Intenta el demonio engañar a Bernardo con falsas locuciones, y apariciones; y el señor le asiste para descubrir sus engaños. ("Vida". Libro Primero. Capítulo 13)

Estaba irritado y rabioso el demonio al ver los grandes favores que el Señor hacía a su siervo y con su permisión intentó engañarle1. Pero logró sólo verificar dos profecías de Bernardo: una, que nuestro común enemigo había de procurar engañarlo con sus astucias y falsas apariciones; otra, que el Señor le asistiría para que jamás fuese engañado de la astuta serpiente.

Verificóse todo en esta forma. Un día antes de comulgar, estando muy recogido Bernardo, oyó una voz sensible que le decía: Amame.2 Tomó la infernal serpiente esta divina palabra por instrumento de un engaño diabólico, porque fue la primera, que el Señor dijo a su siervo, cuando empezó a favorecerle.

Amame (le dijo), que todo soy amable. Al oír la palabra del enemigo: ámame, sintió el alma una inquietud y desasosiego, que jamás había sentido en las hablas sobrenaturales.3 Estas le aumentaban el dulce sosiego interior y le derretían en suaves y sólidos afectos; aquélla le ocasionó una turbulenta inquietud, que le dio a conocer bastantemente la lengua serpentina que la pronunciaba.

Ya en este tiempo estaba Bernardo bien ilustrado del Señor y fortalecido de su gracia para distinguir lo verdadero de lo falso. Siguióse a la diabólica locución4 el tiempo de recibir la Sagrada Eucaristía. En ella experimentó el ordinario favor de ver muchos ángeles y oyó una voz divina, que le enseñó por los efectos la gran diferencia entre las hablas del buen espíritu y del malo. “Mira (le dijo el Señor) la diferencia que hay entre los favores que yo te hago, a los que intenta fingir el demonio; él fue el que antes te habló, escribe la diferencia que hallaste, anda con cuidado, que yo te ayudaré”.

Estando dando gracias, después de comulgar al divino huésped que tenía en su pecho, volvió el demonio a intentar sus aparentes engaños. Representóle a la imaginación una imagen de la sacrosanta Humanidad del Señor, tan artificiosamente representada, que ningún diestro pintor pudiera delinearla semejante; pero tan muerta,5 comparada con el original que había visto el joven en otras ocasiones, que luego conoció el engaño. Huyó corriendo el demonio y, a poco rato, se le mostró la verdaderísima Humanidad del Salvador y le dijo amorosamente: Esta es mi verdadera Humanidad. Pasó en un momento; mas le dejó tan humillado, amoroso y confuso, que no pudo dudar fuese el Señor quien causaba tan sólidos efectos en su alma.

Mostróle grandes secretos del Santísimo Sacramento del Altar y le mandó, según su posibilidad, extender la devoción de este Sacramento admirable en la forma que la prudencia y circunstancias le dictasen en6 el asunto.

 Como el amorosísimo espíritu del Señor cuidaba tanto de que su siervo no fuese engañado, le mandó expresamente que escribiese las señales que le había dado para discernir las verdaderas revelaciones de las falsas: son las siguientes, con las mismas palabras de Bernardo que dice de esta manera.

  Señales del Buen espíritu Señales del Mal espíritu  
La visión de la Sacratísima Humanidad me causó un santo pavor al principio, que revolvió todas las potencias. La visión del demonio empezó con suavidad y procurando aumentar aquel sosiego.
La del Señor me causó gran reverencia. La del demonio no infundía tal reverencia, antes causaba no sé qué género de irreverencia, no a la cosa representada, sino que parece reconocía el alma al representador.
La del Señor encendió o aumentó aquel amor, que antes había en el alma con mucho exceso. La del demonio le quitó, y parece que apartaba la voluntad de aquel objeto, que antes estaba amando.
La del Señor me representó aquel cuerpo glorificado con gloria muy sobrenatural. La del demonio representaba un cuerpo de carne, que parecía no glorificada, aunque vestida de rayos, pero de un modo muy diferente y muy grosero.
La del Señor parece infundió en el alma luego quién era aquel Señor de tanta hermosura. La del demonio, por el contrario, parece que mostraba el sobrescrito del autor.
La del Señor dejó al alma sin poder dudar de que era Jesucristo Hijo de la Virgen, y no creería otra cosa si me despedazasen entonces. La del demonio luego, por el contrario, parece no dejaba duda era el demonio, a lo menos no infundió en el alma ser Cristo, ni lo creería si me amenazasen con la muerte.
La del Señor mostraba la Humanidad, y por visión intelectual conocía el alma ser Dios y Hombre. La del demonio, ya se ve no podía hallarse en ella esta visión intelectual.
La del Señor representóse en ella con tanta majestad, sin embargo del amor que mostró, que aunque no se infundiese en el alma quién es con tanta certeza, se deja ver claro es el Señor de la majestad. La del demonio, aquí yo no vi cosa que me representase esta majestad, antes parece que el alma lo despide de sí.
La del Señor parecióme que ésta se me mostraba allá en lo muy íntimo. La del demonio, ésta parece era en lo exterior y que salía el alma de aquel retrete hacia fuera para ver lo que se le representó.
10ª La del Señor dejó mi alma como confusa delante de tanta grandeza como vio. La del demonio no: antes parece que ayudada del Señor el alma, tuvo un gran valor para procurar desecharla de sí. 10ª
11ª La del Señor parece traía todos los bienes a mi alma. La del demonio parece los quitaba, digo aquéllos que luego experimenta el alma después de algún favor. 11ª
12ª La del Señor, luego que pasó aquel pavor primero (con que el Señor quiere hacer alarde de su grandeza) dejó al alma muy recogida, con mucha suavidad, con grandes dulzuras y arrebato, aunque no con rapto o éxtasis hacia si toda el alma, y dejó después efectos dignos de la benignidad divina La del demonio, aunque al principio comenzó con suavidad (señal manifiesta de quién es) y una suavidad grosera, muy material y sensible, y no aquella tan recóndita en el fondo del alma y es la que causa el buen espíritu; pero luego el alma se alborozó, y parece que no podía sosegar (hasta que el Señor la sosegó) y la dejó en sequedad. 12ª

Estas son algunas de las señales7 que tienen estas visiones, que ya se ve cuán contrapuestas son. Así que dudo que el demonio pueda engañar a quien tiene experiencia.8 Y si a muchos con experiencia de muchos años de verdaderas visiones y favores les ha engañado y precipitado en un abismo de errores, juzgo que es porque por una secreta y sutil soberbia se han engreído, como Lucifer, y el Señor permitió que aun la misma razón se les cegase, porque de otro modo no sé como pueda ser.

Aun no se dio por vencido el demonio en la empresa de engañar a nuestro ilustrado joven. Intentó un imposible a su infernal poder y contrahacer y remedar las visiones intelectuales, las cuales, siendo verdaderas, están sobre la esfera de los engaños y sutiles astucias del enemigo, porque pasan en lo íntimo y en el fondo del alma, sin que los sentidos materiales tengan parte alguna en esta obra divina.

Intentó, no obstante, la engañosa serpiente remedar una visión intelectual en esta forma: al tiempo que Bernardo comulgaba un día, le representó dos ángeles con tan diabólica sutileza que no podía discurrir bien si eran figuras materiales o no; pero los efectos, que esta visión causó en su espíritu, quitaron la máscara a los fingidos ángeles y verdaderos demonios. Sintió que se turbaba y alborotaba, inquieto todo su interior, y no experimentaba los humildes y amorosos afectos que causaba siempre en su espíritu la Sagrada Comunión.

Con estas sólidas señales conoció manifiestamente el engaño y con fervoroso espíritu les dijo: Engañadores, tened reverencia a vuestro Dios. Desaparecieron a estas voces los ángeles fantásticos y se dejaron ver los dos verdaderos ángeles: San Miguel y el santo Angel de su guarda; consolóle también el Señor, asegurándole de su perpetua asistencia.

Por más victorias que consiguiese Bernardo del enemigo en sus falsas apariciones, siempre quedaba receloso de sus infernales astucias. Quitóle el Señor la nimiedad (e) imperfección de estos temores el día del serafín estudiante de nuestra Compañía, San Luis Gonzaga,9 con los favores que le hizo.

En la Sagrada Comunión tuvo el favor ya ordinario de ver a los dos ángeles, que le ponían el riquísimo paño para que comulgase. Entró el Señor Sacramentado en su corazón y, como los movimientos presurosos incitasen algún recelo y temor de los engaños pasados, le dijo amorosamente el Señor: ¿Qué temes?¿ Que este corazón sea expugnado, estando yo en él para defenderle? Con esta locución amorosa se encendió tal fuego en el corazón de Bernardo que, enajenado de los sentidos, fue necesario que los dos ángeles le subiesen a la capilla donde había de continuar las gracias, con los demás Hermanos, sus condiscípulos.

En esta ocasión le dio el Señor una celestial doctrina, que es dignísima de insertarse aquí con las mismas palabras que se imprimieron en el fervoroso espíritu de Bernardo; y son éstas: “La imagen mía (le dijo el dulcísimo Jesús), que tienes grabada en tu corazón, servirá de escudo para rebatir todo lo que no fuese mío que quiera entrar en él; y así procura de tu parte no desmerecerlo, que yo así lo haré, para que no entren en tu corazón las cosas terrenas. Yo quiero los corazones de mis siervos humildes, pero magnánimos.10

En los temores y seguridad evita la nimiedad. La santidad más segura es la que más se asemeja a mí, y Yo siempre traté con los hombres como uno de tantos, haciéndome todo a todos,11 aunque en las obras era superior infinitamente a todos; y así la santidad más segura es la que en lo exterior no declina a exterioridad y en lo interior es muy rara.12

No está el mérito en hacer mucho, sino en amar mucho. A veces se hace mucho, y era mejor se hiciera menos y se amara más. El buen ladrón pocas buenas obras hizo, pero tuvo mucho amor. Los que fueron a la viña a la hora de nona, no trabajaron mucho, pero amaron mucho.

Este mi siervo (esto es San Luis Gonzaga, cuyo día era éste) no hizo cosas tan grandes como otros, pero amó mucho, tuvo grandes deseos, y así tiene mucha gloria como se lo dije a mi sierva (Santa María Magdalena de Pazzis,13 a quien el Señor reveló la gloria de este Santo), porque los deseos merecen mucho, si son verdaderos, y en cierto modo más seguros que las obras, pues en éstas se suele entrar la vanidad, porque aunque probatio dilectionis est exhibitio operis,14 advierte que no es ésta el amor, sino la señal y prueba de él, y como yo conozco los verdaderos deseos, por eso los premio como obras”. Hasta aquí la inflamada pluma de Bernardo.

Con estas palabras le dio el Señor a entender la perfección que quería de su siervo. Quería de este joven jesuita una perfección en lo exterior común, como la de todos sus condiscípulos, evitando siempre las menores faltas; mas en lo interior, muy singular como ninguno. Reparando el favorecido joven, que muchos Santos con menos favores, habían sido muy singulares también en lo exterior, le dijo su divino Maestro: In domo Patris mei mansiones multae sunt: En la casa de mi Padre hay muchas mansiones, y le dio a entender que la santidad más segura es la más semejante a Cristo Señor nuestro, y que ésta era la que él quería.


1.-La Sagrada Escritura llama al diablo “el mentiroso”. Es lo característico del mal espíritu. Ya en la primera página del Génesis aparece engañando a nuestros primeros padres, tergiversando el mandato y la prohibición de Dios. Tomará a parte a la mujer y le dirá: “¿cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?” (Gen 3, 1). Eva le responderá diciendo que pueden comer tranquilamente de todos los árboles del jardín, excepto de uno sólo: del que está en medio del jardín; de ése ha dicho Dios: No comáis de él ni lo toquéis, so pena de muerte” (Gen 3, 3). A lo que el demonio replicará: “De ninguna manera moriréis” (Gen 3, 4). Con lo que el hombre fue miserablemente engañado, con el señuelo de “se os abrirán los ojos y seréis como dioses” (3,5). Quebrantaron el mandato de Dios y fue entonces cuando “se les abrieron los ojos” de verdad, y ¿qué vieron?: que estaban desnudos. El diablo había derrotado al hombre, pero ya en la misma derrota aparece dibujada la figura del Vencedor: él te aplastará la cabeza. Es en el libro del Apocalipsis donde aparece el diablo intentando por todos los medios engañar y vencer a los que llevan el testimonio de Jesús. Lo presenta como el acusador de nuestros hermanos (Apoc. 12, 10), el que ha bajado donde vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo (12, 12), el que se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús (12,17).

 2.- En esta palabra aparece el drama existencial del espíritu del mal: hecho, como toda criatura, para amar y ser amado, y habiéndose apartado de Dios, la Fuente del amor, queda para siempre sediento sin poder saciar esa sed que le quema las entrañas. De ahí su asechanza al hombre, en este caso, a Bernardo: dame aquello de lo que no puedo prescindir...Uno se acuerda de las palabras del rico Epulón: “porque me abraso en estas llamas”. Llama para el espíritu del mal es la carencia total de amor y el ansia casi infinita de “ser como Dios” . Lo lleva tan incrustado en sus entrañas que le aflora a los labios continuamente: con los primeros padres (seréis como dioses¡), con el mismo Jesucristo (te daré todo el poder y las riquezas del mundo si te postras ante mí y me adoras¡). Todo esto y mucho más había encerrado en aquella palabra insidiosa, que tan mal sabor le iba a dejar a Bernardo. Y es que todo lo del diablo sabe mal y huele peor.

3           No es difícil para un corazón recto conocer el lenguaje del diablo, pues siempre viene acompañado de “inquietud”, “desasosiego”...y con frecuencia de una manera fuerte y casi violenta. Bernardo pone el calificativo de “turbulento”: algo que enrarece la atmósfera habitual del alma, que causa un movimiento fuerte en ella y hace que pierda la paz y la armonía de que antes disfrutaba. Se ve que Bernardo había interiorizado perfectamente las “Reglas para discernir los diversos espíritus”, que tan magistralmente compuso San Ignacio de Loyola en el libro de los Ejercicios y que fueron fruto de todo su recorrido espiritual, desde su conversión en la Casa solariega (año de 1521) hasta su estancia en Roma (año de 1548), en que ve la luz la primera edición de este maravilloso librito.

4          San Juan de la Cruz habla de estas locuciones sobrenaturales y dice que son aquellas “que sin medio de algún sentido corporal se suelen hacer en los espíritus de los espirituales, las cuales, aunque son en tantas maneras, hallo que se puedan reducir todas a estas tres, conviene a saber: palabras sucesivas, formales y sustanciales. Sucesivas llamo ciertas palabras y razones que el espíritu, cuando está recogido entre sí, para consigo suele ir formando y razonando. Palabras formales son ciertas palabras distintas y formales que el espíritu recibe, no de sí, sino de tercera persona, a veces estando recogido, a veces no lo estando. Palabras sustanciales son otras palabras que también formalmente se hacen al espíritu, a veces estando recogido, a veces no; las cuales en la sustancia del alma hacen y causan aquella sustancia y virtud que ellas significan....; estas locuciones sucesivas pueden proceder en el entendimiento de tres causas, conviene a saber: del Espíritu Divino, que mueve y alumbra al entendimiento, y de la lumbre natural del mismo entendimiento, y del demonio, que le puede hablar por sugestión. Y decir ahora las señales e indicios para conocer cuándo proceden de una causa y cuándo de otra, sería algo dificultoso dar de ello enteras muestras e indicios, aunque bien se pueden dar algunos generales, y son éstos: a) Cuando en las palabras y conceptos juntamente el alma va amando y sintiendo amor con humildad y reverencia de Dios, es señal que anda por allí el Espíritu Santo, el cual siempre que hace algunas mercedes las hace envueltas en esto. b) Cuando procede de la viveza y lumbre solamente del entendimiento...queda la voluntad seca, aunque no inclinada a vanidad ni al mal, si el demonio de nuevo sobre aquello no la tentase... Aun las que son del demonio, a veces son dificultosas de entender y conocer, porque, aunque es verdad que ordinariamente dejan la voluntad seca acerca del amor de Dios y el ánimo inclinado a vanidad, estimación o complacencia, todavía pone algunas veces en el ánimo una falsa humildad y afición fervorosa de voluntad fundada en amor propio...” (Subida del Monte Carmelo, libro II, cap 29, nº 11) Hablando de las palabras formales dice el Santo carmelita: “Estas palabras, a veces son muy formadas, a veces no tanto...; éstas, a veces, son una palabra, a veces dos o más... Estas palabras...cuando son de Dios...ponen al alma pronta y clara en aquello que se le manda o enseña, puesto que algunas veces no quitan al alma la repugnancia y dificultad, antes se la suelen poner mayor, lo cual hace Dios para mayor enseñanza, humildad y bien del alma... Al contrario acaece cuando las palabras y comunicaciones son del demonio, que en las cosas de más valor pone facilidad y prontitud, y en las bajas repugnancia... En estas palabras formales no tiene el alma que dudar si las dice ella. Porque bien se ve que no, mayormente cuando ella no estaba en lo que se le dijo; y si lo estaba, siente muy clara y distintamente que aquello viene de otra parte” (idem, cap 30, nº 2,3,4) Estas mismas ideas, que son el abc de la vida interior, las expresó San Ignacio con suma claridad en las que él llama “Reglas para el mismo efecto con mayor discreción de espíritus, y conducen más para la segunda semana”: 1ª Regla.- La primera: propio es de Dios y de sus ángeles en sus mociones, dar verdadera alegría y gozo espiritual, quitando toda tristeza y turbación, que el enemigo induce; del cual es propio militar contra la tal alegría y consolación espiritual, trayendo razones aparentes, sutilezas y asiduas falacias.  2ª Regla.- La segunda: sólo es de Dios nuestro Señor dar consolación a la ánima sin causa precedente; porque es propio del Criador entrar, salir, hacer moción en ella, trayéndola toda en amor de su divina majestad. Digo sin causa, sin ningún previo sentimiento o conocimiento de algún objeto, por el cual venga la tal consolación mediante sus actos de entendimiento y voluntad.   3ª Regla.- La tercera: con causa puede consolar al ánima así el buen ángel como el malo, por contrarios fines: el buen ángel por provecho del ánima, para que crezca y suba de bien en mejor; y el mal ángel para el contrario, y adelante para traerla a su dañada intención y malicia.   4ª Regla.- La cuarta: propio es del ángel malo, que se forma sub angelo lucis, entrar con la ánima devota y salir consigo; es a saber, traer pensamientos buenos y santos conforma a la tal ánima justa, y después poco a poco procura de salirse trayendo a la ánima a sus engaños cubiertos y perversas intenciones.   5ª Regla.- La quinta: debemos mucho advertir el discurso de los pensamientos; y si el principio, medio y fin es todo bueno, inclinado a todo bien, señal es de buen ángel; mas si en el discurso de los pensamientos que trae, acaba en alguna cosa mal o distractiva, o menos buena que la que el ánima antes tenía propuesta de hacer, o la enflaquece o inquieta o conturba a la tal ánima, quitándola su paz, tranquilidad y quietud que antes tenía, calara señal es proceder de mal espíritu, enemigo de nuestro provecho y salud eterna.   6ª Regla.- La sexta: cuando el enemigo de natura humana fuere sentido y conocido de su cola serpentina y mal fin a que induce, aprovecha a la persona que fue de él tentada, mirar luego en el discurso de los buenos pensamientos que le trajo, y el principio de ellos, y cómo poco a poco procuró hacerla descender de la suavidad y gozo espiritual en que estaba, hasta traerla a su intención depravada; para que con la tal experiencia conocida y notada, se guarde para delante de sus acostumbrados engaños”.  (Libro de los Ejercicios espirituales, San Ignacio de Loyola, nº 328-334)

5          Entre las “visiones” verdaderas y las falsas, que puede inducir el demonio, son muy notables las diferencias. Santa Teresa habla preciosamente de ello. En el Libro de la Vida escribe así: “Un día de San Pablo estando en misa se me representó toda esta Humanidad sacratísima como se pinta resucitado, con tanta hermosura y majestad ....; sólo digo que cuando otra cosa no hubiese para deleitar la vista en el cielo sino la gran hermosura de los cuerpos glorificados, es grandísima gloria, en especial ver la Humanidad de Jesucristo Señor Nuestro, aun acá que se muestra Su Majestad conforme a lo que puede sufrir nuestra miseria; ¿qué será adonde del todo se goza tal bien?....  Bien presto se me quitó la duda de si era antojo y después veo muy claro mi bobería; porque si estuviera muchos año imaginando cómo figurar cosa tan hermosa, no pudiera ni supiera, porque excede a todo lo que acá se puede imaginar, aun sola la blancura y resplandor. No es resplandor que deslumbre, sino una blancura suave y el resplandor infuso, que da deleite grandísimo a la vista y no la cansa ni la claridad que se ve para ver esta hermosura tan divina. Es una luz tan diferente de la de acá que parece una cosa tan deslustrada la claridad del sol que vemos, en comparación de aquella claridad y luz que se representa a la vista, que no se querrían abrir los ojos después. Es como ver un agua muy clara que corre sobre el cristal y reverbera en ello el sol, a una muy turbia y con gran nublado y corre por encima de la tierra...; es luz que no tiene noche, sino que, como siempre es luz, no la turba nada. En fin, es de suerte que, por gran entendimiento que una persona tuviese, en todos los días de su vida podría imaginar cómo es....  No digo que es comparación, que nunca son tan cabales, sino verdad, que hay la diferencia que de lo vivo a lo pintado no más ni menos; porque si es imagen, es imagen viva; no hombre muerto, sino Cristo vivo; y da a entender que es hombre y Dios, no como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado. Y viene a veces con tan grande majestad que no hay quien pueda dudar sino que es el mismo Señor, en especial en acabando de comulgar, que ya sabemos que está allí, que nos lo dice la fe....”  (cap 28, nº 3,5,7,8)   Como a Bernardo, también a Santa Teresa intentó el demonio representar falsamente a Jesucristo: “Paréceme que tres o cuatro veces me ha querido representar de esta suerte al mismo Señor en representación falsa: toma la forma de carne, mas no puede contrahacerla con la gloria que cuando es de Dios. Hace representaciones para deshacer la verdadera visión que ha visto el alma; mas así la resiste de sí y se alborota y se desabre e inquieta que pierde la devoción y gusto que antes tenía y queda sin ninguna oración.... A quien hubiere tenido verdadera visión de Dios, desde luego casi se siente; porque, aunque comienza con regalo y gusto, el alma lo lanza de sí. Y aun a mi parecer, debe ser diferente el gusto y no muestra apariencia de amor puro y casto; muy en breve da a entender quién es. Así que, adonde hay experiencia, a mi parecer, no podrá el demonio hacer daño” (cap 28, 10)

6          En el original dice a en vez de “en”.

7          Realmente es llamativo con qué lucidez un muchacho de 18 años, aún no cumplidos, discierne los contrarios movimientos del bueno y malo espíritu.

8          Una frase casi idéntica a la que hemos citado anteriormente de Santa Teresa. Sabemos que Bernardo leía las obras de la Santa para comprender mejor lo que le sucedía.

9          La fiesta de San Luis Gonzaga cae el 21 de junio. Había sido canonizado sólo tres años antes, estando Bernardo en el Colegio-Noviciado de Villagarcía.

10         Esta frase de Jesucristo será muy querida para Benardo y le alentará de modo especial en su futura tarea de propagar la devoción y el culto al Corazón del Señor; no habrá dificultades ni contratiempos que le puedan desanimar.

11         Expresiones que son de cuño moderno: Jesús, el “uno de tantos” que revela la profundidad de su encarnación y su anonadamiento. Uno recuerda aquí el himno de la carta a los Filipenses: “Entre vosotros tened la misma actitud de Cristo Jesús: El, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo haciéndose uno de tantos.” (2,5-7)

12         En el sentido original de “preciosa”

13         Ambos Santos eran contemporáneos. Luis Gonzaga nació (1568) dos años después que Magdalena de Pazzis y morirá (1591) dieciséis años antes que ella.

14         “la prueba del amor son las obras”


                       
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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