Efectos que estos favores causaban en Bernardo, y continuación de otros nuevos. ("Vida. Libro Primero. Capítulo 11)

Los maravillosos efectos que los favores causaban en el espíritu de Bernardo y las fructuosas inteligencias que le daban, son el más cierto indicio de que venían del Padre de las luces. Abrasaban en fuego de amor de Dios el corazón de este joven, cuando los recibía; pero su llama quedaba lenta y suave en su interior, de suerte que todo el día se mantenía en una amorosa presencia de Dios muy íntima.1 Nada podía apartarle de las celestes y divinas impresiones que dejaban en su alma favorecida: “Siempre anda engolfada en el inmenso piélago de la grandeza de la Divinidad (dice Bernardo), y continúa: aunque esta presencia de Dios es de la Divinidad, no obstante, traigo muy presente la sacratísima Humanidad2 con la imagen que tengo impresa en mi corazón, y con la memoria y especie de las visiones”.

Aun en sueños le favorecía el Señor con este regalo de presencia suya, llena de luces y amorosos afectos, porque como había padecido tanto y resistido en sueños en tiempo del desamparo, quiso premiarle en las mismas circunstancias de sus penas.3

Iba el Señor disponiendo4 suavemente y poco a poco el alma de este ángel joven para el desposorio prometido, y así se continuaban los favores proporcionándolos a la humana debilidad. Después de haber comulgado, al empezar a dar gracias, vio un día por visión intelectual al Señor y por visión imaginaria sus sacratísimas manos, pies y costado con las cinco llagas, más hermosas y resplandecientes que cinco soles. Díjole su Majestad con grande amor estas palabras: “Mira, si quien recibió estas llagas por ti y con gran gusto (pues (te) tenía presente con otras almas, mis esposas, cuando las recibí) te querrá por esposa? Prepárate para serlo”.

Dióle a entender que, a la siguiente comunión, vendría sobre su alma de algún modo el Espíritu Santo, para prepararle a recibir con mayor plenitud el mismo divino Espíritu en los días de su solemnidad, que estaba cerca. Entendió también lo que la extática Santa Teresa de Jesús y otras muchas almas favorecidas5 han conocido de la inmensa benignidad del Señor: que su infinito amor para con los hombres le inclina a comunicar sus especiales favores a muchos; pero que son muy pocos los que se disponen a recibirlos. Entendió también los designios que Dios tenía en no mostrarle de una vez toda su hermosura en estas visiones imaginarias. Fue haber determinado su providencia que ninguno de estos favores saliese a lo exterior con raptos, éxtasis públicos y ruidosos, lo que no podía dejar de suceder, si no estuviera el alma acostumbrada a recibirlos con suavidad proporcionada.6

Pocos días después le declaró el Señor que el día7 de su gran devota y protectora Santa Magdalena de Pazzis, esta Santa le pondría la corona que antes había visto. Sucedió esta coronación prodigiosa el día pronunciado por el Señor, en esta forma: Apenas había entrado en la oración de comunidad,8 cuando oyó una celestial música de los ángeles, que cantaban: Veni de Libano, sponsa Domini, veni de Libano, veni coronaberis: Ven del Líbano, esposa del Señor, ven del Líbano, ven a ser coronada.9

Sintió al mismo tiempo un vuelo de espíritu, que le arrebató hacia el Santísimo Sacramento, como si se hallase en presencia de Jesús Sacramentado. Causóle un sagrado pavor este espiritual vuelo y las palabras que oyó del Señor: surge, propera, amica mea, columba mea, formosa mea, et veni; jam hiems transiit, imber abiit et recesit, flores apparuerunt in terra nostra, tempus putationis advenit. Levántate, date prisa amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y ven, ya se pasó el invierno y el tiempo tempestuoso se acabó, aparecieron las flores en nuestra tierra y llegó el tiempo de cortarlas.10

Entre los muchos misterios que conoció con estas palabras, que resonaban en los oídos de su espíritu, fue uno ver significadas en ellas las tres vías de la perfección: la purgativa en las voces Surge, amica mea; la iluminativa en Propera, columba mea; y la unitiva en Formosa mea, et veni. En las palabras flores apparuerunt, etc. le dio a entender el Señor que se agradaba en las flores de sus deseos,11 aunque no tenía obra ni merecimiento.

Derretíase el espíritu de Bernardo en afectos de profunda humildad y de amor seráfico cuando se le descubrió, por visión intelectual en parte y en parte imaginaria, el teatro glorioso del día de la Santa Cruz. Vio al benignísimo Jesús en un trono de inmensa majestad, al que se subía por tres riquísimas gradas. Tenía el Rey de gloria una corona en su cabeza; cercaban el trono la soberana Reina de los cielos, la extática Santa Teresa, Santa Magdalena de Pazzis y los Santos que componían el teatro asignado.

Hallábase el feliz joven de rodillas cerca del trono; entonces el benignísimo Jesús, tomando la corona que ceñía en sus sagradas sienes, la dio a Santa María Magdalena de Pazzis, quien coronó con ella a su fiel devoto Bernardo. Quedó éste con tan gran favor tan bello a los ojos de los Santos, que le decían: Revertere, revertere ut intueamur te.12 Vuélvete, oh alma, vuélvete, para que te veamos con esa riquísima corona. Así se hallaba de rodillas y extático, cuando vio que el Señor, acercándole a sí con grande amor, le quitaba con su divina mano la corona y volvía a ponerla en su real cabeza, diciéndole: tus victorias son mías.

A este tiempo oyó a los ángeles, que cantaban a su coronado Rey: Eggredimini, filiae Sion, et videte regem Salomonem in diademate, qua coronavit illum Mater sua in die laetitiae cordis eius. Salid Hijas de Sion, y mirad a Jesús vuestro Rey coronado con la corona, con que le coronó su Madre en el día de la alegría de su corazón.13 Cesó con este celestial motete la visión.

Los efectos que dejó esta visión en el alma del joven fueron muy sólidos: “He quedado (dice) todo aniquilado, confuso y temeroso de la majestad del Señor, en ver me trata con tanta afabilidad: en este rapto entendí grandes cosas de santa Magdalena de Pazzis. Ya ha mucho tiempo que no experimentaba estos efectos tan violentos; por lo regular ahora es cosa muy subida, en que experimento cosas admirables. Todo este día anduve no sé cómo, y el siguiente de la Ascensión como ya diré”. Hasta aquí Bernardo.

Fueron tan singulares los favores del día de la Ascensión y Venida del Espíritu Santo que protesta no se atreve a escribirlos, si no le alentara la obediencia. Asistiéronle a la sagrada comunión este día el Príncipe San Miguel y el santo Angel de su guarda, poniéndole el riquísimo paño de otras veces al tiempo de comulgar. Daba gracias al Señor con los fervores extáticos que acostumbraba, especialmente por los grandes bienes que habían venido al mundo con su admirable Ascensión a los cielos.

Entonces Jesús con amorosas quejas le dijo que muchos no sólo no se aprovechaban de sus beneficios, mas le eran sumamente ingratos. Al mismo tiempo se le mostró la sacrosanta Humanidad del Señor gloriosa y le dijo: Mírame, Yo soy el que te quiero por esposa. Empezó el Señor a subir a los cielos y quiso que su favorecido joven gozase este día en su espíritu algo de la gloria de su felicísimo tránsito.

Viole con visión intelectual muy alta, con las circunstancia todas que le describen los sagrados Evangelistas y el profeta David. Subía el Señor acompañado de innumerables ángeles, y a proporcionada distancia apareció una hermosa y resplandeciente nube, que le ocultó. “Quedé muy recogido (dice Bernardo), lleno de gran quietud y suavidad y admiración, aunque mayor admiración me causó lo que se siguió”.

Siguióse ver y oír con visión y audición intelectual muy subida, lo que pasó en el triunfo solemnísimo de Jesús al entrar por las puertas del cielo y sentarse a la diestra del Padre. Oyó y entendió el coloquio que tuvieron los ángeles, que formaban la comitiva del Rey triunfante, con los que guardaban las puertas del cielo, como se describe en el salmo 23.14

Vio abrirse de par en par las Puertas eternas, y que los ángeles en sus lucidos y ordenados coros llegaban a adorar a su Rey de gloria. Empezaban los serafines, seguían los querubines, sucedían los tronos y todas las jerarquías por su orden. Lo que Bernardo tiene por inexplicable, como lo es en verdad, es el recibimiento que la Santísima Trinidad hizo a Cristo Señor nuestro; cómo tomó posesión de la diestra del Padre, que le dijo: Sede a dextris meis, donec ponam inimicos tuos scabellum pedum tuorum,15 y otros altísimos misterios que se le descubrieron entonces.

Esfuérzase el favorecido joven a explicar estas cosas y, aunque las escribe con difusión, confiesa que es nada lo que puede decir. “No hay que dilatarme más; sólo digo que en este tiempo me parecía estar mi alma en el mismo cielo. La vecindad fue tanta que desde el principio de lo dicho quedé en un divino éxtasis, del que volví después de tres cuartos de hora poco más o menos, aunque a mi se me hizo un Ave María. Después acá, ando como fuera de mí, y todo lo que veo, me parece es sueño; y así me parece que más converso en el cielo que en la tierra; a lo menos la parte superior está toda en sus glorias, aunque la exterior trata con los hombres y es de entender que no me impide cosa alguna, ni aun estudiar; tengo muy impresas las especies de esta visión. Los efectos son propios de la mano del Altísimo omnipotente Dios.16


1          Si por los frutos se conoce el árbol, también por los “efectos” que se producen en el alma se conoce el espíritu de Dios. Efectos como fuego de amor divino, suavidad, presencia amorosa de Dios, luces, sentirse como engolfado en Dios... todo eso apunta al buen espíritu, como único protagonista.

2          Como en Teresa de Jesús y en Ignacio de Loyola, la santa Humanidad de Jesucristo tiene también una importancia especial en la espiritualidad del P. Bernardo de Hoyos.

3          Con frecuencia el Señor pone el bálsamo allí donde estuvo la herida ; según una antigua tradición Jesús mismo subirá al cielo, lleno de gloria y rebosante de gozo, desde el monte de los Olivos que fue también testigo de la terrible agonía del huerto.

4          Disponer el alma para un abrazo tan íntimo con Dios como se da en el desposorio espiritual, supone una preparación muy exigente. San Juan de Avila, con su acostumbrado gracejo, dice que Dios es un vino fortísimo y que el estómago humano no podría digerirlo si El, con su gracia, no ayudara para ello. Hablando el P. Antonio Orbe de la preparación que el Señor fue haciendo en el alma y en el cuerpo de la que había de ser su Madre en la tierra, se expresa así: “El Espíritu Santo dispone el seno de María para la concepción y nacimiento dignos del Hijo de Dios. Y ¿cómo lo hizo? En las palabras del ángel a nuestra Señora no se descubre el anuncio de inmediatos sufrimientos. ¿Es que, quizás, no existieron? Yo me resisto a creerlo. Por limpia que fuese la Virgen, de alma y cuerpo, ¿lo era tanto que respondiese a la pureza de la humana naturaleza del Hijo? A uno le viene sin querer la doctrina de los místicos sobre la Noche oscura del espíritu. Bastaría aplicar al organismo de la Virgen lo que dicen del alma, previamente purificada con la Noche del sentido.... El cuerpo de Nuestra Señora, sin sombra de imperfección, era todavía físicamente no idóneo para ofrecerse, sin más, al Hijo de Dios. ¿Sería, pues, descabellado atribuir a la Madre de Jesús una Noche pasiva, de singularísimos sufrimientos, a lo largo de la concepción? “Y así el alma en esta purgación, aunque ella ve que quiere bien a Dios y que daría mil vidas por El – como es así la verdad, porque en estos trabajos aman con muchas veras estas almas a su Dios -, con todo, no le es alivio esto, antes le causa más pena; porque, queriéndole ella tanto que no tiene otra cosa que le dé cuidado, como se ve tan limitada, no pudiendo creer que Dios la quiere a ella, duélese de ver en sí causa por que merezca ser afligida de quien ella tanto quiere y desea” (San Juan de la Cruz, Noche oscura de la subida del monte Carmelo, Noche pasiva II, 7, 7). Así, poco a poco, pero cada día con mayor intensidad, fue el Espíritu Santo preparando el alma y el cuerpo de la Virgen para la venida de Jesús a Ella.” (P. Antonio Orbe, La Anunciación, BAC minor)

5          San Ignacio solía decir que Dios haría maravillas en las almas, si éstas no lo impidiesen; por su parte él mismo se sentía “todo impedimento”.

6          En efecto, comprobamos en la vida del P. Hoyos que, a pesar de sus dones místicos y elevaciones sobrenaturales, nada trascendió al exterior por lo que sus condiscípulos pudieran entrever algo extraordinario. No siempre le ocurrió esto a Santa Teresa, quien a pesar de desearlo ardientemente, no siempre pudo evitar que salieran al exterior algunos de estos fenómenos llamativos. Hablando de ellos, escribirá: “Cuando pensaba que estas mercedes que el Señor me hace se habían de venir a saber en público, era tan excesivo el tormento que me inquietaba mucho el ánima. Vino a términos que, considerándolo, de mejor gana me parece me determinaba a que me enterraran viva que por esto; y así, cuando me comenzaron estos grandes recogimientos o arrobamientos a no poder resistirlos aun en público, quedaba yo después tan corrida que no quisiera parecer adonde nadie me viera.... Vino a términos la tentación que me quería ir de este lugar y dotar en otro monasterio muy más encerrado que en el que yo al presente estaba, que había oído decir muchos extremos de él; era también de mi Orden y muy lejos, que eso es lo que a mí me consolara, estar adonde no me conocieran y nunca mi confesor me dejó” (Vida, cap 31, 12-13)  Fray Efrén de la Madre de Dios, en su Biografía de la Madre Teresa, escribe: “Declara el P. Rivadeneira que “vió un día a la dicha Madre Teresa de Jesús en casa de doña Luisa de la Cerda y que la trataban como a gran sierva de Dios”. María de San José, entonces doncella de catorce años y testigo de aquellas escenas, dejó una relación muy interesante del trato de la Santa con las diferentes clases de gente del palacio....El mayor revuelo entre la servidumbre fue provocado por las mercedes que decían recibía de Dios. La mencionada María de San José cuenta que también ella fue arrastrada por la curiosidad que dominaba a todas sus compañeras. “Codiciosa –dice- de ver algo de lo que entendíamos que Dios hacía con ella, la mirábamos algunas veces por entre la puerta de su celda donde se encerraba y la veíamos arrebatada, y yo con mis propios ojos la vi algunas veces” (Obras de Santa Teresa, BAC, tomo 74, Madrid 1951, pgs 543-544)

7          Su fiesta se celebra el 29 de mayo

8          Los jesuitas se reunían una vez al día para el rezo de la “oración comunitaria”, que consistía prácticamente en rezar las Letanías de los Santos. Hablando de esta práctica piadosa, dicen así las Prácticas de Villagarcía: “El rezo común de las letanías fue instituido en la Compañía para pedir “por las necesidades de la Iglesia” ; “todos los miembros de la Compañía de Jesús militante, repartidos por el mundo, se unen en espíritu en estas letanías comunes, para rogar por la Esposa de Cristo, Madre nuestra, la Iglesia católica”. (Prácticas de Villagarcía, por el P. Francisco Javier Idiáquez, Madrid 1948, pgs 95-96). Fue al tener esta oración cuando Bernardo experimenta esa gracia preciosa.

9          Cantar de los cantares 4, 8

10         Cantar de los cantares 2, 10-12

11         Los buenos y sinceros deseos son dones del Espíritu Santo, que se han de cultivar y fomentar, pues ayudan a trabajar por nuestra perfección cuando son sinceros. San Ignacio los tenía en mucho. Solía repetir con frecuencia que “si la perfección consistiese en sólo buenos deseos, que no diera ventaja a hombre viviente”.

12          Cantar de los cantares 7, 1

13         Cantar de los cantares 3, 11

14         Este salmo 23 expresa la liturgia de entrada en el santuario. Una procesión avanza hacia el templo, llevando consigo el arca de la alianza. Y surge la pregunta: ¿quién puede estar en el recinto sacro? El de manos limpias y puro corazón. Cristo es la verdadera Arca de la Alianza nueva y eterna, que entra con su Humanidad en el cielo, arrastrando consigo a la humanidad entera. En el salmo se oye una voz unánime y común que grita: ¡Puertas, levantad vuestros dinteles para que entre el rey de la gloria! Y siguen dos preguntas que se alternan en dos coros angélicos: ¿Quién es ese rey de la gloria? – preguntan unos-, y responden los otros: El Señor, él es el rey de la gloria. Este salmo describe el triunfo de Jesucristo, entrando victorioso en el cielo el día de su Ascensión. Bernardo saborea con fruición intensa este momento de la vida gloriosa de Cristo.

15         Salmo 110, 1

16         Describe aquí Bernardo de una manera muy somera ese “vuelo de espíritu”, de que habla poco más arriba. Santa Teresa habla preciosamente de ello en el libro de su Vida: “Querría saber declarar con el favor de Dios la diferencia que hay de unión a arrobamiento o elevamiento o vuelo que llaman de espíritu o arrebatamiento, que todo es uno; digo que estos diferentes nombres todo es una cosa y también se llama éxtasis. Es grande la ventaja que hace a la unión; los efectos muy mayores hace y otras hartas operaciones, porque la unión parece principio y medio y fin y lo es en lo interior; mas así como estos otros fines son en más alto grado, hace los efectos interior y exteriormente. Declárelo el Señor como ha hecho lo demás.... En estos arrobamientos parece no anima el alma en el cuerpo y así se siente muy sentido faltar de él el calor natural; vase enfriando, aunque con grandísima suavidad y deleite. Aquí no hay ningún remedio de resistir; que en la unión, como estamos en nuestra tierra, remedio hay...acá las más veces ningún remedio hay, sino que muchas, sin prevenir el pensamiento ni ayuda ninguna, viene un ímpetu tan acelerado y fuerte que véis y sentís levantarse esta nube o esta águila caudalosa y cogeros con sus alas.... Ahora tornemos a arrobamiento, de lo que en ellos es más ordinario. Digo que muchas veces me parecía me dejaba el cuerpo tan ligero que toda la pesadumbre de él me quitaba y algunas era tanto, que casi no entendía poner los pies en el suelo.... Muchas veces se engolfa el alma o la engolfa el Señor en sí por mejor decir, y teniéndola así un poco quédase con sola la voluntad... Por eso, a quien el Señor diere esto no se desconsuele cuando se vea así el cuerpo muchas horas y a veces el entendimiento y memoria divertidos. Verdad es que lo ordinario es estar embebidas en alabanzas de Dios o en querer comprender y entender lo que ha pasado por ellas y aun para esto no están bien despiertas, sino como una persona que ha mucho dormido y soñado y aun no acaba de despertar....Después que torna en sí, si ha sido grande el arrobamiento, acaece andar un día o dos y aun tres, tan absortas las potencias o como embobecida que no parece anda en sí. Aquí es la pena de haber de tornar a vivir, aquí le nacieron las alas para bien volar, ya se le ha caído el pelo malo, aquí se levanta ya del todo la bandera por Cristo...Y en hecho de verdad pasa así todo esto, si los arrobamientos son verdaderos, que queda el alma con los efectos y aprovechamiento que queda dicho; y si no son éstos, dudaría yo mucho serlos de parte de Dios... Tengo para mí que un alma que allega a este estado, que ya ella no habla ni hace cosa por sí, sino que de todo lo que ha de hacer tiene cuidado este soberano Rey....Entiéndese claro es vuelo el que da el espíritu para levantarse de todo lo criado y de sí mismo el primero, mas es vuelo suave, es vuelo deleitoso, vuelo sin ruido. ¡Qué señorío tiene un alma que el Señor llega aquí, que lo mire todo sin estar enredada en ello, qué corrida está del tiempo que lo estuvo, qué espantada de su ceguedad...¡”  (Obras de Santa Teresa, Bac, Madrid 1951; libro de la Vida, cap 20, nº 1,3,18, 21-25)


                       
Publicado con autorización del Vicepostulador de la Causa del P. Bernardo de Hoyos, P. Ernesto Postigo Pérez, Apdo 185 - 34080 PALENCIA (España).
                       
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