El Venerable P. Bernardo de Hoyos, verdadera copia de San Juan Berchmans |
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| En la Vida del V. Hermano Juan Berchmans, joven Angel de la Compañía de Jesús, por el P. Juan de Loyola, S.J., Valladolid, 1739, en el libro tercero, capítulo 8, se trata de la similitud en ciertos aspectos entre San Juan Berchmans y Bernardo de Hoyos. Ambos fueron Hermanos estudiantes en la Compañía de Jesús. | ||
| Capítulo 8: Verdadera copia del joven Angel Hermano Juan Berchmans: el Padre Bernardo Francisco de Hoyos | ||
| Vida del V. Hermano Juan Berchmans, joven Angel de la Compañía de Jesús, por el P. Juan de Loyola, S.J., Valladolid, 1739. Libro tercero, capítulo 8: Verdadera copia del joven Angel Hermano Juan Berchmans: el Padre Bernardo Francisco de Hoyos. | ||
| Como mi intento en
esta pequeña obra, ha sido inflamar a nuestra juventud
religiosa en la imitación de las virtudes del Hermano
Berchmans, me ha parecido puede conducir a este fin
alguna fiel copia suya de nuestro tiempo. Entre muchos
otros, que pudiera poner aquí, pongo al Padre Bernardo
Francisco de Hoyos, que murió de 24 años de edad a los
principios de su Tercera Probación. Este angelical joven
fue muy parecido a Berchmans en las heroicas virtudes de
su estado, sólidos fundamentos, sobre los cuales
levantó el Señor una elevación altísima de favores
sobrenaturales. Luego, que el Padre Bernardo entró en
nuestra Compañía de Jesús, que fue a los 14 años de
su edad, se propuso por ejemplar de su Noviciado la Vida
del Hermano Berchmans. Leíala continuamente, y notaba
todas sus acciones, para imitarlas con la perfección
posible. Pudiera afirmar, sin excesivo elogio, que no se
halla acción, virtud, o perfección alguna en esta
historia, que no imitase Bernardo en su Noviciado, y
estudios. Apenas se vio entre los Novicios, cuando, a
imitación de Berchmans, miró a todos como Angeles, a
quienes le proponía el Señor, para que imitase sus
virtudes. Empezó por un sumo aprecio del ejercicio
continuo de los Angeles la Oración. Observaba con suma
puntualidad las Adicciones, que para orar, prescribe N.
P. S. Ignacio a todos sus Hijos. Era, como Berchmans, de
los primeros Novicios, que se presentaban delante del
Santísimo Sacramento para ofrecer sus obras a Dios antes
de la Oración. Iba a la Capilla, donde la tienen juntos
los Novicios, a esperar muchas veces la señal de
empezarla. Oraba con tanto recogimiento, fervor, y dulces
lágrimas, que le fue preciso en varias ocasiones
retirarse en este tiempo a su aposento, para que no se
descubriesen los fervores, y favores, que no podía
ocultar. Salía de esta regalada y fervorosa Oración a
cumplir las obligaciones del Noviciado; oir Misa, rezar
el Oficio Parvo, y otros ejercicios externos con la
perfección, que los ejercitara un Angel. Tal parecía en
su modestia, e inflamado semblante; pero mucho más se
descubría este angelical espíritu en lo interior, que
ansiosamente ocultaba. Las pequeñas virtudes, que resplandecen en un Novicio, que empieza con fervor, se descubrieron desde los primeros días en el Hermano Bernardo; su angelical modestia, exacto, silencio, compostura en todas sus acciones y movimientos, puntualidad a los ejercicios espirituales, conversaciones del Cielo en tiempo de recreación, afabilidad, y atención con todos, observancia de la Regla más pequeña, de las órdenes de los Superiores, claridad de conciencia con éstos, y en fin, cuantas virtudes desean sus Maestros en los Novicios fervorosos de nuestra Compañía de Jesús, se veían en el Hermano Bernardo, como lo describen en el Noviciado de Berchmans. Fue destinado, como el joven Angel de Malinas, para el empleo de Distributario en nuestro Colegio y Noviciado de Villagarcía; ejercitóle con las mismas perfecciones que Berchmans; porque leyó lo que practicaba este Angel, cuando fue Distributario en el Noviciado de Malinas. Púdose decir, y acaso lo dijo alguno de Bernardo, lo que se decía de Berchmans, cuando algún Novicio era muy exacto en cumplir con este pequeño, y dificultoso oficio: Parece otro Hermano Berchmans; parece otro Hermano Hoyos. Pedía al Padre Rector con tan apacible gracia los alivios, que lleva el estilo del Noviciado, que parecía irresistible su modo de pedir. Cuando por la obligación de su oficio se hallaba precisado a avisar al Superior alguna falta, o descuido de otros, visitaba antes el Santísimo Sacramento, como Berchmans, para hacerlo solo por caridad. Si el Superior, por corrección de la falta, imponía alguna penitencia al Novicio culpado, muchas veces conseguía el Distributario inocente hacer la penitencia, que debía el descuido de su Hermano. Fue sumamente cuidadoso y diligente, en tocar al entrar y salir de las distribuciones. Esto no me admira; porque el Padre Bernardo era de genio vivo, puntoso, y exacto; y cuando se hallaba en la Oración extático, y absorto, el Angel de su Guarda, con quien tuvo una familiaridad continua, le despertaba de aquel dulce sueño a la misma hora, que necesitaba. Sucedió muchas veces, que solo tenía los instantes, que eran precisos, para llegar desde la Capilla del Noviciado al sitio de la campana. Hacíase amar de todos sus Con-Novicios con las mismas inocentes industrias, que nuestro Angel Berchmans. Procurábales todos los alivios posibles: Ejercitaba su caridad afable en las conversaciones, siempre espirituales, pero siempre amenas, alegres, y cariñosas. Había leído en la Vida de su amado Berchmans, que este joven Angel instituyó una Academia Espiritual entre sus condiscípulos del Colegio Romano. Procuró Bernardo formarla semejante entre sus Con-Novicios, y en su tiempo floreció con sus cuidados y santas ideas con aprovechamiento visible de muchos. Las conversaciones de Bernardo eran de sólido fruto espiritual, porque jamás, a imitación de Berchmans, iba a la recreación, sin haber implorado el fuego del Espíritu Santo sobre su lengua, y haberle inflamado en la esfera del Santísimo Sacramento, visitándole, y deteniéndose poco o mucho en presencia de Jesús Sacramentado. Cuando le era forzoso salir de este su Cielo, rogaba, a imitación de Berchmans a los dos jóvenes Serafines de nuestra Compañía, San Luis Gonzaga y San Estanislao continuasen en su nombre al Santísimo Sacramento los afectos, que se veía obligado a interrumpir. Estas virtudes, al parecer, pequeñas, propias de un Novicio fervoroso, estaban acompañadas de las que se estiman heroicas en los muy perfectos. Era profunda su humildad, teniéndose por el más imperfecto de todos, y deseando, que sus Con-Novicios le tuviesen por tal, y le notasen sus faltas. Poníase frecuentemente a que le dijesen las culpas, que hubiesen notado en sus acciones, estando presente el Superior, como es loable, y santísima costumbre de nuestro Noviciado. Mas sucedió alguna vez lo que con asombro se refiere de nuestro Angel Berchmans, que dejándole solo de rodillas en medio de la sala del Noviciado, y mandando el Maestro de Novicios, que todos por su orden dijesen al Hermano Bernardo las culpas, que habían notado en él, oyó con asombro, que no se les ofrecía defecto alguno del Hermano, que estaba de rodillas. La mortificación interior de sus pasiones vivas, ardientes y fogosas se descubría en la serenidad de su semblante, y en las respuestas, que daba en las ocasiones, que podían desazonarle. Alguna vez le sorprendió su viveza, y respondió con ardimiento menos caritativo; pero al instante fue al aposento del Maestro de Novicios, a pedir una penitencia por aquella falta. Fue necesario consolarle, señalándole alguna pequeña penitencia; porque la pedía, no solo con sinceridad ingenua, sino con copiosas lágrimas de verdadero arrepentimiento. De su penitencia exterior diré solo, que a imitación de Berchmans, salpicaba con su inocente sangre las paredes de su aposento, y que fue necesario reprenderle los excesos, y aun quitarle por algún tiempo los instrumentos de sus rigores, en penitencia de la que indiscretamente hacía. La obediencia a los más pequeños órdenes, o insinuaciones del Superior, fue del todo semejante a la de Berchmans: Como este obedientísimo joven no se atrevió a hablar a un Jesuita, Padre antiguo, porque no tenía licencia del Superior; así Bernardo no respondió a un Jesuita muy autorizado, porque había orden del Superior, para que los Novicios no hablasen con los Padres antiguos. Sería preciso escribir una historia más difusa, que la de Berchmans, si hubiera de referir la perfecta imagen, que de nuestro joven Angel copió en su alma el Padre Bernardo. Basta haber insinuado algunas acciones y virtudes de esta perfecta copia, semejantes a su original. Por ellas verán nuestros Hermanos Novicios y estudiantes, que pueden, y deben aspirar con la Divina Gracia a formarse vivas copias del espíritu del Angel Flamenco. Habiendo estampado aquí la copia de Berchmans el Padre Bernardo de Hoyos, no será impropio de mi asunto decir algo de la iluminación, que la Divina Gracia dio a la copia, o estampa de Berchmans. Porque siempre he juzgado, que la fidelidad con que el Padre Bernardo procuró imitar las sólidas y heroicas virtudes de Berchmans, le dispuso para recibir los secretos altísimos, y regalados favores, que le comunicó el Señor. Llamó iluminación de la estampa los favores extraordinarios con que favoreció el Señor al Padre Hoyos. Pondré solo alguno de los que con tan selecto juicio, y prudente discreción imprimió el muy R. P. Manuel de Prado, Provincial que fue de esta Provincia de Castilla, y al presente Rector del Real Colegio máximo de Salamanca, en la carta, en que de orden de los Superiores, dio noticia de la temprana muerte del Padre Hoyos a los Superiores de nuestra Provincia. Añado solo, que de semejantes favores del Señor al Padre Bernardo se pudiera estampar un corpulento libro de folio. Sirva de índice de tantos otros tantos favores el que se lee en la carta impresa: y dice así con las mismas palabras de Bernardo, teniendo a mi Dueño Jesús Sacramentado en mi pecho, empezaron a recogerse los sentidos y potencias. A este tiempo se me mostró el Sagrado Corazón de Jesús todo hecho un fuego, arrojando llamas, y despidiendo por la herida un volcán de amor, convertido en rayos clarísimos de luz. Quedó absorta mi alma, y mucho más, cuando la convidaba el mismo Jesús a entrar dentro de su Corazón; pues atemorizada de su bajeza, y de aquella infinita grandeza, e inmensa copia de llamas, se encogía, y sumergía en su nada. Pero sin saber cómo, se halló dentro de aquel Divino Corazón, por un modo tan sobrenatural, imperceptible, y soberano, que no hay pensar explicarle con lo grosero de las expresiones de nuestra lengua. Yo bien quisiera dar a entender una sombra siquiera, de lo que aquí dentro de este Cielo animado de la Divinidad, sentí, vi, y oí; Sed non licet homini loqui. Solo la memoria me confunde, y anega en un piélago de dulzura, y confusión juntamente: Porque luego, que entró el alma en aquel Sacrosanto Corazón, se sintió toda penetrada de aquel Seráfico fuego, en que ardía el adorable Corazón de Jesús; deshaciendo con sus ardores todas las frialdades, tibiezas, y toda mezcla de aficiones terrenas. Hasta aquí el Padre Bernardo. También es digno de copiarse aquí un singular favor, que María Santísima, Madre dulcísima de Berchmans, y de Bernardo, hizo a este su regalado siervo: Vivía atormentado con temores de si el camino que llevaba era ilusión de su imaginación engañada. Clamaba a la soberana Reina de la luz, María Santísima, para que ilustrase sus tinieblas, cuando esta amorosa Madre se le apareció, y le dijo, que caminase seguro. Las palabras del hijo regalado de María son éstas. Mi dulcísima Madre María Santísima se me dejó ver por visión intelectual, tan amorosa y amante, como una Madre a un hijo muy querido, y además del alborozo, que causó en mi alma esta vista, que verdaderamente fue tierna, me consoló como Madre, diciéndome: no había que temer, que ella era mi Madre, y cuidaba de mi, como de hijo regalado, que no permitiría ella, siendo mi Madre, lo que no permitiera mi madre natural, si estuviese en su mano: Que como su Santísimo Hijo me había dicho, el mismo temor era la mejor señal; pero que esto era por probar mi espíritu, y que por esta causa no me había respondido, cuando el día antecedente la invoqué afligido. El amor que Bernardo tuvo al Santísimo Sacramento fue muy parecido al que tuvo el Angel Berchmans, y para que se vea su perfecta copia, daré fin a este capítulo con los amorosos afectos, que Bernardo descubre en estas palabras. Este día pasado de la Fiesta del Corpus se renovó en mi pecho con nuevas creces el amor al Divino Amor Sacramentado, y me parece es el único alivio para quien desea verse con su Dios en la gloria. En tiempo de dar gracias, después de comulgar, experimenté en mi mismo lo que ha tiempo me dijo el Señor: esto es, que no tenemos los mortales tiempo más feliz, que aquel, en que tenemos a Dios dentro de nosotros. De donde nace en mi espíritu el mirar las comuniones como vislumbres de la gloria. Parece hay entre este Divino Sacramento, y mi corazón una celestial simpatía, con que, como por instinto natural, se deja sentir su presencia. No es aprehensión, sino experiencia, pues al ir a visitarle, aun cuando voy divertido, siento en mi corazón no se qué, que me recuerda del Amado. Siento las vísperas de comunión un celestial impulso, que previene el corazón con delicias y consuelos, causándome fastidio todo otro manjar de la tierra. En las comuniones es donde tengo mi bienaventuranza en la tierra, que creo no se distingue de la del cielo, sino en la visión y claridad. Este es el Teatro de los Divinos favores; aquí recibe mi alma nuevos alientos, nuevas fuerzas, nuevos y crecidos dones. Estos son algunos de los muchos favores sobrenaturales, que se refieren en la carta del R. P. Prado. Solo añadiré, que el Sagrado Corazón de Jesús parece destino a este feliz joven para Propagador de su devoción, como se ve, por haber sido la fuente de esta devoción en nuestra España. A este fin son innumerables las revelaciones que tuvo en orden al Culto del Corazón de Jesús, y parece también, que el Señor le tiene en el Cielo para ilustre Protector de la misma devoción, y como dispensador de las celestes aguas, que se derraman en tantos corazones amantes del de Jesús. Sirva de prueba a esta piadosa conjetura la visión maravillosa, que tuvo un alma sólida, y de espíritu aprobado por sus Directores en Octubre de este mismo año de 1738. Copia de la visión, escrita con las mismas palabras, con que esta alma dio cuenta a su Confesor; y ha llegado por fiel conducto a mi noticia, dice esta suerte. Estando en oración se me mostró el Santísimo Sacramento, y a un lado el Padre Bernardo de Hoyos. A breve rato, ocultándose el Sacramento, se me representó una Fuente con un caño de agua muy hermoso. Pero éste solo corría, cuando aquel Jesuita daba vuelta con su mano a una llave de oro. Yo entendí, ser aquella Fuente el Sagrado Corazón de Jesús por un modo, que le percibe el alma sin palabras, por un conocimiento intelectual, que es más claro, que ver con los ojos corporales, y oír con los oídos. Pasa esto en el centro del alma con suspensión de los sentidos; pero no enteramente enajenados. Decíame el Padre Hoyos, que llegase a la Fuente. Yo con grande ansia de beber de aquel Caño de agua, dije el verso del Salmo: Quem ad modum desiderat cervus ad fontes aquarum, etc. Sentí, que aquella agua caía toda sobre mi alma. El gozo, consuelo, y efectos que sentía, el tiempo, que esto duró, no es fácil explicar. Hablome aquel Jesuita, y me dijo: Tu no sabes los beneficios, que has recibido por la devoción de este Sagrado Corazón; pues mira, que han sido más de los que tu conoces. Procura ser fiel, y corresponder; y procura extender en tu Casa la devoción, yo respondí: Siervo de Dios, yo no puedo hacer nada, pues soy una vil criatura. Me respondió: En algún tiempo podrás: Lo que te advierto es, que no dejes a la Compañía, ni al Confesor que tienes, quédate en paz, y recibe mi bendición En esto desapareció todo, dejando en mi alma un singular consuelo, una encendida devoción a este Sagrado Corazón, sintiéndome movida a unas ansias de amarle, y de que todos le amen, a unos deseos tan grandes de extender la devoción por todo el mundo, que quisiera salir por las calles y plazas a publicarla, y me expusiera por esta devoción a padecer cuantos tormentos son imaginables. Me ha dejado esta visión muy humillada, no teniendo más deseos, que de ser despreciada de todos, y desconocida en todo el mundo, y olvidada de todos; moviéndome a mas deseos de amor, y padecer. Hasta aquí la revelación, fielmente copiada del papel, en que la persona, que la tuvo, dio cuenta a su Confesor para que la examinase a la luz de las reglas sólidas de la Sagrada Escritura, Padres, y Doctores Místicos. |
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