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regaladísimos favores, que recibió Bernardo en este
tiempo. ("Vida".
Libro Primero. Capítulo 10) Habiendo escogido el amantísimo Jesús por carroza y trono de su amor el corazón de Bernardo, no es maravilla que le continuase los celestiales favores, que su Majestad hizo y oí hace a muchas almas singularmente favorecidas. Serán increíbles los que a Bernardo hizo a los que no acaban de entender las finezas del divino Esposo con las almas que escoge para sus delicias. Al tiempo de comulgar vio en una ocasión que el Príncipe de los ángeles, San Miguel, y el Angel de su guarda descogían1 y tenían un riquísimo paño de tela blanco, bordado de celestiales labores, para que comulgase. Comulgó este día con tal ternura y devoción que, al recibir la Sagrada Forma, le pareció estar su corazón como una blanda cera; que entraba en él su amado y que, tocándole la sacratísima Humanidad del Señor, quedaba estampada en el mismo corazón. Quedó estampada en él una imagen (dice Bernardo) como el sello (que) se imprime (en) la cera blanda; pero es más de admirar que esta imagen, no sólo quedó impresa en un lado del corazón, sino por todos los lados y por el medio, como la esponja henchida de agua. Y esta misma impresión de la humanidad en el corazón, vi, por visión más alta, hacía la Divinidad en el alma, y se me dijeron estas palabras con un amor inexplicable:Desde ahora quedas transformado en mí y yo quedo en ti por cierto modo; pero mira que quedas obligado a evitar las mínimas imperfecciones y a aspirar a amarme sin cesar. Después, por visión imaginaria se me mostró una corona de oro, esmaltada de tan rica pedrería que las piedras preciosas de acá parecen cieno en su comparación; y me dijo el Señor:Esta te prometo, yo te la daré, cuando sea mi Gloria. También me dijo que semejante impresión2 a la que dejo dicha, había hecho a Santa Gertrudis. Yo he buscado después su vida y lo he leído allí casi del mismo modo que esto fue, y allí se pueden ver los efectos que este favor deja, pues queda el alma deificada en cierto modo. Es verdad que entiendo hay todavía otra transformación más alta, no porque pueda ser más que de la divinidad, sino por las circunstancias. Otro día de comunión le brindó su santo Angel de guarda una celestial copa llena de ambrosía del cielo, llegósela a los labios y bebió con indecible dulzura un licor desconocido en la tierra, que le confortó el espíritu y aun el cuerpo. Este licor angélico y divino era, sin duda, el mismo que bebió pocos días después en otra comunión, diciéndole el Señor: Esta es la sangre de mi costado. Favor semejante leemos en la vida de la prodigiosa virgen Santa Catalina de Siena.3 Los efectos que causó en el espíritu y en el cuerpo de Bernardo le hicieron decir: Parecéme este favor muy semejante a otro, que cuenta de sí Santa Teresa en las adiciones de su Vida. Sintió tan inflamado su corazón con el contacto divino del licor sagrado que le parecía se abrasaba en un suavísimo incendio. Como estaba impresa la imagen de la sacratísima Humanidad en su corazón, como el sello en la cera, le parecía que, entrando sacramentado en su pecho, se volvían a llenar los huecos o señales profundas de la imagen del Redentor. Dejaban tantos favores tan desfallecido el cuerpo de Bernardo que no podía moverse después de la sagrada Comunión. Era preciso subir desde la iglesia, donde comulgaban todos los Hermanos del colegio, a dar gracias los Hermanos Filósofos a una capilla retirada;4 y así, para que no se descubriesen estos singularísimos favores, dispuso el Señor que los santos ángeles le fuesen sosteniendo y llevando en sus brazos. Favor muchas veces repetido. Entre tan singulares favores de Jesús no podían faltar los de María Santísima, dulce Madre del Señor, empeñado en favorecer a su siervo. Dejóse ver esta celestial Reina del joven favorecido, cortejada de innumerables ángeles, con vestido y ademán airoso de su Asunción gloriosa. Traían en su mano derecha la corona, de que hablamos antes, esmaltada con riquísimas piedras. Mostrósela y le dijo: Esta corona será señal del desposorio con mi Hijo, y desapareció. Para este celestial desposorio fue disponiendo el Señor a su amado siervo con particulares favores. El primero fue hablarle regaladamente en lo interior de su espíritu y como pedir al alma su consentimiento. Alma escogida mía (la dijo el Señor con lenguaje y amor divino), Yo te quiero por esposa; Yo que soy Hijo del Eterno Padre, igual y consustancial con él, de quien procedo por fecunda generación. Yo soy la segunda persona de la Santísima Trinidad, teniendo una misma esencia con el Padre y con el Espíritu Santo. Igual es mi poder, mi grandeza, mi inmensidad, mi bondad, mis atributos y mis perfecciones con las del Padre y el Espíritu Santo; mira, pues, si me quieres tener por esposo, que yo a ti te quiero por esposa. (Esto fue en nombre de la Divinidad y, lo que se sigue, de la Humanidad sacratísima): Yo soy Dios y Hombre, dotado en cuanto Hombre de todas las dotes correspondientes a mi dignidad. Yo soy el más hermoso de los Hombres, de mis grandezas están llenas las Escrituras; a mí se me ha entregado el mando de todo lo creado, siendo Rey de todo ello. Esta hermosa máquina del Universo con todas sus perfecciones me está sujeta como hacedor, en cuanto Dios y en cuanto heredero del cetro de Judá. Los supremos Serafines se me arrodillan y me adoran, conociendo la dignidad que tengo y la infinita distancia que hay de ellos a mí. Considera, pues, amada alma, si te convendrá tomarme por esposo, que Yo sólo por el amor que te tengo quiero desposarme contigo. Considéralo bien y deséalo con los deseos debidos, que todavía pasará mucho tiempo; entretanto Yo te iré disponiendo y te daré las arras, que serán prendas seguras, cuales sean mis favores; y el primero sea éste que te he hecho de abrasar tu corazón. Fueron palabras distintas y muy en lo interior,5 y estaba el alma escuchando estos requiebros como espantada dulcemente. Oh quién tuviera lengua de serafín para decir alguna cosita de lo mucho que en este paso sucedió en mi alma! Ya se ve cuán amorosas y regaladas son las palabras referidas; pero fue tal el amor con que se me dijeron que, si su Majestad no me conservara la vida, fuera caso imposible vivir. Esperaba el Señor la respuesta, pero el alma confusa y sumergida en el abismo de sus miserias y nada, no sabía qué hacerse, viendo con una clara luz que se le comunicaba, cuán indigna era de este soberano favor, y parece se deshacía y aniquilaba. No podía hablar por estar muda y sorprendida de excesiva admiración, como abrasada en vivas llamas de amor, y balbuciente, sin formar palabra, hablaba con cifras, y sólo pudo decir: Ecce Ancilla Domini fiat mihi secundum Verbum tuum. (He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra).6 Explicando con este solo afecto tales actos de otras virtudes, que no es fácil explicar cómo sea; pues con este solo amaba, admiraba, alababa, engrandecía, agradecía, adoraba, veneraba y exaltaba las grandezas de su Amado. Se confundía, se aniquilaba y miraba indigno de tan gran favor. Los efectos han sido divinos, y ya me vale más callar en este favor, pues desfallezco de amor y no puedo proseguir. No contento el amabilísimo Esposo de las almas sus escogidas, con la locución y favor precedente, le continuó muchos otros el día de la Invención de la Santa Cruz.7 Estaba Bernardo dando humildes y fervorosas gracias después de comulgar, cuando se vio en un celestial teatro en esta forma: parecíale ver por visión intelectual a Cristo Señor nuestro en un trono de suma y amable Majestad. Tenía a su mano derecha a su Santísima Madre, después se seguía la extática Santa Teresa de Jesús,8 nuestro glorioso P. San Ignacio,9 y San Miguel.10 Formaban el celestial coro de la mano siniestra de Jesús Santa María Magdalena de Pazzis,11 San Francisco Javier,12 el V. P. Manuel Padial13 (de quien era devotísimo Bernardo) y el santo Angel de su guarda. Absorto y profundamente aniquilado, miraba el feliz joven esta gloriosa representación cuando Jesús habló a los Santos en esta forma: A esta alma quiero tomar por esposa, pues peleó valerosamente con mi gracia y llevó con constancia los trabajos. Quiero también publicar su victoria a mis Santos, sus devotos, y que le han asistido en sus combates. Vio a este tiempo Bernardo la corona, de que hemos hablado, en manos del Señor, quien prosiguió hablando de esta suerte: Hoy, en que se celebra la fiesta por mi, he querido manifestar sus victorias para que vea cuánto le importa llevar mi cruz: esto es, la cruz le he entregado y ha empezado a llevarla, pero le falta todavía mucho por que llevar. Mostrósele aquí una cruz de color blanco y encarnado; estaban los colores tan unidos y mezclados que no podía discernir cual de los dos sobresalía; Diósele a entender que significaba esta cruz la que había visto tres años antes: que su vida toda sería una tela tejida de favores y penas, consuelos y trabajos, delicias y desamparo. Como este era el tiempo de los favores, los continuaba el Señor por preparar a su siervo al desposorio que le había significado. Uno de los celestiales adornos del alma, que se había de desposar con el Rey de los ángeles, había de ser una castidad angélica; comunicósela el celestial esposo con favor singularísimo, que le hizo su grande protector San Miguel. Vio a este Príncipe de la milicia angélica un día, al tiempo de dar gracias después de la Sagrada Comunión, acompañado de innumerables ángeles. Venía con toda la belleza y resplandor que convenía al ángel supremo, y traía en sus manos un velo más blanco que la nieve. Despedía éste muchos rayos de luz y unas llamas de fuego, que significaban la castidad y caridad. Veíanse en el centro del velo unas letras de oro, que componían esta palabra: Castitas. (Castidad) Habló a Bernardo el santo Príncipe y le dijo: Vengo como el Príncipe de los ángeles a traerte el don de la castidad, y con ella, aunque en adelante padezcas las imaginaciones que los demonios levantan, está cierto que nunca llegarás a pecar. Ciñóle San Miguel aquel velo, largo como de media vara y algo menos ancho, como si le estrecharan con un cíngulo. Sintió algún dolor al tiempo que le ceñían, pero un dolor tan amable como el don que le comunicaba. Y me parece (dice Bernardo) que este velo, que ceñía el cuerpo, vestía el alma de un modo admirable, con que quedaba más agradable a los ojos de su amado; percibiendo al mismo tiempo interiormente aquello de los Cantares: Revertere, revertere, sunamitis, revertere, revertere, ut intueamur te: Quid videtis in sunamite, nisi chorus castrorum,14 (vuélvete, vuélvete, Sunamita; vuélvete, vuélvete para que te miremos: ¿qué véis en la Sunamita sino una danza de coro?) declarándose lo que agrada al Señor la castidad y que el alma, fortalecida de esta virtud como de impenetrable loriga, es fuerte como un ejército bien concertado contra sus pasiones y contra los demonios. Todos estos son dones, con que el Señor va preparando mi alma para el desposorio espiritual; y antes de hacerme cualquiera de estos favores, me trae a la memoria mis pecados, y se me comunica tan claro conocimiento de mi nada, mis miserias, mis tibiezas, mis pecados, mis maldades, e ingratitudes que, si al paso que baja esta balanza, no subiera la del conocimiento de Dios y del particular amor que me tiene, fuera bastante para desesperar. Pero como lo que viene de Dios, sólo es provechoso y no dañoso, causa esta luz en mi alma una humildad magnánima15 y que, en medio de la confusión, dice: Magnificat anima mea Dominum ... fecit mihi magna, qui potens est.(Engrandece mi alma al Señor.... hizo en mí cosas grandes el que es poderoso) 1 Palabra hoy en desuso, que significa desplegar, extender. 2 Se refiere a esa como impresión de la santa humanidad de Cristo en su corazón, que le hace oir: ahora quedas transformado en mí. Santa Gertrudis (1256-1302) tuvo una experiencia mística semejante, como atestigua en sus escritos. Esta santa benedictina alemana, del monasterio de Hefta, escribió entre otras obras: El heraldo del amor divino, Ejercicios espirituales (obra compuesta para la santificación de sus Hermanas en religión) y el Libro de la especial gracia. 3 Santa Catalina de Siena (1347-1380) es una de las grandes almas contemplativas que ha tenido la Iglesia. No sólo su espíritu contemplativo fue admirable, sino también su vida, alimentándose por largo períodos de ella solamente con la sagrada comunión. Su obra más conocida son los Diálogos, en los que Dios Padre conversa con ella sobre la vida interior. 4 Tanto en Villagarcía como en Medina del Campo se ve que nuestros estudiantes solían oir la santa Misa en la iglesia y, terminada ésta, alargaban su acción de gracias en la capilla de la Casa. 5 Son palabras que Dios dice al alma y que llevan consigo una gran seguridad y certeza. En otras notas y acudiendo a Santa Teresa hemos explicado este fenómeno de vida interior. 6 Bernardo acude a las palabras de la Virgen María en su anunciación, pues son las que mejor expresan lo que en esos momentos experimenta su alma: un abandonarse por completo en Dios, para que El haga en su persona lo que desee. Preparando al alma para el desposorio espiritual la va llevando a una completa y total donación de sí. 7 La Iglesia celebra la fiesta de la Invención de la santa Cruz el día 3 de mayo. Según la tradición la emperatriz Santa Elena, madre de Constantino, en la peregrinación que hace a Jerusalén encuentra la santa cruz en el monte Calvario. El sagrado lugar había sido cubierto por un templo dedicado a Venus y mandado construir por el emperador Adriano con el fin de impedir la veneración que a este lugar tenían los cristianos. 8 Santa Teresa de Jesús (1515-1582), nacida en Avila y reformadora del Carmelo junto con San Juan de la Cruz. Bernardo conocía bien sus obras, que leía con frecuencia para aclararse él mismo de los fenómenos interiores que le acaecían. 9 San Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador de la Compañía de Jesús. Es una figura especialmente querida de Bernardo y que aparece con alguna frecuencia en sus visiones. 10 San Miguel, el Príncipe de los ángeles, como le llama Bernardo, está muy ligado a la persona de Bernardo y es quien le anima y asiste en sus pruebas interiores. 11 Santa María Magdalena de Pazzis (1566-1607) aparece con frecuencia en las visiones de Bernardo. Fue una gran contemplativa italiana, perteneciente a la Orden de las Carmelitas y favorecida en su vida con los estigmas. Destacó, entre otras cosas, por su ardiente amor a la Eucaristía. 12 San Francisco Javier (1506-1552) aparece alguna que otra vez en estas visiones de Bernardo de Hoyos. Fue el gran misionero jesuita, cuyo culto se extendió con relativa prontitud. En su mismo pueblo de Torrelobatón el niño Bernardo oraría más de una vez ante el pequeño altar, dedicado al Santo y que se conserva hoy en día. 13 El Padre Manuel Padial (1661-1725) nació y vivió casi toda su vida en la ciudad de Granada. Entró joven en la Compañía de Jesús y se distinguió por su rigurosa penitencia y su alta contemplación. Murió cuando Bernardo estaba en su último año de estudios en el colegio de Villagarcía de Campos y, siendo novicio, oyó leer en la lectura del comedor un extracto de su vida. Esto le impactó hondamente y de ahí comienza su especial devoción a este Padre, En la partida de su bautismo (en la parroquia de Ntra Sra de las Angustias de Granada) hay una nota al margen que dice textualmente: Fue Padre de la Compañía de Jesús, y en ella, en su Colegio, murió el sábado veinte y ocho de Abril de mil setecientos y veinte y cinco, con grande opinión de santidad, con aclamación universal de esta ciudad; asistió a su entierro el Cabildo de la santa Iglesia catedral con su Ilmo señor arzobispo D. Francisco de Perea y Porras y Mendoza.- Dr. BRÚJULA. Antes hablaba Bernardo en este mismo capítulo de una experiencia que tuvo en alguna comunión, semejante a la que tuvieron Santa Catalina de Siena y Santa Teresa: ....diciéndole el Señor: Esta es la sangre de mi costado . En la vida del P. Padial leemos algo parecido: De la ternura de la devoción en todo el Santo Sacrificio, y mayormente después de consagrar, eran fieles testigos las frecuentes lágrimas y éxtasis, necesitando de especial reflexión cuando volvía en sí para acordarse por dónde iba. En estos arrobos se le oyeron varios afectos encendidos, como: Señor, te he de beber toda la sangre. Niño mío, esto ha de ser; no nos cansemos, que ha de ser. Al acabar de sumir, era frecuente quedarse inmoble por largo rato, y luego no acertar a proseguir ni saber qué hacer (Vida y virtudes del Venerable Padre Manuel Padial, por el P. Ramón García S.J., Librería católica de Gregorio del Amo, 1889; pgs 252, 157) 14 Cantar de los Cantares: 7, 1 15 Como más adelante escuchará Bernardo del mismo Señor: corazones humildes y magnánimos quiero Yo. Dios siempre actúa así: humildemente, pero a la vez con fuerza, incluso con audacia. Nada más hay que ver la acción de los Apóstoles en el Libro de los Hechos: allí se dice que actuaban con parresía = audacia, valentía.... Esta valentía es típica del cristiano y muy necesaria en nuestros días, donde también como entonces- es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres (Hechos 4, 19) |