Cristo Jesús es Maestro de Bernardo en los ejercicios de la renovación, y le continua sus celestiales favores. ("Vida". Libro Primero. Capítulo 14)

Acercábase la renovación de los votos, que acostumbra nuestra Compañía de Jesús,1 cuando vio con intelectual visión al Señor y oyó que le decía quería enseñarle en estos ejercicios no por sus ángeles, sino por sí mismo; entendió lo mucho que Jesús ama a su Compañía y que la tenía en su Corazón.2 Había copiado de la Vida de Santa María Magdalena de Pazzis,3 capítulo 128, una admirable inteligencia que la Santa tuvo en un rapto acerca de la renovación, que acostumbra nuestra Compañía.

Era su intento aprovecharse de esta celestial inteligencia para prepararse fervorosamente a la renovación de los suyos. Pero como Cristo nuestro Señor se le había ofrecido por Maestro en estos ejercicios, quiso enseñarle por sí mismo. Dispuso que el joven perdiese la copia, que había hecho de la extática inteligencia de la Santa, y le imprimió en el alma otra muy semejante, distinta y más particular en muchas circunstancias.

La inteligencia de este joven renovante jesuita es digna de copiarse aquí toda, y dice de esta suerte: “Inexplicables son los bienes que recibe el alma en esta renovación de sus votos. Todas las virtudes se le aumentan: La gracia se le multiplica (conforme a la disposición), la caridad recibe nuevos quilates; auméntase la unión según la que antes tenía el alma. Es de gran gloria de la Santísima Trinidad y de gran placer a las tres divinas Personas;4 pues con los tres votos hace el alma una unión con Dios con cierto remedo a la de estas divinas Personas, uniéndose con cada uno por cada voto de un modo que no sé explicar.

La sacratísima Humanidad recibe gran gozo y agrado, viendo le siguen por sus pisadas.5 La Santísima Virgen recibe gloria accidental y se regocija como si en cierto modo renovase su voto. Los ángeles cantan alabanzas al Señor y se alegran de que los hombres cooperen a sus inspiraciones. El coro de las vírgenes renueva un canto suavísimo en alabanzas de Dios y reciben gloria accidental; unas más, otras menos, según fueron sus méritos en este voto.

Los Bienaventurados que se esmeraron o guardaron con especialidad algún voto, como San Francisco de pobreza, San Javier de obediencia, etc., reciben también gloria accidental. Los de la Compañía reciben en esta renovación la misma gloria accidental, aunque con ciertas especialidades: ¿qué diré de nuestro glorioso Padre San Ignacio?6 No es explicable el agrado y placer que se le hace, y el Santo pide al Señor especiales mercedes para sus hijos: para los que han de ser indignos hijos de tal Padre pide o que les arranque y les eche de la Compañía, o que les dé eficaces auxilios, según ve su divina Providencia han de corresponder.

Para los que hacen esta renovación no con todo fervor, pide gracia; para los que llegan preparados y bien dispuestos, pide nuevos dones y se complace en gran manera. En fin, todos los Bienaventurados se regocijan, resuena todo el Empíreo (con) las alabanzas del Señor, y es día éste que allá se celebra con particularidad. Oh, de cuánto valor son estos votos hechos en la Profesión, puesto que su renovación es de tanto mérito!

Regocíjense, alégrense, consuélense y salten de placer los jesuitas especialmente, pues tienen este día entre los de mayor solemnidad; y pues en el cielo se celebra tanto, justo es se celebre en la tierra. Si los grandes de este mundo como los reyes, príncipes y señores celebran los días de su nacimiento o aquellos en que recibieron alguna dignidad, cuánto más debemos los religiosos celebrar con júbilos de alegría el día en que renovamos los tres votos,7 con que nos unimos la primera vez y después renovamos la unión con Dios”. Hasta aquí Bernardo.

Cotéjese esta inteligencia con la de Santa Magdalena de Pazzis, que empieza :Todas las veces que se renuevan las promesas, etc.8, y se hallará una celeste consonancia entre los dos espíritus de la ilustre protectora de Bernardo y de éste su favorecido. En uno de los tres días de ejercicios que preceden a la renovación, tuvo una visión intelectual, que le declaró muchos secretos del Santísimo Sacramento. Este trono de las finezas del amor de Jesús le sirvió ahora de cátedra para enseñar a su discípulo Bernardo una doctrina verdaderamente celestial.

Habíale el Señor inspirado o enseñado, en los ejercicios del año próximo pasado,9 cinco propósitos de grande perfección. Examinaba el fiel discípulo renovante cómo los observaba, cuando su divino Maestro le dio nuevas y perfectísimas inteligencias sobre los mismos propósitos. Era el primero, no admitir amistad alguna sino en Dios, por Dios y dirigida a Dios, a que se llega no consentir afecto de cosa humana en mi corazón.10 Diósele a entender en estas palabras los grandes frutos que trae a un alma el despego de todas las cosas. Cómo se había de entender el amor que debemos al prójimo y a nuestros Padres espirituales.

Todo se lo cifró el Señor en una visión intelectual, con que le mostró la pureza de un alma que llega a este despego o desnudez efectiva. Veía en la tal alma una como omnipotencia, con que tenía debajo de sus pies todas las cosas caducas y perecederas de esta vida: el infierno, el mundo, a los demonios, a los hombres, a las fatigas, a los descansos, a las tribulaciones, a las consolaciones, a las adversidades, a las prosperidades. 11

Veía en esta alma, a la letra, lo que quiso explicar el Apóstol con aquella su famosa sentencia: Quis nos separabit a charitate Christi? An tribulatio, An angustia?, etc.¿ Quién nos apartará de la caridad de Cristo? ¿Por ventura la tribulación, la angustia, etc? Después, con una humilde magnanimidad y magnánima humildad se decía: Certus sum, quod neque mors, neque vita, neque angeli, neque principatus, neque virtutes, neque instantia, neque futura, neque fortitudo, neque altitudo, neque profundum, neque creatura alia poterit nos separare a charitate Dei, quae est in Christo Jesu Domino nostro: Cierto estoy de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las virtudes, ni las cosas instantes, ni las futuras, ni la fortaleza, ni la altura, ni lo profundo, ni criatura alguna me podrá separar de la caridad de Dios que está en Jesucristo Señor nuestro. 12

Al tiempo de estas inteligencias se le infundió a Bernardo esta virtud en parte y se le dio grandes deseos de tenerlas en toda su perfección.

El segundo propósito decía: Hacerme todo a todos conforme al Apóstol. Entendió aquí, que ésta era la santidad más semejante a la de Jesús nuestro divino Maestro; que el Señor nos quiere virtuosos y no extravagantes: que se engañan muchos con la apariencia de esta virtud, juzgando ser condescendencia virtuosa lo que es finísimo amor propio; que para no errar en este punto, siempre se mirase al fin del Apóstol, que era ganarlos a todos para Dios. Cuando en una comunidad religiosa, con hacerse alguno afable, condescendiente y humano con todos, los gana para Dios, buena señal; pero si la condescendencia ocasiona faltas de regla e imperfecciones, es muy perniciosa y ofende mucho al Señor.

El tercero era: Observar siempre lo que me enseñaron en el Noviciado.13 En este propósito entendió lo mucho que agrada a Dios hacer las cosas pequeñas con una grande pureza de intención,14 amor y espíritu. El cuarto decía así: Procurar cuanto en mí estuviere estar siempre en una total indiferencia,15 no queriendo, ni aun teniendo deseos, sino estando como en espera de lo que es la voluntad de Dios.16 Oh , y ¡qué maravillas entendí aquí! - exclama Bernardo. Esta es la reina, el esmalte, el oro y lo más precioso de las virtudes; pues se puede comparar al primer eslabón de una cadena, que trae los demás tras sí. Habiendo esta virtud, habrá paciencia, humildad, caridad, mortificación, esperanza, fortaleza y todas las demás virtudes. Hasta aquí este joven.

Esfuérzase después a explicar esta perfecta indiferencia, que le pedía su divino Maestro, y se remite a la pluma seráfica de San Francisco de Sales, quien la describe con el espíritu del cielo en los cap. 4º. 5º. 6º. y 7º. del libro 3º. 9º.17 de su Práctica del amor de Dios.18 El quinto propósito era: Aspirar a amar a Dios sin cesar. Parece que el aspirar a amar, se opone a la perfecta indiferencia, pero no es así; porque la indiferencia, luego que descubre la voluntad de Dios en alguna cosa, se inclina a abrazarla y lo procura. Y está claro, que amar a Dios con todo nuestro corazón es no sólo voluntad del Señor sino precepto suyo, y el máximo y primero de todos los preceptos.

Con estos propósitos de tan sólida doctrina, practicados por el joven discípulo del divino Maestro con toda la perfección que le pedía, se dispuso para renovar sus votos. Al tiempo de renovarlos, vio, como otras veces, a los dos príncipes del cielo: San Miguel, y el santo Angel de su guarda. Sintió a poco rato una estrechísima unión de su alma con Dios, y dentro de su corazón vio la sacratísima Humanidad de Jesús con más gloria que otras veces.

Arrebatóle toda su admiración y amor el Corazón sacratísimo de Jesús, que se le representó en esta forma: Vio este Sagrado Corazón fogosísimo y sobremanera hermoso, del cual salían tres cordones riquísimos como de hilo de oro finísimo. A poca distancia se tejían entre sí y componían un cordón sólo. Volvían a destejerse por el extremo y quedaban tres, como habían salido del Corazón de Jesús, y ataban el corazón de Bernardo, uniendo con este misterioso cordón, que el Espíritu Santo llamó funiculus triples 19 (cuerda compuesta de tres), los dos corazones - dice este favorecido joven- : el divino y el terrestre, el santo y el pecador, el limpio y el enlodado, el de Cristo y el de una criatura, y criatura tan vil y, en fin, dos extremos tan extremadamente contrarios.

Y díjome el Señor: Este sacrificio (la renovación de los votos simbolizados por los tres cordones) me hace desearte más por mi esposa. Antes de que te desposes conmigo padecerás dura guerra; goza ahora para padecer después. Hasta aquí Bernardo. La solidez de este joven se descubre por los efectos de enseñanza y fruto espiritual, que dejó en su alma.

Como el joven había conocido en esta admirable visión y locución lo mucho que agrada al Señor la renovación de los votos religiosos, la repetía muchas veces al día.20 Practicaba esto con mayor fervor y devoción oyendo Misa el día doce de Julio, en que se cumplió el primer año del sacrificio que hizo al Señor con los votos del Bienio.

Al pronunciar aquellas palabras de nuestra devotísima fórmula: Voveo paupertatem (hago voto de pobreza), vio a Jesús, que pasaba como de largo, y le decía: Tu serás mi esposa. Esta visión y locución causó en el alma de Bernardo un gran sosiego y le enseñó una utilísima devoción, que debíamos practicar todos los religiosos. Dióle a entender el Señor que era su voluntad y le sería devoción muy excelente y agradable, que todos los años se preparase ocho días antes para celebrar este día, en que por21 primera vez se ofreció en holocausto a su Majestad por los tres votos de pobreza, castidad y obediencia; y que emplease otros ocho días22 después en darle gracias por este beneficio inestimable. Así lo practicó Bernardo los pocos años de su vida.

Quedó también muy consolado, porque el Señor le miró ahora con una vista afabilísima; y aquellas palabras: Tu serás mi esposa23, le dieron más seguridad interior que las antecedentes promesas. Porque como todas las promesas que el Señor le había hecho - como dice este iluminado joven - acerca del desposorio con su alma, eran con expresa condición de que no faltase a la correspondencia de sus favores, siempre le hacían temer de su fragilidad; mas esta vista le añadió un no sé qué de favor y grande gracia para corresponder. La condición que el Señor pone, hace que el favor sea un agridulce; parece que desconfía, y este es un amor vulnerante24 al modo de aquella pregunta hecha a San Pedro: ¿Me amas?,25 que hirió tan vivamente el corazón del amante discípulo.

Advirtióle el Señor a Bernardo en este tiempo que sus conversaciones, cuanto fuese posible, fuesen santas y de materias espirituales. Porque le desagradaban26 mucho y apartaban de la conversación de los religiosos las cosas inútiles, pueriles y no pocas veces perniciosas, que hablaban.27

También le reprendió por su santo Angel de guarda la omisión y olvido de contemplar algunas veces las perfecciones; pues estos celestiales espíritus tanto le favorecían. Oyó esta corrección con humilde compunción de su falta; y le agradó al Señor tanto su arrepentimiento, que le pareció que se la perdonaba y le echaba su bendición, absolviéndole de ella. Quedó advertido de no olvidarse del amor y continuo agradecimiento que debía a los santos ángeles, y para que este recuerdo se fijase bien dentro de su corazón, oyó un día aquellas palabras: Angelis suis mandavit de te, ut custodiant te in omnibus vijis tuis: Mandó a sus ángeles que te guarden en todos tus caminos.

Oyólas como dichas a él mismo muy particularmente, entendiéndolas del santo Angel de su guarda y de San Miguel. Del primero como de ángel destinado para guardar a Bernardo; del segundo sólo como quien tan particularmente le asistía en todas sus batallas. En significación y confirmación de esto vio, dando gracias después de comulgar, al príncipe San Miguel a su lado con una espada de fuego y a su santo Angel con la bandera, de que se hizo mención en el capítulo... 28

Dióle a entender ahora el Señor que se preparase para recibir el día de nuestro glorioso Padre San Ignacio29 la cuarta señal, de que quería a su alma por esposa. Había recibido ya tres muy singulares: la primera, abrasarle el corazón en fuego de amor divino; la segunda, ponerle la corona Santa Magdalena de Pazzis; la tercera, haber unido y enlazado Jesús su Corazón al de Bernardo con los tres bellísimos cordones de hilo de oro.

Anduvo el joven confuso, humillado y abrasado en llamas de amor divino los días que faltaban para la festividad de nuestro Santo Padre.(En) su vigilia, al tiempo de cantar las vísperas, tuvo elevadísimas inteligencias de la gloria del Santo cifradas en los salmos que se cantaban. Todo era disposición para los grandes favores, que había de recibir el siguiente día.


1          Dos veces al año renuevan sus votos los estudiantes jesuitas, antes de emitir la profesión solemne. Así aparece legislado en las Constituciones de la Compañía de Jesús, que le habían explicado a Bernardo durante su noviciado. En ellas leemos: “Para mayor devoción, y para renovar la memoria de la obligación que tienen, y confirmarse más los escolares en su vocación, dos veces cada año, (D) a Pascua de Resurrección y Navidad, será bien que renueven sus votos simples...”  (D).- Si pareciese al Rector, con autoridad del Superior, que sería más cómodo en algunas otras fiestas principales hacer esta renovación en algunos particulares, podría también hacerse...”  (Constituciones de la Compañía, parte IV, nº 346-347). Sabemos que en tiempos del P. Hoyos, por lo general, solían renovar los votos el día de Reyes y el de Pentecostés o la fiesta de San Pedro; pero ya vemos por el texto constitucional que esto queda al arbitrio del Superior.

2          En diversas partes de sus escritos habla Bernardo del amor que Jesús sentía por su Compañía, comparándola con un hermoso jardín en que Jesús se recreaba.

3          La primera biografía de Santa María Magdalena de Pazzis la escribió en italiano el P. Vicente Puccini, confesor del monasterio de las Carmelitas de Florencia, situado en el entonces arrabal de Saint-Fridien. Consta de seis partes y está dedicada por las religiosas carmelitas a la reina María de Médicis, esposa de Enrique el Grande. Se publicó en 1611, dos años después de la muerte de la Santa. La parte narrativa es relativamente breve; pero hay unas 700 páginas de extractos de escritos y cartas de la Santa. El P. Cepari, jesuita, que había sido también confesor suyo, escribió otra biografía, pero no quiso publicarla para no ofender al P. Puccini. Dicha biografía vió la luz en 1669, con algunas adiciones, tomadas del proceso de beatificación, que tuvo lugar aquel año. ( Vida de los Santos, por Alban Butler, traducida del inglés por Wifredo Guinea, S.J., Méjico 1969, tomo II, pg 401). Este P. Cepari escribirá una vida del entonces Venerable Hermano Juan Berchmans, a quien Bernardo tenía una gran devoción. Ambas vidas pudo leerlas el Hermano Hoyos, estando en el Colegio de Medina del Campo.

4          En efecto, la consagración a Dios por los santos votos es una entrega total del hombre a su servicio. Es el la “donación” más completa que puede hacer un ser humano a su Creador. El hombre primitivo ofrecía a Dios un cordero de sus rebaños, los primeros frutos del campo...Con ello agradecía al Creador lo que de El había recibido, a la vez que mantenía su espíritu libre ofreciéndole algo valioso: todo sacrificio ayuda a mantener el alma abierta a Dios. Pero al hombre le parecía poco ofrecer cosas a Dios, por valiosas que éstas fuesen, y piensa de qué modo podría ofrecerse a sí mismo: esto lo conseguirá mediante los tres votos de pobreza, castidad y obediencia. Las tres grandes pulsiones del ser humano son el poseer, el disfrutar y el mandar. Por el voto de pobreza el hombre luchará contra el ansia y la avaricia del poseer; por el de castidad encauzará todo su torrente afectivo hacia Dios, y por el de obediencia renunciará a ser el dueño de su propia voluntad. Siendo como son un corte radical a las tres pulsiones más profundas del ser humano, también son profundamente liberadores, ya que no se trata de no poseer, sino de tener a Dios como la Unica Riqueza; no se trata de no amar, sino de poner a Dios en el centro de su vida como el Unico Amor de toda ella; no se trata de someterse a la voluntad de otro, sino de tener como norte en la vida la Voluntad de Dios, haciendo de ella el único querer. Por eso el hombre que se auto-regala a Dios por los votos es un hombre libre, que hace de Dios su única Riqueza, su grande Amor y la última razón de su existencia y de su acción.

5          El religioso, al emitir sus votos, sólo busca “hacerse semejante” a Jesucristo, el Hombre ideal de la humanidad. Se trata de “ser como El”. Los filósofos existencialistas del siglo XX hablaban de que el hombre tiene que “hacerse”, “realizarse”; pero les faltaba la palabra clave. “Hacerse” conforme a qué? Los existencialistas cristianos respondían con San Pablo: “hacerse otros Cristos”. Cristo es la “medida” del hombre y es a El a quien todo ser humano ha de imitar y seguir. Por los votos religiosos se trata de incorporar de tal modo a Cristo en mi vida que uno pueda con verdad decir lo de San Pablo: “vivo yo, ya no yo, es Cristo el que me vive por dentro”, o dicho de otro modo: “mi vividura es Cristo”. Esto es lo que Bernardo nos quiere decir en esa frase.

6          No olvidemos que fue el mismo San Ignacio quien escribió las Constituciones de la Compañía y puso en ellas este modo de recordar a sus hijos la ofrenda que de sí habían hecho a Dios. Otras Congregaciones religiosas han estatuido después esta costumbre de renovar los votos.

7          Para un religioso el día de sus votos es una fecha altamente significativa. Los votos llevan a su culmen la consagración bautismal. En la vida religiosa del cristiano existen fechas estelares, como son el día del bautismo (cuando se recibe por primera vez la vida divina), el día de la primera comunión (en que se recibe el cuerpo y la sangre de Cristo), el día de su confirmación (cuando de un modo personal y comprometido se reafirma en su seguimiento de Jesús), el día de la unión matrimonial (que simboliza la unión indisoluble de Cristo con su Iglesia), el día de la ordenación sacerdotal (cuando el hombre llega a ser un “alter Christus”, dotado del impresionante poder de consagrar y de perdonar los pecados) y, finalmente, el día de la unción santa (que es el viático para el largo camino hacia la eternidad). Es frecuente que estos días se solemnicen incluso con “recordatorios”, que nos recuerdan el día exacto en que tan feliz acontecimiento tuvo lugar. En los antiguos libros del Noviciado de Villagarcía de Campos se conservan los nombres y fechas de quienes, como el Hermano Bernardo de Hoyos, emitieron sus votos en la hermosa capilla de San Ignacio, y que más tarde –dos veces al año- habrían de renovar a lo largo de sus años de formación.

8          Hace alusión a uno de los escritos de la Santa, que aparece en el libro antes citado del P. Vicente Puccini.

9          Se refiere a los Ejercicios hechos en Villagarcía antes de partir para estudiar la filosofía en el colegio de Medina.

10         En la Vida de Santa Teresa se ve la lucha que tuvo que sostener para evitar el demasiado afecto humano. Cuando entra en la Encarnación son muchas las personas que van a visitarla; algunas de ellas, si no con mala intención, sí al menos no tan pura como la que ella tenía. Hablando de ello, escribe el P. Efrén de la Madre de Dios: “Teresa tenía a sus veintiocho años sobre estos encantos una ingenuidad angelical, sin otro afán que dar contento a todos, aun a trueque de cualquier sacrificio. Con este cebo, las visitas fueron pronto abrumadoras; cada una traía muchas más, según se propagaba por la ciudad que Dña Teresa de Ahumada, la monja de la Encarnación, era la más estupenda a mil leguas a la redonda... Era una situación tirante; sufría inquietamente. Cada día menos recogimiento. Y ella sentía que lo necesitaba más que nunca. A pesar de todo, negarse era imposible... El P. Ribera hace la siguiente observación: “Como trataba con algunas personas graves en la Encarnación, que en aquel tiempo se llamaban devotos y la querían mucho y de una parte a otra había frecuencia de regalos y conversaciones, ella también los quería, aunque siempre con temor de Dios y buena intención”... No obstante las incontestables razones que se le daban, su conciencia no podía sosegar, y más de una vez creyó ver señales de Dios advirtiéndola los peligros en que se iba metiendo. Ella misma refiere el siguiente caso: “Estando con una persona, bien al principio del conocerla, quiso el Señor darme a entender que no me convenían aquellas amistades y avisarme y darme luz en tan gran ceguedad. Representóseme Cristo delante con mucho rigor dándome a entender lo que aquello le pesaba. Víle con los ojos del alma más claramente que le pudiera ver con los ojos del cuerpo y quedóme tan impreso que ha esto más de veintiséis años y me parece lo tengo presente. Yo quedé muy espantada y turbada y no quería ver más a con quien estaba”. (Obras de Santa Teresa, Bac, Madrid 1951, tomo 74 pgs 419-420). Más adelante y hablando de otra ocasión escribirá: “...esto tenía yo de gran liviandad y ceguedad, que me parecía virtud ser agradecida y tener ley a quien me quería. ¡Maldita sea tal ley que se extiende hasta ser contra la de Dios! Es un desatino que se usa en el mundo, que me desatina: que debemos todo el bien que nos hacen a Dios y tenemos por virtud –aunque sea ir contra El- no quebrantar esta amistad. ¡Oh ceguedad del mundo! ¡Fuérades Vos servido, Señor, que yo fuera ingratísima contra todo él y contra Vos no lo fuera un punto! Mas ha sido todo al revés, por mis pecados” (Vida, cap 5, nº 4)

11         Hablando de esta libertad del alma, escribirá Santa Teresa: “¡Qué señorío tiene un alma que el Señor llega aquí (a la unión), que lo mire todo sin estar enredada en ello, qué corrida está del tiempo que lo estuvo, qué espantada de su ceguedad, qué lastimada de los que están en ella, en especial si es gente de oración y a quien Dios ya regala¡ Querría dar voces para dar a entender qué engañados están...” (Vida cap 20, nº 25)

12         Romanos 8, 35

13         Este propósito de Bernardo, hecho al concluir su noviciado, refleja sus lecturas de los Apuntes del Hermano Juan Berchmans, que corrían por Villagarcía entre los novicios. Ese jesuita flamenco había escrito en una de sus máximas: “nunca me avergonzaré de practicar lo que aprendí en el noviciado”. Una de esas cosas era el cumplimiento exacto de sus Reglas; por ello decía: “disrumpar potius quam vel miniman regulam transgrediar” (antes reventaré que quebrantar ni la más pequeña regla”).

14         En el breve resumen de las Constituciones, llamado Sumario de las mismas, había leído Bernardo la regla 17, que se expresa así: “Todos se esfuercen de tener la intención recta, no solamente acerca del estado de su vida, pero aun de todas cosas particulares, siempre pretendiendo en ellas puramente el servir y complacer a la divina bondad por sí misma, y por el amor y beneficios tan singulares en que nos previno, más que por temor de penas ni esperanza de premios....” Y en la Carta de la Perfección, escrita por San Ignacio el 7 de mayo de 1547 a los estudiantes jesuitas del colegio de Coimbra (y que los novicios se aprendían incluso de memoria), después de haberles dado muchas razones por las que debieran lanzarse a la santidad,, les dice: “Pero sobre todo querría os excitase el amor puro de Jesucristo y deseo de su honra, y de la salud de las almas que redimió, pues sóis soldados suyos con especial título y sueldo en esta Compañía:...sueldo suyo es todo lo natural que sóis y tenéis..; sueldo son los dones espirituales de su gracia...; sueldos son los inestimables bienes de su gloria...; sueldo es todo el universo...Y si por si todos estos sueldos no bastasen, sueldo se hizo a sí mismo, dándosenos por hermano en nuestra carne, por precio de nuestra salud en la cruz, por mantenimiento y compañía de nuestra peregrinación en la Eucaristía. ¡Oh, cuánto es mal soldado a quien no bastan tales sueldos para hacerle trabajar por la honra de tal Príncipe!...Pues si la obligación conocéis y deseáis emplearos en adelantar esta su honra, en tiempo, sí, estáis, que es bien menester mostrar por obras vuestro deseo. Mirad dónde sea hoy honrada la Divina Majestad, ni dónde acatada su grandeza inmensa; dónde conocida la sapiencia , y dónde la bondad infinita; dónde obedecida su santísima voluntad. Antes ved con mucho dolor cuánto es ignorado, menospreciado, blasfemado su Santo Nombre en todos lugares; la doctrina de Jesucristo es desechada, su ejemplo olvidado, el precio de su sangre en un cierto modo perdido de nuestra parte por haber tan pocos que dél se aprovechen. Mirad también vuestros prójimos como una imagen de la Santísima Trinidad y capaz de su gloria, a quien sirve el universo, miembros de Jesucristo, redimidos con tantos dolores, infamias y sangre suya; mirad, digo, en cuánta miseria se hallan, en tan profundas tinieblas de ignorancia, y tanta tempestad de deseos y temores vanos y otras pasiones, combatidos de tantos enemigos visibles y invisibles, con riesgo de perder, no la hacienda o vida temporal, sino el reino y felicidad eterna, y caer en tan intolerable miseria del fuego eterno. Digo, por resumirme en pocas palabras, que si bien mirásedes cuánta sea la obligación de tornar por la honra de Jesucristo y por la salud de los prójimos, veríades cuán debida cosa es que os dispongáis a todo trabajo y diligencia por haceros idóneos instrumentos de la divina gracia para tal efecto, especialmente habiendo tan pocos hoy verdaderamente operarios, qui non quaerant quae sua sunt, sed quae Iesu Christi (que no busquen su interés, sino el de Jesucristo); y que tanto más debéis esforzaros por suplir lo que otros faltan, pues Dios os hace gracia tan particular en tal vocación y propósitos”  (Thesaurus spiritualis Societatis Iesu, Santander 1935, pgs 284-286)

15         La indiferencia ignaciana, de que habla aquí Bernardo, no es algo pasivo sino eminentemente activo y dinámico. Uno queda en suspenso antes de saber cuál es la voluntad concreta de Dios, sin inclinarse ni a una parte ni a otra en los términos de una posible elección entre dos alternativas; pero, una vez discernida y conocida la voluntad de Dios sobre ello, ya se acabó esa suspensión y uno se lanza con toda fuerza a cumplir la voluntad concreta del Señor. Se trata de un amor muy fuerte, tan fuerte que es capaz de prescindir de todo y dejarlo todo, si ve que en algo pudiera obstaculizar el cumplimiento del querer de Dios. San Ignacio la exigía y en alto grado de todos los jesuitas. Esta idea aparece en el título de su libro: “Exercicios espirituales para vencer a sí mismo y ordenar su vida, sin determinarse por affección alguna que desordenada sea”. Y en el famoso texto, conocido con el nombre de Principio y Fundamento, escribirá así Ignacio de Loyola: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados” (Ejercicios espirituales, nº 23) Y en la famosa meditación de los Binarios, en que se trata de extinguir el excesivo afecto que uno puede tener a alguna cosa o situación, impidiéndole “hallar en paz a Dios nuestro Señor”, hace pedir al ejercitante: “...gracia para elegir lo que más a gloria de su divina majestad y salud de mi ánima sea” (nº 152). Y como no resulta fácil situarse en el terreno de la indiferencia, escribe esta nota al final de la meditación: “ Es de notar que quando nosotros sentimos afecto o repugnancia contra la pobreza actual, quando no somos indiferentes a pobreza o riqueza, mucho aprovecha para extinguir el tal afecto desordenado, pedir en los coloquios (aunque sea contra la carne) que el Señor le elija en pobreza actual; y que él quiere, pide y suplica, sólo que sea servicio y alabanza de la su divina bondad” (nº 157)  Quizás donde mejor explica San Ignacio este estado de indiferencia sea en el modo de elegir algo. Para hacer una buena elección –dice el Santo- “es menester tener por objeto el fin para que soy criado, que es para alabar a Dios nuestro Señor y salvar mi alma; y con esto hallarme indiferente sin afección alguna desordenada, de manera que no esté más inclinado ni afectado a tomar la cosa propuesta, que a dejarla, ni más a dejarla que a tomarla; mas que me halle como en medio de un peso para seguir aquello que sintiere ser más en gloria y alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi alma” (nº 179)

16         Esta voluntad de Dios (conocerla y ponerla por obra) es lo más profundo del ser cristiano. Todo se reduce a ese punto. Constituyó la quintaesencia de la existencia de Jesús de Nazaret, quien decía: “Mi manjar es hacer la voluntad del Padre”, “yo lo que el Padre quiere, lo hago siempre”, “no he venido a hacer mi voluntad, sino la del Padre que me envió”, etc. No hay un santo que no haya centrado su vida toda en esta voluntad de Dios. San Ignacio acaba sus cartas con esta frase: “ruego a nuestro Señor nos dé su gracia para que su santísima voluntad siempre sintamos y enteramente la cumplamos”. Bernardo de Hoyos ha asimilado a fondo esta espiritualidad, que constituye la columna vertebral del cristiano, ¡cuánto más del consagrado!

17         Hemos querido dejar el texto tal como aparece en el manuscrito de Alcalá de Henares, que es el que estamos siguiendo. De hecho hay un error en la cita que hace el P. Juan de Loyola. La cita verdadera sería ésta: cap 4º,5º, 6º, 7º y 9º del libro IX. En efecto, es en el libro IX del Tratado del amor de Dios donde se habla de la indiferencia en los capítulos apuntados más arriba. Estos son los títulos puestos por el San Francisco de Sales a los diversos capítulos: Cap 4º.- Unión de nuestra voluntad con el beneplácito divino mediante la indiferencia. Cap 5º.- La santa indiferencia se extiende a todas las cosas.  Cap 6º.- Práctica de la indiferencia amorosa en los menesteres del divino servicio.  Cap 7º.- Indiferencia en lo referente al progreso en las virtudes. Cap 9º.- La fuerza de la indiferencia debe practicarse en los actos del amor divino. Esos capítulos en el libro III no tratan de la indiferencia.

18         San Francisco de Sales, el santo obispo de Ginebra, nació en el Ducado de Saboya en 1567 y murió en 1622. Con su dulzura de corazón logró convertir a más de 70.000 calvinistas. Junto con Santa Juana Francisca Fremiot de Chantal fundó en 1607 la Orden de la Visitación. Fue un fecundo escritor y con sus escritos puso la santidad al alcance de los laicos; tal es la finalidad de su Introducción a la vida devota. El otro libro célebre de Francisco de Sales es el Tratado del amor de Dios. Este libro sirvió al Papa Pío IX , como punto de apoyo, para nombrarle Doctor de la Iglesia. En la primavera de 1609 escribe San Francisco de Sales al arzobispo de Vienne en estos términos: “Pienso sobre un librito que trate del amor de Dios, no de manera especulativa, sino más bien práctica, inspirado en los mandamientos de la primera tabla”. Pasaron varios años y, por fin, importunado frecuentemente por la Santa Fundadora de la Visitación, vió la luz pública el 31 de julio de 1616. Su éxito fue espectacular y pronto se agotó la primera edición. La primera edición castellana es de 1661 y se publicó con el nombre, que cita aquí el P. Juan de Loyola: Práctica del amor de Dios. Es probable que Bernardo de Hoyos manejara esta edición o, tal vez, alguna otra algo posterior. Esta obra consta de doce libros, con un promedio de unos dieciocho capítulos en cada uno de ellos. El libro al que se alude aquí por Bernardo de Hoyos es el libro noveno, ya que trata ampliamente del tema de la santa indiferencia.

19         Eclesiastés 4, 12: “la cuerda de tres hilos no es fácil de romper”

20         Bernardo tomaba así una costumbre que tenía San Pedro Canisio, jesuita alemán del tiempo de San Ignacio. Con frecuencia renovaba sus votos con esta frase: “Domine, placet quod promissi” (Señor, estoy encantado con lo que prometí).

21         En el original se encuentra la palabra la, en vez de por.

22         En la Compañía la renovación de votos solía estar precedida de un triduo, durante el cual los escolares se daban más intensamente a la oración. A insinuación del Señor, Bernardo alargará el tiempo de preparación y añadirá otro de acción de gracias. De San Luis Gonzaga sabemos que, cuando se comulgaba solamente una vez a la semana, empleaba tres días en prepararse para la comunión y otros tres en dar gracias.

23         Pueden parecernos estas palabras: “Tú serás mi esposa” , dichas a un joven de dieciocho años, un tanto extrañas. No lo son, en absoluto, si tenemos en cuenta que el lenguaje de Dios con el alma es –en la Biblia- un lenguaje “esponsal”. Dios ha empleado el símil del matrimonio en las relaciones con su pueblo elegido. Basta leer el libro de Oseas y el Cantar de los Cantares para cerciorarse de ello. Fuerte y tierno como el amor esponsal es el amor de Dios a su criatura, el hombre.

24         Amor vulnerante llama Bernardo a ese amor que sirve de acicate mayor para amar más y mejor. Después de las negaciones de Pedro, no cabe duda de que, al interrogarle Jesús sobre su amor, Pedro responde con una mayor decisión y entrega: Señor, Tú sabes que te amo..¡¡¡

25         En el original dice: ¿Amasme?

26         En el original viene: desagradan.

27         Tener conversaciones santas y espirituales es lo que había aprendido Bernardo en las Reglas de la Compañía de Jesús. En efecto, así aparece en la regla 40 de las llamadas “Reglas comunes”, que dice así: “Todos, conforme a su estado, ofreciéndose ocasión, se esfuercen a aprovechar con pías conversaciones al prójimo, y aconsejar y exhortarlo a buenas obras, especialmente a la confesión y frecuente comunión”  (tomada de las Constituciones, parte VII, c. 4, nº 8). Y en las Reglas de la Modestia leemos: “Si aconteciere hablar, acuérdense de la modestia y edificación en las palabras y modo de decir” (regla 13). Por otro lado, es precioso el párrafo de las Constituciones que habla de esta forma: “Todos tengan especial cuidado de guardar con mucha diligencia las puertas de sus sentidos (en especial los ojos y oídos y la lengua) de todo desorden, y de mantenerse en la paz, y verdadera humildad de su ánima, y dar de ella muestra en el silencio, cuando conviene guardarle; y cuando se ha de hablar, en la consideración y edificación de sus palabras, y en la modestia del rostro, y madureza en el andar, y todos sus movimientos, sin alguna señal de impaciencia o soberbia, en todo procurando y deseando dar ventaja a los otros, estimándoles en su ánima todos como si les fuesen Superiores,y exteriormente teniéndoles el respeto y reverencia que sufre el estado de cada uno, con llaneza y simplicidad religiosa; en manera que considerando los unos a los otros crezcan en devoción y alaben a Dios nuestro Señor, a quien cada uno debe procurar de reconocer en el otro como en su imagen”  (Constituciones, Parte III, c 1, nº 4)

28         En el manuscrito no se pone el capítulo; es el capítulo 9 de este primer libro.

29         El 31 de julio de 1729


                       
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
  Capítulo anterior           Capítulo siguiente
                       
  Indice libro Vida                
  Página principal