanta Humanidad. Causóle este conocimiento por muchos días una humilde confusión, con que engrandecía la bondad de Dios y se sumergía en su nada y miseria.

Como se acercaba el tiempo de experimentar el penoso estado de los ímpetus, el santo Angel de su guarda se le mostró con el símbolo del campo ilustrado con los rayos del sol y en él una senda muy estrecha, que guiaba seguramente al cielo; descubríanse unas pocas huellas en este camino. Esta senda simbólica mostraba el favor grande que nuestro Señor le había prometido: esto es, el paso de los celestiales ímpetus, de que ya hablaremos con palabras de la extática Santa Teresa y del iluminado Bernardo.

Díjole el Angel que en ningún otro paso de la vida mística sobrenatural se muestran más la bondad, sabiduría y omnipotencia del Señor; porque en este paso se junta sumo gozo con suma pena de modo incógnito a los que no lo han experimentado. Era grande favor; pero se necesitaba más fortaleza del Señor en el espíritu para sufrir esta pena que para sufrir el horrible desamparo de que hablamos antes. El Señor le dijo la víspera de San Francisco de Borja27 que, al día siguiente, le declararía cuándo había de empezar a padecer los ímpetus.

Cumplióse puntualmente la profética promesa del Señor, pues al siguiente día le declaró Jesús después de haber comulgado que los ímpetus empezarían, como sucedió, el día inmediato a la festividad de la seráfica Santa Teresa de Jesús,28 su devota. En este dicho estado de los ímpetus de amor se detendría mucho su espíritu, porque eran la29 disposición e inmediata preparación para el desposorio prometido. Y queriendo Jesús encender a su siervo en ansias del celestial desposorio, le mostró un riquísimo anillo que había de servir en estos esponsales divinos. Es digno de notarse que el año precedente, en este mismo día. significó el Señor a Bernardo el día en que habían de empezar los terribles trabajos del desamparo, como sucedió, y vimos difusamente.


1          31 de Julio de 1729

2          Lucas 12, 49

3          Quiere decir en la acción de gracias, después de recibir al Señor en la comunión.

4          En estos primeros párrafos nos habla Bernardo de dos clases de visiones: una intelectual de la Santísima Trinidad y otra imaginaria de Cristo. Para entender bien esto, vamos a referir lo que el Padre carmelita Fray Efrén de la Madre de Dios dice en su Biografía de Santa Teresa; habla allí de estos dos modos de visión. Recientemente se habían celebrado en Valladolid los primeros autos de fe. “Pocos días después –escribe el sabio carmelita- , 29 de junio de 1559, festividad de San Pedro y San Pablo, tuvo (Santa Teresa) por primera vez una visión. Era visión intelectual. Ella no sabía cómo era aquello ni si podía ser. Era en verdad una cosa rara; se sabe que es visión y los ojos no ven nada, ni siquiera la imaginación. Después hizo la siguiente descripción: “Con los ojos del cuerpo ni del alma no ví nada; mas parecíame estaba junto cabe mí Cristo y veía ser El el que me hablaba, a mi parecer... Parecíame andar siempre a mi lado, y como no era visión imaginaria no veía en qué forma; mas estar siempre al lado derecho sentíalo muy claro y que era testigo de todo lo que yo hacía y que ninguna vez que me recogiese un poco o no estuviese muy divertida podía ignorar que estaba cabe mí”....   “Pocos días después sobrevino otra novedad: Las visiones comenzaron a ser imaginarias. Ya no eran sólo conceptos desnudos que se pegaban directamente al espíritu, sino formas sensibles que percibía muy bien su imaginación...Cierto día estaba en oración y vió unas manos de “grandísima hermosura”; eran las de Cristo. Unos días después era su rostro, que “del todo la dejó absorta”. Finalmente un día de San Pablo, que sería el 25 de enero de 1560, vió toda su Humanidad sacratísima “como se pinta resucitado”, con inefable majestad” (Obras de Santa Teresa, Bac, Madrid 1951, tomo 74, pgs 499-500). Como se ve, en la visión intelectual el elemento principal es el concepto, en la visión imaginaria lo es la imagen sensible.

5          Uno recuerda aquí las diversas visiones trinitarias, que tuvo tan frecuentemente San Ignacio, poco después de su conversión y más tarde a lo largo de su vida mística, estando en Roma de General de la Compañía. Visiones que relata así Ignacio en su Autobiografía: “Tenía mucha devoción a la Santísima Trinidad, y así hacía cada día oración a las tres Personas distintamente....Y estando un día rezando en las gradas del mismo monasterio (de Santo Domingo) las Horas de nuestra Señora, se le empezó a elevar el entendimiento, como que veía a la Santísima Trinidad en figura de tres teclas, y esto con tantas lágrimas y tantos sollozos, que no se podía valer...”   “Una vez se le representó en el entendimiento con grande alegría espiritual el modo con que Dios había criado el mundo, que le parecía ver una cosa blanca, de la cual salían algunos rayos, y que de ella hacía Dios lumbre. Mas estas cosas ni las sabía explicar, ni se acordaba del todo bien de aquellas noticias espirituales, que en aquellos tiempos le imprimía Dios en el alma....Estas cosas que ha visto lo confirmaron entonces, y le dieron tanta confirmación siempre de la fe, que muchas veces ha pensado consigo: Si no hubiese Escritura que nos enseñase estas cosas de la fe, él se determinaría a morir por ellas, solamente por lo que ha visto” . Pero la visión intelectual más honda que tuvo Ignacio de Loyola fue la famosa visión junto al río Cardoner, que él relata así: “Una vez iba por su devoción a una iglesia, que estaba poco más de una milla de Manresa, que creo yo que se llama San Pablo, y el camino va junto al río; y yendo así en sus devociones se sentó un poco con la cara hacia el río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas. Y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que recibió una grande claridad en el entendimiento de manera que en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella vez sola. Y esto fue en tanta manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parecía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto, que tenía antes”. (Obras completas de San Ignacio, Bac, Madrid 1947, tomo 24, Autobiografía, pgs 179-187)

6          San Francisco Javier, el gran misionero del Oriente. Nació en el castillo de Javier (Navarra) en el año 1506 y murió en la isla de Sancián, frente a la China, el 3 de diciembre de 1552. Su cuerpo se conserva incorrupto en la ciudad de Goa. Bernardo le profesaba, ya desde niño, especial devoción. En la parroquia de Santa María de Torrelobatón existía y existe un pequeño retablo con la imagen del Santo.

7          El P. Manuel Padial (1661-1725), jesuita de gran espíritu de penitencia, natural de la ciudad de Granada, donde murió en olor de santidad un año antes de entrar Bernardo en el noviciado. Al oir leer su Vida en el refectorio, le cobró una gran devoción. Más tarde, en 1733, cuando Bernardo se consagre al Corazón de Jesús, lo pondrá como intercesor. Y es que el mismo Padre fue un gran devoto del Corazón del Señor. En su vida leemos que “estando malo... preguntó a un sujeto si amaba mucho a Dios, y respondiéndole que no sabía más que acogerse a la llaga del Costado de nuestro Redentor, dio el Padre un gran suspiro y se quedó arrobado...Por estos dardos y otros iguales que de aquella santísima llaga le disparaba el Amor divino, la llamaba boca de fuego” (Vida del P. Manuel Padial S. J. de Granada, escrita por el P. Ramón García, Librería católica de Gregorio del Amo, Madrid 1889; pg 154)

8          Son varias las representaciones que de San Ignacio se han hecho en el arte. Unas veces con sotana negra y portando en su mano el anagrama JHS, por su acendrada devoción al Nombre de Jesús; otras teniendo el libro de las Constituciones en una mano y la pluma de escribir en la otra; pero una de las más frecuentes es la de San Ignacio, revestido con los ornamentos sacerdotales como para celebrar la Eucaristía. En el retablo de la capilla del Noviciado, frecuentado por Bernardo durante los dos años de noviciado, existe hoy, en lo alto del mismo, una hermosa imagen de San Ignacio, vestido con casulla en la que aparece pintado el Corazón de Jesús; pero esta imagen no estaba en tiempo de Hoyos, ya que se colocó en 1760, poco antes de la expulsión de los Jesuitas.

9          Esta frase de “no admitir afecto de cosa criada sino en El” recopila muy bien el espíritu de la Regla 17 del Sumario de las Constituciones, que Bernardo –como también sus compañeros novicios- aprendían de memoria. En esa Regla se dice: “...y en todas las cosas busquen a Dios nuestro Señor, apartando, cuanto es posible, de sí el amor de todas las criaturas, por ponerle en el Criador de ellas, a él en todas amando, y a todas en él, conforme a su santísima y divina voluntad”  (Thesaurus spiritualis Societatis Iesu, Santander 1935, pg 217)

10         Se refiere, como es lógico, a San Ignacio de Loyola, al que los jesuitas acostumbran llamar: “nuestro santo Padre”, “santo Padre Ignacio”...

11         Bernardo habla aquí de quedar ”con grandísimos efectos”. Así es. Santa Teresa lo afirma también: “Hase de notar también que en cada merced que el Señor me hacía de visión o revelación, quedaba mi alma con alguna gran ganancia y con algunas visiones quedaba con muy muchas. De ver a Cristo me quedó imprimida su grandísima hermosura y la tengo hoy día; porque para esto bastaba sola una vez, cuantimás tantas como el Señor me hace esta merced. Quedé con un provecho grandísimo y fue éste: tenía una grandísima falta de donde me vinieron grandes daños y era ésta: que como comenzaba a entender que una persona me tenía voluntad, y si me caía en gracia me aficionaba tanto que me ataba en gran manera la memoria a pensar en él...; después que vi la gran hermosura del Señor, no veía a nadie que en su comparación me pareciese bien ni me ocupase; que con poner un poco los ojos de la consideración en la imagen que tengo en mi alma, he quedado con tanta libertad en esto que después acá todo lo que veo me parece hace asco en comparación de las excelencias y gracias que en este Señor veía. Ni hay saber ni manera de regalo que yo estime en nada en comparación del que es oir sola una palabra dicha de aquella divina boca, cuantimás tantas.”  (Libro de la Vida, cap 37, nº 4)

12         De las visiones tenidas en Manresa y que hemos mencionado en la nota 5, decía Ignacio: “Estas cosas que ha visto...le dieron tanta confirmación siempre de la fe, que muchas veces ha pensado consigo: Si no hubiese Escritura que nos enseñase estas cosas de la fe, él se determinaría a morir por ellas, solamente por lo que ha visto”. De manera semejante habla Santa Teresa cuando escribe: “Entiendo que quedan unas verdades en esta alma tan fijas de la grandeza de Dios, que cuando no tuviera fe que le dice quién es y que está obligada a creerle por Dios, le adorara desde aquel punto por tal, como hizo Jacob cuando vió la escala”  (Castillo Interior (Sextas Moradas), Biblioteca Mística Carmelitana, Burgos, 1917; tomo IV, pg 125)

13         Esto mismo encontramos realizado en la Santa de Avila. Cuando tiene la visión de las manos de Cristo “de grandísima hermosura”, o la de su rostro, que “del todo la dejó absorta”, o cuando el 25 de enero de 1560 (fiesta de la conversión de San Pablo) ve la Humanidad sacratísima de Cristo “como se pinta resucitado”, recapacitando sobre todo ello cae en la cuenta de que cosa tan soberana no podía ser una composición de su fantasía. Y por ello escribe: “Ser imaginación, esto es imposible de toda imposibilidad; ningún camino lleva; porque sola la hermosura y blancura de una mano es sobre toda nuestra imaginación” (Libro de la Vida, cap 28, nº 11). Es la misma experiencia que tiene Bernardo de Hoyos.

14         Ya hemos indicado en otras ocasiones cómo este sentimiento de inquietud, desasosiego, alboroto...es típico del mal espíritu. Lo expresa magistralmente San Ignacio de Loyola en sus Reglas de discernimiento. Dice así una de ellas: “en los que proceden de bien en mejor, el buen ángel toca a la tal ánima dulce, leve y suavemente, como gota de agua que entra en una esponja; y el malo toca agudamente y con sonido y inquietud, como quando la gota de agua cae sobre la piedra; y a los que proceden de mal en peor, tocan los sobredichos espíritus contrario modo; cuya causa es la disposición del ánima ser a los dichos ángeles contraria o símile; porque quando es contraria, entran con estrépito y con sentidos, perceptiblemente; y quando es símile, entra con silencio como en propia casa a puerta abierta”.  (Ejercicios espirituales, nº 335)

15         Siempre es más seguro en la vida espiritual no ansiar ni desear dones extraordinarios de Dios, como revelaciones, visiones, éxtasis...y cosas semejantes. De sí decía Santa Teresa que, de su parte, hubiera preferido ir por el camino común más que por el camino extraordinario, y que por ambos se puede llegar a la perfecta unión con Dios.

16         Cuando dos años más tarde entre Bernardo en el Colegio de San Ambrosio de Valladolid y visite por primera vez la iglesia, verá en una capilla lateral un cuadro de Jesucristo vestido de jesuita. Se acordará entonces de esta visión y será en adelante su capilla preferida. En ella celebrará la santa Misa y de ella se despedirá al dejar el colegio de San Ambrosio para trasladarse al de San Ignacio, dentro de la misma ciudad de Valladolid.

17         Su fiesta es el 20 de agosto.

18         La fiesta de los Santos Cosme y Damián se celebra el 27 de septiembre. Fueron dos hermanos, médicos, que ejercieron la medicina en el Asia Menor; no cobraban nada por sus servicios y esto llevó a la conversión a muchos paganos. En la persecución del emperador Diocleciano fueron encarcelados y torturados hasta la muerte. Corría el año 303. Su fama se extendió por toda la cristiandad y se les dedicaron numerosas iglesias. Sus nombres quedaron incluidos en las letanías de los santos, y fueron los últimos santos que entraron a formar parte del Canon romano de la Misa. (Saint Companions for each day, J. M. Mausolff, Buffalo 1954, pg 273)

19         Es ésta una piadosa tradición, que tiene su origen ya casi en los comienzos de la Compañía de Jesús. Testimonios de ella aparecen en San Francisco de Borja, el P. Martín Gutiérrez, el Hermano coadjutor San Alonso Rodríguez y otros santos jesuitas.

20         Alvaro Cienfuegos, teólogo, cardenal y diplomático, nació en 1657 en Agüerina (Asturias) y murió en Roma el año 1739, cuatro años después de morir el P. Hoyos. Enseñó filosofía en Santiago de Compostela y teología en Salamanca. Fue creado Cardenal en 1720 por el Papa Clemente XI. La obra que aquí cita el P. Juan de Loyola se publicó en Madrid en 1702 y tiene por título: La heroica vida, virtudes, y milagros del grande San Francisco de Borja. (Diccionario histórico de la Compañía de Jesús, tomo I, pg 816, editado por Institutum historicum y Universitas Pontificia Comillas, Roma-Madrid 2001)

21         San Francisco de Borja nació en Gandía, en el reino de Valencia, en el año 1510, primogénito del duque Juan de Borja. Se educó cuidadosamente en la corte del Emperador Carlos V, y en 1529 se casó con Leonor de Castro, de la cual tuvo ocho hijos. Sucedió a su padre en 1542, pero muerta su esposa, renunció al ducado y, terminados los estudios teológicos, el año 1551 se ordenó de sacerdote e hizo pública su pertenencia a la Compañía de Jesús, de la cual fue elegido tercer General en 1565. Fue benemérito de la formación y de la vida espiritual de sus religiosos, de la fundación de muchos Colegios y de las Misiones. Murió en Roma el 30 de septiembre de 1572, y lo canonizó Clemente X el año 1671. (Liturgia de las Horas, propio de la Compañía de Jesús.  Roma 2000, pgs 106-107)

22         El Padre Martín Gutiérrez nació en Almodóvar del Campo en 1524 y murió en Cardeilhac, en la región del Alto Garona, en Francia, en el año de 1573. Estudió en Alcalá de Henares y entró en la Compañía de Jesús en noviembre de 1550. Fue un hombre de gobierno: ejerció el cargo de Rector en los colegios de Plasencia, Valladolid y Salamanca; aquí ayudó a Santa Teresa de Jesús en la fundación del Carmelo. Al morir San Francisco de Borja en 1572, fue elegido por la Provincia jesuítica de Castilla para representarla en la III Congregación General, que debía tener lugar en Roma. De camino para la Ciudad Eterna fue apresado por los calvinistas franceses junto con otros dos compañeros. Encarcelados en una torre y torturados, el P. Martín , débil de salud, no pudo resistir los malos tratos y murió en la prisión. Treinta años después su cuerpo sería traído a España. (Diccionario histórico de la Compañía de Jesús, tomo II). Los cuadros que representan a la Virgen María, amparando bajo su manto a los santos jesuitas, tienen su origen en una famosa visión del Venerable Padre Martín Gutiérrez.

23         El entonces (en tiempo de Hoyos) Venerable y hoy Santo, Alonso Rodríguez, nació en Segovia el año 1533. Muerto prematuramente su padre, se dedicó al comercio, y hacia el año 1560 contrajo matrimonio. Pero murieron su esposa y sus hijos, y en 1571 fue admitido como Hermano Coadjutor en la Compañía de Jesús. Aquel mismo año fue enviado a Palma de Mallorca, donde en el colegio de la Compañía desempeñó el oficio de portero hasta su muerte. Fue probado en una larga lucha espiritual, pero también fue favorecido por Dios con extraordinarios dones carismáticos. Murió en Palma en 1617. En el año 1888 el Papa León XIII le puso en el catálogo de los Santos. (Liturgia de las Horas. Propio de la Compañía. Roma 2000, pgs 120-121)

24         San Felipe Neri (1515-1595). Florentino de nacimiento, vivió en Roma a partir de los veintiséis años. Lleno de celo apostólico ayudó a los enfermos, a los peregrinos, visitando los hospitales de la Ciudad Eterna. En 1548 funda la Confraternidad para cuidado de peregrinos pobres y establece la Adoración mensual del Santísimo Sacramento Expuesto. Después de diez años de trabajo apostólico como simple laico, por insinuación de su confesor, se ordena de sacerdote. En los treinta y tres años siguientes vivirá en la Casa sacerdotal de San Girolamo , donde dará conferencias y ejercicios a los sacerdotes en un oratorio. De ahí que los sacerdotes que seguían esta espiritualidad de Felipe Neri comenzaran a llamarse “Oratorianos”. Con toda razón se le ha llamado “el segundo Apóstol de Roma”. Su oración matinal de cada día comenzaba invariablemente con estas palabras: “Señor, guarda bajo tu mano este día a Felipe, o Felipe te traicionará”. Se celebra su fiesta el 26 de mayo. (Saint Companions for each day, J. M. Mausolff, Bufallo 1954, pgs 148-149)

25         La Venerable Marina de Escobar fue una mujer de grande espiritualidad, dirigida por el P. Luis de Lapuente durante su estancia en el colegio de San Ambrosio de Valladolid.

26         En el original viene la preposición en.

27         El día 9 de octubre de 1729, ya que en tiempos del P. Hoyos la fiesta de San Francisco de Borja se celebraba el 10 de octubre y no el día 3 del mismo mes, como sucede en la actualidad, tras la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II.

28         Es decir, el día 14 de octubre de ese mismo año 1729.

29         Por error, el original escribe a, en vez del artículo la, que está pidiendo la construcción gramatical.


                       
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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