Dictámenes a la muerte del Venerable Padre Bernardo de Hoyos

 

DICTAMENES DE ALGUNOS PADRES DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS QUE CONOCIERON Y TRATARON INTIMAMENTE AL P. BERNADO DE HOYOS. (Dictámenes escritos poco después de la muerte de Bernardo, y publicados en la revista El Mensajero del Corazón de Jesús, en el siglo XIX)

Estando muy próxima a incoarse en Valladolid la causa en orden a la beatificación y canonización del P. Hoyos, pedimos fervorosas oraciones a todos nuestros lectores y a todos los que se interesan por la gloria del Corazón de Jesús en todo el mundo y especialmente en España. Con este motivo y como un despertador del celo de todos comenzamos a publicar los siguientes documentos inéditos. (Revista El Mensajero, años 1895 y 1896)

     

 
Dictamen del P. Manuel de Prado, Provincial que fue de nuestra provincia de Castilla, Rector del Real Colegio de Salamanca, y antes Maestro de novicios del P. Bernardo.

En el dictamen que se me pide acerca del espíritu del P. Bernardo de Hoyos, diré con brevedad lo que siento. Y en primer lugar él fue verdaderamente pobre, y lo deseaba ser toda su vida; y, aunque sus parientes y algunos amigos le ofrecían mucho, estuvo siempre constante en no querer recibir cosa alguna. Su obediencia tuvo todas aquellas señales y calidades que desea en un verdadero Religioso la Teología mística; porque fue sumamente ciega y rendida, no sólo a los Superiores, a quienes respetaba como a Dios, sino también a los que gobernaban su espíritu.

En la guarda de la castidad se puede decir que anduvo con una escrupulosa diligencia, no atreviéndose jamás a levantar los ojos para mirar a mujer alguna. La mortificación fue singular en el P. Bernardo; y por lo que toca a esta virtud, basta decir que después de su muerte se le encontraron en un cajoncito de cartón, muchos y varios instrumentos con que castigaba su cuerpo, y algunos de ellos mostraban muy bien con la sangre de que se hallaron teñidos, los rigores de su penitencia. Su grande humildad le hacía andar siempre deseoso de ser abatido y despreciado de todos; de donde nacía el bajo concepto que tenía de sí mismo, considerándose desnudo de todo bien y aun por eso se afligía notablemente al considerar los favores que recibía de Dios, temiendo no fuese ilusión lo que pasaba en su alma. El amor de Dios fue la principal virtud que reinó en su corazón, llegando tal vez su incendio a causar sensibles y exteriores efectos aun en el cuerpo de este angelical joven, como se supo de algunos confidentes suyos. De aquí le nacía el amor a los prójimos y un ardiente celo de que todos los hombres amasen a Dios; y solía decir que derramaría gustosísimo toda su sangre porque ninguno le ofendiese.

En fin, el P. Bernardo mantuvo por toda su vida una admirable constancia en el ejercicio de las virtudes religiosas, aun cuando se hallaba en medio de los desamparos con que Dios le probó repetidas veces.

Por lo dicho, no tengo dificultad en persuadirme a que los repetidos favores que recibió de Dios fueron por lo común verdaderos. Lo primero, porque de parte del P. Bernardo que los refería, no se puede presumir ficción alguna, atendiendo a la inocencia de su vida, a la sinceridad con que daba cuenta a sus Directores de cuanto pasaba en su alma, a la rendida obediencia con que sujetaba al juicio de aquellos las luces que recibía del cielo, y al temor que siempre le atormentaba de si estaba iluso o engañado. Lo segundo, porque una vida tan inocente, tan mortificada y tan llena de amor de Dios, no merecía que el Señor le permitiese caer tan frecuentemente en ilusiones. Lo tercero, porque como noté en la Carta de Edificación, que, siendo Rector del Colegio de San Ignacio de Valladolid, a donde murió el P. Bernardo, escribí a los Colegios de la provincia aquella su constante y rendida obediencia a los Superiores y Directores, aquella humildad tan profunda con que medía su pequeñez y se aniquilaba hasta la misma nada, aquellos temores de si estaba engañado y engañaba a otros, aquel abrasado celo de la salvación de las almas, aquellos ardientes deseos de amar a Dios y de que todos le amasen; todas estas virtudes, que tan constantemente profesó toda su vida el P. Bernardo, ni pudieron tener comercio con las virtudes falsas, ni ser fruto de las ilusiones y engaños.

Por lo común dije arriba, porque bien pudo suceder alguna u otra vez que el P. Bernardo padeciese algún engaño en fuerza de su viva imaginación y sin reparar bien en ello. Mas esto no se opone a lo dicho; porque, como bien notó San Gregorio el Magno, suele acontecer que el espíritu acostumbrado a sentir las divinas inspiraciones, engendre algunas hablas semejantes, lo que añade el mismo santo sucedió también a los antiguos Profetas. Este es mi sentir, que desde luego sujeto al juicio más acertado de quien con madura reflexión considerase la vida y sucesos de dicho P. Bernardo

Salamanca y Mayo 13 de 1740. Manuel de Prado.

NOTA. El P. Manuel de Prado, insigne Maestro de Filosofía y Teología, fue Rector de los principales Colegios y Provincial de la de Castilla, señalándose por su prudencia, afabilidad y celo de la observancia de las reglas: murió a 3 de Abril de 1749, y escribió su Carta de Edificación el P. Diego de Tobar, que hace en ella un excelente resumen de sus grandes virtudes y vida ejemplarísima.

     

     
Dictamen del P. Diego de Tobar, Instructor del P. Bernardo en su tercera probación, Rector y Maestro de novicios de nuestro Colegio y Noviciado de Villagarcía.

Al P. Bernardo Francisco de Hoyos sólo le traté dos meses y medio, que fueron los últimos de su vida. En este tiempo, el deseo de no errar en la dirección de su espíritu me hizo observar con cuidado todas sus acciones, y en ellas hallé siempre mucho que admirar y de qué alabar al Señor.

Lo primero que noté en él fue una admirable docilidad y rendimiento de juicio, no sólo a sus Superiores, sino aun a sus iguales e inferiores, siempre que la razón y la observancia regular lo permitían. Parece que no tenía propia voluntad, según lo pronto que se hallaba siempre para hacer la voluntad ajena.

Noté también en este Padre un ardiente deseo de toda mortificación interior y exterior. Pero lo que más me admiraba era el cuidado con que ocultaba muy a lo natural cuanto bueno hacía; de suerte que, quien no tratase íntimamente su alma, creería que no tenía pasiones, pero no que las vencía. Así, aun los que vivieron algunos años en su compañía, nunca llegaron ni aun a sospechar que el P. Bernardo fuese hombre de gran virtud. En su última enfermedad padeció muy ardiente sed, y no sólo no solicitó alivio, pero ni se hubiera sabido lo que en este punto padeció, si al confesarse, viendo que no podía hacerla por la suma secura, no me hubiera pedido licencia para enjuagarse.

Por más que le observé en las muchas ocasiones que por mi oficio le hablaba y veía, jamás noté en él falta alguna de regla, con ser muchas de ellas de tan delicada y eminente perfección.

Sobre este sólido cimiento de virtudes no he extrañado el que cargase Dios el peso grande de favores que hizo a esta alma.

Parte de ellos se han sabido después de su muerte, y parte se los oí yo dándome cuenta de conciencia. Al dármela reparé siempre como don especial de Dios, la suma claridad con qué explicaba los puntos más oscuros de la Teología mística.

Concluyo con decir que, desde que traté a este Padre, hice firme juicio de que era una de aquellas almas en quien Dios muy especialmente se complacía.

Burgos y Octubre 4 de 1739. Diego de Tobar.

NOTA. El P. Diego de Tobar fue por muchos años Maestro de novicios, Instructor de los Padres de tercera probación, Rector de varios Colegios y Provincial de Castilla, varón muy recomendable por su trato intimo con Dios, observancia singular de las reglas, deseo sincero de acertar en todo, y celo grande de la disciplina religiosa sin ninguna especie de contemplaciones o respetos, unido todo a una caridad y grandeza de ánimo incomparables: murió a 18 de Marzo de 1761, y el P. Clemente escribió su Carta de Edificación, de donde se saca su gran santidad y prudencia.

     

     
Dictamen del P. Fernando de Morales, Doctor y Catedrático de Vísperas, jubilado en la Universidad de Salamanca, y Rector del Real Colegio de la misma ciudad, maestro que fue en la Filosofía del P. Bernardo.

Habiéndome insinuado que manifestase mi dictamen y el concepto que formé del espíritu del P. Bernardo de Hoyos, habiéndole tratado con cuidado por espacio de cuatro años, los tres primeros en el Colegio de Medina del Campo, y el último en el de San Ambrosio de Valladolid, diré sencillamente lo que juzgo y juzgué entonces.

El espíritu del P. Hoyos puede considerarse de dos modos: el primero, según que era principio de sus operaciones; el segundo, habiendo la circunstancia de los innumerables y extraordinarios favores que, según su relación, recibía de nuestro Señor.

Mirado según la primera inspección, me parece puede haber poca duda en aprobar el espíritu del P. Hoyos. Son las obras efectos y consiguientemente frutos del espíritu que interiormente gobierna el alma; y así, por ellas se puede colegir el espíritu de donde nacen, y cual es éste, según la regla que nos dejó el Salvador, de que usan todos los místicos. A este propósito las obras del P. Hoyos, en el tiempo que llevo dicho, fueron constantemente y sin interrupción propias de un espíritu muy seguro, porque en todas ellas se arreglaba a las leyes y obligaciones de nuestro estado, sin mezclar las imperfecciones que comunmente lleva la flaqueza humana. El que por entonces tenía el P. Hoyos era el de H. Estudiante, en el cual se dedicaba al estudio con la debida intención, y tenía las funciones con ardor escolástico; pero al mismo tiempo estaba muy lejos de buscar aplausos o preferencias, de que tenía muy despegado el corazón. En los diversos oficios que suelen encargarse a los HH. Estudiantes, mostraba la misma exacción. Era celoso de la gloria de Dios y de la utilidad espiritual de los prójimos, y con aprobación de sus Directores emprendió algunos asuntos conducentes a estos fines, y aunque su natural ardiente hacía que los tomase con eficacia, si no conseguía el intento, quedaba con una sosegada tranquilidad. Esta misma se reconocía en la muerte y otros sucesos infaustos de parientes muy cercanos, juntando en estos lances la indiferencia con el cuidado de aconsejarlos, y solicitar como podía sus mejores sucesos. El trato era afable, hablando cuando podía de cosas útiles; pero acomodándose fácilmente a lo que dictaba, huyendo de los defectos en que alguna vez incurren los que hacen ánimo a profesar especial virtud, cuales son la tristeza afectada en el semblante, dar consejos a otros importunamente y otros semejantes, de lo cual puede ser buena prueba que la virtud no vulgar del P. Hoyos ni fue enfadosa, ni aun bien conocida de los que vivían con su Reverencia, que sólo llegaron a advertir la suma exacción en todo, la perfecta observancia de las Reglas y que se guardaba de las faltas más ligeras.

En fin, concluyo este punto con la reflexión que varias veces he hecho, y es que apenas me parece podrá encontrarse virtud más grata y más distante de exterioridades impertinentes.

La segunda inspección del espíritu del P. Hoyos es por el respeto que dice a los favores de Dios de que daba noticia su Reverencia por tenérselo así mandado; y aun algunos pudieron percibirse por los efectos. En este punto hay dos cosas que examinar: la una, la verdad de los favores; la otra, la verdad de la relación.

En esta última me parece que el P. Hoyos estaba muy lejos de mentir y querer engañar por tanto tiempo en materia de tanta importancia. Lo primero, porque el modo con que se explicaba, mostraba bien la sinceridad con que procedía. Lo segundo, porque la docilidad con que cedía a los dictámenes de sus Directores, cuando juzgaban que en alguna ocasión podía haber engaño, era incompatible con la refinada soberbia y malicia de ostentar favores falsos. Lo tercero, porque una constante inocencia de vida, sin resabio de soberbia, ni aun señas de apego aun a los mismos favores que juzgaba había recibido, y la igualdad de ánimo con que perseveraba en algunas temporadas largas en que Dios se le retiraba, son legítimo indicio de que en sus relaciones procedía con buena fe. Y esto es lo que propiamente toca al juicio de ser el espíritu bueno; pues no habiendo vicio en la voluntad, aunque hubiera padecido algún engaño, no parece que se podía reprobar el espíritu.

Pero, pasando más adelante, y por lo que mira a la verdad de los mismos favores, saco de lo dicho hasta aquí una conjetura para mí muy fuerte de que los favores, en general, fueron verdaderos; porque una vida tan ajustada en lo exterior, un ánimo desterrado de todo lo terreno y verdaderamente solícito de la virtud, no se proporcionan con tanta repetición de favores falsos e ilusiones del demonio, y más proporción dicen con las misericordias verdaderas del Señor.

Añádese a esto, lo primero, que los efectos no eran cuales podía intentar el demonio con sus ilusiones, antes bien propios de las verdaderas ilustraciones del cielo; pues con ellas crecía en la caridad con Dios y con los prójimos, y en el conocimiento de su indignidad: lo segundo, que varones de doctrina y piedad no han hallado inconsecuencia o repugnancia en lo más de los que el P. Hoyos refería; lo tercero, que los trabajos interiores con que el Señor a tiempo le mortificó, eran de aquella calidad con que Su Majestad suele disponer las almas para franquearles semejantes mercedes.

Este es mi juicio, que sujeto al más acertado de los que, viendo con reflexión las apuntaciones que el P. Hoyos dejó quisieran formarle sobre esta materia.

Salamanca y Diciembre 18 de 1739. Fernando de Morales.

NOTA. El P. Fernando de Morales, que antes de entrar en la Compañía había sido Provisor de la diócesis de Valladolid, se señaló en ella por su admirable prudencia y santidad de vida, como puede verse en su Carta de edificación que escribió el P. Luis de Meneses, llena de singulares ejemplos: murió a 28 de Julio de 1747, en el Colegio de Salamanca, del que había sido Rector.

     

     
Dictamen del P. Calatayud, Misionero Apostólico de nuestra Compañía de Jesús.

Acerca de las cosas del P. Hoyos, la memoria que tengo es que una vez que me escribió animándome a promover la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a llevar los trabajos y persecuciones, etc., de mi ministerio, me decía: «Esta mi carta obrará en V. R. estos efectos, etc.» y esto cierto que obró los efectos que decía. En varias ocasiones me animó, asegurándome que el glorioso Arcángel San Miguel sería conmigo y me asistiría, y especialmente que estuviese cierto promovería el Señor mis deseos, y se adelantaría la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y de que el santo Arcángel me ha favorecido en los muchos modos que el P. Hoyos me escribió, estoy muy cierto.

Habiéndome el mismo Padre instado a que escribiese e imprimiese algo acerca del Sagrado Corazón de Jesús, formé el librito de los lncendios en menos tiempo y con la facilidad que no podía yo esperar de mis fuerzas. Me instó y aseguró que era voluntad del Señor que hiciese una función del Sagrado Corazón de Jesús en mis misiones: dispuse lienzo, la he hecho en varias de ellas y la novena a más de eso, y se ve palpablemente cumplida la promesa con que me aseguraba crecería la devoción, pues sólo en Asturias pasan de 100 las Congregaciones fundadas, y la devoción es universalmente bien recibida. Otra vez me escribió que los demonios habían trabajado para derribarme con las baterías que me expresaba muy individualme en su carta, y es cierto que sucedió todo puntualmente como me lo profetizaba el P. Hoyos.

En general puedo decir que para conmigo tuvo espíritu profético, y que en mí se verificaron varias cosas, y que sus cartas obraban en mí confusión y desconfianza de mí mismo y una especie de admiración y agradecimiento al Señor por sus misericordias. Estoy cierto que fuit Spiritu Sancto aflatus, inspiratus, et actus, etc., y que en aquella alma había mucha luz de lo alto, inteligencias, espíritu de profecía, visiones imaginarias e intelectuales, y un horno de amor divino dentro de su corazón, según lo que con mi pobre juicio puedo conjeturar y colegir a vista de sus cartas, y de lo que comunicó tal vez conmigo, y me inclino a que desde el cielo protege y promueve mis misiones.

Vuestra Reverencia dé el peso que le pareciere de creencia a esta mi carta, que yo he formado un alto concepto de que estaba muy llena de Dios. Pedro de Calatayud.

NOTA. Para saber quién era el P. Pedro de Calatayud, véase su Vida escrita por el P. Rodeles.

     

     

Dictamen del P. Ignacio Ossorio, connovicio del P. Bernardo y actual Maestro de Filosofía.

En el año que traté al P. Bernardo Francisco de Hoyos cuando novicio, noté mucho espíritu en su porte religioso. Su puntualidad, exacción y constancia en las distribuciones y ejercicios de aquel estado, se hacía distinguir aun entre el fervor de tantos connovicios. La caridad que abrasaba su pecho salía regularmente a encender el rostro cuando hablaba en materias de amor divino, como lo advertí varias veces, algunas de las cuajes, faltándole palabras con que desahogar su incendio, prorrumpió en estas expresiones, cuya frase elevaba con el fervoroso modo de decirlas: “Hermano, ¿no ama mucho a Dios? Amele, que es digno de ser amado”. De este volcán le nacía el encendido amor a los prójimos y fervoroso celo de su salvación que noté en el gusto especial con que hablaba de la conversión de las almas, del modo de cooperar a ella con oraciones, y de ejemplos heroicos de grandes Santos, que en orden a este punto tenía muy presentes. Y cuanto le permitieron las circunstancias de su estado, manifestó bien su celo en el empeño con que solicitó la perfección de un connovicio suyo, no sólo entonces, sino todo el resto de su vida.

Lo despreciado que admiré en su pecho al mundo me persuado lo tenía comprendido con luz del cielo, siendo muy poca la que podía haberle mostrado la experiencia. Exhortando a otro novicio a este desprecio, le dijo pidiese a Dios luz para conocer las cosas del mundo, para cuyo desprecio bastaba su conocimiento: máxima cuya verdad no penetran los que a fuerza de grandes escarmientos debían estar desengañados de las falsedades del mundo; pero comprendióla nuestro joven a los dieciséis años de su inocente vida, y aun antes; pues le oí decir debía él estar libre de las prisiones del siglo a la sentencia evangélica que nos enseña cuán bajo precio es el mundo todo para cambiar por él las preciosidades del alma. Otras varias máximas que le oí repetidas veces y vi practicar en aquel tiempo, serían argumento de mucha capacidad y largo ejercicio de virtudes en un religioso de muchos años.

El temple de sus afectos se descubrió igual siempre en lo exterior, sin la más leve quiebra por donde suelen traslucirse las pasiones que no están del todo sujetas, aunque parezcan amortiguadas. En la recreación, sin ofender a la modestia, era naturalmente dulce y agradable; y, por el contrario en tiempo de silencio, circunspecto y recogido, sin resabios de afectación o extravagancia. Hablaba siempre con mucho aprecio y estimación de nuestras Reglas, contra las cuales nunca le noté no sólo falta alguna de que me acuerde, pero ni aquellas sobras o demasías que hacen transgresores por carta de más a novicios muy fervorosos a quienes falta el régimen de la prudencia y discreción, de que había dotado el cielo al P. Bernardo en tan corta edad. A todas sus acciones me parece dio aquel punto que prescribe a cada una la delicadeza de nuestras Reglas.

Cuán opuesto fuese al sistema de la hipocresía lo manifiesta bien el desvelo con que solicitó siempre ocultar su virtud. En las disciplinas gustaba de aquellos instrumentos que, afligiendo más, sonasen menos. En los cilicios se esmeró en disimular su mortificación a costa del sufrimiento. Cuando lograba licencia para desazonar la comida con ajenjos o ceniza, solía guardar su mortificación para la noche, donde pudiese practicarla con mucho disimulo, y entonces cenaba bajo mesas. Y ciertamente creo fue cosa digna de admiración lo que en este santo disimulo se señaló el P. Bernardo; y ninguna de sus cosas me maravilla tanto como el primor y destreza con que practicó lo que fuera asunto arduo aun para los muy expertos.

Esto es sucintamente lo que me acuerdo del P. Bernardo, al cabo de doce años que han pasado después que le traté. No dudo tuviera mucho más que decir si su Reverencia no hubiera ocultado tanto y mi corta edad me hubiera permitido reparar más.

Con todo eso le tuve siempre en gran concepto, así por lo que vi como por la opinión que de su Reverencia tuvieron sujetos de toda distinción entre los nuestros.

Uno de estos fue el. P. Pedro de Calatayud, a quien oí en Salamanca lamentarse de la temprana muerte del P. Bernardo, venerando en ella los altos juicios de Dios, que quiso llevarse un joven cuya larga vida prometía muchos frutos a su Iglesia.

Si todo lo dicho, practicado constantemente hasta la muerte, es bastante indicio de la elevación de espíritu que se refiere del P. Bernardo, lo podrán decir las personas que, penetrando los fondos de perfección que incluyen nuestras Reglas, entiendan más que yo las materias de espíritu, a cuya juiciosa crítica sujeto por eso mi dictamen dado en este Colegio de nuestro P. San Ignacio de Valladolid, a 5 de Agosto de 1740. lgnacio Ossorio.

NOTA. El P. Ignacio Ossorio de Guzmán fue uno de los más notables maestros de Teología que hubo en la Universidad de Salamanca y en el Colegio Romano, conocido por la guerra que hizo a los Jansenistas, Rector de varios colegios y Provincial de Castilla, muy celebrado por su afabilidad y discreción: murió en el destierro de Italia a 31 de Julio de 1778 muy gozoso de morir el día de su santo Padre; no he hallado su Carta de Edificación.

     

     
Dictamen del P. Juan O'Brieu, connovicio, condiscípulo de Filosofía, compañero del P. Bernardo en la tercera probación y actual Maestro de Filosofía.

Aunque nada puedo decir a V. R. como notado por mí del espíritu interior tan elevado del R. P. Bernardo Francisco de Hoyos, de sus luces interiores y gracias extraordinarias con que parece le favoreció el Señor, y se han publicado después de su muerte, eso mismo de no poder decir cosa alguna de estas como notada por mí, habiéndole tratado y vivido con él cinco años en el noviciado, artes, y últimamente, ya sacerdote en la tercera probación, es lo que más me ha obligado a formar un cabal concepto de su rara prudencia, y de su sólida y consumada virtud, que supo debajo de un exterior común, ocultar un tesoro de tan singulares dones y favores tan especiales como en todos estos estados pasaban por su interior. Digo un exterior común, por cuanto nada se echaba de ver en él de singular o extraordinario, bien que tan anivelado a nuestras reglas, que siempre le miré novicio, estudiante y sacerdote, como un vivo retrato de ellas. Y puedo decir, que de cuantas acciones noté en él, no me atrevería a calificar ni una sola de falta de regla.

Siempre le admiré de un porte igual, atento, modesto, recogido, dulce, agradable y caritativo con todos; jamás vi que se le escapase una palabra menos acordada en las conversaciones, las que siempre respiraban piedad, presencia de Dios y mucho trato interior con Su Majestad. En las funciones y disputas literarias, su habilidad, aunque viva y brillante, se ceñía siempre a los términos de una modestia y humildad religiosa, sin deslizarse jamás en palabra alguna que sonase a satisfacción propia o a menos aprecio de la ajena.

Obsérvele siempre muy exacto en sus oficios y encargos de la obediencia, pronto en las distribuciones ordinarias, puntual y devoto en los ejercicios espirituales.

En las enfermedades que padeció, largas y penosas, estaba sufrido, resignado y obediente aun a la más leve insinuación de sus enfermeros; en las recreaciones alegre y festivo, pero siempre, aunque con discreción y sin hacerse enfadoso, circunspecto y reservado.

En lo que concurrí con su Reverencia en la tercera probación, bien se dejaba ver en él su fervor y celo por la salvación de las almas. Notéle no pocas veces la ternura y devoción con que ponderaba el fruto de nuestros ministerios, y la prontitud y gusto con que se aplicaba ya en las cárceles, ya en los hospitales, ya en la sacristía, a oír confesiones, siendo no pocos los penitentes que atraía su celo, su espíritu y su dulzura.

Reconocí también en el P. Bernardo un celo no poco vivo, aunque sin salir de los términos de la moderación, por la extensión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, como quien estaba sin duda bien enterado de su solidez, importancia y dulzura, y como quien se hace creíble había bebido no pocas veces copiosamente de aquel torrente de santas delicias que se encierran en el Corazón adorable de nuestro Señor Jesucristo.

Esto es lo que puedo decir a V. R. del concepto que yo he podido formar del venerable P. Bernardo Francisco de Hoyos; estrechándome solo a los fundamentos de las cosas que yo he visto, y de que he sido testigo ocular. Si un exterior tan arreglado y tan constante en todos tiempos, estados y empleos manifiesta bastantemente que era Dios el móvil todo de sus operaciones, lo considerará la más juiciosa y cristiana crítica de otros, a cuyo juicio yo rindo gustoso y remito el mío. Valladolid y Julio 2 de 1740.­ Juan O'Brieu.

NOTA. El P. Juan O'Brieu fue Rector del Seminario irlandés de Salamanca, que gobernó con gran prudencia por varios años, y antes de embarcarse para el destierro murió santamente a 2 de Mayo de 1767 en el Convento de San Francisco de Santander. Es posible que no se escribiera su Carta de Edificación por las circunstancias.

     

     
Dictamen del P. Francisco Mucientes, connovicio, condiscípulo en la Filosofía y Teología del P. Bernardo, y al presente Maestro de Teología en el colegio de San Ambrosio de Valladolid.

Con el motivo de haber tratado familiarmente al P. Bernardo de Hoyos casi todo el tiempo que vivió en la Compañía, siendo su connovicio y condiscípulo así en la Filosofía como en la Teología, se me ha pedido diga sinceramente lo que observé en su modo de proceder. No puedo menos de condescender a una petición tan justa, así por contribuir de algún modo a la manifestación de sus virtudes, como por ofrecer este pequeño y debido obsequio a la memoria grata de este angelical joven, cuya agradable compañía y dulce trato disfruté tanto tiempo.

Desde que le conocí en el noviciado, noté en él un porte religioso muy singular, por el mismo caso que parecía común y ordinario. No me acuerdo haber visto ni sabido de falta alguna de regla, sino antes bien una suma exacción en la observancia aun de las más menudas; puntualísimo a las distribuciones del noviciado, modesto, silencioso, humilde, rendido y obediente. Hacíanse visibles en su exterior una gran prontitud y aplicación solícita a la ejecución de lo que le encargaban los Superiores, una admirable condescendencia con sus Hermanos, en cuanto podía sin contravenir a las reglas, mostrando tanto gusto y complacencia en servirles y procurar sus alivios, que la vertía por el semblante de todas sus acciones y expresiones; una igualdad y constancia en su modo de proceder, que siempre era el mismo en todo y para con todos, siempre alegre, apacible, humilde y caritativo. Puedo decir con toda verdad que no he conocido otro en quien más se echase de ver la complacencia que tenia en dar gusto a sus Hermanos y condescender con ellos en cuanto podía. Mas noté, y en la realidad era más de notar, que todas estas virtudes las regulaba una prudencia extraordinaria sin duda en un niño de poco más de quince años.

Testigos son de esta verdad todos cuantos más de cerca le trataron, de los cuales a algunos oí decir: “Este niño es ya muy hombre”.

Estas y otras cosas que entonces resplandecieron en este joven angelical, pudieran reputarse por flores de una devoción tierna, y no por frutos de virtudes sólidas; mas, a mi corto juicio, eran ya tempranos, sí, pero sazonados frutos, singularmente de la caridad y humildad, que desde luego echaron altas raíces en su alma. Prueba de esto es el haber observado el mismo modo de proceder en el tiempo de sus estudios, con sola la diferencia de ser en este tiempo más frecuentes los actos de sus virtudes, y más difíciles por las razones que todos saben.

No hallo otra diferencia, ni puedo explicar de otro modo el dictamen que sinceramente formo de su vida de estudiante, que diciendo que era de un estudiante novicio, y de un novicio que estudiaba. Su modestia, su silencio, su compostura eran notadas, como lo observé, aun de los seglares. Su puntualidad a todas las distribuciones, su aplicación al estudio, solamente interrumpido con frecuentes visitas al Señor Sacramentado, su afabilidad y dulzura en el trato, sin resabio alguno de los que suelen hacerle molesto e ingrato, fueron tan conocidas de los de casa, que siempre fue singularmente amado y estimado de los demás. En fin, él fue, a mi ver, un ejemplar y dechado de Hermanos estudiantes, tal cual le pide nuestro P. San Ignacio, hermanando siempre la aplicación a las letras con el estudio de la propia perfección.

No me puedo alargar más a individualizar varias cosas que pudiera, porque sólo se me pide un sucinto dictamen acerca de su modo de proceder. Diré no obstante alguna u otra cosa, para prueba del temple de su corazón. Observé varias veces que, diciéndole entre el ardor de las disputas algunas palabras harto sensibles, y dándole a entender en el aire de los gestos y acciones algún desprecio hacia su persona y talentos, se portaba con tal modo en estas y otras ocasiones semejantes, que bastaría a templar el mayor ardor de una pasión desarreglada; porque, o callaba del todo con un silencio humilde y vergonzoso, como quien se reconocía digno de todo desprecio, o, si hablaba, era con tal circunspección que no era fácil se diese por ofendida la caridad y humildad. Este dominio sobre la irascible es tanto más admirable, cuanto es constante tenía más que vencer en este particular; porque su genio era vivo, ardiente, y sumamente resuelto y desembarazado; mas él había templado, o por mejor decir, apagado tanto este ardor y viveza, que, quien no le conociese, le tendría con un error acertado por de genio apagado.

Observé, demás de lo dicho, no pocas veces, que su corazón estaba lleno de celo de la mayor gloria de Dios y bien de las almas; porque si bien no se halló en estado de que se viesen en él aquellas acciones y empresas en que suele manifestarse más claramente este noble afecto, no obstante, sus palabras y demás acciones y demostraciones eran indicios claros de que reinaba en su corazón. Alegrábase sobremanera cuando oía o sabía que se hacía fruto en las almas por medio de nuestros ministerios; andaba solicitando y pidiendo frecuentemente oraciones a sus condiscípulos para el remedio de muchas necesidades que llegaban a su noticia; insinuaba cuanto podía en las conversaciones cosas tocantes al provecho espiritual de los prójimos, y sobre todo hablaba frecuentísimamente de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, con tal ansia y deseo de verla extendida y entrañada en los corazones de todos, que rebosaba por el exterior el fuego que ardía en su corazón hacia aquel que era el objeto único de sus afectos. Finalmente, me consta que hizo por medio de sus conversaciones y documentos no pequeño fruto en las almas aun antes de ser sacerdote, que en el poco tiempo que lo fue es constante que muchos los experimentaron sensiblemente.

Estas y otras cosas que observé, juntas con un tenor de vida tan constantemente arreglado a lo que pedía su estado, sin que se viese en él cosa alguna que desdijese o se hiciese reparable por el lado contrario, son indicios fuertes de la integridad religiosa de sus costumbres, y no parece verosímil que se puedan encontrar con tales circunstancias en un sujeto, sin que en su corazón hayan hecho asiento las virtudes más sólidas y máximas más acertadas, y, por consiguiente, es digno de veneración, como muy prudente y acertado, el juicio que han formado varones doctos y religiosos acerca de la credibilidad humana que se merecen las gracias y favores singulares que en esta vida se dice haber hecho el Señor a este angelical joven.

Este es mi dictamen sincera y llanamente propuesto, dejando otras reflexiones y pruebas que pudiera apuntar de la integridad de su vida y costumbres. Valladolid y Agosto 20 de 1740. Francisco Mucientes.

NOTA. El P. Francisco de Mucientes fue varón muy devoto, celoso misionero y doctísimo teólogo, y dio grandes pruebas de su paciencia heroica los últimos años de su achacosa vida: murió a 28 de Diciembre de 1765. Sé que escribió su Carta de Edificación el P. Juan Tomás de San Cristóbal, pero no la he logrado ver.

     

     
Dictamen del R. P. José de Gallifet, Asistente en Roma de las provincias de nuestra Compañía de Jesús de la asistencia de Francia.

No puedo omitir el elogio que hace de la vida del P. Ho­yos el muy R. P. José de Gallifet, tan conocido en todo el mundo por su ardiente devoción al Sagrado Corazón de Jesús. A este R. P. envió un Jesuita español la Carta impresa en la muerte del P. Bernardo, y le responde en estos términos, traducidos fielmente del idioma francés:

“Mi R. P.: He recibido la carta que contiene un compendio de la santa vida del P. Bernardo Francisco de Hoyos. He leído esta carta con una dulcísima consolación de mi alma, y he admirado la inocencia, y candor y eminentes virtudes de este Jesuita y angelical joven, he dado muchas gracias a Dios por haber dado a nuestra Compañía en España un tan excelente modelo de santidad. Me he visto muy movido y enternecido con los favores que este santo Jesuita ha recibido del cielo, especialmente con los que miran al Corazón adorable de Jesucristo”.

“Me persuado que la noticia de estos favores, que se esparcirá por toda España, ha de servir infinitamente al acrecentamiento de la devoción a este Corazón divino”.

“Si se escribe la vida del P. Bernardo, suplico a V. R. se sirva de enviarme un ejemplar para mi particular consuelo”.

Hasta aquí el párrafo de la carta de este sabio y piadoso Jesuita, su fecha a 3 de Agosto de 1736. Juan de Loyola.

     

 

Biografía P. Hoyos   "Vida del V. Padre Bernardo de Hoyos", por el P. Juan de Loyola, 1739
Causa de Canonización   Tesoro escondido
Carta del rey Felipe V   "Tesoro escondido", librito completo, Valladolid, 1734
Artículos, varios   "Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888
"Principios del reinado del Corazón de Jesús en España", por el P. Uriarte, 1880   Cartas a la muerte de Bernardo
Dictamenes a la muerte de Bernardo   Otro San Juan Berchmans
                 
                 
          Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús (I)
          Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús (II)
          Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús (III)